San Juan de la Cruz y la celebración de la Navidad

Si santa Teresa de Jesús es el testimonio viviente de la misericordia de Dios, san Juan de la Cruz es un testimonio elocuente de cómo el hombre justo, a pesar de las múltiples penalidades que los hombres le pueden infligir, no es nunca abandonado por Dios y a su tiempo lo ensalza.

 1. Navidad en la cárcel

 De san Juan de la Cruz no conocemos ningún período de su vida que flaqueara en el seguimiento del Señor, ni ninguna falta moral que le impidiera la unión con Dios. A esta conclusión llega el gran escritor de teología mística que fue Baldomero Jiménez Duque: “La documentación abundosísima que sobre él poseemos obliga a asegurar que Juan de la Cruz es uno de esos hombres en los que parece que no pecó Adán. Verdaderamente fue un hombre celestial y divino, según parece, dijo la santa”[1].

A pesar de ello, fray Juan tuvo que experimentar que Cristo lo salvaba de un posible naufragio existencial. Este naufragio hubiera podido acontecer en la prisión conventual de Toledo. Las penalidades que tuvo que sufrir en todos los ámbitos (físico, psíquico y espiritual) para que abandonara la descalcez, podían acabar con la resistencia de la personalidad más robusta.

En esta noche humana en que la caridad y la verdad brillan por su ausencia, vive también la noche del alma, todo es oscuro; en este momento resuenan las palabras de Jesús en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). En esta situación de purificación radical, donde el sufrimiento espiritual y la oscuridad llegan a límites insospechados, fray Juan de la Cruz no deja de enfrentarse a esta realidad con la oración, implorando la ayuda de Dios. Él no está solo, le acompaña la comunidad eclesial que reza constantemente por él, en la persona de la madre Teresa de Jesús, de las carmelitas de la Encarnación, de las carmelitas descalzas…

En medio de esta noche existencial, iniciada el 2 de diciembre de 1577 con su secuestro y encarcelamiento en el convento del Carmen de Toledo[2]. Al acercarse la Navidad, quizás las tonadas de los villancicos que cantaba de niño en el Colegio de los doctrinos de Medina del Campo resucitarían en su alma. Posiblemente le venía a la mente la argumentación escolástica para penetrar en el Misterio de Cristo, que escuchó en las aulas de Salamanca. O recordara la rica liturgia carmelitana que fray Juan había rezado y cantado en cada Navidad de su vida carmelitana. Todo ello podía estar presente en la mente de fray Juan de la Cruz para intentar celebrar los misterios de Navidad en la fría y oscura cárcel toledana, sin libro alguno y en la soledad más absoluta.

Jesús -que pasó su vida obrando el bien y tuvo que experimentar en propia carne el embate del mal-, estará cercano a fray Juan en aquella prisión injusta, olvidado de casi todos, cargado de desprecios y maltratos. Pero en su alma se hará realidad la profecía de Isaías que se lee en la misa de medianoche de la Natividad del Señor: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. […] Porque un niño nos ha nacido” (Is 9, 1, 5). En esta noche de su existencia, al llegar la Navidad, Cristo nace en su corazón con una fuerza sobrehumana, “una llama de amor comienza a arder en el corazón de fray Juan de la Cruz, que sólo él conoce, que a nadie declara, pero que producirá unos dulces romances. Impul­sado por su fe viva, él celebra, en medio de su desconsolada vida de prisión, la alegría del Nacimiento del Hijo de Dios, y canta, sintiéndose presente delante del Portal”[3]:

Ya que era llegado el tiempo

en que de nacer había,

así como desposado

de su tálamo salía

abrazado con su esposa,

que en sus brazos la traía,

al cual la graciosa Madre

en un pesebre ponía,

entre unos animales

que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,

los ángeles melodías,

festejando el desposorio

que entre tales dos había.

Pero Dios en el pesebre

allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa

al desposorio traía.

