Entrada en la eternidad de Santa Teresa de Jesús (4.10.1582)

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En el momento de la muerte es cuando se revela lo que hay en el corazón de una persona. Ello lo podemos ver en primer lugar en el Señor.  El que pasó por nuestra tierra haciendo el bien, y en cambio recibió mucho mal, de un modo particular en su pasión y crucifixión, pero por las palabras que recogen los Evangelios cuando Jesús está crucificado, o sea sufriendo al máximo físicamente, moralmente y espiritualmente, reconocemos que en El sólo existía amor misericordioso, el amor que busca el bien de la humanidad a pesar de los pecados de los hombres. Le pide al Padre, «perdónales que no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Al malhechor que estaba con Jesús crucificado, al pedirle «acuérdate de mí cuando vuelvas como rey. Jesús le respondió: Te lo aseguro hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).  Nos dará a su misma Madre por madre: «Al ver a su madre y a su lado el discípulo preferido, dijo Jesús: Mujer, ése es tu hijo, y luego dijo al discípulo: Esa es tu madre» (Jn 19, 26-27).  Expirará confiándose al Padre: «Jesús gritó muy fuerte: Padre a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).

El testimonio que nos ha llegado de las carmelitas descalzas que acompañaron a la Madre Teresa de Jesús hasta que exhaló el último aliento, podemos reconstruir cuales eran los sentimientos que anidaban en su interior.

Cuando la Madre Teresa se sentirá morir, todo lo que antes le había preocupado, como el ir Ávila y poder morir en su amado convento de san José, ya no le importará. Lo único que le importará es el encuentro con el Señor, este deseo se mostrará profundo, todos los demás afectos que ella pudiera tener a las personas, incluso al mismo P. Gracián,  se mostraron realmente lo que eran, afectos periféricos que no afectaban a la unión con el Señor.

Los tres amores de Teresa de Jesús

Pudiéramos decir que a la hora de su traspaso a la eternidad se hacen presentes tres amores en la Madre Teresa de Jesús: el amor esponsal a Jesucristo su Esposo y redentor; el amor filial a la Santa Madre Iglesia, y el amor maternal hacia la Reforma por ella fundada.

El amor esponsal hacia Jesús, su Esposo y redentor

 A pesar de haber trabajado en bien de la Reforma hasta el último momento, y haber procurado servir a Dios del mejor modo posible, nos dicen los testigos: «La afligía la memoria de sus pecados, como si fueran grandes, y no hacía sino pedir a Dios perdón de ellos y que no mirase a lo mal que le había servido, sino a su misericordia, con la cual y su preciosa Sangre esperaba salvarse». Decía también «que por la Sangre de Jesu­cristo había de ser salva», y pedía a las monjas «la ayudasen a salir del purgatorio».

Sintiéndose morir pidió el viático el día 3 de octubre. Ella que se hallaba tan postrada en la cama, que entre dos hermanas la habían de movilizar. Pero cuando vio entrar por la puerta de la celda «el Santísimo Sacramento, incorporóse con gran ligereza y sin ayuda de otras, se levantó encima de la cama de rodillas, y se iba a echar de ella, si no la tuvieran, con ansias fervorosas que parecía la iba el alma tras Su Majestad divina». Como fuera de sí, la Madre, puestas las manos comenzó a decir:  «¡Señor mío y Esposo mío! ¡Ya es llegada la hora tan deseada! ¡Tiempo es ya que nos veamos, Amado mío y Señor mío! Ya es tiempo de caminar. ¡Vamos muy enhorabuena! Cúmplase vuestra voluntad. ¡Ya es llegada la hora en que yo salga deste destierro y mi alma goce en uno de Vos, que tanto he deseado!».

Amor filial a la Iglesia

 Después de la comunión volvió a dar gracias al Señor «porque la había hecho hija de la Iglesia y moría en ella». Repetía muchas veces: «En fin, Señor, soy hija de la Iglesia».  Decía, puestas las manos, muchas veces: «Bendito sea Dios, hijas mías, que soy hija de la Iglesia»; «Dios mío, Esposo de mi alma, porque me hiciste hija de tu santa Iglesia católica» . Y luego «tornó a dar muy particulares gracias a Dios, porque la había hecho hija de la Iglesia».

El amor maternal hacia la Reforma por ella fundada

«Hijas mías y señoras mías: Por amor de Dios las pido tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y Constituciones, que si la guardan con la puntualidad que deben, no es menester otro milagro para canonizar­las; ni miren al mal ejemplo que esta mala monja les dio y ha dado; y perdónenme» 14S. Las monjas rodeándola se hincaron de rodillas, y la Madre las iba mirando y juntando las manos decía: «Bendito sea Dios que me trujo entre ellas» 149.

Su traspaso a la eternidad

El día cuatro de octubre a pesar de los dolores que experimentaba estaba absorta en oración. Ana de san Bartolomé, su fiel enfermera, no se apartaba de su lado. Cuando a ella la mandaron que fuera a comer algo, la Madre Teresa la buscaba, cuando le preguntaron si quería a Ana de san Bartolomé a su lado, ella asintió. Puso en sus brazos su cabeza, y allí estuvo hasta expirar. La Madre Teresa «estaba tan encendida en el amor de su Esposo, que parecía no veía la hora que salir, salir del cuerpo para gozarle».

En aquella tarde de serena espera. Testificará una monja llamada Catalina de la Concepción, «oyó un gran ruido como de gente que venía muy alegre y regocijada, y vio que pasaban por la clausura muchas personas resplandecientes, vestidas todas de blanco, y entraron todas en la misma celda donde estaba la Santa Madre enferma. Antes que acabase de expirar, Ana de san Bartolomé con los ojos del alma, testificará: «Se me mostró el Señor con toda la majestad, de cuya persona salía un resplandor grandísimo, con mucho acompañamiento de santos y ángeles que aguardaban el alma de la santa Madre para llevarla a la gloria y darla el premio de sus trabajo. Y se fue esta dichosa alma a gozar de Dios como una paloma». Eran las nueve de la noche. «Quedó con las manos puestas estrechando un crucifijo, tan apretadas que no lo pudieron quitar sino con gran fuerza». En la estancia se percibía un olor grande y bueno.

Lejos en los conventos fundados por la Madre Teresa, se sucedían cosas inexplicables a la misma hora que fenecía, como si el alma de la Madre, a modo de una red invisi­ble, estuviese en contacto con las descalzas esparcidas por todos los conventos. En Valladolid, Casilda de S. Angelo, la hija mayor de Catalina de Tolosa,  testificará años más tarde: «Estando, pues, este día —refiere ella— en la pieza de la ropería, en­tre las cuatro y las cinco de la tarde, vi a la santa Madre con el glorioso padre San Francisco en el cielo, de cuya vista sintió mi alma grande gozo y consuelo. Como dentro de mí mirase aquello que pasaba, decía: ¿Cómo puede ser, estando nuestra Madre en la tierra y San Francisco en el délo, que estén ambos juntos allá en tanta gloria y conformidad de virtudes como gozan. Después, cuando vino la nueva de que la santa Madre había muerto el día de San Francisco y que había estado muchas horas en oración antes de expirar, cayó esta testigo en la cuenta del suceso y se certificó en la visión». En Valladolid, a la misma hora, Francisca de Jesús, vio una luz junto a ella, que la hizo alzar la vista al cielo, donde vio «un gran remolino de luces con muy gran resplandor y regocijo, como si recibieran a alguno». En Segovia, entre once y doce de aquella noche, Isabel de Santo Domingo percibió una voz interior: «Hija, no muero, sino vivo en eternidad».

Al amanecer del día 5 de octubre, las monjas vieron:  «Un arbolillo seco, y que nunca había llevado fruto, que estaba en un campecillo delante de la celda, estaba cubierto de flor y blanco como una nieve. Pareció cosa milagrosa: lo uno por ser a cinco de octubre; lo otro, porque estaba seco y nunca hacía llevado flor» 203.

Los oficios fúnebres se celebraron entre las diez y las once del 5 de octubre de 1682 en Alba de Tormes, que precisamente desde aquel día 5 de octubre y en virtud de la en­mienda del calendario promulgada por Gregorio XIII, se contó 15 de octubre.

     Teresa de Jesús vela desde el cielo por la Reforma 

Los frutos espirituales de la Madre fundadora estallaron como savia primaveral en la propia descalcez que la Providencia le había confiado. La paloma blanca que saliera de su boca al expirar anunciaba un interior Pentecostés, como el de Cristo el día de su ascensión, verificado diez días más tarde. La primera en percibir el amor materno de la Madre Teresa, fue su fiel enfermera, Ana de San Bartolomé. Ésta  confesará: «Ella me alcanzó la libertad de no estar asida a naide… y me pa­rece que tengo más amor a las que amo, que a todas las amo en Dios y por Dios». A Catalina de Jesús, en Beas, a la hora de comulgar, le reveló «que no tuviese pena, que más ayudaría a la Orden desde la otra vida». Y en Granada a Ana de Jesús: «No dejó de ser la Iglesia por haver muerto San Pedro y San Pablo en un día, y ansí no cesará nuestra Orden, antes crecerá más, que desde el cielo os podré ayudar mejor». Así resumía con ver­dad María de San José (Dantisco): «Después de la muerte de la M. Teresa se experimentó en sus hijas gran renovación en su espí­ritu y deseos; se veía la ayuda que desde el cielo hacía» 169. Concluyamos este relato  con sus palabras: «Ahora, pues, decimos que esta mariposica ya murió, con grandísima alegría de haver hallado reposo, y que vive en ella Cristo».

El sol se puso en Alba, y alumbró un alba dorada.


Bibliografía 

Los testimonios de la muerte de la Madre Teresa de Jesús son recogidos del libro de  Efrén de la M. de Dios y Otger Steggink, Tiempo y vida de Santa Teresa de Jesús, BAC n. 283,  Madrid, 1977, 979-997.

 Beata de san Bartolomé, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos 1999, 95.

La oración de intercesión de Teresa de Jesús, modelo para nosotros

                             santa teresa

Sumario:  1. Los ámbitos por los que intercedía  Teresa de Jesús; 2. Orar por uno mismo, orar por los miembros de la Orden; 3. Orar por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad; 3.1. Orar por los sacerdotes (vocaciones al sacerdocio, Presbíteros-Obispos-Papa); 3.2. Orar por las Iglesias más perseguidas; 3.3. Orar por el “aumento de la Iglesia”;  3.4. Orar por los reyes, gobernantes, políticos, legisladores…; 3.5. Orar por la salvación de las almas

 

1. Los ámbitos por los que intercedía  Teresa de Jesús 

A medida que la madre Teresa de Jesús se irá adentrando en los grados más encumbrados de la unión con Dios, más profundamente vivirá la dimensión apostólica de la vida de oración. Ello será posible porque ella en un inicio suplicaba a Dios que le concediera la plena libertad interior para ser toda suya, y pedía a otros que intercedieran por ella. Una vez vuelta en sí, las súplicas constantes de santa Teresa a Jesucristo tendrán una doble vertiente, por una parte, que Dios diera grandes capitales a la Iglesia, la extensión de la Iglesia y la salvación de las almas, como ya se ha visto,  y por otra  que el Señor le ayudara a llevar a término la obra fundacional que le había encomendado y que cada uno de sus miembros viviera tales virtudes, que sus oraciones fueran escuchadas por Dios, y rezará y hará rezar cuando sus hijos e hijas vivan momentos particulares de persecución y sufrimiento.

2. Orar por uno mismo, orar por los miembros de la Orden

Para hacer fecunda la Orden del Carmen Descalzo y su misión en la Iglesia, debemos asumir y vivir esta triple dimensión oracional, el orar por nosotros mismos, el que los otros oren por nosotros y todos juntos oraremos  y trabajemos apostólicamente según el estado de cada uno, para que la Iglesia se signifique por la santidad y sabiduría de sus ministros, haga fecunda su labor apostólica, en particular de la propia Orden, y se trabaje decididamente para que la redención de Cristo sea fecunda en cada generación.

Si queremos vivir en la verdad, tenemos necesidad de orar por nosotros como el publicano de la parábola evangélica,  «¡Oh Dios¡ ¡Ten compasión de mí que soy pecador!» (Lc 18,13), ya que estamos muy lejos de la santidad que Dios tiene en sus inefables designios sobre nosotros. Debemos orar por nosotros mismos pidiendo al Señor que ninguna actitud de pecado arraigue en nosotros, y nos conceda siempre humildad para reconocer los propios pecados y la gracia para convertirnos de ellos. «Porque demasiado a menudo descuidamos examinar nuestra conciencia y dejamos que nos arrastren graves culpas: durante largos años omitimos acusarnos y esto contribuye a debilitar nuestra vida espiritual»[1].

En este proceso de conversión personal necesitamos que los otros oren también por nosotros, lo mismo que ellos necesitan de nuestra oración. Todos «tenemos gran necesidad de que se rece por nosotros con fervor, a fin de que el Espíritu nos revele los pecados que nos arrastran y que se esconden en nuestro corazón y que nuestra conciencia sea presa del arrepentimiento y se convierta. Podremos entonces recibir la fuerza de Dios en nosotros y nuestras oraciones y acciones de gracias se verán reavivadas por el dinamismo de la gracia. […]  Las oraciones de los demás cuando son fervientes, se convierten en uno de los factores más importantes de renovación de tu vida y de adquisición de más energía espiritual»[2].

Orar unos por otros hará que todos estemos fortalecidos en la vida de oración y ésta sea más poderosa a los ojos de Dios.  Por ello santa Teresa, al final de las séptimas moradas, dirá a sus monjas: «para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4, 6). Una de estas obras será precisamente ayudar a las propias hermanas de comunidad con la oración y el ejemplo. A la réplica que le hacen las monjas dirá: «Diréis que esto no es convertir, porque todas son buenas. ¿Quién os mete en esto? Mientras sean mejores, más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos» (7M 4,15).

Existirá una verdadera solidaridad oracional entre las comunidades, cuando una de ellas viva particulares dificultades, como fue el caso de la comunidad de Sevilla «Muchas oraciones que por acá se han hecho en estas casas por esa [de Sevilla]» (cta. 284,1).

Lo sólo ello, sino que recibirán de la Santa Madre el ejemplo de oración y de solicitud hacia sus hijos los padres carmelitas descalzos, e implicará en esta oración a sus hijas, las carmelitas descalzas. Ellas serán testigos de cómo la oración de Santa Teresa por los padres se intensificará cuando alguno de ellos sufrirá particular persecución, entre ellos san Juan de la Cruz y el P. Jerónimo Gracián.

El que todos somos llamados (padres, madres, laicos y religiosas) a orar para que sea fecunda la acción apostólica de la Orden, ya era defendido en su tiempo por el P. Gracián: «Los verdaderos y perfectos carmelitas han de mostrar el celo de su padre Elías, predicando los frailes el Evangelio a todas las criaturas como mandó el Señor a los apóstoles [Mc 16,15], […];  y rogando a Dios las monjas y los frailes que no son llamados para este ministerio desde su recogimiento y clausura, para que Dios dé virtud y esfuerzo a los que pelean por la fe, y ésta es la vida perfecta y el fin de esta Reformación del Carmen que pretendió introducir la beata Madre Teresa de Jesús como muchas veces trató conmigo»[3].

3. Orar por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad

De la vida y de los escritos de santa Teresa de Jesús podemos entresacar cuál debe ser la oración de intercesión por las diversas necesidades de la Iglesia y de la humanidad.

3.1. Orar por los sacerdotes (vocaciones al sacerdocio, Presbíteros-Obispos-Papa)

Teresa de Jesús hará  de la intercesión por los sacerdotes algo institucional, la principal misión de sus hijas, las carmelitas descalzas, y esta misión la deja plasmada en Camino de Perfección con rasgos fuertes e indelebles: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1, 2). Esta convicción íntima le procederá de la oración: «Entendí bien cuán más obligados están los sacerdotes a ser más buenos que otros, y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente» (V 38,23). No les dejará de recordar a sus monjas: «cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (C 3,10).

Teresa atribuye al sacerdote responsabilidades especiales de ejemplaridad y liderazgo. Ellos son los capitanes de la Iglesia, «¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes!» (C 3, 4). Le dolía en el alma que, por  los luteranos, estuvieran deshechas «tantas  iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos»  (C 35,3). Será consciente de la poca santidad de algunos, pero ella no se escandalizará, ni murmurará, sino que orará ardientemente por su conversión y pedirá a sus monjas que oren por ellos, incluso se ofrecerá a Dios para vivir ella sus tentaciones, con tal que el sacerdote esté libre de ellas (V 31,8), y pueda servir con paz en su ministerio de cura de almas.

Ella misma relatará de forma autobiográfica  su deseo de que los sacerdotes fueran santos: «Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí, que tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo de acá se detengan -como veo es todo burla-, en especial letrados; que, como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me afligen tanto, que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios; porque veo yo que haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza» (CC 3,7).

El sacerdote ideal en la mente de Teresa y por el que orará y se sacrificará para que así sea, debe tener buen entendimiento, experiencia de Dios, letras humildes y virtuosas, ser afable, con verdadero celo por la salvación de las almas, y apóstol ardoroso de la Palabra de Dios y, si ejerce tareas de gobierno, lo haga con suavidad y discreción. Ello sólo podrá ser realidad, si el sacerdote ayudado por las oraciones de la comunidad eclesial, colabora con el Espíritu Santo para que haga fructificar en él al máximo el Sacramento del Orden que la Iglesia le ha conferido, dejándose en tal modo cristificar por el Espíritu Santo que sea Cristo en él el Pastor que cuida de la porción de la Iglesia a él encomendada.

Es pues la oración por el sacerdote (Presbítero-Obispo-Papa)  algo esencial al carisma que Dios, en su Divina Providencia ha dado a la Reforma carmelitana de Teresa de Jesús.

Oración por las vocaciones al sacerdocio

Para que haya sabios y santos sacerdotes como los deseaba la madre Teresa, ya que la gracia perfecciona a la naturaleza, es importante orar para que Dios conceda a la Iglesia vocaciones al ministerio sacerdotal que sean sanas de mente y santas. Luego, en el Seminario, se encuentren con buenos formadores y, en las Facultades de Teología, con buenos profesores. Ellos pongan voluntad en fortalecerse «con letras y buena vida» (C 3,2). Para que «vayan muy adelante en su perfección y llamamiento […] para ayudar ahora al Señor» (C 3,2).

Una vez ordenados, en el ejercicio del ministerio sacerdotal, sean sostenidos por la oración de la Iglesia, en particular del Carmelo, y «los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo y tapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las sirenas» (C 3,5).

Además, encuentren en su Obispo un verdadero Padre y Pastor, y a otros sacerdotes y algunos laicos con quienes puedan compartir la fe y los afanes apostólicos ya que, como decía santa Teresa, «en estos tiempos que son menester amigos fuertes de Dios» (V 15,15). Porque «gran mal es un alma sola entre tantos peligros. […] Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones, ¡cuánto más que hay muchas más ganancias! […] quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración». (V 20,7).

Oración por los sacerdotes en cualquier situación existencial

En su oración,  Teresa acogía al sacerdote en el nivel existencial en el que estuviera: viviendo en pecado como el cura de Becedas;  víctima de fuertes tentaciones (V 31,8); acomodados a su situación vital (V 16,7) o aquellos a los que quería ver progresar en el seguimiento del Señor (V 34, 8).

El sacerdote ideal en la mente de Teresa y por el que orará y se sacrificará para que así sea, debe tener buen entendimiento, experiencia de Dios, letras humildes y virtuosas, ser afable, con verdadero celo por la salvación de las almas y apóstol ardoroso de la Palabra de Dios y, si ejerce tareas de gobierno lo haga con suavidad y discreción. El sacerdote es el colabora con el Espíritu Santo para que haga fructificar en él al máximo el Sacramento del Orden que la Iglesia le ha conferido.

 Oración particular por los Obispos y por el Santo Padre

Santa Teresa instará a sus monjas a orar constantemente por los Obispos, les dirá «teniendo santo prelado lo serán las súbditas» (C 3,10), es decir si son santos los Obispos así lo podrán ser sus diocesanos. Y «como cosa tan importante la poned siempre delante del Señor» (C 3,10).

Las palabras de Teresa en Camino de Perfección cobran todo su sentido en primer lugar en la persona del Obispo, ya que es el capitán, el letrado y predicador por antonomasia de la Iglesia particular: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2) para que Dios «los haga muy aventajados en el camino del Señor […] vayan muy adelante en su perfección y llamamiento» (C 3, 2). Y «los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén, […] los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo» (C 3,5).

La oración por el Obispo o Prelado como ella lo llama, ya desde el inicio de la Descalcez considera que no se debe limitar al Obispo diocesano al que pertenece el monasterio, sino que deben dirigirse a Dios también en bien de todo el episcopado mundial, porque ante todo es el Obispo el capitán, el letrado y predicador por antonomasia de la Iglesia particular: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2) para que Dios «los haga muy aventajados en el camino del Señor […] vayan muy adelante en su perfección y llamamiento» (C 3, 2). Y «los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén, […] los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo» (C 3,5).

El orar por los capitanes de la Iglesia en mayor medida corresponde al Obispo de Roma, es decir al Santo Padre, que debe velar con gran solicitud por toda la Iglesia universal. Él es el “capitán” por excelencia de la Iglesia. La oración por el Santo Padre y por su labor apostólica debe estar muy presente en la vida del carmelita descalzo, junto con «grandísimo respeto y veneración al nombre de Su Santidad, […] obedeciendo en cualquier mandato apostólico»[4].

 3.2. Orar por las Iglesias más perseguidas

Como hemos visto, Santa Teresa de Jesús centró ante todo su oración por la Iglesia en aquellos momentos más perseguida, la de Francia, donde eran incendiadas las iglesias, asesinados sus sacerdotes y profanado el Santísimo Sacramento. Hoy, la Iglesia que vive en esta situación no es la de países protestantes, sino donde impunemente los hindús y los islamistas radicales hacen la vida imposible a los cristianos, quemando sus casas, sus iglesias en ocasiones llenas de fieles, asesinando a los sacerdotes, religiosas y laicos por el mero hecho de ser fieles a su fe cristiana, consiguiendo así que el cristianismo desaparezca de amplias zonas de la tierra. También viven una gran persecución en China los cristianos que no quieren adherirse a la iglesia nacional, o los comprometidos en la defensa de la justicia y de los derechos humanos, en particular en Venezuela y Cuba.

En la actualidad, la cristianofobia se va extendiendo en el mundo, cada vez son más los países en que los cristianos son perseguidos.  Sólo puede detener la persecución constante que sufren los cristianos en tantos países del mundo, la  oración constante, humilde, ardorosa, ante todo a través del Santo Rosario, y el ofrecimiento de la Eucaristía, en reparación de los pecados de toda la humanidad, para que esta oración llegue a Dios, sea escuchada benignamente, y entre las diversas religiones del mundo pueda haber un encuentro cordial y un enriquecimiento mutuo, favoreciendo que cada vez sean más los que reconozcan a Cristo como su redentor y salvador.

Ante la situación de persecución que viven millones de cristianos, son totalmente pertinentes las palabras de santa Teresa: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia (C 1,5).

3.3. Orar por el “aumento de la Iglesia”

Teresa no dejaba de pedir a Dios el “aumento de la Iglesia”, y quería que sus hijas y lectores también lo hicieran.[5] El aumento de la Iglesia católica, ante todo será debido a la expansión misionera. Ella oraba de forma particular por América, donde eran tantos los que no conocían a Cristo, creyendo que por este hecho se condenaban. Este será, como hemos visto, el desencadenante de la expansión del Carmelo descalzo a partir del monasterio de san José.

En la actualidad, en América, por la que tanto oró, no desconocen a Cristo como en la vieja Europa. En este continente madre de tantas Iglesias de los cinco continentes, Jesucristo es cada vez más desconocido. Para que Dios conceda el don de la fe, y el conocimiento amoroso de Cristo a los europeos, en particular a los españoles, debemos dirigir a Dios oraciones y sacrificios, de este modo haya un aumento de fieles en la Iglesia católica en cantidad y calidad, a través de una nueva y eficaz evangelización que fortalezca a los cristianos y muchos fascinados por Cristo entren a formar parte de la Iglesia, alaben a Dios y pongan todos sus talentos para hacer conocer a los demás a Cristo, la perla preciosa y fuente de salvación para toda la humanidad.

Ello sucedió con Antoni Gaudí, el genial arquitecto de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Era anticlerical en su juventud[6], se convirtió y vivió hasta su muerte una fe cristiana profunda y sincera. En su persona se constata hasta qué punto fueron escuchadas las oraciones que el beato Francisco Palau dirigía a Dios, para que se convirtieran los increyentes, de modo «que con su penitencia y fervor os den más gloria que no os quitaron con su impiedad»[7].  Antoni Gaudí como testimonio de su fe en Jesucristo y de su amor a la Iglesia y a sus santos, nos ha dejado la extraordinaria basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, que constantemente es un reclamo para millones de personas que cada año la visitan y dirigen su mirada y su corazón a Dios. Dios dispuso que la consagración del Templo de la Sagrada Familia, por Benedicto XVI fuera el día de la fiesta litúrgica del beato Francisco Palau. Como si Dios coronara con ello su constante oración intercesora por la Iglesia, buscando siempre la forma que esta fuera más eficaz ante El.

 3.4. Orar por los reyes, gobernantes, políticos, legisladores…

Santa Teresa recordará en diversas ocasiones a los frailes y monjas el deber de orar por el rey (C 3,10). Después de obtener el favor del rey para fundar en Caravaca, dirá: «Y así, hijas, os ruego yo mucho, que siempre se haga particular oración por Su Majestad, como ahora la hacemos» (F 27,6).

Si no hubiera sido por el amparo de Felipe II, posiblemente parte de la Reforma iniciada por ella, en particular la rama masculina, hubiera desaparecido. Después de haber obtenido su protección les recordará: «Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras oraciones encomendarle [el rey] a nuestro Señor, y a los que han favorecido su causa y de la Virgen nuestra Señora, y así os lo encomiendo mucho. […] Todas nos ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo fundado llevase Dios adelante, si se había de servir de ello» (F 28,7).

Los carmelitas descalzos, por su parte, en agradecimiento a los favores recibidos por el amparo del rey Felipe II, se comprometieron a que se celebrase una misa diaria, rotativamente, en los conventos de la provincia, y que hubiera «oración perpetua continua de noche y de día por su Majestad». De igual modo, que en algún un convento de frailes o de monjas hubiese siempre un orante pidiendo por esta intención. Asimismo determinaron: «Que de las tres disciplinas que en cada convento de la provincia se toman en comunidad, querían ofrecer una a Nuestro Señor por su Majestad»[8].

La sociedad en la que vivía Teresa, era una sociedad violenta, con gran facilidad se recurría a la guerra para arreglar asuntos diplomáticos. Ella además de orar y sacrificarse por ello, hará las gestiones que sean necesarias para impedirlo. Escribirá al Arzobispo de Evora, Don Teutonio de Braganza, que es amigo suyo, para que haga lo que esté de su mano para impedir la guerra, influenciando sobre su sobrino el Duque de Braganza parte principal en el litigio. En la carta que le escribe, se puede percibir la profunda angustia de Teresa ante una posible guerra, y el compromiso personal de mediadora que asume por la paz entre los cristianos.

«Vuestra señoría me manda hacer saber si hay allá alguna nueva de paz, que me tiene harto afligida lo que por acá oigo, como a vuestra señoría escribo; porque si por mis pecados este negocio se lleva por guerra, temo grandísimo mal en este reino, y a éste no puede dejar de venir gran daño […] Por amor de nuestro Señor, procure concierto […] y se tengan delante los grandes daños que se pueden venir […] y mire vuestra señoría por la honra de Dios, como creo lo hará sin tener respeto a otra cosa. Plega a su Majestad ponga en ello sus manos, como todas se lo suplicamos, que lo siento tan tiernamente, que deseo la muerte si ha de permitir Dios que venga tanto mal, por no lo ver […] El Señor dé luz para que se entienda la verdad sin tantas muertes como ha de haber si se pone a riesgo; y en tiempo que hay tan pocos cristianos, que se acaben unos a otros es gran desventura. […] Todas estas hermanas […] tienen cuidado de encomendar a vuestra señoría a Dios»[9].

Santa Teresa consideraba que es un deber el orar por el rey, que tenía en sus manos los destinos de la nación. Como también, cuando la paz estuviere amenazada mediar para que ésta fuera una realidad durable.

Hoy podríamos decir que el carmelita debe orar por los gobernantes, ya que en sus manos están decisiones que pueden afectar decididamente la vida de la Iglesia y de los hombres, tanto para construir como para destruir el Reino de Dios ya edificado, como impedir el acceso a la educación y a la sanidad a todos, o incluso la alimentación y los recursos sean sin límites a favor del mundo de las finanzas.

Pudiendo alcanzar de Dios tan grandes dones con la oración en bien de la Iglesia, del  propio país y de la humanidad, podría ser considerado por el Señor una falta de omisión, si no oramos por  los políticos, gobernantes, legisladores, jueces…. para que les dé luz, fortaleza, sabiduría para organizar de tal modo la vida social que todos puedan tener acceso a lo necesario para vivir con dignidad, erradicar todo aquello que atenta contra la vida y la dignidad del ser humano, el que todos sean juzgados con justicia, que la Iglesia tenga libertad para evangelizar, el que los conflictos se solucionen por caminos de paz…

3.5. Orar por la salvación de las almas

 Uno de los grandes móviles de la oración de Santa Teresa será alcanzar de Dios la salvación eterna de las almas.  Fue sensible a ello después de la espeluznante visión del infierno y el lugar que podría ser el suyo si se resistía a la gracia. A partir de entonces procurará vivir con perfección su llamamiento para no caer en él, y arremeterá contra viento y marea para impedir que otras almas vayan allá. Este fue el primer motivo que la movió a fundar san José de Ávila.

La salvación de las almas estará presente siempre en su mente, en su boca y en sus escritos. «Grandísima pena me da las muchas almas que se condenan» (V 32,6). O «Grandísima ansia porque no haya quien le ofenda, sino que todos le alaben. Pienso que deben venir de aquí estos deseos tan grandísimos de que se salven las almas y de ser alguna parte para ello y para que este Dios sea alabado como merece» (CC 10,5).

Teresa implorará a Dios con todas las capacidades de su ser la salvación de las almas, testimonio de ello, son las Exclamaciones del alma a Dios, que nos muestran además su gran sentido de la franqueza o parresía frente a Dios.

«¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? […]  Habed piedad, Criador, de estas vuestras criaturas. […] Dadnos, Señor, luz; […] Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia» (E 4,2; 8, 2). «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia» (E 8,3). «¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites. […] Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios» (E 10, 2-3).

La salvación de las almas será uno de los dos objetivos prioritarios en la formación de las monjas de san José y por ello de todo carmelita descalzo: «Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos» (C 1, 6). Instará a sus monjas «De todas las maneras que pudiéramos, lleguemos almas para que se salven (7M 4,12).

Este será según Teresa de Jesús el servicio prioritario por excelencia de todos los que se pueden ofrecer a Dios «pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (F 1,7).

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Siglas de las Obras de santa Teresa de Jesús:

C. Camino de Perfección;  CC. Cuentas de Conciencia; Cta. Cartas; E. Exclamaciones; F. Fundaciones; M. Moradas. V. Libro de la Vida.

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[1]  Matta el Meskin,  Consejos para la oración, Madrid, Ed. Narcea 1993,  142.  

[2]  Ibid. 142-143.

[3] Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Obras, BMC XVI, 502-503.

[4] María de San José, “Obras completas”, en Humor y Espiritualidad en la Escuela Teresiana Primitiva, Burgos: Ed. Monte Carmelo 1982, 432-433.

[5] A los que leyeren el libro de Las Moradas, les pide en el epílogo oraciones por el «aumento de la Iglesia».

[6] Hijo de Reus, el ambiente que frecuentó en su juventud era republicano impregnado de

anticlericalismo.

[7] Francisco PALAU, Escritos, o.c., Lucha del alma con Dios, VI, 6.

[8] Daniel de Pablo Maroto, “Felipe II y la Reforma de santa Teresa”, Teresa de Jesús, 175 (I-2-2012) 30-34 (34).

[9] Carta a Don Teutonio de Braganza, 22-7-1579, n. 3-7.

Trascendencia eclesial de la oración de santa Teresa de Jesús

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Decía H. U. von Balthasar «cada santo es una palabra o don de Dios a la Iglesia, concretamente a la Iglesia histórica en sus componentes de tiempo y cultura». La acción de la gracia en la vida de Teresa de Jesús y a través de su obra fundacional hará fecundo el Concilio de Trento tanto en su dimensión dogmática, como de reforma. Reformándose el clero se reformará la Iglesia.

El contexto en el que surgió la reforma teresiana puede considerarse uno de momentos más críticos de la Iglesia católica en toda su historia. La reforma de Lutero se había extendido por toda Europa, se había consolidado en Alemania; Inglaterra con el cisma se había separado de Roma; en Francia, los hugonotes estaban a punto de hacerse con ella. Si el calvinismo lograba este fin, la Iglesia católica quedaba reducida a las dos penínsulas del sur de Europa, y en España empieza a haber núcleos de luteranos. Además en el Este existía la grave amenaza turca que quería extender el islam en Europa.

Teresa será consciente, por experiencia propia, que cuando no hacía vida de oración, su vida cristiana y religiosa se desintegraba camino del infierno, pero cuando pide que oren por ella, y ella ora, experimenta una transformación profunda en su vida, que la ayuda a vivir radicalmente el seguimiento de Cristo en su vocación religiosa. Lo que Teresa constata en su vida es lo que necesita la Iglesia, la oración es el medio para fortalecer a la Iglesia en aquel momento tan crítico.

La misión que Dios le da, no es que sólo ella ore con todo su ser por el bien de la Iglesia, sino también que forme a mujeres orantes y las libere de todo aquello que pudiera impedir que ellas realicen este servicio eclesial. En el monasterio de san José en Ávila, fundado por ella a instancias del Señor (V 32,11), procurará que haya un ambiente de soledad y pobreza, donde se busque sólo contentar a Dios, viviendo con la mayor perfección posible los preceptos evangélicos y la Regla que, como el Evangelio, manda orar sin cesar.  Les dirá: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2). «Cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (C 3,10).

A la vez, instruirá a sus monjas en cómo comportarse con las gracias místicas que puedan recibir mientras oran por las necesidades de la Iglesia. Estas tienen por objetivo agilizar su camino hacia la unión con Dios, y así sea más fecunda su oración en bien de la Iglesia. Pero, ante todo, las educará para que procuren crecer en las grandes virtudes (amor al prójimo, desasimiento y humildad), ya que de otro modo se quedarán enanas en la vida espiritual (7M 4,9), y sus oraciones no serán escuchadas por Dios. Ya que, sin la humildad, el Espíritu Santo no puede obrar en el alma hasta la plena configuración con Cristo, el gran intercesor. Sin desasirse tanto de las cosas como de las personas, Dios no se entrega a ella. Ya que Dios no se da a si mismo con todos sus dones, hasta que nos demos del todo a Él. El fruto de la oración es un amor ardiente al Señor, a su Iglesia y servir a todas las hermanas con gran caridad, de tal modo que las despierte con sus virtudes a ser mejores, así «más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos» (7M 4, 15).

Les enseñará a vivir la vida religiosa en clave esponsal. Buscar en la oración una relación de amistad cada vez más íntima con Cristo, su Esposo, donde «toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué por dónde mostrará el amor que le tiene» (7M 4,6), tomando las cosas de su Esposo como propias, como una esposa vela por la honra de su Esposo (CC 25), de este modo vayan adentrándose en las diversas moradas hasta el centro del alma donde habita Dios Trinidad, allí se realiza el matrimonio espiritual. Hay en este estado espiritual «tanta amistad, que manden a veces -como dicen- y cumplir El lo que ella le pide, como ella hace lo que El la manda, y mucho mejor, porque es poderoso y puede cuanto quiere y no deja de querer» (C 32,12). Dirá Teresa, «Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4,6). Hasta que se unan inseparablemente estas dos cosas: «alabéis mucho a su Majestad y le pidáis el aumento de su Iglesia y luz para los luteranos» (M epíl. 4)

Santa Teresa de Jesús, consciente de que Dios lo puede todo, no dejará de decir a sus monjas: «¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al poderoso?» (C 42,4). Por ello no tratará «con Dios negocios de poca importancia» (C 1,5). Sus súplicas, hechas muchas veces con lágrimas, serán para pedir a Dios por las grandes necesidades de la Iglesia, en aquel momento crítico en «que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos herejes» (C1,3). Sus oraciones eran aceptas a Dios, de modo que el mismo Señor le dirá «pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía que todo me lo concedería cuanto yo le pidiese» (CC 38). «¿Qué me pides tú que no haga yo, hija mía?» (CC 59, 2).

Teresa suplicaba: «Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos (C 35,5). «Favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la cristiandad, Señor. Dad ya luz a estas tinieblas» (C 3, 9). En los años posteriores a las ardientes peticiones de Teresa, los decretos del Concilio de Trento no se convirtieron en letra muerta, gracias a los Papas reformadores y a los Obispos que fueron aplicando los decretos del Concilio, hubo una mejora del clero secular; las Órdenes religiosas se fueron reformando y otras  nuevas, como los jesuitas, con gran impulso se implicaban en la recatolización de las regiones que habían caído bajo la influencia de la reforma protestante y en la  expansión del catolicismo por tierras de Asia,  África y  América.

Hace 450 años que santa Teresa fundó el monasterio de san José en Ávila. Cristo le prometió que este monasterio «sería una estrella que diese de sí gran resplandor» (V 32, 11). Sus palabras han sido verídicas. En la actualidad hay cerca de 900 monasterios de carmelitas descalzas esparcidos por todo el mundo, convirtiéndose así en la orden contemplativa más numerosa de la Iglesia, con más de 12. 300 monjas, y es la tercera dentro de las familias religiosas femeninas. Es la primera Orden de la Iglesia que tiene el orar por los sacerdotes (Presbíteros-Obispos) como fin institucional.

El testimonio de la acción de Dios en ella, y la descripción de la misma a través de su obra escrita, es uno de los mayores servicios que santa Teresa de Jesús ha hecho a la comunidad eclesial, porque ayuda a fortalecer a la Iglesia en la propia fe, ya que entonces, como hoy, los hombres creen más en el testimonio que en los maestros, y ella será al mismo tiempo maestra y testigo. Dirán de ella grandes conocedores de la historia de la Teología: «Tal vez en toda la historia de la Iglesia no se recuerde después de San Irineo, figura de más perfecto catolicismo que la de Teresa de Jesús. Lea sus obras quien quiera conocer el espíritu verdadero del catolicismo. Una conversación ante las rejas de un monasterio del Carmelo enseña mejor que muchos libros alemanes, cuál es la esencia del catolicismo»[1]. Fray Luis de León, gran humanista y editor de sus obras, dirá de la Madre Teresa: «no dudo sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que le regía la pluma y la mano; que así lo manifestaba la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee».

De tal modo, a través de los siglos, los escritos de santa Teresa de Jesús han enriquecido a la Iglesia. Se ha convertido no sólo en maestra de espirituales, sino que ha sido la primera mujer declarada Doctora de la Iglesia Universal, por Pablo VI el 27 de septiembre de 1970. En la magna Historia de la Iglesia de Fiche- Martin, dirá de Teresa de Jesús: «La santa dio prueba de una energía, una prudencia y una sabiduría maravillosas. […]  Esta gran contemplativa fue, así, una de las mujeres más osadas, más ágiles, más geniales que la humanidad ha conocido».

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Siglas: V. Libro de la Vida;  CC. Cuentas de Conciencia; C. Camino de Perfección; M. Moradas.

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[1] Christus, IV, Barcelona 1929, p. 1063. Citado por Ismael Bengoechea, Las gentes y Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1982, 105.

Santa Teresa de Jesús fundadora de los carmelitas descalzos

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Nos podemos preguntar ¿qué le llevó a fundar a la madre Teresa de Jesús la Orden de los frailes Carmelitas descalzos?, para así mejor conocer cual es su carisma.

 1. Laboriosas gestiones para fundar la rama masculina de la descalcez

Al recibir la madre Teresa el mandato del P. Rubeo de fundar nuevos monasterios femeninos, tendrá un gran interés en que éste le conceda las patentes para que se funde la rama masculina del Carmelo Descalzo: “considerando yo cuán necesario era, si se hacían monasterios de monjas, que hubiese frailes de la misma Regla” (F 2,5)

Otger Steggink, que ha investigado a fondo este período de la historia del Carmelo Descalzo, nos dice:

“Viéndose (Teresa) no sólo autorizada sino también exhortada encarecidamente a extender su obra de la reforma, se planteó a su conciencia de fundadora un problema mayor y más complejo. Ya había dado a su movimiento reformador en San José de Ávila una orientación espiritual bien definida y original. No todo era una simple “re-forma», esto es, una mera restructuración de la disciplina regular. La vida carmelitana, tal como ella la concebía y la practicaban las descalzas de San José, tenía sus características; se distinguía de la observancia común de las demás monjas y beatas carmelitas por la orientación hacia un verdadero cultivo de la oración mediante una jornada eremítico-contemplativa. Se imponía, por consiguiente, una dirección espiritual adecuada y eficaz, uniforme e inteligente, por parte de unos hombres de parentesco espiritual perfecto con sus descalzas […] En la mente de la Fundadora había madurado con los años la idea de completar su reforma de las descalzas  con la institución de unos frailes  contemplativos y ermitaños, para que fuesen  éstos los consejeros y directores  espirituales de sus monjas  y entendiesen además en las ocupaciones exteriores que la organización del movimiento traía consigo”[1]

Isabel de Santo Domingo, da testimonio de que éste era el propósito de la Santa Madre: “para mayor servicio de nuestro Señor y también para el buen gobierno  y aumento de dicha religión era bueno ubiese algunos conventos de religiosos de la misma Orden”[2].

La idea de fundar la rama masculina del Carmelo Descalzo, ya se lo propuso la madre Teresa al P. Rubeo en su visita a Ávila: “Aun antes que se fuese, el Obispo (que es don Álvaro de Mendoza), muy aficionado a favorecer a los que ve que pretenden servir a Dios con más perfección, y así procuró que le dejase licencia para que en su obispado se hiciesen algunos monasterios de frailes descalzos de la primera Regla. También otras personas se lo pidieron” (F 2,4). Pero aunque “él lo quisiera hacer” (F 2,4) por prudencia, no juzgó oportuno  tomar una decisión sin haber consultado a los mismos frailes carmelitas. Después de haberlos consultado, “halló contradicción en la Orden; y así, por no alterar la Provincia, lo dejó por entonces” (F 2,4).

La madre Teresa no dejará de insistir en ello, ya que en la oración veía que era voluntad del Señor que se hiciera.  “Pasados algunos días, considerando yo cuán necesario era, si se hacían monasterios de monjas, que hubiese frailes de la misma Regla, y viendo ya tan pocos en esta Provincia, que aun me parecía se iban a acabar, encomendándolo mucho a nuestro Señor, escribí a nuestro P. General una carta suplicándoselo lo mejor que yo supe” (F 2,5). Con su mente iluminada del Espíritu Santo, la madre Teresa, supo planteárselo bien al P. General: “dando las causas por donde sería gran servicio de Dios; […] y poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto” (F 2,5). Para el P. Rubeo, el amor a la Virgen y el anhelo de verla venerada en todo el mundo eran el “principal móvil para promover nuevas fundaciones; la propagación de la Orden Carmelita, de la cual la Virgen era “peculiar Señora y Patrona» equivaldría para él a la dilatación de la devoción mariana”[3].

El P. Rubeo, a pesar de los malos recuerdos de la Congregación de Mantua y de Albi y de otros movimientos de ruptura con la Orden que se daban entonces, haciendo caso a lo que le decía la madre Teresa, “los inconvenientes que podía haber no eran bastantes para dejar tan buena obra” (F 2,15), “envió licencia para que se fundasen dos monasterios, como quien deseaba la mayor religión de la Orden” (F 2,5). El que accediera a su propuesta, la madre Teresa, lo reconocerá  como una gracia especial de la Virgen: “Ella debía ser la que lo negoció” (F 2,15).

Teniendo en cuenta el contexto histórico y el conjunto de disposiciones, Otger Steggink, nos dice: “el P. Rubeo, al conceder la licencia para fundar dos monasterios de frailes Carmelitas contemplativos, no pensaba en un gran movimiento de reforma, sino más bien en una casas de recolección donde el apostolado tuviera un lugar absolutamente secundario y un carácter ocasional, […] serían unas casas de recolección como las tenían en Castilla los dominicos y los franciscanos”[4].

Desde que se engendró en su pensamiento de que fuera voluntad de Dios la fundación de la rama masculina, no sólo lo encomendará mucho a nuestro Señor y a la Virgen Santísima y hará todo de su parte para obtener el permiso del P. General (cf. F 2,5), sino que, una vez obtenido este permiso, no dejará de orar para que encuentre miembros adecuados para la rama masculina de la Reforma: “Pues estando yo ya consolada con las licencias, creció más mi cuidado, por no haber fraile en la Provincia, que yo entendiese, para ponerlo por obra, ni seglar que quisiese hacer tal comienzo. Yo no hacía sino suplicar a nuestro Señor que siquiera una persona despertase” (F 2,6).

De entre los padres Carmelitas sólo encontró para su Reforma a san Juan de la Cruz, al que cubrió de elogios “siempre había hecho vida de mucha perfección y religión” (F 13,1). Con el P. Antonio de Jesús tenía sus reparos.  Ambos iniciarán la nueva vida en Duruelo.

2. En Duruelo el Espíritu derramó el Carisma a los frailes

 En el relato que la madre Teresa nos ha dejado de Duruelo en Fundaciones, podemos ver los rasgos esenciales del carisma que el Señor derramará en los carmelitas descalzos: “quedéme espantada de ver el espíritu que el Señor había puesto allí” (F 14, 7). En primer lugar un gran espíritu de oración, en soledad y en el rezo de las Horas en común: “Supe que después que acababan maitines hasta prima no se tornaban a ir, sino allí se quedaban en oración, que la tenían tan grande, que les acaecía ir con harta nieve las hábitos cuando iban a prima y no lo haber sentido” (F 14,7).

Se dedicaron al servicio apostólico con toda abnegación: “Iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos sin ninguna doctrina, que por esto también me holgué se hiciese allí la casa; que me dijeron, que ni había cerca monasterio ni de dónde la tener, que era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el crédito que tenían, que a mí me hizo grandísimo consuelo cuando lo supe. Iban -como digo- a predicar legua y media, dos leguas, descalzos (que entonces no traían alpargatas, que después se las mandaron poner), y con harta nieve y frío; y después que habían predicado y confesado, se tornaban bien tarde a comer a su casa. Con el contento, todo se les hacía poco” (F 14, 8). En su convento, acogerán a los que van a ellos en busca de dirección espiritual: “venían allí a confesar algunos caballeros que estaban en aquellos lugares” (F 14,9).

Con ello vemos que el proyecto primero del P. Rubeo de que fueran sólo carmelitas contemplativos, es ampliado por la acción del  Espíritu Santo. A la madre Teresa, fruto de una vida de oración verdadera, participará de los sentimientos del Señor, que le hará sentir el desgarro de la Iglesia, y se sentirá movida a remediarlo orando y formando a otras mujeres orantes para alcanzar de Dios que cese tanto mal, y ayude a la Iglesia. Lo mismo sucederá con los padres, los largos tiempos de oración verdadera, participarán de los sentimientos del Señor, y tendrán pena de que haya  quienes siendo bautizados, nadie les enseñe la fe, se la haga crecer y celebre los sacramentos. El Espíritu les llevará a implicarse a poner remedio a aquella situación, y lo harán con generosa abnegación, es decir saldrán de su convento e irán a los lugares donde se encuentran los que necesitan que se les anuncie la Buena Nueva, a estos les catequizarán, les predicarán y confesarán, todo ello acompañado de un  buen testimonio de vida.

Es preciso señalar la alegría que le da a la madre Teresa de que sus hijos se dediquen a la vida apostólica nacida de la vida de oración. La expresión de alegría es subrayado en diversas ocasiones en este relato: “me holgué se hiciese allí la casa; que me dijeron, que ni había cerca monasterio ni de dónde la tener, que era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el crédito que tenían, que a mí me hizo grandísimo consuelo cuando lo supe” (F 14, 11); “de la manera que vivían y con la mortificación y oración y el buen ejemplo que daban, […] no me acababan de decir de su santidad y el gran bien que hacían en aquellos pueblos, no me hartaba de dar gracias a nuestro Señor, con un gozo interior grandísimo, por parecerme que veía comenzado un principio para gran aprovechamiento de nuestra Orden y servicio de nuestro Señor. Plega a Su Majestad que lleve adelante, como ahora van, que mi pensamiento será bien verdadero” (F 14, 11).

La alegría que expresa la madre Teresa al ver que sus hijos se dedicaban al servicio apostólico, es una alegría que procede del Espíritu Santo. Nos recuerda la alegría de Jesús cuando los setenta y dos discípulos le explicaron el fruto apostólico de su predicación. “En aquel mismo momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: ‑ Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque has ocultado todo esto a los sabios y entendidos y se lo has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así lo has querido tú” (Lc  17,21).

Santa Teresa de Jesús, secundando la voluntad de Dios, quiso que hubiera la rama masculina del mismo carisma por ella recibida, para que fueran excelentes directores espirituales de sus monjas. Con este objetivo el P. Rubeo le dio patentes para fundar la rama masculina. Pero la realidad superó sus expectativas, a estos primeros carmelitas descalzos les dio el Señor también la vida apostólica, de modo que aquello que ella no podía realizar por su forma de vida contemplativa, lo realizarían sus hijos espirituales. A través de ellos, sus ansias de apostolado directo  se harían realidad: “Y así me acaece que cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen, por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer” (F 1,7). Daniel Pablo de Maroto, recuerda: “el “apostolado» de los frailes descalzos, no de las monjas, era la manera concreta y real de ayudar a la Iglesia en dificultades, idea matriz que propició, en parte, el inicio de la reforma del Carmelo femenino. […] La “sed de almas», que ardía en su corazón, lo contagió a las dos ramas de su Reforma, a las monjas y a los frailes”[5].

Fiel a la acción del Espíritu Santo, la madre Teresa querrá que la rama masculina tenga el mismo estilo de vida humana-espiritual que la rama femenina, para ello:

“Yo me fui con fray Juan de la Cruz a la fundación que queda escrita de Valladolid. Y como estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas, que todo es con tanta moderación, que sólo sirve de entender allí las faltas de las hermanas y tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la Regla. El era tan bueno, que al menos yo podía mucho más deprender de él que él de mí; mas esto no era lo que yo hacía, sino el estilo del proceder las hermanas” (F 13, 5).

Introduce a san Juan de la Cruz, y con él a todos los carmelitas descalzos que vendrán después por la gracia de Dios, en “la nueva forma de ser carmelita que la madre Teresa implantó en su monasterio reformado de San José. Esta nueva forma de vida no la había estudiado en los libros, sino en su misma alma. Era el fruto maduro  de sus experiencias y la lección de veintisiete años de vida religiosa en la Encarnación”[6].

Otger Steggink, con un estudio detallado de la vida de una carmelita en la Encarnación  y la que la madre Teresa introducirá en el monasterio de San José, nos ayudará a conocer más de cerca, en qué consiste  “el estilo del proceder las hermanas” (F 13, 5), que quiere que conozca fray Juan de la Cruz, no sólo para mejor dirigir espiritualmente a las monjas, sino para que se  introduzca en la rama masculina del Carmelo Descalzo.

En las cosas que Juan de la Cruz debía aprender, no hablará de la vida de oración, ya que constató en Duruelo, que los primeros descalzos hacían harta vida de oración, tanto personal como litúrgica.  Lo que no aprobó, fue su vida penitencial, “les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande; […] temía no buscase el demonio cómo los acabar antes que se efectuase lo que yo esperaba” (F 14,12). Pero ellos no le hicieron caso. Mas tarde insistirá en lo mismo a fray Juan de la Cruz, cuando esté con ellas en Valladolid, donde podrá ver que la “mortificación” es realizada con “moderación” (F 13,5).

“El estilo de hermandad” (F 13,5), es algo en lo que se empeñó a fondo la madre Teresa. Puso un límite en el número de miembros que podía haber en cada comunidad. Comunidades pequeñas para que favorezca, que todos vivan en  hermandad, “aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (F 4,7).

“El estilo de  […] recreación que tenemos juntas” (F 13,5). La madre Teresa introdujo en la vida del Carmelo  la recreación,  para poder vivir mejor la exigencia del silencio, así como la celebración gozosa recreativa de las fiestas principales, sean del año litúrgico, o de la vida religiosa de la comunidad. De este modo daba a la vida comunitaria un cauce para expresar el gozo de ser salvados, participando de la alegría de la resurrección del Señor.

Comunidades pequeñas, en una relación de absoluta igualdad, donde no haya  discriminación por razón social, y las únicas excepciones sean de estricta necesidad.  Una rigurosa selección de los candidatos. En los frailes “era mi intento que entrasen buenos talentos” (cta. 17.2.1581), es decir “santa Teresa prefería a sus hijos inteligentes más que ascetas, salvadores de almas más que rigurosos”[7]. En las monjas remarca que las candidatas deben tener “buen entendimiento” (C 14,1). De modo que tanto los frailes como las monjas estén  dispuestos a darlo todo en el servicio del Señor, empleando todos los talentos que Dios ha depositado en ellos/as.

Una característica del carisma de la obra fundacional de santa Teresa de Jesús, es el compromiso con la vida de la Iglesia. El hijo e hija de santa Teresa no debe buscarse a sí mismo en la vida religiosa, ni que sea para alcanzar de Dios el perdón de sus pecados y la salvación eterna, tal como apuntaba el papa Honorio III al aprobar la Regla de san Alberto: “En remisión de vuestros pecados os imponemos a vosotros y vuestros sucesores que observéis regularmente, en cuanto os sea posible y con ayuda de la gracia divina, las normas de vida dadas por el Patriarca de Jerusalén”[8]. Sino que ha de buscar ante todo  la salvación de eterna de los redimidos por Cristo, de este modo participará  de los “ímpetus grandes de aprovechar almas” (F 32,6), que el Espíritu Santo puso en el alma a santa Teresa de Jesús.

La característica del carisma carmelitano en el enriquecimiento que se llevará a término en Teresa, es el compromiso con la obra apostólica de la Iglesia, sea en la oración y penitencia, ante todo en el caso de las madres, y el apostolado directo que ayude a la salvación eterna de las almas, por parte de los padres. Procurando la salvación de los demás, le será concedido la salvación eterna de su propia alma, tal como había prometido el Señor “Y todos los que hayan dejado esposa, hermanos, hermanas, padres, hijos o tierras por causa mía, recibirán el ciento por uno de beneficio y la herencia de la vida eterna”  (Mt 19,29). O como recordará Otger Steggink: “la reforma teresiana, se presenta desde sus principios como una renovación del estilo ermitaño y de la vida contemplativa, como un retorno original al primitivo ideal del Carmelo, puesto en marcha por un profundo sentimiento de solidaridad cristiana y movido por un renovado espíritu apostólico”[9].

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Siglas: C. Camino de Perfección; Cta. Cartas; F. Fundaciones de santa Teresa de Jesús;

BMC. Biblioteca Mística Carmelitana.

Notas

[1] Otger Steggink, “Arraigo e innovación en Teresa de Jesús” (Col. Minor 41), BAC, Madrid 1976, 172-153.

[2] Así lo refiere  el P. Andrés  de la Encarnación, OCD, en sus Memorias historiales, vol. 2, Madrid, B. N., ms 13.483, f. 76r. Citado por  Otger Steggink, “Arraigo e innovación, o.c.,  173.

[3]Ibid., 176.

[4]Ibid., 181.

[5]Daniel de Pablo Maroto, Ser y misión del Carmelo Teresiano, Ed. de Espiritualidad, Madrid 2011, 87.

[6]Otger Steggink, “Arraigo e innovación en Teresa de Jesúso.c., 68.

[7] Teófanes Egido, “La refundación de los frailes Carmelitas Descalzos por Santa Teresa”, n. 4. Ponencia en el 89 Capítulo General OCD, 28 de abril-18 de mayo de 2003.

[8] Citado por Pau M. Casadevall, El Carmel, un projecte de vida, Pares Carmelites, Barcelona 1985, 15.

[9] Otger Steggink, “Arraigo e innovación en Teresa de Jesús”, o.c.,160.

EL CARISMA DEL CARMELO VIVIDO POR SANTA TERESA DE JESÚS Y LOS SANTOS CARMELITAS

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                                           INTRODUCCIÓN

San Juan Pablo II en Tertio Milennio Adveniente invitaba a todos a «una gran plegaria de alabanza y de acción de gracias sobre todo por el don de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención realizada por El. […] [y por] los frutos de santidad madurados en la vida de tantos hombres y mujeres que en cada generación y en cada época histórica han sabido acoger sin reservas el don de la Redención» (TMA 32). Fieles a esta invitación de la Iglesia, en este año que conmemoramos el V Centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús[1], elegida por la Providencia Divina para ser fundadora de una de las “Reformas” de la Orden del Carmen, queremos dirigir una mirada al pasado para agradecer a Dios Trinidad que haya querido embellecer a la Iglesia con el carisma dado a la Orden del Carmen.

Desde 1991 a  2015, han transcurrido casi veinticinco años del primer encuentro fraterno entre los Superiores Generales, el P. Joseph Chalmers O. Carm y el P. Camino Maccise OCD y sus Consejos. En la carta que conjuntamente escribieron en 1991, nos decían: «Deseamos vivamente que estos encuentros fraternos de hermanos y hermanas de las varias órdenes y congregaciones Carmelitas se multipliquen en todas las comunidades de nuestra familia. De este modo nos dispondremos a escuchar lo que Dios nos pide y seremos capaces de construir caminos en fraterna colaboración para vivir y testimoniar el carisma del Carmelo»[2].

En 1991 se inició la redacción de este breve estudio sobre la historia y la espiritualidad de la Orden del Carmen, para secundar la voluntad de ambos Superiores Generales, de favorecer al máximo posible este reencuentro y enriquecimiento fraterno, tomando conciencia de las raíces comunes. Por ello, en este estudio se intenta describir las diversas dimensiones del carisma: la dimensión cristológica, mariana, josefina, eliana y el enriquecimiento que se da al carisma del Carmelo  a  partir de la vida espiritual de santa Teresa de Jesús, especialmente del fruto que dieron en ella las gracias místicas con las que fue agraciada.

Este estudio intenta ser una de tantas plasmaciones posibles de lo que dicen las Constituciones de los Padres Carmelitas Descalzos:

«Esta familia, a la que somos llamados por una vocación personal, en la medida en que es como una expresión renovada de una Orden antigua, hermana la fidelidad a la tradición espiritual del Carmelo con un afán de renovación permanente. Dos actitudes que nos legó nuestra madre santa Teresa[3]. Conscientes de ello y dóciles a la llamada de Dios nos sentimos en sintonía con el genuino espíritu y vida de nuestros antecesores y atestiguamos la continuidad y comunión con la familia. Así en la gesta de «nuestros Padres santos pasados», vemos no sólo hechos de un ayer lejano, sino también el esbozo y proyecto providencial de nuestra vida en la Iglesia de hoy» (cap. 1.1).

La santa madre Teresa de Jesús, quiso y quiere y se lo suplica a Dios, que sus hijos e hijas sean conscientes que heredan la plenitud del carisma que ella heredó al profesar en la Orden del Carmen, y a su vez son partícipes  del enriquecimiento del carisma que el Espíritu Santo ha obrado en ella, así como la altura espiritual a la que ha llegado por gracia dada y correspondida. De modo, que a partir de la altura espiritual que se le concedió vivir, empiecen a caminar sus hijos e hijas, según el carisma particular que el Espíritu Santo les conceda vivir. Ya que el manantial de las gracias que vivirán los carmelitas teresianos proceden de la vida interior de la Virgen María, que nadie podrá alcanzar ni superar.

Se intenta con este estudio contribuir a descubrir mejor cuál es el carisma y la misión que Dios en su Providencia ha dado al Carmelo Descalzo en la Iglesia para bien de la humanidad. No es un estudio cerrado, sino abierto a que otros sigan profundizando y rectificar aquello que es susceptible de ser rectificado.

Después de la larga investigación que ha supuesto este estudio, la misma autora ha quedado impresionada al contemplar la grandeza del carisma del Carmelo, y descubrir que quién ha vivido más dimensiones del carisma y ha realizado un enriquecimiento mayor en toda su historia es santa Teresa de Jesús. Ante tan eminentes dones que Dios ha concedido al Carmelo, podemos decir como el salmista, «me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad» (sal 15, 6), ya que nos ha tocado en heredad «vivir en el santuario más íntimo de la Iglesia», como nos los recuerda santa Teresa Benedicta de la Cruz. A su vez, agradecer a tantos carmelitas que han acogido estos dones, los han vivido, han velado que sus hermanos/as también los vivieran y han luchado contra viento y marea para vencer mil dificultades internas y externas, para legarnos a nosotros un hogar, lleno de grandes riquezas espirituales, en la gran familia de la Iglesia.

Este estudio es un obsequio que la autora hace a la Orden del Carmen, con motivo del V centenario del nacimiento de la santa madre Teresa de Jesús. En agradecimiento a Dios, quién por medio de la Virgen María, le ha concedido el  precioso don del carisma del Carmelo teresiano y a tantas monjas y frailes de las dos grandes familias del Carmelo (OCD y O. Carm) que le han ayudado y confía que le seguirán ayudando a  corresponder a este gran don, haciéndolo fructificar para bien de la Iglesia y de la humanidad.

                              1. Historia y Carisma

Cada Orden toma su nombre o de un lugar o  de un santo. En el caso de la Orden del Carmen, recibe el nombre de un monte de Palestina que se adentra en el mar Mediterráneo, formando la orilla sur de la bahía de Haifa.

1.1. Origen histórico de la Orden del Carmen

En el siglo XII muchos cristianos aspiraban a visitar los santos lugares de Tierra Santa. La peregrinación, como la Cruzada, tenía un carácter penitencial y se sellaba  con un voto  que incluía, a veces, el permanecer de por vida en Tierra Santa. Este era un voto en sentido canónico, del que solamente el Papa podría conceder dispensa. «El peregrino y el cruzado “seguían a Cristo” en el sentido literal y físico de los tiempos feudales, consagrando alma y cuerpo al servicio de su Señor, dispuestos a dar la vida por establecer y defender su patrimonio en un territorio concreto»[4]. Algunos peregrinos y cruzados optaron por servir a Cristo  en la soledad, no adhiriéndose a ninguna Orden reconocida eclesialmente.

Estos eremitas se establecieron en distintos puntos de Palestina, unos en el monte Tabor, otros en el valle de Josafat, algunos en el desierto de Judá o en los alrededores del mar Muerto, sólo unos pocos se establecieron en Monte Carmelo, atraídos muy posiblemente tanto por la belleza del lugar, como porque en él tuvieron lugar muchas hazañas de Elías Profeta, como lo recuerdan los Libros de los Reyes.

En el período más antiguo de la Orden del Carmen se pueden distinguir tres fases. Seguimos para ello el esquema expuesto por  Kees Waaijman:

«a. La primera es la de los ermitaños. Comenzó cuando un puñado de peregrinos optó por la soledad del Monte Carmelo y consideraron al hermano B. como su líder. Los ermitaños vivieron en o junto a wadi ‘Ain-es-Siah cerca de la Fuente de Elías. Los ermitaños vivían en celdas separadas, reflexionaban la Escritura, se dedicaban a la oración y trabajaban en silencio.

  1. La segunda fase es la de los ermitaños viviendo en comunidad en el Monte Carmelo. Estos ermitaños concibieron un «plan» (propositum) de formar una comunidad. Alberto transformó el estilo de vida eremítica en la «fórmula de vida» cenobítica (formula vitae); teniendo un prior; comunidad de bienes; regular celebración conjunta de la Eucaristía.
  2. La tercera fase es la de los frailes mendicantes en Europa. Los carmelitas no permanecieron mucho tiempo en el Monte Carmelo: el islam los echó fuera. Este éxodo de Israel comenzó en 1238. De vuelta, en su país de origen los carmelitas encontraron una situación cambiada. […] Los hermanos mendicantes eran tremendamente populares y los papas los apoyaban, manteniéndoles incluso fuera de la jurisdicción de los obispos. Los carmelitas, que habían brotado del mismo movimiento de renovación, sintieron la atracción de los hermanos mendicantes. Consiguieron obtener las necesarias condiciones preliminares para esta forma de vida: permiso para celebrar la Eucaristía en público, oír confesiones, tener iglesias y cementerios propios, el reconocimiento del derecho a postular, etc. Gradualmente, conducidos en esta dirección especialmente por las situaciones prácticas, los carmelitas optaron por el modo de vida practicado por las órdenes hermanas»[5].

a Regla de san Alberto encarna tres conceptos religiosos: el modo de vida eremítica, la forma de vida cenobítica y la vida como hermano mendicante. Este  último con las acomodaciones llevadas a cabo por Inocencio IV[6].  Ello fue vivido en el arco de un siglo, de ermitaño a cenobita, de cenobita a mendicante. Este proceso trajo tensiones y las sigue trayendo hoy. «Pero también han forzado a los carmelitas a ir más allá de la superficie, a un nivel más profundo, a buscar ese espacio místico de la contemplación, un nivel desde las perspectivas donde todas las formas y conceptos son relativos»[7].

En su proceso histórico los eremitas latinos del Monte Carmelo,  a principios del siglo XIII —entre 1206-1214­— acudirían al Patriarca de Jerusalén, Alberto de Vercelli,  para pedirle «una fórmula de vida adecuada al proyecto común». Él que conocía las virtudes que eran comunes a aquellos hombres, les dio una fórmula de vida, respetuosa con la que llevaban a término.

Desde el punto de vista literario la Regla es una carta. Aparece el nombre del remitente, el nombre del destinatario, el saludo, organización de una comunidad eremítico-cenobítica; configuración del convento y como corazón de la Regla, las normas de vida interior: oración, trabajo, silencio.

La Regla de san Alberto es la más breve entre sus iguales, pero en su brevedad tiene la expresividad de un poema.

1.2. Carisma: La Regla (Cristo), María y Elías

La Orden del Carmelo según la Regla de san Alberto haría vida la dimensión orante de Jesús, como lo han hecho realidad los cartujanos: oración, silencio, trabajo manual, meditación constante en la ley del Señor, vida eremítica y cenobítica a la vez. En cambio si contemplamos los caminos que el Espíritu de Dios ha hecho discurrir a la Orden del Carmen, nos hace preguntar, además de la Regla de san Alberto, ¿hay otro germen que haga comprensible la historia posterior de la Orden?

Este germen está en la misma Regla. En ella se invita a «vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia» (n. 2). Jesús es el Señor de Tierra Santa. Los ermitaños del Carmelo estaban enrolados en su servicio[8].

Pero también la Regla les indica que construyan un oratorio en medio de las celdas donde se reunirán cada día para oír la santa misa (n. 14). Aquellos eremitas dedicaron a María el primer oratorio, de este modo la Virgen quedó constituida como Patrona y Señora del lugar y de toda la posterior expansión de la Orden.  Fue éste un acto institucional que conferiría a los carmelitas su carta de identidad.

Habitar en el Monte Carmelo era habitar en el Monte de Elías, donde él vivió[9].  De este modo, los carmelitas no sólo tomaron a la Virgen María y al profeta Elías como modelos en su seguimiento de Cristo, sino que  Dios, en su Providencia, quiso que el Carmelo encarnara la profunda vida interior de la Virgen María y el espíritu de Elías se perpetuara en la Iglesia, a través de la Orden del Carmen.

Cuando los eremitas latinos se establecieron en el wadi Es-siah del Monte Carmelo,  para vivir una vida de oración, poco podían imaginar, que ellos, unos hombres sencillos sin ansias de posteridad ni grandes proyectos de futuro, que sólo quieren vivir una vida de soledad en unión íntima con Dios bajo la inspiración del profeta y en los mismos escenarios en los cuales él vivió, con un sincero amor a la Virgen María, pudieran dar a la  Iglesia tan grandes santos y dieran origen a una de las empresas espirituales más sugestivas de la historia humana.

                    2. Dimensión Cristocéntrica

 La vida de todo cristiano es seguimiento de Jesús, porque El es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). La vida religiosa según el derecho Canónico «es seguimiento más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo» (can. 573). El Concilio así mismo lo había definido: «La norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el Evangelio, ésa ha de tenerse por todos los institutos como regla suprema» (PC 2, a).

Ello nos lo recuerda san Alberto, Patriarca de Jerusalén, en el inicio de la Regla que nos ha legado: «Cualquiera que sea la Orden a que pertenezca o el modo de vida religiosa que hubiere elegido, haya de vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente, con corazón puro y buena conciencia» (n. 2).

Cristo da sentido y plenitud a toda la vida del carmelita. En el contexto de la sociedad medieval «vivir en obsequio de Cristo», significaba una situación de vasallaje respecto a su Señor. Jesús es el Señor de Tierra Santa. Nos recordará Nilo Geagea: «Para los institutos religiosos nacidos en Tierra Santa, el “obsequio de Jesucristo” era estrictamente obligatorio, al haber surgido en un lugar que era considerado “patrimonio de Cristo”: feudo conquistado con su sangre, territorio sobre el que El ejercía un poder indiscutible de “patrón” soberano»[10]

Los ermitaños latinos del Monte Carmelo, porción del feudo de Cristo, se propusieron una finalidad cristológica, vivir  «in obsequio Iesu Christi», a modo de vasallos ante su «patrón» y reconociendo a Jesucristo, como el «Señor del lugar». De este modo, los ermitaños que se habían enrollado al servicio del Señor Jesús, le consagraban totalmente sus vidas. El era el centro de su meditación, de la  liturgia, de su razón de ser y de existir.

Toda la Regla está penetrada de la persona de Jesús: «Meditar día y noche en la ley del Señor y velando en oración» (n. 10). Cada día se reúnen para celebrar la Eucaristía (n. 14). Rezar las horas canónicas o la oración del Padrenuestro (n. 11). El ayuno que debían observar está regido por los misterios de la vida del Señor «Desde la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz, hasta el día de la Resurrección del Señor, ayunareis todos los días, excepto los domingos» (n. 16).

2.1. El Cristoncentrismo vivido por los Santos del Carmelo

El carmelita desde siempre ha buscado penetrar en el santuario interior de Cristo. Le gusta estar recogido y silencioso con El, para penetrar y vivir sus sentimientos y disposiciones más íntimas, insertarse en el movimiento de su alma hacia la Trinidad, dejándose transformar por las tres divinas personas. Jesús es el camino para llegar a esta comunión más íntima y profunda con el Padre en el Espíritu Santo. Jesús es el mediador único y universal, nadie va al Padre sino por El.

San Juan de la Cruz es maestro insigne en ayudar al alma a este conocimiento: «En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría de Dios escondidos. En los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa primero y entra en la espesura del padecer exterior e interiormente y, después de haberla Dios hecho muchas otras mercedes intelectuales y sensitivas y habiendo precedido en ella mucho ejercicio espiritual» (CE 36,3).

Identificándose con Cristo, ser transparencia de Cristo en su vida, el carmelita puede ofrecer finalmente, a Dios una alabanza, digna de su majestad y grandeza. Uniéndose a Cristo en la adoración y en la expiación, participa de su misión redentora cooperando eficazmente en la salvación  de las almas. Ante esta posibilidad, Isabel de la Trinidad, exclamaba: «Qué sublime es la misión de la carmelita! Debe ser mediadora con Jesucristo, serle como una humanidad complementaria en la que pueda perpetuar su vida de reparación, de sacrificio, de alabanza y de adoración» (cta. 256, 12.1905).

En santa Teresa de Jesús hay un amor entrañable a la humanidad de Cristo. Enriquecía su vida interior en la meditación de la pasión del Señor, en el culto a la Eucaristía, en la celebración gozosa y a la vez profunda de los misterios del Señor. Esto mismo enseñará a sus hijas: «Pues juntaos cabe este buen Maestro, muy determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama» (C 26,10).

Santa Magdalena de Pazzi en sus Avisos y enseñanzas, intenta ayudar al alma a vivir la vida cotidiana teniendo presente a Dios y la humanidad sacratísima de Jesús: «En la primera pausa durante la comida, adorad a Jesús con suma reverencia por la gloria de la humanidad del Verbo dio a la divinidad» (Aviso 367).

En el beato Francisco Palau su amor a Cristo se transfiguró en amor a la Iglesia, ya que «La Iglesia es Dios y los prójimos, y es ella el objeto y el término último de nuestro amor» (MR 11,21).

El único deseo de santa Teresa de Lisieux, será amar a Jesús, así se lo manifestará a su hermana en el inicio de su vida religiosa: «¡Quisiera amarle tanto…! ¡Amarle como nunca lo ha amado nadie…! Mi único deseo es hacer siempre la voluntad de Jesús» (cta. 74, 2r). Al final de su vida, por la acción del Espíritu Santo y su correspondencia quedará cristificada, de modo que en su agonía, a pesar de sus grandes sufrimientos físicos y espirituales Cristo en ella diga al Padre  «¡Sí!, lo amo… ¡Dios mío…, te amo!» (UC 30.9)

En Isabel la Trinidad la misión de la carmelita es identificarse con Cristo para ser una alabanza perfecta del Padre. Pedirá en su elevación espiritual a la Trinidad: «¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor, […] te pido que me ‘revistas de ti mismo’, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma, que me sumerjas en Ti, que me invadas, que ocupes Tú mi lugar, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador. […] ¡Oh, Fuego consumidor, Espíritu de Amor! ‘Ven a mí’ para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo. Que yo sea para El una humanidad complementaria en la que renueve todo su misterio» (NI 15).

San Nuño de Santa María, el que antes de ser donado carmelita, fue Condestable del ejército portugués, al preguntarle por su piedad eucarística respondió: «Quien quiera verme vencido en las batallas, que me aleje de este sagrado convite, en el cual Dios mismo, pan de los fuertes, vigoriza los hombres. Por lo tanto, fortalecido con este manjar, me revisto de ánimo y valor necesario para vencer al enemigo…»[11]

Herman Cohen, también llamado el convertido de la Eucaristía, sus palabras están impregnadas de amor a Jesús y a María: «Ella me ha dado la Eucaristía, y la Eucaristía me ha enajenado el corazón, y la Eucaristía ha proyectado dentro de mí un atractivo tan maravilloso que no he querido vivir más que para Jesús y María, y a Jesús me di en la Orden de María, y así me hice religioso de María y sacerdote de Jesús»[12].

Edith Stein, después de su conversión al Cristianismo, «Cristo y el Evangelio eran cauce sobre el cual ella, sin ningún tipo de reservas, orientaba toda su vida… Su adoración por el Santísimo Sacramento y su devoción por María y por el Sagrado Corazón de Jesús eran tan simples y naturales y a la vez tan profundas y vivas, que frente a ese hecho sólo cabe una gran admiración»[13].  Al final de su vida se produjo en ella una profunda cristificación: «Cristo mismo como Cabeza realiza la expiación del pecado en esos miembros concretos de su Cuerpo místico, que se han puesto a disposición de su obra de salvación en cuerpo y alma»[14].  Ella será una de estos miembros que ayudarán a Cristo a llevar la cruz en expiación por los pecados de su nación (Alemania) y de su pueblo (el judío).

Santa Teresa de los Andes experimentó en tal forma el amor de Jesús hacia ella, que decía «Cristo ese loco de amor, me ha vuelto loca» (cta. 107, 11.6.1919). Ella procuraba trasmitir a las personas con las que se relacionaba esta cercanía amorosa de Jesús, «traten de conocer a Jesús, el amigo íntimo de nuestras almas. En El encontrarán la ternura de una madre en grado infinito; consuelo, si tienen que sufrir; fuerza para cumplir con sus deberes. Mirarán a Jesús anonadado en el pesebre, en la cruz en el sagrario. Allí nos dice cuánto nos ha amado» (cta.151, 26.11. 1919).

El beato Tito Brandsma, muestra el profundo amor a Jesucristo en la poesía que  escribió  en la cárcel de Scheveningen, ante una estampa de Jesús en su celda:

«Cuando te miro, buen Jesús, advierto/ en Ti el amor del más querido amigo,/ y siento que, al amarte yo, consigo/ el mayor galardón, el bien más cierto./ Este amor tuyo -bien lo sé- produce/ sufrimiento y exige gran coraje;/ más a tu gloria, en este duro viaje,/ sólo el camino del dolor conduce./ Feliz en el dolor mi alma se siente:/ la Cruz es mi alegría, no mi pena;/ es gracia tuya que mi vida llena/ y me une a Ti, Señor, estrechamente/. Si quieres añadir nuevos dolores/ a este viejo dolor que me tortura, / fina muestra serán de tu ternura,/ porque a Ti me asemejan redentores./ Déjame, mi Señor, en este frío/ y en esta soledad, que no me aterra;/ a nadie necesito ya en la tierra/ en tanto que Tú estés al lado mío/. ¡Quédate, mi Jesús! Que en mi desgracia,/ jamás el corazón llore tu ausencia:/ ¡que todo lo hace fácil tu presencia/ y todo lo embelleces con tu gracia!»[15].

Santa Maravillas de Jesús sentía en su interior el llamamiento a  inmolarse por la salvación de las almas y especialmente por España. Se sentía llamada a ser lámpara encendida de amor a Jesús en nombre de todos sus compatriotas. Esta llamada interior avivó en ella un gran amor al Sagrado Corazón de Jesús y al Dios vivo muy amante y muy amado en la Sagrada Eucaristía. Ella por experiencia decía: «Todo está en confiar del todo en su corazón y abandonarse amorosamente en sus manos. Llevará al alma por obscuridades, le dará a gustar su bendita cruz, hará de ella lo que quiera, pero todo le conducirá adentrarse más en ese Corazón que tanto la ama»[16].

Al hacer este pequeño recorrido sobre el amor profundo que tantos carmelitas han tenido hacia Jesús, podemos constatar cómo cada uno nos revela un aspecto distinto de los misterios de Cristo. Unos hacen hincapié en la Humanidad Sacratísima de Jesús;  otros adoran Cristo Eucaristía; otros contemplan el amor que dimana de su Sagrado Corazón; en algunos el amor a Cristo se transfigura en amor a Cristo total que es la Iglesia… Contemplando esta variedad y profundidad del conocimiento de Cristo, que nos revelan carmelitas insignes a través de los escritos que nos han legado, podemos contemplar algún destello de la belleza de Jesucristo y su amor hacia nosotros. Por ello con admiración, no podemos decir más que con san  Juan de la Cruz «hay mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término; antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá» (CE B 37,4).

2.2. Los Carmelitas miembros del Cuerpo Místico de Cristo

Hay una unidad íntima y misteriosa entre Jesús y los suyos, que ya está expresado en el Evangelio de Mateo: «Venid, benditos de mi Padre: tomad en herencia el reino que para vosotros está preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… Entonces le responderán los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer o sediento y te dimos de beber?… Y respondiendo el rey les dirá: Os lo aseguro: todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,34-40).

Saulo, camino de Damasco, se encontró con Cristo en su unidad con la Iglesia: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El respondió: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús a quien tú persigues» (Hch 9,4-5). Pablo una vez convertido no dejó nunca de meditar en esta vinculación de Jesús con la Iglesia, de modo que ha sido considerado el evangelista del cuerpo Místico de Cristo.

En la carta a los Romanos (12, 3-7) y en la primera carta a los  Corintios (12, 4-30) Pablo destaca la unidad vital entre Cristo cabeza y los miembros del cuerpo místico. Para hacerlo comprensible a sus oyentes o lectores elige el símil del cuerpo: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo» (1Cor 12,12).

Del mismo modo que hay diversidad de ministerios: apóstoles, profetas, maestros…, también existen diversos carismas: «a uno le capacita el Espíritu para hablar con sabiduría, mientras a otro le concede expresarse con profundo conocimiento de las cosas.  El mismo Espíritu que otorga a uno el don de la fe, concede a otro el poder de curar enfermedades, o el de hacer milagros, o el de comunicar mensajes en nombre de Dios, o el de distinguir entre falsos espíritus y el verdadero Espíritu […]  La presencia del Espíritu en cada uno se ordena al bien de todos» (1 Cor 12, 7-11).

Podríamos hacer extensivo esta diversidad de dones derramados por el Espíritu Santo a la Iglesia, con lo que supone para ella los distintos carismas de los institutos religiosos, los cuales prolongan alguna dimensión de la persona de Jesús.

Se pudiera decir que a la Compañía de Jesús le ha tocado en heredad prolongar ante todo la disponibilidad de Jesús para anunciar a todo lugar y hombre la Buena Nueva del Evangelio. La comunidad ecuménica de Taizé y el movimiento Focolar prolongarían la pasión de Cristo por la unidad de la Iglesia… Esta lista podría ser inmensa, gracias a la acción del Espíritu Santo en el nacimiento y sostén de los más variados carismas que edifican el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

Nos podemos preguntar, ¿Cuál es la dimensión principal de Cristo que encarna la Orden del Carmelo? Se pudiera afirmar que si la Orden benedictina encarnaría la oración de Jesús al Padre a través de las oraciones cultuales del pueblo de Israel, en particular de los Salmos. El Carmelo encarnaría la oración interior de Jesús en su comunicación con el Padre. Es decir «El encuentro con Dios no esquematizado, ni formulado con frases y palabras humanas, sino sentido en el fondo del alma de un modo íntimo y vivificante»[17].

El carmelita prolonga la oración interior de Jesús al Padre, realizada desde la fe, el amor y la esperanza. Participa a su vez de su  celo por la Gloria del Padre, deseando ardientemente que sea santificado su nombre;  sea reconocido como el Dios único y verdadero.

Al participar de la misión que el Padre le ha dado a su Hijo, de redimir la humanidad, de modo que puedan los hombres y mujeres gozar de la salvación eterna, el carmelita experimenta un profundo dolor cuando, «por los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» (Gs 19). Por ello el y la carmelita a través de la oración intercesora, le suplica al Padre por medio de su Hijo, que la Iglesia encarne ya en este tiempo histórico la belleza a la que está llamada a reflejar en la Iglesia celestial, en la que Cristo, el Esposo, pueda decir: «¡Mirad a la esposa engalanada, vestida de lino finísimo y deslumbrante de blancura. El lino que representa las buenas acciones de los consagrados a Dios» (Ap 19, 7-8). A su vez suplica al Padre que la sangre derramada por su Hijo en la Cruz no sea en vano en ninguna generación, sino que los hombres se dejen salvar por la redención que Cristo ya nos ha alcanzado, sea con la fe  y las obras de la fe (Jn 6, 29; Sant 2,18) o al menos por las obras de misericordia por las cuales todos los hombres seremos juzgados (Mt 25, 31-46).

El carmelita según el servicio que el Espíritu le concede realizar en el seno de la Orden y de la Iglesia, refleja diversas dimensiones de Jesucristo.  En santa Teresa de Jesús, en san Juan de la Cruz, en santa Magdalena de Pazzi como en santa Teresa del Niño Jesús podemos descubrir la solicitud de Cristo por la formación de los discípulos a El encomendados.

En los escritos íntimos «Mis Relaciones» del beato Francisco Palau se puede intuir el profundo drama interior de Jesús, de quien por llevar a término la misión del Padre, entra en conflicto por quienes le representan.

El beato Tito Brandsma detenido, encarcelado y muerto por la dictadura nazi de Hitler nos ayuda a descubrir a Jesús en sus últimos días,  antes de morir en la cruz. No se encontrará solo en el juicio,  porque Jesús estaba con él. Este le decía: «Déjame, mi Señor, en este frío y en esta soledad que no me aterra; a nadie necesito ya en la tierra en tanto que tú estés al lado mío»[18]. Estas palabras nos recuerdan las de Jesús: «El que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque hago siempre lo que le agrada a él» (Jn 8,29).

Él como Jesús pasó hambre, frío, torturas, interrogatorios en los cuales la sentencia condenatoria estaba dada antes de juzgarle. Soportó  todo tipo de sufrimientos morales y físicos. Estos no fueron capaces de acabar con su fe y confianza en Dios. Poco antes de morir había exclamado «Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía» (Lc 22,42). Como Jesús, murió perdonando, anhelando la salvación eterna de los responsables y los causantes de su muerte en la cruz. A la enfermera que le inyectó la dosis letal, el beato Tito le enseñó, a través del rezo del santo Rosario, a pedirle a la Virgen que rogara por ella pecadora. Por intercesión del beato Tito y de la Virgen María alcanzó de Dios su conversión. Testificaba el jesuita el P. Connick, testigo de sus sufrimientos en el campo de Dachau, «Murió feliz, realmente feliz, por haber sido tratado y flagelado como Cristo»[19].

Del mismo modo que san Pablo, escribe a los Gálatas «Estoy crucificado con Cristo» (Gal 2, 19). Desde san Francisco de Asís, a algunos cristianos a Dios les concede reproducir, también fisiológicamente la imagen sangrante de Cristo. Este fue el caso de sor María de Jesús Crucificado, la llamada “florecilla árabe”. Ella recibió la gracia de los estigmas, cuando se unió a la intercesión de la Virgen por los pecadores, y le decía a Jesucristo: «Señor, mi salvador, dadme, si quieres, todos estos sufrimientos, pero ten misericordia de los pecadores»[20]. Desde este momento, todos los viernes sangrará su costado con atroces sufrimientos. La llaga del corazón, precedió siete meses a los estigmas de las manos y de los pies, como para dar a entender que la diminuta postulante era, ante todo, una estigmatizada de amor.

Se podría ir presentando a cada uno de los santos y santas del Carmelo, y constatar cómo han ido reflejando la persona de Cristo en su vida. Cristificados por el Espíritu Santo han participado de los mismos sentimientos de Cristo, y han configurado su voluntad a la de Dios, tanto en lo escondido del claustro, como en el servicio apostólico en la Iglesia.

No sólo ello, sino que el carmelita dócil a la acción del Espíritu Santo, refleja en su fe la belleza de la fe de la Iglesia, como acontece en santa Teresa de Jesús.  Dirán de ella grandes conocedores de la historia de la Teología: «Tal vez en toda la historia de la Iglesia no se recuerde después de San Irineo, figura de más perfecto catolicismo que la de Teresa de Jesús. Lea sus obras quien quiera conocer el espíritu verdadero del catolicismo»[21].

2.3. La Palabra de Dios en la Regla 

Una de las indicaciones más importantes de la Regla,  es «meditar día y noche en la ley del Señor y vigilar en la oración» (n.10). Esta ley del Señor no es otra que la voluntad de Dios escrita en su Palabra. Como escribe Jaume Barrull «Los primitivos carmelitas no conocieron otra regla que las Sagradas Escrituras. En ellas encontraron los ermitaños del Monte Carmelo la esencia de la vida que habían abrazado. Tal es el aprecio singular de que goza la Biblia en el Carmelo: La Regla de las reglas. La espiritualidad bíblica informa totalmente la espiritualidad carmelitana. De la Biblia extrajeron los carmelitas sus «tradiciones», que fueron líneas decisivas en la historia posterior»[22].

Meditar las Sagradas Escrituras en el corazón y en su espíritu, se convierte en el carmelita en experiencia de la Palabra de Dios; que ilumina no sólo su vida interior,  sino guía su vida externa, ya que como prescribe la Regla «toda cosa que debáis hacer, hacedla según la palabra del Señor» (n.19).  A la vez ilumina la existencia individual y la colectiva.

La meditación constante de la Palabra de Dios, dará al carmelita, como dice la Regla, tener «siempre abundantemente en vuestras bocas y corazones la espada del espíritu que es la palabra de Dios» (n. 11).

San Alberto insta a los carmelitas a defenderse de las persecuciones y de las tentaciones con luz que proviene de la Sagrada Escritura: «todos los que quieran vivir píamente en Cristo padecen persecución; y el diablo vuestro adversario anda como león rugiente, buscando a quien devorar, con toda diligencia procurad vestiros la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del enemigo» (n. 18).  La armadura espiritual está hecha del «cíngulo de la castidad, […] pensamientos santos, […] coraza de la justicia, […] escudo de la fe,  […] cubrir la cabeza con el yelmo de la salvación, de suerte que sólo la esperéis del Salvador, […] améis al Señor Dios vuestro con todo el corazón y con toda el alma, y con todas las fuerzas, y a vuestro prójimo como a vosotros mismos» (n. 19).

La forma de vida dada por el Patriarca Alberto es sacada también de las exhortaciones del Nuevo Testamento: el trabajo manual a ejemplo de san Pablo (n. 20), el silencio (n.21), la actitud de servicio del prior (n. 22), la exhortación que los religiosos honren «a vuestro prior con humildad, entendiendo que es Cristo» (n.23). Y esperar sólo de Cristo,  la recompensa del servicio realizado en su obsequio (n. 24).

Podemos decir que para «san Alberto, la Palabra de Dios no podía dejar de ser, al mismo tiempo, Cristo mismo y las Escrituras que nos proponen a Cristo […] vivan los hermanos del Carmelo las riquezas de Cristo realizadas en sus personas y obtengan de la fuente de las Escrituras, la inteligencia de las cosas de Dios, la sabiduría de vida, los estímulos y las certezas espirituales, que convienen a los creyentes llamados a recorrer, con radicalismo evangélico el camino cristiano de la coherencia y de la fidelidad»[23].

         2.4. La Palabra de Dios alimento espiritual de los Carmelitas  

La Palabra de Dios es para el carmelita la fuente y el alimento de su vida espiritual. En los escritos de los Santos del Carmelo no sólo encontramos una gran abundancia de la Palabra de Dios, sino que ésta ha ido configurando su propio ser.

Santa Teresa de Jesús, aunque por la época que le tocó vivir, no haya podido leer directa y enteramente la Biblia, ha llegado a un conocimiento hondo de la misma.  La Sagrada Escritura es el trasfondo de su obra y su pensamiento.  No hay libro suyo que no esté cuajado de citas. Cuarenta y siete libros distintos cita ella de la Sagrada Escritura. Lee la Biblia en clave espiritual e intima. En ocasiones se le da experimentar vivamente la Palabra de Dios en su vida, en otras ocasiones el mismo Señor a través de ella indica a sus consultores: «Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras. Y que si podrán, por ventura atarme las manos» (CC 19)

Se da en Teresa una asimilación vital de la Escritura, busca identificarse con los personajes bíblicos, recrear sus actitudes, especialmente los personajes evangélicos. Dirá Alfonso Ruiz: «esta fe absoluta que Teresa presta a la Palabra de Dios, su vida se ha ido llenando de la misma, para luego irse modelando conforme a la exigencia de la Escritura, que se convierte para ella en norma segura de vida. Con satisfacción dirá que sus confesores: Ninguna cosa han hallado que no sea muy conforme a la Sagrada Escritura, y esto me hace estar ya sosegada» (CC 3,13).

En san Juan de la Cruz la Sagrada Escritura es la fuente primordial en todos sus sentidos: de vida, experiencia, doctrina y lenguaje. Es su libro de lectura, meditación, canto; de cabecera y de viaje; de contemplación personal, de magisterio oral y escrito. Tiene tal grado de adhesión y asimilación de la Sagrada Escritura, que se habla de «Biblia experimentada», «mística escriturística». En él se da una «verdadera simbiosis entre la historia bíblica e historia personal, identificando experiencias personales con experiencias antiguas, de personajes bíblicos con los creyentes de hoy. Especialmente en lo que se refiere a la propia vida y experiencia. Es la misma historia de uno y otro caso»[24].

La Sagrada Escritura, como señala Federico Ruiz: «Además de contenidos, la Escritura presta a Juan un servicio valioso en materia de lenguaje. Es enemigo de la expresión autobiográfica. En cambio, identificándose con palabras y experiencias de personajes bíblicos, tiene la posibilidad de contar y cantar veladamente en primera persona las propias alegrías y penas, las misericordias y mercedes de Dios, escondiéndose tras la palabra del profeta, del salmista o de san Pablo. En palabras textuales de la Biblia se oyen gritos personales de san Juan de la Cruz»[25].

Realizará una lectura cristocéntrica de la Sagrada Escritura. Jesucristo personifica y plenifica la revelación: Cristo-Palabra y Cristo-Amado. Fundamentará el comentario de sus poemas en la Sagrada Escritura. Así lo explica en el Prólogo de Subida: «con el favor divino, hubiere de decir -a lo menos para lo más importante y oscuro de entender- de la divina Escritura, por la cual guiándonos no podremos errar, pues que el que en ella habla es el Espíritu Santo» (1S pról. 2).

Santa Magdalena de Pazzi «tenía en grandísima veneración al Santo Evangelio y todas las palabras de la Sagrada Escritura». Así lo testifican las que le conocieron como Sor María Magdalena Mori «Sobre el Evangelio tuvo tan elevadas inteligencias y consideraciones, que no pudo menos de maravillar como una doncella de tan poca preparación, pueda penetrar tan altos misterios de la Escritura»[26].

El beato Francisco Palau, sólo después de meditar mucho la Palabra de Dios en el corazón y en su mente, podrá alcanzar no sólo la familiaridad que muestran todos sus escritos, sino que este «estudio se convierte en experiencia de la Palabra de Dios; experimenta la Palabra de Dios como respuesta a sus problemas personales y eclesiales, como alimento espiritual fuerte de su espíritu, como luz que ilumina los pasos de su existencia, como descubrimiento de los misterios de los designios de Dios sobre los pueblos»[27].

En sus escritos autobiográficos santa Teresa del Niño Jesús, testifica que el Evangelio es la fuente habitual de su oración: «lo que me sustenta durante la oración, por encima de todo, es el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi pobre alma. En él descubro de continuo nuevas luces y sentidos ocultos y misteriosos…» (Ms A 83v). Escribe Agustí Borrell: «En la Escritura Teresa ha encontrado una riqueza extraordinaria que le ha permitido superar la pobreza de la espiritualidad de su entorno y abrir para ella y para la Iglesia caminos nuevos, plenamente basados en el Evangelio. Pero ha encontrado mucho más que eso: para ella, la Escritura es el camino de acceso directo a Dios, es la voz del Amado, es Jesús mismo hecho Palabra»[28].

A Isabel de la Trinidad también le será concedido el  don de penetrar con profundidad en la Palabra de Dios. Escribe  Conrad de Meester: «El Espíritu desarrolló en el corazón de esta joven poco instruida un carisma particular, para comprender desde dentro, gustar y vivir los magníficos designios de amor divino que Pablo y Juan discurrían entre sus ojos maravillados […] Ella funda su contemplación y su doctrina sobre la palabra revelada, vivificada por el contacto con el Verbo de Dios. Es esto lo que da a sus escritos vigor y salud, profundidad y horizontes»[29].

El testimonio de estos y otros santos carmelitas[30] que hicieron de la Palabra de Dios su alimento espiritual, -siendo  fieles en poner por obra  las exhortaciones de la Regla dada por san Alberto-, nos hace constatar que les fue por ello concedido no sólo un conocimiento íntimo de la Sagrada Escritura, sino el que la experimentaran. La lectura, la meditación, la interiorización de la Sagrada Escritura fue para ellos, una fuente de agua viva (Jn  7, 38), que les llevó al profundo conocimiento de Cristo, a la participación en su misma vida, de hijos en el Hijo. La Sagrada Escritura fue luz para el discernimiento espiritual de la acción del Espíritu Santo en sus vidas.

2.5. El amor esponsal en los Santos del Carmelo

Una de las características esenciales del carisma del Carmelo, es la búsqueda constante de la intimidad y la unión con Dios en el silencio y la oración. Una intimidad que se reviste de características esponsales, después de una intensa purificación de afectos, ya que Dios no se da del todo hasta que no nos damos del todo. Esta relación esponsal con Jesucristo, el Esposo de la Iglesia, y de cada bautizado, tiene su expresión más alta en la unión transformadora, llamado también «matrimonio espiritual».

El documento más antiguo de espiritualidad carmelitana, declara que «dos son los fines de esta vida; el primero debemos conquistarlo con nuestra fatiga y el ejercicio de las virtudes, ayudados por la gracia, y consiste en ofrecer a Dios un corazón santo, puro de todo pecado actual […] el segundo fin de esta vida se nos da por puro don de Dios y consiste en gustar en el corazón y experimentar en el espíritu  el beneficio de la presencia divina, y la dulzura de la gloria celeste, no sólo después de la muerte sino también, en cierto modo, en esta vida mortal»[31].

Escribirá A. Marchetti: «La espiritualidad carmelitana con sus perspectivas místicas revela una gran fe en la acción del Espíritu Santo, que colabora constantemente con las almas sedientas de Dios, obrando desde dentro con sus dones. Orientada hacia la unión más íntima con Dios, la espiritualidad del Carmelo tiene un carácter nupcial, y halla su expresión más alta en la unión transformadora, llamada también matrimonio espiritual. Como espiritualidad nupcial es esencialmente alegre, hecha de esperas y esperanzas, de gozos íntimos y de donaciones totales»[32].

Para vivir en la interioridad y establecerse definitivamente en Dios, el alma necesita vivir largo tiempo en un clima de renuncia. La misma vida de intimidad implica desapego, renuncia radical. Dios no se da del todo hasta que no nos damos del todo. La ascesis, el desapego de personas y de cosas, está en función de un amor más puro y ardiente, medios para alcanzar más plenamente la unión y transformación en Dios.

Se hace necesario que el alma busque el silencio, ya que la oración en silencio, es un medio óptimo para captar las llamadas y mociones del Espíritu Santo y dejar que obre en el alma.  El silencio contribuye a  disponerse para esta relación, pero es puro don de Dios Trinidad, quien por medio del Espíritu Santo hace que se inaugure en el alma esta relación esponsal con Cristo, y que no deje de madurar hasta la unión transformante, es decir, el matrimonio espiritual.

Santa Teresa de Jesús experimentó místicamente a Cristo como el Esposo. Este le dijo: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía» (CC 35).

No queriendo que ninguna de sus hijas, por falta de correspondencia,  pudiera  impedir o retardar este encuentro nupcial con el Señor, no dejaba de formarlas en la conciencia de que son esposas de Jesús: «nunca, hijas, quita vuestro Esposo los ojos de vosotras» (C 26,3). «Pedidle la palabra que vuestro Esposo es, que os trate como a tal» (C 28,3). «Procuraremos deleitarnos en estas grandezas que tiene nuestro esposo y que entendamos con quién estamos casadas, qué vida hemos de tener» (C 22,7).

De este modo la vida espiritual se estructura como intercambio nupcial, así la moral, lejos de ser el cumplimiento de unas leyes, se convierte en el arte de complacer al Otro. No se puede complacer al Esposo sino hay virtudes grandes. Por ello, la Madre Teresa no dejará de instar a sus monjas a adquirir con la ayuda de la gracia las grandes virtudes, que ella expone en Camino de Perfección, «la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas» (C 4,4). Estas virtudes son necesarias para que se desarrolle en el interior del alma la relación esponsal con Cristo.

La humildad es un don de Dios que se da a quien contempla la vida, pasión y muerte de Jesucristo y le adora. También se da al que ama de verdad a Jesucristo, busca unido a El la gloria de Dios y el advenimiento del Reino y humildemente pide al Señor que le conceda el don de la humildad (Mt 7,7).  La humildad, siendo fruto del Espíritu, es a la vez condición necesaria para su inhabitación en el alma, ya que, como dice san Agustín: «El Espíritu Santo nos convierte de multiplicidad en unidad. Se le apropia por la humildad y se le aleja por la soberbia. Es agua que busca un corazón humilde, cual lugar cóncavo donde detenerse; en cambio, ante la altivez de la soberbia, como altura de una colina, rechazada, va en cascada. Por eso se dijo: “Dios resiste a los soberbios y, en cambio, a los humildes les da su gracia”.  ¿Qué significa les da su gracia? Les da el Espíritu Santo. Llena a los humildes, porque en ellos encuentra capacidad para recibirlo».[33]

El desasimiento de todo lo criado, cosas y personas, es otra de las condiciones para que se desarrolle el amor nupcial con Cristo Esposo. Ello lo advierte repetidamente santa Teresa: «El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo. Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces: ni obra en el alma como cuando del todo sin embarazo es suya, ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto. Pues si el palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de caber el Señor con su corte [los santos]? Harto hace de estar un poquito entre tanto embarazo» (C 28,12).

La otra virtud es el amor de unas  a otras. No es un amor simplemente voluntarioso, sino teologal, cuya fuente está en Dios. Algo que nos lo recuerda san Juan, «Dios es la fuente del amor: amémonos, pues, unos a otros. El que ama es hijo de Dios y conoce a Dios.  El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4, 8-9).

San Juan de la Cruz nos recuerda que Cristo es la palabra definitiva del Padre, es a la vez el Esposo del alma. Esta nueva relación con Cristo parece que surgió en su alma en la prisión de Toledo. Él antes era un asceta, el cual por medio de una vida austera, llena de penitencias se esforzaba en  vivir el Evangelio. Quiere retornar a Dios los dones que le ha concedido, si no sería objeto de castigo. Esta visión de la relación del hombre con Dios  la podemos constatar en el inicio del Cántico espiritual.  «Cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligado hacer […], sintiendo a Dios muy enojado y escondido por haberse ella  querido olvidar tanto de él entre las criaturas, tocada ella de pavor y de dolor de corazón interior sobre tanta perdición y peligro, renunciando todas las cosas, dando de mano a todo negocio, sin dilatar un día ni una hora, con ansia y gemido salido del corazón herido ya del amor de Dios, comienza (a) invocar a su Amado»[34]. Una vez se ha inaugurado en su alma esta relación esponsal con Cristo, no dejará de buscarlo hasta la unión transformante en El. Este itinerario nupcial del alma bautizada con Cristo es cantado bellamente en Cántico Espiritual y Llama de amor viva, y explicado teológicamente en el comentario de cada una de sus estrofas.

Dios nunca se repite en sus santos, al beato Francisco Palau le fue dado descubrir místicamente que la Iglesia es la esposa del sacerdote «En el día en que fui ordenado sacerdote, fui consagrado por la Ordenación a tu servicio a la faz de la Iglesia, fui entregado a ti; y desde aquel día yo no me pertenezco a mí, tuyo soy yo y todas mis acciones, cuanto soy y tengo. En cuanto a sacerdote, soy esposo tuyo… Sólo puede satisfacer los deseos del corazón la unión de amor, de esposo fiel, consumada en tu altar con la participación del augustísimo Sacramento» (MR 19,26).

El itinerario vital de santa Teresa del Niño Jesús, también es un itinerario esponsal con Jesús. En el día de su profesión religiosa llevará en su pecho un billete que dice: «¡Oh Jesús, divino esposo mío! […] Que nunca busque yo, y que nunca encuentre, cosa alguna fuera de ti; que las criaturas no sean nada para mí y que yo no sea nada para ellas, sino que tú, Jesús ¡lo seas todo!» (Or 2). Será fiel en no  buscar afectos de nadie, sino sólo de Jesús, a pesar de que en la oración la sequedad era la tónica habitual. Por la acción del Espíritu Santo no dejará de amar y contemplar la belleza de su Amado Jesús. De este modo por el amor y por el conocimiento se dará en ella en tal profundidad la unión con Jesús, que quedará cristificada. Siendo Jesús en ella quien en la noche oscura de todo tipo de sufrimientos espirituales y físicos, entregará su alma al Padre, reconociendo su bondad y su amor.

De este amor esponsal que Cristo desea que exista en las personas que ha escogido para si, nos da un testimonio bellísimo la beata[35] Isabel de la Trinidad. Ella desde muy joven consagró a Jesús su virginidad y anhelaba ingresar en el Carmelo para poder ser toda de Jesús. Un día su madre le propuso un buen partido, ella misma escribirá como lo vivió: «¡Pero qué indiferente me ha dejado esta seductora propuesta! ¡Ah!, mi corazón no es libre. Lo di al Rey de los Reyes, no puedo disponer de él. ¡Ah! Oigo la voz del Amado en el fondo de mi corazón: […] La porción que te he esco­gido es ciertamente la más bella, es necesario que te haya amado con un amor muy grande para habértela reservado, amada mía., ¿Sientes en ti bastante amor a tu Jesús, aceptas estos sacrificios? ¿Quieres consolarme? ¡Ah, estoy tan abandonado!… Hija mía, no me abandones, quiero tu corazón. Lo amo, lo he escogido para mí, deseo el día en que serás enteramente mía. ¡Oh, guárdame tu corazón!»[36]

Toda la vida religiosa de Isabel de la Trinidad  fue un ir ahondando lo que significa  el sentirse escogida por Jesús para vivenciar  la Iglesia como esposa de Cristo, testimonio de ello es este escrito íntimo tres años después de sentir vivencialmente que Jesús la quería toda para Él: «¡Ser esposa de Cristo! ¡No es sólo la expresión del más dulce de los sueños; es una realidad divina, la expresión de todo un misterio de semejanza y  de unión. […] La vida de esposa es para vivirla! Esposa, todo lo que este nombre hace presentir de amor dado y amor recibido! de fidelidad, de dedicación total…»[37]

Santa Teresa de los Andes, en una de sus cartas expresa su gran sorpresa de experimentar en ella el amor esponsal de Dios: «Yo antes creía imposible poder llegar a enamorarse de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese amor, esas caricias de N. Señor, que le parece tenerlo a su lado. Tan íntimamente lo siento unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo» (cta. 40, a Elena Salas). Toda su vida de carmelita la vivirá en esta clave nupcial, la esposa que en todo debe buscar complacer al Esposo Cristo.

Estos y muchísimos otros/as carmelitas  han gozado  del susurro y de la brisa suave de la intimidad con Dios, y como dice el P. Ferrada OCD: «la estructura del mundo es esponsal, es el elemento último de la realidad, la mística es la estructura más profunda del mundo, la estructura del hombre con Dios es esponsal, llegará un momento en que sólo quedará lo esponsal; el alma carmelita vive la más profunda estructura del mundo, el centro de un movimiento esponsal es el máximo que puede llegar, es anticipar proféticamente lo que será la plenitud del mundo, el matrimonio nupcial del Creador con la criatura.

                              3. Dimensión mariana

La Regla dejaba libertad a los eremitas para escoger el titular del oratorio que desearan. En el mismo Monte Carmelo existía una abadía llamada de santa Margarita. Estos eremitas hubieran podido escoger a cualquier santo, incluso al profeta Elías como titular de su oratorio. Pero decidieron que la capilla fuera presidida por la Virgen María. Esta decisión tuvo para su vida y para el futuro de la Orden una importancia singular y decisiva que orientó la vida de los carmelitas.

Estos ermitaños, llamados latinos por ser cruzados y peregrinos procedentes de Occidente, tienen sobre sí la influencia de la espiritualidad mariana que había propagado por doquier san Bernardo de Claraval. El amor y la devoción que profesaban a la Virgen María  les movió a dedicarle  su primera capilla. Este hecho, en la mentalidad feudal, significaba que se establecían unos lazos de vasallaje espiritual, ellos y todo lo suyo pertenecía a la Virgen María, como dueña del lugar y de sus moradores. A su vez, ellos se ponían a su total servicio y se comprometían a honrarla, confiando en que Ella los protegería como a cosa suya y se preocuparía vivamente de sus intereses.

En las muchas horas de silencio y contemplación, el amor  y la confianza hacia la Virgen María de aquellos eremitas latinos fue creciendo a modo del grano de mostaza (Mc 4,31-32). Si la mentalidad de la época que tocó vivir a los primeros ermitaños, era la de servidumbre, la oración contemplativa fue engendrando una vida de trato familiar con María, cuya imagen presidía cada día la santa misa, esto hizo que no se sintieran siervos de la Virgen, sino hermanos de Ella. Título que defendieron contra viento y marea y que ha dado nombre a la Orden en la Iglesia «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo».      El hecho de dedicar a María la primera capilla, se sumó luego la solemne declaración por parte de los propios carmelitas de que ellos tenían como Patrona, única Señora y Fundadora, a la Santísima Virgen para cuya alabanza y gloria la Orden misma  fue especialmente instituida en las regiones allende el mar[39]. Y así fue reconocido por los sumos pontífices.

3.1. Vivir en obsequio de María

La vida del carmelita según la Regla, es vivir en «obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia» (n. 2), pero también es vivir en obsequio de María, la Señora del lugar.

El amor a María arraigará cada vez más profundamente en corazón de los carmelitas, se hará  sustancia de su espiritualidad, e iluminará todos los aspectos de su existencia. La mariología de Juan de Baconthorp, rebasa los límites de un culto externo, expresado en formas litúrgicas, y se asienta en la conformidad con la vida de María. Ella es el modelo perfecto del carmelita, convirtiéndose en Regla.  Sus principios fundamentales son «honrar y glorificar a María, servirla e imitarla, conformándose con Ella. Dirá: «La vida al servicio de la Virgen exige del carmelita que trate de imitarla en sus virtudes, ya que la conformidad con su vida es la mejor forma de glorificación. […] Todos los actos del carmelita deben centrarse en la glorificación de la Virgen, pues para este fin ha querido Dios su Orden»[40].

La vida del carmelita es una vida de donación total a María y por ella a Jesús (s. XV). María también es el modelo de perfección en el camino místico: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz (s. XVI). La ejemplaridad de María basándose en el dato bíblico, Ella es el camino de santidad: Teresa del Niño Jesús, Isabel de la Trinidad, Edith Stein, Tito Brandsma (s. XIX-XX). El Vaticano II, propondrá  contemplar a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Esta dimensión había sido vivida con anterioridad por Francisco Palau[41].

María es la Madre que el carmelita, como el discípulo amado acoge en su propia casa (Jn 19, 27), es decir en la intimidad del alma. Miguel de San Agustín y María Petyt (s. XVII),  director y dirigida, llevarán a alturas místicas la doctrina de la unión con Dios por medio de María. Ellos, a través de «la vida marieforme», han enriquecido la mariología de toda la Iglesia con su doctrina de vivir «en unión con María» y hacerlo todo «con María, por María, en María y para María», para que Ella nos lleve a hacerlo todo «con Jesús, por Jesús, en Jesús y para Jesús»[42].

Este modo de vivir la unión con Dios «con María, por María, en María y para María», expresión de una de las cumbres de la vida mariana de la espiritualidad del Carmelo, años más tarde san Luís Grignon de Montfort lo divulgará en sus escritos, ante todo en el “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”. Él lo había aprendido de la reforma Turolense del Carmelo, ya que frecuentaba  uno de sus conventos.

El que se consagra a María a través de las enseñanzas de este Tratado, bajo el impulso del Espíritu Santo, le entregará a María su cuerpo con todos sus sentidos, su alma con todas sus potencias, sus bienes exteriores y sus bienes interiores, o sea sus méritos, sus virtudes, sus buenas obras, pasadas, presentes y futuras. Ello ya se vivía en la reforma turolense, «sus directorios expusieron abundantemente la doctrina de Bostio, insistiendo en la idea de que todas las cosas carmelitas pertenecen al dominio y propiedad de la Virgen, por lo que los carmelitas tienen la obligación de entregarlo todo –incluso sus propios méritos- en manos de su Madre, y de ofrecerlo todo a Dios por su mediación»[43].

Siguiendo estas enseñanzas de la reforma turolense, san Luis Grignon propone consagrar a la Virgen lo que el cristiano tiene en el orden de la naturaleza y de la gracia, y ello sin reserva alguna y  por toda la eternidad, sin esperar de su ofrenda y servicios ninguna recompensa más que la honra de pertenecer a Jesucristo por y  en María (cf. n. 121)[44].

Con esta consagración a María,  la persona ya no puede disponer del valor de ninguna de sus buenas obras, «todo lo que padece, todo lo que piensa, dice y hace de bueno, pertenece a María para que Ella disponga de todo, según la voluntad de su Hijo y a su mayor gloria» (n. 124). Aunque la persona se desposea de todo para ofrecérselo a María, Ella jamás se dejará vencer por nadie en gratitud (cf. n. 142). Ya que «si un alma se da a Ella sin reserva, Ella se da a esta alma sin reserva» (n. 181). El vacío en que se queda la persona que así se consagra a la Virgen, el Espíritu Santo lo llena con el espíritu de María, es decir, le hace partícipe de la fe, de la esperanza y de la caridad de María, disponiéndola desde el espíritu de María a servir a Cristo en la Iglesia, para la salvación de la humanidad.

Quién así se consagró a María fue Karol Józef Wojtyła, profundamente vinculado al espíritu del Carmelo, Orden en la que deseó ingresar. Él  después de haberse consagrado  a la Virgen y haber experimentado los bienes que le aporta, sobre todo una profunda intimidad con Ella, que como Madre, le guía y le protege en todos sus caminos, podrá decir: «¡Qué feliz es el hombre que todo lo ha entregado a María, que en todo y por todo se confía y se pierde en María! El es todo de María y María es todo de él» (n. 179). Y ser todo de María -«Totus tuus»-lo convertirá san Juan Pablo II en el lema de su pontificado, acogiéndose así a su cuidado e intercesión y pidiendo a la Virgen que guiara sus pasos al frente de la Iglesia católica.

La Liturgia y la legislación de la Orden del Carmen a lo largo de los siglos se llenarán de preceptos y prácticas para avivar más y más la devoción a la Virgen María, hasta convertirla en el fin principal de su existencia. Andrés Mastelloni (+1723), celoso cantor de María, describe lo que hacían los carmelitas de su tiempo para obsequiar a su Madre y Patrona:

«A María prometemos nuestros votos, celebramos todas sus fiestas con octava, siete veces en todo el curso del año; nos preparamos con el ayuno a sus solemnidades; rezamos su oficio parvo y cantamos su Misa todos los días; dedicamos particularmente a su culto dos días a la semana, miércoles y sábados; un domingo mensual está destinado al recuerdo y agradecimiento  de los favores de Ella recibidos al darnos su milagroso Escapulario; siete veces al día la saludamos arrodillados, con el rezo de la Salve, terminando con Ella cada hora canónica; nuestros vestidos son una insignia suya; nuestra capa blanca es un testimonio de nuestra fe en su pura e Inmaculada Concepción; nuestra Regla es un trasunto de su vida; nuestra religión, por todo el mundo difundida, lleva por todo el mundo su santísimo nombre; nuestros predicadores tienen obligación por la Constitución de predicar sus glorias; […] cada uno de nosotros vive de tal suerte enamorado de Ella, que procura con el máximo empeño servirla, obsequiarla y propagar su devoción. […] Nosotros la reconocemos como nuestra inmediata Superiora, por lo que su imagen nos preside en el coro y ocupa el lugar más digno en el refectorio. […] Y en proclamación del dominio que Ella tiene, una vez al año, en la fiesta de su Purificación, llevamos su imagen, la misma que exponemos en la iglesia una vez al mes, por toda la casa para que bendiga las oficinas, las celdas, los religiosos todos que, postrados a sus pies, le renovamos solemnemente nuestra profesión. […] Celebramos todas sus fiestas,  […] todos los miércoles y todos los cuartos domingos de mes predicamos sus alabanzas; todos los días rezamos sus letanías en el coro, a continuación de la oración mental, y en los sábados y miércoles las cantamos solemnemente en la Iglesia delante de su imagen. Alimentamos a nuestros alumnos con la leche de su devoción. En una palabra, nos esmeramos de continuo en honrarla y procuramos ganarle los corazones de los cristianos que o frecuentan nuestras iglesias, o hablan con nosotros, para que la amen, mostrándola, cual es en verdad, digna del amor de todas las criaturas»[45].

Arnaldo Bostio, el gran mariólogo de la Orden, se dirigirá a la Virgen con una súplica ardiente, donde se refleja lo que María significa para un carmelita.

«Postrados ante Ti, oh Fundadora venerabilísima de la familia carmelitana, nosotros, todos los que habitamos en la montaña, abrevamos nuestros corazones en tus fuentes, nos reconocemos ingenuamente dirigidos por tu mano, ayudados por tus socorros, esclarecidos por tu luz, transformados en Ti, y nuestra vida en la tuya. Quédate con nosotros, oh Señora nuestra, María: buscamos un refugio en tu seno; hace falta que la Madre more con sus hijos, la Maestra con sus discípulos, la Abadesa con sus monjes”[46].

La mariología de la Orden se podría sintetizar en dos aspectos: imitación de la vida y las virtudes de la Virgen María como la mejor devoción, pero a su vez es la Madre y la Hermana con la cual se establece ante todo una relación de amor filial. Es dejar que por medio del Espíritu Santo en nosotros se reproduzca el amor de Jesús a su Madre, y por nuestro medio Jesús siga «amando a su Madre sobre la tierra, y al mismo tiempo la hace feliz con su amor en el cielo»[47]

La Santísima Virgen María ha sido invocada por los carmelitas como Patrona, Madre, Hermana, Reina, Virgen Purísima y Madre del Escapulario.

Ha existido en el Carmelo la creencia firme de que la Virgen María, como Madre se ha ocupado de educar a los carmelitas en el espíritu de oración y llevarlos a la unión con Dios. Por eso dijo santa María Magdalena de Pazzi. «Así como los magos fueron guiados por la estrella, así aquí nosotros por la estrella de María. Y no nos conduce  Ella a la cueva, sino a la intrínseca unión con Dios»[48]. Ello es lo que han percibido otras almas orantes y contemplativas.

Diría Tomás Merton: «Bajo el título de “Nuestra Señora del Monte Carmelo”, la Santísima Virgen es venerada como Patrona de los contemplativos, y, sobre todo, de los que procuran dividir con otros los frutos de su contemplación. En fin, en efecto, de la Orden fundada en su honor es el de hacer alcanzar a sus miembros, bajo su guía, las cimas de la contemplación mística, y de hacer conseguir también a otros este mismo fin por su intercesión. Por eso, no hay miembro de la Iglesia que no deba algo al Carmelo»[49].

Roberto de Langeac, historiador de la Órdenes religiosas, dirá: «Nuestra Señora del Monte Carmelo es la patrona de la vida interior, la Virgen que nos separa de la masa y nos conduce dulcemente hacia las cumbres, en las que el aire es más puro; el cielo más claro; Dios, más cercano…. Allí en donde se vive la vida de intimidad con Dios»[50].

La vida mariológica de la Orden la ha vivido san Juan de la Cruz, el gran contemplativo y maestro del Carmelo. La Virgen María fue, como nos dirá Ismael Bengoechea:

«el amor de su vida; tan profundo y secreto, que la adoró silente a todas horas en el altar iluminado e incandescente de su corazón. Apenas osó pronunciar su nombre para no turbar la atención de su contemplación absorta. Abrazó su Orden, profesó su Regla, llevó su veste, adoptó su nombre, habitó en su casa e imitó su vida de oyente, orante y oferente.  Escribió libros fray Juan de alta ciencia y mística teología, pero todo su saber lo centró y cifró en un modelo impar: María, “la cual, estando desde el principio levantada a este alto estado, nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo” (3S 2,10) María fue aliento de su Subida, luna llena de su Noche oscura, melodías de su Cántico, ardor de su Llama. En la peregrinación de fray Juan por la tierra no pudo haber más bello itinerario: De mujer a Mujer, de madre a Madre, de virgen a Virgen, de hermana a Hermana, de señora a Señora. De María a Dios. Y el gozo final fue la posesión de tal prenda, que colmó de gloria su corazón de hombre; “¡Y la Madre de Dios es mía, porque Cristo es mío. Y todo es para mí!” (oración del alma enamorada)»[51].

Podríamos reafirmar lo que el P. Xiberta escribió: «El hombre entra en esta  devoción prendido del exceso de amor que le manifiesta María… Ella derrocha amor… amor de Madre. Y las almas, vencidas, cambian el amor con amor. Así obra el bien y huye el mal…   Subyugados por el amor que nos mostró María… no buscamos otra cosa sino corresponder, con una vida santa, a tanto amor. Amando, fuerza a ser amada»[52].

3.2. Protección de la Virgen sobre la Orden del Carmen

La protección poderosa de la Virgen María sobre aquellos eremitas y la Orden que más tarde surgiría de estos humildes inicios, es constante.  Ante las dudas de si debían retornar a Europa ante el peligro de que Tierra Santa volviera a caer en manos del islam. Para algunos era un problema de fidelidad. Ellos vivían en Tierra Santa feudo de Cristo que había ganado con su sangre y en cuyo obsequio los ermitaños habían prometido dedicar su vida. Cristo era el Señor del Lugar y ellos sus “siervos” y, como tales, vinculados a la tierra para siempre.

La posibilidad del martirio se presentaba como una salida adecuada y tal vez  secretamente deseada. Una intervención de la Virgen María a favor de la emigración resolvió el conflicto, a ello se refiere Jerónimo Gracián al historiar el inicio de la Orden: «Mas por los años de 1200, estando nuestros padres congregados en capítulo general con mucha aflicción de verse tan perseguidos en aquellas partes, se les apareció la sacratísima Virgen, y les dijo estas palabras: “La voluntad de mi Hijo es que no solamente en Siria y Palestina, sino por todo el mundo resplandezca mi Orden del Carmen”. En aquel capítulo fue elegido por prior general San Bertoldo y pasaron nuestros frailes a Europa, fundando conventos en Alemania, Inglaterra, Francia y Flandes con ayuda de San Luis, rey de Francia, y de otros caballeros»[53] .

En 1291, después de la destrucción de la ciudad de Acre, los soldados musulmanes fueron al Monte Carmelo, destruyeron el convento y pasaron a cuchillo a todos los moradores, que murieron cantando la Salve Regina. Fue el final de la presencia de los latinos en Tierra Santa. Pero su sangre martirial fecundó la expansión de la Orden en Europa y a partir de allí a todos los continentes del mundo.

Los ermitaños del Monte Carmelo que emigraron a Europa, se encontraron que el Concilio de Letrán IV (1215), en un esfuerzo por controlar la proliferación de Órdenes Religiosas, prohibió la fundación de nuevas Órdenes. Los fundadores futuros debían adoptar una de las Reglas ya canónicamente aprobadas. El decreto de este Concilio en sí no afectaba a los carmelitas, quienes aproximadamente seis años antes, habían recibido la Regla del Patriarca Alberto, que era además legado Pontificio, lo que suponía implícitamente su aprobación.

Pero no faltaron grandes dificultades para que se permitiera a los carmelitas fundar conventos en Europa[54]. Pero estas  fueron superando, experimentando siempre la protección poderosa de la Virgen María.  El papa Honorio III, al tener en cuenta que la Regla había sido escrita y aprobada antes del decreto del Concilio de Letrán, acogió la súplica de los dos carmelitas que habían ido a verlo en nombre del General. Y les concedió la bula Ut vivendi norman (1226). De este modo los carmelitas obtenían de forma explícita el decreto de existencia y podían difundirse en la  Iglesia.

Hubo otros momentos en que la existencia de la Orden del Carmen corrió peligro. La bula de Gregorio X de 1275, comunicaba el decreto del II Concilio de Lión de 1274, con el que se prohibían todas las Órdenes mendicantes  surgidas después del IV Concilio de Letrán de (1215) y no aprobadas por la  Santa Sede, se exceptuaba a los dominicos y franciscanos. En cambio a los carmelitas y agustinos se les permitía continuar en el estado en el que se encontraban, hasta que no se ordenase lo contrario. Los carmelitas interpusieron los buenos oficios de obispos y reyes, de modo que fueron obteniendo mayor seguridad. En 1298 Bonifacio VIII resolvía definitiva y favorablemente la cuestión dejada en suspenso por el Concilio de Lión, y Juan XXII, mediante las dos bulas, de 1317 y de 1326, concedía la exención de los Ordinarios y la extensión de la Super cathedram, completando así también jurídicamente la equiparación a los dominicos y franciscanos.

Así se robusteció la Orden, entró en las Universidades y obtuvo grados académicos. Aunque no le faltarán luchas en el seno de las Universidades, como sucedió en la Universidad de Cambridge en 1374, en que les fue aceptada la defensa que hicieron de la Orden del Carmen.

El que pudiera salir victoriosa la Orden del Carmen de todas estas contiendas, los carmelitas lo atribuyen a la constante protección de la Virgen María su Patrona.

Cuando la Orden sufrió una decadencia en su vida religiosa en los siglos  XIV-XV, a causa de la peste negra, del Cisma de Occidente, de la guerra de los cien años, polémicas universitarias…  Quienes no estaban de acuerdo en el estado de relajación en que se encontraba la Orden, se esforzaron en ser promotores de un ambiente de Reforma en su seno, para retornar la Orden a los primitivos ideales.  Estos procuraron con la aprobación de  la autoridad competente,  que en un convento de la Orden se viviera con todo rigor la Regla, de modo que estos conventos fueran fermento de renovación para toda la Orden. A estos conventos se les dieron unas constituciones especiales, concedidas para facilitar la observancia, ello recibirá el nombre de “Reforma”.

En el siglo XV surgió en el norte de Italia la Reforma o congregación  Mantuana (1413-1783). Esta Reforma dio eminentes figuras en santidad y ciencia: Tomás de Francia, los beatos Angelo Mazzinghi, Bartolomé Fanti y Bautista Mantuano (Spagnoli), y las beatas Juana Scopelli y Árcángela de Trino. Dio también dos generales a la Orden: Cristóbal de Martignoni (1472-1481) y el beato Bautista Mantuano (1513-1516). En el sur de Francia surgió la congregación de Albi (1499-1599). El eremitorio de Monte Olivete se convertirá también en congregación (1516-1600)[55].

Entre los Priores Generales del Carmelo que trabajaron con tesón en la reforma de la Orden, para que viviera con pureza su carisma en la Iglesia, destacan ante todo: Juan Bautista Soreth, Juan Bautista Mantuano, Nicolás Audet y Juan Bautista Rubeo.

Juan Bautista Soreth (1395-1471): «Se le recuerda sobre todo como reformador, y por su continuo trabajo para reconducir a la Orden a su antiguo esplendor en la observancia regular, en una época histórica particularmente crítica»[56]. Trabajó con celo por organizar los conventos de monjas de estricta clausura y la  Orden tercera del Carmen. La bula «Cum nulla» del Papa Nicolás V, dirigida en el año 1452 al general de la Orden, el beato Juan Soreth, viene a legalizar oficialmente una situación ya existente para la segunda y tercera Orden.

Nicolás Audet trazó un programa de reforma que envió a toda la Orden para que fuese observado. En su tiempo entró en la Orden Teresa de Cepeda y Ahumada, y el mismo año de su muerte comenzaba el Carmelo Teresiano con el palomarcito de san José de Ávila.

El amor a la Virgen y el anhelo de verla venerada en todo el mundo eran para Juan Bautista Rubeo, el «principal móvil para promover nuevas fundaciones; la propagación de la Orden carmelitana, de la cual la Virgen era “peculiar Señora y Patrona” equivaldría para él a la dilatación de la devoción mariana»[57]. En Teresa de Jesús, tendrá quién -a través de la fundación de monasterios de la “Reforma” del Carmelo descalzo-, dilatará la Orden del Carmen.

En el año 1562, Doña Teresa de Ahumada, monja profesa del monasterio de la Encarnación de Ávila, se sintió movida a fundar una Reforma, es decir, un monasterio que viviera la primitiva Regla con todo su rigor. A ello fue alentada interiormente tanto por el Señor como por la Virgen.  Ella  le prometió que la Reforma que se iniciaría con la fundación de un pequeño monasterio en Ávila, no desaparecería, como ha sucedido con las demás “Reformas”: «que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho al Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido andar con nosotras» (V 33,14).

A través de bulas Papales que impidieron la supresión de la Orden en la Iglesia, y de las “Reformas” y de Priores Generales reformadores que trabajaron por la pureza y la vitalidad de la Orden, la Virgen María ha velado por la existencia de la Orden en la Iglesia desde sus inicios, guardándola tanto de los peligros exteriores como de los interiores.

Ante tan constante y poderosa protección, aunque cada semana se celebraba ya la conmemoración litúrgica de la Virgen María, en la segunda mitad del siglo XIV se inició en Inglaterra la Solemne Conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, para dar gracias a la «Patrona» por todos los beneficios recibidos por la Orden a lo largo de su historia. Si este día, en un principio, se fijó el 17 de julio, a finales del siglo XV pasaría al día 16 de julio. Esta fiesta, a lo largo de la historia, no sólo es propia de la Orden del Carmen, sino también de la Iglesia universal, al unirse el hecho de la protección de la Virgen María a todos los que visten el santo Escapulario. El mismo Papa Pablo VI en Marialis Cultus dice: «por más que el Calendario Romano restaurado pone de relieve sobre todo las celebraciones mencionadas… incluye, no obstante, otro tipo de memorias o fiestas… celebradas originalmente en determinadas familias religiosas, pero que hoy, por la difusión alcanzada pueden considerarse verdaderamente eclesiales (16 julio: La Virgen del Carmen; 7 de octubre: La Virgen del Rosario)»[58].

3.3. El Patronazgo de María sobre la Orden del Carmen

En el Carmelo existe la tradición de elegir y honrar a la Virgen María como priora de la comunidad, como expresión del patronazgo de la Virgen sobre la Orden. Ya el insigne carmelita A. Bostio (+1499) «dice que María se demuestra en toda ocasión y en todo tiempo tan íntimamente unida a los hechos de la Orden que le cuadra maravillosamente el nombre de Superiora del Carmelo. La Orden descansa en sus manos. Ella se preocupa de cada uno de sus miembros como de las pupilas de sus ojos»[59]. Él llamará a la Virgen María: «Legisladora, Fundadora, Señora, Creadora, Madre, Hermana, Patrona, Gobernadora, Abadesa Primada»[60].

En 1571 santa Teresa de Jesús, cuando fue nombrada priora de la Encarnación, puso en la silla prioral una imagen de la Virgen Santísima y en la de subprior una imagen de san José. Teresa no dejaba de decir que la Virgen era la verdadera priora y ella sólo su vicaria, y por ello no le asombraban los excelentes resultados de aquel priorato por tener a la misma Madre de Dios como priora. Poco después se apareció la Virgen Santísima a santa Teresa y le confirmó que este era el lugar que a Ella le pertenece, «Bien acertaste en ponerme aquí; yo estaré presente a las alabanzas que hicieren a mi Hijo y se las presentaré» (CC 22,1-2).

Esta tradición de nombrar a la Virgen María como priora de la comunidad carmelita, ha existido en otros monasterios. En 1578, también las monjas carmelitas del monasterio de santa María de los Ángeles en Florencia, eligen a Santa María priora, como cuenta la misma acta notarial extendida en tal ocasión: «Nosotros, priora y monjas… en esta santa mañana de la Natividad de su santa madre, reunidas todas en el coro […] todas juntas, un corazón y un alma, después de la santa comunión hemos elegido como Reina, Madre y Priora de nuestro monasterio para siempre a la Virgen Santa, Madre de nuestro dulce Señor Jesucristo. […] Y como estamos resueltas todas con la luz de Dios, que la monja que será elegida priora, según lo ordenado por nuestra regla y constituciones y por el santo Concilio Tridentino, si bien exteriormente se llamará Madre Priora, sin embargo, la priora principal queremos que sea la Madre Santa, y la monja que sea Madre Priora, su sierva».[61] Esta elección se renovaba todos los años.

En la provincia reformada de Santa María de la Vita, en Nápoles, desde sus inicios, se adoptó en todos sus conventos la costumbre de venerar a la Virgen como priora considerando al prior local como su vice-prior. La imagen de la Virgen Priora, estaba colocada en el coro y en el refectorio con la siguiente inscripción «Si preguntas quién es aquí el prior, te decimos que en este lugar una sola es la priora, la beata Virgen María»[62]. En la actualidad algunas congregaciones Carmelitas, entre ellas las hermanas Carmelitas de la Divina Providencia, acostumbran a poner la imagen de la Virgen en la sala de la comunidad o en el pasillo de las celdas de las monjas con esta inscripción: «he aquí nuestra Superiora»[63].

3.4. El Carisma mariano del Carmelo en Teresa de Jesús

A lo largo de los escritos de Teresa de Jesús, se puede evidenciar, que fue una buena alumna en el hogar familiar aprendiendo a encomendarse a la Virgen María como Madre y acudir a Ella en sus necesidades, con lo cual podrá dar testimonio de su acción maternal  hacia los que se acogen a su regazo: «conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella» (V 1,7).

Teresa  testifica la solicitud de la Virgen María en su vida, reconoce que Ella,  «me ha tornado a sí» (V 1,7). La Virgen la retornará a la profunda intimidad con Dios,  para que sea del todo suya. Esto que obró  la Santísima  Virgen en Teresa, es lo que ella procurará que se haga realidad ante todo en sus hijas, ayudándoles a vivir en intimidad con Dios, a la vez que entregadas del todo a su servicio.

En su familia religiosa, saldrá verdaderamente aventajada de todo lo que ha aprendido del carisma mariano de la Orden. Lo aprenderá,  lo vivirá a fondo y lo transmitirá a sus hijos e hijas espirituales. La Virgen, además de ser la Madre, es la Señora a quién pertenecen tanto los carmelitas como los lugares que habitan, a la cual se debe servir, dando ella misma el mejor de los ejemplos, y una Patrona a quien acudir en busca de ayuda y protección.

Con lo que la madre Teresa, a través de todos sus escritos, dice respecto a la Virgen María y la relación que debemos tener con Ella, podemos recomponer la mariología de la Orden del Carmen.

Ella creerá sinceramente que la Orden de Nuestra Señora del Carmen, en la cual ingresará, es la Orden de Nuestra Señora, y de ello deja constancia en múltiples ocasiones. «La Orden de la Virgen Nuestra Señora» (cta. 357). «La Orden de la sacratísima Virgen Señora Nuestra» (F 28,37). Percibe en su interior como Jesús  denominará a la Orden del Carmen, como Orden de la Virgen. «En tus días, verás muy adelantada la Orden de la Virgen» (CC 11). Tiene la conciencia de que la Virgen, además de ser «Nuestra Señora, (vocablo más utilizado por ella para referirse a María), también es «Reina», «Emperadora» y «Priora». Los tres vocablos significan señorío y dominio.

Teresa de Jesús, con toda sencillez, desde que ha recibido la misión del Señor de fundar, quiere servir a esta Señora, que la ha vuelto a la intimidad con Dios. Y no duda en  hacer bien palpable que la Virgen es la Priora del Monasterio de la Encarnación, y ella una más de las que procuran obedecerla, haciendo vida sus mandatos para gloria de Dios y bien de su Orden.

Estará firmemente persuadida de que servir a la Orden es servir a la Virgen Santísima. Así se lo había hecho comprender el Señor y estos mismos ideales los transmite a los que la rodean. Ella apreciará como un gran valor en la persona, si tiene devoción a la Virgen María, porque, si esta es verdadera, no podrá hacer otra cosa que servirla: «Escribí a nuestro padre General una carta… poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto» (F 2,5).

La convicción de que la Virgen es la superiora mayor de la Orden, es vivida con particular intensidad por Teresa de Jesús: «El día de nuestra Señora de la Natividad tengo particular alegría. Cuando este día viene, parecíame sería bien renovar los votos. Y queriéndolo hacer, se me representó la Virgen Señora nuestra por visión iluminativa; y parecióme los hacía en sus manos y que le eran agradables» (CC 37).

La Virgen María es la realidad primera y determinante que explica la razón de ser y la misión de la Orden Carmelitana en la Iglesia. Un seguir a Cristo teniendo por modelo a su primera y mejor discípula, la Virgen María.

Puesto que la Orden es de la Virgen, -así se lo decía Cristo en el interior de Teresa-, todo lo de la Orden queda vinculado a María. La Santa hará vida este lema, referirá como perteneciente a María: la Regla, el hábito, sus monjas, sus frailes, sus monasterios. De ello dan testimonio todos sus escritos.

La Regla que sirve de cauce para la vida de la Orden, es la Regla de Nuestra Señora. «Guardamos la Regla de nuestra Señora del Carmen, y cumplida ésta sin relajación, sino como la ordenó Fray Hugo, Cardenal de Santa Sabina, que fue dada a 1248 años en el año quinto del Pontificado del Papa Inocencio IV» (V 36,26). En el argumento de Camino dice: «…con el favor de nuestro Señor y de la Gloriosa Virgen Madre de Dios, Señora nuestra, ha fundado de la Regla primera de Nuestra Señora del Carmen». Al definir la finalidad de la fundación de san José cuna de la “Reforma” dirá: «… adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección con que se comenzó» (C 3,5).

A sus monasterios los llamaba «Palomarcitos de la Virgen», término cariñoso que expresa el dominio y señorío amoroso de la Virgen sobre todas las casas de la Orden. La fundación de los monasterios lo considerará un  don de Dios y de la Virgen: «…con el favor de Nuestro Señor y de la gloriosa Virgen Madre de Dios» (C. argum). También quienes los habitan son un don de Dios y de su Madre: «…comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora, comenzó la Divina Majestad a mostrar sus grandezas en estas mujercillas flacas aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado» (F 4,5).

A las monjas que habitan en estos palomarcitos las llama «hijas de la Virgen» a quienes invita «hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen» (F 16,7). Otro apelativo cariñoso: «estas ovejitas de la Virgen callando, como unos corderitos» (F 18,7). Ante los extremos de una priora, a este propósito dice: «estos monasterios de la Virgen Nuestra Señora, por la bondad del Señor, están (muy lejos) de haber menester de rigor» (VD 6).

A los frailes los llamará “hijos de la Virgen”. Al Padre General Rubeo le llama «siervo de la Virgen» (cta 80,21). Del P. Gracián dice «súbdito de la Virgen» (F 32,8); «como buen capitán que había de ser de los hijos de la Virgen…» (F 23,10), y «ponga muy en orden este ganado de la Virgen» (cta 281,7).  A los bienhechores les llama «estos santos amigos de la Virgen» (F 29,25).

Santa Teresa obra como otros insignes maestros de la Orden, entre ellos Juan de Baconthorp (+1348) (que presenta a la Virgen como modelo de todo carmelita, pues en la Regla se transparenta la vida que María llevó en la tierra: su obediencia, su humildad, silencio, soledad, oración, trabajo, vida de intimidad con Dios…). La madre Teresa de Jesús dice sobre ello a sus monjas: «Plega a Nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión» (F 16,7). Invita siempre a sus hijas a mantener este ideal «… y que cada una haga cuenta de las que vinieren, que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen Nuestra Señora, y en ninguna manera se consienta en nada relajación» (F 27,11).

Vestir el hábito del Carmen es una forma de expresar la consagración a la Virgen María y la pertenencia a su Orden. En sus escritos expresa este gozo que intenta transmitir a sus hijas: «Válgame… la Virgen Nuestra Señora, cuyo hábito por la bondad del Señor traigo» (F 28,35). Le alegrará  pensar: «¡Qué santos tenemos en el cielo, que trajeron este hábito!» (F 29,33). Fundar el convento de san José «… era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre, que estas eran mis ansias» (V 36,6). Incluso al narrar la fundación de Villanueva de la Jara, identifica la honra con que fue acogida la nueva fundación con el hábito de la Virgen: «Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al hábito de la Virgen, para que alabéis a Nuestro Señor y le supliquéis se sirva de esta fundación» (F 28,38).

De igual forma que la Regla intenta transparentar el tipo de vida que llevó la Santísima Virgen, el hábito lo significa. Pero en ello santa Teresa ve una gran distancia; por eso se siente indigna de llevarlo: «Si algo hubiere bueno, sea para gloria y honra de Dios y servicio de su Sacratísima Madre, Patrona y Señora nuestra, cuyo hábito yo tengo, aunque harto indigna del él» (C protes.); «tomando por ayuda a su gloriosa Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él» (F pról.6).

También hace conscientes a sus hijas de su indignidad «… cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras». No por ello deja de invitarlas a que su vida sea un reflejo de las virtudes de la Virgen María: «Parezcámonos, hijas mías, en algo, a la gran humildad de la Virgen Santísima, cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos monjas suyas; que por mucho que nos parezca nos humillamos, quedamos bien cortas para ser hijas de tal Madre y esposas de tal Esposo» (C 13,3).

Otra de las mercedes que recibirá del Señor para toda su descendencia espiritual, confiando en «los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya cuyo hábito traemos» (F 16,5), es la gracia de una buena muerte: «díjome (el Señor) que tuviese por cierto que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios, que Él las ampararía así, y que no hubiesen miedo de tentación a la hora de la muerte» (F 16,4).

Esta promesa que el Señor hace a la madre Teresa de que sus hijas  no experimentarán tentación en el momento de la muerte, es como si completara a las dos que la Virgen María había hecho, según la tradición, a los carmelitas y a todos los que vistan el santo Escapulario: la salvación eterna y el ser liberados pronto del purgatorio. Por ello insta a sus hijas «a ser verdaderas carmelitas, que presto se acabará la jornada… guardemos nuestra profesión, para que Nuestro Señor haga merced que nos ha prometido»  (F 17, 5.7).

Con el nombre de «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo» es reconocida en la Iglesia la Orden del Carmen. Este título fue desarrollado largamente por A. Bostio. Si la vida del carmelita debe asemejarse a la vida de María, se establece una hermandad verdadera de espíritu entre el carmelita y María, afirmándose una relación de parentesco. Los carmelitas la consideraban como Una más de ellos, siendo Ella la que les ha admitido en su casa para vivir juntos el seguimiento del Señor. Santa Teresa también utiliza el nombre de hermanas de la Virgen, cuando escribe a las monjas de Sevilla, que atraviesan momentos de gran persecución. Intentará llenarlas de confianza y ánimo, con estas palabras: «Saquen con honra a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución» (cta. 264,3).

Desde antiguo, en la Orden la capa blanca significaba el símbolo de la pureza de María que todos debían imitar. En una de las visiones de la Virgen María con las cuales fue agraciada «vio a Nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco» (V 36,24). El ver a la Virgen María vestida como ellas con manto o capa blanca, implica hermandad.

El llevar el hábito del Carmen significa también un servicio específico dentro de la Iglesia: «… todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación, porque este fue nuestro principio; de esta casta venimos» (MV  1,2).

Aunque se diera la separación de los carmelitas descalzos en una provincia a parte de los carmelitas, aunque bajo el mismo Prior General, no por ello la Virgen María dejaba de ser su Patrona, ni ellos de pertenecer a la Orden. Así lo dejará escrito: «acabó Nuestro Señor cosa tan importante a la honra y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden como señora y patrona que es nuestra» (F 29,31).

Cuando se recibe la imposición del Santo Escapulario se participa de todos los bienes espirituales que por la misericordia de Dios ha concedido a los miembros de la Orden del Carmen de sus obras buenas, penitencia y oraciones, ciertamente la Orden quedará verdaderamente enriquecida con la persona de santa Teresa de Jesús.

         3.5. El Espíritu Santo plasma en Teresa de Jesús a María

Carmelus totus marianus, este aforismo que expresa lo que ha estado en la mente y en el corazón de todo carmelita desde la Edad Media, podemos ver que en Teresa de Jesús llega a unos niveles muy profundos.

El carmelita del siglo XIII, en perfecto acuerdo con el espíritu mariano de la Orden, emite su profesión religiosa con una fórmula en la que figura el nombre de la Virgen: «Yo prometo obediencia… a Dios y la Beata Virgen María del Monte Carmelo». Con estas palabras el carmelita «intenta consagrar a ella su vida, su persona, sus facultades, su tiempo, comprometiéndose en un servicio diligente, apasionado, destinado a durar hasta la muerte. El escapulario llevado de día y de noche es el signo sensible y el recuerdo de dicha consagración y de sus exigencias prácticas»[64].

Teresa de Jesús después de que el Señor: «me quiso mostrar de la gloria que se dará a los buenos y pena a los malos [visión del infierno], deseando modo y manera en que pudiese hacer penitencia de tanto mal y merecer algo para ganar tanto bien» (V 32,8), se decidirá con toda determinación a «seguir el llamamiento que Su majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese» (V 32,9). Es cuando se da en ella la reviviscencia de las virtualidades inherentes en el carisma del Carmelo, que hasta entonces estaban en parte inactivas. El carisma del Carmelo, vivificado por el Espíritu Santo, no dejará de dar fruto en Teresa de Jesús hasta el fin de sus días.

Como ya hemos expuesto en el capítulo anterior, vemos reflejado en Teresa toda la herencia mariológica que ha vivido el Carmelo. En sus escritos podemos contemplar una relación de profundo amor reverencial a la Virgen María ya desde niña (V 1,1) que se acrecienta en el Carmelo;  una confianza filial plena en su ayuda tanto en su vida particular  (V 1,7), como en los asuntos de la Reforma (Cta, 202,4); el tenerla como modelo de su vida religiosa (C 13,3); contemplando sus misterios (V 6,8; 22,1; CC 15,1; M VI, 8,14) VII 4,5; CAD 6,7); darle a Ella toda preeminencia (M III, 1,3); la decisión de servirla (V 39,26; CC 30); honrándola en la liturgia (CAD 6,8), en la veneración de las imágenes y promoviendo su culto (cta. 144,8; 150,3)….