Y la Madre estaba en pasmo

de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,

y en el hombre la alegría,

lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía[4].

Fray Juan experimentará en el fondo de su alma, que Jesús le habla palabras bañadas en amor y dulzura. Como bien dirá Antonio Benéitez:

“La Navidad no obra el milagro de liberar a Juan de la Cruz de sus cadenas y grilletes, pero sí que libera su alma: le da la amplia libertad del que se sabe escuchado, amado, acom­pañado por Dios. Por ese Dios que en Belén se hizo compañe­ro de todos los pobres del Mundo, de todos los oprimidos de la tierra, de todos los afligidos de la Historia […] Juan de la Cruz, contemplando el Misterio de la Navidad, la maravilla del trueque divino por el que Dios asume el dolor del Hombre, para que el hombre alcance la alegría de Dios, encuentra el aire que le libra de la angustia, de la angostura de su alma, del mie­do, de ese pavor que tenemos cuando nos vemos inseguros. Parece que el futuro se hunde bajo los pies de San Juan de la Cruz: pero él no teme: sabe que Dios ha tomado la carne dolorida de los hombres para engrandecerla, Y Dios jamás defrauda”[5].

 Fray Juan de la Cruz haciendo vida la sentencia: “No pare mucho ni poco en quién es contra ella o con ella y siempre procure agradar a Dios”[6]. Qué más agradable podía ser a Dios Trinidad que su alma se abriera a contemplar el misterio de la historia de la salvación, del inmenso amor con que Dios Trinidad se decidió crear la humanidad. Creando al hombre y la mujer a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27), llamados a vivir vida intradivina. En la cual desde el Padre en el Espíritu contemplemos la belleza y bondad de su Hijo, y desde el Hijo en el Espíritu contemplemos la “valía” del Padre. Como fruto maduro de esta meditación surgirá la mejor plasmación del prólogo del Evangelio de san Juan, que es el genial Romance sobre el evangelio “In principio erat Verbum”, de 310 versos, en el que nos narra la historia de la salvación que se corona con el nacimiento de Jesús.

 Quedará fray Juan profundamente sobrecogido por el misterio de la Encarnación del Verbo, asumiendo el llanto del hombre en Dios, para dar al hombre alegría. Que fray Juan de la Cruz pudiera componer el Romance “In Principio erat Verbum”, en un lugar tan inhóspito como en la cárcel de Toledo, fue para él como cristiano y como teólogo un verdadero consuelo espiritual.

 Contemplaba con tal profundidad los misterios del Nacimiento del Hijo de Dios que parecía que estuviera allí presente. O como dirá José Vicente Rodríguez: “Es un cristiano integral que en alas de su fe traspasa el tiempo y el espa­cio y vive como contemporáneo de Cristo el Señor, codeándose con la Virgen María y con el ben­dito patriarca San José”[7]

Durante los ocho meses de su penoso encarcelamiento, en el que solo pudo experimentar un poco de humanidad en su segundo carcelero, no serán pocas las veces que experimentará la presencia de Jesucristo y de la Virgen Nuestra Señora, que le consuelan y le dan aliento. Así nos lo testifica fray Alonso de la Madre de Dios: “Muchas veces habían sido las que nuestro Señor había confortado a su Siervo en la cárcel y no menos las que también la Virgen Sacratísima le consoló allí con su amable presencia. Ambos, finalmente, queriendo dar fin a su prisión, le mandaron saliese de la cárcel y ofrecieron su ayuda, aparareciéndosele a este tiempo. Y esforzado con ella nuestro devoto preso y arrojado en las manos de quien le iba guiando y previniendo lo que había de hacer se dispuso a la salida”[8]. Cuando fray Juan se vio en la calle “dio gracias a Dios y la Virgen Santísima por su libertad milagrosa”[9]. Al día siguiente, su carcelero vio por donde había salido, lo consideró milagroso que hubiera podido salirse sin despeñarse, “y esto es, sin duda, cosa ordenada por Dios, para que su Siervo no padeciese más y ayudase a su Reforma”[10].