No sólo vive Teresa de Jesús toda la mariología del Carmelo, sino que vemos en ella una profunda marianización, es decir, el Espíritu Santo derrama en Teresa el espíritu de María, de modo que sus sentimientos, sus intereses, sus ideales son los mismos que la Virgen María. Asumiendo como suyas las causas de la Madre del Señor.

En primer lugar asume el llamamiento de reconstruir espiritualmente la Orden de María, a través de las fundaciones en las que se viviera la Regla con todo rigor, dirá Teresa «pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó» (C 3, 5). Lo llevará a cabo con interés, solicitud, abnegación, ninguna dificultad será suficiente para que ella deje de llevar a cabo esta misión que se le ha encomendado, en tal alto grado que Cristo se lo agradecerá «vi a Cristo que con grande amor me pareció me recibía y ponía una corona y agradeciéndome lo que había hecho por su Madre» (V 36,24). De este modo, Teresa encarna los desvelos de los mejores miembros de la Orden para retornarle el esplendor originario, tanto los fundadores de reformas, como de los Generales reformadores.

No sólo Teresa de Jesús fundará monasterios, sino que participando del espíritu de María, llevará a término en sus miembros, una verdadera maternidad espiritual. Alentará en el seguimiento de Jesús, como María en Caná: «haced todo lo que El os diga» (Jn 2,5),  para llevar a todos sus hijos e hijas  a las cumbres más altas de la unión con Dios Trinidad. Para que dejándose transfigurar por el Espíritu Santo, Cristo en ellas interceda al Padre, y conceda gracias que contribuyan eficazmente a la reconstrucción interna de la Iglesia, que se llevará a cabo ante todo con la reforma de los pastores. Reformándose ellos según el espíritu del Evangelio, contribuirán a la reforma del entero cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo hará interceder de forma perseverante a Teresa y a todas sus hijas, a semejanza de la oración que la Madre del Señor no dejó de realizar por todos los discípulos de su Hijo, para que estos recibieran el don del Espíritu Santo, de modo que dejando de lado sus ambiciones personales, dieran testimonio de Jesús y de la Buena Nueva del Evangelio hasta la muerte, comprometidos en la edificación de comunidades donde se consolida, se celebra y se expande la fe en su Hijo.

La Virgen María ha sido invocada por la Iglesia como Reina de la Paz, y Auxilio de los cristianos. Vemos como Teresa de Jesús asume plenamente estas dos grandes peticiones que la Iglesia dirige a la Virgen,  comprometiéndose con todas sus capacidades en aliviar la situación de la Iglesia católica perseguida en Europa. Orando y alentando a orar por los defensores de la Iglesia, promoverá la pacificación de las guerras de religión que ensangrentaban Europa. Y como recordará Edith Stein, sus oraciones impedirán que estas guerras de religión se extiendan a España. Ella alcanzará de Dios con sus oraciones fervientes, que una de las guerras que se cernían en el horizonte entre España y Portugal, no tuviera lugar. De este modo las oraciones de Teresa de Jesús y las que alentará en sus monjas y en otros a orar por la paz, se unirán a la oración de la Virgen María por la paz, de este modo la ayudarán a alcanzar de Dios, aquello que tanto le suplica la Iglesia por su mediación, el don de la paz.

Teresa asumirá, como se expondrá más ampliamente, la misión corredentora de la Virgen, suplicando al Padre que por la muerte y pasión de su Hijo, concediera la salvación eterna a la humanidad. A su vez asumirá como la Virgen María la misión de orar por el aumento de nuevos hijos e hijas de la Iglesia, fortaleciendo con su oración a los misioneros, y la acogida de la Buena nueva de Jesucristo por parte de los que son evangelizados.

Contemplando los frutos que ha dado en Teresa de Jesús, su opción de vivir la vocación del Carmelo, «guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese» (V 32,9). Podemos ver que ser carmelita, no sólo es dar todo a María, sino vaciarse de sí mismo y dejar que el Espíritu Santo derrame en nosotros el espíritu de María, de modo que sea Ella en nosotros, la que con toda determinación siga a Cristo. Llevemos a los demás en su seguimiento, preocupándonos de la Iglesia, como si fuera cosa propia, orando y trabajando apostólicamente si fuera el caso, en los grandes temas que la Iglesia suplica la ayuda e intercesión de la Virgen María.

Todo hijo e hija de santa Teresa de Jesús, está llamado a vivir a unos niveles muy profundos su adhesión a la Santísima Virgen María, de modo que sea Ella en nosotros la que reedifique el Carmelo en la caridad, la unidad y la verdad. Así la Orden llena de  vitalidad, contribuirá eficazmente en la reedificación de la Iglesia, y en la pacificación de la humanidad en la justicia y la verdad.

Puede ayudar a esta identificación con María, la doctrina de Miguel de san Agustín y su dirigida, María Petijt, de la reforma Turolense,  recogidas en el libro La vida de unión con María[65], para «hacerlo todo con María, en María, por María» para que Cristo en nosotros tenga la ayuda de María en la edificación de la Iglesia y en la construcción del Reino de Dios.

3.6.  La protección de la Virgen en los Santos del Carmelo

Si estudiáramos detenidamente la vida y los escritos (si los hubiera) de cada uno de los santos o carmelitas que se han significado por corresponder a la gracia de la vocación del Carmelo, seguramente no se encontraría a ninguno que no tuviera  una devoción entrañable hacia la Virgen María.

Mirando más de cerca sus vidas podemos decir que en su infancia o adolescencia primero se sintieron amados profundamente por la Virgen María, experimentado que gracias a su protección, les salvaba su vida, no sólo físicamente sino también espiritualmente. Posiblemente este hecho les llevó a hacer de su vida un puro agradecimiento a la Señora que les salvó.

Por sus biógrafos sabemos que por dos veces la Virgen le salvó la vida a san Juan de la Cruz en su niñez. En una ocasión cayó en una charca pantanosa en Fontiveros, estando en gran peligro de ahogarse, se le apareció la Virgen Santísima y le pedía la mano para sacarle de ella, pero él al tenerla manchada de barro no «se la quería dar por no la ensuciar la suya, que era tan hermosa y linda»[66]. Un labrador al verlo en tan grave peligro lo sacó de la laguna. Más tarde en Medina del Campo cayó en un pozo, pudo salir vivo y sano de él por una merced que le hizo Nuestra Señora. Estos hechos hicieron que el amor de san Juan de la Cruz a la Virgen no dejara de crecer, viendo «con el cuidado que le hacía oficio de madre»[67].

Convencido de que se había de consagrar a Dios de por vida, se le presentaron diversas opciones en Medina del Campo: ser capellán del Hospital, religioso de la Compañía de Jesús, tal vez franciscano… Sin embargo optó por la Orden del Carmen, por tratarse de una Orden de la Virgen. Él que pudo contemplar la belleza y el amor de la Virgen María, más tarde tuvo por misión procurar restablecer la belleza que él había contemplado en Ella, de manera que se viera reflejado en la misma Orden de la Virgen. Por ello, fue insobornable una vez acogió la invitación que la madre Teresa le hizo en Medina del Campo. De este modo se convirtió junto con santa  Teresa de Jesús en un pilar fundamental de la Reforma del Carmelo Descalzo.

Caso semejante se dio en el beato Bautista Mantuano, el cual habiéndose contagiado de la peste pidió la ayuda de la Virgen María. Le prometió que si se curaba se haría religioso, se consagraría a Ella y le serviría  siempre. Así sucedió y se entregó con todo su ser al servicio de la Orden. Formó parte de la reforma Mantuana y trabajó por la santificación de la Orden. En su tiempo esta reforma llevó a la Orden a uno de sus mejores momentos. El ha sido llamado el Virgilio cristiano, ya que cantó a la Virgen con poemas de gran Belleza.

Santa María de Jesús Crucificado, antes de su ingreso a la vida religiosa fue herida de muerte por un musulmán, ya que había rechazado hacerse mahometana. Fue curada milagrosamente por la Santísima Virgen que se le apareció en sueños. Con el tiempo llegó a ser la más preciosa flor del Carmelo en las tierras de María. Esta paisana suya, fiel reflejo de la Santísima Virgen brilló por una purísima devoción al Espíritu Santo, por su amor a la Iglesia y veneración al Santo Padre.

No sólo la Virgen ha salvado físicamente a los que Dios ha escogido para engrandecer su Orden. También sabemos cómo obraba milagros curando a santa Teresa de Lisieux de una extraña enfermedad ocurrida en su infancia. Nos dice ella: «la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella… De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la «encantadora sonrisa de la Santísima Virgen», […] estaba curada.  […] La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido realmente ella quien me había sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y que yo era su hija; y que, entonces, yo no podía darle ya otro nombre que el de «mamá», que me parecía mucho más tierno que el de Madre… ¡Con qué fervor le pedí que me amparara siempre y que convirtiera pronto mi sueño en realidad, escondiéndome a la sombra de su manto virginal…!» (Ms A 30r; 56v-57r). Cinco años más tarde ingresará en el carmelo de Lisieux. Ella no sólo ha sido la carmelita que más vocaciones ha traído a la vida contemplativa y a la Orden del Carmen, sino que se la considera una de las mayores santas de los tiempos modernos.

El beato Tito Brandsma aprendió amar a la Virgen en su hogar, una familia holandesa profundamente cristiana. Antes de decidirse a abrazar el estado religioso, estudió la historia y la espiritualidad de varias Órdenes religiosas y como diría después: «La espiritualidad del Carmelo, que es vida de oración y de tierna devoción a María, me llevaron a la feliz decisión de abrazar esta vida. El espíritu del Carmelo me ha fascinado»[68].  Su amor inicial se enriqueció y creció en el Carmelo. La Virgen María estaba presente en su pensamiento todo el día. Su confianza filial en la protección de la Virgen nunca disminuyó, sino que se acrecentó durante el cautiverio en los campos de concentración donde pasó los últimos días de su vida. Decía al hermano carmelita Fray Rafael Tihuis, que estaba con él en el Campo de Dachau: «Hermano, María debe ayudarnos y sostenernos. Ella pone su mano sobre nosotros. Así podremos aguantar mucho mejor todo cuanto nos suceda. […] Mira, antes de ir al trabajo debes rezar aquella preciosa plegaria a María que recitábamos en el convento». Y mientras caminaban juntos a buscar el respectivo comando de trabajo, recitaban: «Santísima Virgen Inmaculada, luz y esplendor del Carmelo…»[69].

De este modo, incluso en los antros de la muerte y de la más profunda deshumanización, el beato Tito Brandsma hará vida lo que había escrito en una de sus meditaciones marianas: «Pongámoslo todo en manos de Nuestra Señora. Que Ella cuida de nosotros como Madre por sus hijos. Todo cuanto hacemos, todo lo que tenemos, coloquémoslo en las manos de nuestra Señora. Que Ella nos lo guarde y conserve indicándonos la finalidad que ha de tener todo. La estrella del mar, la estrella fija en el polo, nos va señalando la ruta de nuestra vida. El ejemplo siempre luminoso. ¡Puerta del cielo! Llevados siempre de su mano, nuestra entrada está garantizada y segura»[70]. La Virgen no le abandonará, lo confortará  y será para él puerta del cielo.

Como hemos visto, estos y otros santos del Carmelo, antes de ingresar en la Orden del Carmen, han experimentado en su vida, la solicitud maternal de María, tal como se lo había pedido Jesús en el calvario. Éstos, rebosantes de gozo, no sólo se han conformado en tener devoción y gratitud personal a la Virgen María, sino que han acogido la llamada de Jesús a vivir en la Orden de María. Una vez han ingresado en la Orden del Carmen, dóciles a la acción del Espíritu Santo, han dejado que Jesús en ellos, amara a su Madre. Y María, a través de ellos y ellas, han amado a Jesús. Se han hecho sus discípulos y han contribuido a través de la oración o de la acción apostólica hacer fecunda la obra evangelizadora.

   3.7. Los escritos de  los Santos del Carmelo nos revelan algo de María

La Virgen María en el Carmelo no sólo es considerada como objeto de culto, sino el mejor «ejemplo y camino para alcanzar la unión y la intimidad más profunda con Dios. El misterio interior de María, por la fidelidad a la divina palabra bajo la acción del Espíritu Santo, encarna admirablemente el ideal de la Orden en lo que tiene de esencial y sublime»[71].

San Juan de la Cruz, hombre contemplativo por excelencia, en sus breves sentencias sobre la Virgen María nos desvela con gran profundidad algo de su vida interior: «La gloriosísima Virgen Nuestra Señora, la cual, estando desde el principio levantada a este alto estado nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo» (3S 2,10). En el romance “In principio erat Verbum” pone de relieve el consentimiento libre de María del cual dependió  que el Verbo se encarnara en la naturaleza humana: «Entonces llamó a un arcángel que san Gabriel se decía, y enviólo a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía; en la cual la Trinidad de carne al Verbo vestía;  y aunque tres hacen la obra, en el uno se hacía; y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María» (8, 266-278).

Los grandes sufrimientos interiores vividos por Teresa de Jesús,  le hicieron intuir los que experimentó la Virgen María: «Díjome (el Señor) que en resucitando había visto a nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo (por aquí entendía es otro mi traspasamiento, bien diferente; más !cuál debía ser el de la Virgen!); y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla» (CC 13, 12).

El beato Francisco Palau, siendo consciente de la gravedad de la situación en la que se encontraba la Iglesia en España, y habiendo hecho todo lo que estaba en su mano para que se diera un renacimiento de la misma, pudo intuir la importancia de María en la obra de la redención. En su libro «El mes de María», va presentando cada día una virtud de la Madre de Jesús. En sus comentarios resalta ante todo su donación por la salvación de todos los hombres: «María conoció desde su inmaculada concepción sus destinos a proporción que le fueron revelados. Se propuso un fin, y este fin no fue otro que el de la salvación de la raza humana, corrompida por el pecado. A esta tan alta y sublime misión ordenó toda su vida, todas sus acciones y todos sus movimientos, y consiguió su propósito dándonos un Salvador»[72].

Santa Teresa del Niño Jesús, en su última poesía “Por qué te amo María”, en una plena comunión vital con María, ante todo en el sufrimiento de alma y cuerpo, nos ayuda a contemplarla a partir de lo que  nos narran o nos hacen intuir la lectura de los Evangelios:

 «Cantar, Madre, quisiera/ por qué te amo María,/ por qué tu dulce nombre/ me hace saltar de gozo el corazón,/ y por qué el pensamiento de tu suma grandeza/ a mi alma no puede inspirarle temor. […] Para que una hija pueda a su madre querer, / es necesario que ésta sepa llorar con ella, / que con ella comparta sus penas y dolores. / ¡Oh dulce Reina mía, / cuántas y amargas lágrimas lloraste en el destierro / para ganar mi corazón, ¡oh Reina! / Meditando tu vida / tal como la describe el Evangelio, / yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti. / No me cuesta creer que soy tu hija, / cuando veo que mueres, / cuando veo que sufres/ como yo. […] y ahora quiero / cantar en tus rodillas, / Virgen, por qué te amo ¡y repetir por siempre y para siempre/ que yo soy hija tuya…!» (PN 54)

Isabel de la Trinidad nos ayuda a descubrir la vida contemplativa y activa de la Santísima Virgen:

«Con cuánta paz, con qué recogimiento María actuaba y se presentaba a todo. Incluso las acciones más ordinarias eran divinizadas por ella, porque en todo lo que hacía la Virgen era siempre la adoradora del don de Dios; ello no le impedía entregarse completamente a la vida exterior, cuando era cuestión de ejercer la caridad: el Evangelio nos dice que María recorrió con gran solicitud las montañas de Judea, para visitar a su prima Isabel (Lc 1,39). La visión inefable que contemplaba en su interior no disminuyó nunca su actividad exterior porque si la contemplación se desarrolla para la alabanza y eternidad de su Señor, tiene en sí la unidad y nunca podrá perderla»[73].

Santa Teresa de los Andes, confiesa: «Desde chica amé mucho a la Sma. Virgen, a quien confiaba todos mis asuntos. Con sólo Ella me desahogaba y jamás dejaba ninguna pena ni alegría sin confiársela. Ella correspondió a ese cariño. Me protegía, y escuchaba lo que le pedía siempre. Y ella me enseñó a amar a N. Señor. Ella puso en mi alma el germen de la vocación» (cta. 73, a su padre).

Correspondiendo a la gracia de la vocación de carmelita descalza, comprenderá la función corredentora de la Virgen, y animará a otras a vivirla: «Ten siempre como modelo a la Sma. Virgen y pídele te asemeje, pues Ella siempre permaneció en silencio unida a su Dios, y se consumió en el amor y en el sa­crificio por sus hijos pecadores. Su vida se resume en dos pala­bras, que son las de una carmelita: sufrió y amó. […] ¡Qué hermosa es nuestra vocación, querida hermanita! So­mos redentoras de almas en unión con nuestro Salvador. Somos las hostias donde Jesús mora. En ellas vive, ora y sufre por el mundo pecador. ¿No fue ésta la vida de la más perfecta de las criatu­ras, la Sma. Virgen? Ella llevó al Verbo en el silencio. Ella siempre oró y sufrió» (cta. 130, a Graciela Montes).

Edith Stein realiza el ideal de la mujer a la altura de su tiempo. Dirá de ella, san Juan Pablo II: «Ella misma será testimonio de esta feminidad socialmente operativa, haciéndose apreciar como investigadora, conferenciante, profesora. Fue estimada como mujer de pensamiento, capaz de utilizar con sabio discernimiento las aportaciones de la filosofía contemporánea para buscar  la “plena verdad de las cosas” en el continuo esfuerzo de conjugar las exigencias de la razón y las de la fe»[74].

Lo que Edith conseguirá ser, humana e intelectualmente, la llevará a luchar para que las mujeres en la Iglesia también lo sean. Ella se esforzará por orientar la mirada de la mujer hacia su purísimo ideal, hacia la Virgen María. Ella es para Edith, el modelo de esa mujer fuerte, de esa mujer capaz de asumir en la historia los papeles más imprevisibles y de llevarlos a término con calidad, precisamente porque fue la mujer cuya calidad de vida rebosaba desde lo más  profundo de su ser. Desde su fe y la unión con María, Edith descubre en la Madre de Jesús no sólo el prototipo del alma femenina, sino que es verdaderamente madre: «Llamar a María como Madre no es una simple imagen. Ella es nuestra Madre en el sentido real y eminente, en un sentido que trasciende la maternidad terrenal. Ella nos ha engendrado a la vida de la gracia cuando se entregó a sí misma, con todo su ser: cuerpo y alma, a la maternidad divina. Por todo esto ella nos es muy cercana. Nos ama, nos conoce, se empeña en hacer de nosotros lo que tenemos que ser; sobre todo, nos quiere conducir a la unión más íntima con el Señor»[75].

Santa Maravillas de Jesús, al contemplar con sus propios ojos el odio a Dios, que con tanta virulencia se desató durante la guerra civil española, confía en la mediación de María ante su Hijo Jesucristo: «Estamos pidiendo horrores por este pobre mundo que así se ha apartado de Dios. En María, nuestra dulcísima Madre, está toda nuestra confianza, para que no se pierdan las almas que tanto, tanto costaron a su Hijo Divino y a Ella»[76].

        3.8. Los Carmelitas devotos y propagadores de la devoción a María

         Muy posiblemente no se encontraría carmelita que viviendo fielmente el carisma de su vocación no haya amado con amor entrañable a la Virgen María. Pero no encontramos a nadie que se repita ni en la forma ni en el contenido de su devoción hacia Ella.

Las carmelitas mártires de Guadalajara, que compartieron la misma vida comunitaria, y el mismo martirio, aun teniendo en común una gran devoción a la Virgen María,  la expresaban de  forma distinta. La devoción a la Virgen de la beata  Pilar era claramente teologal:  «Lo espero todo de Jesús por María». A la beata  Teresa, la advocación mariana que le daba más devoción era la de «María refugio de los pecadores».  La beata María Ángeles, que perdió a su madre a los tres años de edad, vivió de forma particular un amor confiado en la protección maternal de María: «me acuerdo mucho de ella [su madre]. ¡Cuánta falta me hace! Pero la Santísima Virgen hace las veces, pues me he encomendado a Ella y la he tomado por Madre»[77].

Quienes sienten en su vida la protección materna de María, experimentan el gozo interior y la paz. Observan cómo el seguimiento de Cristo se acelera y torna fecunda su vida. Por ello, no pueden dejar de desear ardientemente, que otros muchos puedan gozar de la maternidad espiritual de la Virgen María. Y así, se  lo suplican a Jesús, y le piden que conceda a muchos el don de amar a su Madre, como El mismo la ama. Luego se hacen promotores de su devoción, a través de todos los medios que el Espíritu Santo les inspira en su interior.

Uno de los medios más importantes que ha tenido el Carmelo para irradiar el amor a María, ha sido sin duda la difusión del Escapulario y el propio testimonio de amor a Ella. Pero también lo ha realizado de diversos modos.

San Nuño de Santa María, ya en su vida de soldado se encomendaba siempre a la Virgen María antes de las batallas y pedía asimismo a sus soldados que lo hiciesen. Tenía plena confianza en la protección de la Virgen. Igualmente, terminadas las batallas solía peregrinar a algún santuario mariano. Por ello, mandó reconstruir algunos de ellos que se encontraban abandonados, y que fueran decorados dignamente. «Asimismo, algunos historiadores apuntan a la intervención del Santo Condestable en el auge que fue tomando en Portugal la devoción a la Inmaculada Concepción que con el tiempo acabará por convertirse en la Patrona del país en 1640 a instancias del rey Juan IV»[78]. Siglos más tarde, durante las persecuciones que padecía la Iglesia en Portugal en el siglo XIX y XX, muchos suplicaban a la Virgen Inmaculada, como Patrona que era suya. La Virgen vino en su ayuda, y se apareció a tres niños pastores en Cova d’Iria.

El beato Francisco Palau adaptándose a su auditorio, procuraba promover el amor a la Santísima Virgen y la imitación de sus virtudes. Para los ámbitos obreros de la ciudad, fundará la Escuela de la Virtud, que estará presidida por una pintura de la Virgen del Carmen, donde se enseñaba la doctrina del Evangelio, personalizada  y hecha vida en María, que por eso la llama la Virgen de las Virtudes, de modo que en ella pudieran ver la primera discípula de Cristo y un Evangelio viviente de virtudes evangélicas.

Estando desterrado en la isla de Ibiza, predicará a los campesinos las virtudes de la Virgen a través del Mes de Mayo. Cada día a través de una flor, medita en una de las virtudes de la Virgen, pero en su oración inicial los lleva a suplicar la intercesión y protección de la Virgen, para que las virtudes nazcan, crezcan y se afiancen en el alma. Edificó a la Señora de las Virtudes un modesto templo, que pronto pasará a ser el santuario mariano de la isla.

Santa Teresa del Niño Jesús, a través de las recreaciones piadosas que realizaba para alegrar las fiestas de la comunidad del Carmelo de Lisieux, intentará ayudar a sus hermanas a que profundicen en el amor misericordioso de la Virgen María, incluso con los no creyentes.  En la recreación “La huida de Egipto”, hará decir a la Santísima Virgen a Susana, esposa de un bandolero y madre de Dimas que padece la enfermedad de la lepra, y que será uno de los bandoleros que será crucificado con Jesús: «Seguro que esos a quienes amas ofenderán a Dios que los ha colmado de beneficios. Pero ten confianza en la misericordia infinita de Dios, que es tan grande que puede borrar hasta los mayores crímenes cuando encuentra un corazón de madre que pone en ella toda su confianza. […] Jesús morirá para dar vida a Dimas, y éste entrará el mismo día que el Hijo de Dios en su reino celestial»[79].

Santa Teresa de los Andes a través de sus cartas, intentará mostrar la belleza de la vocación del Carmelo, para que la Virgen tenga a nuevas hijas donde sea plasmado su espíritu y su vida. Le dirá a una amiga: «Pídele a la Sma. Virgen que sea tu guía; que sea la estrella, el faro que luzca en medio de las tinieblas de tu vida. Que te mues­tre el puerto donde has de desembarcar para llegar a la celestial Jerusalén. La voluntad de Dios es que seamos virtuosas. Tengamos el suficiente carácter para ser verdaderas Hijas de María, tanto en el colegio como en la casa. Lo demostraremos si somos obedien­tes. […] Tener mucha modestia en el vestirnos, pensando cómo lo haría la Sma. Virgen. Debemos tratar de ser caritativas. No hablar jamás mal del prójimo. Defenderlo en cuanto podamos, o desviar la conversación a otro asunto sin que lo noten, si no podemos defenderlo» (cta. 40)

El beato Tito Brandsma vivía con intensidad y disfrutaba en profundidad en todas las fiestas marianas, especialmente el día del Carmen, su fiesta Patronal. Organizaba concursos y congresos marianos, aprovechaba  cuantas ocasiones se le ofrecían para dar a conocer  y hacer amar a la Santísima Virgen. En su librito Ejercicios Bíblicos con María para llegar a Jesús, intenta ayudar al ejercitante para que siguiendo la vida de María, acomode su vida a la de tan perfecto modelo. En otro de sus escritos expresará  su deseo más profundo: «En mi condición de Hermano de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, quisiera conducir a la tierra del Carmelo a cuantos conmigo aman y rinden culto a María como a su querida Madre, a fin de que de la mano de esta Madre y Hermosura del Carmelo, lleguen a la más íntima unión con Dios, puesto que esa es la finalidad de la vida contemplativa en el Carmelo. El profeta Jeremías dice: “Os he introducido en el tierra del Carmelo para que comáis sus frutos y lo mejor de ella”»[80].

Santa Maravillas de Jesús, gran devota de la Virgen María, exhortaba a sus hermanas a través de billetes o de cartas encomendarse a Ella como el mejor camino para ser del todo de Jesús: «La Santísima Virgen te dé de lo suyo para adornar, limpiar, calentar, perfumar tu alma. Con lo de ella, que es tuyo, quedará preciosa. Lo demás no importa. No dejes de luchar, y como El lo ve todo y lo sabe todo… ¡Qué alegría! Conviene que El lo sea todo y tú nada»[81].

Edith Stein en sus conferencias, sobre la mujer pondrá el ejemplo de María, en la que toda mujer puede encontrar un modelo de identificación.

Sería interminable anotar textos en los que los carmelitas testifican su amor a la Virgen María, y cómo han intentado transmitirlo a los demás. Al ser reconocida su santidad por la Iglesia, al publicarse sus escritos, ha beneficiado a todos.

No sólo se ha transmitido el amor a María través de escritos de los santos, que en un principio eran particulares, sino como Orden se ha trabajado propagando la devoción a la Madre del Señor en toda la Iglesia. Se ha mostrado un medio eficaz, la difusión del Escapulario del Carmen. También lo ha sido la dedicación de sus Iglesias a la Virgen María. Estas han jugado un papel importante como lugares de culto mariano, y difusión del amor a María, instando a las personas a encomendarse a la Virgen…, a través de publicaciones, de música, cantos,  libros…  La vida del carmelita es vivir en obsequio de la Madre y Hermosura del Carmelo, y dejar que sea María en nosotros, la que viva en este tiempo, en obsequio de Jesucristo, adorando a la Santísima Trinidad, empeñados, con la fuerza del Espíritu Santo, en colaborar que sea fecunda la redención de su Hijo.

   3.9. La vida interior de María manantial de la vida interior del Carmelita 

En distintas partes Teresa de Jesús llama a sus monjas «mis hijas», pero les intenta transmitir que primero son «hijas de la Virgen». Dios le concederá el poder participar del don de la maternidad espiritual de la Virgen María, pero santa Teresa de Jesús, será muy consciente de la distancia entre las dos. Por ello escribe este texto precioso, en el que humillándose se enaltece a ella misma, pero deja bien sentado que el carmelita es ante todo hijo e hija de la Virgen María:

«Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino llegarme a Ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente y así no tenéis para que os afrentar de que sea tan ruin, pues tenéis tan buena madre; imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, que no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden» (III M 3,1).

En esta exhortación nos dice la santa madre Teresa una gran verdad. Aunque ella por designio de Dios es la fundadora de una Reforma del Carmelo, y se comportó y se comporta como una verdadera madre con todos los hijos e hijas espirituales que Dios le ha concedido. Nos dice que somos verdaderamente hijos de Nuestra Señora, en Ella está el manantial de nuestra vida espiritual. En la Virgen María se cumplen las palabras que san Juan de la Cruz dedica a los fundadores: «Pocas almas llegan a tanto como esto [el supremo amor trinitario], mas algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que había de tener su doctrina y espíritu» (Ll 2,12).

Dirá Daniel de Pablo Maroto: «El “carisma” de una orden religiosa sólo lo poseen en plenitud los fundadores. Es un don que el Espíritu Santo les concede para vivir el proyecto evangélico del seguimiento e imitación de Cristo con radicalidad acomodado a las necesidades de los tiempos. Y ese mismo proyecto de vida es lo que transmiten a sus herederos. Los fundadores   son como la fuente primordial de la institución fundada por ellos, más o menos caudalosa según la fuerza de su don carismático y el vigor espiritual con que perdurará en el tiempo»[82].

De esta definición del carisma, a la luz de los grandes santos del Carmelo Teresiano, es decir aquellos que han correspondido a la gracia de la vocación y que la Iglesia nos ha puesto como modelo, podemos decir que santa Teresa es «la fuente primordial de la Institución fundada por [ella]», es decir, del Carmelo Teresiano, más que decir que ella ha vivido toda la altura espiritual que vivirá su posteridad. Se podría decir que santa Teresa de Jesús a todos nos precede en el Carmelo Teresiano, nos ha dado la impronta eclesial del carisma contemplativo, y que desde «la pujanza a que ha llegado su espíritu»[83], después de profundas purificaciones, empiezan a caminar sus hijos e hijas.

Santa Teresa de Jesús vivió con particular intensidad el ser hija de la Iglesia, pero el beato Francisco Palau le fue concedido comprender que la Iglesia es una persona mística, con la que también podía establecer relaciones no sólo filiales sino también de paternidad y de esponsalidad.

Uno de los testimonios que la Iglesia tiene sobre la inhabitación de la Trinidad en el alma, y como esta se relaciona con las tres divinas personas, es el de santa Teresa de Jesús. Luego surgirán movimientos en el seno de la Iglesia que incapacitarán la vivencia de la vida Trinitaria, entre ellas el jansenismo. Santa Teresa de Lisieux a partir de la Ofrenda al Amor Misericordioso se acelerará la participación en la vida  trinitaria sacudiéndose para siempre del influjo del jansenismo. En cambio Isabel de la Trinidad casi desde el inicio de su vida espiritual ya vive  una vida trinitaria que no dejará de ahondar en su corta vida.

San Juan de la Cruz,  más que afirmar  que es discípulo, de santa Teresa es una personalidad complementaria a ella, en hondura espiritual y en doctrina.

Santa Teresa de Jesús prometió a Dios vivir con perfección la vocación carmelita que había profesado, en cambio santa Teresa Benedicta de la Cruz, se siente llamada a ofrecer su vida como ofrenda por la salvación de su pueblo y por la paz, algo semejante ocurrió con las mártires carmelitas de Compiegne. Los rasgos de abandono en la misericordia de Dios vividos por Teresa de Jesús, serán ahondados por su hija Teresa del Niño Jesús.

Con ello vemos que el manantial de la altura espiritual del carmelita descalzo como de todo carmelita está en la Virgen Santísima, nadie la ha superado en cualquier dimensión de la vida humana y espiritual. Ella a todos precede en la unión con Dios, y pone delante de todos como ápice de la perfección la unión con Dios.

Ante tantos favores recibidos por medio de la Virgen, no deja la madre Teresa de indicar a sus hijas de que la Virgen María es su Protectora y se gocen que lo sea «considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona» (III M 1,3). Ya que nadie es comparable a la protección que la Virgen María puede ofrecer por la Orden, pero Ella no lo hace sola sino junto con toda «su corte»[84]. La Virgen María se alegra de ser ayudada o de estar acompañada en su intercesión ante su Hijo con la intercesión de los santos del Carmelo.

La vida mística de los santos ha corroborado el patronazgo de la Virgen sobre la Orden del Carmen. Santa Magdalena de Pazzi tuvo una visión respecto a la Orden del Carmen: «Veía que todas las sendas conducían a un precioso jardín, que comprendí ser el paraíso. Unas sendas llegaban hasta el centro del jardín y terminaban unas en una fuente, otras en un árbol plantado en el mismo jardín y al que parecía le daban dignidad y belleza. Entendí que dichas fuentes y árboles eran los fundadores de las Religiones, como San Agustín, santo Domingo, San Francisco y otros Fundadores, que ahora están todos en el Paraíso… Veía que la senda por donde caminaban (los carmelitas)… era mucho más notable que las otras, pero no concluía en ninguno de aquellos árboles ni de aquellas fuentes, sino en la Reina y Señora del jardín, que es nuestra Madre, la Virgen María bajo cuya bandera vivimos nosotras»[85].

Esta visión corrobora el testimonio unánime de la tradición que la Orden del Carmen es la Orden de María. Estas mismas palabras oyó en su interior santa Teresa de parte del Señor: «en tus días verás muy adelantada la Orden de la Virgen» (CC 11). Lo que santa Teresa de Jesús obraba en bien de la Orden, Jesús lo consideraba como realizado directamente a su Madre: «Estando haciendo oración en la Iglesia [del monasterio de san José], estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con gran amor me pareció me recibiría y ponía una corona, y agradeciéndome lo que había hecho su Madre» (V 36,24). En otra ocasión dirá:  «estando todas en el coro en oración después de Completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco, y debajo de él parecía ampararnos a todas; entendí cuán alto grado de gloria daría el Señor a las de esta casa» (V 36,24).

Los testimonios de santa Magdalena de Pazzi, de santa Teresa de Jesús junto con el testimonio de carmelitas de todos los siglos, corroboran  «que no se reconoce en el Carmelo otro fundador o patrón de la Orden, sino es la misma Virgen María, aquella que presidió la Capilla primitiva del Wadi es-Siah y que con amable y profunda mirada fue formando y alimentando a su Orden en la contemplación»[86].

3.10. El enriquecimiento constante del Carisma del Carmelo

Como hemos visto el manantial del carisma del Carmelo se encuentra en la Virgen María. Ella como Señora que es del Carmelo, alcanza de su Hijo  en los diversos períodos históricos, enriquecimientos del carisma del Carmelo, para que este dé respuesta a las necesidades que pueda tener la Iglesia y la obra redentora de Cristo.

La Virgen María, alcanzará de Dios que esta su Orden, nazca eremita, para que prolongue su vida de oración en bien de la Iglesia y de la humanidad. Así la impronta de la oración y de la contemplación será siempre parte integrante de su ser en la Iglesia. No permitirá que desaparezca su Orden bajo la espada del islam, y los carmelitas los alentará para que  regresen de nuevo a Europa. Allí velará para que se convierta en una Orden mendicante, para que participe  activamente en la evangelización de Europa, ante todo por medio de la difusión del santo Escapulario.

Cuando la fe católica esté seriamente en peligro, suscitará a través de Teresa de Ahumada, monja carmelita, la Reforma del Carmelo Descalzo, que a la contemplación del “vacare Dio”, añadirá la dimensión apostólica, de orar ante todo por el ministerio Ordenado, para que Dios dé luz a los luteranos, y la difusión de la Iglesia por medio de la expansión misionera.

Santa Teresa de Jesús, alentará a sus monjas para que crezcan en virtudes de modo que Dios escuche sus oraciones. San Juan de la Cruz encaminará a sus discípulas a la negación de sí para llegar a la cima del monte Carmelo, donde sólo mora la honra y gloria de Dios.

No siendo suficiente ni las virtudes, ni la negación para que las oraciones sean escuchadas por Dios, suscitará al beato Francisco Palau, que en el silencio de las cuevas y ermitas, escuchará en su interior como el Acusador de nuestros hermanos, a causa de los muchos pecados de los hijos de la Iglesia, reclama a Dios que cumpla sus leyes de justicia, que sea tan severo con la Iglesia como lo fue antaño con el pueblo de Israel.  Él como sacerdote, querrá destruir este pecado, reconociéndolo con sinceridad, ofreciendo en reparación la preciosa sangre de Cristo, que tiene ante Dios infinitamente más valor que todos los pecados que hayamos podido cometer.

De este modo reparados los pecados de los hijos de la Iglesia, sus oraciones llegarán a Dios, y la Virgen velará para que el Carmelo se enriquezca con el servicio de la caridad, haciendo que nazcan multitud de congregaciones religiosas, que tendrán la hondura interior del carisma carmelita, pero se dedicarán a la salvación de las almas, a partir de la educación y de la beneficencia, o del apostolado directo, llevado a término no sólo por hombres sino también por mujeres. De este modo se podrá evangelizar la sociedad del siglo XIX y XX.

Cuando se cierne en el horizonte la II Guerra Mundial, donde el espíritu del mal podrá ejercer un gran poder destructor, querrá resguardar la humanidad en su Inmaculado Corazón. La hna. Lucía, una de las videntes de Fátima, querrá que sea carmelita descalza, para que promueva en la Iglesia y en la misma Orden, mantener viva la consagración de la humanidad a su Inmaculado Corazón que los Papas realizarán, para que pueda proteger la humanidad, como sólo Ella sabe y puede hacerlo.

Ante la gran persecución contra los cristianos, suscitará al P. Saverio Cannistrà, Prepósito General, que promueva una gran oración por la paz, como el regalo más preciado que puede ofrecer a su santa madre Teresa, con motivo del V Centenario de su nacimiento. Esta iniciativa ayudará a todos a ser conscientes que orar por la paz y promoverla es parte integrante del carisma, como lo hizo desde su conversión hasta el fin de sus días, nuestra Santa Madre, ayudando así a la Virgen María en su misión de escuchar las súplicas que le dirige la Iglesia, a quién invoca como Reina de la paz.

El Carmelo pertenece a María, Ella suscitará hasta el fin de los siglos los enriquecimientos que crea convenientes para ayudar a la obra redentora de su Hijo. Quienes estén revestidos de autoridad en la Orden, les corresponde «sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes., 5,19-21)» (LG 12). Los que son favorecidos por  carismas de enriquecimiento, deben tener una gran humildad, ya que su aportación es mínima a lo que estos reciben del bellísimo y riquísimo carisma de la Orden del Carmen. Además deberán tener para con sus hermanos/as del Carmelo,  una profunda gratitud, ya que sin su fidelidad y sus desvelos por mantener vivo el carisma del Carmelo, ellos tampoco hubieran recibido estos enriquecimientos. La historia enseña que las “Reformas” que honran a la Orden del Carmen como madre subsisten, los que luchan contra ella desaparecen.

3.11. El Carmelita refleja la bellísima vida interior de María

A lo largo de los siglos, los carmelitas han comprendido que la fuente del más puro amor a la Santísima Virgen, es el amor que Cristo tiene hacia su Madre. Por ello el carmelita procura que sea Cristo quien en él o en ella ame y honre a la Virgen María[87]. Pero por más que amemos a la Virgen María, siempre quedaremos lejos del amor que Jesús profesó a su Madre.

Pero Jesucristo se ha complacido y se complace en poder amar a su Madre y servirla a través  de cada uno de los carmelitas y las carmelitas. Por ello, les ha dado como heredad el ser reflejo en la Iglesia de la bellísima vida interior de su Madre Santísima.

En la vida de la Virgen María hay dos momentos claves en los cuales es inundada de gracias por el Espíritu Santo, que la harán capaz de  llevar a término sus dos grandes misiones: la Encarnación del Verbo en la cual recibe todos los dones y gracias para ser Madre de Jesús, y en Pentecostés donde recibe con profusión los dones del Espíritu Santo, para ser Madre de la Iglesia. Los santos carmelitas encarnan con mayor o menor profundidad uno de estas dos dimensiones de la vida de María.

Santa Teresa del Niño Jesús es un reflejo de la infancia espiritual de María. La “santa” Isabel de la Trinidad y la beata Ángela Girlani nos ayudan a vislumbrar la unión y adoración a la Santísima Trinidad de la Virgen María. San Juan de la Cruz es reflejo del canto a la  belleza y hermosura de Dios de María. Santa María de Jesús Crucificado nos muestra algo de la veneración de la Virgen María al Espíritu Santo. María es la mujer que escucha la Palabra de Dios, la medita en su corazón y la hace vida, un reflejo de ello es san Alberto de Jerusalén, la Regla es un ejemplo de ello. El beato Ángel Agustín Mazzinghi además fue un predicador insigne de la palabra de Dios. Santa Teresa María Redi y la beata Juana Scopelli son reflejo de la vida escondida y de unión con Jesús de la Virgen María. La beata Josefa Naval y la venerable Teresa Mira nos ayudan a vislumbrar la entrega sencilla,  llena de amor hacia todos que tuvo siempre la Santísima Virgen.

Santa Teresa de los Andes es reflejo de la alegría de sentirse esposa y madre de almas, de la Virgen María. Edith Stein es un destello del  valor y de la dignidad de ser mujer de la Virgen María que cantó el Magníficat, tan contrario a la mentalidad de su tiempo que era considerada una verdadera desgracia el haber nacido mujer. Santa Teresa Benedicta también es prolongación del amor y del ofrecimiento oblativo de María en bien de su pueblo. El beato Tito Brandsma ante los nazis es el reflejo de la libertad de espíritu de la Virgen María que «nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo» (3S 2,10). En san Enrique de Ossó y en san Pedro Poveda  se vislumbra la solicitud de María por dar la mejor educación a su Hijo.

María aunque no sufrió martirio corporal es llamada la Reina de los Mártires, porque como dice el Concilio Vaticano II, se «mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» (LG 58). Tampoco  muchos hijos del Carmelo han rehuido dar su propia vida en testimonio de su fe y amor al Señor, cuando él lo ha pedido a través de las circunstancias históricas de persecución a la Iglesia. Entre ellos están: San Ángel de Sicilia mártir del siglo XIII; los beatos  Dionisio y Redento mártires en Sumatra; las Beatas Teresa de San Agustín y compañeras mártires de Compiegne, los beatos Juan Bautista, Miguel Luís, Jaime Gagnot y Jaime Retouret mártires de la revolución francesa; las Beatas Mª Pilar, Teresa y Mª Ángeles de Guadalajara y María Sagrario de San Luís Gonzaga, la beata María del Patronicio de San José… y todos los mártires de la Orden del Carmen de la guerra civil española, o santa Teresa Benedicta de la Cruz, el beato Tito Brandsma mártires de la II Guerra Mundial.  El beato Luís Rabatá que murió perdonando al agresor que le hirió de muerte.

Después de la ascensión del Señor a los cielos,  la oración de María no cesó hasta alcanzar de Dios el don del EspírituSanto para que les fortaleciera y fueran  testigos del Señor hasta los confines de la tierra. En momentos de tribulación,  cuando la Orden del Carmen podía desaparecer de la faz de la Iglesia, según la tradición san  Simón Stock no dejaba de pedir a Dios la protección de María, él no sólo alcanzó un bien para la Orden,  sino para todo aquel que quiera acogerse a la protección del Escapulario del Carmen. El beato Juan Soreth que trabajó incansablemente para que la Orden se mantuviera fiel a este carisma hace vislumbrar los desvelos de María para que la Iglesia se mantenga fiel a las enseñanzas de Cristo. El beato Francisco Palau  es reflejo del canto a la belleza de la Iglesia de María, Ella que vio como los discípulos de su Hijo, proclamaban la buena nueva, presidían comunidades cristianas y le eran fieles hasta el martirio. No faltaron desavenencias y problemas,  María debía ayudar a restablecer la paz y la concordia desde la oración, la delicadeza, la caridad y la prudencia. Estas virtudes las encarnó san Rafael Kalinowski. La Virgen María veló para que la Iglesia primitiva se mantuviera unida a pesar de las distintas culturas de sus miembros. También trabajaron incansablemente por la unidad de la Iglesia: san Pedro Tomás y el beato Ciriaco Elías Chavara. Toda la acción de María en bien de la Iglesia provenía de su vida orante y de su unión con Dios,  siendo Ella la más pura de las criaturas. San Alberto de Trápani fue ejemplo eximio de pureza y oración.

María en su servicio a la Iglesia, fue admirable por su caridad, celo por la gloria de Dios, prudencia, amor a los pobres, también lo serán san Andrés Corsini y las fundadoras de congregaciones carmelitanas como Rosa Ojeda, Elisa Oliver, Asunción Soler, Teresa Toda y Teresa Guasch. Santa Joaquina es la que más dimensiones de la Virgen María ha vivido. Ella deseará  consagrar en su adolescencia su vida a Dios en el Carmelo, luego será  esposa y madre gozosa entregada del todo a su familia, que al enviudar se convertirá en madre espiritual de una fecunda familia religiosa adscrita al Carmelo. Las beatas Francisca de Amboise y María de la Encarnación también se santificaron en todos los estados de la vida, tanto en la vida matrimonial o como la de religiosas carmelitas.

Pablo VI en la Exhortación Apostólica Marialis cultus pidió que los pastores y teólogos reflexionaran sobre  la misteriosa relación existente entre el Espíritu de Dios y la Virgen de Nazaret, así como su acción sobre la Iglesia  (n. 27). Podemos dar respuesta a esta petición de Pablo VI a través de la vida de santa Teresa de Jesús.  Ella por voluntad del Señor funda pequeñas comunidades. Es extraordinaria su solicitud para con todos, se preocupa por cada uno de ellos, tanto en sus sufrimientos espirituales, sus enfermedades físicas o psíquicas. Ante las persecuciones Teresa es la mujer firme, de ella sólo salen palabras de fe, de esperanza y confianza en Dios, además hace descubrir a todos como las circunstancias adversas vividas desde la fe conllevan un verdadero crecimiento espiritual. No dejará de instruirles en el seguimiento del Señor, con palabras llenas de sabiduría fruto de su unión con el Señor en la oración y en la meditación de la Palabra de Dios. En todo momento Teresa de Jesús se comporta como una verdadera madre, le importan sus hijos e hijos espirituales, mientras vivirá en la tierra se dedicará a ellos a tiempo pleno, y lo sigue haciendo desde el cielo. Santa Teresa de Jesús es un verdadero reflejo de la maternidad espiritual de la Virgen Santísima hacia todos los redimidos por Cristo[88].

Santa Teresa del Niño Jesús un mes antes de morir en plena sintonía con los sentimientos de la Madre del Señor dijo: «Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina de cielos y tierra, pero es más madre que reina, y no se debe decir a causa de sus prerrogativas eclipsa la gloria de todos sus santos… ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos! yo pienso todo lo contrario. Creo que ella aumentará en mucho el esplendor de los elegidos» (UC 21.8.3).

Todos los santos del cielo son testigos de lo mucho que ha velado la Virgen María en el camino de su santidad y se goza de que sean conocidos para que Dios sea alabado en sus santos. Ellos pueden decir con san Buenaventura, que «la Virgen María santifica a los que echan raíces en Ella por el amor y la devoción, alcanzándoles de su Hijo la santidad»[89]. Pero también los santos llenos de agradecimiento, desean que cada día resplandezca más la bondad y la belleza de su buena madre celestial.

Ciertamente los hijos e hijas del Carmelo  se gozan de que  su vida sea un pequeño reflejo de la inmensa belleza interior de la Virgen Santísima, Ella que es el ser humano que ha reflejado mejor la suma hermosura de Dios Trinidad. María es la criatura que Dios ha colmado de todas las gracias. Ella es la más lejana a nosotros en perfección pero la más cercana en el amor, como una madre está cerca de cada uno de sus hijos.

Cada carmelita debe discernir por qué caminos el Espíritu Santo le va guiando,  para potenciar el ser reflejo de la gran belleza interior de María. De la Madre del Señor no tenemos testimonio escrito de su vida interior, los carmelitas somos llamados a ser testimonios vivientes de su  extraordinaria belleza interior.

                          4. Dimensión josefina [90]

La Orden del Carmen no se contentó con honrar a la Virgen Santísima, sino que extendió su culto y veneración a su esposo José, a sus padres san  Joaquín y santa Ana, así como también al Arcángel Gabriel. Todos ellos son los protectores del Carmelo, aunque san José es el protector Primario de la Orden.

Desde el inicio, la Orden del Carmen, honra a san José, ensalza su virtud, se le invoca como patrono, se reza sus fiestas con culto muy solemne. Incluso se había  compuesto un oficio enteramente propio en honor de san José, del que se dice: «no solamente es el más antiguo monumento elevado en la Iglesia latina a la gloria de san José, sino también, seguramente, el cántico más hermoso que jamás le fue consagrado»[91]. Pero su figura en la vida de la Orden del Carmen no ocupaba un lugar equivalente al que ocupaba la Virgen María o el mismo profeta san Elías.

4.1. Santa Teresa devota y propagandista de la devoción a san José

Posiblemente Teresa de Ahumada, aprendió a ser devota de san José en su familia. Nos dice en su autobiografía: «con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos» (V 1,1). Uno de estos santos bien podía ser san José. Ya que para la Santa no se puede pensar en la Virgen María sin ver a su lado a san José.

Lo cierto, como nos dice el P. Román Llamas: «desde su entrada en la Encarnación, esta devoción aparece pujante, viva y proselitista. Una devoción, hecha de experiencia, que es el compuesto de afecto, entrega, veneración, confianza y amor que le lleva a encomendarse muchas veces a él. Y el resultado de esta actitud múltiple, vivida día a día y con más intensidad en momentos de necesidad espiritual o corporal es que se da cuenta el que ha elegido a un santo lleno de bondad y de poder, experimenta que se relaciona con un padre suyo y su señor»[92]. Padre, significa «ternura, afabilidad, bondad, amor. Señor indica poder singular en alcanzar y derramar gracias y entraña cercanía, intimidad y confianza filial»[93].

La confianza que tenía Doña Teresa de Ahumada en la ayuda poderosa de san José era total. Por ello no dejará de recibir gracias del santo Patriarca. Ello hizo que conquistara a nuevos devotos, para que se encomendasen a él. A todas las monjas de la Encarnación era notorio que Teresa de Ahumada era devotísima de san José. De ello darán constancia diversos testigos en los procesos de beatificación. De este modo Teresa promovió poderosamente el resurgir de la devoción a san José en la Encarnación, tan venerado desde antiguo en el Carmelo.

Su devoción tan sincera e intensa a san José la llevó a encomendarse a él especialmente en la gravísima enfermedad que sufrió a sus 25 años: «Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen […] y tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir» (V 6, 5-6).

Esta curación milagrosa de su gravísima enfermedad, marcará un momento decisivo en sus relaciones con el santo Patriarca, en el que le experimenta como padre y señor omnipotente en todas las necesidades. Ella que era devota de muchos santos, reflejo de la sociabilidad y comunicabilidad de su persona, pero para la madre Teresa «san José es único, solo él ayuda en todas las necesidades de alma y de cuerpo. Ningún otro se le puede comparar ni de lejos; más que alistarlo con los otros santos hay que colocarlo en la categoría de Jesús y María»[94]. Dirá «que no sé como se puede pensar en la Reina de los cielos en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a san José por lo bien que les ayudó en ellos» (V 6,8). Su devoción y relaciones personales con su padre y señor san José son por ello únicas y singulares, como las que tiene con la Virgen  María y Jesús, el Señor.

A partir de la curación milagrosa por intercesión de san José, con mayor intensidad procurará que otros le sean devotos, y  le encomienden  todo tipo de necesidades. Reflejo de este ardor propagandista de la devoción a san José lo tenemos en el panegírico que ella realizará sobre el santo Patriarca en el capítulo sexto en el Libro de la Vida:

«No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad» (V 6,6).

Habiendo recibido tantas gracias: «Entendí  que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José;  porque muchas veces yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud» (CC 30). Pronto el Señor mismo le dará una misión en la que podrá honrar a san José y a la Virgen María.

4.2. San José en la obra fundacional del Carmelo Descalzo

Cuando el Señor instaba a Doña Teresa de Ahumada a fundar un monasterio que debía llamarse “san José”, y que sería la cuna de la Reforma del Carmelo Descalzo, llevaba a término un enriquecimiento del modo al que hasta entonces se había vivido tradicionalmente la devoción a san José en la Orden del Carmen.

Santa Teresa testifica lo que comprendió del Señor: «Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor…» (V 32,11).

En el marco de recepción de las líneas maestras del carisma que el Espíritu Santo derramaba en Teresa de Ahumada, para que fundara el monasterio de san José, está la visión que tuvo durante la novena de la Asunción de la Virgen, el 12 de agosto de 1561, un año antes de que éste fuera  fundado:

«Parecióme, […] que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía. Después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho y a mi padre San José al izquierdo, que me vestían aquella ropa. Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados. Acabada de vestir, y yo con grandísimo deleite y gloria, luego me pareció asirme de las manos nuestra Señora: díjome que la daba mucho contento en servir al glorioso San José, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido andar con nosotras; que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya» (V 33, 14-15).

Hay otro dato a tener en cuenta. Si hasta entonces todas las iglesias y los monasterios del Carmelo se consagraban, como la primitiva capilla del Monte Carmelo, a la Virgen Santísima, por voluntad del Señor y con gran complacencia suya, «que le daba mucho contento en servir al glorioso San José» (V 33,14). El primer monasterio de la Reforma Teresiana tendrá por titular al Patriarca san José.

Estas palabras del Señor y de la Virgen en el momento en que se le dan a la madre Teresa las directrices en  los que se deberá fundamentar la nueva “reforma” de la Orden del Carmen que debe fundar, si las contemplamos en el marco del carisma de la Orden, podemos intuir el protagonismo que el Señor quiere que tenga san José en la vida y en las comunidades del Carmelo teresiano. Un protagonismo semejante al que ha tenido y tiene la Virgen María en la vida de la Orden del Carmelo.

La madre Teresa querrá que sus monasterios reproduzcan el colegio apostólico de Jesús, incluso en el número. En un inicio querrá que fueran comunidades con trece hermanas, en recuerdo de Jesús y los doce apóstoles. En la que todas deberán aprender de Jesús, el Maestro por excelencia, y hacer vida los preceptos evangélicos. De ahí precisamente su definición de la comunidad como «pequeño colegio de Cristo» (CE 20,1), o su identificación con la casa de Betania, donde se vive a Cristo (CV 17, 5-6).

Pero será Jesús quién querrá, que en el monasterio de San José de Ávila, cuna de la Descalcez, se viva la vida que El vivió en Nazaret. Los carmelitas teresianos, de forma análoga a como lo hizo Jesús en Nazaret, son invitados a pedir todo lo que necesiten, -sea espiritual o material-, a la Virgen María y a san José. Ellos proveerán de todo lo necesario, así como la luz que se precise para sortear las dificultades que puedan surgir e impedir el desarrollo del Carmelo Descalzo para bien de la Iglesia.

La petición del Señor de honrar a la Virgen y a san José será plenamente acogida por la madre Teresa de Jesús. Toda su vida se esforzará para que esta experiencia del Espíritu sea acogida por sus  hijas e hijos.

En las fundaciones posteriores a San José de Ávila, procurará ser fiel a esta voluntad del Señor. Al Santo Patriarca le serán dedicados doce de las diecisiete fundaciones que ella realizó con la ayuda de Dios. Dos de ellas también las dedicará a la Virgen. Tres monasterios serán dedicados exclusivamente a la Virgen, uno a la Santísima Trinidad, y dos a santa  Ana, uno de los cuales lo comparte con san José como es el caso de la fundación de Burgos.

Querrá que las monjas y los frailes tengan conciencia de la protección de san José, y de su ayuda valiosísima para ser alma de oración y crecer en virtudes para vivir en intimidad con el Señor. Para promover el amor y la devoción al Santo Patriarca, procurará que no falten nunca imágenes de san José en sus conventos. Como hemos visto, cuando fue nombrada priora del monasterio de la Encarnación, puso una imagen de la Virgen María en el sitial de la Priora y  en el sitial de la subpriora puso una imagen de san  José.

Nunca dejará de exhortar a sus monjas: «Sean devotas de San José que puede mucho» (CC 38). En los Avisos, a sus monjas, les instará: «Aunque tengan muchos santos por abogados, séalo particular de san José, que alcanza mucho de Dios» (n. 65).  Gracias tanto materiales como de tipo espiritual. Escribirá en el panegírico que hace a san José en el Libro de la Vida:

«Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. […] Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción» (V 6, 7-8).

La madre Teresa, procuraba celebrar en la Encarnación «su fiesta con toda la solemnidad que podía, […] queriendo se hiciese muy curiosamente y bien» (V 6, 7)[95]. Procurará que así la celebren sus hijas. Por ello dejará escrito en las Constituciones, que en la fiesta «del glorioso san José», sea celebrada con una solemnidad equiparable a la fiesta de Pascua, y que todas las monjas en este día comulguen (Cons. 2 y 5).  Son elocuentes los festejos mariano-josefinos que organizaba en las solemnidades litúrgicas, como Navidad, en las que disponía la procesión con las imágenes de san José pidiendo posada para la Virgen encinta.

En el relato de su Vida, la madre Teresa cuenta, que después de que el Señor le había mandado que hiciese el monasterio, fue san José quien la proveyó de lo necesario para su edificación: «Una vez estando en una necesidad que no sabía qué me hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció San José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase. Y así lo hice sin ninguna blanca, y el Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me proveyó» (V 33,12).

La ayuda que experimentará la madre Teresa en la primera fundación, la experimentará en otras fundaciones. Anotará en el relato de la fundación del monasterio de Segovia, tendrá lugar el «mismo día de san José» (F 21, 5). Ante las dificultades fundacionales, hará que todas las monjas pidan  su resolución a san José, en la fundación de Sevilla: «Ya yo entonces ponía mucho con nuestro Señor, suplicándole que no me fuese sin dejarlas casa y hacía a las hermanas se lo pidiesen y al glorioso San José, y hacíamos muchas procesiones y oración a nuestra Señora» (F 25,3). En vísperas del santo Patriarca se solucionaba la adquisición de una casa en Burgos, en la  última y más difícil fundación que hizo la madre Teresa: «Las hermanas habían pedido mucho a San José que para su día tuviesen casa, y con no haber pensamiento de que la habría tan presto, se lo cumplió» (F 31,36).

Experimentará la madre Teresa y sus monjas la protección personal de san José en todas las necesidades fundacionales, pero ella no dejará de invocar a san José y que las monjas hagan lo mismo para recibir esta ayuda. Después de fundar el convento de san José en Ávila, ella recibió el mandato de su priora para que retornara inmediatamente al monasterio de la Encarnación: «Yo en viendo su mandamiento, dejo mis monjas harto penadas, y voyme luego. Bien vi que se me habían de ofrecer hartos trabajos; mas como ya quedaba hecho, muy poco se me daba. Hice oración suplicando al Señor me favoreciese, y a mi padre San José que me trajese a su casa, y ofrecíle lo que había de pasar y, muy contenta se ofreciese algo en que yo padeciese por él y le pudiese servir» (V 36,10). María de san José oyó a una de las cuatro primeras monjas que iniciaron la nueva vida en san José de Ávila, que: «cuando dejó la Santa, el día de san Bartolomé, el convento se le había aparecido san José y le había dicho que no llevase cuidado de las hijas que dejaba allí, que él quedaba a guardar la casa y que se vio claro el favor del santo porque yendo de tropel la Justicia secular y otras muchas personas a derribar las puertas del monasterio, no pudieron derribarlas aunque eran no muy fuertes»[96].

Cuando la madre Teresa de Jesús y sus monjas se dirigían a fundar en Beas de Segura, hallándose perdidas, en medio de precipicios, la Santa recomienda a los ocho monjas que pidan a Dios y a nuestro padre san José que las encamine, porque iban perdidas; «y en esto oyen una voz potente que sale desde la abisal hondonada, que les dice: Teneos, teneos, que vais perdidos y os despeñáis si pasáis de ahí». Con la indicación del misterioso personaje, surgido de improviso, se encuentran en camino franco, algunos querían ir a buscar al hombre por haberles salvado la vida. Mientras estos buscan al hombre, la Santa dice a sus monjas con mucha devoción y lágrimas: «No sé para que les dejamos ir, que era mi padre san José y no le han de hallar»[97].

La Santa, aunque pondrá de su parte todo para fundar tantos monasterios como le era posible, por mandato del P. Rubeo, lo que le importará de veras, es la calidad de sus monjas. Para ellas escribirá sendos libros espirituales, que le han merecido el honor de ser declarada la primera mujer Doctora de la Iglesia universal. Por los largos años de graves dificultades en la vida de oración,  sabe por experiencia que ser orante, -que es la esencia de la vocación de la carmelita descalza-, es un don de Dios, y para salir airoso en este empeño, se necesita un buen guía para no equivocarse en el camino, por ello no dejará de insistir a sus hijas e hijos: «Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas. […] Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino» (V 6, 8).

El P. Gracián que tanto conoció a la madre Teresa dirá: «Entre las almas más devotas que he conocido de san José, fue la madre Teresa de Jesús […] y con la devoción de este santo venció muchas dificultades y ha hecho muchos milagros en vida y en muerte»[98]. También afirmará que todos los dones naturales, el buen ingenio y la apacible condición con que Dios la enriqueció, y dones de gracia: «la vinieron por la verdadera devoción  de san José, esposo de la Virgen María, que siempre tuvo en su alma»[99].

Santa Teresa de Jesús fue fiel en encomendar al Santo Patriarca todas las necesidades de la obra fundacional que el Señor le confió. Por parte de san José no hubo quiebra en ayudarla en todas las necesidades. Experimentará incluso místicamente su presencia. Testificará Isabel de la Cruz en el proceso de Salamanca: «Era particularmente devota de san José y he oído que se le apareció muchas veces y andaba a su lado»[100].

4.3. Los Santos Carmelitas devotos de San José

Verdaderamente, «el carisma mismo de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu trasmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el cuerpo de Cristo en crecimiento constante»[101].

Los “santos” del Carmelo teresiano o sus más insignes hijos e hijas, al dejar que el Espíritu Santo hiciera fructificar en ellos las gracias inherentes al carisma, que El mismo había dado a santa Teresa de Jesús, han sido devotos sinceros de san José:

El P. Gracián, el gran amigo y colaborador de la Santa en la expansión del Carmelo Descalzo, escribió con profundidad del Sto. Patriarca. «San José aprendió oración de los dos más aventajados espíritus que jamás se pueden imaginar, que son Jesús y María; en su compañía oraba y a los mismos que mandaba como a súbditos rogaba como a Dios y a Madre de Dios, que este privilegio de oración ninguno le alcanzó» (De la Josefina del P. Gracián, OCD).

El P. José de Jesús María (Quiroga), en su escrito Historia de la vida y excelencias, hizo una bella biografía de la Virgen y de san José. Dirá: «Así como la Virgen… tiene el lugar supremo del cielo y muy allegado al mismo Cristo, así también parece que por tener San José, después de la Virgen, mayores prendas de amor a Cristo, y con la Virgen… ha de estar más cercano a la Virgen que otro santo ni espíritu alguno, y después de ella más cercano a Cristo».

Al beato Francisco Palau la devoción a san José le acompañó toda su vida. En su primer libro Lucha del alma con Dios, asume toda la doctrina josefina de Teresa de Jesús, enriqueciéndola con convicciones aprendidas en los años de silencio y oración.

Su pensamiento sobre el poder intercesor de san José, lo expresa en términos tales como: «En este gran Santo tenemos un poderosísimo abogado para todo. […] San José es sin duda después de María el más firme protector para lograr el triunfo de la religión católica en España. […] Tome a San José no sólo como abogado, sino aún maestro; le enseñará el manejo de las armas espirituales al modo que lo enseñó a Santa Teresa […], que agenció con Dios […]  la conservación de la religión católica en España. Y en esta noble empresa, su director, protector y maestro fue san José»[102].

Para alcanzar con mayor seguridad la intercesión de la Virgen María, se debe interponer «la intercesión de todos sus ángeles y santos, especialmente la de su esposo San José»[103]. De modo, que si el alma con viva fe «puede comprometer en su favor el patriarca San José, con él tendrá a María, con María a Jesús y con Jesús al Padre»[104]. Ya que el «Padre hace lo que el Hijo le pide, el Hijo lo que le pide su Madre»[105].

En su última enfermedad, invitaba a sus hijos e hijas espirituales: «Orad conmigo por el triunfo de la Iglesia, uniendo nuestras súplicas a las de san José». Dos horas antes de morir pidió que rogasen por él interponiendo el valimiento de san José. Murió el día posterior a la solemnidad de san José del año 1872. Era un miércoles, día tradicionalmente dedicado al Santo Patriarca. Habiendo tenido una santa vida y una buena muerte.

Santa Teresa del Niño Jesús, nació en un hogar en el que había una profunda devoción a san José. Su madre, encomendaba a san José con gran fe y confianza las necesidades temporales y espirituales de la familia y de las demás, y trasmitía este amor a sus hijas.

Escribirá Teresa del Niño Jesús: «Desde mi infancia había sentido hacia San José una devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen» (Ms A 57r) En su peregrinación a Italia, se encomienda en París a Nuestra Señora  de las Victorias y pone su pureza bajo el patrocinio de san José: «Rogué también a San José que velase por mí. […] Todos los días le rezaba la oración: “San José, padre y protector de las vírgenes”. Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje. Iba tan bien protegida, que me parecía imposible tener miedo»[106].

Su devoción a San José se afianzó y profundizó durante su vida en el Carmelo. Por encima de otro santo, Teresa veneraba a la Santísima Virgen y a San José.  Lo consideraba como ejemplo de virtudes, como modelo de vida  escondida y sacrificada por Jesús y María. En las poesías y en las recreaciones piadosas para ser escenificadas en las fiestas de la comunidad, hará mención  muy a menudo de san José en compañía de su esposa la Virgen Santísima. Admira su vida oculta, profunda y llena de virtudes.

San José, tan amado de santa Teresa del Niño Jesús,  ¡cuánto contribuirá  a realizar en ella su caminito de sencillez, de humildad, de confianza y de abandono! El camino de la glorificación póstuma de santa Teresita aparece vinculada a la fiesta del Santo Patriarca. En su fiesta se dará  el permiso para su beatificación y la aprobación de los milagros para su canonización.

Isabel de la Trinidad fue toda la vida muy devota de san José, no dejaba de encomendarle con toda confianza sus intenciones. Su Diario es fiel reflejo de ello: «Esta mañana he comulgado por el comienzo del mes de San José y he pedido a este gran Santo, en quien tengo mucha confianza que me ayude en la conversión de este pecador» (n. 17). «He comenzado una (novena) a San José, en quien tengo tanta confianza, y otra a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, patrona de misiones» (n. 41). En su última carta escrita a su madre, da prueba de ello: «Dile que ruego mucho a San José; esperaba que hubiera hecho algo para su fiesta; estoy llena de esperanza» (cta. 265).

Santa Teresa de los Andes confió su vocación a la intercesión de la Virgen María y san José. Escribirá: «He puesto en defensa de mi causa dos grandes abogados que no pueden ser en vano y que ha sido mí guía verdadera toda mi vida desde muy chica, y mi Padre San José, a quien he cobrado gran devoción y que lo puede todo cerca de su divino Hijo. Todo mi porvenir lo he confiado en sus benditas manos. Yo me someteré gustosa a la divina voluntad» (cta. 76).

En el caso de santa Teresa Benedicta de la Cruz, será en el Carmelo donde su devoción al Santo Patriarca nacerá y crecerá. Con el estudio histórico de santa Teresa de Jesús y de sus escritos, irá descubriendo la importancia que san José tuvo en la vida y en la Reforma de la Santa Fundadora. Hablará de él con cariño y reconocimiento. Pero la expresión íntima y ferviente de la devoción y confianza su protección, es decir, la interiorización de una confianza plena, se encuentra en dos poesías dedicadas al Santo.

En la poesía Canto a nuestro Padre San José, dirá: «Él no abandona a los suyos! // San José, nuestro Padre,/ sabe ayudar en toda necesidad, / de los afligidos consejero/ y en la muerte refugio nuestro. /Por eso nunca desalentaos/ si amenazan y envuelven tormentas;/ Sed atrevidos en el ruego, /la confianza tendrá su recompensa».

En la poesía ¡San José, ¡cuídanos!, hará referencia a la terrible persecución que vivían los judíos, cuando se preguntan si hay algún salvador, alguien que les pueda ayudar, dirá: «“Una lúcida estrella”, que se inclina amistosa y paternamente hacia nosotros, derramando bondad y ternura, este es San José». Teresa Benedicta de la Cruz acepta todo el peso de la noche con su angustia, lo toma, pero lo deposita en las “manos fieles” de San José, pidiéndole que lo acoja, y finaliza cada una de las tres estrofas “¡San José, cuídanos!” De este modo se pone con la confianza total de una niña en los brazos de su padre, san José.

El beato Tito Brandsma, que quedó fascinado por el espíritu del Carmelo, y procuró siempre vivir a fondo su vocación de carmelita. En su última carta, después de un calvario de cárceles, trabajos forzados y todo tipo de sufrimientos morales y espirituales, su confianza en la protección de san José junto a la de María y de Jesús será su única esperanza. Así lo escribe en su última carta a su familia: «Permanezcamos unidos bajo la protección de Jesús, María y José. No os preocupéis por mí. En Cristo vuestro Anno (Tito)»[107].

Santa Maravillas de Jesús, también fue muy devota de san José y enseñaba a los demás a confiar en él como camino para llegar a Cristo: «Que nuestro Padre san José que tan especialmente ha querido serlo suyo en el Carmelo, la enseñe más y más las virtudes que él practicó, para que agrade como él Cristo nuestro bien» (Estampa 511). Encomendaba a la protección de san José toda clase de asuntos espirituales y materiales, así como la santidad de sus hijas. Muchas veces le encendía una lamparilla hasta que se concediera lo que pedía y escribía o hacía escribir la petición colocándola debajo de la imagen.

En los capítulos de comunidad y del noviciado, la madre Maravillas de Jesús, inculcaba constantemente estas virtudes haciendo alusión frecuente a San José. Estos son algunos de sus pensamientos que trasmitía a sus hijas: «Que nuestro Padre San José me las llene del amor que él tenía a su Niño y me las enseñe a conversar con El y a agradarle en todo, sustentándole con las almas que le ganen; y que le pidan por mí, que quiero quererle tanto como él»[108] «Que sea nuestro modelo N. P. S. José; pidámosle que nos enseñe a vivir sólo para Dios. Miren que el alma que de veras lo desea, el alma que es fiel en todas las cosas, aunque caiga, nunca deja de recompensarla el Señor».

Confiaba san Juan de la Cruz en el poder intercesor de san José. En una de sus cartas hace referencia a él. Enseña a una aspirante a carmelita descalza a poner su vocación en manos de María y de José: «De su negocio yo no me olvido; mas ahora no se puede más, que harta voluntad tengo. Encomiéndelo mucho a Dios y tome por abogada a Nuestra Señora y a San José en ello»[109].

Los que convivieron con el Santo, testifican que san José estaba muy presente en la celebración de la Navidad. Precisamente en la escenificación de las “posadas” navideñas se convertía en predicador de san José. El primer convento masculino que san Juan de la Cruz fundó, lo dedicó a san José, este es el colegio de Baeza.

Hay un hecho, que los biógrafos de san Juan de la Cruz consignan en su vida, que hace referencia a san José. Era el prior en Granada, no pudiendo ir él personalmente, envió a dos frailes que atendieran a las carmelitas:

«A su vuelta, al llegar a la nueva plaza cercana al convento, encontraron a un hombre de bella presencia… Este hombre se les acerca y les pregunta…. Padres, ¿por qué motivo esta Orden tiene una devoción tan grande a San José? – Porqué nuestra Santa madre Teresa le era muy devota, porqué le había ayudado mucho en todas sus fundaciones, y le había obtenido muchos favores del Señor… lo que hace que todas las casas que ha fundado las haya puesto bajo el patrocinio de San José. – Y obtendrá otros muchos favores – responde el misterioso personaje – Mírenme de cara VV.RR. y guarden una gran devoción a este santo, pues no le pedirán nada sin que no lo obtengan. De repente, el extranjero desaparece. Al llegar al convento se lo explican a san Juan de la Cruz, éste les dice. ¡Callaos! ¿No le habéis reconocido? ¡Sabed que era san José!  Id a arrodillaros ante él. Pero no ha venido por vosotros, sino por mí, que no le tenía toda le devoción que debía, pero le tendré de ahora en adelante»[110].

Aunque  san Juan de la Cruz era devotísimo del Santo más grande del cielo que es la Santísima Trinidad y amaba entrañablemente a la Virgen María, como carmelita descalzo, debía cultivar en su interior una gran devoción a san José, encomendándole todo, de otro modo no vivía con plenitud el carisma que el Espíritu ha dado al Carmelo Teresiano. Como era hombre de palabra, hasta el fin de sus días san Juan de la Cruz, tuvo a san José la devoción que debía.

 4.4. San José, parte esencial del Carisma del Carmelo Teresiano

No es porque fuera muy devota santa Teresa de Jesús de san José que  sus  hijos e hijas deben serlo. Ella era devota de muchos santos, y no por ello existe una obligación de encomendarse a todos los santos a los que ella se encomendaba. Sólo cabe recordar los santos de su particular devoción, eran al menos veintisiete, entre ellos el rey David, san Hilarión, santa Úrsula, santa María Egipciaca[111]. Ni tampoco se debe ser devoto de san José porque concede muchas gracias o por agradecimiento a las que concedió a la santa madre Teresa.

El hijo e hija de santa Teresa de Jesús, debe ser devoto de san José porque ésta es la voluntad del Señor. Forma parte esencial del carisma. El Señor, al mandarle fundar el primer monasterio de la descalcez, le dice: «que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor» (V 32,11). Como se ha visto, poner a María y José en igualdad de condición es un enriquecimiento particular al modo de vivir hasta entonces el carisma de la Orden del Carmen.

Es el Señor el que quiere que en los conventos que han nacido de la obra fundacional de santa Teresa de Jesús, se reproduzca la vida de Nazaret. Al encomendar con toda confianza todas las necesidades a la Virgen María y a san José, surja en los que las reciben sentimientos de agradecimiento, de modo que puedan participar del mismo agradecimiento  que Jesús tenía a la Virgen María y a san José. De este modo nuestro agradecimiento se unirá al suyo y, El en nosotros, podrá retornar amor y agradecimiento a la Virgen María y a san José, por lo mucho que le ayudaron en su vida terrena y, después de ella en su obra de Redención, en particular por su protección poderosa en bien de la Iglesia y su maternidad y paternidad espiritual sobre sus discípulos. Como afirmaba el P. Miguel de San Agustín: «la Orden del Carmen ha recibido la misión de continuar en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, el amor de Jesús hacia su Madre»[112]. Y  análogamente podemos afirmar, que el Carmelo teresiano ha recibido la misión de continuar en la Iglesia el amor de Jesús hacia su Madre y hacia el Patriarca san José.

Nos podemos preguntar ante esta misión que el Señor ha encomendado al Carmelo Descalzo, y a cada uno de sus miembros, ¿qué hacer? Glosando las palabras del Evangelio: «Lo que Dios espera de vosotros es que creáis» (Jn 6,29). Para creer experiencialmente en la bondad de san José y poderla comunicar en la Iglesia, en primer lugar como el hijo mayor «todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31), se debe tener conciencia de que es un patrimonio que le pertenece como  carmelita descalzo por derecho de herencia. O sea, la devoción a san José es parte integrante del carisma, que se recibe junto con el llamamiento.

El carmelita descalzo que aún no tiene devoción a san José, sólo debe pedir a Dios que le  conceda el don de poderlo invocar con fe y amor  y le será concedido. Luego sólo tiene que invocar a san José y pedirle gracias según la voluntad de Dios, que éstas le serán concedidas, con plena confianza, como se nos pide en el libro de Habacuc: «Aunque tarde, espérala; porque ciertamente vendrá» (Hb 2,3). Con el convencimiento sacado de la experiencia de la madre Teresa: «Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío» (V 6, 7).

Ciertamente, el/la carmelita, puede decir como la madre Teresa: «aunque publico serle devota, en los servicios y en imitarle siempre he faltado» (V 6,8). Sin embargo, por ello debe desesperanzarse, ya que ella misma nos dirá por experiencia: «No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan» (V 6, 7). Si le realizamos a san José el servicio de contagiar la devoción a otras personas para que se encomienden a él, de cierto que él nos alcanzará gracia para que crezcamos en todo tipo de virtudes. Ya que él, siendo bueno y poderoso ante Dios, sólo desea que haya quien se le encomiende para hacerle favores.

Como  hacía la madre Teresa, que ante las necesidades hacía rezar a sus monjas a san José, por ello debemos promover que sean devotos del Santo Patriarca nuestros propios hermanos o hermanas de comunidad, ya que si lo son, y juntos invocamos la ayuda de san José, ésta será mayormente concedida. De este modo cumpliremos el mandato del Señor (V 32,11) de  encomendar a la Virgen María y a san José todas las necesidades de la comunidad y de la Orden. Si pedimos gracias a san José en bien de la Orden, debemos disponernos a colaborar en su realización, como lo hizo la madre Teresa. Ella no sólo invocó a san José, sino que se puso a trabajar, primero en fundar el monasterio de san José de Ávila, y luego en fundar tantos monasterios como  le fuera posible. Mientras llevaba a término la obra fundacional,  recibía de forma constante la ayuda de san José.

Aquél que ha recibido tantos dones del Señor por medio de san José, para que no reciba la reprensión de la Escritura: «no sea tu mano abierta para recibir, y cerrada para dar» (Si 31, 4), además de procurar encarnar sus virtudes,  el/la carmelita se debe preguntar: ¿qué puedo hacer más por san José? Lo que puede hacer es asumir como suyas las misiones que la Iglesia le ha encomendado al Santo Patriarca. Orar y ofrecer sacrificios y/o trabajar apostólicamente por el bien de la Iglesia universal de la que es Patrono, en particular suplicando que se vea libre de todo error y corrupción y de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad[113]; por los seminaristas y sus formadores; por los huérfanos; por los trabajadores y los pequeños empresarios, para que exista justicia y progreso. A su vez, además de exigir un trabajo bien hecho a los trabajadores, que están al servicio de la comunidad, debe cuidar que se les pague con justicia y equidad y tengan unas condiciones laborales dignas.

El carmelita, como miembro del Carmelo teresiano, participa de la misión que el Señor le ha dado, propagar el amor y la devoción a san José en la Iglesia. Debe hacerlo con abnegación, con persuasión, oportunamente, a semejanza de santa Teresa de Jesús.

La beata Ana de San Bartolomé, pocos años después de la muerte de la santa madre afirmará: «Y esta devoción a san José plantó la Santa en España que casi no la conocían, y ahora lo es tanto, que no solo en sus monasterios, más hay grandes cofradías de él y en su día tantas devociones en las iglesias y misas con música y tañido de las campanas, como el día de Pascua. Harto ayuda a España este glorioso santo»[114].

Después de más de 450 años, de irradiación josefina, recordará Román Llamas: «San José de Ávila, la casa de san José, es la estrella luminosa que ha irradiado e irradia poderosos resplandores de devoción y amor a san José. Desde ella san José ha entrado luminoso y seguro en miles de corazones y en centenares de casas y comunidades. La estrella luminosa josefina de San José de Ávila ha encendido en el cielo de la Iglesia muchas estrellas de devoción y amor al santo Patriarca, y sigue y seguirá alumbrándolas»[115].

Estamos llamados a estar a la altura de la herencia teresiana y continuarla en bien de la Iglesia, de modo que lo que recuerda Lucot, se perpetúe: «Los papas encontraron un auxiliar poderoso para la propagación del culto de nuestro santo en la célebre reformadora del Carmelo. Gersón había hecho mucho por él, Teresa hizo mil veces más por si misma, por los religiosos de su Reforma, y por las religiosas de su Carmelo. San José le es deudor, sobre todo de su gloria sobre la tierra»[116].

                           5. Dimensión eliana

La Regla que les dio Alberto, Patriarca de Jerusalén, a los ermitaños latinos del Monte Carmelo no pone a san Elías como modelo de vida, sino a Cristo, pero Elías, como todo el Antiguo Testamento, nos revela a Cristo.

Los eremitas en las largas horas de contemplación y meditación de la Palabra del Señor, y de las hazañas que el profeta Elías había realizado en aquel Monte en el cual habitaban, fueron interiorizando su persona y descubriendo en el profeta al luchador para defender la fe en el Dios verdadero, así como ellos que eran cruzados habían dejado sus tierras para liberar la Tierra de su Señor del poderío musulmán. Pero también veían en él el ejemplo de un eremita que vive en presencia del Dios vivo, y experimenta la intimidad con Dios. Vitry, una de las primeras informaciones históricas que tenemos sobre estos eremitas,  nos dice que «los moradores del Carmelo vivían a ejemplo y a imitación del santo solitario el profeta Elías»[117].

Los carmelitas se sienten herederos del celo por el Dios vivo del profeta Elías. Ello está consignado en el lema de su escudo. El P. Rafael M. López Melús ha sintetizado el carisma del Carmelo en: «Seguir a Cristo, imitar a María en el espíritu de Elías». Seguir a Cristo es el único objetivo del cristiano. No sólo imitarán a María, la mejor discípula de Jesús, sino que se pondrán bajo su poderosa protección. De la misma forma que el Espíritu Santo llevó a Elías a servir al pueblo de Israel, el carmelita está llamado a servir a la Iglesia desde una profunda intimidad con Dios.

Elías es el prototipo de los profetas. Para la Orden del Carmen,  el profeta Elías no es sólo un modelo a imitar o en quien inspirarse, es mucho más, él hace comprensible la propia historia de la Orden y de cada uno de sus miembros.

El carmelita fiel a la voluntad de Dios, es llamado a perpetuar los rasgos de Jesucristo que Elías, como figura de Cristo, encarnó: buscar la intimidad con Dios en la oración contemplativa, el celo por la gloria de Dios… De este modo, al haber conservado siempre la memoria de Elías y haberlo tenido como modelo y padre, el Carmelo aparece como la única Orden de la tradición cristiana cuyo carisma contiene raíces veterotestamentarias.

Si vemos la Orden del Carmen como un carisma, es decir, como un don que  Dios hace a la Iglesia, la figura de Elías toma una trascendencia teologal de suma importancia. Podríamos decir, que la Divina Providencia ha querido perpetuar el espíritu que había concedido al profeta Elías, en la Iglesia de Cristo, a través de la Orden del Carmen.

Por ello, diversos elementos esenciales del espíritu de este gran profeta de Israel, se han encarnado en el Carmelo, para bien y belleza de la Iglesia la esposa de Jesucristo. Comentaremos sólo algunas de ellas.

5.1.  El doble espíritu de Elías,  contemplación y acción

Elías, según el Libro de los Reyes, no era un hombre exclusivamente dedicado a una vida de oración en un lugar solitario, sino que era precisamente en la oración donde escuchaba la voluntad de Dios, que le retornaba a su pueblo para volverlo a la fe del Dios único.

En Elías, tal como nos lo presenta la Biblia, hay unos periodos largos de vida retirada y solitaria, con unos periodos de misiones apostólicas, que siempre nacen de la escucha de la Palabra que Dios le dirige, esto le comportará un continuo desapego de su patria, llevándolo continuamente de un lugar a otro, de una actividad a otra, de una misión a otra.

La Historia de la Orden y de los santos más eminentes del Carmelo ha transcurrido por semejante camino. Si en sus orígenes la Orden del Carmen inició su andadura en la Iglesia como eremitas, el desarrollo desfavorable de las Cruzadas los hizo repatriar a Europa. Más tarde, fue aprobada no como orden contemplativa, sino mendicante, por lo cual debieron conjugar la vida contemplativa con la activa.

Cuando Teresa de Jesús había hecho el propósito de vivir una vida del todo recogida amparada por la clausura más estricta, se encuentra que por obediencia al P. General debe cruzar de un lado a otro de Castilla y Andalucía fundando monasterios.  Convirtiéndose así en la santa inquieta y andariega.

El P. Jerónimo Gracián defenderá en todo momento la doble dimensión contemplativa y apostólica del Carmelo Teresiano.

El beato  Francisco Palau, que había dejado el seminario para vivir retirado en un convento y poder así dedicarse a la vida contemplativa, tan  sólo llevaba dos años y nueve meses de vida claustral cuando la revolución le quema el convento, y debe servir jurídicamente a la Iglesia como carmelita exclaustrado, viviendo periodos de la más absoluta vida eremítica, con otros de servicio apostólico.

Santa Maravillas de Jesús, que por voluntad propia procuró vivir  lo máximo que pudo una vida retirada de la vida social, hasta que consiguió ingresar en el Carmelo para vivir para siempre una vida oculta con el Señor, no era aún profesa de votos solemnes cuando debe salir del Carmelo del Escorial para meterse en una vida de continuas fundaciones de conventos. También fundará escuelas para niños para que puedan ser formados cristianamente, casas para obreros, una clínica para atender las religiosas contemplativas enfermas, etc.

Hay diversos  Institutos religiosos adscritos a la Orden, que perpetúan la vida contemplativa y activa vivida por el Señor y la Virgen Santísima de la cual es figura el profeta Elías. Como él atendiendo al hijo de la viuda de Sarepta de Sidó, los carmelitas y las carmelitas atienden a las necesidades del prójimo. De este modo los beneficiados por la acción contemplativa del Carmelo, podrán  reconocer, como la viuda de Sarepta, que el Dios en el que creen y por el que obran los carmelitas, es el verdadero Dios. Lo mismo diríamos de su dedicación a la formación de los niños o jóvenes, haciendo de ellos discípulos del Dios vivo y verdadero, como Elías formó a Eliseo.

5.2. La capacidad de discernir la presencia de Dios

En el monte Horeb, el Señor le dijo a Elías: «Sal y ponte en el monte delante el Señor. Y he aquí que el Señor pasaba. Y un grande y poderoso viento destrozaba los montes y quebraba las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto.  Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible.  Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva. Y he aquí, una voz vino a él y le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Re 18,11-13). En este pasaje del monte Horeb vemos como Dios dará a Elías la capacidad de discernir su presencia, mucho más allá de las formas en que hasta entonces se había manifestado (Ex 19,16).

Esta capacidad de discernir la presencia de Dios, de otro tipo de presencias, le será dada a su descendencia espiritual, es decir al Carmelo. Entre todos sus miembros, se singularizan Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Ambos han recibido tal sabiduría del Espíritu Santo en el arte, no sólo de discernir la presencia de Dios y su acción en las almas, sino el camino para llegar a la más profunda intimidad con Dios, como la que se le concedió a Elías en el monte Horeb. La Iglesia les ha concedido a ambos el título de Doctores de la Iglesia universal, por ser verdaderos maestros espirituales para todos los tiempos.

5.3. Gozar de la intimidad con Dios después de la noche oscura

 Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) decía que vivir en el Carmelo, es «vivir en el santuario más íntimo de la Iglesia» (cta. 27.8.1933). El que nos sea concedido esta gracia, también podemos reconocer como una herencia que nos viene del profeta Elías.

Dios se complació en Elías, en su celo por el mantenimiento de la Alianza, y su valentía en hacer retornar al pueblo de Israel al verdadero Dios. Contrariamente a los 450 sacerdotes de Baal, que no consiguieron que su dios hiciera bajar fuego del cielo, Elías lo consiguió invocando a Dios lleno de fe: «Oh Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu siervo y que he hecho todas estas cosas por palabra tuya. Respóndeme, oh Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, oh Señor, eres Dios, y que has hecho volver sus corazones.  Entonces cayó el fuego del señor, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y lamió el agua de la zanja.  Cuando todo el pueblo lo vio, se postraron sobre su rostro y dijeron: el Señor, él es Dios; el Señor, él es Dios» (1 Re 18, 36-39).

Elías hacía cuanto le pedía el Señor y vivía en su presencia: «Vive el Señor de los ejércitos, delante de quien estoy» (1 Re 18,15). Después de su gran proeza en el monte Carmelo, cogió miedo ante las amenazas de la reina Jezabel, y entró en una profunda noche oscura.

Desea morir y exclama: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo  más que mis padres!» (1 Re 19, 4). Esta crisis le enseñará que sin Dios no puede nada. Aunque desee la muerte, sigue invocando al Señor y buscando en El su ayuda. Esta ayuda se hizo presente a través del ángel que lo confortó y le alentó a tomar alimento.  «Levántate, come.  Entonces miró, y he aquí que a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y una vasija de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse.   Y el ángel del Señor volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo: Levántate, come, porque es muy largo el camino para ti» (1 Re 19, 5-7).

Escribirá bellamente el carmelita descalzo Juan Helewa: «Este pan cocido sobre piedra y ese jarro de agua son respuesta directa al cansancio del profeta. Elías, alimentado milagrosamente en el desierto, sabe que su vida tiene valor para Dios, como la de Ismael o la de los hebreos nómadas, sus antepasados. Dios bendice su peregrinar hacia el monte santo. Ya no tiene que temer ningún mal, sino proseguir su camino como un hombre seguro de estar con Dios. De hecho, la huida de Elías es al mismo tiempo una peregrinación. Atemorizado y desconcertado, siente necesidad de entrar en contacto directo con los lugares santos del Éxodo. […] donde Yahveh se había aparecido a Moisés, donde se había sellado la Alianza. […] El Horeb es la morada privilegiada de Yahveh, su santuario original»[118].

Elías, «se levantó, pues, y comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios» (1 Re 19,8). Elías llega así a la patria de la Alianza, sube al Horeb, y espera en la gruta de Moisés la revelación de Dios. Y «vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto.   Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa apacible.  Y sucedió que cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, y salió y se puso a la entrada de la cueva» (1Re 19, 11-12).

No es aún la voz de Yahveh, pero Elías comprende que Dios va hablarle en esa calma. Es el símbolo de la intimidad en la que Dios conversa con sus profetas. De este modo será en el monte Horeb donde el Señor concederá a Elías poder entrar en la más profunda intimidad de la que no ha gozado ningún personaje del Antiguo Testamento.  «El susurro de una brisa apacible» (1Re 19,12), donde reconoció Elías la presencia del Señor, con el cual dialogó, rememora el pasaje del Génesis, en el cual «Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa» (Gn 3,8). Es decir a Elías le es concedido entrar en la mayor familiaridad con Dios, la que tenían los primeros padres, antes de pecar. De este modo, el carmelita fiel al Señor, tanto en los momentos de luz como de noche oscura, dejándose cristificar por la acción del Espíritu Santo, le puede ser concedido el poder entrar en la estancia más íntima donde habita Dios Trinidad.

Esta intimidad con Dios, sólo le será concedida a Elías, después de haber experimentado la noche más profunda en la que no tenía ni ánimos para seguir viviendo y pide a Dios le conceda la muerte. Después llegará el amanecer en el cual puede experimentar la presencia de Dios en «el susurro de una brisa apacible» (1 Re 19,12). Esta experiencia oracional la han vivido y experimentado los carmelitas, y han sido testigos en la Iglesia de ella.

Doña Teresa de Ahumada  quería enseñar a los demás a hacer oración, antes que ella misma hiciera oración. Tuvo que pasar largos años de profunda noche interior, hasta que se dio cuenta de que por ella nada podía y,  desde la máxima pobreza, suplicó la ayuda del Señor. Petición que le fue concedida, mucho más de lo que ella nunca hubiera podido ni soñar, ni imaginar, hasta ser una de las grandes testigos de la vida mística de la humanidad.

San Juan de la Cruz en la prisión de Toledo, vivió una situación de purificación radical, donde el sufrimiento espiritual y la oscuridad llegan a límites insospechados. Él no dejará de enfrentarse a esta realidad con la oración, implorando la ayuda de Dios. Él no estaba solo, le acompaña la comunidad eclesial que reza constantemente por él, en la persona de Teresa de Jesús y de sus monjas. En esta noche oscura del alma y de la dignidad humana surge una luz, como él mismo cantará en su poema Noche oscura:

«En una noche oscura /con ansias en amores inflamada/ ¡oh dichosa ventura! Salí sin ser notada/ estando ya mi casa sosegada:; /[…] En la noche dichosa/ en secreto que nadie me veía/ ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía/ sino la que en el corazón ardía./ Aquésta me guiaba/ más cierto que la luz de mediodía/ adonde me esperaba/ quien yo bien me sabía/ en parte donde nadie parecía./ ¡Oh noche que guiaste! !Oh noche amable más que la alborada!/ Oh noche que juntaste Amado  con amada, amada en el Amado transformada!»

El beato Francisco Palau que quería llenar España de escuelas catequéticas para adultos, el Señor en su destierro de Ibiza le hizo experimentar las más horribles noches del espíritu que culminaron en la revelación de la Iglesia como persona mística, con el encargo de ser profeta de Ella.

Santa Magdalena de Pazzi, vivió también en la noche de las tentaciones y de la obscuridad, para después percibir una comprensión eminente del misterio de Dios Trinidad.

Santa Teresa del Niño Jesús, que sufrió durante años la enfermedad de los escrúpulos, luego fue testigo de la confianza absoluta en la misericordia de Dios. Ella palpó en su vida la imposibilidad de ser santa por esfuerzo suyo hasta que se abajó como una niña y dejó que Dios la hiciera santa, enseñando a la Iglesia el camino de infancia espiritual. La última etapa de su vida estará caracterizada por la noche de la nada y el sufrimiento atroz, y en él morirá. Pero luego será testimonio de las innumerables gracias que alcanza de Dios, haciendo participar a la Iglesia de los frutos de la resurrección de Cristo.

Ellos son tan sólo unos ejemplos de la vida de oración de los carmelitas, teniendo por ideal la vida de unión con Dios, primero han experimentado la acción purificadora del Espíritu, para poder entrar en su intimidad y dar testimonio de ella en la Iglesia.

Dirá  Pablo VI a los carmelitas: «Vuestro camino es un camino estrecho, austero, arduo de la vida ascética, totalmente consagrada a la búsqueda del arte sublime de la oración y del trato intenso con Dios. […] Que la Virgen Santísima os confirme en vuestra vocación carmelita; que os conserve el gusto por las cosas espirituales, que os obtenga el carisma de las ascensiones santas y arduas, hacia el conocimiento del mundo divino y las experiencias inefable de las noche oscuras y de los días resplandecientes de luz»[119].

Una expresión de esta intimidad con Dios, del carisma carmelita, es serle concedido tanto a los hombres como a las mujeres el vivir la dimensión esponsal con el Señor, de los que poseemos tantos testimonios; el vivir de forma experiencial la Palabra de Dios; las misiones trascendentales que les son confiadas en los momentos más difíciles de la historia de la Iglesia…

 5.4. La defensa de la justicia en nombre de Dios

Dios no es indiferente a la historia de los hombres, no soporta ver la injusticia institucionalizada[120]. Por ello rechaza el culto ritual que no vaya acompañado por la praxis de la justicia. El es justo, por ello no deja impune ninguna injusticia de los hombres (Ex 34,7), y quiere que los tribunales sentencien según justicia y no se excluyan «del juicio a los débiles» (Is 10, 2), ni  absuelvan al malvado (Ex 23,6). Sino que con «justicia juzgarás a tu prójimo» (Lv 19,15).

Los profetas de Israel, en nombre de Dios recordaban al pueblo, a sus  gobernantes y a sus sacerdotes, las exigencias de la Alianza. Les exhortaban constantemente a «practicar el derecho y la justicia» (Os 10,12), porque eran conscientes de que la falta de equidad y justicia era un asunto gravísimo, por ser Dios garante de la vida del  pobre, padre de huérfanos, y defensor de viudas (Sl 68,5). No hacerles justicia era un ultraje a su santidad, una ofensa contra El (Dt 25,6). Los profetas  eran conscientes de que, o se instauraba la justicia en todo el territorio, o serían destruidos; porque las injusticias rompían la Alianza con Dios y consecuentemente atraían sobre Israel todos los desastres predichos en los libros de la Ley (Dt 28,15-68).

El primero de los profetas en denunciar la injusticia perpetrada por los magnates de su tiempo, será el profeta Elías. Cuando la reina Jezabel procura que por medio de una falsa denuncia, Nabot sea condenado a muerte, para que su esposo, el rey Ajab, pudiera tomar posesión de su viña, Elías es enviado de parte de Dios para denunciar su injusticia. Este también será un rasgo que los carmelitas heredarán.  Se podría decir que al carmelita el Espíritu Santo le hace vivir con gran intensidad la dimensión profética inherente al bautismo.

Santa Teresa de Jesús, a quien el Señor le encomendará la obra de la Reforma del Carmelo descalzo, la defenderá contra todos aquellos que pretendan destruirla, no habrá instancia humana a la que no acuda.  Denunciará los atropellos de que era objeto su obra fundacional al rey Felipe II y lo hará sentirse responsable de su bien: «Yo tengo muy creído  que ha querido Nuestra Señora valerse de vuestra majestad y tomarle por amparo para el remedio de su Orden, y así no puedo dejar de acudir a vuestra majestad con las cosas de ella» (cta 206,1). El rey la escuchará y «trájose, por petición de nuestro Católico Rey don Felipe, de Roma un breve muy copioso para esto» (F 29,30), de este modo podrá  evitar la destrucción de esta familia carmelita.

San Juan de la Cruz hacía que no se tuviera en cuenta el sufrimiento que los otros le acarrearon, pero su dulzura se convertirá en denuncia fuerte para hablar de la opresión y negligencia que algunos directores espirituales ejercían sobre sus dirigidas. Él era siempre pronto a la obediencia respecto a sus superiores, pero era independiente cuando tiene que opinar. De este modo, será insobornable en la defensa de las carmelitas, cuando el P. Doria contrariado porque las monjas han acudido a Roma para que confirme el Santo Padre las Constituciones dadas por santa Teresa de Jesús, querrá desentenderse del todo del gobierno de las monjas y por ello separarlas de la Orden. San Juan de la Cruz intercederá a favor de ellas en el Capítulo y hará ver cómo esta resolución era totalmente injusta.

Tanto el P. Jerónimo Gracián como María de san José, serán valientes defensores del legado de santa Teresa de Jesús. Hacerlo les traerá graves consecuencias. Al P. Gracián  lo expulsarán de la Orden y a María de san José, que se había preparado largamente para ir a fundar a Francia y extender allí la Reforma Teresiana, tendrá que morir desterrada y encerrada en el convento de Cuerva.

En santa Magdalena de Pazzi, el celo eliano por la gloria de Dios arde en su alma y no puede permanecer pasiva ante las deficiencias que ve en la Iglesia y en sus “Cristos”. Reclamará el cumplimiento de su deber a los más altos dignatarios de la Iglesia, incluso al Sumo Pontífice. Escribía a los Cardenales de la Curia Romana: «Hay en la Iglesia una justicia llena de toda injusticia. Sólo se atiende a las cosas que redundan en honor a las criaturas, y las que redundan en honor de Dios se hace como que no se las ve su color de misericordia, la cual misericordia es inmisericordia y lleva a las almas al precipicio del infierno»[121].

El beato Francisco Palau, que vivió con tanta intensidad el ser intercesor ante Dios para que no permitiera que fuera desarraigada la fe católica de España, será un gran defensor de la justicia. Ya que será consciente de que la falta de justicia es una de las causas por las cuales Dios puede dejar de proteger a una nación. Él, a lo largo de su vida, fue muchas veces condenado inocentemente tanto por las autoridades civiles como eclesiásticas. Nunca dejará una sola causa hasta que se esclareciera toda la verdad, incluso ante los tribunales, porque «Dios legislador de legisladores a su poder están sujetos todos los poderes y a su autoridad todas las autoridades. La legislación humana, ya sea eclesiástica ya civil, no es más que una explicación, una extensión y el desarrollo de la divina; y la que no tiene éste carácter no es legislación, sino el abuso y la usurpación del poder»[122]. Ello se lo decía al Capitán general que lo desterró a Ibiza. A un obispo que le retiró sin motivo predicar en su diócesis le dirá: «Un hombre no tiene poder para juzgar a otro hombre sino siguiendo el orden establecido en ambos Derechos por las leyes de la caridad y de la justicia»[123].

El beato Tito Brandsma ante el juez nazi que le interrogó, defendió valientemente la libertad de la Iglesia. Ella «no reconoce más autoridad que la fidelidad a sus propios principios. Si combate la ideología nazi es en función de los fundamentos de su doctrina y de su fe… insisto sobre el hecho de que la Iglesia católica se considera obligada a rechazar las medidas que se tomen contra su doctrina; no las acatará jamás».  Después de largo tiempo viviendo en prisión fue de nuevo interrogado por el mismo juez a lo cual responde: «No siento odio hacia los alemanes. Ni siquiera resentimiento. Pero rechaza y rechazará siempre el paganismo nazi… Si lo pusieran en libertad en nada cambiaría, pues no puede guardarse para sí solo la verdad».  Por la defensa de la verdad será condenado a un campo de concentración donde morirá no sólo perdonando sino enseñando a rezar a la enfermera que le inyectará la dosis letal, para que Dios le concediera la conversión por medio del rezo del santo Rosario.

Con ello podemos ver, que quienes han vivido con mayor intensidad el carisma de la Orden y así lo ha reconocido la Iglesia, han participado del carisma profético, de denunciar en nombre de Dios la injusticia y han sido defensores a ultranza de la verdad. Porque hay una estrecha vinculación entre la práctica de la justicia y el que Dios escuche las oraciones. Schökel y Sicre, en su comentario a los Profetas escribieron: «El valor de los sacrificios y ofrendas no depende en última instancia de la acción humana, sino de que Dios los acepte, y en condiciones de injusticia no los acepta»[124].

El carmelita luchará, no sólo con la ayuda de Dios, por ser justo a sus ojos, sino que también luchará con sus oraciones o con su actuación por que en su comunidad, en la Orden, en la Iglesia y en la humanidad  «fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne» (Am 5, 24). Ello es condición indispensable para que Dios escuche plenamente las oraciones que le dirige la Iglesia.

5.5. Los Carmelitas en los momentos cruciales de la historia

Elías es el profeta devorado de «celo por el Señor, Dios de los ejércitos» (1 Re 19, 14). «Zelo zelatus sum… ¡Qué palabra tan eliana! Expresión de una fe inquebrantable y de un amor ardiente. Es un celo encendido por la honra de Yahveh, totalitario en sus exigencias»[125]. A la pregunta que Dios le hace en el monte Horeb  «¿Qué haces aquí, Elías?»  él responde: «He tenido mucho celo por el SEÑOR, Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela» (1Re 19,13).

El Señor le dará una misión: «Ve, regresa por tu camino al desierto de Damasco y cuando hayas llegado, ungirás a Hazael por rey sobre Aram; y a Jehú, hijo de Nimsi, ungirás por rey sobre Israel; y a Eliseo, hijo de Safat de Abel-mehola, ungirás por profeta en tu lugar» (1 Re 19, 15-16).  Del cumplimiento de esta misión depende el futuro del yahvismo en Israel. Ya que la política eficaz de Ajab y Jezabel podía significar el fin del yahvismo y el término de la originalidad de Israel como pueblo de Dios.

En esta situación tan crítica, Yahveh encontró un defensor más fuerte que Jezabel que dominaba el país con una mente lúcida y una voluntad de hierro. Dirá bellamente y con extraordinaria profundidad Juan Helewa, fruto de su gran conocimiento de la Biblia:

«Cuando Elías recibió la palabra, podría haberse negado, o al menos dudar acerca de la empresa que se le confiaba. Las circunstancias le habrían dado la razón. Pero entabló el combate, un combate tan desigual e insensato que no podía serlo más. Se encontraba solo contra todos, y el futuro del culto de Yahveh dependía de su ministerio; pero eso, lejos de desanimarlo, lo incitó a un esfuerzo sobrehumano. Las hazañas de Elías fueron las hazañas de un solitario, lleno de celo por el honor de Dios e instrumento dócil del Espíritu. Desafió a Baal y lo derrotó; demostró al pueblo inconstante la verdad de Yahveh y la inanidad del dios de Jezabel; defendió la Alianza y aseguró su supervivencia; por medio de su sucesor, al que transmitió su espíritu, provocó la ruina de la casa de Omrí, causa de tantas maldades. Para llevar a cabo esta misión, Elías necesitará “una fortaleza de alma, un celo por Dios, una convicción y una fe en Yahveh fuera de lo común; y el profeta alimentaba todo eso en la soledad, la ascesis y la oración”. […]  Y cuando las amenazas de Jezabel lo obliguen a huir, buscará el consuelo y la luz en el Horeb, en un diálogo íntimo con Yahveh. […]

Supo preveer el futuro y lo preparó. No sólo  el futuro inmediato de la dinastía de Omrí, sino también de la religión y de todo el profetismo. Elías fue el restaurador de la obra de Moisés, devolviéndole fuerza y vitalidad. Abrió el camino por el que se internarán Amós u Oseas y, tras ellos, todos los grandes profetas de Judá. Con su monoteísmo moral, su austero yahvismo, el universalismo de su religión, su guerra declarada al culto naturista, su recurso a la Alianza, su defensa del Decálogo y su ardor luchador, Elías inauguró una tradición profética […] que con el tiempo constituirá una de las glorias más puras de Israel. […]

El espíritu de Elías iluminó la aurora del Nuevo Testamento como estrella matinal y, en la persona de Juan Bautista, trasmitió a las nuevas generaciones el soplo ardiente de la Profecía, el fuego del Espíritu de Dios. Elías, el mayor de los profetas de la Antigua Alianza, el defensor de la fe en el Carmelo, compañero de Moisés en el Sinaí, ha merecido encontrarse en el Tabor al lado del Señor»[126].

Elías recibirá de Dios la misión de invertir y cambiar el curso de la historia de Israel. De este modo se convierte, como escribe Romeo Caveo, en el tipo del «reformador solitario que saca sólo de su experiencia de Dios la capacidad de ver lo que no ve ningún otro, de juzgar y de actuar con enorme  energía»[127].

La Orden del Carmen también encarna esta dimensión del profeta Elías. En los momentos más críticos de la Iglesia, Dios suscita a hijos o hijas del Carmelo para que lleven a término una gesta semejante a la  realizada por Elías, pero con los medios utilizados por la Virgen María, no matando a profetas ni ungiendo a reyes que destronarían a la dinastía Omrí, sino que,  con su oración y oblación serán decisivos para invertir el curso de la historia, que intenta destruir a la Iglesia o, al menos, mermar al máximo posible su influencia social. En ello podemos ver la presencia de la Virgen María, que con premura de Madre, vela por la Iglesia. Si Ella ha protegido con tanto  amor a la Orden y a sus hijos e hijas, estos deben servirla ayudando a la Iglesia y a la humanidad.

Por ello, la Virgen María, que siente sobre sí la responsabilidad del bien de la Iglesia y de la humanidad, con divino beneplácito buscará de entre sus hijos e hijas carmelitas, que habitan en el santuario más íntimo de la Iglesia, a sus más inmediatos colaboradores para que esta situación se transforme para bien. Para que puedan ofrecer este valioso servicio el Espíritu Santo les concederá vivir un intenso amor a la Virgen María y grandes deseos de obsequiarla, servirla y colaborar decididamente en todo lo que Ella determine para que todo se renueve en virtud de la Redención de Cristo. Les hará incluso partícipes del espíritu de María. Será Ella en los carmelitas la que ayudará al Señor en la Iglesia.

Uno de los momentos más críticos de la Iglesia fue sin duda la Reforma protestante. Dios suscitó a santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, para que con su oración, santidad y la formación de mujeres orantes, alcanzaran de Dios gracia para frenar el avance del protestantismo, la recatolización de vastas zonas de Europa, la eficacia del Concilio de Trento, tanto en el ámbito doctrinal como en el mejoramiento del clero y la expansión de la Iglesia a los cinco continentes.

En el siglo XIX, cuando el liberalismo accederá al poder, luchará desde todos los resortes para conseguir que la Iglesia reduzca su influencia pública. En este contexto histórico Dios envió al beato Francisco Palau. Éste profundizará en la lectura de la Sagrada Escritura para poder interceder más eficazmente ante Dios. Él descubre que los pecados colectivos son como un muro que impide que la oración llegue a Dios. Lo único que puede destruir este muro, es el ofrecimiento de la Eucaristía, que tiene más valor ante Dios que todos los pecados de los hombres y por ello los puede reparar. De este modo la oración llega a Dios, es escuchada benignamente y Dios concede una gran efusión de su Espíritu que lo renueva todo. Cuando los políticos liberales  esperaban el fin del Cristianismo, resurge la Iglesia con nuevo vigor en Europa y con un gran impulso misionero.

Otro de los grandes retos para la Iglesia ha sido la propugnación de la muerte de Dios y la difusión del ateísmo militante. Para combatirlo, Dios nos concedió a santa Teresa del Niño Jesús. Ésta vivió en su espíritu la noche de la fe de sus contemporáneos, a la par que su cuerpo se desintegraba a causa de la tuberculosis. Ambas pruebas, del cuerpo y del espíritu, no consiguieron que dejara de amar y confiar en Dios como Padre entrañable y misericordioso. Sus escritos han tenido una gran influencia tanto en el seno de la Iglesia como fuera de ella. Nos enseña a tener para con Dios una relación filial, confiada y tierna, y a ofrecer pequeños sacrificios uniéndolos al sacrificio de Cristo para bien de la Iglesia, nuestra Madre.

Ante el grave horizonte que se cernía sobre la humanidad, la Virgen María se apareció en diversas ocasiones a tres pastores en Fátima, pidiéndoles oraciones y sacrificios, ante todo el rezo del santo Rosario. Más tarde a Lucía, que ingresaría en el Carmelo Descalzo, le pidió la consagración del mundo a su Inmaculado Corazón. Si hubiera sido escuchada, la humanidad protegida y resguardada en el Inmaculado Corazón de María, posiblemente no hubiera sufrido la atroz II Guerra Mundial. El episcopado portugués consagró Portugal al Inmaculado corazón de María y no sufrió ni la II Guerra Mundial, ni una guerra civil como en España. Cuando Juan Pablo II, que hubiera querido ingresar en el Carmelo,  junto con todos los Obispos, consagraron al mundo al  Inmaculado Corazón  de María y la honraron en el año mariano, el comunismo cayó como un castillo de naipes.

Edith Stein y Tito Brandsma se enfrentaron al gran peligro que significó el nazismo para la humanidad. Los dos pagaron con su vida. El nazismo que quería dominar durante un milenio la humanidad, cayó a los seis años.

Santa Maravillas de Jesús será elegida por Dios para perpetuar una oración y oblación constante por España, para evitar que ésta volviese a ensangrentarse en crueles guerras civiles, y dedicase sus energías al bien de sus ciudadanos, a prolongar la acción evangelizadora de la Iglesia y a contribuir al bien de la humanidad.

Ante los grandes peligros que ahora se ciernen sobre la humanidad a través del integrismo del islam que quiere conseguir que en el mundo exista una sola religión, y donde consigue el poder político hace desaparecer al Cristianismo casi de raíz, o el capitalismo salvaje que destruye todo lo que hombres de buena voluntad han trabajado para construir el Reino de Dios, la Virgen María también buscará colaboradores entre sus hijos e hijas del Carmelo para que con su oración y la oblación  de su vida ello no se lleve a término. Les moverá para que alcancen de Dios Padre  que, por el poder inmenso de la redención de Cristo, las sociedades se construyan a partir de los valores del Evangelio o de las semillas del Verbo que están esparcidas en todas las culturas y sociedades, y que su Hijo Jesucristo sea reconocido como la perla o el tesoro más grande que la Humanidad tiene, y por ello la Iglesia sea amada y valorada como fiel custodiadora y actualizadora de la vida y del mensaje de Jesucristo, su Señor.

5.6. Elías en los Santos del Carmelo Teresiano

Para santa Teresa de Jesús, como para san Juan de la Cruz o para cualquier carmelita de su tiempo y de los siglos posteriores, Elías ocupará un puesto destacado en su vida espiritual: «era padre de la propia familia religiosa en doble sentido; como hipotético fundador y como paradigma de vida espiritual. De ahí que el Santo introduzca siempre su nombre precedido de la designación  familiar: “nuestro padre Elías”»[128]. Teresa de Jesús lo designará como «nuestro Padre san Elías»[129].

El profeta Elías será visto como ejemplar de contemplación y modelo del celo por la gloria de Dios. Las referencias que Juan de la Cruz y Teresa de Jesús hacen sobre el profeta Elías, están vinculadas al dato bíblico. A san Juan de la Cruz la experiencia de Elías en el monte Horeb[130] le servirá de tema para hablar de la visión de Dios en esta vida (CB 14, 14-15)[131]. En Teresa de Jesús hará uso de la persona de Elías, ante todo para animar a sus monjas a caminar con paso decidido hacia el cielo. Les hará cantar: «Y al padre Elías siguiendo,/ nos vamos contradiciendo/ con su fuerza y celo/ Monjas del Carmelo»[132].

A santa Teresa del Niño Jesús, el dato bíblico de la experiencia de Elías, en el monte Horeb, le ayudará a expresar su propia experiencia de Dios, después de recibir el sacramento de la Confirmación: «No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte Horeb…» (Ms A 36v). Al realizar la Profesión religiosa, dirá:  «Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos -es decir, entre gracias extraordinarias-, sino al soplo de un ligero céfiro parecido al que oyó en la montaña nuestro Padre san Elías…» (Ms A 76v).

Cuando ella, descubre después de una ardua búsqueda, que su lugar en la Iglesia es ser el amor, experimentará la insuficiencia de su amor, para poder cumplir con su : vocación «En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo…» (Ms B 3v). Sin embargo, es entonces cuando recuerda que los santos del cielo, de un modo particular su Padre san Elías, sí poseen el amor, de la que ella es deudora, y les pedirá: «Acordándome de la oración de Eliseo a su Padre Elías, cuando se atrevió a pedirle su doble espíritu, me presenté ante los ángeles y los santos y les dije: […] me atrevo a pediros que me alcancéis: vuestro doble amor» (Ms B 4r).

En estas tres referencias a san Elías en los momentos más importantes de su vida, vemos como para Teresa del Niño Jesús, la experiencia de Elías le ayuda a explicar su propia experiencia espiritual, y le es estímulo para avanzar en la vida espiritual, suplicándole le alcance lo que él ya vivió.

Isabel de la Trinidad cuando hace referencia a san Elías en sus escritos, lo reconoce como verdadero padre, al formar parte integrante de la espiritualidad de la Orden, y  todos están llamados a vivir de su espíritu. A una joven que quiere ser carmelita descalza, al explicarle la vocación le dice: «¿Conoce usted a San Juan de la Cruz? Es nuestro Padre, y ha penetrado mucho en las honduras de la Divinidad. Antes de él debiera haberla hablado de San Elías, nuestro primer Padre. Ya ve que nuestra Orden es muy antigua, pues se remonta hasta los profetas. ¡Ah, yo quisiera poder cantar todas sus glorias!» (cta. 136, 14.9.1902).

A un joven novicio carmelita descalzo, le animará a vivir el espíritu de Elías, como parte integrante de su vocación: «¿Vivir en la presencia de Dios no es la herencia que San Elías ha legado a los hijos del Carmelo, él que en el ardor de su fe gritaba: “Vive el Señor, en cuya presencia estoy?” (I Re. 17, 1)».  Si usted quiere, nuestras almas, franqueando el espacio, se encontrarán para cantar al unísono esta gran divisa de nuestro padre…» (cta. 299, 17.7.1906).

Cuando ella querrá expresar lo que significa ser esposa de Jesús, tendrá presente al profeta  Elías: «Ser esposa, esposa carmelita, es tener el corazón abrasado de Elías» (NI. 13). En la poesía “Amar”, al instar a sus hermanas a vivir la vocación del Carmelo en toda su riqueza espiritual, las anima a tener presente la figura del profeta Elías: «Amar es ser alma apostólica, celar el honor del Dios viviente, herencia antigua verdaderamente dejada por Elías, gran Vidente; recogida más tarde por Teresa y transmitida a sus hijas toda entera. Y el Carmelo vino a ser de amor divino un hogar, un horno muy encendido» (P 94).

El más eliano de los carmelitas descalzos insignes, es sin duda el beato Francisco Palau. El papel que desarrollará en su vida, nos recuerda  que Elías no sólo es un recuerdo, sino una persona viviente que vela vivamente por el bien de la Orden.

En los momentos más trágicos para la Orden del Carmen en España, el profeta Elías, velará para que ésta tenga continuidad, no sólo a nivel jurídico sino también a nivel espiritual, llevado a su más alto grado. Ello sucedió en el siglo XIX, pocos años antes de que la Congregación española desapareciera bajo los decretos exclaustradores de los gobiernos liberales. Un joven seminarista  encomienda su vocación al profeta Elías, y alcanza de Dios que le sea concedida para el Carmelo. Este es el caso de Francisco Palau.

Éste después de estudiar cuatro cursos en el seminario de Lleida, siendo apreciado por los profesores, no veía clara su vocación. No veía que su futuro fuera la «carrera eclesiástica». Mientras hacía oración ante el Santísimo se sintió urgido a ingresar en la vida religiosa. Para alcanzar la gracia de conocer donde debía ingresar, hace una novena a san Elías. Éste le respondió a su confianza con una gracia especial: «El último día de la novena quiso el cielo tranquilizarle, señalándole la orden a que quería que perteneciese, lo cual hizo de un modo bien claro, pues san Elías extendióle la capa y le cobijó en ella. Con tal visible señal no titubeó un momento y dirigióse al Monte deseado a la sombra del Carmelo»[133]. Renunciará a la beca de estudios, a la carrera sacerdotal con sus ventajas, y se encaminará al Carmelo en busca de su Amada, la Iglesia.

Será una vocación verdaderamente probada, ya que no podrá vivir ni dos años como profeso, pues el día de san Jaime de 1835 incendiaron su convento, posteriormente con la prohibición de las órdenes religiosas masculinas, Francisco Palau deberá ser fiel a la vocación carmelitana-teresiana, viviendo como exclaustrado hasta la muerte. La vivirá al estilo de Elías, de la soledad más profunda a la acción apostólica más comprometida.

Se sentirá incluso llamado a restaurar «la Orden del gran profeta Elías», entonces inexistente en España en su rama masculina, excepto en el convento del Desierto de las Palmas. Será una rama ante todo contemplativa-apostólica que se dedicará al exorcistado. La Iglesia en su interior le dirá: «Despliega las armas del Monte santo del Carmelo,  para que se acojan a su protección los que están escogidos para hijos del gran profeta Elías, y dirígelos en los desiertos, preparándolos allí para recibir el espíritu doble de este gran Profeta» (MR 7,12). Estos estarán bajo el cuidado y dirección  de «tu padre san Elías; y diles […], que le reconozcan por su General, que el superior general tenga el título de secretario del General; que pidan les dé Dios el espíritu fuerte del Profeta» (MR 8,30).

Su devoción al profeta Elías no dejará de crecer a lo largo de su vida.  Dirá el P. Román Llamas: «En toda la trayectoria del P. Palau llama la atención la grande fe y amor que mantuvo siempre a su Padre san Elías y la fidelidad de su devoción al santo Profeta de fuego»[134]. Se puede decir que el P. Palau forjó su recia personalidad y su heroica santidad en una creciente y sincera devoción al profeta Elías, inspirándose en las tradiciones carmelitanas y bíblicas, en la que el profeta del celo de Dios tiene un papel importante a desempeñar, ante todo en los últimos tiempos.

La devoción al gran Profeta del Carmelo, que lo acompañará a lo largo de la vida,  quiso que le acompañase en los últimos momentos de su existencia. En su última enfermedad, a los santos que invoca más frecuentemente son: «san Elías, san José y la Virgen del Carmen».

Los que lo elogiaron después de su muerte, destacarán su espíritu eliano: «cual otro Elías», «forjado en los mismos troqueles de Elías», «aquel segundo Elías nuestro Padre», «forjado según el espíritu del evangelio y caldeado en las llamas de fuego de Elías», «buen discípulo de Elías», «digno hijo del gran profeta Elías», «dotado del doble espíritu de Elías»[135].

Él vivirá, con una intensidad inusitada, tanto las características de la Congregación española y la italiana del Carmelo Descalzo. El retiro y la vida penitencial propios de la primera y la desbordante vida apostólica de la segunda. Es de este modo, a través de su persona, lo mejor de la tradición de la Congregación española se traspasa a la Congregación italiana, que hoy es la única existente.

Con razón dirá Edith Stein: «Nosotras, que vivimos en el Carmelo y que cada día rezamos a nuestro santo Padre Elías, sabemos que él no es una figura de la prehistoria gris. Una tradición viviente nos ha legado su espíritu, que actualmente determina nuestra vida».

6. El Carisma del Carmelo enriquecido por la herencia Teresiana

A partir del momento en que, Doña Teresa de Ahumada, se propuso vivir el carisma del Carmelo con toda perfección, se le concedió vivir con gran  intensidad las diversas dimensiones del carisma del Carmelo, tal como se había encarnado hasta entonces. Pero en ella se da un enriquecimiento del carisma. La forma de vida que la madre Teresa procurará instaurar en el monasterio de San José, cuna de la Descalcez, será mucho más que una simple reforma, algo que el eminente carmelita Otger Steggink subscribirá:

«No debe considerarse su obra como una simple re-forma, esto es, una extirpación de abusos y la reorganización de la vida regular. Muy pobre sería nuestro concepto de la obra teresiana si viésemos en ella una mera rebelión  contra los abusos y defectos de organización. La nueva forma de vida carmelitana, inspirada en el más hondo espíritu evangélico y en el ideal eremítico-contemplativo carmelitano, con su clara finalidad dogmática, más que de re-forma debe calificarse de obra creadora y fundadora que coloca a la madre Teresa de Jesús entre las primeras figuras de la Iglesia de la Contrarreforma. Su actuación de reformadora no parece ser más que un aspecto secundario de la obra»[136].

Teresa de Jesús dará dimensión eclesial a la vida contemplativa. No sólo imitará las virtudes de la Virgen, la honrará y procurará que lo hagan los demás, sino que, dejando que el Espíritu Santo obre en ella hasta lo más hondo de su ser, se  realizará en ella un profundo proceso de marianización. De este modo,  asumirá con todas las capacidades de su ser, la misión que Cristo dio a su Madre al pie de la Cruz, siendo con María corredentora de la redención de Cristo. A su vez, Teresa asume como suyas, las causas que la Iglesia ha encomendado tradicionalmente a la Virgen María, “Auxilio de los cristianos”, “Reina de la paz”, “Reina de los Apóstoles”…y animará a sus hermanas e hijas para que hagan lo mismo.

6.1. Ideal contemplativo y eclesial de la Reforma Teresiana

Cuando por su unión con Cristo queda Teresa de Jesús profundamente sensibilizada por los males de la Iglesia, ella se preguntará qué puede hacer para ayudar en aquel momento crucial a la Iglesia. Teresa era consciente, por experiencia propia, cuando no hacía vida de oración, su vida cristiana y religiosa se desintegraba camino del infierno, pero cuando pide insistentemente a muchos que oren por ella, para que el Señor le muestre sus caminos (CC 1,33) y ella ora, experimenta en sí misma una transformación profunda que la ayuda a vivir radicalmente el seguimiento de Cristo en su vocación religiosa.

Lo que Teresa constata en su vida, es lo que necesita la comunidad eclesial. La oración es el medio para fortalecer a la Iglesia en aquel momento tan crítico. La oración no sólo puede transformar a las personas de forma individual, sino a la Iglesia y a naciones enteras. A partir de esta comprensión profunda se opera en ella un enriquecimiento del carisma. De modo que descubre:

«lo que nadie le había dicho, ni los teólogos ni los libros, que en la entraña misma del ideal contemplativo (según el esquema clásico del “vacare Deo”, con la mirada y el amor hacia lo alto: “rerum divinarum contemplatio et amor” [en una especie de anticipación escatológica de la vida celeste]) se encontraba el clamor de los hombres, las necesidades más profundas de la Iglesia doliente; hallazgo que se iba a convertir en una nueva clave de lectura de su tradición carmelitana de su ideal contemplativo en la Iglesia»[137].

De este modo el ideal del “vacare Deo” propio de la Orden del Carmelo. De estar «siempre disponible al encuentro con el Señor, dejándose tomar y conducir por Él y gozando de Su presencia buscada y experimentada en la realidad de la vida, en lo cotidiano […] para ver la realidad con sus ojos y amarla con su corazón»[138]. Teresa añadirá a la contemplación de Dios, o fruto de ella, que la hace sensible a las necesidades más profundas de la Iglesia doliente, el ser intercesora ante Dios, principalmente por la Iglesia y en particular por el  ministerio Ordenado y por la salvación de las almas. De este modo,  Teresa dará dimensión apostólica a la vida de oración con tanta mayor intensidad cuanto más se adentra en los más encumbrados grados de la unión con Dios[139].

Inculcará a sus hijas que el crecer en amor a la Iglesia e interceder por ella, será signo de progreso en la vida espiritual: «la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto pudiéremos, no le ofender, y rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica. Estas son las señales del amor» (4 M 1,7). Es significativo, que «probado el espíritu con sutilísimas purificaciones, enriquecido con gracias altísimas, conducido a la unión con Dios, es llevado a la comunión íntima con la Trinidad, se demuestra la madurez del “hombre nuevo” en esto: que fructifique y produzca “¡obras!, ¡obras!”, hasta que se unan inseparablemente estas dos cosas: alabar y glorificar a Dios y ayudar a la Iglesia: “alabéis mucho a su Majestad y le pidáis el aumento de su Iglesia y luz para los luteranos”» (M. epíl.)[140]. Con ello vemos, como bien dice Ismael Bengoechea: «llegar a las últimas moradas del castillo interior no significa para esta alma mística desentenderse de los demás ni quedarse indiferente ante la perdición eterna de los hermanos. Por el contrario, de ahí proviene todo su ardor apostólico»[141]. A medida que se une a Cristo, participa con mayor intensidad de su misión redentora.

En Teresa se da un cambio significativo en el objetivo último de vivir la Regla. El Papa Honorio III, a través de la bula del 30.1.1226, establece que: «En remisión de vuestros pecados os imponemos a vosotros y vuestros sucesores que observéis regularmente, en cuanto os sea posible y con ayuda de la gracia divina, las normas de vida dadas por el Patriarca de Jerusalén»[142]. En cambio, la Santa hará relativizar a sus hijas uno de los objetivos centrales de la Regla y de la religiosidad de su tiempo, el orar constantemente por la propia salvación. Les dirá: «¿Qué va en que esté yo hasta el día del juicio en el purgatorio, si por mi oración se salvase sola un alma? ¡Cuánto más el provecho de muchas y la honra del Señor!» (C 3,6).  Así, las exhortará constantemente a orar por las necesidades de la Iglesia: «Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba que las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia» (F 1, 6). Ella será la primera en hacerlo, quienes la conocieron dan testimonio de ello: «ocupábase tanto en hacer oración y penitencia por las necesidades de los prójimos, y en especial por el aumento de la Iglesia, que casi todo lo que rezaba era por esto y muy poco por sí»[143].

Las hará conscientes de que, estando encerradas, pelean por Cristo. Para ello les pone el símil de la batalla, recogerse y hacerse fuertes en un castillo, (monasterio) y desde allí pelear con sus oraciones y con la santidad de vida por los que luchan en el campo de batalla, que son los predicadores  con la palabra y los teólogos con la pluma (C 3,1-2), y que éstos acaudillen a los cristianos y les enseñen el camino de la salvación. Les pide supliquen a «nuestro Señor diese ciencia y letras a los religiosos y prelados de la Iglesia para destruir las dichas herejías y defender la Iglesia Católica»[144].

Los testimonios del proceso de beatificación son verdaderamente elocuentes de que este fue el objetivo por el que el Espíritu Santo hizo surgir en aquellos momentos, tan críticos para la Iglesia, la Reforma de Teresa en el Carmelo: «Como en aquel tiempo en el cual trataba de erigir el monasterio oyese cuánto cundiesen los herejes en Francia y Alemania y otras regiones, con gran dolor de corazón y gran deseo de ayudar a la Iglesia de Dios, con cuyo celo vehemente se afligía, dirigió todas las oraciones y otras asperezas de la Religión  como principal medio y fin de su monasterio a Dios por la conversión de los herejes y por la propagación de la fe, y juntamente por los predicadores que se ejercitaban en la conversión de las almas y que, con la oración, este celo de las almas fue la primera vocación que tuvo en esta nueva reformación de Orden»[145].

Teresa instruirá a sus monjas en cómo comportarse con las gracias místicas que pudieran recibir mientras oran por las necesidades de la Iglesia. Éstas tienen por objetivo agilizar su camino hacia la unión con Dios, y así sea más fecunda su oración en bien de la Iglesia. A su vez, mandará a sus monjas que quienes tengan en la oración visiones o revelaciones deben acudir a los sacerdotes para «darles parte de lo que en su corazón pasa para que lo aprueben si fuere bueno, y si es malo, desengañen. Y este dar cuenta del espíritu y de lo interior mandó la madre Teresa con mucha fuerza a sus hijas, y mientras lo guardaren, irán bien encaminadas, y en queriendo confiarse de sí y creer a su propio espíritu se perderán»[146]. Pero les recomendará que lo hagan con sacerdotes letrados, ya que estos nunca la engañaron (V 5,3).

Ante todo educará a sus hijas para que procuren crecer en las grandes virtudes (amor al prójimo, desasimiento y humildad) (C 4, 4), para que sus oraciones sean aceptadas por Dios, ya que El «escucha a todo aquel que le honra y cumple su voluntad» (Jn 9, 31). Por ello las instará a que «procuréis ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios» (C 3,5). Y con sus virtudes despierte a sus hermanas de comunidad, porque: «Mientras fueren mejores, más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos» (7M 4, 15).

Es consciente Teresa de que «no es posible mantener una relación amorosa con Dios –esencia de la oración- y al mismo tiempo conducir una existencia incompatible con lo que reclama esa amistad»[147]. Por ello, «oración y regalo no se compadece» (C 4,2). Ya que como dirá Eulogio Pacho: «la inclinación natural, el amor propio, los gustos atan a los bienes materiales y alejan de Dios; de ahí la exigencia ineludible de la lucha ascética, de la abnegación y de la mortificación. […] La ascesis, a través de la mortificación y el ejercicio de las virtudes, tiene una función catártica que elimina vicios y escorias, limpiando el alma para poder ser totalmente de Dios»[148].

Ante el apremio de la angustiosa situación eclesial, conformará la vida conventual lo más posible a la Regla del Carmen sin mitigación, en un contexto de vida penitencial y de soledad, para que nada distraiga lo esencial de su vocación, que es interceder ante Dios por la salvación de las almas, el aumento de la Iglesia y la santidad del ministerio ordenado. Han elegido libremente aquella vida austera y penitencial por amor a Dios, liberadas de contentar a nadie sino a El[149]. Por eso Teresa invitará a confiar: «en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo» (C 1,2), por esta confianza liberadora de sí, Dios escucha más prontamente las súplicas que se le dirigen en bien de la Iglesia.

De este modo, la aportación de la Reforma carmelitana de Teresa de Jesús, supondrá un  «avance cualitativo en la espiritualidad de la Iglesia, […] la propuesta de una nueva manera de vivir el Evangelio que respondía a las inquietudes de su tiempo; y respondiendo de esta manera a las necesidades de su tiempo vemos que se adelantó a las del nuestro, porque supo dar con las necesidades de todos los tiempos»[150], ya que en la oración está el remedio tanto de la Iglesia como de la sociedad de todos los tiempos. Porque -como dirá el gran intercesor de la Iglesia, el beato Francisco Palau-: «Dios ha dispuesto que la oración sea el medio por donde los hombres reciban sus gracias y sean salvos de los peligros y curados de sus llagas, porque quiere que le reconozcamos por el dador de la vida y de la muerte, de la salud y de la enfermedad»[151]. Por ello: «de ley ordinaria no reciben los hombres bienes espirituales, ni son librados de males, sino por medio de la oración, que es la llave real para abrir los cofres celestiales»[152].

Los escritos de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz son complementarios. Los  escritos de santa Teresa de Jesús son prioritariamente luz y ayuda para todos aquellos orantes, que experimentan gracias místicas, cuyo objetivo es acelerar  la unión con Dios para poder así ser más fecunda su oración en bien de la Iglesia. Por su parte, los escritos de san Juan de la Cruz, dan luz, ante todo, a aquellos orantes a los que el Señor lleva por caminos de sequedad y oscuridad hacia la unión con Dios, como fue el caso de santa Teresa del Niño Jesús.

6.2. La salvación de las almas, oración prioritaria del Carmelita[153]

Aunque la oración de la Orden del Carmen no tuviera conscientemente un fin apostólico, como se dará en Teresa de Jesús, al asumir el espíritu de María, no por ello dejaba de tenerlo. Los carmelitas como hemos visto, al dedicar a María la primera capilla, establecían con Ella una alianza. Ellos se ponían a su servicio, y Ella los protegería.

Desde su llegada a Europa, que comenzó aproximadamente en 1230 y durante los siguientes 150 años, el Carmelo tuvo una existencia un tanto precaria. «En este período, los frailes aprendieron a confiar en el auxilio y protección de María. Se encomendó a Ella la supervivencia misma de la Orden, y los hermanos tenían confianza en su protección y cuidado»[154]. En multitud de ocasiones, experimentaron los carmelitas que hubiera desaparecido la Orden de la faz de la Iglesia, si no hubiera intervenido la Virgen María, a quien los carmelitas suplicaban su ayuda, ya que ellos recién venidos a Occidente no estaban preparados para defender su causa. Los carmelitas, «fueron consiguiendo gota a gota el derecho de existir, a través de concesiones pontificias que les permitían ir integrándose en la trama de la sociedad»[155].

La constante protección de la Virgen que experimentaban los carmelitas, se lo agradecerían con una conmemoración solemne anual, que en un inicio era el 17 de julio. Luego esta fiesta se celebrará el 16 de julio, «concentrándose en el escapulario (con las visiones de san Simón y de Juan XXII) la suma de todos los beneficios marianos de la Orden»[156].

Los carmelitas, no sólo servirán a la Virgen obsequiándola con una liturgia transida de amor a Ella, o con la dedicación de los conventos y las iglesias que edificaban. Sino que, con las oraciones que los carmelitas dirigían a Dios y su obra evangelizadora,  colaboraban en la misión más importante que la Virgen asumió a los pies de la Cruz, la de ser corredentora. Y un modo de trabajar apostólicamente en esta causa, será la difusión del santo Escapulario.

Por los frutos se conoce el árbol (Lc 6,44). La abundancia de frutos espirituales a lo largo de los siglos y en todo lugar, de que serán objeto los que vistan el santo Escapulario del Carmen, entre ellas: conversiones incluso de pecadores empedernidos, mejoramiento de la vida cristiana, ser librados de peligros de alma y cuerpo… Nos hace preguntar cuál es su origen. Ya que las gracias concedidas por mediación de María, a los que llevan el Escapulario del Carmen, muestran una protección particular de la Virgen María, que no han mostrado tener otros escapularios de otras Órdenes religiosas, o de otras advocaciones marianas[157].

Siglos más tarde, por las gracias que experimentaban los que llevaban la medalla con la inscripción «¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!», que se distribuyó en Francia en la primera mitad del siglo XIX , más tarde llamada “medalla milagrosa”,  las gentes se preguntaban por el origen de aquella medalla. Luego se supo que la Virgen María en dos apariciones a santa Catalina Laboré en 1830,  en la calle du Bac de Paris, se la mandó acuñar, y prometió que todas las personas que la llevaran con confianza, recibirían muchas gracias.

La rapidez con la cual esta medalla se propagaba y las gracias singulares que los fieles obtenían con su confianza, hizo que el Arzobispo de Paris, Mons. De Quelen, mandara realizar una investigación oficial sobre el origen de la medalla de la calle du Bac. Llegará a la conclusión, de «que las gracias que se obtienen del cielo, los fieles que llevan esta medalla, parecen verdaderamente los signos por los cuales el Cielo ha querido confirmar la realidad de las apariciones, veracidad del relato de la vidente y la difusión de la medalla»[158]. En Roma, a raíz de la conversión del judío Ratisbona, el papa Gregorio XVI confirmaba con su autoridad las conclusiones del Arzobispo de Paria.

La difusión por todas partes de la “Medalla Milagrosa”, suscitó un gran movimiento de fe, que culminó con la proclamación del Dogma de la Inmaculada.

La Medalla Milagrosa como el Escapulario del Carmen, son instrumentos de la incansable bondad de la Santísima Virgen para con todos los pecadores y desdichados de la tierra.

Análogamente, podemos decir que ha existido un don particular de la Virgen María en el don del Escapulario del Carmen, para que dé tales frutos espirituales en quien lo lleve con devoción. Incluso, como nos recordaban los Superiores Generales P. Joseph Chalmers, y el P. Camino Maccise: «La aceptación del Escapulario puede ser punto crucial en la historia de la conversión de individuos y de comunidades. […] Quienes llevan el Escapulario expresan que no son autosuficientes, y que necesitan la ayuda divina, que, en este caso, la buscan mediante la intercesión de María»[159].

La tradición venerable de la Orden del Carmen, nos dice que san Simon Stock, a  través del bellísimo canto Flos Carmeli,  suplicaba la protección de la Virgen sobre la Orden del Carmen. La respuesta a esta súplica es la aparición de la Virgen, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden, diciendo estas palabras: «Este será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él, no perecerá el fuego eterno; es decir, el que con él muriere se salvará»[160].

La Virgen en esta aparición, que la crítica histórica no permite rechazarla como falsa[161], podemos constatar que va más allá de la petición de san Simón Stock.  En la súplica Flos Carmeli, le pide a la Virgen «a los carmelitas da privilegios estrella del mar», es decir su protección sobre la Orden para que ésta pudiera subsistir en la Iglesia. La Virgen además de proteger a la Orden, le da la misión de difundir el santo Escapulario,  para que colaborara con Ella en hacer fecunda la redención de Cristo.

La difusión del Escapulario será fecundada por la oración y el apostolado de los carmelitas. Éstos llevarán a término una labor de catequización sobre el significado del mismo, los reunirán  en cofradías, asociaciones. Para ayudarlos a vivir evangélicamente, les alentarán para que vivan un amor filial y confiando en la protección de María. A su vez, con la oración suplicarán a la Virgen que haga fecunda la difusión del santo Escapulario, protegiendo y ayudando al que lo lleve dignamente. María en su intercesión constante ante su Hijo, alcanzará gracias y dones para sus hijos e hijas, llevándolos a la plenitud de la fe cristiana. Éstos, acogiendo plenamente la redención de Cristo, tienen como fruto la salvación eterna, objeto de la promesa del santo Escapulario.

Han sido tan grandes las gracias que han experimentado quienes llevaban y llevan el santo Escapulario del Carmen, en estos más de siete siglos en los cuales la “venerable tradición del Carmelo”, sitúa la donación del Santo Escapulario, que ha tenido una divulgación en la Iglesia, como posiblemente ningún otro sacramental haya tenido. De modo, como afirmará  san Juan Pablo II, en la carta que dirige a los generales de la Orden, con ocasión del año Mariano Carmelitano que conmemoraba el 750 aniversario de la entrega del Escapulario: «Este valioso patrimonio mariano del Carmen se ha vuelto, andando el tiempo, mediante la difusión de la devoción al Santo Escapulario, un tesoro para toda la Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por su relación con la función de María para con la Iglesia y la Humanidad, esta devoción ha sido honda y ampliamente acogida por el Pueblo de Dios hasta el punto de hallar su expresión en la memoria del 16 de julio, presente en el Calendario Litúrgico de la Iglesia universal» (n. 5).

Después de unos tres siglos de difusión del Escapulario, en la que ante todo los carmelitas apostólicamente y las carmelitas con la oración, la Orden ayudaba a María a hacer fecunda la obra de la redención alcanzada por su Hijo. Esta misión de la Orden se actualizará a través de santa Teresa de Jesús. Cosa que ocurre precisamente en uno de los momentos más críticos de la Iglesia, con la expansión de la reforma protestante y el acecho del islam en el este de Europa.

En este período tan crítico, los carmelitas en Europa redoblaron sus esfuerzos por divulgar el santo Escapulario, de modo que durante el siglo XVI, se propagó: «como un río que se desbordaba, arrastrando consigo toda suerte de obstáculos, se difundió por todo el orbe como la más excelente devoción del catolicismo que, en unión con el rosario, se oponía al espíritu antimariano, individualista y antieclesiástico del protestantismo»[162]. Es en este contexto en el cual se  puede enmarcar la acción difusora del escapulario del P. Rubeo en su visita a España: «El P. General rebosa de alegría por haber distribuido entre los fieles de España y Portugal 200.000 inscripciones a la Cofradía del Santo Escapulario»[163].

Doña Teresa de Ahumada, fue llamada por la Providencia Divina, no a difundir el santo Escapulario, reuniendo los fieles en cofradías a los que se les imponía, sino en la formación de  carmelitas reuniéndolos en conventos de la primera y segunda Orden. Todo ello, para continuar enriqueciendo el carisma de la Orden, orando por la salvación eterna de las almas, ayudando así a la Virgen María en su misión de corredentora de la redención de Cristo, en un momento, en el cual como decía Teresa de Ahumada: «gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se condenan (de estos luteranos en especial, porque eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia), y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me parece, cierto, a mí que, por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana» (V 32, 6).

Esta sensibilidad a orar a Dios por la salvación eterna de las almas, le viene ante todo después de la espeluznante visión del infierno y, el lugar que podría ser el suyo si se resistía a la gracia. A partir de entonces procurará vivir con perfección la Regla de vida que ha prometido vivir para no caer en el infierno, y luchará contra viento y marea para impedir que otras almas vayan allá. Este fue el primer motivo que la movió a fundar el monasterio de san José en Ávila.

La salvación de las almas estará presente siempre en su mente, en su boca y en sus escritos: «Grandísima pena me da las muchas almas que se condenan» (V 32,6). O «Grandísima ansia porque no haya quien le ofenda, sino que todos le alaben. Pienso que deben venir de aquí estos deseos tan grandísimos de que se salven las almas y de ser alguna parte para ello y para que este Dios sea alabado como merece» (CC 10,5).

Teresa implorará a Dios  con todas las capacidades de su ser la salvación de las almas, testimonio de ello, son las Exclamaciones del alma a Dios, que nos muestran además su gran sentido de la franqueza o parresía frente a Dios:

«¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? […]  Habed piedad, Criador, de estas vuestras criaturas. […] Dadnos, Señor, luz; […] Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia» (Ex 4,2;  8, 2). «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia» (Ex 8,3). «¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites. […] Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios» (Ex 10, 2-3).

La salvación de las almas será uno de los dos objetivos prioritarios en la formación de las monjas de san José y por ello de toda carmelita descalza: «Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos» (C 1, 6). Instará a sus monjas «de todas las maneras que pudiéramos, lleguemos almas para que se salven (7M 4,12).

Éste será según Teresa de Jesús el servicio prioritario por excelencia de todos los que se pueden ofrecer a Dios: «pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (F 1,7).

A santa Teresa del Niño Jesús, a partir de la “gracia de Navidad”, el Espíritu Santo le infundirá el carisma del Carmelo. Ella se asocia a la Virgen María al pie de la Cruz, para que unida a Ella sea fecunda la redención de Cristo en las almas: «Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la Cruz, me sentí profundamente impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo[164] sin que nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella, y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas… También resonaba continuamente en mi corazón el grito de Jesús en la cruz: «¡Tengo sed!». Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y muy vivo… Quería dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de almas […] de los grandes pecadores; ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno… (Ms A 45v).

Por un don  del Espíritu, santa Teresa del Niño Jesús será fiel a hasta el fin de sus días en su resolución de estar espiritualmente al pie de la cruz, para ofrecer al Padre eterno, la sangre de su Hijo, a la que unirá sus pequeños sacrificios (Ms B 4v). Al final, ya cristificada por el Espíritu Santo será ella misma la que ofrecerá al Padre sus sufrimientos físicos y espirituales por la salvación de las almas, por la expansión misionera de la Iglesia, por la santidad de sus ministros.

Podemos constatar a través de santa Teresa de Jesús y de santa Teresa del Niño Jesús, cómo se da una actualización de la misión dada por María a la Orden del Carmen, de orar, sacrificarse y trabajar en la salvación eterna de la humanidad, uniéndose a Ella al pie de la Cruz para hacer fecunda la redención de Cristo, quien por obediencia al Padre aceptó la muerte en cruz, para atraer a todos a Si, «para que todo el que crea en El tenga vida eterna» (Jn 3,15). Ello tendrá lugar tanto por la difusión del santo Escapulario, como por medio de la oración y los sacrificios, o trabajando apostólicamente en este ámbito.

6.3. La contemplación del atributo divino de la Misericordia[165]

Para poder llevar a término con verdadera fe la misión del Carmelo de ayudar a Santísima Virgen María en hacer fecunda la redención de su Hijo, realizada ante todo en su pasión y muerte en la cruz, implorando la salvación eterna incluso de grandes pecadores, se hace necesario profundizar en el conocimiento del misterio de  Dios que nos revelan las Sagradas Escrituras.

Cuando Dios hace conocer su nombre a Moisés, revelando de este modo algo de sí mismo, se revela como misericordioso: «El Señor, el Señor, Dios clemente y misericordioso, tardo para la ira y lleno de lealtad y fidelidad, que conserva su fidelidad a mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado, pero que nada deja impune» (Ex 34, 6-7).  Y es libre en su actuar: «pues yo hago gracia a quien quiero y tengo misericordia con  quien quiero» (Ex 33, 19).