Esta experiencia le marcará a fray Juan decisivamente en la forma de celebrar el nacimiento del Señor, tanto su vivencia interior como el modo de contagiar a los demás el modo de vivir la Navidad. Ya que se siente existencialmente salvado por la Virgen Santísima, que ya lo salvó en dos ocasiones en su infancia, y de Jesucristo, a ellos les debe la vida en libertad de la que goza, que él cantará en este verso de la poesía Noche oscura, que a su vez describe como pudo salir de la prisión:

“En la noche dichosa

en secreto que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía”.

2. Testimonios de cómo celebraba san Juan de la Cruz las fiestas de la Natividad del Señor

En la cárcel de Toledo descrita en la poesía Noche oscura, no solo se sosiega su vida interior: “estando ya mi casa sosegada”, sino que además se da la unión con Cristo: “¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!”.

El fruto de esta unión existencial con Cristo, incluso se refleja en su semblante como testifica una devota y dirigida de fray Juan, testifica que a ella le basta­ba con mirar la cara del padre para saber el tiempo litúr­gico que corría, ya que “le nota­ba que su rostro se acomodaba a las fiestas; persuadiéndose esta testigo a que según eran las fies­tas y tiempos, así traía el afecto en Dios: si tiempo de pasión de Jesucristo nuestro Señor, se le echaba de ver el sentimiento que de esto traía; si de Navidad, mos­traba como ternura, y así en las demás fiestas”[11].

El P. José de Santa Teresa asegura que “los misterios de su niñez (de Jesús) los celebraba con tal amor y ternura, que las Pascuas y días en que la Iglesia los celebra, andaba con singular fervor, y hablaba dellos con tal devoción que la pegaba a las almas. Buscaba en estas ocasiones, añade el P. Jerónimo de S. José, modos cómo re­crear a sus religiosos, y encenderlos juntamente en devoción”

Tenemos este testimonio desde Baeza (1579-1581), “…una noche del santo Nacimiento, estando por rector del colegio de esta ciu­dad, el dicho santo padre fray Juan hizo que dos religiosos de él, sin mudar de hábitos, repre­sentasen uno a nuestra Señora y otro al señor san José, y que anduviesen por un claustro pequeño que había en el dicho convento buscando posada; y sobre lo que les respondían y decían los dos que representa­ban María y José, sacaba el dicho padre pensamientos divi­nos que les decía de grande consuelo a los religiosos; y de esta manera celebraba las fies­tas, y el pueblo quedaba edifi­cado y devoto”[13].

Gabriel de la Madre de Dios, sacristán del colegio de Baeza, recordaba siempre una de esas noches de Navidad, cuando des­pués de andar más de una hora por los claustros del convento lle­gó la procesión a la iglesia “a la hora de maitines. Y al lado del evangelio del altar mayor estaba hecha una cochica al modo de pesebre, hecha de paja y heno; y allí, junto a las figuras de la muía y el buey, la imagen del señor san José, y luego pusieron a la Virgen con el recién nacido Niño Dios y le adoraron con mucha devoción. Que no se puede encarecer la que la demás gente tenía viendo hacer la dicha fiesta del santo Naci­miento”[14].

Estando de prior de Los Mártires en Granada, “hizo poner a la madre de Dios en unas andas y, tomada en hombros, acompañada del siervo del Señor y de los reli­giosos que la seguían caminan­do por el claustro, llegaban a las puertas que había en él a pedir posada para aquella señora cercana al parto y para su esposo, que venían de cami­no. Y llegados a la primera puerta pidiendo posada canta­ron esta letra que el santo compuso: «Del Verbo divino la Virgen preñada, viene de camino, ¡si le dais posada!»[15] se fue cantando a las demás puer­tas, respondiéndoles de la par­te adentro religiosos que había puesto allí, los cuales secamen­te los despedían. Replicábale el santo con tan tiernas pala­bras, así del explicar quién fue­sen los huéspedes que la pedí­an, de la cercanía al parto de la doncella, del tiempo que hacía y la hora que era, que el ardor de sus palabras y altezas que descubría enternecía los pechos de quienes le oían y estampaba en sus almas este misterio y un amor grande a Dios”. El cronista habla de las «tiernas» palabras de fray Juan, de cómo «enternecía» a todos. El viejo sacristán del con­vento de Granada no ha podido olvidar cómo en una de esas nochebuenas fue tal el realismo con que se hizo la celebración “que no parecía representación de cosa pasada, sino el mismo suceso que se veía presente, como si entonces pasara delan­te de los ojos”[16].