La misericordia es un rasgo esencial del obrar de Dios, para con el pueblo de Israel[166]. La historia del amor de Dios hacia Israel, es una historia de misericordia, ya que la relación de Israel con Dios ha sido a menudo de ingratitud y de infidelidad. Es en la dolorosa experiencia del pecado donde se experimenta la dulzura de la misericordia de Dios. De este modo, el misterio de la bondad de Dios se profundiza en misericordia, mediante promesas de salvación a pesar de su pecado e infidelidad. En ocasiones se le recuerda al pueblo de Israel que Dios tendrá misericordia como lo había prometido a sus padres (Dt 30,3), en otras se implorará a Dios para que ejerza misericordia para con su pueblo, que ha pecado, para que le perdone los pecados y lo bendiga (Nm 14,19).

El pueblo de Israel creerá firmemente que «grande es su misericordia» (2S 24,14; Si 2,18), por ello se dirigen confiados a Dios por medio de la oración, tanto individualmente como colectivamente, para que Dios tenga piedad conforme a su gran misericordia (Ne 13,22). El hombre es invitado a ser misericordioso (Mi 6,8) y a alabar a Dios «porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Dn 3,89). El libro de la sabiduría da razón de la misericordia de Dios: «Tienes misericordia de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para llevarlos al arrepentimiento» (Sb 11,23).

En el Nuevo Testamento, se proclama solemnemente en el Magníficat: «su misericordia alcanza de generación en generación para todos  sus fieles» (Lc 1, 50).  Con el nacimiento del Mesías, El Señor «ha socorrido a su siervo Israel, acordándose de su misericordia» (Lc 1,54).

La reflexión de los teólogos nos puede ayudar a comprender algo de la  insondable misericordia de Dios. Ésta es la que nos ofrece Roberto Moretti:

«Habitualmente en el lenguaje religioso, incluso en el teológico, la perfección divina de la Misericordia está referida al perdón de la culpa. El pecado, como ya sabemos, es una ofensa causada a Dios. Como tal merece el castigo, para que se restablezca el orden injustamente violado. La Misericordia de Dios es el aspecto del amor y de la bondad que le lleva a perdonar, olvidar la culpa y el pecado, y retornar al hombre la amistad  rota, recrear la filiación renegada y despreciada. Si se considera la gravedad de las ofensas hechas a Dios por el pecado de parte de la criatura […]  especialmente si se piensa en el cúmulo inmenso de pecados de todos los hombres, agravados por la malicia, la arrogancia, la rebeldía, el desprecio, la ingratitud etc., la Misericordia, que anula y destruye toda esta monstruosidad, constituye una manifestación de la incomparable potencia y magnificencia de la bondad de Dios. De aquí las alabanzas y el estupor que la Sagrada Escritura y los santos elevan a la Misericordia del Señor»[167].

San Juan de la Cruz, desde su condición de teólogo y de místico, en sus escritos nos dice «Dios, en su único y simple ser, es todas las virtudes y grandezas de sus atributos: porque es omnipotente, es sabio, es bueno, es misericordioso, es justo, es fuerte, es amoroso, etc., y otros infinitos atributos y virtudes que no conocemos» (Ll B 3,2). Dios es, pues, misericordioso. Y conforme a su ser así actúa, y así lo percibe y lo “siente” el hombre: «siendo misericordioso, piadoso y clemente, sientes su misericordia, piedad y clemencia» (Ll B 3,6). Y es que el Dios misericordioso busca hacernos sentir, experimentar, su misericordia. Lo que es atributo del ser de Dios, se convierte en experiencia teologal del hombre: «siendo él misericordioso, sientes que te ama con misericordia» (Ll A 3,6). Por ello conocer la propia miseria no ha de llevarnos a replegarnos sobre nosotros mismos. Al contrario, la propia miseria es el espacio humano para descubrir y abandonarse confiadamente a la obra renovadora del amor gratuito y desbordante de Dios en nosotros.

Las canciones 32 y 33 del Cántico Espiritual: «son una expresión rebosante de gratitud por parte del alma que, absolutamente indigna de la mirada y del amor de Dios por la negrura y fealdad de su pecado (CB 33,2), se descubre mirada-amada por Dios de un modo totalmente gratuito, y experimenta cómo esa mirada de amor restaura su dignidad perdida (VB 33,7), la llena de gracia y hermosura y la hace, por puro don, “digna y capaz” (CB 32, 5), “merecedora” de complacencia y amor divinos (CB 32, 7-8)»[168].

Esto que describe san Juan de la Cruz, es lo que experimentará la madre Teresa de Jesús en su vida.  Ella dirá: «De la misericordia del Señor jamás desconfié» (V 9, 7), a pesar de que en los primeros años de su vida religiosa no fue fiel a su consagración total a Dios realizada en su profesión religiosa. Los pasatiempos de buenas conversaciones de locutorio le hicieron un daño profundo. Intentaba sentar a la misma mesa a los dos contrarios, Dios y las criaturas (V 7,17), con el paradójico resultado de no gozar de ninguno. Dios no comparte con nadie el amor del hombre. No se sienta a la mesa con otros invitados. Se esconde entonces, haciendo, a la vez amargos los demás amores.

Teresa constatará en su vida a un Dios «ganoso» de ganarla, de tornarla a sí. A partir de su experiencia ella podrá decir a los demás: «fíe de la bondad de  Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestras ingratitudes…» (V 19,17). Dios permanecerá siempre fiel a sí mismo. El nunca se cansa de dar, ni agota sus misericordias. Ese Dios que le castiga con mercedes (V 7,18) entablando con ella una curiosa lucha de ofensa-perdón (V 19,17), de la que El sale siempre victorioso, es amor misericordioso.

Tuvo que llegar Teresa a una experiencia extrema de pobreza para entrar definitivamente por el camino del amor. Deponer su actitud de autosuficiencia y confiarse al Señor. No esperar nada de sí. Esperar todo de Dios. Echarse a los pies de Cristo para confesar su humilde sumisión, para «dejarse del todo a lo que El hace» (V 6,4). Ora Teresa a los pies del Cristo muy llagado, «que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba». Es en este momento de extrema pobreza e impotencia donde se sitúa la intervención fulgurante y renovada de Dios que conmina a Teresa con la fuerza del amor: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles» (V 22,5). Sus infructuosos esfuerzos anteriores y la eficaz acción de Dios ahora, reflexionando dirá: «Debía aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo, ni yo pensé salir con ello; porque ya yo misma lo había procurado… Ya aquí el Señor me dio libertad y fuerza para ponerlo por obra» (V 22,7). «Sea el Señor bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo» (V 22,8).

Más tarde, el Señor le quiso hacer ver a donde le hubiera llevado su infidelidad a las exigencias inherentes a su profesión religiosa:  «Quiso el Señor yo viese… de dónde me había librado su misericordia» (V 32, 3), su vida se convertirá en un canto constante a la misericordia de Dios: «Muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas, el contento que me da se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias» (V 4, 3); «Muchas veces he pensado espantada de la… gran magnificencia y misericordia de Dios» (V 4,10); «Veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo» (V 8, 2);  «Para lo que he tanto contado mis caídas, es… para que se vea la misericordia de Dios» (V 8, 4). «Mientras mayor mal, más resplan­dece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin» (V 14, 10).

Impresionada por la gran misericordia de Dios en su vida, reflexiona sobre este atributo divino: «Se le representa… la misericordia de Dios con gran verdad (V 19, 2). «Basta ya para ver sus grandes misericordias… que ha perdonado tanta ingratitud» (V 14,10). «Nunca se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias» (V 10,15). «Amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa» (M I, 1, 3). «Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia» (M III. 1, 3) «Es grande la misericordia de Dios» (M V. 2, 10). «Cuán sin tasa es su misericordia» (M V. 4, 10). «¿Quién acabará de contar sus misericordias?… Su Majes­tad sabe que mi intento es que no estén ocultas sus misericordias» (M VII, 1, 1). «Nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia» (E 4, 2). «Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre» (F 28, 35).  «Sólo confío en su mi­sericordia» (MVC 1).

Alentará a los demás a confiar en la gran misericordia de Dios, ante todo en los momentos de tribulación: «Ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios» (M VI, 1, 10). «Resplandezca vues­tra misericordia en tan crecida maldad… Válganos vuestra bondad y misericordia (E 8. 3). «La misericordia de Dios nunca falta a los que en él esperan» (M VI 1,13). «Confíen en la misericordia de Dios, y nonada en sí» (M II 1, 9).

La fe firme que Dios es en esencia misericordioso, sostendrá al beato Francisco Palau en la ardua tarea de alcanzar de Dios el perdón de los pecados colectivos de los hijos de la Iglesia en España y Universal. El recordará que para interceder ante Dios por un pueblo pecador que ha abusado de sus misericordias, debe tener en cuenta los dos atributos de Dios, justicia y misericordia: «A Dios lo hemos de mirar […] como nos lo pinta la fe. Dios es justo, es severo; pero también sus misericordias son infinitas y sobrepujan a todas sus obras. Se ha de ir con tino en no separar estos dos atributos de Dios. Si se habla de  justicia, se ha de hablar también de misericordia. Si con un  ojo mira el alma la justicia de Dios, con el otro debe mirar su misericordia. El que no está bien instruido en las dos cosas está expuesto a caer en presunción o en desesperación»  (Lu II, 38).

Pasó una decena de años de su vida, viviendo en ermitas y cuevas, su único objetivo era reconocer con humildad los pecados de los hijos de la Iglesia, ofreciendo en reparación por los mismos el valor infinito de la redención de Cristo, para alcanzar de Dios su misericordia. De modo que los impíos que perseguían con saña a la  Iglesia desde todos los resortes del poder, se convirtieran en verdaderos católicos, y dieran más gloria a Dios que le habían quitado en tiempos de su impiedad.

El beato Francisco Palau, luchó arduamente con la justicia de Dios para que se convirtiera en misericordia. Pocos años más tarde, a santa Teresa del Niño Jesús, que fue engendrada en el seno de su madre, precisamente cuando él entró en la eternidad, le será concedida el don de contemplar ante todo la misericordia divina.

Teresa del Niño Jesús, quedó profundamente afectada por el Dios justiciero propio del jansenismo que impregnaba la vida escolar de la abadía benedictina donde estudió. Poder creer existencialmente en el Dios que se revela al pueblo de Israel, en el cual un rasgo esencial es la misericordia, será un arduo camino que ella recorrerá asistida por el Espíritu Santo. Luego descubrirá no sólo que Dios es esencialmente misericordioso, sino que ésta es la perfección divina que  deberá honrar de forma particular, meditándola, viviéndola y dando testimonio de ella.

Ella experimentará en su vida algo distinto de lo que había aprendido en el Catecismo de la diócesis de Bayeux  donde estudió la fe católica. No sólo Dios puede ejercer misericordia perdonando los pecados de quien se arrepiente, sino que descubre en Dios una misericordia mayor: «a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer» (Ms A 38v).  En tal modo ve en su vida el amor providente de Dios, que dirá: «si mi corazón no se hubiese elevado hacia Dios desde su primer despertar, si el mundo me hubiese sonreído desde mi entrada en la vida, ¿qué habría sido de mí…? ¡Madre querida, con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor…!» (Ms A 40 r).

El otro descubrimiento, es la gratuidad del amor misericordioso de Dios: «Reconoce que en ella no había nada capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su misericordia ha obrado todo lo bueno que hay en ella…» (Ms A 3v). Teresa es consciente que Dios ha obrado misericordia, porque es en esencia misericordia. «Tu amor me ha acompañado desde la infancia, ha ido creciendo conmigo, y ahora es un abismo cuyas profundidades no puedo sondear» (Ms C 35r). Por ello sólo puede decir: «¡Qué grande es su misericordia! Sólo podré cantarla en el cielo, [pero] trato de empezar a cantar […] aquí en la tierra esa misericordia infinita» (Ms C 27r-v).  Esto es lo que se propondrá al iniciar la redacción del Manuscrito A, «comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda la eternidad: “¡¡¡Las misericordias del Señor!!!”…» (Ms A 2r). A partir de entonces su canto a la misericordia de Dios va in crescendo. Teresa no podrá dejar de reconocer al final de su vida: «Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias» (Ms C 3v). Así lo hará en cada uno de sus escritos, que finalizan con un canto a la misericordia de Dios.

Manuscrito A: «¿Cómo acabará esta “historia de una florecita blanca”…? ¿Será tal vez cortada en plena lozanía, o quizás trasplantada a otras riberas…? No lo sé. Pero de lo que sí estoy segura es de que la misericordia de Dios la acompañará siempre» (Ms A 84v).

Manuscrito B: «Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con entera confianza a tu misericordia infinita» (Ms B 5v).

Manuscrito C: «Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a Él» (Ms C 36v-37r).

Cartas: «Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí… ¡Yo lo amo…! ¡Pues Él es sólo amor y misericordia!» (Cta 266)[169].

Recreaciones piadosas: Le dirá la Santísima Virgen a Susana: «ten confianza en la misericordia infinita de Dios, es tan grande que puede borrar hasta los mayores crímenes cuando encuentra un corazón de madre que pone en ella toda su confianza» (RP 6, 10r).

Últimas conversaciones: «Podría creerse que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Madre mía, di muy claro que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida» (CA 11.7.6).

Teresa del Niño Jesús reconocerá, que de las diversas perfecciones divinas que las criaturas pueden honrar, Dios «a mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas…! Entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás) me parece revestida de amor…» (Ms A 83v).

No sólo contemplará, adorará, sino que se ofrendará al Amor Misericordioso, y de la abundancia del corazón hablará la boca, de modo que a través de sus escritos, de su testimonio y de su poder intercesor ante Dios misericordioso,  Teresa ayudará a la Iglesia a recordar algo que parecía que había olvidado, bajo el influjo de siglos de jansenismo:  «La misericordia no es una cualidad más de que se reviste el amor de Dios, sino que es “entraña”, el  “corazón” mismo de nuestro Dios»[170].  Dios es en esencia Misericordioso. El mensaje de Teresa, es el mensaje evangélico «Dios es amor» (Jn 4,7).

Reconocer la misericordia divina en la propia vida, tanto por habernos rescatado del pecado, como por habernos prevenido de caer en él. Reconocerla también en la vida de las demás personas, en la historia del pueblo de Israel, de la Iglesia o de la propia nación, es una ayuda grande para fortalecernos en la fe y interceder ante Dios sin desmayo, hasta que experimentemos su gran misericordia.

Al final del libro de Mis Relaciones, el beato Francisco Palau, nos dice: «Para que la imagen viva de Dios fuese perfectamente representada, comunica a los escogidos sus infinitas perfecciones. No siendo una sola criatura capaz de representarlas todas, crió  muchas. Las perfecciones y atributos de Dios comunicada a  toda la congregación de los santos del cielo y justos de la tierra, que es la Iglesia, forman en ellos la imagen viva de Dios trino y uno» (M Rel 21,31).

Pensamiento semejante está en los escritos de santa Teresa del Niño Jesús: «Comprendo, sin embargo, que no todas las almas se parezcan; tiene que haberlas de diferentes familias, para honrar de manera especial cada una de las perfecciones divinas» (Ms A 83v).

A la luz del carisma que el Espíritu Santo ha derramado en el Carmelo, que es en esencia hacer vida la oración intercesora de Jesús al Padre, por la salvación eterna de los hombres. Considerando cómo ha fructificado en los grandes santos del Carmelo el carisma, creemos  que el atributo que Dios ha querido conceder a la familia del Carmelo, para que lo contemplemos, alabemos a Dios Trinidad por él, y dejemos que el Espíritu Santo lo plasme en nosotros, es el atributo de la misericordia divina.

6.4. La Reforma Teresiana y la oración por los sacerdotes

Nos preguntamos aquí por la imposibilidad, de que en tiempos de santa Catalina de Siena, se llevara a cabo la promesa del Padre, de hacer misericordia a la Iglesia, a través de santos ministros, cuando ella no dejaba de dirigir a Dios Padre ardientes oraciones, como esta:

«Escucha la voz con que clamamos a ti. Si te pido por todo el mundo, lo hago especialmente por tu vicario, y por sus columnas [cardenales], y por todos los que has querido que yo ame con amor singular. Aunque esté enferma, aunque sea imperfecta, quiero verlos sanos y perfectos, y, aunque esté muerta, quiero verlos vivos por la gracia […] No tardes, Padre benignísimo; vuelve hacia el mundo los ojos de tu misericordia. Serás más glorificado dándoles luz que si permanecen en la ceguera y tinieblas del pecado mortal […] quiero que tu vicario sea “otro tú”, porque necesita de luz más que los otros, ya que debe alumbrar a los demás. Danos, benignísimo y piadoso Padre, tu dulce y eterna bendición. Amén» (Oración 20).

Una respuesta a esta cuestión, la podríamos hallar en que es necesario que hayan muchos que eleven a Dios este mismo clamor, para que sea escuchado benignamente. Catalina era consciente, por ello había intentado conseguir del Papa Urbano VI la fundación de un monasterio en Roma, en el que los servidores de Dios, clamaran en la presencia del Señor por el bien de la Iglesia[171]. Pero no lo consiguió. Ello será realidad dos siglos más tarde,  con la fundación del Carmelo Descalzo, que el Espíritu Santo suscitará en la Iglesia, éste tendrá como misión principal orar por los sacerdotes.

Por ello la misión que Dios le dará a Teresa de Jesús, no es sólo orar,  con todo su ser por el bien de la Iglesia, sino también formar mujeres orantes y liberarlas de todo aquello que pueda impedirles la realización de este servicio eclesial. Por ello escribirá  libros de alta sabiduría mística, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para ayudar a sus monjas en este servicio eclesial de primera magnitud, ya que para poder hacer frente a los males de la Iglesia de su tiempo, era esencial en primer lugar la reforma del clero, ya que reformándose éste se reformaría toda la Iglesia. Alcanzar de Dios la santidad del sacerdote (presbítero u Obispo) y la fecundidad de su labor apostólica constituirá el objetivo primordial de la oración de Teresa y de sus monjas, ya que  la eficacia apostólica  está vinculada a la santidad personal, porque sin santidad interior, quedará diezmada la eficacia de la acción evangelizadora.

Consciente de que Dios lo puede todo, no dejará de decir a sus monjas: «¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al poderoso?» (C 42,4). Por ello no tratará «con Dios negocios de poca importancia» (C 1,5). Santa Teresa de Jesús no les dejará de recordar a sus monjas: «cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (C 3,10)[172]. De este modo hace de la intercesión por los sacerdotes algo institucional, la principal misión de sus hijas, las carmelitas descalzas, y esta misión la deja plasmada en Camino de Perfección con rasgos fuertes e indelebles: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1, 2). Esta convicción íntima le procederá de la oración: «Entendí bien cuán más obligados están los sacerdotes a ser más buenos que otros, y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente» (V 38,23).

Santa Teresa instará a sus monjas a orar constantemente por los Obispos, les dirá: «teniendo santo prelado lo serán las súbditas» (C 3,10), es decir si son santos los Obispos así lo podrán ser sus diocesanos. Y «como cosa tan importante la poned siempre delante del Señor» (C 3,10).

La oración por el Obispo o Prelado como ella lo llama, ya desde el inicio de la Descalcez considera que no se debe limitar al Obispo diocesano al que pertenece el monasterio. Ha de dirigirse a favor del episcopado de la Iglesia universal, y de un modo particular por el Santo Padre. Ya que él es el “capitán” por excelencia de la Iglesia.

Las palabras de Teresa en Camino de Perfección cobran todo su sentido en primer lugar en la persona del Obispo, ya que es el capitán, el letrado y predicador por antonomasia de la Iglesia particular: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2) para que Dios «los haga muy aventajados en el camino del Señor […] vayan muy adelante en su perfección y llamamiento» (C 3, 2). Y «los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén, […] los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo» (C 3,5).

Teresa atribuye al sacerdote responsabilidades especiales de ejemplaridad y liderazgo. Ellos son los capitanes de la Iglesia, «¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes!» (C 3, 4). Le dolía en el alma que, por  los luteranos, estuvieran deshechas «tantas  iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos»  (C 35,3). Será consciente de la poca santidad de algunos, pero ella no se escandalizará, ni murmurará, sino que orará ardientemente por su conversión y pedirá a sus monjas que oren por ellos, incluso se ofrecerá a Dios para vivir ella sus tentaciones, con tal que el sacerdote esté libre de ellas (V 31,8), y pueda servir con paz en su ministerio de cura de almas.

Ella misma relatará de forma autobiográfica  su deseo de que los sacerdotes fueran santos: «Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí, que tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo de acá se detengan -como veo es todo burla-, en especial letrados; que, como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me afligen tanto, que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios; porque veo yo que haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza» (CC 3,7).

El sacerdote ideal en la mente de Teresa y por el que orará y se sacrificará para que así sea, debe tener buen entendimiento, experiencia de Dios, letras humildes y virtuosas, ser afable, con verdadero celo por la salvación de las almas, y apóstol ardoroso de la Palabra de Dios y, si ejerce tareas de gobierno, lo haga con suavidad y discreción. Ello sólo podrá ser realidad, si el sacerdote ayudado por las oraciones de la comunidad eclesial, colabora con el Espíritu Santo para que haga fructificar en él al máximo el Sacramento del Orden que la Iglesia le ha conferido, dejándose en tal modo cristificar por el Espíritu Santo que sea Cristo en él el Pastor que cuida de la porción de la Iglesia a él encomendada.

Sus oraciones serán aceptas a Dios, de modo que el mismo Señor le dirá: «pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía que todo me lo concedería cuanto yo le pidiese» (CC 38). «¿Qué me pides tú que no haga yo, hija mía?» (CC 59, 2). Teresa suplicaba: «Favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la cristiandad, Señor. Dad ya luz a estas tinieblas» (C 3, 9).

En los años posteriores a las ardientes peticiones de Teresa, los decretos del Concilio de Trento no se convertirán en letra muerta. Gracias a los Papas reformadores y a los Obispos que irán aplicando los decretos del Concilio, habrá una mejora del clero secular; las Órdenes religiosas se irán reformando y surgirán otras nuevas, como los jesuitas, que con gran impulso, se implicarán en la recatolización de las regiones que habían caído bajo la influencia de la reforma protestante y en la expansión del catolicismo por tierras de Asia,  África y  América.

San Juan de la Cruz (1542-1591) colaborará desde el inicio en la Reforma de Teresa de Jesús. Como confesor de monjas, se dedicará abnegadamente a la formación de mujeres orantes. Las ayudará a caminar hacia la unión con el Señor con fe viva, ardiente esperanza y puro amor. De modo que sea Cristo en ellas el que interceda al Padre por la santidad de los ministros de su Iglesia. Cuando ello se da, se hacen realidad sus palabras: «porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hacer a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas estas obras juntas»[173]. Ejemplo de ello es la oración que santa Teresa de Lisieux ofreció a Dios por los sacerdotes. Después de su entrada en la eternidad, Jesús, no sólo le dará legiones de almas sencillas, sino también una legión de ministros ordenados. Podemos decir que a lo largo de más de 100 años, santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz ha sido decisiva en la vocación, en la espiritualidad… de  innumerables sacerdotes, misioneros, hasta los mismos Papas. Para con todos ellos, ha significado Teresa, un verdadero regalo de Dios, que ha hecho despertar en ellos, las más hermosas notas del Evangelio.

El teresianista Baldomero Jiménez Duque, gran conocedor de la espiritualidad cristiana, dirá acerca del orar por los sacerdotes como algo institucional: «es el primer ejemplo que se da de ello en la historia de la Iglesia. […] Santa Teresa, [es] la primera que formuló, como misión peculiar de una institución religiosa  […] pedir por los sacerdotes… [este] fue el gran encargo que dejó a sus hijas. El gran medio para salvar almas y para aumentar la Iglesia, puesto que de tener  suficientes y santos sacerdotes depende en grandísima parte todo lo demás»[174].

Jesús Castellano también insistirá en la originalidad de la aportación teresiana a la vida de la Iglesia: Teresa «crea una nueva forma de vida evangélica: la contemplación al servicio de la Iglesia. Se trata, sin duda, de una intuición original de la Santa y una realización singular en el campo de la vida religiosa; hasta aquí se había insistido en el valor de la vida contemplativa en sí misma; Teresa, por su propia experiencia, da sentido apostólico a la contemplación y la abre a la comunión con toda la Iglesia. Es la intuición recogida ya en forma oficial por los documentos de la Iglesia[175].

Asé, será contemplado en Perfectae Caritatis: «En efecto, ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos ubérrimos de santidad y le edifican con su ejemplo e incluso contribuyen a su desarrollo con una miste­riosa fecundidad. De esta manera son gala de la Iglesia y manan­tial para ella de gracias celestiales» (n.7).

La luz que el Padre eterno dará a santa Catalina de Siena, expuesta en El Diálogo[176] para que ore con conocimiento de causa por los sacerdotes pecadores, son de una extraordinaria ayuda para las carmelitas descalzas, para cumplir del mejor modo posible la consigna que han recibido de su santa madre Teresa: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2). Y ello, porque en El Diálogo de santa Catalina de Siena, encontramos uno de los mejores legados doctrinales a cerca de cómo orar constantemente por los sacerdotes.

6.5. Pacificadora de Europa

         La Virgen María es invocada por la Iglesia como Reina de la paz. La correspondencia de Teresa de Jesús a la acción del Espíritu Santo, hará que pueda ser una gran colaboradora de la Virgen en la causa de la paz.

El contexto en el cual surgirá la reforma teresiana es uno de los momentos más críticos de la Iglesia católica en toda su historia. La reforma de Lutero se había extendido por toda la Europa germánica, se había consolidado en Alemania; Inglaterra con el cisma, se había separado de Roma; en Francia, los hugonotes estaban a punto de hacerse con ella. Si el calvinismo lograba este fin, la Iglesia católica quedaba reducida a las dos penínsulas del sur de Europa y en España empezaban a existir núcleos de luteranos. En el Este europeo existía la amenaza turca, que pretendía de nuevo hacer avanzar la media luna por tierras de Europa.

Felipe II con sus ejércitos pretendía hacer frente al avance de la reforma protestante en los diversos países del centro de Europa, pero no lo conseguía. De ello se hace eco Teresa de Jesús en Camino de Perfección: «viendo tan grandes males que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos herejes, con que se ha pretendido hacer gente para si pudieran a fuerza de armas remediar tan gran mal y que va tan adelante» (C 3,1). Los ejércitos de Felipe II, no sólo no detienen el avance protestante,  sino que agravaban la situación. Por ello dirá Teresa de Jesús: «nos ha de valer el brazo eclesiástico y no el seglar» (C 3,2).

Ante esta situación, no sin luz del Espíritu Santo, su respuesta será: «procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios, que con tanto trabajo se han fortalecido con letras y buena vida y trabajado para ayudar ahora al Señor. […] Para estas dos cosas os pido yo procuréis ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios: la una, que haya muchos, de los muy muchos letrados y religiosos que hay, que tengan las partes que son menester para esto, como he dicho, y a los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén. La otra, que después de puestos en esta pelea, que -como digo- no es pequeña, los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo y tapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las sirenas. Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por El, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón» (C 3, 2.5).

Mientras los jesuitas guiaban su espíritu como confesores, Teresa con sus oraciones fecundará la ardua recatolización de Alemania, Austria, Polonia… llevada a cabo principalmente por los jesuitas, ante todo por medio de los centros de estudios, de las universidades, que eran de tal calidad que incluso los protestantes llevaban allí a sus hijos.

Con razón decía santa Teresa: «Más hará uno perfecto que muchos que no lo estén» (C 3, 5). Este sin duda fue san Pedro Canisius, contemporáneo de ella  y por ello beneficiario directo de sus oraciones. Éste se propuso detener el avance de la reforma protestante, oponer a ella un movimiento de verdadera y saludable reforma religiosa en el seno de la Iglesia católica.  Para desterrar la ignorancia y sostener el espíritu vacilante de los católicos, publicó un Catecismo, donde estuviera expuesto el dogma y la moral católica de forma concisa y ordenada. Las ediciones se agotaron con tal rapidez que en un siglo aparecieron cerca de quinientas en todas las lenguas de Europa. Además de publicista fue profesor de universidades, predicador,  misionero, consejero regio, maestro universitario, teólogo de los Concilios,  organizador de la Compañía en su país, consejero y director de príncipes, nuncio de los Papas. A su múltiple labor apostólica el catolicismo se mantuvo y refloreció en las regiones por él evangelizadas. El descenso de la expansión protestante coincide con el principio de su apostolado. No fue, ciertamente, el único que trabajó en la recatolización del centro de Europa, pero sí fue el más celoso promotor y, no sin justicia, se le ha podido llamar el segundo apóstol de Alemania[177].

A siglos de distancia, la opción de Teresa de Jesús de orar por los teólogos, por los predicadores, por los Obispos, sabemos que dará mayores frutos que los ejércitos de Felipe II, en la defensa de la fe católica. El historiador alemán Ludwig von Pastor lo confirmará: «La reforma de los carmelitas españoles, hecha por Santa Teresa de Jesús, fue más importante para robustecer a la Iglesia en los reinos de Felipe II que la inquisición  española, de la cual se abusó no pocas veces para fines políticos»[178]. La Santa tenía razón cuando consideró que «podía ser más eficaz la batalla de grupos reducidos de mujeres orantes que los gigantescos ejércitos armados e ideológicos de Felipe II»[179].

De ello también dará testimonio santa Teresa Benedicta de la Cruz. Ella percibió la fuerza de la oración de Teresa de Jesús y de sus monjas: «Sólo Dios sabe de cuán gran ayuda fueron las oraciones de Santa Teresa y de sus hijas para evitar el cisma de la fe en España, y qué poder increíble desarrolló esa oración en las luchas de fe en Francia, Holanda y Alemania»[180].

Podemos decir con verdad, que las oraciones de Teresa de Jesús, fueron de gran importancia para alcanzar de Dios la pacificación de Europa ensangrentada durante decenios por las guerras de religión, para detener el avance del protestantismo y afianzar la fe católica. El testimonio de la acción de Dios en ella, y la descripción de la misma a través de su obra escrita, es uno de los mayores servicios que Teresa ha hecho a la comunidad eclesial, porque ayudará a fortalecer a la Iglesia en la propia fe. Dirán de ella grandes conocedores de la historia de la Teología: «Tal vez en toda la historia de la Iglesia no se recuerde después de San Irineo, figura de más perfecto catolicismo que la de Teresa de Jesús. Lea sus obras quien quiera conocer el espíritu verdadero del catolicismo»[181].

 6.6. Orante y mediadora  en el arte de evitar la guerra 

En una sociedad violenta como la del siglo XVI, con gran facilidad se recurría a la guerra para arreglar asuntos diplomáticos. Cuando existía peligro de que estallara una guerra entre España y Portugal, desde el claustro Teresa de Jesús hizo lo posible para impedirlo. Además de orar,  escribió a Don Teutonio de Braganza, quien podía tener influencia sobre su sobrino el Duque de Braganza, parte principal en el litigio.

En la carta, se puede percibir la profunda angustia  de Teresa ante una posible guerra, y el compromiso personal de mediadora que asume por la paz entre los cristianos.

«Vuestra señoría me manda hacer saber si hay allá alguna nueva de paz, que me tiene harto afligida lo que por acá oigo, como a vuestra señoría escribo; porque si por mis pecados este negocio se lleva por guerra, temo grandísimo mal en este reino, y a éste no puede dejar de venir gran daño […] Por amor de nuestro Señor, procure concierto […] y se tengan delante los grandes daños que se pueden venir […] y mire vuestra señoría por la honra de Dios, como creo lo hará sin tener respeto a otra cosa. Plega a su Majestad ponga en ello sus manos, como todas se lo suplicamos, que lo siento tan tiernamente, que deseo la muerte si ha de permitir Dios que venga tanto mal, por no lo ver […] El Señor dé luz para que se entienda la verdad sin tantas muertes como ha de haber si se  pone a riesgo;  y en tiempo que hay tan pocos cristianos, que se acaben unos a otros es gran desventura. […] Todas estas hermanas […] tienen cuidado de encomendar a vuestra señoría a Dios»[182].

Santa Teresa consideraba que era un deber el orar por el rey, que tenía en sus manos los destinos de la nación. Como  también cuando la paz estuviera amenazada, para que ésta fuera una realidad durable.

Consciente de que Dios lo puede todo, no dejará de decir a sus monjas: «¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al poderoso?» (C 42,4). Por ello no tratará «con Dios negocios de poca importancia» (C 1,5). Sus súplicas, hechas muchas veces con lágrimas, serán para pedir a Dios por las grandes necesidades de la Iglesia, en aquel momento crítico en  «que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos herejes» (C1, 3). Sus oraciones eran aceptas a Dios, de modo que el mismo Señor le dirá: «pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía que todo me lo concedería cuanto yo le pidiese» (CC 38). «¿Qué me pides tú que no haga yo, hija mía?» (CC 59, 2). Por ello sus oraciones pudieron influir ante Dios para que la guerra entre Portugal y Castilla no estallara.

Teresa nos enseña la necesidad de orar por los gobernantes a todos los niveles, ya que en sus manos están decisiones que pueden afectar decididamente la vida de la Iglesia y de los hombres, tanto para construir como para destruir el Reino de Dios ya edificado. Su testimonio nos alienta a  interceder ante Dios por los políticos, gobernantes, legisladores…. para que Dios les dé luz, fortaleza, sabiduría para organizar de tal modo la vida social que todos puedan tener acceso a lo necesario para vivir con dignidad, erradicar todo aquello que atenta contra la vida y la dignidad del ser humano, que la Iglesia tenga libertad para evangelizar, el que los conflictos se solucionen por caminos de paz…

Podemos decir que le es totalmente pertinente a Santa Teresa de Jesús la bendición del Sermón de la Montaña: «Felices los que trabajan en favor de la paz, porque Dios los llamará hijos suyos» (Mt 5,9).

6.7. Orante por las Iglesias y los católicos perseguidos

 A la Virgen María secularmente la Iglesia la ha invocado como “Auxilio de los cristianos perseguidos”. Cada día millones de personas la invocan con este título en las letanías del Santo Rosario. En esta causa también Teresa de Jesús, le podrá ofrecer una gran ayuda a la Reina de la paz.

A medida que Doña Teresa de Ahumada  se dejará transformar por Cristo, dejará de pensar en sí misma y acogerá los anhelos y preocupaciones de Jesús. De este modo, progresivamente se irá sensibilizando por los estragos que hacen en Europa las herejías. Tiene 45 años, cuando en la primera Cuenta de conciencia hace mención de su preocupación por las herejías, estas le afligen y considera que es lo único que debería ser objeto de preocupación (CC 1,26). Esta conciencia se agudiza cuando se recrudecen las luchas de religión en Francia, en marzo de 1562, tras la masacre de Vassy. Las noticias han podido llegar pronto a Teresa, que en aquel momento se encuentra en Toledo, con Doña Luisa de la Cerda. En la ciudad imperial, Teresa podrá apreciar las dimensiones del problema de la Iglesia, y dejará en ella una herida sangrante de la que no curará jamás.

Las informaciones transmitidas oficialmente por el Rey o las descripciones hechas por el Cardenal de Lorena en pleno Concilio de Trento, trazan un panorama desolador:

«La mano del Señor ha caído sobre nosotros…. Por todo el reino hay disensiones, odios, rapiña, guerras intestinas y peor que civiles, llanto por todas partes, por todas partes dolor… No se perdona ni siquiera a los sacrosantos templos de Dios. Los sacerdotes y religiosos son asesinados incluso ante los altares, que ellos abrazan mientras mueren; los signos visibles de los sacramentos son pisoteados y quemados. Doquier se ven hogueras con toda clase de ornamentos sagrados, y grandes piras con imágenes sagradas… Las reliquias de los santos, una vez derrocados los altares, se reducen a cenizas, que luego son arrojadas al río. […]  Por todas partes se blasfema el nombre del Señor. Por fin, lo más grave de todo, cesa entre ellos sin excepción el sacrosanto sacrificio…»[183]

Teresa de Jesús repetirá casi con las mismas palabras estas descripciones en Camino de Perfección, «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, […], quieren poner su Iglesia por el suelo» (C 1, 1.5.), «tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (C 35,3).

Semejantes noticias le vienen del centro de Europa (Alemania, Austria, Baviera, Checoslovaquia, Hungría…) de mano de sus confesores jesuitas. Nadal en una carta pedirá a los jesuitas españoles «… ruego por amor del Señor a todos que aiuden a Alemania con buenos deseos, oraciones y sacrificios, aplicando los sacrificios y oraciones a todos los católicos y iglesia de Alemania, […], por todas las vías que puedan aiudar a Alemania: no dexen de hazerlo»[184].

Según el testimonio de los que conocieron a santa Teresa, los puntos geográficos que centrarán su atención son: Francia, Alemania, Flandes, Inglaterra… Pero no serán las dimensiones geográficas, ni las mismas guerras, que ella desearía la muerte antes de ver surgir una más entre los reinos cristianos. Lo que conmoverá su espíritu son: «Los grandes males de la Iglesia», los que le producen un profundo dolor místico: «Como veo las grandes necesidades de la Iglesia…, éstas me afligen tanto, que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena» (CC 3,7).

Ella identificará la Iglesia histórica con la persona histórica de Cristo. Por ello todo ataque a la Iglesia visible es un ataque a Cristo. Le duele en lo más hondo la herejía, la pérdida de la fe de tantas almas, de sacerdotes y monasterios, pero por su intenso amor a Cristo lo que le duele aún más es la profanación o la eliminación de la Eucaristía. Al rechazar los herejes la Eucaristía como “Sacrificio” y  la presencia de “Cristo en el Santísimo Sacramento”, «le quitan sus posadas deshaciendo las iglesias» (C 3,8). Teresa es vivamente consciente de la gravedad de estos hechos, ya que es precisamente la presencia viva de Cristo  en la Iglesia, la que  aplaca al Padre, si no, «¿qué sería de nosotros», ya que sin El todo se acabaría (cf. C 35,4).

Los grandes males que afectan a la Iglesia, ante todo el avance de las herejías, condicionará de forma decisiva su obra fundacional. Así lo expone en el inicio de Camino de Perfección: «Al principio que se comenzó este monasterio a fundar […], no era mi intención hubiera tanta aspereza en lo exterior ni que fuese sin renta, antes quisiera hubiera posibilidad para que no faltara nada. […] En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta» (C 1,1-2).

¿Qué hacer ante «tan grandes males» tan hondamente sentidos? Ella hubiera deseado predicar y hacer ver a los herejes sus yerros (CC 3,8), pero se encuentra limitada por su condición de mujer en aquella sociedad e Iglesia  donde tiene vedada toda acción apostólica directa como predicar. Algo que no dejará de indignarla, ya que no es tiempo de «desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE 3,7).

Ella, como mujer, puede y debe hacer algo por la Iglesia: «Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo» (C 1,2).  Acordándose que había hecho promesa a Dios de guardar la «Regla con la mayor perfección que pudiese» (V 32,9). Y esta manda «Orar sin cesar» (C 4, 2; 21,10). Por tanto, determinará seguir los consejos evangélicos con toda perfección, que mandan también «orar siempre, sin desanimarse» (Lc 18, 1), a la vez que manda perdonar al deudor (Mt 6, 14-15), amar al prójimo (Jn 13,34), amar y honrar a  Dios de todo corazón (Lc 10, 27).

De este modo Doña Teresa de Ahumada, profundizará sobre el objetivo principal del monasterio que ella  se siente llamada a fundar. De ello habla el P. Ribera, su protobiógrafo: «Su intención primera no fue más de hacer un monasterio donde ella y las que le siguiesen, con más encerramiento y estrechura pudiesen guardar lo que habían prometido al Señor conforme al llamamiento de su religión; que de religión nueva nunca trató sino de perfeccionar esta suya antigua de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Considerando las grandes necesidades de la Iglesia, y deseando con su gran caridad ayudar á los que pelean por ella en lo que la fuese posible, levantó más alto sus pensamientos, y añadió á la penitencia y pobreza que antes había pensado, y trazó el negocio de otra manera»[185].

Los testimonios del proceso de beatificación son verdaderamente elocuentes de que éste fue el objetivo por el que el Espíritu Santo hizo surgir en aquellos momentos, tan críticos para la Iglesia, la Reforma de Teresa en el Carmelo: «Cómo en aquel tiempo en el cual trataba de erigir el monasterio oyese cuándo cundiesen los herejes en Francia y Alemania y otras regiones, con gran dolor de corazón y gran deseo de ayudar a la Iglesia de Dios, con cuyo celo vehemente se afligía, dirigió todas las oraciones y otras asperezas de la Religión  como principal medio y fin de su monasterio a Dios por la conversión de los herejes y por la propagación de la fe, y juntamente por los predicadores que se ejercitaban en la conversión de las almas y que, con la oración, este celo de las almas fue la primera vocación que tuvo en esta nueva reformación de Orden»[186]. Los que declararon en los procesos de canonización testifican: «se puso la dicha Madre Teresa con todas sus fuerzas a fundar y reformar estos monasterios en lugar de aquellos que en Francia los herejes destruían»; «acrecentar iglesias y dar posada a Cristo nuestro Señor por las que los herejes y luteranos deshacían y derribaban»; «granjear almas que recompensasen aquella pérdida para gloria de Dios y bien de ellas»[187].

En todos estos testimonios sobre el fin por el cual Teresa de Jesús iniciará la Reforma del Carmelo descalzo vemos la influencia decisiva del contexto histórico-eclesial de su tiempo. En tan crítica situación en la que se encuentra la Iglesia cree que lo más importante es suplicar a Dios para que ponga remedio a esta situación, a su vez suplicarle que dé luz, fortaleza y eficacia a todos aquellos que deben actuar apostólicamente, para poner remedio.

Por las Iglesias perseguidas Teresa de Jesús elevará a Dios ardientes oraciones: «Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos» (C 35,5).

Ante la situación de persecución que viven hoy millones de cristianos, son totalmente pertinentes las palabras de santa Teresa: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia» (C 1,5).

 6.8. El “aumento de la Iglesia” por medio de la expansión misionera

La Virgen María escuchó de su Hijo poco antes de ir al cielo, la misión que daba a sus discípulos: «Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Ella, la mejor de sus discípulas, no dejará de ayudar a la expansión de la Buena Nueva del Evangelio.

Santa Teresa de Jesús también hará suya la causa de la expansión de la Iglesia católica: «Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia» (F 1, 6). «Rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica» (4 M 1,7). En el epílogo de las Moradas, su obra maestra sobre la oración, su testamento espiritual, recuerda a los lectores que pidan a Dios «el aumento de su Iglesia» (n. 4).

Este aumento de la Iglesia significaba no sólo que en el castillito, entendido también como las naciones que conservaban la fe católica,  haya «buenos cristianos no se nos vaya ya ninguno con los contrarios» (C 3,2) o que Dios diera «luz para los luteranos» (M, epílogo, 4), sino también la expansión misionera de la Iglesia, ante todo en América, por la que no dejará de orar, y a partir de ellos por todo el género humano: «Mucho me lastima ver tantas pérdidas de almas y estos indios no me cuestan poco» (Cta 24,20). No sólo le preocupa que «El Señor les dé luz» a los indios para que  acojan la fe católica, sino también a los conquistadores, «como ando en tantas partes y me hablan muchas personas, no sé muchas veces qué decir sino que somos peores que bestias, pues no entendemos la gran dignidad de nuestra alma» (cta. 24, 20).

De hecho, la Iglesia católica, en su tiempo tan probada en Europa, a través de la expansión colonizadora de los portugueses y españoles, fue propagando la fe católica por América, África y Asia, y fueron naciendo nuevas cristiandades. El Carmelo Descalzo en ello tendría un importante papel: «Lo que no podía barruntar la Madre Teresa fue que de su Carmelo reformado surgiría una gloriosa historia misionera, que sus descalzos estarían en el origen de la Congregación para la Propagación de la Fe, que regentarían florentísimas estaciones misionales y que una de sus hijas, precisamente de Francia, llegaría a ser proclamada por la Iglesia Patrona universal de las Misiones con el mismo rango que el apóstol de las Indias, San Francisco Javier»[188].

Los palomarcitos de la Virgen, como ella gustaba llamar a los monasterios de las carmelitas descalzas, se irán  expandiendo en todas las tierras de misión de la Iglesia católica de los cincos continentes, contribuyendo con su oración y testimonio en el enraizamiento de la Iglesia de Cristo. De este modo se cumplía uno de sus más grandes deseos, que su obra fundacional fuera parte «para que se edificasen en muchas ciudades y reinos otras casas e iglesias donde se pusiese y respetase y reverenciase el Santísimo Sacramento»[189].

En la actualidad hay cerca de 900[190] monasterios de carmelitas descalzas esparcidos por la mayor parte de los países del mundo, convirtiéndose así en la orden contemplativa más numerosa de la Iglesia, con más de 12. 300 monjas, y la tercera dentro de las familias religiosas femeninas.

Se hacen verídicas las palabras que le dirigió el Señor en la oración, animándola a que llevara a la práctica sus deseos de construir un monasterio donde pudiera vivir con más perfección la Regla del Carmen ya «que sería una estrella que diese de sí gran resplandor» (V 32, 11). Se cumplía así la profecía que san Luis Beltrán comunicó a santa Teresa cuando le pidió consejo  de si debía fundar o no el monasterio de san José:  «Agora digo, en nombre del mismo Señor, que os animéis para tan grande empresa, que él os ayudará y favorecerá. Y de su parte os certifico, que no pasarán cincuenta años, que vuestra religión no sea una de las más ilustres que haya en la Iglesia de Dios»[191].

También tendría razón, el primer cronista de la Reforma, el P. Jerónimo de san José, que conoció la obra teresiana  en plena expansión:

«¡Oh rinconcito amable y precioso, y cómo se ha de extender tu nombre por toda la redondez de la tierra! ¡Oh granito de mostaza, encubierto y enterrado ahora, cómo has de crecer en árbol grande y te has de ver lleno de aves celestiales que niden en tus ramas! ¡Oh chinita cortada del Monte alto del Carmelo […], ¡cómo has de crecer luego en monte tan grande que venga a llenar el Universo! […]¡Salve, oh Patria dichosa de la Reforma Descalza Carmelita, solar primitivo suyo, mil veces salve! Tú serás en millares de siglos por ella venerada, y la copiosa y noble posteridad en tus hijos agradecida a tan inestimable beneficio como de ti hoy recibe, celebrará con ternura, devoción y lágrimas tu memoria en siglos sempiternos».[192]

6.9. Los que contribuyeron al nacimiento del Carmelo Descalzo en la Iglesia 

La promesa del Señor y de la Virgen de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él» (V 32,11) y la que le hizo la Virgen María «que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos» (V 33,14), se hicieron realidad. Gracias a la ayuda que la Providencia Divina dispuso, santa Teresa recibiera de miembros de diversas Órdenes religiosas y del clero secular.

En  primer lugar recibirá el apoyo inestimable de la Compañía de Jesús. Los jesuitas le ayudarán a discernir su vida espiritual y la guiarán en la oración y en la devoción a la humanidad de Cristo.  Llegará a decir «que la Compañía la ha criado y dado el ser»[193]. Su reconocimiento por la ayuda recibida de los jesuitas en sus agobios fundacionales es reiterada y llena de sinceridad, además de las muchas vocaciones que encaminaron a sus monasterios (F 27,1).

Le alentará en la fundación del monasterio de san José, la profecía san Luis Beltrán, dominico que le comunicó a santa Teresa cuando le pidió consejo  de si debía fundar o no el monasterio de San José. Cuando fue conocido el proyecto de fundar un nuevo monasterio en Ávila, se armará un gran alboroto y unánimemente se opondrán al proyecto. En este momento tan adverso el dominico Pedro Ibáñez, se pondrá de su parte, considerará que la fundación de aquel monasterio será  «muy en servicio de Dios, y que no había de dejar de hacerse. […] y  quien lo contradijese fuese a él, que él respondería» (V 32, 17). Los grandes teólogos dominicos, el primero entre todos el padre Domingo Bañez, la pusieron en contacto con los problemas dogmáticos y la hicieron sensible al Magisterio de la Iglesia.

En esta lucha por la erección del monasterio de san José, Teresa, que tiene un Breve de la Santa Sede para iniciar la fundación de un  monasterio reformado, tiene el edificio, pero carece de autorización para iniciar la vida comunitaria en él, por la oposición del Provincial. Entonces convocará a varios de sus amigos para estudiar cómo disponer al Obispo de Ávila para que admita el monasterio bajo su jurisdicción. Pero el Obispo, don Álvaro de Mendoza,  está en contra de que se haga un nuevo monasterio de pobreza, donde hay tantos, en un lugar tan pobre como Ávila.

San Pedro de Alcántara, franciscano, fundador de una reforma de su Orden, será un gran impulsor de los anhelos fundacionales de santa Teresa, además de hacerla reflexionar sobre la pobreza evangélica. Éste escribirá una carta al Obispo de Ávila informándole sobre los proyectos  de la madre Teresa, suplicándole que la acoja bajo su jurisdicción, pero se niega a ello y se ausentará de la ciudad de Ávila.  La negativa del Obispo no desalentará a san Pedro de Alcántara, entonces enfermo.  Cuando su salud mejorará, se hará  llevar en jumentillo a tratar personalmente con el Obispo en su residencia. Intentará convencer al don Álvaro de que «era cosa de que Dios se agradaba»[194] y ponderará la mucha santidad de Doña Teresa. Al final, conseguirá que hable personalmente con la madre Teresa en la Encarnación. Después de la entrevista, don Álvaro de Mendoza quedará profundamente impresionado. Cuando regresará a su residencia, dirá, que Dios  «hablaba en aquella mujer, y venía persuadido a que por ninguna vía dejaría de hacerse la fundación de San José»[195]. Luego otorgará licencia para que el Breve se pusiese en ejecución.

Del clero secular Teresa de Jesús tendrá también la ayuda incondicional y eficaz del sacerdote Gaspar Daza, quién en nombre del Sr. Obispo impondrá el hábito a cuatro doncellas en el día de la fundación del convento de san José, el 24 de agosto de 1562, y será su director espiritual. Julián de Ávila, capellán de san José, acompañará a  la Santa en sus fundaciones hasta la de Sevilla inclusive. Muriendo santamente en Ávila.

Tanto la intervención en primer lugar del dominico, Pedro Ibáñez, defendiendo el proyecto fundacional ante el Consejo de la ciudad de Ávila, como la actuación de fray Pedro de Alcántara, franciscano, serán decisivas para la fundación de San José y la Reforma del Carmelo. Así también la ayuda del Obispo de Ávila, respecto a él dirá el P. Gracián: «Al ilustrísimo señor don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila, toda esta orden tiene por padre y señor, y fundador de esta casa –san José- y de toda la orden»[196]. Ya que él siempre será su protector y bienhechor. Favorecía a las monjas de San José con «pan y botica, y otras muchas limosnas»[197].

Por parte del Carmelo, la ayuda incondicional para la expansión de la “Reforma del Carmelo Descalzo” la recibirá del Prior General de la Orden, el P. Juan Bautista Rubeo, que ya trabajaba ardientemente en la reforma de la Orden, introduciendo la Reforma de Trento.

En su visita a Ávila, Teresa de Jesús dará al P. Rubeo cuenta «con toda verdad y llaneza» (F 2, 2) tanto de su vida como de su llamamiento a fundar el monasterio de San José. Éste se alegrará de ver la manera de vivir de las carmelitas descalzas, verá en aquel monasterio «un retrato, aunque imperfecto, del principio de nuestra Orden» (F 2,3).

Cuando el P. Rubeo se dio cuenta de las dotes extraordinarias de la Fundadora y de la trascendencia de su obra, «tanto más le dolía que aquella casa no estuviera bajo la obediencia de la Orden»[198]. Por ello quiso tener un conocimiento detallado de los hechos: «Informado de la actitud negativa del provincial de Castilla, Fr. Ángel de Salazar, ante el proyecto de fundación, el general se indignó con éste, y, aunque  la madre Teresa lo excusaba, alegando la gran contradicción de la ciudad, “reprendió a los religiosos por no lo haber querido admitir”»[199]. Por otra parte, no dejó de examinar a fondo la situación jurídica de la madre Teresa y de sus dos compañeras de la Encarnación a partir   de la bula pontificia del 17 de julio de 1565, en virtud de la cual  éstas se consideraban autorizadas para estar en San José y dar la obediencia al ordinario.

Lo que el P. Rubeo querrá advertir: «que el texto de la bula pontificia no implicaba un cambio de obediencia propiamente dicho y que las interesadas, como profesas de la Encarnación, eran súbditas suyas –como siempre habían sido y querido serlo-, a pesar de haber dado como miembros de la comunidad de San José la obediencia al ordinario. En este sentido, pues, el General pudo decir con toda razón a la madre Teresa de Jesús: «“Mía eres”, como lo hizo; “pues el breve no tenía fuerza para haber mudado la obediencia”»[200]. Ante esta advertencia del Prior General, la madre Teresa manifestó su adhesión, y «en su conciencia entendió que el general tenía razón, y que ella era súbdita suya como antes, y ansí se dio luego por suya, y como a su prelado le dio cuenta»[201] . Igualmente dirá que el P. Rubeo, «me consoló mucho y aseguró que no me mandaría salir de allí» (F 2,2). Desde aquel momento la llamará con orgullo paternal «la mia figlia»[202].

El P. Rubeo en su afán de dejar bien sentado  el punto de la obediencia, y conservar a la madre Teresa y a sus dos compañeras para la Orden, antes de marcharse de Ávila, extiende un documento, en el cual se hace constar «que la Santa es su súbdita, y otras dos monjas que refiere, aunque guarde la Regla primitiva, y las concede estén en San Joseph»[203]. Sobre la obediencia de la Orden dice: «Siempre han sido de la obediencia de la Orden y ella con las dos así confiesan han tenido esta intención, y ahora con mucho deseo la tienen, la dicha obediencia piden, al profesar y en aquélla quieren vivir hasta la muerte»[204].

El primer encuentro fue prometedor para la madre Teresa, y abrió paso a otras entrevistas. En las cuales ella le dio cuenta de toda su vida espiritual. Durante estas y otras entrevistas el P. Rubeo pudo apreciar lo que Dios había obrado en su hija Teresa de Jesús, a la que calificará más tarde de «piedra muy de ser preciada, por ser preciosa y amiga de Dios»[205].

Conociendo su gran celo por el bien de las almas y de la Orden, la visita que realizó a San José de Ávila: «fue para él la visita más consoladora y prometedora de todas las que realizó en los conventos españoles»[206].

Será el mismo Prior General, quién deseará que aquella casa de experiencia que era San José se multiplicara. Ya que consideraba que era deber sagrado la expansión de su familia religiosa. Y le dirá a la madre Teresa «que hiciese tantos monasterios cuantos pelos tenía en la cabeza»[207].

Nos dice la madre Teresa: «Y con la voluntad que tenía de que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiese ir a la mano» (F 2,3). En la patente que le dará el padre Rubeo[208], las pondrá bajo su obediencia inmediata. Ya que «era firme su voluntad de mantener este movimiento de reforma en el seno de la Orden, decretando “Los monasterios estén debaxo de nuestra obediençia, que de otra manera no entendemos que esta nuestra concesión sea de algún valor”»[209].

Cada monasterio que fundare la madre Teresa, podrá tomar dos monjas del monasterio de la Encarnación de Ávila, las que quisieren ir, y no otras, pero no podrá impedírselo ni el provincial ni la priora[210].

Gracias a estas patentes, y al personal que le proporcionará el monasterio de la Encarnación con grandes religiosas, será posible que a  partir de este momento se iniciará la cascada de fundaciones: Medina del Campo (1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569) Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), Caravaca (1576), Villanueva de la Jara y Palencia (1580), Soria (1581), Granada y Burgos (1582). También admitirá la fundación de frailes carmelitas descalzos contemplativos.

Cada fundación que realice dará cuenta al P. General, éste «me escribía recibir grandísimo contento, habiendo fundado las dichas; que, cierto, el mayor alivio que yo tenía en los trabajos era ver el contento que le daba por parecerme que en dársele servía a nuestro Señor, por ser mi prelado, y, dejado de eso, yo le amo mucho» (F 27,19).

La admiración que el padre Rubeo tenía por la madre Teresa de Jesús, no tenía límites: «Doy infinitas gracias a la Divina Majestad de tanto favor concedido a esta religión por la diligencia y bondad de nuestra Rvda. Teresa de Jesús. Ella hace más provecho a la Orden que todos los frailes carmelitas de España. Dios le de largos años de vida… Por amor de Dios nos encomiende a las oraciones de todas las monjas benditas de aquella Casa, habitación de ángeles…»[211]. Dos años después, al nombrarla, aún exclamaba incontenible que era una «piedra muy de ser preciada, por ser preciosa y amiga de Dios»[212].

Por su parte, la admiración que sentía Teresa de Jesús por su prior general, era grande: «Discreto y letrado… persona muy señalada» (F 2,1). «Sentí muy mucho cuando vi tornar a nuestro padre General a Roma; habíale cobrado gran amor y parecíame quedar con gran desamparo» (F 2,14). Al recibir la noticia de su fallecimiento, Teresa llorará desconsolada.

El P. Rubeo de todo corazón protegió y fomentó la obra de santa Teresa de Jesús[213]; si alguna vez obró enérgicamente contra ella, lo hizo por informaciones tendenciosas. Dirá J. Smet: «Sin el patronato y el aliento y guía del Padre General, el sueño de Teresa de revivir el modo de vida primitivo de la Orden podría haber quedado confinado a los muros almenados de la ciudad de los caballeros»[214]. De la misma opinión es Otger Steggink, «Queda el mérito incalculable del P. Rubeo, quien bajo distintos aspectos da muestras de un marcado parentesco espiritual con la priora de San José de Ávila. Esto resalta principalmente en la plena comprensión que tuvo hacia la madre Teresa de Jesús, en la valoración total de su obras y haberla lanzado a la conquista del espacio vital que en la Iglesia de Dios merecía aquella fundación»[215]. También este autor demostrará que «sin la Encarnación no sería explicable San José, por tantos elementos como se incorporaron –transfigurados y acomodados, sin duda- a la nueva vida, y coincidentes en parte con los de las otras reformas de su tiempo»[216]. A su vez, en las alturas místicas a las que llegó santa Teresa de Jesús, tuvo a san Juan de la Cruz, como supremo maestro del último período de su vida mística. Teresa de Jesús no pudo leer ninguna de las grandes obras del santo, pero su influjo está presente en el Castillo interior[217].

Teresa de Jesús no sólo recibirá la ayuda del clero secular y de distintas órdenes religiosas para fundar la Reforma del Carmelo Descalzo (dominicos, carmelitas, jesuitas, franciscanos), sino que el Espíritu Santo le hará participar de la pujanza espiritual y de la sabiduría de los grandes fundadores de Órdenes contemplativas[218].

Por san Agustín, Teresa es consciente de la posibilidad real de una verdadera conversión a Dios, a pesar de su falta de correspondencia a la gracia.

De Benito de Nursia, heredará desde la comunión de los santos, el dirigirse a Dios con gran reverencia y, en la oración conformar la mente a los labios, así como la sabiduría para organizar la vida de las carmelitas descalzas.

De santa Clara y de  san Pedro de Alcántara recibirá la determinación de fundar en pobreza, para liberarse de la tiranía de algunos patrones, e intercederá a Dios por la Iglesia no desde la saciedad de bienes, como dice el salmista (Sal 62,6), sino desde una vida pobre como la de Jesús.

De santa Catalina de Siena recibirá el don de orar constantemente por la Iglesia, en particular por los sacerdotes, decisión que se convertirá en Teresa de Jesús, en algo institucional.  De este modo en la Santa madre Teresa se cumpliría la promesa que el Padre eterno  había hecho a Catalina de Siena dos siglos antes, de que quería ejercer misericordia a favor de los sacerdotes si había quien «con afecto de caridad y santa oración, de ponerles vestido nuevo y lavar sus inmundicias con lágrimas y gran deseo de que yo, en mi bondad, les vista de nuevo de la caridad»[219].

De todas las aportaciones espirituales y  la ayuda que recibirá santa Teresa de Jesús en su vida espiritual y en su obra fundacional, no hay ninguna comparable con la que recibirá de la Orden del Carmen, en la cual había profesado.

En este estudio, se ha intentado mostrar, que  desde que Doña Teresa de Ahumada, se determinó «seguir el llamamiento que Su majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese» (V 32,9), el Espíritu Santo fecundará en ella todas las grandes dimensiones del carisma del Carmelo y los enriquecerá. Se podría afirmar que no hay ningún miembro del Carmelo en toda su historia que haya vivido con tanta profundidad e intensidad las dimensiones espirituales de la Orden y  le haya aportado un enriquecimiento semejante. Cantemos con ella sin fin, la gran Misericordia de Dios (V 14, 10).

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    Estudio finalizado en la fiesta de santa Catalina de Siena, 29 de abril de 2016

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INTRODUCCIÓN……………………………………………………………… 1
  1. Historia y Carisma

1.1. Origen histórico de la Orden del Carmen…………………………….. 3
1.2. Carisma: La Regla (Cristo), María y Elías……………………………. 4

2. Cristocentrismo

2.1. El Cristocentrismo vivido por los Santos del Carmelo………………. 6
2.2. Los Carmelitas miembros del Cuerpo Místico de Cristo……………. 9
2.3. La Palabra de Dios en la Regla……….………………………………. 12
2.4. La Palabra de Dios alimento espiritual de los Carmelitas………….. 13
2.5. El amor esponsal en los Santos del Carmelo……………………… 15

3. Dimensión mariana

3.1. Vivir en obsequio de María…………………………………………….. 20
3.2. Protección de la Virgen sobre la Orden del Carmen……….……….. 25
3.3. El Patronazgo de María sobre la Orden del Carmen……………….. 28
3.4. El Carisma mariano del Carmelo en Teresa de Jesús……………… 29
3.5. El Espíritu Santo plasma en Teresa de Jesús a María…………….. 33
3.6. La protección de la Virgen en los Santos del Carmelo…………… 35
3.7. Los escritos de  los Santos del Carmelo nos revelan algo de María 38
3.8. Los Carmelitas devotos y propagadores de la devoción a María…. 40
3.9. La vida interior de María manantial de la vida interior del Carmelita 43
3.10. El enriquecimiento constante del Carisma del Carmelo……………. 46
3.11. El Carmelita refleja la bellísima vida interior de María……………… 48

4. Dimensión josefina

4.1 Santa Teresa devota y propagandista de la devoción a san José… 51
4.2 San José en la obra fundacional del Carmelo Descalzo…………… 53
4.3 Los Santos Carmelitas devotos de san José………………………… 57
4.4. San José, parte esencial del carisma del Carmelo teresiano……. 61

5. Dimensión eliana

5.1. El doble espíritu de Elías, contemplación y acción…………………. 65
5.2. La capacidad de discernir la presencia de Dios…………………….. 66
5.3. Gozar de la intimidad con Dios después de la noche oscura……… 66
5.4. La defensa de la justicia en nombre de Dios………………………… 69
5.5. Los Carmelitas en los momentos cruciales de la historia………….. 72
5.6. Elías en los santos del Carmelo Teresiano………………………….. 75

6. El Carisma del Carmelo enriquecido por la herencia Teresiana

6.1. Ideal contemplativo y eclesial de la Reforma Teresiana…………… 79
6.2. La salvación de las almas, oración prioritaria del Carmelita……….. 83
6.3. La contemplación del atributo divino de la Misericordia……………. 88
6.4. La Reforma Teresiana y la oración por los sacerdotes…………… 95
6.5. Pacificadora de Europa………………………………………………… 99
6.6. Orante y mediadora en el arte de evitar la guerra……………………. 101
6.7. Orante por las Iglesias y los católicos perseguidos…………………. 102
6.8. El “aumento de la Iglesia” por medio de la expansión misionera…. 106
6.9. Los que contribuyeron al nacimiento del Carmelo Descalzo en la Iglesia……………………………………………………………………. 108

Siglas

BCM Biblioteca Mística Carmelitana
C Camino de perfección, de santa Teresa de Jesús
CE A Cántico espiritual A, de san Juan de la Cruz
CAD Conceptos de amor a Dios, de santa Teresa de Jesús
CE B Cántico espiritual B, de san Juan de la Cruz
CC Cuentas de Conciencia, de santa Teresa de Jesús
CE Camino de Perfección, códice del Escorial
CV Camino de Perfección, códice de Valladolid
E Exclamaciones de santa Teresa de Jesús
Ll A Llama de amor viva A, de san Juan de la Cruz
Ll B Llama de amor viva B, de san Juan de la Cruz
Lu Lucha del alma con Dios, del beato Francisco Palau
MR Mis Relaciones con la Iglesia, del beato Francisco Palau
NI Notas íntimas, beata Isabel de la Trinidad
UC Últimas conversaciones,  de santa Teresa del Niño Jesús
V Libro de la Vida, de santa Teresa de Jesús

Notas

[1] Este año jubilar teresiano coincide también con el VIII centenario de la muerte del san Alberto Patriarca de Jerusalén  y el IV centenario de la muerte del P. Jerónimo Gracián.

[2]Eclesia,  2657 (6.11.1991) 34 (1640).

[3] Cf. F 29, 32, 33.

[4] Pedro Ortega García, Historia del Carmelo Teresiano, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1996, 14.

[5] Fr. Kees Waaijman, “El enfoque histórico de la Regla del Carmelo” 5-20 (10-11)?

[6] La Regla, aprobada por Inocencio IV el 1 de octubre de 1247, había sido revisada, corregida y mitigada para los carmelitas ya instalados en Europa y obligados a adoptar nuevas formas de vida, sin abandonar la primitiva inspiración eremítica. Esta Regla es la que adoptará Santa Teresa de Jesús en su Reforma.

[7] “El enfoque histórico de la Regla del Carmelo” o.c.,  11.

[8]Cf. Jaume Barrull,“Por los senderos de la Regla del Carmelo”,Lluvia de Rosas, 535 (1994)8-11.

[9]Friedman, I primi carmelitani, pp. 89-90. Citado por Joseph Baudry et alia, El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1998,  109.

[10] Nilo Geagea,María Madre y Reina del Carmelo. La devoción a la Virgen del Carmelo, durante los tres primeros siglos de su historia, (Col. Estudios M. Carmelo n. 11). Ed. Monte Carmelo, Burgos 1989, 503.

[11] Revestido de la coraza de la Justicia…, Carta del Prior General Fernando Millán Romeral a toda la Familia Carmelita con motivo de la canonización del beato Nuño de Santa María Alvares Pereira (25.3.2009) Ed. Carmelitane, Roma 2009, 10.

[12] Citado por Rafael Mª López Melús, Más como ellos y ellas, J. Flor, ed. Barcelona, 1958, 148.

[13] Edith Stein, Los caminos del silencio interior, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1988, 10.

[14] Ibid., 101.

[15] Poesía “Delante de la estampa de Jesús en mi celda” (12.2.1942), Citada por Miguel María Arribas, El precio de la verdad. Tito Brandsma, carmelita, Postulación  General de los Carmelitas, Roma 1998, 215-216.

[16] M. Maravillas, Era Así, Ed. La Aldehuela, Madrid 1993, 73, (C 6236).

[17] A. Marchetti, “Carmelitas”, E. Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, Ed. Herder, Barcelona 1983, vol. I, 332- 341 (337).

[18] Poesía “Delante de la estampa de Jesús en mi celda” (12.2.1942), Citada por Miguel María Arribas, El precio de la verdad. Tito Brandsma, carmelita, o.c., 216.

[19]Ibid., 332.

[20]Bernardo María de san José, “La florecilla árabe. Semblanza de la beata María de Jesús Crucificado”  Ed. El Carmen, Vitoria 1983, 71.

[21]Christus, IV, Barcelona 1929, 1063. Citado por Ismael Bengoechea, Las gentes y Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1982, 105

[22] Cf. Jaume Barrull, “Por los senderos de la Regla del Carmelo”, o.c.,  8.

[23]Secretariatus Pro Monialibus “La Palabra de Dios en nuestra Regla” n. 6.

[24] Federico Ruíz,Místico y Maestro. San Juan de la Cruz, Ed. de Espiritualidad 22006, 62.

[25]Ibid., 61-62.

[26] Rafael Mª López Melús, Santa Magdalena de Pazzi. Vida y Doctrina, Ed. AMACAR, Onda 1991, 102.

[27] Román Llamas, La Biblia del P. Francisco  Palau, Ed. CMT Roma, 30.

[28] Agustí Borrell «Horizontes infinitos. Teresa de Lisieux y la Biblia», en  Emilio J. Martínez «coord.», Teresa de Lisieux. Profeta de Dios, Doctora de la Iglesia, Actas del Congreso Internacional celebrado 30 de noviembre – 4 de diciembre de 1998 en Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca – Centro Internacional de Ávila 1999, 241-261 (261).

[29] Conrad de Meester, “Introducción General” en Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1986, 26.

[30] Entre ellos destaca Edith Stein. Se puede consultar: Francisco Javier Sancho Fermín, La Biblia con ojos de mujer. Edith Stein y sus claves para escuchar la Palabra, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2001.

[31] Libro de la Institución de los primeros monjes, c.  2. Citado por A. Marchetti, “Carmelitas”, o.c., 334.

[32] Ibid., 334.

[33] San Agustín, Sermón 270,6: BAC 447, 760. Citado por Guillermino Pons en El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1998,  122.

[34]Juan de la Cruz, Obras completas, Ed. de Espiritualidad, Madrid 21982, Cántico B, anotación a la canción 1, pp. 686-687.

[35] Será próximamente canonizada, posiblemente a fines de 2016.

[36]Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Madrid: Ed. de Espiritualidad  1986,  250-251.

[37]Ibid., 278. (Nota íntima n. 13).

[38] Apuntes de una conferencia del P. Ferrara, Puzol 19.12.1985.

[39] Cf. Emanuele Boaga, La Señora del Lugar. María en la historia y en la vida del Carmelo, Edizioni Carmelitane, Roma 2001, 34.

[40]Ildefonso de la Inmaculada, La Virgen de la contemplación, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1973, 69.

[41] Cf. Emanuele Boaga, La Señora del Lugar. o.c., 16. Este libro contiene un cuadro sinóptico donde se recogen las variantes a lo largo de los siglos del amor a María que han profesado los sabios y santos del Carmelo.

[42] Cf. Miguel de San Agustín y María Petyt,  Vida de unión con María, Castellón: Ed. AMACAR 2000.

[43] Ludovico Saggi “Santa María del Monte Carmelo” en  Santos del Carmelo, L. Carmelitana, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1972, 165.

[44] Estos párrafos numerados pertenecen a la numeración que se usa en el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, Sevilla: Ed. Apostolado 12 1980.

[45] P. Valerio Hoppenbrouwers, O. Carm, María en el Carmelo, Cesca, 1970, 68-69.

[46]De Patronatu Mariae, en Spec. Carm., Citado por  Rafael Mª López Melús, Espiritualidad Carmelitana, Ed. Carmelitanas, Madrid 1968, 240.

[47] Emanuele Boaga, La Señora del Lugar. María en la historia y en la vida del Carmelo, o.c., 84.

[48]Opera manuscrita, II (Dei colloqui), 324. Citada por P. Valerio Hoppenbrouwers, María en el Carmelo, o.c., 133.

[49] Tomás Merton, Ascesa alla verità, Milano 1955, p. 12. Citada por Rafael María López Melús, Nuestra Dulcísima Madre. La Virgen en la vida y escritos de la beata Maravillas de Jesús, Madrid, Edibesa, 2001, 27-28.

[50]Ibid., 28.

[51] Ismael Bengoechea,San Juan de la Cruz y la Virgen, Sevilla: Ed. Miriam 1990, 46.

[52]P. Xiberta,  Amando se hace amar,  en El Santo Escapulario, 47, pp. 228-229.

[53] P. Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Obras, Biblioteca Mística Carmelitana, vol. XVI, Ed. Monte Carmelo,  Burgos 1933, 512.

[54] El P. Jerónimo Gracián en su relato sobre la historia de la Orden del Carmen, recuerda diversas apariciones de la Virgen en defensa de la Orden del Carmen. Una de ellas a san Simón Stock y otra al papa Honorio III, diciéndole que confirmase su Orden con estas palabras severas: “En las cosas de mi Religión nadie ha de contradecir lo que yo mando, ni disimular, en que doy a entender que tengo gusto; y así el Papa confirmó la Orden» Ibid., 512.

[55] Posteriormente a la Reforma de santa Teresa de Jesús, surgiría la reforma Turolense, que se señalaría por su intenso amor a la Virgen María, en la que Miguel de san Agustín es un miembro preclaro.

[56] Pedro Ortega García, Historia del Carmelo Teresiano, o.c.,  70.

[57] Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, BAC, Madrid 1976, 176.

[58]Pablo VI «Marialis Cultus», nº 8.

[59] Rafael Mª L. Melús, Espiritualidad Carmelitana, Madrid: Ed. Carmelitanas 1968, 259.

[60]Ibid., 232-233.

[61] Citado por Emanuele Boaga., La Señora del Lugar. o.c., 46.

[62]Ibid., 47.

[63]Ibid., 47.

[64] A. Marchetti, “Carmelitas”, E. Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, o.c., 337.

[65] Editado por Amacar, apartado 53, 12200 Onda (Castellón).

[66] Ismael Bengoechea (dir), San Juan de la Cruz y la Virgen, Ed. Miriam, Sevilla 1990, 17.

[67]Ibid., 20.

[68] Rafael Mª López-Melús, Beato Tito Brandsma, carmelita (1881-1942), Amacar, Onda 1985, 2.

[69]Ibid., 8

[70]Ibid., 8.

[71] A. Marchetti, “Carmelitas”, o.c., 337.

[72] Francisco Palau, Escritos, Ed. Monte Carmelo, Burgos  1997, 543,   “Mes de María”, día 9.

[73] Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1986, 117. “El Cielo en la fe, día 10, 40”.

[74]Juan Pablo II, Ángelus 26.2.1995.

[75]Las páginas más bellas de Edith Stein, Ed. Monte Carmelo, Burgos 21998, 108-109.

[76] M. Maravillas, Era Así, o.c.,  86, (C 2566).

[77] “Tres carmelitas ejemplares”, Hoja informativa n. 42, abril-junio 1993.

[78] Revestido de la coraza de la Justicia…, o.c., 10.

[79]Teresa de Lisieux, Teatro y poesías, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1997, 412, estrofa 6.

[80] Rafael Mª López-Melús, Beato Tito Brandsma, carmelita (1881-1942), Amacar, Onda, 1985, 7.

[81] M. Maravillas, Era Así, o.c.,  87, (B 1509).

[82]Daniel de Pablo Maroto, Ser y misión del Carmelo Teresiano, Ed. de Espiritualidad, Madrid 2011, 17

[83] Marcelino Llamera, Los Santos en la vida de la Iglesia, Salamanca: Ed. San Esteban 1992, 14.

[84] Este es un vocablo utilizado por el beato Francisco Palau, cuando en Lucha del alma con Dios, le pide a la Virgen: «Encargaos, pues, de presentar a vuestro Hijo mi pretensión y mi súplica y de comprometerle a que él la presente al Padre» La Virgen María le responde: «Para dar este paso quiero el voto de toda mi corte [los santos]. Mira si quiere acompañarme en mi súplica» Luego el alma invoca a todos «los santos y santas de Dios, rogad». Estos a su vez responden «Señora, vuestra voluntad es la de todos nosotros. Unimos todas nuestras súplicas y deseos con los vuestros» (Lu 5, 36).

[85]Ildefonso de la Inmaculada, La Virgen de la contemplación, o.c., 141.

[86]Ibid., 141.

[87] Juan de Hildesheim, secretario de san Pedro Tomás, en 1370, cuando fue preguntado cuál era la misión del carmelita, respondió. «La misión de la Orden del Carmen en la Iglesia es continuar el amor que Jesús profesó en la tierra a su Dulce Madre María». Citado por Rafael María López Melús, Nuestra Dulcísima Madre. La Virgen en la vida y escritos de la beata Maravillas de Jesús, o.c., 25.

[88] Se ha dicho que la beata Isabel de la Trinidad tocó muy bien una flauta de tres agujeros, en referencia a su vida trinitaria. Pero que santa Teresa de Jesús tocó con excelencia los registros de un órgano entero. Es un ejemplo para expresar la gran variedad de aspectos que santa Teresa de Jesús es un reflejo para nosotros de la bellísima vida interior de la Virgen María.

[89] Citado por Rafael María López Melús, Nuestra Dulcísima Madre, o.c., 30.

[90] Este capítulo ha sido redactado en base al valioso libro del P. Román Llamas, San José, Fundador y Padre del Carmelo Teresiano, Ed. Arca de la Alianza, Madrid 2011.

[91]Ibid., 32.

[92]Ibid., 37.

[93]Ibid., 44-45.

[94]Ibid., 36.

[95] Según el beato Juan Bautista Mantuano en la Orden se celebraba la fiesta de san José con música y sermón, con volteo de campanas y galanura de flores y nubes perfumadas de incienso y mirra. De este modo procuraba que fuera celebrada la misa de san José Doña Teresa de Ahumada en el monasterio de la Encarnación. Ibid., 57.

[96] Cfr. Fray Andrés de la Encarnación, Memorias  historiales,  Ed. Junta de Castilla y León 1993, 153-154. Citado por Román Llamas, San José, Fundador y Padre del Carmelo Teresiano, o.c.,40.

[97] Dicho en el proceso de Salamanca BCM XVIII, 463. Citado por Román Llamas, San José, Fundador y Padre del Carmelo Teresiano, o.c., 41.

[98] Jerónimo Gracián, Josefina, 1,5, c. 1, BMC 16, 465.Ibid., 38.

[99] BMC XVI, 493. Ibid., 38.

[100] BMC XVIII, 31; cf.18,36. Justamente la expresión de la Santa para significar la presencia continua de Cristo, al que «estar siempre al lado derecho sentíalo muy claro» (V 27,2). Ibid.,  40.

[101]Criterios pastorales sobre las relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia, c.3,11. Ibid., 43.

[102]Lucha del Alma con Dios (Lu) IV, 28, p. 145.

[103] Lu IV, 26, p. 144.

[104] Lu, IV, 27, p. 144.

[105] Lu IV, 26, p. 144.

[106]  Ms A 57r.

[107] Citada por Miguel María Arribas, El precio de la verdad. Tito Brandsma, o.c., 306.

[108] M. Maravillas, Era Así.  o.c., 244, (C 1401).

[109] Carta de febrero 1589.

[110] Una detallada descripción de este hecho en P. Crisónogo de Jesús, Vida y Obras de San Juan de la Cruz, BAC, Madrid 1972, 107-111.

[111] El P. Ribera en Vida de la Madre Teresa de Jesús, nos dice que en su Breviario  traía una lista de aquellos a quien tenía más particular devoción. Esta lista está recogida en Santa Teresa de Jesús, Obras Completas, Ed. de Espiritualidad 211976,  2151.

[112] Ludovico Saggi “Santa María del Monte Carmelo” o.c., 165-166.

[113] Estas son algunas de las peticiones que León XIII realiza en su oración a San José.

[114] Julen Urkiza, Obras completas de la Beata Ana de san Bartolomé, Roma 1981, 678-679.

[115] Román Llamas, San José, Fundador y Padre del Carmelo Teresiano, o.c., 70.

[116]Lucot, Saint Joseph, Ètude historique sur son culte, Paris 1875, 53. Ibid., 71.

[117] Joseph Baudry et alia, El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, o.c., 109.

[118] Juan Helewa, “El profeta Elías”, en El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1998, 33-62 (56).

[119]Pablo VI, Alocución del 10.5.1967.

[120]El mal social no radica sólo en el corazón del hombre, fruto de su finitud e imperfección, sino que esta corrupción interior se canaliza y se manifiesta en instituciones concretas como los tribunales de justicia.

[121] Rafael Mª López Melús, Santa Magdalena de Pazzi. Vida y Doctrina, o.c., 246.

[122] Francisco Palau, Escuela de la Virtud Vindicada, Roma, Ed. Carmelitas Misioneras 1979, 128.

[123] Carta a Mariano Puigllat, Obispo de Lérida, 6-10-1868.

[124] A. Schökel y J. L. Sicre, Profetas. Comentario, Madrid, Ed. Cristiandad 1980, vol. II, 980.

[125] Juan Helewa, “El profeta Elías”, en El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, o.c., 58.

[126]Ibid., 60-62

[127] Romeo Caveo, “Elías y Eliseo” en Antonio Bonara (dir) “Espiritualidad del Antiguo Testamento”, Ed. Sígueme, Salamanca 1994, 355-358

[128] Eulogio Pacho, “Elías, Profeta” en Diccionario de san Juan de la Cruz, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2000, 492-495.

[129] Moradas VI 7,8; Moradas VII, 4,11;  Fundaciones 27,17;  28, 20; Poesías 10,7.

[130] Juan de  la Cruz comentará por tres veces ese silbo tenue en: 2S 24,3; CB 14, 14-15,  Ll 2, 17.

[131] Max Huot de Longchamp “Elías en el Horeb, o la experiencia mística” en El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, o.c., 239-253, tratará este tema a partir de la reflexión que hace san Juan de la Cruz.

[132] Poseía “Camino para el cielo”.

[133] H. José Padró, en Positio, p. 33-34. Citado por Román Llamas, “La figura de san Elías”, Rev. Monte Carmelo, 96 (1988)131-145 (132).

[134] Citado por R. Llamas, “La figura de Elías, o.c., 144.

[135]Positio, c. XIV, 14-15, p. 901-945. Citado por R. Llamas, “La figura de Elías, o.c., 133.

[136] O, Steggink, O. Carm., La reforma del Carmelo español: la visita canónica del general Rubeo y su encuentro con Santa Teresa (1566-1567), Roma, Institutum Carmelitanum, 21965, Ávila, Diputación Provincial 1993, 313.

[137] Salvador Ros, “El carisma del Carmelo vivido e interpretado por santa Teresa”, en Revista de Espiritualidad 56 (1996) 161-250 (180).

[138] Emanuele Boaga O. Carm “La oración en la vida de la Orden desde el paso a Europa hasta el siglo XVI” en Rafael Checa OCD (Coord) “La oración en el Carmelo, pasado, presente y futuro”, Actas del Congreso, México 2002, 13-19.

[139] Cf. Ismael Bengoechea, Teresa y las gentes, o.c., 158.

[140] AAVV “Informatio Patroni, Santa Teresa, Doctora”, Revista de Espiritualidad, 116-117 (VIII-XII 1970) 371-448 (408)

[141] Ismael Bengoechea, Teresa y las gentes,  P. Carmelitas Descalzos, Cádiz 1982,  156.

[142] Citado por Pau M. Casadevall, El Carmel, un projecte de vida, Ed. Pares Carmelites, Barcelona 1985, 15.

[143] Proceso de Salamanca, Declaración de Ana de la Trinidad, BMC 18, p. 45. Citado por  Lucio del Burgo, “El proyecto de vida religiosa de Teresa de Jesús” en AA VV, Hombre y mundo en Santa Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad, 99-123 (103-103).

[144]Procesos, BMC, ibid. t. 80, p. 523. Citado por Tomás de la Cruz,  “Santa Teresa de Ávila, hija de la Iglesia” en Ephemerides Carmeliticae  17 (1966) 345-367 (361).

[145]Procesos, BMC, t. 20, p. XXIV. Citado por Tomás Álvarez, Santa Teresa y la Iglesia, o.c., 102.

[146] Jerónimo Gracián, BMC XVI,  495.

[147] Eulogio Pacho, Apogeo de la mística cristiana. Historia de la espiritualidad clásica española 1450-1650, Burgos, Ed. Monte Carmelo 2008, 1090.

[148]Ibidem.

[149] Les dirá la Santa «¿Qué se me da a mí de los reyes y señores, si no quiero sus rentas, ni de tenerlos contentos, si un tantito se atraviesa haber de descontentar en algo por ellos a Dios?» (C 2, 5)

[150]Salvador Ros, “El carisma del Carmelo vivido e interpretado por Santa Teresa”, Revista de Espiritualidad 56 (1996) 161-205 (166).

[151] Francisco Palau, Escritos, Lucha del alma con Dios, III, 10.

[152]Ibid., III, 44.

[153] En este capítulo se intenta hacer una humilde aportación, en respuesta a la petición que los Superiores Generales P. Joseph Chalmers, O. Carm y el P. Camino Maccise OCD, con ocasión de los 750 años del Escapulario, hicieron en su Carta Circular: “La Virgen María en la vida del Carmelo”. «Lo que los Carmelitas han de hacer es dar con una manera de presentar el Escapulario tanto para quienes están convencidos de la historicidad de la visión, como para quienes no consideran que haya una prueba histórica irrefutable. La verdad central de la historia de la visión es la experiencia vivida del Carmelo: María, su Patrona, la ha protegido y ha garantizado su perseverancia; la oración de María es poderosa para asegurar la vida eterna» (n. 22).

[154]Ludovico Saggi “Santa María del Monte Carmelo” o.c., 44-45.

[155] Ibid., 43.

[156]Ibid., 171.

[157] En el Medievo había la convicción de que quien formaba parte de una Orden religiosa (y el signo de la participación era recibir y llevar su hábito) podía considerarse salvado por toda la eternidad. Es más, esta mayor o menor pertenencia a la vida religiosa era considerada indispensable para salvarse. Esto se había admitido en cuanto al hábito de los monjes; a ellos se equipararon también las Ordenes Mendicantes. Antes que al hábito de los Carmelitas, la salvación eterna la hallamos vinculada al de San Benito, al de Santo Domingo y al de San Francisco». Ludovico Saggi  “Santa María del Monte Carmelo” o.c., 182.

[158] Webcatolicodejavier.org.

[159] Carta Circular: “La Virgen María en la vida del Carmelo”, o.c.,  n.33.

[160] Citado por Rafael Mª López- Meús, El Escapulario del Carmen, Apostolado Mariano, Sevilla 2000, 53

[161] El P. Roschini, ante los estudios realizados en este campo por el P. Xiberta con rigor histórico, afirmó: «Hemos de reconocer sin embargo, lealmente y con verdadera satisfacción, que la documentación de que hoy disponemos los historiadores respecto a la visión de San Simón Stock no permite rechazarla como falsa. Y esto no es poco» en  O. Gabriel María Roschini, O.S.M.  La Madre de Dios,  según la fe y la teología, Madrid 1955, t. II, 740.

[162]Citado por Rafael María López- Melús, El Escapulario del Carmen, o.c., 59.

[163] Archivo General de la Orden del Carmen, en Roma, II, 20.1. Citado por Rafael María López- Melús, El Escapulario del Carmen, o.c., 61.

[164] Escribirá A. de les Gavarres: «La estampa, hoy universalmente conocida, no muestra que caiga la sangre y menos todavía la tierra empapada de ella. La visión de Teresa así como las palabras de Jesús son visiones y locuciones de una nueva especie. Se distinguen de las tradicionalmente descritas en los manuales de teología mística por su extrema sencillez, por el soporte de orden sensitivo reducido al mínimo, mientras que son portadoras de gracias y más aún, de manantiales de gracias». Teresa de Lisieux, verdadera doctora de la Iglesia, Ed. Esinsa, Barcelona 1997, 46.

[165] Redactado el día de la Divina Misericordia de 2015.

[166] La mitad de los libros tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento nos hablan de la misericordia de Dios. En la Biblia Pastoral en versión española, de la editorial Verbo Divino,  la palabra misericordia aparece en 140 ocasiones. En 24 libros del Antiguo Testamento y 15 libros del Nuevo Testamento.

[167] R. Moretti, Dio amore misericordioso. Esperienza, dotrina, messaggio di Teresa di Lisieux, L.E. Vaticana, Città del Vaticano 1996, 29.

[168] Alfonso Baldeón, “Misericordia” en  Eulogio Pacho (Dir.) Diccionario de san Juan de la Cruz, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2000, 963-964.

[169]Es la última dedicatoria que realizará a lápiz, en el reverso de una estampa  y que dirige al abate Belliére.

[170] M. J. Muñoz Mayor, “El Amor Misericordioso en Teresa de Lisieux”, en Vida Sobrenatural  541 (1989) 35.

[171] Cf. José Salvador Conde, Epistolario de santa Catalina de Siena, Espíritu y Doctrina, Ed. San Esteban, Salamanca 1982, 143.

[172] Escribirá  Francisco de Ribera, protobiógrafo de santa Teresa: «Todas las religiosas de esta orden deben tener siempre estampada en su alma, y es, que por más asperezas que hagan y por más que oren y canten y hagan todo lo que unas muy buenas y perfectas monjas deben hacer, no han cumplido con su llamamiento, ni con lo que Dios quiere de ellas, si no tienen particular cuidado de enderezar sus oraciones y ayunos y asperezas que habemos dicho, á ayudar á los que andan en el campo sudando y peleando por la gloria de Dios Nuestro Señor y por la defensión y acrecentamiento de su santa Iglesia, y en fin, por todos aquellos que particularmente  procuran la salvación de las almas. Así que, lo que á las otras monjas bastaría, á ellas no basta, y con lo que otras serían perfectas, ellas no lo serán enteramente, porque faltarían de lo que en su llamamiento  y religión es lo principal» Vida de santa Teresa de Jesús, Gustavo Gili ed. Barcelona 31908, 184.

[173]Cántico Espiritual B, canción 29,2.

[174] Baldomero Jiménez Duque, “El sacerdote según Santa Teresa”, Revista de Espiritualidad 22 (1963) 813-833.

[175] Jesús Castellano, “Espiritualidad Teresiana” en Alberto Barrientos, Introducción a la lectura de santa Teresa, o.c., 191.

[176] Ante todo del libro  El Diálogo, “El Cuerpo Místico de la Iglesia”, n. 110-134. En muchas cartas  de Catalina de Siena hay profunda doctrina sobre la intercesión por los sacerdotes.

[177] Cf. Justo Pérez de Urbel, «Año Cristiano» Madrid, BAC, 1951.

[178]Historia de los papas desde fines de la edad media, Ed. española, XIX, Barcelona, 1935, 53. Citado por Daniel de Pablo Maroto, “Santa Teresa y el protestantismo español” en AAVV Perfil histórico de santa Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1981, 119-151 (137).

[179]  Teófanes Egido, “Santa Teresa y su circunstancia histórica”, en AAVV Teresa de Jesús. Mujer, Cristiana, Maestra, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1982,  9- 27 (20).

[180] Edith Stein, Los caminos del silencio interior, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1988, 80.

[181]Christus, IV, Barcelona 1929, p. 1063. Citado por Ismael Bengoechea, Las gentes y Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1982, 105

[182] Carta (284) a Don Teutonio de Braganza, 22-7-1579, n. 3-7.

[183] Citado por Tomás Álvarez, Santa Teresa y la Iglesia, Ed. Monte Carmelo, Barcelona 1980, 84-85.

[184] Ibid., 84-85.

[185] Francisco de Ribera, Vida de santa Teresa de Jesús, o.c., 182

[186] Procesos, BMC XX, p. XXIV. Citado por T. Álvarez, Santa Teresa y la Iglesia, o.c., 102.

[187] Quiteria d’Avila, Proceso de Avila, 1595, en Procesos, I, 235s. Citado por Efrén de la Madre de Dios, “El ideal de Santa Teresa…” o.c.,   215.

[188] Ismael Bengoechea, Teresa y las gentes, o.c., 160.

[189]Procesos, BMC t. 19, p. 270s. Citado por Tomás Álvarez, Santa Teresa y la Iglesia, o.c., 101.

[190] En el Anuario Pontificio de 1999 con datos del 31 de diciembre de 1997, las carmelitas descalzas tienen 881 comunidades y son 12.351 religiosas.

[191] Ello lo testifica Fr. Vicente Justiniano Antist, primer biógrafo y contemporáneo del san Luis Beltrán en verdadera relación de la vida y muerte del Padre Fr. Luis Beltrán, Adiciones, Trat. II, cap. VI. Citado por el P. Francisco de Ribera, Vida de santa Teresa de Jesús, o.c., 155.

[192] Citado por las Carmelitas descalzas de san José de Ávila, “San José de Ávila, primera fundación”, Teresa de Jesús, 175 (enero-febrero 2012) 26-29.

[193] Carta 269, 10. A  P. Pablo Hernández.

[194] Declaración de Juan Carrillo: BMC XVIII, 384.

[195] Citado por Efrén de la  Madre de Dios y Otger Steggink,Tiempo y vida de Santa Teresa, Madrid, BAC 1968, 216.

[196] Autógrafo del 31 de agosto de 1577. Citado por T. Sabrino Chomón, San José de Ávila. Historia de una fundación, Ávila 1997, 70.

[197] «Era entonces el Rmo. señor don Alvaro de Mendoza, y cuanto estuvo en Avila, le favoreció mucho y daba siempre pan y botica y otras muchas limosnas». Santa Teresa de Jesús, “Memorial de san José de Ávila”, en Obras Completas, o.c., 2148-2149.

[198] Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, o.c., 162-163.

[199] Ibid., 163.

[200] Ibid., 164-165.

[201]Ibid., 165.

[202] Así refiere Isabel de Santo Domingo, testigo ocular, en el Proceso de Zaragoza, 1595; BMC, XIX, 83. Ibid., 165.

[203]Ibid., 165.

[204] Este documento fechado el 27 de abril de 1567 en Ávila, lo describe y extracta el P. Andrés de la Encarnación, OCD, en sus Memorias historiales Vol. 2, R. n.229. Citado por Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, o.c., 165

[205] Juan Bautista Rubeo a las descalzas de Median del Campo, Roma, 1.1.1569. Citado por  Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, o.c., 167.

[206]Ibid., 167.

[207] El P. Domingo Báñez, confesor de la madre Teresa de Jesús y defensor entusiasta de la reforma, refiere que él mismo lo oyó decir al general Rubeo. Proceso de Salamanca, 1591, 3, BMC XVIII,8.

[208] Pedro Ortega, incluye el texto de la patente del P. Rubeo en su libro, Historia del Carmelo Teresiano, Burgos, Ed. Monte Carmelo, 1996, 109-110.

[209] Citado por  Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, o.c., 171.

[210] En realidad saldrán más de dos «por cada monasterio». De hecho la aportación que realizarán las monjas de la Encarnación a la Reforma iniciada por la madre Teresa será de gran valor. Aportará  22 miembros de sus miembros. El P. Gracián señalaba como principales «Ana de la Encarnación, priora que fue de Salamanca; Inés de Jesús, de Medina del Campo y estas dos eran primas hermanas de la santa Madre; Ana de los Ángeles, priora de Toledo y de Cuerva; María Magdalena que dio gran luz  de virtud y devoción con las almas del purgatorio en Malagón; María del Sacramento ejemplo de paciencia y sufrimiento en Alba». BMC XVI, 490.

[211] BMC V, 339. Citado por Rafael López Melús, «Teresa de Jesús». Recordando un centenario. CESCA, Caudete 1981, 175.

[212] BMC XVIII,  238. Texto citado por Pedro Ortega, Historia del Carmelo Teresiano, o.c., 83.

[213] Se conservan tres cartas que santa Teresa de Jesús dirigió al P. Rubeo: la carta del 18.6.1575 y  la de enero-febrero de 1576 escritas desde Sevilla y la carta de octubre de 1578 escrita desde Ávila.

[214] Joaquim Smet, Los Carmelitas. Historia de la Orden del Carmen, BAC, Madrid 1987, 52.

[215] Otger Steggink, Arraigo e innovación en Teresa de Jesús, o.c.,  185.

[216] Salvador Ros, “El carisma del Carmelo vivido e interpretado por Santa Teresa”, Revista de Espiritualidad  56 (1996) 161-205 (184).

[217] Cf. “Teresa de Jesús” en E. Ancilli (Dir), Diccionario de Espiritualidad, Ed. Herder, Barcelona  1983, 473-493 (478).

[218] El P. Arintero, gran eclesiólogo, decía: «Los santos […] revierten sobre la Iglesia la santidad que de ella reciben; y en proporción con su misma santidad, derivan de  santificados en santificadores, desbordando sobre los otros fieles, comiembros suyos, y sobre todo el organismo viviente de la Iglesia, la pujanza a que ha llegado su espíritu» Marcelino Llamera, Los Santos en la vida de la Iglesia,  Ed. San Esteban, Salamanca 1992, 14.

[219] Santa Catalina de Siena, El Diálogo, Oraciones y Soliloquios, BAC n. 415, Madrid 1991, n. 120, 284.

El «tratadillo» de oración en el libro de la Vida de santa Teresa de Jesús

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SUMARIO

Presentación; 1. La oración en la vida de Teresa; 2. Base teológico-bíblica de la oración en Teresa; 3. Base simbólica del «tratadillo sobre la oración»; 4. Contenido del «tratadillo sobre la oración»; 4.1. Primer grado de oración (cc. 11-13); 4.2. La oración mística (cc. 14-21);  4.2.1. Segundo grado de oración. «Oración de quietud» (cc. 14-15);  4.2.2. Tercer grado de oración. «Sueño de las potencias» (cc. 16-17);  4.2.3. Cuarto grado de oración. «Oración de unión» (cc. 18-21); 4.3. La Humanidad de Cristo (c. 22); Conclusión.

Presentación

Hacer una síntesis del «tratadillo de oración», que se encuentra en los capítulos 11 al 22 del Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús no es nada fácil, por su forma de escribir, algo que ella misma reconoce: «creo me meto en muchas cosas. Siempre tuve esta falta de no me saber dar a entender -como he dicho- sino a costa de muchas palabras» (13,17).  Pero a la vez lo que enseña es de tal hondura espiritual que se le perdona su difícil lectura para poder hacer una síntesis de su mensaje. Por ello es importante que además de hacer una lectura reposada de sus escritos, ver como lo han sintetizado otros autores, y así poder  acometer la tarea de hacerlo con mayor provecho. En la bibliografía se hace reseña de estos autores, que han sido de una buena ayuda para realizar esta síntesis y encontrar un hilo conductor para poder presentar mejor su mensaje sobre los grados de oración: como actúa Dios en el alma, que efectos quedan en ella y como comportarse ante el actuar de Dios.

Para mejor comprender porqué Teresa inserta en el interior de su autobiografía espiritual un «tratadillo sobre la oración» se habla en primer lugar a grandes rasgos de la oración en la vida de Teresa, cual es su base bíblica, que importancia le da a la imagen que utiliza para hablar de los grados de oración, para luego exponer cada uno de estos grados. Finalizando el escrito con unas conclusiones.

1. La oración en la vida de Teresa

Los capítulos 11 al 22 de Vida, son denominados el «tratadillo de oración», en la que explica la naturaleza, los grados y efectos de la misma, a partir de su experiencia personal y la importancia de la Humanidad de Cristo para poder orar.  Este pequeño «tratadillo de oración», que a semejanza de otros que había en su tiempo, la Santa lo intercala de forma brusca con una extensión de doce capítulos que va desde su conversión hasta las primeras gracias (9-10), hasta el capítulo 23, que ya es «otro libro nuevo […] digo otra vida nueva» (23,2).

La colocación de este «tratadillo de oración» entre una y otra etapa de su vida, no sólo tiene su lógica sino que es la clave interpretativa del cambio que se produce en su vida. «La [Vida] de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí» (23, 2).

Teresa es consciente que Dios en su vida ha obrado con fuerza salvadora y quiere obrar de igual forma  en los demás, por ello quiere contagiar a los que van a leer su autobiografía espiritual para que sigan el mismo camino de oración que ella. Que esta es su intención ella misma lo confesará: «después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto» (18,8).

No sólo en estos capítulos Teresa hablará de oración, sino que en todo el Libro de la Vida el tema de la oración es omnipresente. Desde las primeras páginas de Vida donde habla de su niñez «para siempre…», la primera iniciación a la oración por parte de su tío del Hortigosa, hasta las formas iniciales  de oración espontánea en la Humanidad de Cristo (cc. 4 y 9). El capítulo 8 hace un elogio o una apología de la oración que después seguirá a lo largo del libro. De esta forma el cap. 8 y la primera parte del capítulo 11, es una especie de prólogo obligado al tratado de los grados de oración.

Este «tratadillo de oración» en el interior del Libro de la Vida, es una mezcla de historia y de teología, de autobiografía y de enseñanza espiritual, que  se convierte en la columna vertebral de todo el libro, para dar a entender que la oración es la clave interpretativa de lo que le ha acaecido en ella. Por ello una vez lo ha escrito. Teresa no lo destruye a pesar que pueda parecer una discreción demasiado larga que rompe el hilo de su autobiografía espiritual, sino que reafirma su importancia  «Quiero ahora tornar adonde dejé de mi vida, -que me he detenido, creo, más de lo que me había de detener-, porque se entienda mejor lo que está por venir» (23,2).

2. Base teológico-bíblica de la oración en Teresa

 El mensaje sobre la oración que nos trasmite Teresa se basa en el dato bíblico que Dios es el Amigo fiel, que se revela a sus amigos, «a vosotros os llamo desde ahora amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre» (Jn. 15, 15). Ella misma dirá que en la oración de unión el Señor le comunica «muy grandes secretos» (21,11). Ello conecta  con el concepto de Revelación que propone el Concilio Vaticano II en la Dei Verbum: «Por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (n.2).

Teresa a través de la práctica constante de la oración mental, de la comunión de diálogo espiritual con Dios, es testigo de lo que Dios ha obrado en ella, algo que  Enrique Llamas, lo sabrá expresar bien:

«El fue manifestándole sus misericordias, en un exceso de generosidad inconmensurada que ella reconoce y exalta sin reservas. En esta efusión de gracias sobrenaturales, ella sentía a Dios presente y dialogaba con El en su oración discursiva y contemplativa. Dios se le manifestaba como el amigo fiel, nunca dejó frustradas sus esperanzas, y que de continuo le estaba invitando al diálogo. Así llegó a descubrir que la oración no viene a ser más que eso en el fondo: «un trato de amistad con quien sabemos nos ama» (V 8,7); pero, no sólo amistad, que podría convertirse en simpatía y gusto humano; sino amistad que brota del amor, que se matiza de amor, y que brota de una comunicación de bienes espirituales (V 8,5-6); comunicación de la misma vida de  Dios. La oración fue la puerta que ella franqueó, para llegar a la intimidad con Dios (V. 8,9), y el camino por donde llegó a descubrir los misterios del amor de Dios y de su gracia. La oración perseverante, o con voluntad (V. 8,4), fue la disposición óptima para recibir las más altas mercedes de Dios; la que le dio fuerza en los más recios combates contra los hombres y demonios; la oración lo es todo en su libro porque lo fue todo en su vida. Ella supo captar, como nadie, la eficacia santificadora de la oración. Lo conocía por experiencia; por ella tornó al puerto de salvación (V. 8,4). […] Vivirla es estar viviendo en comunicación con Dios, amigo del alma, que la regala y la colma de bienes, hasta lograr hacerla «a su misma condición» (V.8, 6)»[1].

La oración que Teresa se siente llamada a vivir y a propagar nos remite a la perspectiva de la oración en secreto que Jesús enseña (Mt 6,6), y al mismo ejemplo de Jesús que ora en soledad, muchas veces con quien sabe que le ama, que es el Padre. Ello Teresa nos lo recuerda en Camino: «nunca Dios quiera que no nos acordemos de El muchas veces cuando decimos la oración, aunque por ser flacos no sean todas» (24,3).

Ciertamente que Dios actuó en ella con fuerza, para que ella se diera del todo a Dios y pusiera todos sus capacidades al servicio de la Iglesia, Y el punto débil de Teresa era sin duda su gran capacidad de ser agradecida, las gracias que recibía de Dios con tanta abundancia le hacían desear corresponderles «que no hay ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada» (21,5).

3. Base simbólica del «tratadillo sobre la oración»

Una bella imagen permite a Teresa abrir un largo inciso de doce capítulos acerca de la oración en el interior del relato de su Vida como se lo han pedido los confesores. Pone la imagen del huerto y el modo de regarlo, con cuatro grados progresivos en los que se intensifica la relación del orante con Dios (11, 6-8).

El huerto es el alma y se puede regar de cuatro maneras:

– Sacar el agua del pozo, que implica mucho trabajo por parte del hortelano.

-o con noria y arcaduces, que supone menos trabajo y se saca más agua.

– o de un río o un arroyo, que riega mejor la tierra y da más fruto con menor trabajo por parte del hortelano.

– o la lluvia, que lo riega «el Señor sin trabajo ninguno nuestro y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho» (11,7).

Esta imagen que es verdaderamente sugestiva y que surge del ámbito vital de Teresa, se completa con las flores y los frutos del jardín-huerto que es regado de las distintas formas, estas simbolizan las virtudes que nacen y crecen fecundados con el agua de la oración, en la que el Señor es el hortelano.

En el desarrollo de la imagen, Teresa nunca abandonará el contenido esencial de su mensaje, la oración como amistad divina, y nunca sacrificará el mensaje al desarrollo de esta comparación, ya que este no es el fin, sino sólo el cañamazo de una explicación.

4. Contenido del «tratadillo sobre la oración»

 Teresa desde el inicio del cap. 11 del libro de la Vida, afronta el tema de la oración teologalmente. Desde un principio describe como son cada uno de los personajes que establecen un diálogo. Ella se pregunta por que motivo las personas que se determinan a amar a Dios, El no sube hasta el amor perfecto. Pero al instante rectifica, no es cuestión de recriminar a Dios, sino que si acaso se debe recriminar al orante, «mal he dicho: había de decir y quejarme porque no queremos nosotros; pues toda la falta nuestra es, en no gozar luego de tan gran dignidad, pues en llegando a tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes» (11,1).

4.1. Primer grado de oración (cc. 11-13)

 En este estadio la búsqueda de Dios es a través de la meditación con una orientación contemplativa que supere los escollos de otras formas de oración mucho más rebuscadas y peligrosas.

Intenta ante todo orientar la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad a ponerse en presencia de Cristo para meditar sus misterios, recomienda obrar con suavidad y con inteligencia para salir al encuentro de las dificultades de la oración y poder afrontarlas adecuadamente.

Como Teresa de Jesús está convencida de que la voluntad de Dios es establecer una relación de amistad con el hombre, si este se dispone verdaderamente Dios no dejará de corresponder con la presencia de su amistad con los dones que él quiere agraciar así a su amigo: «Bien veo que no le hay con qué se pueda comprar tan gran bien en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos asir a cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese en el cielo, creo yo sin duda muy en breve se nos daría este bien» (11, 2). Pero como «somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que, como Su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos» (11,1).

Por ello Teresa señalará como algo esencial para vivir vida de oración como diálogo con el Señor, tener una determinada determinación. El orante se ha de darse del todo, sin quedarnos con nada, el abandonarnos sin condiciones ni reservas a las manos de Dios. Y ello es una donación irreversible y perseverante: «no nos han tocado en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la hemos ya dado a Dios, y nos queremos tornar a alzar con ella y tomársela -como dicen- de las manos, después de haberle de nuestra voluntad, al parecer, hecho de ella señor. Así son todas las otras cosas» (11,2).

Teresa está totalmente convencida que Dios no faltará por su parte en este diálogo entre El y su criatura, «porque si persevera, no se niega Dios a nadie. Poco a poco va habilitando él el ánimo para que salga con esta victoria» (11,4).

Luego explica porque la criatura necesitará de gran ánimo para llevar adelante su empresa de poner todo de su parte para establecer este diálogo con el Señor, «digo ánimo, porque son tantas las cosas que el demonio pone delante a los principios para que no comiencen este camino […] Póneles tantos peligros y dificultades delante, que no es menester poco ánimo para no tornar atrás, sino muy mucho y mucho favor de Dios» (11, 4).

Teresa presenta de forma magistral la situación en que se encuentran los principiantes, de que para ellos su oración será costosa y con escaso fruto, y que muchos días podrán sentir sequedad, disgusto y desamor. Pero ello no les ha de desanimar, que respondan a esta situación con amor y generosidad: «¿qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí sino a El, […], así se determine, aunque para toda la vida le dure esta sequedad, no dejar a Cristo caer con la cruz. Tiempo vendrá que se lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen amo sirve» (11, 10).

Además intenta hacer comprender que estas sequedades tienen un sentido, el de «probar a sus amadores y saber si podrán beber el cáliz y ayudarle a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes tesoros. Y para bien nuestro […] para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de tan gran dignidad las mercedes de después, que quiere por experiencia veamos antes nuestra miseria primero que nos las dé» (11, 11).  Por ello al orante, «no se nos ha de dar nada de no tener devoción» (12, 3). Si acepta esta situación y no se desconsuela «mucho porque falten estos gustos y ternura o la dé el Señor, que tiene andado gran parte del camino. Y no haya miedo de tornar atrás, aunque más tropiece, porque va comenzado el edificio en firme fundamento» (11, 13). Con energía y seguridad sentenciará: «es gran negoció comenzar las almas oración comenzándose a desasir de todo género de contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su rey, pues le tienen bien seguro» (15,11).

Después de poner este fundamento de la oración, luego tratará de explicar según las distintas naturalezas como se deben comportar en la oración, primero en meditar en la Pasión del Señor, lo que El ha hecho por nosotros, y lo que nos promete, para que nos determinemos a seguirlo desde un sincero agradecimiento. Pero lo importante no son las muchas meditaciones, sino lo que importa es hablar con el Señor y gozarse con El. Que sea El el que vaya guiando esta relación de amistad y por nada procurarse goces en la oración o levantamiento de espíritu, se ha de esperar que El haga avanzar esta relación de amistad, ya que la vida de oración es un don gratuito de Dios, que no se consigue con ardides humanos, «no se suban sin que Dios los suba», es un aviso que Teresa no dejará de repetir una y otra vez.

En el capítulo 13 Teresa da unos “avisos” a los principiantes para que se sepan enfrentar a algunas situaciones que posiblemente se encontrarán. Ante todo no dejar encoger el espíritu, «porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado» (13,2).

Luego explica que tipo de actitudes ama  Dios en el alma «Su Majestad es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí» (13, 2). Por ello procurará animar a sus oyentes que sean animosos, de grandes ideales porque así lo serán las obras y ante todo que sean humildes. Pero que no caigan en una mal entendida humildad que achaca los deseos, genera cobardía y pusilanimidad.  Advierte también que el orante no caiga en la tentación de querer enseñar a todos, que aún no es tiempo, sino que «lo seguro será del alma que tuviere oración descuidarse de todo y de todos, y tener cuenta consigo y con contentar a Dios» (13, 10).

Para aprovechar en la oración avisa que es necesario tener un buen maestro que la dirija en los caminos de la oración, ya que si no es un buen maestro en vez de ayudar impedirá el crecimiento y hará sufrir mucho. Escribe «así que importa mucho ser el maestro avisado -digo de buen entendimiento- y que tenga experiencia» (13, 16). Entre ser letrado o santo y piadoso, Teresa considera que es más importante que sea letrado, ya que estos son un don de Dios a su Iglesia, y aunque no tengan experiencia «en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu» (13,18). Estos ayudan al orante a vivir en la verdad, ya  que «espíritu que no vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; […], de devociones a bobas nos libre Dios» (13, 16).

Al final de capítulo 13 Teresa  vuelve a retomar el tema de no discurrir mucho con el entendimiento, que no es bueno el meditar con muchos conceptos los distintos pasos de la Pasión, por ejemplo «pensar a Cristo a la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó. Mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con El, y acuerde que no merecía estar allí» (13, 22).

4.2. La oración mística (cc. 14-21)

Teresa en los capítulos 14 al 21 manifiesta su voluntad decidida de dar a conocer las maneras “sobrenaturales” de hacerse Dios presente y comunicarse al hombre en su interior. Y como esta comunicación produce unos efectos etico-morales y psicológicos-teológicos. Teresa en estos capítulos hablará del comportamiento que ha de tener el orante antes, durante y después de la gracia mística.

 4.2.1. Segundo grado de oración. «Oración de quietud» (cc. 14-15)

Con la imagen de sacar agua con arcauces, nos hablará Teresa del segundo grado de oración, esta ya trata de oración sobrenatural, como señala en el inicio del c. 14: «aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencias que haga» (14, 29).  Es decir una oración pasiva en su aparición y en su ocultamiento, que a su vez es gratuita, que no se puede “merecer” que la da Dios a quien quiere y cuando quiere.

Teresa sabrá describir la actuación de Dios en el hombre en cada uno de los distintos grados de oración. En la oración de quietud, la comunicación divina no es tan fuerte que coja totalmente  a las potencias inhabitándolas, pero tampoco quedan libres para no advertir que se les comunica el Señor, «sola la voluntad se ocupa de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama» (14,12). En esta oración «se recogen las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto» (14, 2). En este grado de oración, Dios personalmente se le hace presente, y ello conlleva que Dios actúa gracia y amor. «Que es Dios; porque comienza Su Majestad a comunicarse a esta alma y quiere que sienta ella cómo se le comunica» (14, 5); «Quiere Dios por su grandeza que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella misma con El, y no a voces, porque está ya tan cerca que en meneando los labios la entiende» (14,15).

Los efectos que produce esta oración infusa si es del buen espíritu es que la persona se le queda una certeza inconmovible que Dios obra en el orante «se podrá determinar a que no estuvo Dios con ella» (15,15).

También le quedan unos efectos psicológicos como «esta quietud y recogimiento del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las potencias y muy suave deleite» (15,1).

Teresa pone más de relieve los efectos de tipo moral: «Este agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da aquí, hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que en la oración pasada» (14,5). «Una verdadera humildad con luz que enseña aquí el Señor, […] el conocimiento que da Dios para que conozcamos que ningún bien tenemos de nosotros, y mientras mayores mercedes, más» (15, 14). «Pone un gran deseo de ir adelante en la oración y no la dejar por ninguna cosa de trabajo que le pudiese suceder. […] Echa luego el temor servil del alma y pónele el fiel temor muy más crecido. Ve que se le comienza un amor con Dios muy sin interés suyo. Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien» (15,14).

Si en vez de ser don del Señor, este tipo de oración la ha provocado la misma persona, esta quietud, no tendrá efecto alguno en su transformación interior «pasar nosotros a esta quietud de la voluntad: no hace efecto ninguno, acábase presto, deja sequedad» (15,9).  Si es del demonio se podrá detectar porque «deja inquietud y poca humildad y poco aparejo para los efectos que hace el de Dios. No deja luz en el entendimiento ni firmeza en la verdad» (15, 10).

La forma de comportarse ante este tipo de oración, es que frene la actividad del entendimiento, y que medite con suavidad y que haga «actos amorosos», dejando hablar al amor con gran sencillez y discreción. O sea «dejar descansar el alma con su descanso» (15,8).

La persona que es favorecida por este grado de oración, debe ser consciente que es «prenda que da Dios a esta alma de que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja para recibirlas» (15,5). Y lo más principal es que por nada deje la oración, porque es a través de la oración donde le vendrán los grandes dones de Dios. Seguirá insistiendo en no buscar los gustos de la oración, sino desasirse de todo género de contentos, no buscarse a si mismo, sino ejercitarse en un amor limpio y desinteresado, ayudando «determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo» (15,11) y buscar «sólo contentarle» (15,13).

Teresa se ha detenido en este grado a enumerar los efectos que conlleva este tipo de oración y en el comportamiento que debe seguir el hombre, ya que constata que son pocas las almas que pasan de este estadio, ello se puede deber a una inadecuada dirección espiritual o en un deficiente comportamiento por parte de las personas favorecidas.

4.2.2. Tercer grado de oración. «Sueño de las potencias» (cc. 16-17)

 Desde el inicio del capítulo 16, Teresa describe este grado de oración como «la tercera agua con que se riega esta huerta, que es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua» (16,1).

Aunque tiene clara la imagen, a Teresa le será difícil poner de relieve la diferencia de este grado de unión con el precedente. Lo definirá como «un sueño de las potencias, que ni del todo se pierden ni entienden cómo obran» (16,1); «están casi del todo unidas las potencias, mas no tan engolfadas que no obren» (16,2). «Sólo tienen habilidad las potencias para ocuparse todas en Dios. No parece se osa bullir ninguna ni la podemos hacer menear» (16,3).

En este grado de oración «El es el hortelano y el que lo hace todo» (16,1). Uno de los efectos de este grado de oración es «morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios» (16,1). En que el alma debe haber una actitud activa de disponibilidad, de «consentir que el Señor haga mercedes y abrazarlas con voluntad» (17,3).

Se siente tan favorecida del Señor que de su alma surge un impulso impetuoso de alabar al Señor: «¡Cuál está un alma cuando está así! Toda ella querría fuese lenguas para alabar al Señor» (16,4).

Los efectos de esta forma de oración son grandes. A nivel psicológico «el gusto y suavidad y deleite es más sin comparación que lo pasado» (16,1). «Es tanto el gozo», que parece que se pone en trance de muerte, «y qué venturosa muerte sería!» (16,1). Más tarde vuelve a reiterar el mismo pensamiento «es tan grande la gloria y descanso del alma, que muy conocidamente aquel gozo y deleite participa de él el cuerpo» (17,8).

Pero Teresa se detiene a destacar más los efectos de tipo moral que comporta esta oración, «las virtudes quedan ahora más fuertes» (17,3);  «quedan tan crecidas las virtudes» (17,8); «aquí es muy mayor la humildad y más profunda» (17,3).

También a nivel espiritual crecen en ella  «deseos de estar con El» (17,4). De pasar todo tipo de «tormentos», «por su Señor?» y «ya no querría vivir en sí sino en Vos» (16,5).

El comportamiento ante este grado de oración mística, en general es la pasividad, el «dejarse del todo en los brazos de Dios. […] Haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor» (17, 2).

A nivel eclesial, aunque sean grandes los deseos de darse del todo al Señor, y hacer lo que fuera por su amor. Por su experiencia Teresa recomienda que la vida apostólica sea aún moderada, que aunque el «hortelano celestial en un punto, y crece la fruta y madúrala de manera que se puede sustentar de su huerto, queriéndolo el Señor» (17,2); pero aún no está suficiente madura esta fruta para que la reparta.

En este capítulo hablará también de la comunión espiritual entre los amigos de Dios, para ayudarse mutuamente en el camino hacia Dios, «este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente nos amamos en Cristo, […] procurásemos juntarnos alguna vez para desengañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios» (16, 7),  algo de lo que había ya hablado anteriormente «es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante» (7, 22).

En este capítulo también instruirá sabiamente sobre como comportarse con la imaginación, y no hacer mas caso de ella que si fuera la loca de la casa y centrarse en amar a Dios.

4.2.3. Cuarto grado de oración. «Oración de unión» (cc. 18-21)

Este es el grado de oración que vive Teresa cuando  escribe. Aunque le sea difícil hablar «algo» de este grado de oración «el cómo es ésta que llaman unión y lo que es, yo no lo sé dar a entender» (18,2), ya que es algo inefable. Pero Teresa hace el esfuerzo de comunicárnoslo, «lo que yo pretendo declarar es qué siente el alma cuando está en esta divina unión» (18,2). «También pretendo decir las gracias y efectos que quedan en el alma, y qué es lo que puede de suyo hacer, o si es parte para llegar a tan gran estado» (18,6).

Ella no define como se realiza esta unión (18,2), lo deja a los letrados. Ella explica lo que acontece en este grado de oración: «Ocúpanse todos los sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder en otra cosa, exterior ni interiormente» (18,1).

Las gracias del Señor las recibe generalmente «después de larga oración mental» (18, 9) y son de poca duración «pasa en tan breve tiempo» (18, 12). Pero son tan abundantes las gracias con las que se siente favorecida que llega a decir: «en la sobra de las mercedes que ha sido grande la claridad del sol que ha estado allí» (18,12). Las potencias llevan a centrarla en Dios, «la voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama» (18,14). En este estado, ella oye de Dios que le dice: «Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que vive, sino Yo» (18, 14). Toda ella «se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre que en ninguna manera se puede dejar de creer» (18, 14).

En estos capítulos en los que habla de la unión, expone la diversa fenomenología mística que le ha acaecido a ella. Habla del vuelo del espíritu (18,7), del arrobamiento (20,1), o del éxtasis (20,12); levitación (20,4) o de locuciones (18,14). También hace referencia a los efectos somáticos de la oración (21, 18). No deja de recordar una y otra vez el poder santificador de las gracias místicas: «Verdad es que de manera puede obrar el Señor en el alma en un rapto de estos, que quede poco que trabajar al alma en adquirir perfección,..» (21,8).  En el capítulo 20  habla no sólo de los éxtasis sino también de agudas penas de soledad, la percepción entre el alma y el espíritu, las ausencias de Dios y la experiencia de abandono.   Los efectos que se producen en su alma son ricos y variados.

Efectos psicológicos son de «grandísima ternura, de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas lágrimas gozosas» (19,1).

Efectos morales. Fortalece el alma en el servicio de Dios: «Queda el ánima animosa» (18, 3), para del todo entregarse a Dios, «allí son las promesas y determinaciones heroicas, la viveza de los deseos, el comenzar a aborrecer el mundo» (18, 3). Pero no sólo para desear hacer grandes cosas, sino que el Señor la fortalece para ponerlos por obra: «Llegada un alma aquí, no es sólo deseos los que tiene por Dios; Su Majestad la da fuerzas para ponerlos por obra. No se le pone cosa delante, en que piense le sirve, a que no se abalance; y no hace nada, porque -como digo- ve claro que no es todo nada, sino contentar a Dios» (21,5). Se va desapegando de las personas para sólo amar a Dios: «en el crecimiento del desasir de las criaturas» (18,7);  «quedar aquí el alma señora de todo y con libertad en una hora y menos, que ella no se puede conocer» (20,23). Es cada vez más consciente de sus faltas:   «Aquí no sólo las telarañas ve de su alma y las faltas grandes, sino un polvito que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy claro; y así, por mucho que trabaje un alma en perfeccionarse, si de veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia» (20,28). Todo ello le hace crecer en la humildad  «aquí se gana la verdadera humildad» (20,29), No tiene más interés que buscar la gloria de su Señor, pero no ha llegado a este estado sino después de una profunda purgación: «Si esta tierra está muy cavada con trabajos y persecuciones y murmuraciones y enfermedades -que pocos deben llegar aquí sin esto- y si está mullida con ir muy desasida de propio interés» (19,3). No sólo ello, sino que  «aquí no se teme perder vida ni honra por amor de Dios» (21,2). Y que los deseos de servir a Dios los pueda hacer realidad, pero sabe bien que sin la fuerza del Señor nada puede hacer;  «fortaleced Vos mi alma y disponedla primero, Bien de todos los bienes y Jesús mío, y ordenad luego modos cómo haga algo por Vos» (21,5).

Efectos teológicos: Uno de ellos es una mayor unión con el Señor: «Quédase sola con El, ¿qué ha de hacer sino amarle?  Su vida pasada se le representa después y la gran misericordia de Dios, con gran verdad»; «crece el deseo y el extremo de soledad» (21,10); «esta pena es tan crecida que no querría soledad como otras, ni compañía sino con quien se pueda quejar» (20, 14). «Que en esta pena se purificaba el alma, y se labra o purifica como el oro en el crisol» (20,16).  «Bien entiende que no quiere sino a su Dios; mas no ama cosa particular de El, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere. Digo «no sabe», porque no representa nada la imaginación» (20, 11). El orante hunde sus raíces en Dios, opta por El. Hacia las criaturas se produce un desarraigo, y en ella misma las gracias no la ensoberbecen sino al contrario le hacen crecer en humildad, los «éxtasis y las grandes mercedes y visiones, y todo aprovecha para humillar y fortalecer el alma y que tenga en menos las cosas de esta vida y conozca más claro las grandezas del premio que el Señor tiene aparejado a los que le sirven» (20,12). «Hasta ahora, desde que me comenzó el Señor a hacer esta merced de estos arrobamientos, siempre ha ido creciendo esta fortaleza, y por su bondad me ha tenido de su mano para no tornar atrás..» (21,11). «Todo me era medios para conocer más a Dios y amarle y ver lo que le debía y pesarme de la que había sido» (21,10);

Efectos eclesiales: Teresa es consciente que todo crecimiento espiritual que Dios ha obrado en el alma no es para que esta mejor goce de la intimidad del Señor, sino que todo está orientado para la edificación de la comunidad eclesial: «son ya almas fuertes que escoge el Señor para aprovechar a otras; aunque esta fortaleza no viene de sí» (21,11). En esta oración de  unión es cuando por primera vez Teresa ya da permiso para que empiece a dar fruto, porque ya está más arraigada en la humildad sabe lo que proviene de si y lo que proviene de Dios y el dar fruto ya  no le perjudicará: «Queda algún tiempo este aprovechamiento en el alma: puede ya, con entender claro que no es suya la fruta, comenzar a repartir de ella, y no le hace falta a sí. Comienza a dar muestras de alma que guarda tesoros del cielo, y a tener deseo de repartirlos con otros, y suplicar a Dios no sea ella sola la rica. Comienza a aprovechar a los prójimos casi sin entenderlo ni hacer nada de sí; ellos lo entienden, porque ya las flores tienen tan crecido el olor, que les hace desear llegarse a ellas» (18,19). Ella es consciente que este fruto no lo da ella sino el Señor: «Reparte el Señor del huerto la fruta y no ella, y así no se le pega nada a las manos. Todo el bien que tiene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su gloria» (20,29).

Efectos para la comunidad civil: El alma que llega a la oración de unión, el Señor también la lleva a interesarse por la comunidad civil, a desear ardientemente su bien. Y como esta está profundamente condicionada por el comportamiento de los gobernantes desea que Dios les dé luz, y todo la nación se beneficiará: «¡Bienaventurada alma que la trae el Señor a entender verdades! ¡Oh, qué estado éste para los reyes! ¡Cómo les valdría mucho más procurarle, que no gran señorío! ¡Qué rectitud habría en el reino!» (21,1). No desea luz para los gobernantes, sino que suplica al Señor que les dé a ellos  las gracias y la luz que le ha concedido a ella: «Señor mío, a pediros remedio para todo; y bien sabéis Vos que muy de buena gana me desposeería yo de las mercedes que me habéis hecho, con quedar en estado que no os ofendiese, y se las daría a los reyes; porque sé que sería imposible consentir cosas que ahora se consienten, ni dejar de haber grandísimos bienes» (21, 2).

En estos capítulos que dedica a explicar el cuarto modo de regar el agua, o la oración de unión (18-21), avisa con toda firmeza: «Queda de aquí entendido -y nótese mucho, por amor del Señor que aunque un alma llegue a hacerla Dios tan grandes mercedes en la oración, que no se fíe de sí, pues puede caer, ni se ponga en ocasiones en ninguna manera» (19,13). A la vez exhorta que tampoco se desanimen los que hayan caído, y ante todo no dejen la oración. Y ello lo dirá de forma convincente y de diversos modos: «nunca desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios. Aunque después de tan encumbradas, como es llegarlas el Señor aquí, caigan, no desmayen, si no se quieren perder del todo; que lágrimas todo lo ganan: un agua trae otra» (19, 3); «Digo que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración» (19,4). Y que la perseverancia en la oración  «crea que la sacará a puerto de luz» (19,4). Y el que ha caído puede creer que ello será verdad porque tiene como fundamento el amor de Dios, por ello podrá decir con toda verdad: «Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como dicen, de su pan» (19, 15). Y ello acontece porque Dios «Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (19,15) y de ello puede dar testimonio. «Pues que hagáis a almas que tanto os han ofendido mercedes tan soberanas, […] Pues daros gracias por tan grandes mercedes, no sabe cómo» (18, 3).

4.3. La Humanidad de Cristo (c. 22)

 Este capítulo sobre la Humanidad de Cristo como escribe Jesús Castellano: «cumple la función de bisagra, ya que tiene su función hermenéutica en el  tratado sobre la oración. Nada fuera de la Humanidad de Cristo, de sus misterios, de su mediación y compañía»[2]. Esta tesis doctrinal tenía  muchos contradictores en su tiempo, ya que existían muchos escritos místicos que pretendían prescindir de ella.

Teresa misma confesará que ella también cometió por un tiempo este error, pero luego las muchas visiones del Señor con las que se vio favorecida y como de allí le venían grandes bienes, no podrá más que asegurar la necesidad de la Humanidad de Cristo para crecer en el camino de la oración. Ella meditará porque acontece esto y luego dará estas razones a los letrados que leerán esta autobiografía espiritual.

Las razones que expone son las siguientes: No sólo la Humanidad de Cristo es motivo de meditación en las distintas situaciones que el orante se pueda encontrar, si está enfermo contemplar a Cristo en la cruz, si está gozoso o necesita ánimos le ayudará contemplarlo resucitado, sino que es verdaderamente persona que obra en bien nuestro, y ello Teresa lo afirmará de forma contundente: «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el  padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero» (22,6). «¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí» (22,7).

Además Jesucristo es nuestro mediador ante Dios, y no quiere que vayamos por otro camino sino por El: «Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (22,6); A través de Cristo es por donde nos vienen las grandes dones de Dios: «que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima» (22,7).

Luego recuerda «nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra» (22,10). Si en alguna ocasión acaece que Dios hace la gracia que «el alma salga de sí o ande muchas tan llena de Dios que no haya menester cosa criada para recogerla» (22,10). Pero ello no es frecuente, ya que por nuestra condición terrena, nuestra oración «ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario. […] que en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tener tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán que lo uno ni lo otro se pueda» (22,10).

Además para establecer una relación de amistad con Jesucristo es necesario que la meditación genere amor afectivo: «que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor» (22, 14). Luego da otro dato «Quiere a quien le quiere. Y ¡qué bien querido! Y ¡qué buen amigo! ¡Oh Señor de mi alma, y quién tuviera palabras para dar a entender qué dais a los que se fían de Vos, y qué pierden los que llegan a este estado, y se quedan consigo mismos! No queréis Vos esto, Señor, pues más que esto hacéis Vos, que os venís a una posada tan ruin como la mía. ¡Bendito seáis por siempre jamás!» (22,17).

CONCLUSIÓN

Teresa en este «tratadillo sobre la oración» nos  habla de la fuerza santificante de las gracias místicas que hacen más que nuestros esfuerzos. La comunicación de Dios alcanza a toda la persona y la va trasformando en una nueva criatura. La imposibilidad de suplir las gracias místicas o de provocarlas con técnicas o merecerlas con virtudes, porque estos son dones gratuitos de Dios. Y la puerta por la que nos vienen los grandes dones de Dios es la oración centrada en  Cristo.

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         BIBLIOGRAFÍA

Castellano  J., Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús. Breves apuntes para su lectura, Teresianum.

Herráiz García, M., Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa, Castellón, Ed. Centro de Espiritualidad Santa Teresa 1982.

Llamas E., «El libro de la vida», en  A. Barrientos (dir), Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1978,  205-239.   

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[1] E. Llamas, «El libro de la vida», en  Alberto Barrientos (dir), Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, Ed. De Espiritualidad, pp, 224-225.  

[2] J. Castellano, Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús. Breves apuntes para su lectura, Teresianum.

Teresa de Jesús y la oración como historia de amistad con Dios

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Sumario

Presentación. I. TERESA DE JESÚS, TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS: 1.1. Teresa de Jesús, escritora mística, 1.2. Dios obra misericordia en Teresa de Jesús, 1.2.1. Dios primera palabra, 1.2.2. Dios drama y solución, 1.2.3. Dios gana a Teresa para sí. 1.2.4. Sola con Dios solo. II. DIOS QUE SE DA Y RESPUESTA DEL HOMBRE.  2.1. ¿Con qué rasgos se revela Dios en la vida de Teresa de Jesús?, 2.2. Actitud del hombre ante un Dios que se da, 2.3. Respuesta del hombre ante la acción de Dios. 2.4. Cristo el verdadero amigo y modelo del cristiano. III. ASCESIS PARA LA AMISTAD Y LA UNIÓN CON DIOS: 3.1. La ascesis mística. 3.2. Líneas fundamentales de la ascética teresiana, 3.2.1. Andar en verdad. 3.2.2. La humildad como edificio de la vida espiritual. 3.2.3. Amor de unas con otras. 3.2.4. Libres nos quiere Dios, 3.3. Actitudes y dificultades para ser un verdadero orante. IV. LA ORACIÓN FORJA APÓSTOLES: 4.1.La oración fuente del dinamismo apostólico. 4.2. Apostolado y crecimiento espiritual. 4.3. La oración es apostólica. Conclusión.

                                                   PRESENTACIÓN

 Este  escrito intenta ser una síntesis del libro “Sólo Dios basta” de Maximiliano Herraiz. Los capítulos del apartado “IV. La oración forja apóstoles” he incorporado textos del libro “La oración historia de amistad” del mismo P. Maximiliano. La mayor parte del texto de esta síntesis es de este autor. Mi labor se ha ceñido a hacer una antología de los textos más significativos y estructurarlos por temas. Si hay algo de mi propia pluma, prácticamente sólo se podrá encontrar en el último capítulo titulado “La oración es apostólica”.

El libro “Solo Dios basta” del Padre Maximiliano Herraiz, fue la tesis con la cual obtuvo el doctorado en Teología por la Facultad de Teología de san Vicente Ferrer de Valencia.  Esta tesis fue pensada y redactada, como dice el mismo autor, “para un público amplio, admirador de la Madre Teresa de Jesús, con ganas de conocerla y dificultades no pequeñas para lograrlo”. El objetivo ha perseguido en su trabajo es ver qué contenido y qué cauces ofrece la Maestra de espirituales a la empresa de ser creyentes. «¿Qué tales habremos de ser» para vivir responsablemente nuestra vocación?[1].

En el libro “Oración historia de amistad” el P. Maximiliano  intenta  suscitar hambre de acercarse a Teresa de Jesús –“a ‘quienes han comenzado’ el camino de la oración y a quienes no lo han hecho, a los que ensayan nuevas aproximaciones a un compromiso de siempre o de hace unos días y a quienes ‘se liberaron’ de esta especie de piedad individualista, según dicen, que es la oración-, se habrá alcanzado el objetivo primero, a la vez que se habrá contribuido a clarificar el horizonte oracional de nuestro tiempo. Y así, en esta labor eclesial de tanta urgencia, como es el reencuentro con la oración, volverá a estar presente la mujer que captó la dimensión contemplativa de la vida cristiana, de la Iglesia, y el valor apostólico de la oración, que en ella se fundió con la pasión eclesial que ardía en las profundidades de su  espíritu”[2]. Acorde con ello, el autor desea que este libro, que ha gozado de gran acogida entre el público, pueda suscitar un diálogo, paciente y sostenido con Teresa de Jesús, además economice tiempo y afirme más rápida y profundamente el talante oracional de cada uno[3].

Si me atrevo a enviar esta síntesis, que en un principio sólo tenía el objetivo de cumplir un requisito académico, no es para atribuirme lo que no es mío, sino para que a otras personas les pueda hacer el bien que me hizo a mí su lectura. Además, por el profundo amor filial que profeso a Santa Teresa de Jesús, mi deseo es que siga haciendo el bien que está destinada a hacer como testimonio de que Dios nos ama y nos llama a su compañía para establecer una relación de amistad profunda y transformante con nosotros, y animándonos a ello acojamos esta oferta de amistad que Dios nos ofrece a todos.

Quizás algunas personas que lean este trabajo,  se animen a profundizar más en el conocimiento de lo que nos quiere transmitir Santa Teresa, leyendo sus escritos originales, o haciéndolo de  la mano de Maximiliano Herraiz, profundo conocedor de la misma. Pero lo que más importa es que ayude a la vida de oración, que, como decía Santa Teresa, no es otra cosa “sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5).

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Siglas:

 V. Vida; C. Camino de perfección (según el códice de Valladolid); CE Camino (según el códice del Escorial); M. Moradas (el primer número significará la morada, el segundo el capítulo y el tercero el párrafo; MC . Meditaciones sobre los Cantares; F. Fundaciones; E. Exclamaciones; Cta. Cartas; CC. Cuentas de conciencia. Const. Constituciones.

Se citan los escritos teresianos según la edición del P. Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, Obras completas de Santa Teresa de Jesús, Madrid, BAC, 1967.

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 I. TERESA DE JESÚS, TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS

Al místico le califica su experiencia de Dios. Y es lo que en definitiva le hace sobrevivir en la memoria y en la estima de los hombres. Si se busca su presencia y se escruta su vida, es para dar con esa experiencia del Dios viviente que disfrutó y que le convirtió en testigo vivo de su Presencia salvífica en el mundo de los hombres.

Entre los místicos, Teresa es figura cimera y caso verdaderamente excepcional. Mujer de amplia y profunda experiencia de todas las realidades de la fe, místicamente dotada de la comprensión de su experiencia, y también con el carisma de la fabilidad, no contaminada por los saberes y categorías de escuela teológica alguna, ofrece al estudioso datos abundantes en estado puro sobre el vasto mundo de lo sobrenatural.

 1.1. Teresa de Jesús, escritora mística

 Teresa de Jesús tiene ya muchos años sobre sus espaldas. Cuatrocientos de escritora. Es cierto que sobre sus páginas han en sí la frescura de lo inmediato, que es una palabra joven, del hoy mismo en que cada uno estaba situado. Nadie al dialogar con ella ha experimentado la sensación de retrotraerse a tiempos lejanos. No pasa para el místico la hora de la historia.

Ella es hoy lo que Dios ha venido haciendo volcado inquietudes y buscado esperanzas muchas generaciones. Generaciones venidas de muy diversas procedencias –culturales, ideológicas, religiosas-. Variedad de procedencia que se ha convertido en unanimidad de juicio a la hora de proclamar que la palabra de Teresa de Jesús lleva en ella día tras día. Cuando empuña la pluma, está viviendo a Dios como lo más íntimo de sí misma, como lo único verdaderamente sustantivo. Todo lo demás no es; Teresa no está en ello. Dios lo es todo para ella: cuando goza inefablemente su presencia, y cuando padece su ausencia. Dios ha ido actuando en ella la salvación que ahora escribe para nosotros.

Teresa, contemplativa por gracia y profesión, por vocación y compromiso, no tiene más palabra que Dios, porque no hay en ella otra vida ni otra presencia. Si nos cuenta sus cosas es porque en ella ha ido haciéndose historia la efusiva comunicatividad divina, y en ellas ha conocido la verdad de Dios y de su amor al hombre. Dios es la sustancia y la raíz, el centro de nuestro ser y de nuestra historia.

Dios es el protagonista de su vida. «El discurso de su vida» es el discurso de las maravillas de Dios. La clave interpretativa de la existencia de Teresa: sin él no hay historia, no es legible el proceso de su vida. Teresa centra el discurso de su vida, no en lo que ella ha hecho, sino en lo que Dios ha hecho en ella. La palabra sobre ella deriva necesariamente en palabra sobre Dios. Teresa no puede presumir sino de la misericordia divina. “Sólo puedo presumir de su misericordia» (3M 1,3).

En definitiva, son las formas místicas de la oración las que le han dado el conocimiento experimental de Dios. A través de ellas ha llegado Teresa a percibir en su alma, con claridad deslumbradora, lo que es Dios. La oración mística ha ordenado y confirmado definitivamente el comportamiento de Teresa, su saber estar ante Dios y frente a Dios. Al narrarnos su rica experiencia, Teresa de Jesús nos ha prestado un gran servicio: ayudarnos a alcanzar existencialmente al Dios que opera salvación en cada uno de nosotros.

 1.2. Dios obra misericordia en Teresa de Jesús

 Cada uno tiene su punto débil, Teresa de Jesús también tenía el suyo. Ella era mujer profundamente agradecida, que incluso decía que con una sardina la podían sobornar. Dios se hacer cercano a ella obrando misericordia precisamente cuando ella le es infiel, al final es Dios quien vence y ella se rinde a este Dios amor que sólo sabe obrar misericordia. “Guerra de amor” que comienza en Dios; los dos vencen porque triunfa la amistad ya irrompible, haciendo de los dos una única historia. Esta es la historia que Teresa nos cuenta y sobre la cual reflexiona. Es una palabra que no ha envejecido y sigue tan actual como cuando fue experimentada.

  1.2.1. Dios primera palabra

 Teresa ha leído su vida a la luz de Dios. El Señor es algo inseparable de su vida, por eso su Vida es la historia de las misericordias del Señor.

Cuando Teresa en su Autobiografía nos habla de los años de su infancia y primera adolescencia, es porque quiere transmitirnos que la llama de Dios prendió en su alma en un ambiente propicio. “Era el Señor servido que me quedase en esta niñez impreso el camino de la verdad” (V 1,5). La espontánea y apresurada búsqueda de la protección de la Virgen y la intensa súplica que le dirige, revela la fuerza y la convicción con que quería asegurar una dirección asumida, un amor del que se sentía ya cautiva, y al que con tanta verdad había respondido.

La vida, desde el hombre, es pasión de Dios, afirmado sin rival y vivido con intensidad, con amor fuerte. Comprende pronto que Dios no se le revela para ser sabido, sino para ser vivido. Dios aparece ya grande en su misericordia. Y así se mantendrá a lo largo de la historia que comienza. Siempre fiel a sí mismo, ningún comportamiento de la criatura le hará acortar su mano bondadosa o remitir en la divina largueza de graciosa donación. No puede decir Teresa lo mismo de sí misma: ella no permaneció «entera» en el amor. La quiebra de la alianza se produjo de su parte. Pero aún esto, a la postre, se canta como gracia: Dios es más fuerte.

 1.2.2. Dios, drama y solución

 «Una sombra de muerte» es un período que comprende el final de su vida seglar y toda la primera parte de su vida religiosa. Alrededor de unos veinte años. Nunca lo ha olvidado. Y le ha servido para afirmarse más en el convencimiento del Dios amoroso que presidió su vida y para pronunciar con autoridad su palabra de esperanza a las almas ruines e imperfectas como la suya. En el fondo, lo ha concebido como un tiempo privilegiado, denso y luminoso.

Teresa entra en esa sombra de muerte en su adolescencia, fue algo paulatino, entran amores y arrastran a Teresa, dando a su vida otro sesgo muy distinto al que hacían presumir las palabras primeras del «discurso de su vida», era la «vanidad del mundo», “pasatiempos y conversaciones», «pasatiempos de buenas conversaciones» (V 2,6).

En aquel tiempo Teresa no sufría una conversación sobre Dios. Dios se le caía de las manos. Vivía más polarizada por el mundo, por otras conversaciones, la consumían «otras vanidades».  Teresa ha perdido limpieza y penetración su mirada. El amor como juego, como conversación y pasatiempo. Amor que sólo entretiene por fuera. Así se inicia el deslizamiento por la pendiente «del desear contentar en parecer bien».

Teresa intenta sentar a la misma mesa a los dos contrarios, vida espiritual y pasatiempos sensuales, Dios y criaturas (V 7,17), con el paradójico resultado de no gozar de ninguno. Dios no comparte con nadie el amor del hombre. No se sienta a la mesa con otros invitados. Se esconde entonces, haciendo, a la vez amargos los demás amores.

Pero Dios lucha por abrirse paso en el interior de Teresa, para ganársela como amiga, poniendo en juego todas las invenciones de su amor, «forzando» la voluntad de su criatura. Ella dirá de Dios: “No dejó nada por hacer”. Pero el Señor no se impone violentamente.

Teresa sabe que su vida tiene dueño, pero no daba el paso, este es el dolor que parte a Teresa en dos. Por un lado va el convencimiento y por el otro la vida. No sacrifica ni uno ni otro. Ella no renuncia a Dios. Pero no entra por el camino de la totalidad. Se busca a sí misma, autoafirmándose. Prueba de fuerza, no de humildad. Esta es la razón de esa “vida trabajosísima” que todavía, después de tantos años, no logra explicarse cómo pudo pasarla.

Teresa constatará en su vida a un Dios «ganoso» de ganarla, de tornarla a sí, cuya capacidad de sufrida esperanza está muy por encima de la capacidad de pecado del hombre. A partir de su experiencia ella podrá decir a los demás: «fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestras ingratitudes…» (V 19,17).

Manifestar sus misericordias es presentar al Dios que le ha asistido, día a día, en derroche de bondad, que es proclamar su presencia de amor. Dios hace a Teresa, a pesar de Teresa, contra ella misma. Dios no obra porque el hombre le acoja, porque “sea bueno”. Prescindiendo de la postura que adopte ella, Dios permanecerá siempre fiel a sí mismo. El nunca se cansa de dar, ni agota sus misericordias. Ese Dios que le castiga con mercedes (V 7,18) entablando con ella una curiosa lucha de ofensa-perdón (V 19,17) de la que El sale siempre victorioso.

Hacia el final de la crisis vemos que multiplicaba sus esfuerzos y diligencias. «Me daba mucho a la oración y hacía algunas y hartas diligencias para no le venir a ofender». «Buscaba remedios, hacía diligencias». De la misma famosa amistad dice: «ya yo misma lo había procurado (romper con ella)». Siempre con idéntico resultado: la derrota. Y una sensación de cansancio y desaliento se le apoderaba de todo el ser. Quería, pero no podía. Así introduce el relato de la conversión definitiva: «Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, declara sin fuerza, incapaz de sacar su vida adelante. «Ni yo pensé salir de ello». El Señor miraba «los deseos que muchas veces tenía de servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra”.