La celebración de la Navidad era precedida por las llamadas “posadas”, perduraban durante la octava de Navidad. En este tiempo solían tener los religiosos un niño Jesús en la sala de recreación, para dirigir a él todas las alegrías de ese tiempo litúrgi­co. “Comenzó el santo a hablar a sus frailes de las finezas del amor de Dios hecho Niño; de repente le vino un ímpetu fortísimo «y se fue hacia una mesa donde en estos días se acostumbraba tener un niño Jesús a quien dirigir todas las alegrías de aquel tiempo». Tomó al Niño en brazos y comenzó a bailar con todo arte y gracia. La coplilla que acom­pañaba su baile decía: «Mi dulce y tierno Jesús, / si amores me han de matar, / ahora tienen lugar». Este tipo de baile lo repitió enardecido en el convento de las descalzas de Granada ante un Niño Jesús muy lindo”[17].

Otro de sus lances arrebatos vinculados al niño Jesús tuvo lugar en la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, o las Can­delas. Presidía la celebración Juan de la Cruz. Bendijo las candelas y se organizó la pro­cesión. Fray Juan, emocionado, se adelantó y tomó de la imagen de la Vir­gen, el Niño y lo llevó él toda la procesión, represen­tando así las ansias de «el buen viejo», Simeón, que así lo ape­llida él en uno de sus poemas[18].

No todo eran actos devocionales en torno a los Misterios de Navidad, además de sendas celebraciones litúrgicas, sino que fray Juan de la Cruz quería que se extendiera a la gastronomía. Sabemos que una noche de Navidad quiso alegrar la fiesta y les obsequió con unos dulces. Quería que todo contribuyera a celebrar las fiestas con alegría. “Si algún religioso se extralimitaba algún tanto durante las fiestas de Navidad, no le reprendía el Santo hasta pasadas las Pas­cuas, para no amenguar las santas expansiones de los demás religio­sos”[19].

3. San Juan de la Cruz, juglar de la Navidad

A fray Juan de la Cruz le ha sido dado contemplar los misterios de la salvación con tal viveza mística que parecía estar allí presente, y que ha dejado plasmados en el Romance “In principio erat Verbum”. Cuando fue preguntado de si le daba Dios aquellas palabras tan profundas, su respuesta fue: “unas veces me las daba Dios y otras las buscaba yo”. Pero el fruto es exquisito, expresa los más altos misterios, de forma sencilla y delicada.

Fray Juan se ha sentido amado y salvado por Jesucristo de forma entrañable. Él corresponde a este Amor con el amor que ha derramado el Espíritu en su corazón (Ro 5,5), le retorna a Jesús amor entrañable y agradecido.

No es suficiente que fray Juan se sienta amado por Cristo, y corresponda a este amor, el Espíritu le impulsa a procurar por todos los modos posibles que Jesús, que nace por nuestra salvación, sea amado por sus hermanos de comunidad, por los feligreses que participan en la celebración de la Navidad en la iglesia del convento, por las carmelitas descalzas a las que dirige…

Acoge y hace suyos los modos populares de celebrar la Navidad, les da profundidad teológica y creativamente los pone al servicio de la vivencia del misterio que se celebra en la liturgia, que se prolongan en una vivencia festiva en la comunidad.

Procuraba que se representase lo más vivamente posible el misterio de Navidad, para avivar entre sus hermanos la fe en este misterio. No era fray Juan un simple guionista, sino el alma de la representación y el que daba sustancia al pequeño drama

Antes de la misa de Navidad, promueve la representación de lo que precedió el nacimiento de Jesús en Belén, el desprecio de los belemitas, pero que él aprovecha para remover los sentimientos y la devoción de sus hermanos de comunidad para acoger a Jesús que nacerá verdaderamente en la celebración Eucarística, para ofrecerle su amor, devoción y adoración. Y para que se viva más intensamente la liturgia eucarística, en la iglesia del convento hay un bello belén, que suscita devoción de los que lo contemplan. La celebración litúrgica se prolongará con cantos y gastronomía en la comunidad, lo esencial era vivir comunitariamente la alegría por el nacimiento del Salvador.

Fieles a la vida litúrgica de la Iglesia, la celebración de la Navidad se prolongaba durante toda la octava, no solo en la celebración litúrgica, sino también en la vida de comunidad. El modo de celebrarlo no era solo con mejores comidas, o con cantos de villancicos, sino que tenían una imagen del Niño Jesús en la sala de recreación para dirigir a él las alegrías del tiempo litúrgico, que eran avivadas por las pláticas que les daba fray Juan a la comunidad sobre las finezas del Dios hecho Niño. Con tal fervor lo vivía y procuraba comunicarlo a sus hermanos, que él mismo se emocionaba hasta bailar y desear morir de amor, en correspondencia a tanto amor de Dios, “pues Él se lo merece”.

Su pedagogía para introducir a los frailes en el corazón del misterio de Navidad y encenderlos en amor a Jesús daba fruto, porque vivía las fiestas del Nacimiento con tal fervor y devoción que la pegaba a los demás. Incluso los duros de corazón e indevotos, como se confesaba uno, fray Juan, con sus palabras, “le avivaba la fe de este misterio y le causaba ternura y devoción”[20].

Así, “con estos sentimientos de ternura, júbilo, elevación espiritual, alegría desbordante, y acunando al Niño en sus bra­zos y bailando con él celebraba este enamorado que fue Juan de la Cruz el gran aconteci­miento del Nacimiento del Hijo de Dios. A través del pequeño bagaje de sus versos navide­ños podemos intuir cómo vibraba todo su ser, su espíritu de llama, su alma y su cuerpecillo de poeta y de místico”[21].

4. Difusión de las “Navidades” al estilo de san Juan de la Cruz

El modo de celebrar el misterio de Navidad de san Juan de la Cruz se ha perpetuado en los Carmelitas Descalzos a lo largo de los siglos. Nos recordará Marcelino Izquierdo: “Las procesiones arraigaron en los noviciados y colegios carmeli­tanos, donde manteniendo el espíritu que movió a fray Juan de la Cruz, enfervorizar a los religiosos, quedó en costumbre llevar procesionalmente el Niño, en los días que preceden a la Navidad, a la celda de cada uno de los religiosos; el cual durante toda la jornada, debía estar pendiente de él, de modo especial durante el tiempo de esparcimiento, Al día siguiente era llevado a otro novicio o estudiante, coincidiendo el últi­mo con el veinticuatro de diciembre en la noche, que era llevado procesionalmente a la Iglesia, donde se presentaba a los fieles para su adoración”[22].

Otro testimonio nos lo aporta Severino de Santa Teresa, durante las fiestas de Navidad: “El Niño Jesús es quien preside los actos de Comunidad, siendo trasla­dado de un acto a otro entre cánticos litúrgicos en unas partes, y en otras entre himnos y villancicos. Con estas y semejantes prácticas piadosas se conmemora en la Reforma del Carmen el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en lo cual no hacemos más que mantener la tradición de la Orden que tiene su origen en nuestros santos Refor­madores”[23].