1.2.3. Dios gana a Teresa para sí

 Tuvo que llegar a esta experiencia extrema de pobreza para entrar definitivamente por el camino del amor. Deponer su actitud de autosuficiencia y confiarse al Señor. No esperar nada de sí. Esperar todo de Dios. Echarse a los pies de Cristo para confesar su humilde sumisión, para «dejarse del todo a lo que El hace» (V 6,4). Ora Teresa a los pies del Cristo muy llagado, «que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba». Que haga El lo que ella en vano viene intentado desde hace tanto tiempo. La conversión la hace Dios. Cuando el hombre ha multiplicado sus esfuerzos, ha templado en la arena su voluntad y ha terminado reconociendo con paz y humildad que cambiarse es algo que supera sus fuerzas, pero que hay alguien que puede y quiere hacerlo, el milagro se hace. Es lo que sucedió a Teresa: «creo cierto me aprovechó» sentencia (V 9,3).

Es en este momento de extrema pobreza e impotencia donde se  sitúa la intervención fulgurante y renovada de Dios que conmina a Teresa con la fuerza del amor: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles» (V 22,5). Sus infructuosos esfuerzos anteriores y la eficaz acción de Dios ahora. Luego ella dirá: «Debía aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo, ni yo pensé salir con ello; porque ya yo misma lo había procurado… Ya aquí el Señor me dio libertad y fuerza para ponerlo por obra». (V 22,7). «Sea el Señor bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo» (V 22,8).

Dios le concedió el don de la libertad. “Después que vi la gran hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese bien, ni me ocupase; que con poner un poco los ojos de la consideración de las excelencias y gracias que en este Señor veía” (V 37,4). Es el encuentro con Dios lo que libera al hombre. La “visión” rompe en mil trozos el hechizo que las cosas (todo lo que no es Dios) ejercían sobre el hombre. Ella quedó curada para siempre. “Nunca más yo he podido asentar en amistad a no ser con personas que aman a Dios y le sirven”. Dios acabó por vencerla.  O Teresa se rindió convencida de que no podría «cobrar otro amigo mejor» (2M 1,4).

Teresa supo creer en el amor de Dios y esperó su triunfo velando con coraje en la oración, abierta la puerta de la esperanza a quien sabía que quería entrar a “regalarse y regalarla” (V 8,9).

El forcejeo anterior ha tenido por finalidad preparar, ablandar y disponer su voluntad a fin de que quiera recibir a Dios. Y El se da. Se vuelca inmediata y abundantemente. La «conversión» de Teresa, señala su ingreso en la vida mística, es el comienzo del aceleramiento de la comunicación divina que estaba como bloqueada por su mayor o menor resistencia anterior. El protagonismo divino se hace absorbente.  “Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración, comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien deseaba -a lo que pareció- que yo las quisiese recibir» (V 23,1). Dios da, se da. El hombre recibe. Estas son las coordenadas sobre las que avanza la vida de Teresa de Jesús y, si hemos de creer su testimonio, la vida de todo hombre. Coordenadas que el progreso de la vida espiritual irá perfeccionando ininterrumpidamente, reduciendo a Dios y al hombre a sus puestos respectivos propios: dar y recibir, hacer y «padecer».

La pedagogía divina conduce a Teresa, de una actitud «conquistadora» a otra de humilde acogida. De un Dios que se da, Teresa descubre que ella debe ser sola de Dios. A Dios no se le dan cosas, ni se le consagran tiempos. Es la persona en su integridad la que debe entrar en posesión de Dios.

Pero cuando Teresa descubre los bienes eternos, Dios en definitiva, se apodera de ella una reacción espontánea y decidida: ir detrás de Dios, salir a la conquista de los bienes que la fe le revela. Dios corregirá esta actitud, fundamentalmente soberbia, de afirmación del propio yo, por otra de humilde y confiado abandono en su poder salvífico, de humildad.  Dios es el que hace, y de que ella debe confiarse a esa acción divina recibiéndola para poder secundarla en plenitud de respuesta.

 1.2.4. Sola con Dios solo

 Apenas empieza a gustar las delicias de la oración busca la soledad para el encuentro con Dios. Busca la soledad para enmarcar su trato amistoso con Dios (V 5,1; 7,2). La comunicación de Dios por medio de las oraciones infusas acrecienta en Teresa sus hambres innatas de soledad. “Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien” (V 15, 14). Cada grado de oración operará un acrecentamiento del deseo de soledad. La oración mística ha ordenado y confirmado definitivamente el comportamiento de Teresa, su saber estar ante Dios y frente a Dios.

Después de la gracia de la conversión que le concedió la libertad interior, a las personas se las empieza a mirar y a querer por lo que tienen de Dios. A partir de entonces Teresa es mujer de unidad y de equilibrio. Poblada de hombres hermanos pero que vive en una profunda soledad contemplativa. Dios llevó a Teresa a la soledad. La soledad teresiana coincide cronológicamente con la presencia de Dios en su vida más fuertemente sentida y experimentada.

La vida de Teresa nos dice que la soledad es destino insoslayable con que el hombre se encuentra en su camino, piedra angular sobre la que se asienta la “edificación” de su persona. Ella nos dirá: “Veía que no me entendía nadie” (V 30,1). “Sólo hallaba remedio en alzar los ojos al cielo y llamar a Dios…. para no confiar en nadie, porque no le hay que sea estable sino Dios” (V 39,19). Todas las ayudas que del mundo nos pueden venir son “unos palillos de romero seco”. En un momento crítico escribirá: “El verdadero amigo del que hemos de hacer cuenta es de Dios” (Cta. 9-5-77, 191,7).

Si Dios es la clave de su amistad; lo es también de su soledad, fácil en la comunicación, hizo que con muchos tratara y un trato que no era ni superficial ni distante. Pero nadie la sacó de su soledad, nadie la llenó tanto que dejara de sentirse sola en el hondón del alma. Ya que por dentro anda sola; ni escucha la palabra que quiere, ni puede participar hasta donde desea la riqueza de que se sabe portadora.

En soledad murió. La soledad más brutal e hiriente es la última palabra que nos llega, en hondo silencio y sonriente aceptación, desde el lecho de muerte de una mujer que había sembrado el amor por todos los caminos y cuyos amigos se contaban a millares. Soledad no padecida estoicamente. Tampoco con amargura. Con la serenidad y paz que le daban las alturas de espíritu escaladas tras tantas horas de viaje. Es por ello que Teresa de Jesús se nos presenta como una personalidad profundamente unitaria y armónica en la más asombrosa variedad de cualidades, tantas de ellas de signo opuesto y contradictorio. La opción por Dios es la clave de su unidad granítica y de su porosidad humana. Ahí está la explicación del prodigio que fue Teresa.

 II. DIOS QUE SE DA Y RESPUESTA DEL HOMBRE

 Para poder comprender los rasgos más importantes de la espiritualidad teresiana es necesario que ante todo descubramos como es el Dios que obró misericordia en Teresa de Jesús y que ella nos relata en sus escritos, ya que cada uno vive según el Dios en quien cree. Dios está detrás de cualquier proyecto de vida, dígase cristiana.  Pero Teresa no sólo tendrá una amplia y profunda experiencia de todas las realidades de la fe, sino que a través del testimonio de su vida y la reflexión de su experiencia, intentará enseñar a los otros el camino de la oración contemplativa y de la unión con Dios.

 2.1. ¿Con qué rasgos se revela Dios en la vida de Teresa de Jesús?

 Teresa conoce a Dios por lo que El hace en ella. «El discurso de su Vida» es el discurso de las maravillas de Dios.  La Autobiografía teresiana pone de relieve que Dios es el gran protagonista de su historia. Su Autobiografía no es otra cosa que la narración de lo que Dios ha hecho en ella. «No se trata de cosa sino de lo que es El» (Cta. 7-XII-77; 209,10). Al narrarnos su rica experiencia, Teresa de Jesús nos ha prestado un gran servicio: ayudarnos a alcanzar existencialmente al Dios que opera salvación en cada uno de nosotros. Y confiarnos a El.

Teresa cree que su experiencia de Dios tiene un valor de signo revelador. Ha escrito con el convencimiento de que ella es como un espejo en el que pueden mirarse todos para descubrir las líneas maestras de la espiritualidad cristiana: por un lado, la acción salvífica de Dios, real y persistente a lo largo de todo el camino; y, como respuesta a ella, la actitud receptiva del hombre que le compromete totalitariamente en un proceso de purificación por el que venga a ser verdaderamente amigo de Dios. Pues Dios en todas sus gracias busca positivamente que el hombre «se haga a su condición» (V 8,6).

Ella ha experimentado a Dios como una presencia personal, entrañable, cálida y viva. Precisamente esta revelación de Dios que nos transmite Teresa es la que hizo que Santa Edith Stein cansada de medias verdades y de análisis fríos de la realidad se convirtiera al catolicismo y con el propósito de ingresar más tarde en el Carmelo para caminar hacia el encuentro íntimo con Dios, que Teresa testimoniaba en su Autobiografía.

La idea central de la experiencia teresiana es la conciencia de una comunicación divina que va transformando el alma y tiende a una comunicación personal. Una realidad que puede ser considerada desde dos perspectivas: desde Dios que se da, se comunica; y desde el alma, que recibe.

La experiencia de Dios dador de sí mismo, divinamente empeñado en hacerle mercedes, presencia de amor personal, este Dios que «se adelanta» salvíficamente al hombre, es su gran hallazgo y su mejor palabra.

En Teresa se da todo el proceso de la vida espiritual cristiana. La dinámica de la manifestación mística de Dios en Teresa: (Dios-Cristo-Trinidad), sigue los mismos pasos que la revelación divina registrada en la Historia de la salvación. Desde un sentimiento de la presencia de Dios, que ella misma lo describe con estas palabras:”Acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo que he dicho, y aún algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en El (V 10,1 cf. CC 54,25; V 27,4). Hasta la manifestación del misterio Trinitario en cuya compañía «ordinaria» discurren los últimos años de su vida. Con un tiempo intermedio, puente entre estos dos extremos, en el que Cristo, «no hombre muerto, sino Cristo vivo» (V 28,8), es el testigo ante el cual y con el cual Teresa vive.

Dios se comunica a Teresa. La gracia o las mercedes que ella recibe no son «cosas», es Dios mismo en su misterio Trinitario. La acción de Dios es comunicación de su misma vida. Cuando alcanza las cimas de la comunicación será tan viva, amplia y honda que Teresa tendrá la sensación no de que vive sino que es vivida por Dios.  Las Moradas séptimas, meta final de un largo proceso, representa la comunicación a nivel más profundo de Dios al hombre y también del hombre a Dios.  A final de este proceso: “sólo El y el alma se gozan con grandísimo silencio» (7M 3,11).

El Dios de Teresa es el Dios de todos. Y por eso su caso nos atañe personalmente, nos interesa vivamente. El Dios bíblico, el de Teresa, es presencia operativa de salvación. Dios-gracia. Presencia ininterrumpida. Dios actuando siempre, con o contra el hombre. Y en todo caso, por delante del hombre. El hombre «padece» la acción realizadora de Dios. Estamos ante un Dios que se da, se comunica, hace mercedes, otorga gracia. Un Dios deseoso de que los hombres quieran recibirlo, «necesitado» de dar. Dios se revela actuando salvación.

Dios es amigo de dar (5M 1,5), «ganoso de hacer mucho por nosotros» (6M 11,1). Dios se presenta como buscando a quien dar (6M 4,12), «necesitado de que las queremos recibir, sus mercedes (5M 4,6).

Dios es donación que recrea al hombre y posibilita la reentrega de éste. Se da a todos sin distinción. No se cansará Teresa de repetir que Dios siempre ama, y que el hombre con su comportamiento negativo no le impedirá seguir haciéndolo. Dios no puede dejar de hacerlo… porque es Dios. Y se da como Dios: sin tasa. Dios es «muy amigo de que no pongan tasa a sus obras».

El hombre glorifica a Dios acogiendo cuanto Dios le da, dándole oportunidad de que le dé. Es relación interpersonal de acogida y donación de Dios y ofrecimiento de sí desde niveles cada vez más hondos e íntimos, de esta forma las relaciones interpersonales crecen en interioridad.

Existe siempre la misma actitud divina: «no deseando otra cosa, sino tener a quien dar», «a todas las daría» si contara con la disposición requerida. Y esta disposición es querer recibir. Es imposible que no se dé Dios a quien quiere recibirlo, a quien se dispone. «No puede su Majestad dejar de darse a quien se le da toda» (MC 6,9). Las formas o modos en que Dios hace esta donación es algo secundario, «poderoso es el Señor de enriquecer las almas por muchos caminos y llegarlas a estas moradas» (5M 3,4). Lo esencial es que Dios se da a todos los que se disponen a recibirlo, a los que quieren recibirlo. Ante todo es aceptar a un Dios que es gracia. Dios «es amigo verdadero» «que nunca deja de querer si se le quiere» (V 25,17), «que no deja nada por hacer con los que ama; y como ve que le reciben, así da y se da; quiere a quien le quiere» (V 22,17). Dios a nadie falta si se confía en El sólo (CC 1,21).

A partir de su propia experiencia Dios, no se revela al hombre como pieza de conocimiento. Sino como Amigo para la vida. Fuerza transformadora metida en la entraña del hombre. Dios que es Amor, no da cosas, sino que se da El mismo, y se nos comunica en lo más íntimo de nosotros mismos. Cuando el hombre se ha alejado de Dios, El lo busca incansablemente como el buen pastor a su oveja, o como el padre que espera el regreso del hijo que hace tiempo se ha alejado del hogar. El mensaje que Teresa nos transmite está centrado en la relación personal de amor amistoso que une a Dios y al hombre.

Dios actúa en el hombre, no atropellando su libertad, sino provocando y exigiendo la libre aceptación de cuanto se le comunica y activando su requerida respuesta de disponibilidad. El proceso de actuación y conquista es lento y diferenciado. Dios «hace mercedes» para darse a conocer y provocar y alimentar el movimiento del hombre hacia El.

 2.2. Actitud del hombre ante un Dios que se da

 Teresa habla de la absoluta necesidad de disponernos plenamente, desde la raíz, como condición imprescindible para que el don de Dios se nos dé renovadamente. «El no ha de forzar nuestra voluntad» «es amigo de todo concierto» (C 28,12). Por ello el que quiera caminar por caminos de interioridad hacia el encuentro con Dios, debe empeñarse a fondo, insobornablemente, con valiente decisión a quitar de sí cuanto impide al amor. Teresa estaba convencida de que todos somos llamados (5M 1,3), a todos convida el Señor, y «por El no quedará». La unión con el Padre que pide Jesús (Jn 17,21) no dejaremos todos de alcanzarla si no faltamos en disponernos (7M 2,10). Por ello tender a la contemplación no es más que un prepararse a ella, es decir, quitar de sí los obstáculos que alejan de nosotros el don divino, y ponernos en mejores condiciones para recibirlo.

El hombre no se hace, él es en cada instante lo que de Dios recibe. No tenemos nada que no hayamos recibido. Si Dios es el que da incansablemente. «No se cansa de dar, no nos cansemos de recibir». El hombre se hace a partir del don que Dios le hace de sí mismo. El pensamiento de que podrían carecer de las gracias que reciben «les hace andar más cuidadosas y procurar fuerzas de flaqueza, para no dejar cosa que se les pueda ofrecer para más agradar a Dios» (7M, 4,14). Más que a no ofender a Dios, recae sobre él cómo manifestarle el amor que se le tiene, no dejando nada por hacer para contentarle más. El amor polariza de tal manera sobre Dios, que hace absorbente la preocupación por agradecerle.

El hombre no puede experimentar en su vida mayor exigencia que la que engendra el don con que se sabe favorecido, don que se convierte en exigencia de donación personal. «Lo mucho que importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace» (V 10, tít). “Amor saca amor». La gran exigencia de fidelidad empieza a sentirse vitalmente cuando ese ser amado nos alcanza las entrañas, «Si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo» (V 22,14). Dirá Teresa: «Es imposible (…) tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecida de Dios» (V 10,6).

La mayor comunicación divina se recibe como una mayor exigencia de respuesta. La donación creciente de Dios acelera y centra la donación del hombre. Teresa advierte a los místicos, y de algún modo consuela a los que no reciben de Dios gracias y mercedes «sobrenaturales» que «quedan más obligadas a servir, pues es recibir más» (6M 9,16). Así también en Vida: «se han de tener por más deudores y más obligados a servir» (V 10,5), cuanto más se saben que reciben de Dios. Pues «con esta condición las da el Señor» (V 10,5).

 2.3. Respuesta del hombre ante la acción de Dios

 El amor que se nos da es exigencia de gratuidad. La amistad es gratuita. La amistad excluye todo interés y sólo puede vivirse en gratuidad. De esta forma la gracia que el hombre recibe de Dios es exigencia de vida gratuita. La gracia no puede vivirse sino como gracia. El Dios-Gracia no se puede vivir en provecho propio, sino como gracia, ante El y ante los hombres.

Teresa nos transmite su experiencia y desde ella adoctrina y muestra un camino de comportamiento espiritual. La doctora Mística insiste en que se viva con limpia gratuidad ante Dios, en amor puro, sin parar en la paga o en el mérito, que corre a cuentas de Dios que es por cierto «buen pagador»   (MC 1,6).  El, no dejará de retribuir al hombre sus obras buenas.

El hombre cuanto más consciente es de los dones que recibe de Dios, más empeñado se siente en dar la propia vida como donación gratuita. El encuentro con este Dios opera en Teresa una revolución en su vida. En primer lugar, actitud y temple de pobreza, de receptividad y acogida. Darnos a Dios es darnos a recibirle. Y así se le glorifica.

El deseo de hacer la voluntad de Dios viene a ser la primera actitud ante un Dios que se da sin tasa y obra salvación en el hombre. Pero, para hacer la voluntad de Dios, conformarnos a ella, exige primeramente creer en un Dios que en verdad encamina nuestros pasos, y es un amigo verdadero de quien nos podemos fiar. A unas postulantes Teresa contestará: «Déjense en las manos de Dios para que cumpla su voluntad en ellas, que ésta es la perfección» (Cta. med/marzo/74; 60,3).

 2.4. Cristo el verdadero amigo y modelo del cristiano

 Dios se revela en Cristo como el verdadero amigo del hombre, por ello el verdadero remedio es confiar en Cristo: «Hállole amigo verdadero». «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo. Nunca falta; es amigo verdadero» (V 22,6).

Una vez que se ha encontrado la voluntad divina, el hombre la acomete decididamente, la pone por obra, «se pone» en ella, se da a hacerla porque ya no tiene otra voluntad ni tiene otro deseo sino el de contentar a Dios; el hacer lo que le agrada. La entrega de nuestra voluntad no se hace sin antes haber encontrado otra, haberla hecho nuestra, y haberle dado paso en nuestra vida. Dirá Teresa: «Todo el punto está en que se lo demos por suyo (el palacio de nuestra alma) con toda determinación» (C 28,12).

Hacer la voluntad de Dios significa conformarse con Cristo, revestirse de El. En Cristo ve Teresa como la definición viva y la expresión exhaustiva de lo que significa hacer la voluntad de Dios, y hacerla «con toda determinación» (C 32, tít). La Eucaristía es una expresión viva de su obediencia amorosa al Padre. Por ello decide quedarse con nosotros, prologando sacramentalmente su actitud obedencial al Padre, para «despertarnos» a nosotros con su ejemplo, para que no neguemos nuestro amor al Padre, y tener hacia El una actitud obediencial.

Cristo tanto en su vida terrena como hoy en su presencia eucarística es para nosotros un  “despertador» al verdadero amor, ayuda y sustento de nuestro deseo de que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios: «pues no se queda para otra cosa con nosotros, sino para ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que hemos dicho se cumpla en nosotros» (C 34,1). Cristo es el hombre del amor. El hombre que no dejó nada por hacer por nosotros. Todo lo hizo cumplidamente. Llevar la cruz es ayudarle a El a llevarla, a no permitir que caiga con ella. Vivir atento de El y no de sí mismo. Amar, en definitiva.

El camino del padecer es amor compasivo al Crucificado. Comunión en sus dolores para aliviarle a El. Llenar su soledad con nuestra compañía. Y al mismo tiempo, sostener nuestra debilidad con la fuerza de su presencia. «Este (el camino del padecer) es el camino de la verdad» (CC 26,1). «Precian los contemplativos los trabajos y los desean» mucho más que otros pueden desear joyas y oro. (C 36,9; cf. MC 6,1).

             III. ASCESIS PARA LA AMISTAD Y LA UNIÓN CON DIOS

En Teresa la palabra «mortificación» se reserva casi siempre para expresar la dimensión espiritual e íntima de la ascesis. Para ello propondrá un camino ascético que tiene como objetivo principal quitar los obstáculos para que Dios se derrame abundantemente en el alma. Este camino se podría resumir en: amor de unas con otras, desasimiento de todo lo criado y verdadera humildad. Todas estas virtudes son un reconocimiento del todo de Dios, el testimonio de una vuelta sincera a El.

3.1. La ascesis mística

La ascética teresiana y el objetivo que persigue es la recreación de la persona, por dentro y por fuera, por medio de la práctica de las virtudes, desde las teologales a las sociales y humanas, este ejercicio de las virtudes hacen creíble y atractiva la santidad de una persona.

En Teresa se da un progreso que va del paso de las penitencias a la mortificación, de la privación de cosas a la reformación de la persona, de las maceraciones corporales al doblamiento del espíritu.  Teresa sabe que «arreglando» el espíritu, rehaciendo al hombre por dentro, sanándole en sus raíces, no se dejarán de cumplir las penitencias que prescriben las reglas especiales o las generales de la Iglesia. Por grandes que sean las virtudes interiores, no quitan las fuerzas del cuerpo para servir la religión, sino fortalecen el alma» (C 15,3). Ella dirá repetidamente “yo soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor” (Cta. 12-XII-76, 156,10).

La pedagogía de Santa Teresa de Jesús, tiene un objetivo bien preciso, disponer el alma a la gracia de la contemplación infusa, al don místico y a la unión con Dios. Para ello planteará con esmero y cuidado la estrategia más conveniente. La mortificación teresiana apunta decididamente al interior del hombre, al doblamiento del espíritu, al dominio y extirpación de las raíces, para quitar los obstáculos y favorecer las actitudes para unirse íntimamente con el Señor

«El ascetismo carmelitano es… propiamente místico…Tal es el fin principal del ascetismo carmelitano (la unión con Dios por la oración) y este fin tan alto explica su rigor y su severidad”. O como dirá el gran conocedor de Santa Teresa, el P. Tomás Álvarez: “Sentido teologal y místico de la ascesis teresiana: la lucha tiende… a elevar al hombre al otro polo de la vida, Dios. Es una ascesis de la amistad, cuyo punto focal es el otro Amigo, o también una ascesis dirigida enteramente a la mística: proteger el misterio de las relaciones a tener con Dios»[4].

Ante un Dios que se da sin tasa y obra salvación, la respuesta es darnos «Todas a El todo sin hacernos partes» (C 8,1). Y del todo. Desde las raíces. Es el precio que hay que pagar para disfrutar el gozo de Dios, su amistad. «Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que como su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos» (V 11,1). Es la condición imprescindible.

El hombre está enfermo por dentro, es profundamente egoísta, es «tardo en darse», y pronto en exigir.  El hombre es el juguete de una fuerza interior que le empuja a constituirse centro y término de todo. No se abre para darse, sino para exigir servicios. Toda la labor formativa de la Madre Teresa se encamina a desenmascarar esta postura y tratar de cambiar totalmente la dirección de la corriente de la vida, dirigiéndola no ya a nuestro «yo» sino al «Yo» divino. Por eso es esencial «contradecir» nuestra voluntad, hasta no tener voluntad propia, para adherirnos totalmente a la voluntad de Dios.

Es tan importante el desapego de sí mismo para centrarse en el Creador que en su libro  Camino de perfección,  en el cual intenta sentar las bases de un hombre o una mujer espiritual, dirá: «Porque todo lo que he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Creador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de criaturas» (C 32,9). El camino de oración y amistad es el “intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El» (V 11,11). Este darnos al Creador no es para gozar egoístamente de El, sino implica donación de servicio, donación de amor limpio y desinteresado, y deseo de hacer en todo su voluntad.

Servir es la traducción exacta del amor hacia donde se dirigen todas las gracias que Dios da al hombre, en la oración, y que autentifica la oración misma: «Si ella está mucho con El…, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene» (7M 4,6). Con otras palabras: el trato con Dios en la oración tiende a «hacernos esclavos de Dios, a quien -señalados con su hierro que es la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los que pueda vender por esclavos de todo el mundo, como lo fue El» (7M 4, 8). Así en una vigorosa síntesis diciendo cómo todas las gracias místicas -y no místicas- tienen como finalidad preparar al hombre, y hacerlo apto para la donación total a Dios, que siempre pasará por el camino de cruz.

 3.2. Líneas fundamentales de la ascética teresiana.

 Cuando el hombre constata en su propia vida el don que de Dios recibe abundantemente, provoca en él una repuesta de conversión y reforma, que en palabras de Santa Teresa  se puede concretar «qué tales habremos de ser» (cf C 4.1) para corresponder a este Dios que se da sin tasa.

Para la reforma del ser en orden a una amistad honda y transformante con el Señor, Teresa considera que hay  tres cosas importantes, «necesarias» e «imprescindibles»  que han de vivir los que pretenden llevar camino de oración, estas son: caridad, desasimiento de todo lo criado o libertad y verdadera humildad.

Teresa sintetizará: “No puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado» (CE 24,2).

A la adquisición de estas virtudes cifra Teresa el progreso en la vida espiritual. Esto lo recordará en las séptimas moradas: “no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas siempre, os quedaréis enanas” (7M 4,9). Además “se tiene con harto trabajo la oración, si no se procuran las virtudes… no vendrá el Rey de la gloria… a estar unido con nuestra alma, si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes” (C 16,6). Meses antes de su muerte repetirá su convicción que para relacionarse con Dios en amistad lo esencial es crecer en la virtud más que en penitencias corporales: “Virtudes pido yo a nuestro Señor me las dé en especial humildad y amor unas con otras, que es lo que hace al caso” (Cta. 28-XII-81; 403,6). Virtudes que al fin y al cabo las infunde Dios, que “trabajando nosotros poco a poco lo que es en nosotros, no tendremos mucho más que pelear; que el Señor toma la mano contra los demonios y contra todo el mundo en nuestra defensa” (C 8, 1).

El ser del hombre nuevo que se persigue, debe por amor a Dios y a los hermanos romper el cerco del egoísmo; por el desasimiento, lucha por la libertad; y, por la humildad, deponer el talante soberbio y autosuficiente. Darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas. Ascesis vivida como opción de amor por Cristo. Una opción totalitaria que implica todo el ser. Donación de todo: abrazarse con solo El, hallarlo todo en El. Como respuesta a la donación que Dios hace de sí al hombre.

La ascesis no es cuestión de formas, sino de amor. Cuando el amor es fuerte y absorbente, la vida inevitablemente recibe una impronta profunda de renuncia, de muerte a lo que no es o no conduce al Amor por el que se ha optado.

Su defensa de la ascética del corazón, comporta una clara prudencia respecto a la penitencia y al rigor corporal. Un suave y templado humanismo contra un rigorismo que ni por carácter le iba, pero que era muy presente en la época que le tocó vivir.

 3.2.1.  Andar en verdad

  La oración es la escuela de la verdad. Es Dios quien abre el acceso al contemplativo a la comprensión de la verdad. En gran silencio. «Pone el Señor lo que quiere que el alma entienda, en lo muy interior del alma, y allí lo representa sin imagen ni forma de palabras» (V 27,6). Una acción divina fuerte que fructifica en luces, intelectuales, en «hablas», en «visiones» capacitando al sujeto que las recibe para la captación vivísima de la realidad sobrenatural, desde las verdades dogmáticas hasta los comportamientos morales de la persona. Se podría decir que el místico es el que experimenta los dogmas de la fe.

Según Teresa, la oración, desde el inicio hasta las cotas más sublimes, es un desvelamiento de Dios ofrecido al hombre. Ella experimentó cómo se le grababan las grandezas de Dios en el interior de su alma, ella no podía dejar de confesar en verdad a Dios como Señor. Una de las mayores gracias místicas que recibió en su vida tiene por objeto a Dios como suma Verdad. «El es sólo Verdad» (6M 10,6).  La Santa está convencida de que la ignorancia de Dios explica en su raíz todos los males del hombre. «Todo el daño que viene al mundo es no conocer las verdades de la Escritura» (V 40,1). En el contexto de la visión intelectual de Dios como Verdad Suma, Teresa nos transmite estas palabras divinas que se le imprimen en su ser: «¿Sabes qué es amarme de verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí» (V 41,1).

Para Teresa de Jesús no hay oración sin «verdad». En doble sentido: la verdad es un presupuesto indispensable de quien comienza o hace oración; llegar a la Verdad forma parte del contenido, insustituible, de la oración. La verdad no se conquista. Se recibe, se infunde e imprime. Este conocimiento que se recibe en la oración no es sólo de Dios sino también de uno mismo. Dirá Teresa «jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios» (1M 2,9). La luz recibida en la oración es portadora de vida nueva; es fuerza de conversión del hombre hacia Dios.

Uno de los  rasgos propios del contemplativo es el amor a la Verdad: «quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre, y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis, que es posible quien muy de veras ama a Dios, amar vanidades? (C 40,3). Para ella vanidad y mentira es lo que no va guiado al servicio de Dios.

 3.2.2. La humildad como edificio de la vida espiritual

 Dirá Teresa “Porque Dios es suma Verdad, la humildad es andar en verdad» (6M 10,7).  La humildad es andar en verdad ante Dios. El hombre humilde es el que reconoce a Dios. Esto implica afirmar que Dios es el centro del hombre. La humildad es radicalmente la confesión más vibrante de Dios.

Dios está en el humilde. Teresa lo expresará de forma muy plástica: “No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo a las entrañas de la Virgen y con ella lo traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos” (CE 24,2). Y en Moradas escribirá: «humildad, humildad; por ésta se deja vender el Señor a cuanto de El queremos» (4M 2,10).

Dios no sólo se rinde al humilde, sino que es la fuerza del humilde. El hombre espiritual puede acometer con seguridad las empresas espirituales, sabiendo que es Dios el origen y fuente de la humildad.

Por el don de la humildad,  el humilde es fuerte con la fuerza de Dios; dinámico y animoso porque se sabe favorecido por Dios. Confiarse y abandonarse a El es propio del humilde. «La gran humildad trae poca confianza de sí» (MC 2,30).

La verdadera humildad es fruto de un conocimiento de Dios en profundidad. A ella se llega por la fuerza irresistible e insoslayable de la luz que Dios derrama sobre el hombre. La verdad infusamente recibida fructifica en humildad profunda, infusa. Las mercedes de Dios «consigo traen la humildad» (C 17,3). La humildad es andar a la luz de la verdad, hacer la verdad. El compromiso mayor por radicarse en la humildad nace de la donación que Dios hace de ella.

El cimiento del edificio de la amistad entre Dios y el hombre es la humildad. Teresa dirá:  «La verdadera humildad, conocer lo que puede (el hombre) y lo que yo puedo» (CC 64). La humildad es «conocimiento» de Dios y del hombre, de quienes van a protagonizar la aventura de la amistad. El hombre debe «entender que no puede nada» y que Dios es «fiel» (CC 64).  La humildad nos prohíbe quedar prendidos de nuestras bondades y virtudes –porque son de Dios-, también impide caer en la esclavitud de nuestros pecados. La humildad es pacífica y engendra esperanza (C 39,3). Ni aprieta, ni ahoga. Sino que más propiamente dilata y ensancha el espíritu, precisamente por lo que comporta de apoyo confiado y seguro en el Dios que  “no mira a tantas menudencias” (C 41,8).

La humildad nos mantiene en un justo y verdadero aprecio de nosotros mismos, de nuestra nada, a la vez que de los dones que Dios ha puesto en nosotros. El hombre humilde, que camina en la verdad de todo, no puede arrogarse una bondad que no le corresponde. Por ello no puede pensarse centro y destinatario de unas alabanzas que, en todo caso, debe referirlas a Dios.

Libera la verdad. La humildad hace libres. El hombre soberbio sólo cuenta consigo mismo. Por eso los temores le inmovilizan. El humilde, en cambio, cuenta con Dios. El es su fuerza. De ahí que sea arrojado y animoso.

La humildad purifica nuestra mirada y nos vuelve capaces de ver y disfrutar la bondad del prójimo, oculta a los ojos del soberbio. La humildad -«andar en verdad»- nos desvela la riqueza del hermano y nos hace disfrutarla como si se tratara de algo propio: mejor, como revelación del poder de Dios. La fraternidad de servicio no se construye sino sobre la roca firme de la humildad. El hombre humilde tiene la mirada limpia y el corazón bueno para ver al hermano, aprender de él, gozarse de sus virtudes.

 3.2.3. Amor de unas con otras

 Teresa, fiel a la Palabra de Dios y a la constante tradición de la Iglesia, pone la perfección cristiana en la plenitud del amor. Por ello  repetirá el gran precepto evangélico: “Dos cosas que nos pide el Señor; amor a su Majestad y del prójimo; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidas con El» (5M 37).

La perfección verdadera es “amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas» (1M 2,17).  El amor es lo absoluto, lo demás es relativo. Todo se subordina al amor. Cuando se hubiere de hacer un discernimiento entre el amor y la pobreza u otro valor cualquiera, el hombre debe inclinarse por el amor. El amor no se somete a nada. Esto lo comprendió Teresa con una gran clarividencia:  “Y entendí esto estando descuidada de ello: que no era buena mortificación; que cuál era mejor: la pobreza o la caridad; que pues era lo mejor el amor, que todo lo que me despertase a El no lo dejase” (CC 63).

La vocación del hombre es el amor. Amando se realiza. Cristo es la definición del amor. Jesús, al amarnos, sabe que así cumple la voluntad de su Padre, por ello Teresa propondrá a Cristo como modelo de amor al prójimo y al Padre: «Como sabe la cumple (la voluntad de su Padre) con amarnos como a Sí (C 33,3);  Y su amor llega al extremo: hacerse esclavo de todos y terminar muriendo muerte tan penosa de cruz para que no pudiéramos dudar de su amor. Cristo, es el capitán del amor, en Cristo se agotan todas las posibilidades del amor. ”No le ha quedado por hacer ninguna cosa” (C 35,3).

Cristo se eleva ante nosotros como fuerza y camino del amor. En El se nos ha dado el amor y el camino para lograrlo. “No ha menester el Señor hacernos grandes regalos para esto, basta lo que nos ha dado en darnos a su Hijo que nos enseñase el camino” (5M 3,7). No hay más amor que el suyo. El nuestro es una prolongación del mismo. Teresa vincula profundamente el amor a Dios y al prójimo, «Según es malo nuestro natural, que si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo» (5M 3,9). El amor de Dios es la raíz del amor del prójimo. Lo engendra. Es su origen «De nuestro natural, no puede proceder. Cuando Dios no está por medio, es imposible que prenda un amor auténtico, duradero. No hay más amor para amar que aquel por el cual somos amados por Dios. El amor que se nos da es la fuerza mayor -posiblemente la única- capaz de sacar nuestra vida del atolladero de la mediocridad. Es el amor el que únicamente redime al hombre. El amor es redentor y transformante, liberador de uno y de otro, cuando es desinteresado, cuando cuenta únicamente el bien del amigo. «Amor sin poco ni mucho de interés propio» (C 7,1). «Todo lo que desea y quiere es ver rica aquella alma de bienes del cielo» (C 7,1).

 En su ejercicio crece -y por tanto se ejercita- el amor a Dios. «Es tan grande (el amor) que su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (5M 3,8). La verdad del amor que Dios nos tiene le lleva a afirmar que el acto de amor al hombre es acto de amor a Dios. «Yo lo miro con advertencia en algunas personas (…), que mientras más adelante están en oración y regalos de nuestro Señor, más acuden a las necesidades de los prójimos» (MC 7,9). En el servicio a los hermanos está Dios haciendo crecer el amor.

El amor a los hombres, para que sea digno de este nombre, tiene que ser realista. «Dejando que en la oración ayudaréis mucho, no queráis aprovechar a todo el mundo, sino a las que están en vuestra compañía, y así será mayor la obra, porque estáis a ellas más obligadas. ¿Pensáis que es poca ganancia que sea vuestra humildad tan grande, y mortificación, y el servir a todas, y una gran caridad con ellas, y un amor del Señor, que ese fuego las encienda a todas, y con la demás virtudes siempre las andéis despertando?» (7M 4,14).  Nosotros estamos más obligados a amar y servir a los más próximos. Tanto más porque a través de ellos el amor se puede multiplicar. “Mientras fueren mejores (las obras de las hermanas de comunidad), más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos. (…) Que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen; y, como hagamos lo que pudiéremos, hará su Majestad que vamos pudiendo cada día más y más (…) interior y exteriormente ofrezcamos al Señor el sacrificio que pudiéremos, que su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotras al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque sean pequeñas las obras” (7M 4,15)

Otra expresión del amor al prójimo es el cultivo esmerado de las virtudes sociales que hacen agradable la convivencia. «Así, que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amendrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas más conversables con sus hermanas; y que aunque sintáis mucha pena, si no van sus pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os extrañéis de ellas, si querréis aprovechar y ser amada. Que es lo que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas (C 41,7). Afabilidad, en cuanto alegre apertura a todos, sin melindres ni encogimientos, sabiendo estar junto al hermano con libertad y alegría aun cuando no satisfaga su comportamiento.

Teresa luchó por la creación de comunidades con calor humano y espíritu de familia. La estima de las virtudes humanas que crean ese clima de familia. La creación de un ambiente comunitario, presidido por un trato sencillo y llano, en la verdad, que vence toda falsa  afectación,  de esta forma se derrumban recelos que distancian, para que cada uno pueda presentarse al otro con alegre espontaneidad y mirar al prójimo con el corazón limpio y bueno.

Ella alentará la alegría de sus comunidades. «Mucho me huelgo procure se alegren las hermanas» (Cta. 8-XI-81; 387,19). Dará tanto valor a la recreación de las hermanas en comunidad como a la oración, por ello cada día en sus comunidades hay dos horas tanto de oración a solas con Dios, como de recreación con las hermanas. Pero en las Constituciones prohibió el juego, hoy ciertamente añadiría ver programas televisivos. Ella deseaba que los tiempos de recreación fueran tiempos de distendimiento de todas las hermanas, “que el Señor dará gracia a unas para que den recreación a otras; fundadas en esto, todo es tiempo bien gastado» (Const. 6,6). Otras virtudes humanas que valora Teresa son: la suavidad del trato, la sencillez, la apacibilidad, el «buen entendimiento», la discreción etc.

 3.2.4. Libres nos quiere Dios

 El hombre se libera abriéndose a Dios. La libertad de espíritu es abandono confiado, activo y dinámico en las manos de Dios. La libertad en el hombre peregrino se manifiesta en la plena realización de la comunión con Dios sin las ataduras, limitaciones y embarazos que impone y conlleva la vida.

Por sí mismo el hombre no puede librarse de las múltiples esclavitudes que le atan. Dios lo hace libre con su gracia. «Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo» (V 24,10).

Teresa nos da el testimonio privilegiado de la necesidad de ser libres afectivamente para poder gozar de la intimidad con Dios. Cuando una persona consagrada no se contenta de estarse con El, o no ha entrado por solo El, o no se mantiene en la vida religiosa consciente de que Dios la ha elegido “para sí”, la relación con las demás personas es sangrante y esclaviza. “Entendiendo que en hacer otra cosa faltáis al verdadero amigo y Esposo vuestro creed que muy breve ganaréis esta libertad de los que por sólo El os quisieren ..” Esta relación interpersonal, alimentada por solo El, trae consigo la libertad, es liberadora.

Los santos son hombres libres. El camino de la santidad es un camino hacia la libertad. Es igual decir que Dios llama a los hombres a la santidad que afirmar que su vocación es la libertad. Dirá Teresa «Libres quiere Dios a sus esposas, asidas a sólo El” (Cta 30-V-82; 424,11). «No consintamos, ¡oh hermanas!, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre»(C 4,8).

No hay esclavitudes cuando hay interioridad. La búsqueda de la interioridad es la búsqueda del Dios personal que vive dentro en el hondón del alma, y la búsqueda de lo más nuclear del propio yo. Las distintas etapas -«moradas» de interiorización son etapas de liberación, porque realizan una mayor aproximación al Dios de amor, fuente y término de toda liberación humana.

El hombre se libera radicalmente desposeyéndose, dándose en amistad limpia a Dios sin exigir nada a cambio. El hombre está abierto a Dios, proyectado hacia El. El hombre es lo que es su ordenación a Dios: es libre en la medida en que vive sometido a Dios. Someterse a Dios que es amor, es comprometerse a ser esclavos de todos (Cf 7M 4,8).  Dios está atado por su amor a todos los hombres; así lo vivió el Hombre-Dios, Jesús de Nazaret, y así lo vivieron sus más calificados seguidores. Ser libre es servir, hacerse esclavo de todos en virtud de la total sumisión a Dios.

La libertad es un vivir para el otro. La libertad requiere al Otro y a los otros, porque es vida ante El y para El, ante ellos y para ellos. No hay otra esclavitud que la del egoísta: el que vive en sí y para sí.  El señorío, la libertad, le viene al hombre de su radicación amorosa en Dios. Relación personal con Dios es cuestión de amor servicial, de libre y voluntaria enajenación de sí en las manos del único libre y liberador, porque Dios es amor. «Libres nos quiere Dios»,  vinculados a «solo El”. En El bebemos libertad. Y desde El abrimos caminos a la libertad.

Libre es el hombre que vive para los demás en limpieza servicial. Es libre el hombre para quien sólo cuenta servir amorosamente a sus hermanos y a Dios. Teresa define al hombre libre por excelencia, Cristo Jesús, diciendo que «nunca tornó por Sí» (C 35,3), ocupado totalmente en hacer la voluntad del Padre que es amarnos como a Sí» (C 33,3).

Así define Teresa a las «almas generosas, almas reales» (C 6,4): «Estas almas son siempre aficionadas a dar mucho más que no a recibir; aun con el mismo Creador les acaece esto» (C 6,7). El castillo de la propia persona se cimenta sobre la roca de la esclavitud de servicio y amor a los hermanos. La libertad es amor que sirve, Y cuando el hombre ha reducido su vida al amor, ha tocado techo de la libertad.

El hombre es libre desde la verdad para vivir a fondo el compromiso del amor. Así se hace el hombre libre: andando ocupado totalmente en amar, por solo contentar al Amor, en olvido de sí.

   3.3. Actitudes y dificultades para ser un verdadero orante

 La oración del hombre es problema teologal y también psicológico. Es el hombre el que ora en su circunstancia concreta, variante y múltiple. La dificultad para orar puede tener varias causas. Estas pueden provenir de una indisposición natural, orgánica, ya permanente, ya circunstancial. Otras veces es su causa el estado moral del hombre, o la falta de hábito de reflexión. También puede tener su origen en una purificación que no acepta el hombre. Por último, en el hecho de no poder discurrir con el entendimiento.

La praxis de la oración lleva consigo la exigencia del empeño totalitario, progresivo y ascendente por vivir en clave de amor. La oración resultará un ejercicio impracticable, duro para quien no encamine su vida por la vía de la donación de sí.  Cuando no se sirve con gallarda valentía a un amor –en nuestro caso a Dios- por falta de peso y raíz, el hombre es arrastrado en agotador movimiento por la insaciable avidez de sus sentidos, afectividad,  fuerzas, en general más epidérmicas, de ese <<compuesto>> que cada uno llamamos nuestro <<yo>>.

Teresa cifra la sustancia y la excelencia de la oración en el desvelamiento del quién de Dios y del quién del hombre. La oración va poniendo a plena luz el ser de uno y otro de los actores de la amistad  a fin de que hagamos nuestra condición a la suya.

Orar es «tratar de amistad». Aceptar el protagonismo de Dios, dar paso al Amigo para que <<haga como en casa propia>>. Y esto es porque la oración-amistad es donación de sí al Otro. «Lo que más agradare a Dios tendría yo por más oración” (Cta. 23-X-76; 133,8). “Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días  no hay sino sequedad y disgusto y desabor….?” “Alegrarse y consolarse…, pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El”  (V 11,11). Dios no quiere de nosotros sino la decisión de orar, de estar con El.

Es expresión auténtica de la oración-amistad, el decir: “Guíe su Majestad por donde quisiere” (V 11,11). Por el intercambio amistoso, el hombre ha cedido a Dios-Amigo su vida y, por ello, la historia concreta de la misma. No asumirlo existencialmente significa agudizar la experiencia de sequedad y desgana. Por tanto, la paralización de la amistad.

Las sequedades y distracciones pueden nacer de un cambio de ritmo en la oración. Dios corta su comunicación por los cauces más sensiblemente gustosos de una oración meditativa, purifica al hombre que tiene hecho su paladar a esta manera de trato y cambia la oración a una forma más simple y espiritual, que, por eso, es menos perceptible, más seca para el sentido. El orante que no acepte esta actuación de Dios, experimentada como purificadora, elevará con su comportamiento el nivel de sequedad, disgusto, distracción. Crecerá su incomodidad interior y la hará más duradera.

La oración exige vivir totalitariamente para el amigo. Ser de El. «Ya no somos nuestros sino suyos» (V 11,13). Para vivir vida de oración  debe uno abrazarse a la cruz. Afirmarse en el único deseo de contentar al Amigo, de mirar sólo por El y no tener cuidado de sí. Cuando arrecia la sequedad y el disgusto y la mala gana en la vida de oración, el hombre debe consolarse y mantenerse fiel pensando que «hace placer y servicio al Señor de la huerta» y que «su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El» (V 11,11). La libertad sólo en la cruz se fragua. «Si quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado, comience a no se espantar de la cruz» (V 11,18). Para la Doctora Mística es indudable que quien hace caso de la sequedad está dando pruebas de que no era a Dios a quien buscaba, sino que iba tras satisfacer su propio yo.

Todas las gracias místicas tienen una incidencia liberadora. El hombre libre asume la vida, y en concreto la vida de oración  tal y como se presenta. Amar, servir, sin exigir nada a cambio. Amar porque se descubre que es el único camino para ser libre. Pero sucede a menudo que  «Somos amigos de contentos más que de cruz» (3M 1,9). De ser servidos más que de servir. De contemplarnos más que de contemplar a Dios.

El verdadero orante sólo ama por contentar al Amor. El hombre libre es un hombre fundamentalmente, visceralmente, abierto a la verdad que el hermano le regala. Padece hambre de recibir. Necesita a los otros para ser. El hombre «concertado» es un hombre satisfecho de sí. Esclavo de sus obras, de una moral contractual. Por eso, esclavo de sí mismo. Desconoce la gratuidad, el amor. Si se acerca al otro (Dios o el prójimo) es para servirse de ellos. O para exigir la «paga» a sus servicios. Porque desconoce el amor que libera, el amor que hace persona, vive mustio, tristemente, desconsolado. Dios no le responde como «debía». Le ha defraudado profundamente.

Para quien es esclavo de las “buenas obras” la paralización del desarrollo de la vida espiritual es absoluta y definitiva, si se sigue manteniendo esta actitud. Las «obras buenas» no se contabilizan, «si no, toda nuestra vida nos estaremos en él (estado de las terceras moradas) y con mil penas y miserias; porque como no hemos dejado a nosotras mismas…, vamos muy cargadas de esta tierra de nuestra miseria» (3M 2,9). Se ha venido trabajando para sí, no para Dios. Cuando se adopta una postura de amor no se cuentan los propios haberes, no se acumulan obras que terminan por ahogar la vida de quien las hace. Más que servir a Dios se sirven a sí mismos. De ahí el ahogamiento que padecen cuando Dios no responde según ellos tenían pensado que debía responder. «Hay algunas personas que por justicia parece quieren pedir a Dios regalos» (C 18,6). Por eso, cuando Dios no viene pagando merecimientos, sino probando fidelidades -«para que nos conozcamos», se desencadena en estas almas «concertadas» un hondo sentimiento de desencanto y de fracaso. Es la prueba inequívoca de un amor egoísta.

Teresa dice sí al amor desinteresado, puro. Obras por las que jamás se pasa recibo a Dios. «Mas ha de ser con condición -y mirad que os aviso de esto- que se tenga por siervo sin provecho…, y crea que no ha obligado a nuestro Señor para que le haga semejantes mercedes» (3M 1, 8). El amor no exige nada por lo hecho. Es él mismo su exigencia y su recompensa. Amar «por contentar al amor» (6M 9,22). Y se genera obras no se apoya en ellas. Dios no atiende a las obras sino al amor que las alimenta. «El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen…». Sólo el amor cuenta ante Dios. Y este amor nada pide: «No pidáis lo que no tenéis merecido; ni había de llegar a nuestro pensamiento que por mucho que sirvamos lo hemos de merecer los que hemos ofendido a Dios» (3M 1,6).

Para gustar la libertad hay que morir al propio gusto y vivir decididamente de cara a Dios. Se lamenta Teresa del triste espectáculo que ofrecían ciertos «siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de entendimiento”, que hacían demasiado caso de la falta de devoción en la oración. Y les consuela diciéndoles: «Cuando no la tuvieren, que no se fatiguen y que entiendan que no es menester -…- y anden señores de sí mismo. Crean que es falta, yo lo he probado y visto; crean que es imperfección y no andar con libertad de espíritu» (V 14).  Por ello aconsejará: “Es gran negocio comenzar las almas oración, comenzándose a desasir de todo género de contentos y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo” (V 15,11). Pero el que va a la oración en caza de gustos, fracasará en la vida de oración. Y es que cuando no se salva el cerco del yo, sino que se pretende encerrar en él también a Dios («unos gustos para nuestro gusto no más»), pretenciosamente bautizados como oración (Cta. 23-X-76; 133,8), no sólo no se encuentra uno con el Dios que libera, sino que se hunde más en la tierra fangosa del egoísmo. El querer «servirse» de Dios es la postura humana más soberbia. En cambio es libre el hombre que vive para Dios, sin prestar atención a su propio provecho.

 IV. LA ORACIÓN FORJA APÓSTOLES

 La oración es trato de amistad, es comunión de vida, aceptación integral del Amigo. El <<trato>> con Dios desvela en toda su profundidad cómo Dios llega a amar al hombre y, por consiguiente, desata unos dinamismos de entrega irrefrenables, dominadores. El orante, por lo mismo que amigo de Dios, entra en la corriente amorosa, inefable de Dios a todos.

 4.1. La oración fuente del dinamismo apostólico

 La oración desata las fuentes de la acción. Convierte desde dentro al orante en dinamismos de amor, rotos y superados todos los frenos del egoísmo. La oración prepara, potencia y purifica el servicio al hombre. Lo hace evangélico. Por eso, las fuerzas de donación que no desencadene la oración quedarán para siempre sepultadas, inertes en el corazón del hombre. “Si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo” (5M 3,9). La oración no es freno, sino un generador apostólico. La oración capacita y fortalece para el servicio. “No para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración” (7M4,14). La oración abre a los otros, dilata el corazón del hombre para la entrega, le fortalece para el servicio a los hermanos. El servicio es la medida de la oración. Lo que la autentifica y lo que la expresa.

La oración mete en el alma el tormento por los otros; el tormento del amor que crucifica todas las tendencias egoístas que anidan y se agazapan en el interior del hombre. “ Para esto es la oración, hijas mías…., de que nazcan siempre obras, obras”(7M4,6). “Si ella (el alma) está mucho con El (Dios), como es razón, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene” (7M 4,6). Intimar con Dios llegando a conocer su voluntad por el trato amistoso de la oración que lleva a descubrir que la voluntad de Dios, «su manjar», «es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben». “No puede haber descanso” para quienes han llegado a la culminación del proceso oracional. (7M, 4,11). La oración es acción y dinamismo en sí misma.

Pero es que también se desliza el contemplativo hacia la acción y el compromiso, hasta desplazar la atención del “estar con Dios” al estar con el hombre; del deseo del gozo beatífico al deseo del gozo del servicio que abra a los hermanos las puertas del festín del Reino. Si “salen”  de su soledad y oración y se hacen presentes a los hermanos es “por contentar más a Dios” (MC7,4). Las largas horas de oración le han descubierto el amor que Dios tiene a los hombres. “Gustan de dejar su sabor y bien por contentarle en servirles y decirles las verdades” (MC 7, 4).

El apóstol se forma en largas horas de intimidad con el Maestro. Y esto porque el apóstol no transmite una doctrina, comunica una Vida. No anuncia unas verdades, proclama la Verdad de una Persona. Es un testigo de Alguien que ha cambiado el rumbo de su vida y le desborda. El apóstol habla de lo que ha visto y ha oído. Por ello un apóstol o es orante o deja de ser apóstol, testigo de Dios.

Teresa quiere apóstoles de talla, íntegros, enamorados. Primero tiene que hacerse el apóstol, profundizar en la propia experiencia de Dios, sin dejarse engañar por el espejismo del servicio apostólico. “Lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de sí sola y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios y ella”. Está convencida de que únicamente desde una virtud sólida se aprovecha cristianamente al prójimo: “Quien hubiere de hacer algún provecho… es menester que tenga las virtudes muy fuertes” (V 13,8). Por ello “Esténse cabe aquellos divinos pechos, que el Señor tendrá cuidado, cuando estén ya con fuerzas, de sacarlas a más, porque no harían el provecho que piensa, antes se le dañarían a sí”.  Al terminar el libro de su Vida dice: “hallaréis cuándo ha un alma desear salir a aprovechar a otros y el peligro que es salir antes de tiempo”.  Teresa a los que comienzan el camino de oración aconsejará “hagan cuenta que están solos con Dios en el mundo”. No es egoísmo, es prudencia. Sensatez. Respeto a Dios y a los destinatarios de la acción apostólica.

Sobre ello Maximiliano Herraiz dirá: “Si es verdad lo que nos dice sobre las disposiciones internas del apóstol, se explicaría nuestra escasa eficiencia apostólica y se plantearía el problema pastoral, no tanto como cuestión de programas y métodos, de escasez de operarios, sino como cuestión de calidad, de hondura de los enviados. Se improvisan apóstoles, y se quema vida. Y el anuncio no llega a los mismos a los que se les aturde con lluvia de palabras y el ruido de tantas acciones” [5].

Las prisas por hacer apostolado son tentaciones para abortar al apóstol del mañana. Por ello, Teresa a las prisas por el hacer, los convierte en prisas por el ser, sabiendo que sólo de este modo salva el hacer apostólico. A ella le preocupa e interesa el orante mucho más que la oración, su preocupación está también por el apóstol y menos por el apostolado. La persona antes que las obras.

4.3. Apostolado y crecimiento espiritual

 Teresa defiende con la misma fuerza que el apostolado es santificador y dinamizador de la vida espiritual. Ella en un inicio pensaba que el mucho trabajo podía incidir negativamente en la vida interior, pero su propia experiencia espiritual y la de sus amigos, tan ocupados en el servicio apostólico, le convencieron de lo contrario. Si la obediencia o la  caridad llevan a uno a la actividad apostólica, el Señor va disponiendo “por donde más aproveche”; “sin entender cómo, nos hallamos con espíritu y gran aprovechamiento que nos deja después espantados” (F 5,6). Son <<hechos>> los que están detrás de esa posición. “Personas… todas en ocupaciones de obediencia y caridad…. veíalos tan medrados en cosas espirituales,  que me  espantaban” (F 5,8).

Ella no tardará en dar con la explicación. En primer lugar, Dios no está sujeto a caminos que el hombre le trace para llegar a El.  Los caminos los abre El. Todos son suyos. No necesita, en concreto, el marco de la oración silenciosa para hacerse presente al hombre.

No es la falta de tiempo para orar lo que impide el adelantamiento espiritual, sino la falta de amor. No es el exceso de apostolado lo que atenta contra la vida del espíritu, sino el exceso de egoísmo, que puede darse en la oración silenciosa y en los compromisos apostólicos. Por ello lo que se ha de salvar es el amor, la disponibilidad a las exigencias concretas del Amado. “De un alma que está determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro” (F 5, 6). Entonces es cuando el apostolado es vitalizador y fuente de aprovechamiento espiritual. Por ello cuando más amamos a nuestros hermanos más nos unimos a Dios.

A las almas “encapotadas” que fetichizan su oración, y son esclavas de su egoísmo, Teresa les grita: “que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves a una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella… ésta es la verdadera unión con su voluntad” (5M 3,11).

El trabajo puede recortar el tiempo de la oración, no la oración misma, su intensidad penetrativa y,  por lo mismo, transformante y renovadora. Cuando hay amor no se precisa largo tiempo para que se produzca el encuentro, y en profundidad. No es el tiempo sino el amor el que da valor a las cosas. Teresa exclamará “Mas, ¡ay, Dios mío, y cómo aun en las espirituales queremos muchas veces entender las cosas por nuestro parecer y muy torcidas de la verdad, tan bien como en las del mundo, y nos parece que hemos de  tasar nuestro aprovechamiento por los años que tenemos algún ejercicio de oración, y aún parece queremos poner tasa a quien sin ninguna da sus dones cuando quiere, y puede dar en medio año más a uno que otros en muchos!” (V 39,9).

No obstante, el amor clamará por la soledad, por el encuentro a solas, cara a cara, con el Amigo. El deseo de la soledad se convierte en señal discernidora de la calidad de nuestra acción apostólica. Deseo que cristalizará inevitablemente en realidad, creando espacios y tiempos para estar con Dios, reviviendo conscientemente su presencia. El que de veras hace la obra de Dios experimenta dentro de sí la necesidad del encuentro a solas. La actividad apostólica no ahoga el movimiento interior de estar en oración directa con Dios, antes la potencia.

El apostolado es potenciamiento del amor. Vigoriza el espíritu. La plenitud de amor a Dios simbolizado en el matrimonio espiritual, es también la plenitud del amor al hermano: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4, 6).

4.3. La oración es apostólica

Teresa experimentó en su propia vida que cuando no oraba, su vida cristiana y religiosa se desintegraba, pero cuando empezó a hacer vida de oración, hay una transformación profunda de su vida que le ayuda a vivir radicamente el seguimiento de Cristo. Lo que ella constata en su vida es lo que necesitaba la Iglesia. La oración era el camino para fortalecer a la Iglesia en aquel momento tan crítico en que se desintegra su unidad. Por ello era de capital importancia la formación de mujeres orantes y liberarlas de todo lo que impidiera que pudieran ofrecer este servicio eclesial.

Teresa de Jesús, nació y vivió en una sociedad profundamente antifeminista, donde la mujer era una menor de edad, ocupando una posición social inferior al hombre. Los teólogos de su tiempo defendían que la mujer no era capaz de la oración contemplativa. Como señala la misma Teresa: «Muchas veces nos dicen que no es para las mujeres (la oración) que les podrán venir ilusiones, mejor será que hilen»(C 21,2).  Ella se quejará “no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa… veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE  3,7).

La Iglesia es tarea de todos. Teresa clamó por el reconocimiento de este puesto que sabía que tenía en la Iglesia. Y si no se le reconoció un apostolado directo, comprendió que con y desde su oración podría realizarlo contribuyendo poderosamente a la obra apostólica de la comunidad reunida y animada por la fuerza del Espíritu de Jesús.

Así, en las primeras páginas de Camino, manifiesto de su espíritu y libro de formación para sus seguidores, apunta decididamente el objetivo que deben perseguir sus monjas: “Todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia y letrados que la defienden” (C 1,2). La oración de sus monjas quiere que nutra, ponga solidez, calor y vida en los apóstoles. Cuando presenta la “empresa” que le empeña y al grupo reunido en torno a ella en el conventito de San José de Avila, lo expresa en términos de conquista, de recuperación del terreno eclesial perdido, y de defensa aguerrida de los propios compañeros de campo, para que no flaqueen y no “se nos vayan al enemigo”. Su comunidad orante es una plaza fuerte de un grupo de “gente escogida”, de buenos amigos, fina y profundamente sensibilizados por la causa de Cristo y de la Iglesia.

A la oración no se va esencialmente para santificarse sino para servir y hacer algo por el prójimo. Les dirá “procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios”. La oración es <<llegada>> a Dios, es <<salto>> desde Dios a los hombres para reemprender juntos la marcha hacia Dios. Teresa señala los muchos obstáculos que pone el demonio para impedir emprender el camino de la oración: “Sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma, sino muchas… creo jamás va solo al cielo” (V 11,4).

La oración es un arma apostólica, fuerza puesta al servicio de la unidad de la Iglesia, fuerza de vitalización de la comunidad, principalmente en sus <<capitanes>> y de la expansión y reconquista del entero cuerpo místico en el que se ha cebado la ruptura y la desunión. Teresa, en el cumplimiento de la misión que Jesús le ha encomendado, hace fructificar todos los talentos que Dios le ha dado. Con su testimonio y sus escritos, defiende que las mujeres también pueden pensar cuando oran y las encamina a las más altas cimas de la vida mística y hace de su vida de oración un servicio apostólico de primer orden, en la renovación espiritual de la Iglesia.

Los Carmelos reformados por ella se fueron multiplicando por Europa y otros continentes. Dirá Edith Stein: “Sólo Dios sabe de cuán gran ayuda fueron las oraciones de Santa Teresa y de sus hijas para evitar el cisma de la fe en España, y qué poder increíble desarrolló esa oración en las luchas de fe en Francia, Holanda y Alemania»[6].

Santa Teresa de Jesús a través de su testimonio de vida, su oración y sus mismos escritos, hace redescubrir el valor de la oración y su poder transformante tanto de quien ora, como de aquellos por los que se ora. Así, Teresa de Jesús ofrece a la Iglesia de su tiempo y del nuestro, el camino y la medicina para fortalecerse interiormente y ser evangelizadora. Porque la vida de oración intensa es capaz de afianzar a los cristianos en el seguimiento de Cristo, de donde surgen grandes santos y santas que reconstruyen la Iglesia.

Conclusión

 Dios no obró, obra. No salvó en un pasado remoto, sino que salva en un presente sin fronteras, presente siempre de gracia. No vino, sino que viene trayendo en sus manos el don de su amistad.  Dios revela en Teresa su hacer. Y revela asimismo el camino al hombre para que empuje por él su requerida y necesaria respuesta. La gracia es exigencia; la donación engendra compromiso. El hombre se hace a partir del don que Dios le hace de sí mismo. Don que se convierte en exigencia de donación personal.  Dios nos ama y nos llama a su compañía.

En sus comunicaciones Dios va poniendo al hombre en humildad, amor y libertad. Y exigiéndole o marcándole así el camino de su acción ascética, de su respuesta comprometida. Actúa Dios humildad y compromete al hombre en esa dirección; concede amor y le urge para que lo haga; otorga libertad y le empuja a la empresa de conquistarla. Nada se le da hecho al hombre. Pero se pone en sus manos todo para que pueda hacerlo.

Teresa captó el valor apostólico de la oración a la Iglesia, orar es hacer Iglesia, crear comunidad, dándole raíz, consistencia interior y ardiente y fecunda expansión misionera.

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Escrito finalizado en Barcelona, el día de San José obrero, 1de mayo de 2003

 

[1] Maximiliano Herraiz, Sólo Dios basta. Claves de la Espiritualidad Teresiana. Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1982, 3 ed. p. 10.

[2] Maximiliano Herraiz, La  oración historia de amistad, Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1995, 5 ed. p. 200-201.

[3] Cf. Ibid.,  200.

[4] Dizionario enciclopedico di Spiritualità. Ed. Studium, Roma, 1975, t. II, voz Teresa di Gesú, p.1866. citado por M. Herraiz, Sólo Dios basta, o.c., 182-183.

[5] Maximiliano Herraiz, “La oración historia de amistad”,  o.c.  188.

[6] Edith Stein, “La oración de la Iglesia” en Los caminos del silencio interior” .  Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1988, 80.

La Virgen Maria en santa Teresa de Jesús

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Sumario 

I. LA VIRGEN MARÍA Y SANTA TERESA DE JESÚS: 1.1. Devoción mariana en el siglo XVI; 1.2. Infancia de Teresa y su devoción a la Virgen. 1.3. Adolescencia. Años de discernimiento vocacional. 1.4. Carmelita en el monasterio de la Encarnación de Ávila. 1.5. De nuevo la Virgen la tornó a sí.

II. SU VIDA, UN SERVICIO A LA VIRGEN PATRONA Y REINA DEL CARMELO2.1. Fundación de monasterio de san José; 2.2. La Orden un ser personal, servir a la Orden es servir a María; 2.3. Santa Teresa invita a servir a la Virgen María en la Reforma; 2.4. La Virgen María, Señora y Reina de la Orden del Carmen; 2.5. El «Carmelo es todo de María»: La Regla, el hábito, los monasterios, las monjas, los frailes, los bienhechores. 2.6. La Santísima Virgen Patrona de la Orden del Carmen; 2.7. El Patronazgo de la Virgen en la Reforma de santa Teresa de Jesús; 2.8. La Virgen María, hermana de la Orden; 2.9. María Madre de Dios y de la Orden. Conclusión.

 

Presentación 

Estas páginas sobre «La presencia de la Virgen María en la vida y Reforma de santa Teresa de Jesús», intentan descubrir a María a lo largo de la vida de Teresa, en especial los momentos de oscuridad, y como una vez «vuelta en sí», cumplió con toda fidelidad la misión que le fue encomendada.

En la vida y en los escritos de santa Teresa, se descubre su corazón agradecido hacia la Virgen, la cual fue fiel en su compromiso de velar por Teresa, que en el momento doloroso de la pérdida de su madre le pide fuera  Ella su madre. Teresa, que era agradecida de natural, quiso corresponder entregando su vida al servicio de Aquella que la volvió, con su intercesión de Madre, a la intimidad con Dios.

Sus escritos son un reflejo de cómo llegó a asimilar el espíritu mariano del Carmelo, el cual transmitió a los demás, en especial a sus hijos e hijas espirituales. Un marianismo enriquecido por su propia experiencia que la hizo ahondar aún más en la espiritualidad carmelitana. Los apartados de este estudio intentan reflejarlo.

María no es sólo una madre, es también la Señora y Reina del Carmelo, todo lo que hay en él, es pertenencia de María, los que tienen el don de haber sido llamados al Carmelo, son conscientes de  ello. Teresa sabe, no sólo por la tradición sino por el mismo Señor, que servir a la orden es servir a María, Ella, además de ser Madre, Reina y Patrona que protege a los suyos, también es la Hermana mayor. Cada una de estas dimensiones fue vivida con intensidad por Teresa de Jesús, de ello son testimonio sus escritos.

Le pido a Dios y a la Virgen que el bien que ha supuesto para mí la realización de este estudio, lo haga a quienes lo lean. También le pido que el Espíritu Santo haga posible que en cada uno de nosotros Jesús ame  a su Madre y le sirva viviendo con toda radicalidad el carisma del Carmelo, según el estado de vida y los carismas y enriquecimientos que le han sido dados, de modo que el Carmelo se enriquezca y se renueve siempre de bien en mejor. Así pueda ayudar a la Virgen María a hacer fecunda la redención obrada por su Hijo, ante todo en los momentos más críticos de la Iglesia y de la humanidad.

I. LA VIRGEN MARÍA Y SANTA TERESA DE JESÚS

Teresa de Jesús no escribió ningún tratado sobre la Virgen María, no intentó dar unas enseñanzas sistemáticas de piedad mariana, no por ello dejó de mostrarnos a la Virgen en sus obras: unas ciento cincuenta veces de manera expresa y muchas otras veces hace referencia a Ella de forma implícita. De la abundancia de su corazón hablaron sus labios, sobre todo su vida que se podría definir como un servicio a Nuestra Señora, como se gozaba en llamarla.

Teresa escribe desde su experiencia, que va desde una «devoción sencilla, dentro de la religiosidad popular del siglo XVI hasta la comprensión más profunda del misterio de María, como Madre de Dios y como colaboradora eficiente y doliente con Jesús a la salvación de los hombres; como Reina asunta a los cielos y como Madre espiritual de los redimidos.»[1]

Sus escritos son expresión fiel del amor entrañable hacia su Madre y Patrona. De la misma forma que ella la amó quiso que la amaran sus hijos e hijas espirituales, hizo cuanto pudo por el honor y servicio de la Orden de María, en la cual el Señor le pidió hiciera la fundación del Monasterio de S. José, cuna de la nueva reforma, a la cual consagró el resto de su vida. Era su forma peculiar de dar gloria a Dios y servir a la Iglesia.

1.1. Devoción mariana en el siglo XVI

Para mejor comprender la devoción de la Santa hacia la Virgen, es importante descubrir la que se vivía en su tiempo, la cual le influyó, a través de la religiosidad popular, de la catequesis parroquial, de los sermones, las lecturas, las fiestas marianas, el conocimiento teológico de la Virgen…

En el siglo en que vivió la Santa, hay un afianzamiento en la piedad hacia la Virgen, el culto está organizado y es litúrgico, el oficio dedicado a la Virgen está en los breviarios, y es rezado semanalmente, al menos en el Carmelo. «Las cofradías, con carácter religioso y benéfico social, tienen un desarrollo sorprendente y eficaz; y como las Horas de Nuestra Señora, se extiende el rezo de las tres Avemarías, plegarias, práctica de la esclavitud mariana, y se levantan ermitas y santuarios que hacen presente a la Virgen en todo lugar… El número de advocaciones marianas en este siglo pasa de 700, y las imágenes inventariadas son nada menos que 853, las mismas que recibieron especial culto en aquellos años»[2]

Era un siglo de esplendor mariano; la fiesta de la Anunciación, el 25 de Marzo era de riguroso precepto en la iglesia. El misterio de la Encarnación se recordaba a diario en las feligresías con los tres toques de campana, que invitaba a rezar las tres Avemarías, a la salida y a la puesta del sol.

Es un tiempo en el que prevalece un gran entusiasmo por la verdad de la Inmaculada, los mejores teólogos le dedicaban sus trabajos, los centros de estudios con más prestigio la defienden con generosidad y valentía, las polémicas que surgían eran vividas con entusiasmo tanto por los gobernantes, como por la gente sencilla.

La herejía protestante aunque hiciera daño, también fue motivo para que se estudiara y se profundizara la mariología, se defendiera el amor a la Virgen con más vitalidad. Este conocimiento y devoción a la Virgen la llevaron a las nuevas tierras descubiertas en América, se sabe que los mismos hermanos de Sta. Teresa, se llevaron desde España la imagen de la Inmaculada.

Teresa y todo el pueblo fiel, acogieron y vivieron una rica influencia mariana, que era alentada por los mismos Papas como S. Pío V, ayudaron a ello los estudiosos de este siglo con su profundización en la mariología, que daba consistencia y fortaleza a la piedad mariana.

Todas estas circunstancias rodearon, influyeron y educaron a la Santa en su amor y devoción hacia la Virgen María.

1.2. Infancia de Teresa y su devoción a la Virgen María 

Teresa de Ahumada, aprendió de sus padres la fe, y con ella la oración y la devoción a la Virgen María. Dios quiso que Teresa participara del gran amor existente en el seno de la Sta. Trinidad hacia la Llena de Gracia, y esto desde su mas tierna infancia de manos de su propia madre doña Beatriz, como ella misma confiesa en el primer capítulo de la Vida:

«Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de Nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad -a mi parecer- de seis a siete años» (V 1,1).

«Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota, y así nos hacía serlo» (V 1,6).

El cuidado de la madre de Teresa, en hacerla devota de la Virgen junto a sus hermanos, fue calando hondamente en su alma, a través de sus rezos, fue adquiriendo una conciencia cada vez más profunda de su filiación respecto a la Virgen. El gesto de postrarse a sus pies al morir su madre, muestra hasta dónde había calado en ella el amor a María.

«Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, poco menos (tenía catorce años). Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi Madre, con muchas lágrimas. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella; y, en fin, me ha tornado a sí» (V 1,7).

Ante el dolor de la pérdida de su madre, conscientemente y desde su libertad hizo vida el testamento de Jesús en la Cruz. «Mujer ahí tienes a tu hijo… Hijo ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 26-27).

Desde entonces la Madre de Jesús se cuidó de los hermanos que Él le encomendó y por supuesto cuidó de Teresa que se acogió a su regazo.

1.3. Adolescencia; años de discernimiento vocacional 

Teresa perdió a su  madre  en el tiempo tan delicado de la adolescencia, cuando más se necesitan los consejos de una madre para orientar rectamente la propia vida.