5. Semejanzas entre la celebración de la Navidad en santa Teresa y san Juan de la Cruz

Santa Teresa de Jesús es la que recibe del Espíritu el carisma de la Reforma del carmelo descalzo. Ella es quien invitará a fray Juan de santo Matías a la Reforma por ella emprendida y procurará, “informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas” (F 13, 5).

 En el Carmelo siempre se ha celebrado con música y cantos la Natividad del Señor, vemos que santa Teresa será la mejor y más fiel heredera de las tradiciones carmelitanas[24]. De este modo potenciando la herencia recibida del Carmelo y enriqueciéndola, la Madre Teresa velará para que arraigue en las comunidades por ella fundadas, y se alegrará que fray Juan también lo implante en los frailes.

No es la incorporación en la vida de comunidad de elementos de cultura popular propias de la celebración de las fiestas de la Navidad, para “tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la Regla” (F 13, 5), es decir que contribuya a la distensión en la vida comunitaria. Sino que el centro es el misterio de Dios, que es contemplado en el silencio de la oración, que es celebrado en la liturgia, incorporando a la vida comunitaria unas paraliturgias, para mejor vivenciar el Misterio. Las “posadas”, con la representación de la Virgen y san José en busca de posada en Belén, tienen como objetivo contribuir a vivir con mayor profundidad la liturgia propia de la Natividad del Señor, de un modo particular la celebración Eucarística, y que se prolonga en la vida de comunidad con el canto de villancicos, incluso con instrumentos musicales, para festejar con alegría el nacimiento del Señor.

Fray Juan de la Cruz celebrará de un modo semejante el tiempo litúrgico de Navidad, precedido por las “posadas” que preparan los ánimos y el espíritu de los frailes para la celebración de la Misa de Nochebuena, y se prolonga en la vida de comunidad, donde se conjuga la profunda reflexión teológica del misterio de Navidad con las pequeñas representaciones teatrales del mismo. Hay una conjugación exquisita entre alta teología del misterio y plasmación del misterio en pequeñas representaciones.

Escribirá Severino de santa Teresa: “La devoción y alegría con que el Santo celebraba en sus conventos los sacrosantos Misterios de Natividad eran tan íntimas y expansivas, como las de Santa Teresa entre sus hijas”[25]. Por ello se puede suscribir, esta sentencia de los frailes antiguos “en ser Padres y engendradores desta Reforma, que nos parece no sois dos, sino uno sólo, y que para nosotros lo mismo es Juan que Teresa, y Teresa que Juan”.[26]

 San Juan de la Cruz no copia el modo de celebrar las Navidades en las monjas y lo traslada a los frailes. No es mimetismo sino una vivencia del mismo carisma donado por el Espíritu Santo al Carmelo. Siendo en palabras de Edith Stein el Carmelo, “el santuario más íntimo que la Iglesia tiene”, y tiene por heredad tener los mismos educadores y protectores que el Padre eterno dio a su Hijo, es decir a la Virgen María y a san José[27]. Ellos nos alcanzan las gracias que necesitamos para que seamos “paraíso de su deleite” (V 35, 12), donde Jesús vive complacido, porque es amado de corazón y se lleva a término la voluntad del Padre.

Respecto al modo de celebrar el nacimiento de Jesús, la voluntad del Padre la comunica el Àngel a los pastores en Belén, el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Salvador, es “una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos” (Lc 2, 10), es decir se debe vivir comunitariamente esta buena noticia, juntos somos invitados a unirnos a la alabanza que los ángeles dirigen a Dios “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres de su complacencia[28]” (Lc 2, 14).

Para que surja esta alegría desbordante de lo íntimo del corazón por esta gran noticia, que es la Encarnación y el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios vivo, nuestro Salvador, debemos hacer como María, “que conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior” (Lc 2,19), para comprender su sentido profundo. Este conocimiento debe dar paz y alegría. Estos dones de paz y gozo serán cada vez más profundos cuanto más seamos hombres y mujeres de la complacencia de Dios.