Fue en la adolescencia cuando, como dice ella:

«Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien… Porque ahora veo el peligro que es tratar, en la edad que se han de comenzar a criar virtudes, con personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él» (V 2,2).

«Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad» (V 2,4)

La Virgen María velaba por ella, como afirma el Concilio «Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada» (LG.  62).

A la edad de 16 años, su padre, en contra de su voluntad la lleva al monasterio de Ntra. Sra. de Gracia, de religiosas Agustinas.

«Y, puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja holgábame de ver tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa… comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de mi primera edad; y vi la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos» (V 2,8)

«Estuve año y medio en este monasterio harto mejorada, comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le había de servir» (V 3,2)

La presencia maternal de María se hacía sentir, a través del ejemplo y la buena compañía de estas religiosas, en especial de la religiosa que más directamente le atendía «que por medio suyo quiso el Señor a comenzar a darme luz» (V 2,10). Los consejos de su tío Don Pedro, el cual le propició la lectura de buenos libros, y con la oración va volviendo en sí.

«Aunque fueron los días que estuve pocos (en casa de su tío Don Pedro Cepeda), con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas y, la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que era todo nada, y la vanidad del mundo, …Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era el mejor y más seguro estado; y así poco a poco me determiné a forzarme por tomarle» (V 4,2).

El lugar donde habría de realizar su vocación religiosa ya lo tenía pensado, no hacerlo en el monasterio de Ntra. Sra. de Gracia.

«A cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de ser monja, aunque no en aquella casa, por las cosas más virtuosas que después entendí tenían, que me parecían extremos demasiados.

También tenía yo una amiga en otro monasterio, y esto me era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino a donde ella estaba» (V 3,2).

La elección por parte de Teresa del monasterio de la Encarnación, le vino de sus visitas y conversaciones con su amiga Juana Juárez, monja de este monasterio. pudo observar que su persona sintonizaba con el carisma y la espiritualidad del Carmelo, tanto la vida de soledad contemplativa como la afectuosa devoción a María, elementos básicos del Carmelo, coinciden con las inclinaciones personales de Teresa, que se reflejan en su primera infancia.

Lo que años más tarde dijo de la vocación carmelita del P. Gracián, con más propiedad se podía decir de ella misma.

«Mas la Virgen Nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso pagar con darle su hábito, y así pienso que fue la medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa Virgen: no quiso que a quien tanto la deseaba servir le faltase ocasión para ponerlo por obra; porque es su costumbre favorecer a los que de ella se quieren amparar» (F 23,4).

Aunque tuvo la oposición de su padre, no por ello dejó de responder a este llamamiento, era Cristo quien la llamaba, «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). Con una muy grande determinación se fue de su casa.

«Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera» (V 4,1).

1.4. Carmelita en el monasterio de la Encarnación de Ávila

En este monasterio en el que llegaría a residir por espacio de treinta años, la devoción mariana caracterizaba la  vida de esta casa. Desde su fundación en l479, este convento estuvo dedicado a la Santísima Virgen, con el nombre de Sta. María de la Encarnación. La fundadora de aquel monasterio, Dª Elvira González, era gran devota de la Virgen, y de firme voluntad y deseo de recibir el hábito de la Virgen del Carmen. También el tiempo en que vivió Teresa era de gran esplendor mariano en Castilla.

Nos dice Teresa, de los primeros tiempos de su estancia en el monasterio, como Dios y la Virgen bendijeron la muy determinada determinación, de dejar su casa paterna, y entrar en la vida religiosa.

«En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender como favorece a los que se hacen fuerza para servirle… A la hora me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamas me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura. Dábame deleite todas las cosas de la religión» (V 4,2).

Las novicias y las escolares vivían separadas de la vida normal del convento, no trataban con gente de fuera, no se les tenía encomendado ningún oficio, estaban bajo la autoridad de la maestra, y una de sus tareas más importantes era instruirlas en las «cosas de la Orden».

Teresa, que ingresó en el Carmelo con una verdadera y sincera devoción a la Virgen como madre, allí aprendió que además era la Superiora y la verdadera Fundadora del Carmelo. Seguramente Teresa leyó libros de doctrina espiritual del Carmelo, aunque se basaran en historias legendarias, eran un medio para concienciar de la vinculación de la Madre de Dios como Patrona de la Orden, idea que a lo largo de su vida repetirá multitud de veces a sus hijas: que son de la Orden de la Virgen, que el hábito que llevan es su hábito y Ella es la Patrona.

Las Constituciones vigentes en el monasterio eran, en substancia las del B. Juan Soreth, aunque algo descarnadas como señala el P. Rafael Mª L. Melús. Algunos de los fragmentos referidos a la Virgen la presentan como Patrona, a quien se debe imitar en sus virtudes.

«Como buenas hijas, sigan la vida y costumbres de su Madre, pues Ella ha de ser la Madre y Maestra y Patrona singular de esta Orden, que comenzó en el Monte Carmelo… La Bienaventurada Virgen María, encerrada en su alcoba, alejada de las conversaciones mundanas, humilde, recatada y devota, entregada a la oración y mortificación sin tregua, mereció ser la amiga y la Madre de Dios. En consecuencia, el ajuar, el edificio, las piezas del mismo y las celdillas de sus hijas han de ser particularmente destellos de humildad…»[3].

En estos años de formación, para poder luego profesar, viviendo en especial retiro, se fue impregnando del carisma de la Orden, y lo hizo vida, que luego transmitiría a sus hijas.

Otros autores que pudieron ir formando a Teresa en el carisma de la Orden, de siglos anteriores a ella, podrían ser los insignes carmelitas Juan Baconthorp (1294-1348) y Arnoldo Bostio (1445-1499).

Juan de Baconthorp destaca que María en el Carmelo es la «Señora del lugar». Ella es el modelo perfecto del carmelita, convirtiéndose en Regla, en este conformarse con María destaca: «La Virgen fue humildísima». «La vida al servicio de la Virgen exige del carmelita que trate de imitarla en sus virtudes, ya que la conformidad con su vida es la mejor forma de glorificación». «Todos los actos del carmelita deben centrarse en la glorificación de la Virgen, pues para este fin ha querido Dios su Orden»[4].

Arnoldo Bostio llama a María «Legisladora, Fundadora, Señora, Creadora, Madre, Hermana, Patrona, Gobernadora, Abadesa Primada». Bostio presenta la filiación respecto a María: «Tu eres hijo de Santa María», y la hermandad: «La Reina del cielo es mi hermana», para impregnar la relación con ella de amor y confianza ilimitada, creando un ambiente verdaderamente familiar. También habla largamente del don del Escapulario por parte de la Virgen a la Orden, como dice el P. Ildefonso: «Nos ha dejado las más bellas páginas que tal vez hasta ahora se hayan escrito sobre el Escapulario». En ellas dice: «persuadidos de que Ella le ha provisto de tan excelente herencia, al ver este hábito, no podrán menos de recordar con gozo el amor de predilección con que les rodea su amantísima Dadora»[5].

El contenido de estos escritos, muy posiblemente formó parte de toda la doctrina que a lo largo de su estancia en el monasterio de la Encarnación fue recibiendo Teresa, de ello son testimonio los escritos suyos, a través de los cuales, intenta transmitir la herencia recibida y vivida por ella con gran intensidad.

Dª Teresa de Ahumada, llamada así en la Encarnación, sabemos por datos fidedignos, que en su estancia en este Monasterio, perteneció como cofrade a la «Hermandad de Nuestra Señora». Esta Hermandad surgió por iniciativa de las mismas monjas, durante el priorato de Dª Isabel Dávila, contemporánea de Sta. Teresa, en 1560, y aprobada por P. General J. B. Rubeo en 1567. Su finalidad consistía en asegurarse sufragios de misas después de su fallecimiento. Los sufragios se ofrecían en el altar de la Virgen de las Angustias para invocar la intercesión de la Reina del Cielo.

1.5. De nuevo la Virgen María la tornó a sí

El primer período de su estancia en el Carmelo, se caracterizó por vivir con intensidad y fervor la vida religiosa, de ello da testimonio ella misma.

«…cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos» (V 4,3).

Años más tarde se lamentaba: «Fatígame ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado entera en los buenos deseos que comencé» (V 1,7). Ella aduce a varias causas: La incoherencia entre oración y vida, «ponerse en ocasiones», confiar en sí misma, llegar a abandonar la oración, «Estuve un año y más sin tener oración» (V 7,11). La falta de maestros de ello dice: «Porque yo no hallé maestro -digo confesor- que me entendiese, aunque lo busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo harto daño para tornar muchas veces atrás, y aun para del todo perderme» (V 4,7). Y un ambiente comunitario que no le favorece, además de una dificultad psicológica para hacer oración, incapacidad de discurrir y de sujetar la imaginación, hacían de su oración un momento doloroso y difícil.

Durante unos veinte años palpó la impotencia del querer desasirse de amistades y no poder, y ve cómo Dios en un instante le concede esta libertad de espíritu. «…con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran fuerza, que me costaba harto de mi salud» (V 24,8).

Cuando se dio su conversión definitiva, postrándose a los pies de una imagen de Cristo muy llagado «suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle…me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí, y ponía toda mi confianza en Dios… Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces» (V 9;1,3).

En estos años de impotencia para vivir con toda radicalidad su profesión religiosa, estuvo presente la acción amorosa y poderosa de la Virgen María que ella le había pedido fuera su Madre, junto con la de S. José. Distintos textos dan fe de ello:

«Entendí que tenía mucha obligación de servir a Nta. Señora y a S. José; porque muchas veces, yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud» (Rel 63,2).

Al confesar que estuvo un año y medio sin oración dice:

«¡Oh Jesús mío!, ¡qué es ver un alma que ha llegado aquí, caída en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tornáis a dar la mano y la levantáis!… Aquí es el deshacerse de veras y conocer vuestras grandezas… aquí se hace devota de la Reina del Cielo, para que os aplaque; aquí invoca los Santos, que cayeron de haberlos Vos llamado, para que la ayudasen…» (V 19,5).

Ella misma en Moradas enseña cómo se debe tomar a la Virgen por intercesora y a los Santos cuando el alma vive muy apegada a criterios ajenos a una vida verdaderamente consagrada a Dios.

«De estas moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de experiencia como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma, que son los sentidos y potencias… y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios y hagan buenas obras. Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a su Majestad, tomar a su Bendita Madre por intercesora y a sus santos para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para se defender; a la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios» (1 M 2,12).

En momentos de gran desolación interior, se encomienda a la Virgen y a S. José, para que haya luz en medio de la oscuridad. Uno de estos momentos, fue cuando los discernidores de su espíritu decían: era del demonio. Su oración fue escuchada, quiso Dios que Fr. Pedro de Alcántara fuera a Avila y ella pudiera exponerle su «vida y manera de proceder en la oración… Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester… Este santo hombre me dio luz en todo y me lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo… Dejóme con grandísimo consuelo y contento y con que tuviese oración con seguridad y que no dudase que era Dios…» (V 30,4-7).

Su corazón se deshace en acción de gracias, hacia los que le han alcanzado este favor.

«No me hartaba de dar gracias a Dios y al glorioso padre mío S. José… a quien yo mucho me encomendaba, y a nuestra Señora» (V 30,7).

La Virgen María, que escuchó las súplicas de quien en lo más profundo de su dolor le pidió fuera su Madre. Santa Teresa, a unos treinta y cinco años de distancia de aquellos hechos, confiesa la fidelidad de éste mutuo compromiso. Ella acude a  la Virgen en sus necesidades con toda la confianza de una hija. Y de la Virgen hacia ella, escuchándola y ayudándola como una Madre a su hija.

«Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto me he encomendado a Ella; y, en fin, me ha tornado a sí» (V 1,7).

Cuando escribe estas palabras ya su alma está definitivamente anclada en la oración, de donde le vinieron todos los bienes, el desasimiento de las cosas creadas y de las personas, una verdadera humildad, en la oración entendía la verdadera grandeza de su Misericordia hacia ella, y su propia pequeñez, el deseo de vivir con toda radicalidad su vida consagrada. Todo ello le fue preparando para que se realizara en ella el matrimonio espiritual de donde fueron surgiendo obras para gloria de Dios.

Su vida es un bello testimonio de las palabras del Concilio sobre la acción maternal de María «…que por su íntima participación en la historia de la salvación… cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre… al ser honrada la Madre, el Hijo… sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez sean mejor cumplidos sus mandamientos… Todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres… lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta» (LG. C.8,nº 60,65-66).

II. SU VIDA, UN SERVICIO A LA VIRGEN PATRONA Y REINA DEL CARMELO

La obra fundacional que el Señor le encomendará a doña Teresa de Ahumada, será considerado no sólo por ella, sino por el mismo Señor como un servicio a su Madre, puesto que la Orden del Carmen pertenece a la Virgen María y de ello era muy consciente la madre Teresa, y ella se alegrará de poder hacer algo por la Reina y Señora del Carmelo.

2. 1. Fundación de monasterio de san José

Antes que su vida se convirtiera en un constante servicio a la Virgen, existieron unas gracias místicas que la determinaron.

Una de ellas fue la visión del infierno, como ella misma confiesa:

«…que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me libró… de males tan perpetuos y terribles» (V,32,4).

Esta visión la impactó de tal forma, que la decidió a vivir con toda radicalidad, dejando toda ambigüedad.

«Pensaba qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que su Majestad me había hecho a religión, guardando mi regla con la mayor perfección que pudiese» (V  32,0) y emitió el voto de hacer siempre y en todo lo más perfecto.

A partir de esta decisión empezó a reflexionar, no podía vivir esa radicalidad en su monasterio por varias razones: una de ellas «no estaba fundada en su primer rigor la Regla» (V  32,9).

En ello pensaba y muy posiblemente era tema de conversación.

«Ofrecióse una vez, estando con una persona, decirme a mí y a otra, que si no seríamos para ser monjas a la manera de las descalzas, que aún posible era poder hacer un monasterio. yo, como andaba en estos deseos comencélo a tratar… Mas yo por otra parte, como tenía tan grandísimo contacto con la casa que estaba… todavía me detenía. Con todo, concertamos de encomendarlo mucho a Dios» (V 32,10)

La respuesta de Dios no se hizo esperar, con mucho más interés de su parte que el que ella tenía.

«Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase S. José, y que a la una puerta nos guardaría él y Ntra. Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor…» (V 32,11).

Cuando empezó a saberse su propósito, «no se podrá escribir en breve, la gran persecución que vino sobre nosotras» (V 32,14), «aunque… no veía camino por entonces de llevarlo adelante, nunca jamás se me quitaba la seguridad de que se había de hacer» (V 32,16).

Después de varios meses llena de trabajos y persecuciones, «tornó mi confesor a darme licencia que pusiese en ello lo que pudiese» (V 33,11), y a ello se entregó, pero «concertamos se tratase con todo secreto»(V 33,11). De donde no lo esperaba le vino la ayuda, pero también reconoce que fue S. José quien le dio confianza en ello. «Me apareció S. José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase; (a unos oficiales) y así lo hice sin ninguna blanca» (V 33,12). También se hizo presente Sta. Clara «Díjome que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría» (V 33,13).

Dios, que no se deja vencer en generosidad, recompensó los trabajos de Teresa en una de las gracias que podían darle más paz y alegría, su vida era ya agradable a Dios, esto se lo hizo saber por medio de la Virgen.

«Estando en estos días, el de Nuestra Señora de la Asunción, en un monasterio de la Orden del glorioso Sto. Domingo, estaba considerando los muchos pecados que en tiempos pasados había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin vida. Vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de mí… Parecióme estando así, que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad. Y al principio no veía quien me la vestía; después vi a nuestra Señora, hacia el lado derecho, y a mi padre S. José al izquierdo, que me vestían aquella ropa. Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados».

Ella sigue narrando esta visión, donde se ve la intimidad con la Virgen, tanto por la proximidad «asirme de las manos», como por la confianza de decirle «que la daba mucho contento en servir al glorioso S. José.» Reafirmándola en lo que le dijo el Señor meses antes: «Que creiese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho al Señor y ellos dos». Además le añade algo que la llenó de esperanza, ya que conocía por experiencia que muchos monasterios empezaron con mucho fervor pero con el paso del tiempo se fue perdiendo, «que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque ellos nos guardarían y que ya su hijo nos había prometido andar con nosotras, que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya. Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso, asida una cruz a él de mucho valor» (V 33,14).

Teresa sigue reflexionando sobre esta Mariofanía, que sería luz en muchas noches en las que viviría la Reforma a ella encargada, no sólo por Cristo sino también por la Virgen María.

«En lo que dijo la Reina de los Ángeles de la obediencia, es que a mí se me hacía de mal no darla a la Orden, y habíame dicho el Señor que no convenía dársela a ellos. Diome las causas para que de ninguna manera convenía lo hiciese…» (V 33,16).

La Virgen María reafirma a Teresa lo que anteriormente había comprendido de Cristo, Teresa poniéndolo en obra, hizo realidad las palabras que María pronunció en las bodas de Caná, a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga». (Jn.2,5). Así pudo acabar con éxito la Fundación de S. José de Ávila. «Que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor» (V 32,11).

Reflexionando sobre esta primera fundación, sólo podía decir: «¡Oh grandeza de Dios!, muchas veces me espanta cuando lo considero y veo cuan particularmente quería Su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios; que yo creo lo es, y morada en que Su Majestad se deleita, como una vez estando en oración me dijo, que era esta casa paraíso de su deleite» (V 35,12).

2.2. La Orden un ser personal; servir a la Orden es servir a María 

Como antaño sucedió a Pablo «respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor… oyó una voz que le decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?. Él respondió: ¿Quién eres Señor? Y él: Yo soy Jesús a quien tu persigues…» (Hch 9;1,4-5). Pablo reflexionando sobre ello, comprendió que la Iglesia era un ser personal, y lo expresó con el símil del cuerpo, donde todos los miembros formaban el cuerpo místico de Cristo, el cual es su cabeza. Si persiguiendo a los miembros de la Iglesia, perseguía a Cristo, sirviéndoles servía al mismo Cristo, que lo perdonó, lo llamó y lo destinó a ser apóstol de los gentiles, y una columna fuerte para la Iglesia de todos los tiempos, que es fortalecida por su intercesión y sus escritos.

Siglos más tarde, también el B.F. Palau, después de años procurando servir a la Iglesia como un hijo a su madre necesitada, sobre todo a través de la oración de intercesión, comprendió por revelación de Dios, que la Iglesia era un ser personal figurado en una bellísima joven, oyó de Dios, «Tu eres sacerdote del Altísimo… Esa es mi hija muy amada. En ella tengo mis complacencias dala mi bendición… mientras subía al púlpito oí la voz del Padre que me dijo: bendice a mi amada Hija y a tu Hija…» (M.Rel pág.13-14). Toda su vida se convirtió en un servicio a la Iglesia, Dios mismo le hacía participación de su paternidad, y fue fiel a ella, en medio de los mayores sufrimientos y contrariedades.

Tampoco fue por meditaciones propias la forma EN que Sta. Teresa llegó a comprender que la Orden era un ser personal, figurado en la Virgen María; fue el mismo Cristo quien se lo hizo comprender.

«Estando haciendo oración en la Iglesia antes que entrase en el monasterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con gran amor me pareció me recibía y ponía una corona, y agradeciéndome lo que había hecho por su Madre» (V 36,24).

No es esta la única habla que a este respecto Sta. Teresa recibe de Cristo. Al hablar de la fundación de Valladolid, de don Bernardino de Mendoza, de él «díjome el Señor que había estado su salvación en harta aventura, y que había habido misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer monasterio de su Orden» (F 10,2).

Santa Teresa no sabía sólo por tradición, que la Orden de la Bienaventurada Virgen del Carmen, era la Orden de María, sino que el mismo Cristo se lo reafirma varias veces en el fondo de su corazón.

Debieron alegrar lo más íntimo de su alma, después de tantos meses de trabajo y persecución en la fundación de S. José, las palabras de Cristo. Cobraba sentido para ella, que era agradecida por naturaleza, que algo podía devolver a la Virgen, que como una verdadera Madre la había cuidado, lo que dice de S. José, también lo puede decir de la Virgen María: «Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma… me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer (conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto me he encomendado a Ella). Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por (su) medio… de los peligros que me ha librado así de cuerpo como de alma» (V 6,6-1,7).

Convencida interiormente  DE que servir a la Orden en aquella Fundación de S. José era servir a las Virgen, podía decir: «Hecha una obra que tenía entendido era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre, que estas sean mis ansias» (V 36,6).

Santa Teresa, en una mirada retrospectiva de su vida, contemplaba la misericordia de Dios, la eficaz y amorosa actuación de la Virgen María y de S. José, que fueron reconstruyendo su ser «en el orden de la gracia… Con el fin de restaurar la vida sobrenatural de (su) alma» (LG. 61). Ahora era el tiempo, solicitada interiormente por Jesús y María de devolver algo de lo mucho recibido.

En este sentido van encaminadas las gracias recibidas. Después de hacerle el Señor la merced de representarle la subida al cielo de la Virgen María, confiesa: «Quedé con grandes efectos y aprovechóme para desear más pasar grandes trabajos, y quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció» (V 39,26). También el Padre la mueve a entregarse a su servicio cuando era priora de la Encarnación, después de la aparición de la Virgen en el coro. «Parecíame que la Persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me dijo, mostrándome lo que quería: Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen; ¿qué me puedes dar tu a mí?» (Rel 22,3).

¿Qué podía ella hacer por Dios? «Pensé que lo primero era seguir el llamamiento de Su Majestad me había hecho a religión guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese» (V 32,9). ¿qué era ello sino? «Vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia» (Regla S. Alberto, prólogo). O como ella definiría en Camino: «que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo» (C 1,2).

Teresa no defraudó la confianza que Jesús puso en ella: «Que no me fatigase, que ya sabía que por mí no faltaría de ponerme a todo lo que fuese su servicio» (V 39,24). «Haz lo que es en ti y déjame tu a Mí, y no te inquietes por nada» (Rel 10). Animada con la promesa de Jesús, «en tus días verás muy adelantada la Orden de la Virgen» (Rel 11), al final de su vida pudo reafirmarlo como algo que se había cumplido. «Ahora… puedo decir lo que el Santo Simeón, pues he visto en la Orden de la Virgen nuestra Señora lo que deseaba» (Cta 357).

Pero tampoco ahorró sacrificios, entregada totalmente a la Reforma, donde «se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que comenzó» (C 3,5). Por la Reforma se sobrepuso a sus múltiples enfermedades, viajando de un lado a otro de España fundando un nuevo palomarcito de la Virgen donde el Señor fuera adorado en el Santísimo Sacramento y se diera culto a Dios, para honra de la Virgen y se orara por los que peleaban por Dios. Por la Reforma quitó muchas horas de su sueño escribiendo cartas para ayudar, afianzar y extenderla. Por sus hijas escribió casi la totalidad de sus libros. «Camino de perfección» «trata de avisos y consejos que da Teresa de Jesús a las hermanas religiosas e hijas suyas de los monasterios» (C.arg); «Fundaciones», para conocer la misericordia e interés del Señor en la fundación de los nuevos conventos. «El libro de las Moradas», escrito para las «monjas de estos monasterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare.» (M. pról. 4.). Con el mismo objetivo escribió «Meditaciones sobre los Cantares»: «las almas que traía a estos monasterios… algunas son tantas las mercedes que nuestro Señor les hace… las necesidades que tiene(n) de quien las declare algunas cosas de lo que pasa entre el alma y nuestro Señor» (MC. pról, 1). Redacta «Las Constituciones» como marco de vida y «Visita de Descalzas», como medio para ayudar a mantener la vitalidad primera de la Reforma. Escribió poesías para festejar las fiestas comunitarias…

Sta. Teresa hizo vida el mandato del Señor, no sólo en la Fundación de S. José de Ávila, «Mandóme mucho su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas» (V 32,11), sino también en la fundación de los otros monasterios, reconociendo que se fundaron «con el favor de Nuestro Señor y de la Gloriosa Virgen Madre de Dios» (C.argum). En ella no «hubo quiebra» en este servicio al Señor, a la Virgen María y a S. José. Tal como le prometió la Virgen Nuestra Señora antes de hacerse realidad la primera fundación.

2.3. Santa Teresa invita a servir a la Virgen María en la Reforma

Estaba firmemente persuadida que servir a la Orden era servir a la Virgen Santísima. Así se lo había hecho comprender el Señor y estos mismos ideales los transmite a los que la rodean; apreciaba como un gran valor en la persona, si tenían devoción a la Virgen María porque si era verdadera no podrían hacer otra cosa que servirla.

«Escribí a nuestro padre General una carta… poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto» (F 2,5).

En el relato de la vocación del P. Gracián, da gran valor a su devoción a la Virgen María, éste era un buen fundamento para servir en la Orden de María y perseverar en las persecuciones.

«Estando muchacho en Madrid, iba muchas veces a una imagen de nuestra Señora que él tenía gran devoción… llamábala su enamorada, y era muy ordinario lo que la visitaba. Ella le debía alcanzar de su Hijo la limpieza con que siempre ha vivido… Mas la Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso, pagar con darle su hábito, y así pienso que fue la medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa Virgen: no quiso a quien tanto la deseaba servir le faltase ocasión para ponerlo por obra; porque es su costumbre favorecer a los que Ella se quieren amparar. Pues llevándole la Virgen a Pastrana… Que como el P.Gracián fue al monasterio de los frailes, y vio tanta religión y aparejo para servir a nuestro Señor, y sobretodo, ser Orden de su gloriosa Madre, que él tanto deseaba servir, comenzó a moverse su corazón para no tornar al mundo… él dejando este cuidado a Dios, por quien lo dejaba todo, se determinó a ser súbdito de la Virgen y tomar su hábito… parece Nuestra Señora le escogió para bien de esta Orden Primitiva» (F 23;1,4-6,8).

Defiende al P. Gracián ante Felipe II y hace elogio de su devoción a la Virgen y cómo le es gran ayuda en la Reforma.

«… que verdaderamente me ha parecido un hombre enviado por Dios y de su bendita Madre, cuya devoción que tiene grande, le trajo a la Orden para ayuda mía» (Cta 201,5). Una de las cualidades que siempre le valoró fue: «su espíritu y discreción y manera de proceder tan suave, y con tanta perfección y honestidad, parece le ha escogido la Virgen para hacer que estas monjas fuesen muy adelante» (Cta 250,7).

Cuando está desanimado por tantas persecuciones y dificultades en que vivía la Reforma y piensa abandonarla, Sta. Teresa sale al paso, poniéndole por delante su amor a la Virgen y sus deseos de servirla. «… yo le suplico por amor de nuestro Señor y de su preciosa Madre» (Cta 248,13).  «no era bueno dejar a la Virgen en tanta necesidad» (Cta 238,1).  «mi buen padre quédese con Dios y pues sirve tal dama como la Virgen, que ruega por él, no tenga pena de nada, aunque yo veo hay ocasiones» (Cta 244,8).

A S. Juan de la Cruz, el que se convertiría en el fundamento de la Reforma con ella, también le invitó a quedarse en la Orden de nuestra Señora, donde le podría servir al Señor y a la Santísima Virgen a quien amaba entrañablemente, y había experimentado su protección por haberle salvado la vida en más de una ocasión.

Cuando hubo el encuentro entre Sta. Teresa y S. Juan de la Cruz en Medina del Campo, él contaba 25 años, y había cantado hacía poco la primera misa. Incapaz de plegarse al conformismo, había decidido ir a la Cartuja para vivir con más radicalidad la vida religiosa. Seguía por su cuenta los rigores de la regla primitiva, tenía fama entre sus compañeros de íntegro, retraído y tenaz. De este encuentro nos habla Teresa.

«Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho, y supe de él como se quería ir también a los cortijos. Yo dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y cuanto más serviría al Señor. Él me dio palabra de hacerlo con que no se tardase mucho» (F 3,17).

  1. Juan de la Cruz vio en la proposición de Sta. Teresa la respuesta a sus inquietudes. Entró en la Reforma, y perseveró en ella a pesar de los nueve meses que vivió encerrado en la cárcel del convento de Toledo. Era muy difícil, por muy tenaz y fiel a la palabra dada a Sta. Teresa, perseverar en la Reforma por ella; mas se podría pensar, que en su encerramiento era ocasión de devolver algo a la Virgen de lo mucho que Ella había hecho por él. Al final de su vida cuando la persecución vino de parte de sus propios hermanos de la Reforma, tampoco se plegó a sus pretensiones de echarlo de la Orden; estaba dispuesto a todo:

«… Hijo, no le dé pena eso, porque el hábito no me lo pueden quitar sino por incorregible o inobediente, y yo estoy muy aparejado para enmendarme de todo lo que hubiere errado y para obedecer en cualquier penitencia que me dieren» (Cta 32).

A los pocos meses murió, en el sábado posterior a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción: fue a cantar maitines al cielo, el fiel servidor de la Virgen en su Reforma; como Sta. Teresa en el servicio de Nuestra Señora «No hubo quiebra jamás» y mucho se sirvió Dios en ellos. Para que la Reforma de la Orden de su Madre «diese de sí un gran resplandor».

Sta. Teresa, que había acogido a tantas vocaciones que deseaban vivir su consagración al Señor, también les enseñó que servir a Dios en la Orden del Carmen era servir a su Madre Santísima. Al final de su vida al narrar la fundación de Palencia pone en boca de todas:

«…nosotras nos alegramos de poder en algo servir a Nuestra Madre y Señora y Patrona» (F 29,23).

Sta. Teresa no sólo procuró que miembros de la Orden ayudaran a la Reforma como un servicio a la Virgen, sino también enroló a muchas otras personas y de __la máxima autoridad, poniéndoles por delante el servicio que harían a la Virgen María.

Se dirige al Rey Felipe II en busca de ayuda y protección.

«… si no se hace provincia aparte de descalzos (y con brevedad)… Como esto está en manos de vuestra Majestad, y yo veo que la Virgen Nuestra Señora le ha querido tomar por amparo para el remedio de su Orden, héme atrevido a hacer esto para suplicar a vuestra Majestad, por amor de Nuestro Señor y de su gloriosa Madre, vuestra Majestad mande se haga…»(Cta 83,2).

Dos años más tarde le escribe de nuevo y vuelve a pedir su ayuda, en especial para que mande a rescatar a S. Juan de la Cruz que está en la cárcel de Toledo. Se dirige al rey anteponiéndole que es escogido por la Virgen en esta causa.

«… Yo tengo muy creído que ha querido Nuestra Señora valerse de vuestra majestad y tomarle por amparo para el remedio de su Orden, y así no puedo dejar de acudir a vuestra Majestad con las cosa de él» (Cta 206, 1).

En términos parecidos se dirige a Don Teutonio de Braganza, agradeciéndole lo que hace por la descalcez: » paréceme que ha tomado a vuestra señoría la Virgen Nuestra Señora por valedor de su Orden. Consuélame que lo pagará mejor que yo lo sabré pedir, aunque lo hago» (Cta  76,3).

Sta. Teresa era bien consciente que la ayuda venía de Dios, por intercesión de la Virgen Santísima; pero no por ello deja de recomendar a sus hijas, siendo la primera en hacerlo.

«… que también quiere el Señor que, aunque viene de su parte, lo agradezcamos a las personas por cuyo medio nos lo da; y de esto no haya descuido» (C 2,10).

«Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras oraciones encomendarle a Nuestro Señor y a los que han favorecido su causa y de la Virgen Nuestra Señora, y así os lo encomendó mucho» (F 28,7).

Estas oraciones llegan al cielo, y Dios no tarda en bendecir a los que favorecen el establecimiento de su Reino, el seguimiento del Evangelio y la honra de la Virgen Santísima. Derramando sobre ellos las gracias para vivir santamente y la vida eterna. De ello Teresa da testimonio comprobado por experiencia propia y ajena: «Gran cosa es lo que agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande es su misericordia» (F 10,5).

Da fe de esta misericordia por los servicios realizados por la Reforma, del P. Pedro Ibáñez, y de don Bernardino de Mendoza que dio casa para la fundación de Valladolid.

«Vi estar nuestra Señora poniendo una capa muy blanca al Presentado de esta misma Orden (de Sto. Domingo), de quien he tratado algunas veces. Díjome que por el servicio que había hecho en ayudar a que se hiciese esta casa le daba aquel manto en señal que guardaría su alma en limpieza de ahí adelante y que no caería en pecado mortal. Yo tengo por cierto que así fue, porque desde a pocos años murió… Después me ha aparecido algunas veces con muy gran gloria… Dióle Dios al fin el premio de lo mucho que había servido toda su vida» (V 38,13).

«Díjome el Señor que había estado su salvación  en harta aventura, y que había habido misericordia de él (de D.B. de Mendoza) por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer el monasterio de su Orden, y que no saldría del purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese» así fue, «junto al sacerdote se me apareció el caballero que he dicho, con rostro resplandeciente y alegre…, agradeció lo que había puesto por él para que saliese del purgatorio y fuese aquel alma al cielo». Finaliza la narración: «sea por todo alabado y bendito, que sí paga con eterna vida y gloria la bajeza de nuestras obras y las hace grandes siendo de pequeño valor» (F 10;2,5).

2.4. La Virgen María Señora y Reina de la Orden del Carmen

Ella  creía sinceramente que la Orden de Nuestra Señora del Carmen, en la cual había ingresado, era la orden de Nuestra Señora, y de ello deja constancia en múltiples ocasiones.

«La Orden de la Virgen Nuestra Señora» (Cta 357).

 «La Orden de la sacratísima Virgen Señora Nuestra» (F 28,37).

El mismo Cristo le había hablado de la Orden del Carmen, como Orden de la Virgen.

«En tus días, verás muy adelantada la orden de la Virgen» (Rel 11).

Estas palabras de Cristo dirigidas a Teresa reafirmaban lo que desde varios siglos se nombrara indistintamente Orden de Nuestra Señora del Carmen u Orden de la Virgen.

Al final de la tercera cruzada, algunos peregrinos occidentales se establecieron en el valle bíblico del Monte Carmelo, para seguir a Cristo en silencio y oración. Si en un principio comenzaron a vivir cada uno por su cuenta en las cuevas naturales, a principios del siglo XIII decidieron reunirse en comunidad y solicitar del patriarca de Jerusalén una forma de vida común. El cual atendió a sus deseos y les dio la que hoy llamamos «La regla de San Alberto».

A ninguno de aquellos ermitaños se le otorgó el nombre de fundador, y nunca se le ha concedido a nadie tal título.

La regla dada por el patriarca de Jerusalén, establecía que cada uno viviera en su celda separado de los demás: «Hágase un oratorio en medio de las celdas… en el cual cada día por la mañana os juntéis a oír misa» (Regla. S. Alberto, cap. 7).

De común acuerdo, aquel grupo de hombres lo erigió la primera capilla  en honor de la Virgen María, Madre de Dios. El hecho de dedicarle a la Virgen María la primera capilla, en la mentalidad feudal, significaba ponerse completamente a disposición de Ella con una consagración personal de juramento, era el sentido de pertenencia a «La Señora del lugar», el dominio de María sobre la cuna de la Orden y de todas las casas subsiguientes, las cuales la Orden dedicó siempre a la Virgen, la Señora a la que han de servir los que moran en ellas, porque son propiedad de María.

Esta era conciencia en que a lo largo de los siglos fue ahondando la Orden: en su origen y misión en la Iglesia, una dedicación especial a la Virgen. La misma Orden había sido fundada para su alabanza y gloria. En este aspecto se expresó el papa Urbano IV, el 20 de febrero de 1263, con el objeto de conceder indulgencias para la reconstrucción del convento del Carmelo, «donde se halla el principio y origen de dicha Orden, para gloria de Dios y de la gloriosa Virgen, su Patrona»[6].

Sta. Teresa, además de acoger la tradición mariana de la Orden, reafirmó esta conciencia con propia experiencia. Percibe interiormente con toda claridad, cómo la Virgen Santísima junto con su Hijo procuran la fundación de S. José, cuna de la Reforma; cómo Ella misma le aconseja en la forma de gobierno, dándola a los obispos y no a la Orden como ella deseaba.

Si experimentó que la Virgen María era la fundadora de las descalzas, también vio palpable su papel de fundadora de los descalzos, como Teresa misma confiesa al escribir al P. General Rubeo con el objetivo de conseguir el permiso para la fundación de frailes de la misma Regla que las monjas: «Ella (la Virgen) debió ser la que lo negoció; porque esta carta llegó a su poder estando en Valencia, y desde allí me envió licencia para que se fundasen dos monasterios» (F 2,5). Cuando años más tarde, el mismo General tiene una actitud contraria, a pesar de tener el máximo cargo en la Orden, le recuerda que él es sencillamente «un siervo de la Virgen y que ella se enojará de que vuestra señoría desampare a los que con su sudor quieren aumentar su orden» (Cta 80,21).

La actitud de Teresa en la fundación de «estos monasterios que su Majestad ha sido servido que se funden de la primera Regla de nuestra Señora del Monte Carmelo»(MC pról.), no es otra que ser un fiel instrumento en las manos de Dios y de la Virgen haciendo lo que puede.

Tiene la  conciencia de que la Virgen, además de ser «Nuestra Señora, (vocablo más utilizado por ella para referirse a María), también es «Reina», «Emperadora» y «Priora». Los tres vocablos significan señorío y dominio. Ella con toda sencillez, desde que recibió la misión del Señor de fundar, quiso servir a esta Señora, que la había vuelto a la intimidad con Dios. Y no duda de hacer bien palpable que la Virgen es la Priora del Monasterio de la Encarnación, y ella una más de las que la procuran obedecer, haciendo vida sus mandatos para gloria de Dios y bien de su Orden.

Según el P. Melús, «ya era tradicional en los monasterios carmelitas colocar a María como presidenta en los lugares principales de los conventos»[7].

Ya el insigne carmelita A. Bostio (+1499) «dice que María se demuestra en toda ocasión y en todo tiempo tan íntimamente unida a los hechos de la Orden que le cuadra maravillosamente el nombre de Superiora del Carmelo. La Orden descansa en sus manos. Ella se preocupa de cada uno de sus miembros como de las pupilas de sus ojos»[8].

Cuando Teresa de Jesús recibió la obediencia de ser Priora de la Encarnación por orden del visitador A. de Salazar, estaba de priora en Medina, dice María de S. Francisco (Barahona), novicia de aquella comunidad: «La Santa se afligió mucho y se salió de dicho capítulo con las novicias, entre las cuales iba yo, y como la viese muy llorosa y afligida, me quedé con ella, y luego se arrojó en mis brazos, haciendo una exclamación a Dios nuestro Señor, en esta manera: Señor, Dios de mis entrañas y de mi alma: Veisme aquí, vuestra soy. La carne, como flaca, siente; mas mi alma está pronta. Fiat voluntas tua»[9].

Ya anteriormente el Señor la había confortado, cuando rezaba por su hermano Agustín:

«Díjome el Señor: ¡Oh, hija, hija! hermanas son mías estas de la Encarnación, y te detienes. Pues ten ánimo; mira lo quiero Yo, y no es tan dificultoso como te parece…no resistas, que es grande mi poder» (Rel 17).

Ciertamente no le fue tan dificultoso; la Virgen le allanó el camino. Después de entrar para tomar el cargo de priora de la Encarnación, en el mayor de los alborotos. Al día siguiente había de tomar posesión del priorato y hacer su presentación oficial, que tenía lugar en el capítulo.

Ella entró vestida con su capa blanca y se sentó en el sitial que antes usaba. La silla prioral estaba ocupada por la imagen de Nuestra Señora de la Clemencia, con las llaves del convento en las manos, y el sitial de la subpriora estaba ocupado por la imagen de S. José.

La Madre Teresa se sentó a los pies de la imagen. Luego pidió a las monjas que fuesen pasando una a una a prestar obediencia a la Priora, que era la Virgen, ¡quién se lo iba a negar!

La Virgen de la Clemencia quedó en la silla prioral, los tres años que duró el priorato de la Madre Teresa. Cada noche cuando le traían las llaves de las porterías, se las entregaba a dicha imagen, según cuenta María Bautista. Porque «La Virgen Santísima, cuya es esta religión, era la verdadera priora que las había de gobernar»[10].

Teresa de Jesús no dejaba de decir que la Virgen era la priora verdadera y ella sólo su vicaría, y le daba mucho consuelo viendo que tenía tal Priora en su lugar, y por ello no le asombraban los excelentes resultados de aquel priorato, por tener a la misma Madre de Dios.

Ciertamente que en la Encarnación la Virgen tenía dos instrumentos dóciles que le ayudaron al cambio de aquella comunidad de monjas: Sta.

Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz.

Escribía a doña María de Mendoza: «Es para alabar a nuestro Señor la mudanza que en ellas ha hecho… Mi «Priora» hace estas maravillas»     (Cta 38;7,9).

A los tres meses de que la Madre Teresa pusiera la Virgen de la Clemencia en la silla prioral, la misma Virgen le confirma que aquél era su lugar.

«La víspera de S. Sebastián, el primer año que vine a ser priora en la Encarnación, comenzando la Salve, vi en la silla priora, adonde está puesta nuestra Señora, bajar con gran multitud de ángeles la Madre de Dios y ponerse allí… Estuvo así toda la Salve, y díjome: bien acertastes en ponerme aquí; yo estaré presente a las alabanzas que hicieren a mi Hijo y se las presentaré» (Rel 22,1-2).

Esta visión fue conocida por las monjas, que por veneración, ya nunca osó nadie sentarse en ella. A partir de esta visón el coro alto de la iglesia, es un santuario mariano para las carmelitas, allí van a orar a solas, a presentar a la Virgen las súplicas de las personas que se encomiendan a sus oraciones, o a desahogarse con la Virgen. Desde esta aparición de la Virgen a Sta. Teresa, la devoción mariana, experimentó un renovado impulso. Poco a poco la presencia de María fue cambiando la faz de la comunidad.

Otro hecho significativo en la vida de Teresa de Jesús, con referencia a la Virgen como superiora mayor de la Orden, fue el día de la Natividad de la Virgen de 1575. Teresa estaba deseando interiormente renovar sus votos, y estos se hacen ante el superior mayor; estaba pensando en ello, cuando se le hizo presente la Virgen María, así lo cuenta ella:

«El día de nuestra Señora de la Natividad tengo particular alegría. Cuando este día viene, parecíame sería bien renovar los votos. Y queriéndolo hacer, se me representó la Virgen Señora nuestra por visión iluminativa; y parecióme los hacía en sus manos y que le eran agradables.  Quedóme esta visión por algunos días como estaba junto conmigo, hacia el lado izquierdo» (Rel 37).

Nueve años más tarde también la insigne carmelita Sta. Mª Magdalena de Pazzi, que ingresó en el Carmelo de Florencia el mismo año en que Sta. Teresa moría en Alba de Tormes, tuvo una visión con contenido semejante a estas dos últimas visiones transcritas de Sta. Teresa de Jesús.

Esta visión la tuvo Sta. Mª Magdalena de Pazzis el 5 de agosto de 1584.

«Veía que todas las sendas conducían a un precioso jardín, que comprendí ser el paraíso. Unas sendas llegaban hasta el centro del jardín, al que parecía daban dignidad y belleza. Entendí que dichas fuentes y árboles eran los fundadores de las religiones, como S. Agustín, Sto. Domingo, San Francisco y otros fundadores… Veía que la senda por donde caminaban (los carmelitas)… era mucho más notable que las otras, pero que no concluía en ninguno de aquellos árboles ni de aquellas fuentes, sino en la Reina y Señora del Jardín, que es nuestra Madre, la Virgen María bajo cuya bandera vivimos nosotras...»[11]

Tres siglos más tarde el insigne carmelita B. Francisco Palau, el cual siempre tuvo un vehemente deseo de contemplar a su Amada la Iglesia sin sombras ni figuras, había clamado al cielo suplicando un poco más de vida para dejar en orden sus fundaciones. Le llegó la hora de su última enfermedad cuando aún no había podido realizar con documento público quién le iba a suceder en la dirección de la Congregación.

Había en todos sus hijos e hijas la preocupación de quién sería el nuevo director, se lo preguntaron a él, a lo que respondió: «Tenéis a la Virgen del Carmen que es vuestra Madre, acudid pues a Ella que os cobijará cual Madre la más cariñosa de todas las madres y de directores el 2º día después de mi muerte ya se habrán ofrecido tres y así sucedió: Dos horas antes de morir pidió a los Hermanos y Hermanas rogasen por él interponiendo el valimiento de S. José, encargóles se acogiesen bajo el manto protector de la Virgen del Carmen, que siendo como era su Madre, no los abandonaría»[12].

En estas palabras dichas en el momento supremo de la muerte cuando es preguntado por quién ocuparía su lugar, que era el de Fundador, la Providencia de Dios no permitió que nadie ocupara este lugar sino la misma Virgen María, Nuestra Señora del Carmen. Ella se encargaría de proteger y de velar por aquellos hijos e hijas que, a imagen de Cristo, su hijo B.F.Palau los dejaba a su cuidado. Y, ciertamente, la Virgen María veló por ellos. Después de su muerte hubo tal multitud de contrariedades que pusieron en peligro de desaparición aquellas fundaciones gestadas con tanto dolor y contradicción por el B. F.Palau.

De la misma forma que la Virgen María veló poderosamente por la supervivencia de la Reforma Teresiana, veló por las congregaciones fundadas por el B. F.Palau. No defraudó la confianza que en Ella había puesto este su hijo: «no les abandonaría siendo como era su Madre». Tampoco le defraudan sus hijas por el amor que hoy siguen profesando a la Virgen Santísima.

Hay el testimonio unánime de la tradición de la Orden Carmelitana de Sta. Teresa de Jesús, de tantos santos carmelitas, de la misma Iglesia, «que no reconoce en el Carmelo otro fundador o patrón de la Orden, sino es la misma Virgen María, aquella que presidió la Capilla primitiva».[13]

2.5. «El Carmelo es todo de María»

Este lema que ha estado en la mente y en el corazón de todo carmelita desde la Edad Media, expresa que la Virgen María es la realidad primera y determinante que explica la razón de ser y la misión de la Orden Carmelitana en la Iglesia. Un seguir a Cristo teniendo por modelo a su primera y mejor discípula la Virgen María.

Puesto que la Orden es de la Virgen, -así se lo decía Cristo en el interior de Teresa-, todo lo de la Orden queda vinculado a María. La Santa hizo vida este lema, refiriendo a María como propiedad suya la Regla, el hábito, sus monjas, sus frailes, sus monasterios, de ello dan testimonio todos sus escritos.

La Regla

La Regla que sirve de cauce para la vida de la Orden, es la Regla de Nuestra Señora.

«Guardamos la Regla de nuestra Señora del Carmen, y cumplida ésta sin relajación, sino como la ordenó Fray Hugo, Cardenal de Santa Sabina, que fue dada a 1248 años en el año quinto del Pontificado del Papa Inocencio IV» (V 36,26).

En el argumento de Camino dice: «… con el favor de nuestro Señor y de la Gloriosa Virgen Madre de Dios, Señora nuestra, ha fundado de la Regla primera de Nuestra Señora del Carmen». Cuando define la finalidad de la fundación de S. José cuna de la Reforma «… adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección con que se comenzó» (C 3,5).

Cuando el General de la Orden el P.Rubeo visita el convento de S. José, nos dice Teresa: «Alegróse de ver la manera de vivir y un retrato (aunque imperfecto) del principio de nuestra Orden, y como la Regla se guardaba en todo rigor» (F 2,3).

Sta. Teresa, como otros insignes maestros de la Orden, entre ellos Juan de Baconthorp (+1348) (que presenta a la Virgen como modelo de todo carmelita, pues en la Regla se transparentaba la vida que María llevó en la tierra: su obediencia, su humildad, silencio, soledad, oración, trabajo, vida de intimidad con Dios…), dice sobre ello a sus monjas: «Plega a Nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión» (F 16,7).

Invita siempre a sus hijas a mantener este ideal «… y que cada una haga cuenta de las que vinieren, que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen Nuestra Señora, y en ninguna manera se consienta en nada relajación» (F 27,11).

El hábito

Ella se sentía orgullosa y feliz de vestir el hábito del Carmen, que era el hábito de la Virgen.

Recuerda con gran cariño el día en que tomó el hábito, como día de bendición y de gracia del Señor: «En tomando el hábito… me dio el Señor… un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura» (V 4,2). Años más tarde recordaba este día y escribía al P.Gracián: «Es hoy víspera de Todos Santos. En día de las Animas tomé hábito. Pida vuestra paternidad a Dios que me haga verdadera monja del Carmelo, que más vale tarde que nunca» (Cta 32,7).

Vestir el, hábito era forma de expresar la consagración a la Virgen María y de pertenencia a su Orden. En sus escritos expresa este gozo que intenta transmitir a sus hijas: «Válgame… la Virgen Nuestra Señora, cuyo hábito por la bondad del Señor traigo» (F 28,35).

Le alegraba pensar: «¡Qué santos tenemos en el cielo, que trajeron este hábito!» (F 29,33).

El fundar el convento de S. José «… era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre, que estas eran mis ansias» (V 36,6). Incluso al narrar la fundación de Villanueva de la Jara, identifica la honra con que fue acogida la nueva fundación con el hábito de la Virgen: «Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al hábito de la Virgen, para que alabéis a Nuestro Señor y le supliquéis se sirva de esta fundación» (F 28,38).

El llevar el hábito de la Virgen es participar en sus méritos: «… pues estaba vuestra Sacratísima Madre, en cuyos méritos merecemos, y por tener su hábito» (C 4,1, A.E.).

De igual forma que la Regla intentaba transparentar la vida que llevó la Santísima Virgen, el hábito significaba también procurar hacer realidad el tipo o el hábito de vida que Ella llevó. Pero en ello Sta. Teresa ve una gran distancia; por eso se siente indigna de llevarlo: «Si algo hubiere bueno, sea para gloria y honra de Dios y servicio de su Sacratísima Madre, Patrona y Señora nuestra, cuyo hábito yo tengo, aunque harto indigna del él» (C protes.) «tomando por ayuda a su gloriosa Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él» (F pról.6).

También hace conscientes a sus hijas de su indignidad «… cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras.» No por ello no deja de invitarlas a que su vida sea un reflejo de las virtudes de la Virgen María: «Parezcámonos, hijas mías, en algo, a la gran humildad de la Virgen Santísima, cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos monjas suyas; que por mucho que nos parezca nos humillamos, quedamos bien cortas para ser hijas de tal Madre y esposas de tal Esposo» (C 13,3).

El llevar el hábito del Carmen significa también un servicio específico dentro de la Iglesia: «… todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación, porque este fue nuestro principio; de esta casta venimos» (MV  1,2).

Como también el llevar el mismo hábito significa pertenecer a una misma familia, por lo cual deben ayudarse mutuamente en las necesidades. «Por eso traemos todas un hábito, porque nos ayudemos unos a otros, pues lo que es de uno es de todos…» (Cta 274,6).

Cuando Sta. Teresa habla del hábito del Carmen, ¿tenía presente la aparición de la Virgen que según la tradición tuvo S. Simón Stok, rodeada de multitud de ángeles, llevando en sus manos el escapulario de la Orden?, visión parecida a las que ella misma recibió.

La devoción al Escapulario se divulgó sobretodo en el siglo XVI en España, de la cual se tiene constancia documentada por la visita que el P. General Rubeo hizo a España, «durante la cual él mismo impuso personalmente el escapulario a más de 200.000 personas».[14]

Las características de la devoción al Sto. Escapulario  a lo largo de la historia,  reflejan lo que Sta. Teresa decía del significado de llevar el Hábito de la Virgen: confiar en su protección y misericordia, participar de sus méritos, consagración al servicio de la Virgen, imitar sus virtudes, señal de pertenencia a una familia religiosa, hermandad con todos los miembros de ella.

Ciertamente la Santa fue una de las mejores colaboradoras de la Virgen en hacer realidad la promesa de salvación eterna y ser liberados del purgatorio lo antes posible, recogida esta tradición por el mismo Pío XII, «no se trata de un asunto de poca importancia, sino la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha según la tradición por la Santísima Virgen… Ciertamente la piadosísima Madre no dejará de hacer que los hijos que expían en el purgatorio sus culpas alcancen lo antes posible, la patria celestial por su intercesión, según el privilegio sabatino, que la tradición nos ha transmitido.»[15]

Junto con la intercesión de la Virgen Santísima estaban las oraciones de Sta. Teresa hechas durante su vida por estas intenciones. «En esto de sacar almas de pecados graves por suplicárselo yo, y otras traídolas a más perfección… y de sacar almas del purgatorio… son tantas las mercedes que en esto el Señor me ha hecho, que sería cansarme y cansar a quien lo leyese» (V 39,5).

No sólo lo vive ella personalmente, sino que lo transmite a sus hijas. «… de todas las maneras que pudiéramos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben»(VII M 4,13). «Nuestro Señor… precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (F 1,7).

Si al ser impuesto el Sto. Escapulario se participa de todos los bienes espirituales que por la misericordia de Dios ha concedido a los miembros de la Orden del Carmen de sus obras buenas, penitencia y oraciones, ciertamente la Orden quedó verdaderamente enriquecida con la persona de Sta. Teresa. Ya lo decía un contemporáneo suyo y Superior General de la Orden el P. Rubeo.

«Doy infinitas gracias a la Divina Majestad de tanto favor concedido a esta religión por la diligencia y bondad de nuestra Rvda. Teresa de Jesús. Ella hace más provecho a la Orden que todos los frailes Carmelitas de España. Dios le de largos años de vida… Por amor de Dios nos encomiende a las oraciones de todas las monjas benditas de aquella Casa, habitación de ángeles…»[16]

En una de las visiones de la Virgen María con las cuales fue agraciada «vio a Nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco»  (V 36,24). La Virgen María vestía como ellas con manto o capa blanca, que desde antiguo en la Orden significaba el símbolo de la pureza de María que todos debían imitar.

Los Monasterios

A sus monasterios los llamaba «Palomarcitos de la Virgen», término cariñoso que expresaba el dominio y señorío amoroso de la Virgen sobre todas las casas de la Orden.

La fundación del monasterio de S. José tuvo lugar el día de S. Bartolomé. Como si la Divina Providencia quisiera dar testimonio a favor de Teresa, como un día Cristo lo dio de Natanael, que la tradición identifica con el apóstol S. Bartolomé. «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). Y referido a Teresa, «Ahí tenéis a una cristiana de verdad, en quien no hay engaño».

Teresa de Jesús veló para que su segunda y tercera fundación, con gran tesón por su parte, fueran fundados el día de la Asunción de María, el de Medina del Campo en 1567 y Valladolid en 1568. Seguro que se sentiría feliz que así fuera, recordando la gracia que el Señor le hizo este día años antes, «que en un arrobamiento se me representó su subida al cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida… quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció» (V 39,26). Y ahora veía hechas realidad dos nuevas fundaciones y en su día. La casa de Malagón fue inaugurada el día de la Inmaculada Concepción, a pesar de que costó «harto trabajo conseguirlo».

En la fundación de Palencia, cuando buscaba lugar para fundar, estando indecisa, al «recibir el Santísimo Sacramento… entendí estas palabras de tal manera, que me hizo determinar del todo a no tomar lo que pensaba, sino la de nuestra Señora: ‘Esta te conviene’…respondióme el Señor: ‘No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será un gran remedio…’ Dije a mi confesor… que yo estaba determinada que cara o barata, ruin o buena, se comprase la de Nuestra Señora» (F 29;18,22). Una vez realizada la fundación no cabe de gozo «se hecha bien de ver, se sirven Nuestro Señor y su gloriosa Madre allí, y se quitan hartas ocasiones… que el demonio le pesa se quitasen, y nosotras nos alegramos de poder en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona» (F 29,23). La voluntad del Señor era su más gran alegría.

Si, la fundación de los monasterios eran don de Dios y de la Virgen: «…con el favor de Nuestro Señor y de la gloriosa Virgen Madre de Dios» (C.argum). También quienes los habitan son un don de Dios y de su Madre: «… comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora, comenzó la Divina Majestad a mostrar sus grandezas en estas mujercillas flacas aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado » (F 4,5).

A sus súplicas «a Nuestro Señor, que siquiera una persona despertase» (F 2,6). Fueron a ella dos, fray Antonio Heredia y fray Juan de Santo Matías, el futuro S. Juan de la Cruz.

Ve que la Virgen va disponiendo nuevas vocaciones para el bien de la Orden, una de ellas el P. Gracián, «… que verdaderamente me ha parecido un hombre enviado por Dios y de su bendita Madre,… le trajo a la Orden para ayuda mía» (Cta 201,5), «parece le ha escogido la Virgen para hacer que estas monjas fuesen muy adelante» (Cta 250,7).

Se alegra y felicita a Dª Isabel Jimena de su determinación de tomar el hábito de descalza: «… fácilmente me pudiera vuestra merced persuadir a que es muy buena y capaz para hija de Nuestra Señora entrando en esta Sagrada Orden suya» (Cta 40,2).

También debió alegrarle el sueño que le explicó una hermana que entró en el convento de Beas. Le decía la hermana: «se acostó una noche deseando hallar la más perfecta religión que hubiese en la tierra para ser en ella monja; y comenzó a soñar… una casa de gran número de monjas… la priora la tomó de la mano y la dijo: hija, para aquí os quiero yo, y mostróle las Constituciones y la Regla… despertó de este sueño… pasó mucho tiempo… vino allí un Padre de la Compañía… díjole como era aquella Regla de la Orden de Nuestra Señora del Carmen de los monasterios que fundaba yo»

(F 22,21-22).

 Las Monjas

A las monjas que habitaban en estos palomarcitos las llama «hijas de la Virgen» a quienes invita «hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen» (F 16,7).

Otro apelativo cariñoso que les da «estas ovejitas de la Virgen callando, como unos corderitos» (F 18,7). Ante los extremos de una priora, a este propósito dice: «estos monasterios de la Virgen Nuestra Señora, por la bondad del Señor, están (muy lejos) de haber menester de rigor»(VD 6).

Los Frailes

Al Padre General Rubeo le llama «siervo de la Virgen» (Cta 80,21). Del P. Gracián le dice «súbdito de la Virgen» (F 32,8); «como buen capitán que había de ser de los hijos de la Virgen…» (F 23,10), y «ponga muy en orden este ganado de la Virgen» (Cta 281,7). También les da el nombre de «caballeros de la Virgen» (DE.28).

Los Bienhechores

En la fundación de Palencia les llama «estos santos amigos de la Virgen» (F 29,25).

2.6. La Santísima Virgen Patrona de la Orden del Carmen

Los ermitaños latinos, en obediencia a la Regla que les había dado Alberto, Patriarca de Jerusalén, construyeron  una capilla donde celebrar la Eucaristía y el rezo del Oficio Divino, al dedicar a la Virgen María aquella capilla, la ponían bajo su patronazgo. De este modo los ermitaños latinos que residían en el monte Carmelo, al elegir  a la Virgen Santísima como Patrona,  se establecían unos lazos de vasallaje espiritual y todo lo de ellos pertenecía a la Virgen María, como Señora del lugar y de sus moradores, a la vez que de Ella confiaban en que los protegería y se preocuparía vivamente de sus intereses.

A lo largo de toda la historia de la Orden del Carmen se constata la fidelidad de los hijos  en consagrarle todas las casas y cada uno de ellos a través de la profesión religiosa.

Tampoco faltó la protección de la Virgen Nuestra Señora. La Orden atribuye a la intercesión de su celestial Patrona, la redacción de la Regla en 1209 por el Patriarca de Jerusalén, la aprobación de la Regla por Honorio III en 1226, el paso a Europa el 1238, la misma supervivencia de la Orden después del Concilio de Lión en 1274 (que limitaba el número de órdenes en la Iglesia), el triunfo del título de «Hermanos de la Virgen María del Monte Carmelo en la Universidad de Cambridge en 1374, y sobre todo, la promesa del Santo Escapulario como «privilegio para ti y para todos los carmelitas: muriendo con él se salvarán.» Palabras dichas por la Virgen Santísima según la tradición de S. Simón Stock el día 16 de julio de 1251, el privilegio sabatino (1322 ?). Según la tradición, la Virgen se apareció al papa Juan XXII diciéndole, que como Madre, el sábado después de su muerte los liberaría del purgatorio y los haría entrar en el cielo a los que llevaren dignamente el Escapulario de la Orden del Carmen.

Ante tan constante y poderosa protección, aunque cada semana se celebraba ya la conmemoración litúrgica de María, en la segunda mitad del siglo XIV se inició en Inglaterra la «Solemne Conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo» para dar gracias a la «Patrona» por todos los beneficios recibidos por la Orden a lo largo de su historia. Si este día en un principio se fijó el 17 de Julio, a finales del siglo XV pasaría al día 16 de julio. Esta fiesta, a lo largo de la historia, no sólo es de la Orden, sino también de la Iglesia, al unirse el hecho de la protección de la Virgen María a todos los que vestían el Sto. Escapulario. El mismo Papa Pablo VI en «Maríalis Cultus» dice: «por más que el Calendario Romano restaurado pone de relieve sobre todo las celebraciones mencionadas… incluye, no obstante, otro tipo de memorias o fiestas… celebradas originalmente en determinadas familias religiosas, pero que hoy, por la difusión alcanzada pueden considerarse verdaderamente eclesiales (16 julio: La Virgen del Carmen; 7 de octubre: La Virgen del Rosario)».[17]

2.7. El Patronazgo de la Virgen en la Reforma de santa Teresa de Jesús

Cuando el Señor instó a Sta. Teresa a la fundación del monasterio de S. José, donde «se serviría mucho él» también le promete «que a una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras». Lo mismo le reafirma la Virgen «en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás… porque ellos nos guardarían» (V 32,11; 33,14).

En estas hablas interiores se dio una revitalización de la relación que desde siempre los carmelitas habían tenido ante la Virgen, la dedicación de su vida en servicio a Ella para gloria de Dios, y la protección de Ella hacia los que le sirven y se acogen a su protección maternal.

Debió llenarla de gozo, esperanza y confianza la visión que tuvo en el convento de S. José de Avila. «estando todas en el coro en oración, después de Completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco y debajo de él parecía ampararnos a todas» (V 36,24).

Teresa de Jesús pudo comprobar la veracidad de estas promesas y de esta visión cuando las tempestades se cernían sobre la naciente Reforma. Su corazón no dejaba de suplicar a la Virgen Santísima esta ayuda y le promete celebrar una fiesta en acción de gracias. «Era día de la Presentación de Nuestra Señora… propuse en mí, si esta Virgen acaba con su Hijo que viésemos a nuestro padre libre de estos frailes y nosotras…» (Rel 46).

Cuando «pretenden acabar este principio, que la Virgen Sacratísima ha procurado se comience» (Cta 210, 5 S). El Señor le dice: «Eso pretenden mas no lo verán, sino muy al contrario.» y lo deja confiadamente en las manos de María su protectora. «Este negocio toca a la Virgen Nuestra Señora, que ha menester ser ahora amparada de personas semejantes en esta guerra que hace el demonio a su Orden» (Cta 259,4).

Al final estando ella en Palencia «fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego… Ahora estamos todos en paz Calzados y Descalzos» (F 29;30,32).

Si para hacer nuevas fundaciones de monjas y de frailes, la Virgen se sirvió del P. Rubeo General de la Orden, viendo que «Ella (la Virgen) debía ser la que lo negoció» (F 2,6). Cuando él por varias razones no favorece su supervivencia, entonces Sta. Teresa acude al rey Felipe II, porque «Yo tengo muy creído  que ha querido Nuestra Señora valerse de vuestra majestad y tomarle por amparo para el remedio de su Orden, y así no puedo dejar de acudir a vuestra majestad con las cosas de ella» (Cta 206,1). El rey la escuchó y «Trájose, por petición de nuestro Católico Rey don Felipe, de Roma un breve muy copioso para esto» (F 29,30).

Aunque se diera la separación entre Calzados y Descalzos no por ello la Virgen María deja de ser la Patrona, ni ellos de pertenecer a la Orden, así lo deja escrito: «acabó Nuestro Señor cosa tan importante a la honra y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden como señora y patrona que es nuestra» (F 29,31).

Otra de las mercedes que recibió del Señor hacia sus hijas, confiando en «los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya cuyo hábito traemos» (F 16,5). Es la gracia de una buena muerte: «díjome (el Señor) que tuviese por cierto que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios, que Él las ampararía así, y que no hubiesen miedo de tentación a la hora de la muerte» (F 16,4).

Sta. Teresa aprecia mucho esta promesa, como si completara a las dos que la Virgen María había hecho según la tradición, la salvación eterna, ser liberados pronto del purgatorio, y ahora no tener tentación a la hora de la muerte. Por ello insta a sus hijas «a ser verdaderas carmelitas, que presto se acabará la jornada… guardemos nuestra profesión, para que Nuestro Señor haga merced que nos ha prometido» (F 17;5,7).

Ante tantos favores recibidos por medio de la Virgen, su celestial Patrona, no deja de indicar a sus hijas que Ella es su Protectora y se gocen que lo sea «considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona» (III M 1,3).

2.8. La Virgen María, Hermana mayor de la Orden 

Con el nombre de «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo» es reconocida en la Iglesia la Orden del Carmen. Este título fue desarrollado largamente por A. Bostio. Si la vida del carmelita debe asemejarse en la vida de María, se establece una hermandad verdadera de espíritu entre el carmelita y María, afirmándose una relación de parentesco. Los carmelitas la consideraban como una más de ellos, Aquella que les había admitido en su casa para vivir juntos el seguimiento del Señor. Sta. Teresa también utiliza el nombre de hermanas de la Virgen, cuando escribe a las monjas de Sevilla, éstas atraviesan momentos de gran persecución. Quiere intentar llenarlas de confianza y ánimo. «Saquen con honra a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución» (Cta 264,3).

2.9. Madre de Dios y de la Orden 

El nombre teológico por excelencia de la Virgen de Nazaret, es el de «Madre de Dios». El título de Madre del Carmelo, que se encuentra oficialmente por primera vez en el capítulo de Lombardía (1333), en el que se llamó a María «Gloriosae Virginis Matris nostrae de Carmelo», aparece con muchísima frecuencia en el vocabulario de Teresa, con los más variados calificativos: «Gloriosa Madre», «Sacratísima Madre», «Madre gloriosísima», «Bendita Madre», «Nuestra Madre», «Mi Madre».

En el corazón de Teresa había la realidad primera que le enseñó su madre doña Beatriz, que la Virgen María era su Madre del Cielo y, cuando murió, a Ella acudió, y toda su vida tuvo una entrañable relación filial hacia la que le acogió y le hizo de verdadera Madre.

Estas enseñanzas de su madre le valieron tanto, que procuró que las hijas que Dios ponía a su cuidado también se impregnaran de esta veneración filial que siempre le tuvo, que la amasen y procurasen imitarla.

En distintas partes llama a sus monjas «mis hijas», pero les intenta transmitir que primero son «hijas de la Virgen». Dios le había concedido el poder participar del don de la maternidad espiritual de la Virgen María, ella era muy consciente de la distancia entre las dos y por ello escribe este texto precioso, en el que humillándose se enaltece a ella misma.

«Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino llegarme a Ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente y así no tenéis para que os afrentar de que sea tan ruin, pues tenéis tan buena madre; imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, que no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden» (III M 3,1).

Sta. Teresita, al final de su vida, sintonizando con los sentimientos de la Virgen María, pudo decir: «¡Dios mío, qué extraño es esto! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos! yo pienso todo lo contrario. Creo que ella aumentará en mucho el esplendor de los elegidos» (UC 21.8.3). Ciertamente, estas palabras se han cumplido en especial en el Carmelo Teresiano, donde el amor, estudio y conocimiento de Sta. Teresa de Jesús, y S. Juan de la Cruz, se han desarrollado ampliamente en los últimos años. Pero desde el corazón de Teresa, la mirada se dirige al Dios de las misericordias y de su Madre Santísima,  invitando a todos sus hijos espirituales a que miren e imiten a la Madre de Dios, «que lo sois de esta Señora verdaderamente» «pues tenéis tan buena Madre»…

Otra de las afirmaciones de Sta. Teresita que se han hecho famosas sobre la Virgen María, «es más madre que reina». El sentido de madre fue lo primero que aprendió Teresa de Jesús en el regazo materno, en el Carmelo . Luego en el Carmelo aprendió que la Virgen era además Reina y Señora, y el Señor la instó a servirla, a ello se dedicó el resto de su vida. Si al principio necesitaba de una Madre, luego además de Madre, necesitaba una Reina Poderosa que hiciera valer todo su poder en amparar a la Reforma.

Y la Virgen a quién gustaba llamar «Nuestra Señora», nunca la defraudó: ni como Reina, ni como Patrona, ni como Madre. Tampoco Teresa defraudó a la Virgen, entre las dos, como madre e hija junto con S. José, dieron mucha Gloria a Dios, para bien de la Iglesia y de la Humanidad entera.

CONCLUSIÓN

A lo largo de los escritos de Sta. Teresa de Jesús, se puede evidenciar, que fue una buena alumna en el hogar familiar aprendiendo a encomendarse a la Virgen María como Madre y acudir a Ella en sus necesidades, con lo cual pudo dar testimonio de su acción maternal  hacia los que se acogen a su regazo: «conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella» (V 1,7).

En su familia religiosa, salió verdaderamente aventajada de todo lo que aprendió del carisma mariano de la Orden; lo aprendió, lo vivió a fondo y lo transmitió a sus hijos e hijas espirituales. La Virgen además de ser su Madre, era su Señora, a quién pertenecían tanto ellos, como los lugares que habitaban, a la cual debían servir, dando ella misma el mejor de los ejemplos, y una Patrona a quien acudir en busca de ayuda y protección: Teniendo por cierto que Dios no se dejaría nunca vencer en generosidad, porque «gran cosa es lo que agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande su Misericordia» (F 10,5). Por testimonio de ello tenemos a Sta. Teresa de Jesús, que quiso cantar en vida y sigue cantando en la eternidad las «Misericordias de Dios».

SIGLAS

Obras de Sta. Teresa: C. Camino de perfección; DE. Desafío espiritual; F. Fundaciones; M. Moradas; M.C. Meditaciones sobre los cantares; MVC. Modo de visitar conventos; Rel. Cuentas de conciencia o relaciones; V. Vida.

 Otras siglas: LG. Lumen Gentium; M Rel. bto. Francisco Palau, Mis relaciones con la Iglesia. CA. Ultimas conversaciones de Sta. Teresa de Lisieux.

BIBLIOGRAFÍA

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– P. Ildefonso de la Inmaculada «La Virgen María en nuestra vida». En torno    al capítulo 3º de las «Declaraciones de las Carmelitas Descalzas».

– P. Rafael Mª López-Melús «Teresa de Jesús, recordando un Centenario». Ed. Centro de espiritualidad Carmelitana, Caudete, (Albacete) 1981.

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– P. Maximiliano Herráiz «La oración, historia de amistad» Ed. Espiritualidad. Madrid 1982.

Notas

[1] P.Enrique Llamas «La Virgen María en la vida y en la experiencia mística de sta. Teresa de Jesús». Rev. M.Ephemerides, 49.

[2] P. Pedro Valpuesta «La Virgen María en Sta. Teresa de Jesús» Rev.Monte Carmelo. 1981, 184-185.

[3] Rafael Mª López-Melús «Teresa de Jesús», recordando un centenario CESCA, Caudete 1992, 108.

[4] Idelfonso de la Inmaculada «La Virgen de la contemplación»  Ed. Espiritualidad, Madrid 1973, 69-70.

[5] Ibid. 232-233.

[6] Rafael Mª L .Melús «Tradición mariana en el Carmelo pre-teresiano»  Rev. Miriam nº 192, Sevilla 1980, 210.

[7] Rafael Mª L. Melús «Teresa de Jesús» Recordando un centenario, o.c.,  116.

[8] Rafael Mª L. Melús «Espiritualidad Carmelitana» Ed. Carmelitanas, Madrid 1968,  259.

[9] Efrén y Otger Steggink «Tiempo y vida de Sta. Teresa» B.A.C. Madrid 1968,  525-526.

[10] Ibid. 536.

[11] «La Virgen de la contemplación» o.c., 141.

[12] P. Alejo «Vida del P. Palau» Madrid 1979, p. 335-336.

[13] «La Virgen de la Contemplación»  o.c.  141.

[14] Instituto teológico de la vida religiosa «María en los Institutos Religiosos» Ed. Claretianas  Madrid 1988, 60.

[15] «Espiritualidad Carmelitana» o.c, 251-252.

[16] «Teresa de Jesús», Recordando un centenario, o.c., 175.

[17] Pablo VI «Marialis Cultus«, nº 8.