El hombre en quien se complace Dios es Jesús. En el bautismo de Jesús así lo testifica el Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3, 22), Jesús es el hombre en quien se complace el Padre, y lo es “porque vive totalmente orientado al Padre, vive con la mirada fija en él y en comunión de voluntad con él. Las personas de su complacencia son por tanto aquellas que tienen la actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo”[29] por el Espíritu Santo.

Los Santos Padres Teresa y Juan de la Cruz, nos dan un testimonio unánime, se han sentido salvados personalmente por Cristo, en el silencio han realizado la contemplación integral del misterio de la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Esta contemplación produce en ellos tal alegría interior que necesitan comunicarla, para que sean más los que alaben al Padre eterno por habernos dado a su Hijo, y por ello asumen el papel del Ángel de Belén, promover por todos los modos posibles, sacados muchos elementos de la cultura popular, para que sus hermanos o hermanas de comunidad, vivan con mucha alegría el nacimiento del Salvador y alaben y den gloria a Dios, ante todo en la liturgia, que se prolonga en la vida comunitaria.

El rasgo fundamental del carisma del Carmelo es la unión con Dios y enseñar a los demás los caminos más óptimos para que tenga lugar esta unión con Dios Trinidad, que se da, cuando se cumplen en profundidad los dos requisitos: “El que me ama hace caso a mi palabra”, luego “mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él” (Jn 14, 23).

Este modo de celebrar la Navidad que nos han legado los Santos Padres Teresa de Jesús y Juan de la Cruz contribuye al fin primordial del carisma. Puesto que potencia en los frailes y las monjas el amor a Jesús, la contemplación del misterio, el agradecimiento al Padre por habernos dado a su Hijo. A su vez predispone a responder a tanto Amor como la Virgen María “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38), con el propósito de vivirlo con radicalidad toda la vida. La voluntad de Dios Trinidad, referido a la Navidad, no es otra que la actitud de María, meditar con corazón puro el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, comprender por la contemplación el significado de esta gran noticia, y el deseo de vivirlo en comunidad, para que más seamos los que juntos alabemos a Dios de corazón por tanta bondad. La celebración comunitaria del Nacimiento del Señor acrecienta el amor entre los miembros de la comunidad, de este modo se cumple el doble precepto de amar a Dios y al prójimo.

                                                                     María del Pilar Vila

                                                    Barcelona, diciembre de 2020.


[1] Baldomero Jiménez Duque, Estudios teresianos, Asociación educativa, Signum Christi, Ávila 1984, 165.

[2] Prueba que ya le previno el Señor antes que aconteciera, y por ello pedía oraciones para poderla superar. De ello nos da noticia fray Alonso de la Madre de Dios: “No quiso nuestro Señor que este trabajo que vino sobre su siervo fray Juan lo ignorase y así se lo reveló Su Majestad estando orando unos días antes. Estaba el Varón del Señor gastado y flaco de la vida penitente que hacía y hablando antes de este trabajo en cosas de Dios con una persona virtuosa, de quien él fiaba cosas tales, le pidió le encomendase a Dios, porque sabía de su Majestad que le había de venir un grande trabajo, avisándole se preparase para llevarle. Replicóle la persona que estando él tan acabado con penitencias y estrecha vida no permitiría Dios le viniese, pues no estaba para llevarlo. Él entonces le dijo «Tenga por sin duda que me vendrá», y sucedió así”, Vida y virtudes del santo padre fray Juan de la Cruz, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1989, 232.

[3] Antonio Benéitez, “Los hombres decían cantares, los ángeles, los hombres melodías”, Rev. Teresa de Jesús, 78 (1995) 240-243.

[4] Romance in principio erat Verbum, 292-310.

[5] Antonio Benéitez, “Los hombres decían cantares, los ángeles, los hombres melodías”…

[6] Dichos de luz y de amor, 159.

[7] José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 246.

[8] Fray Alonso de la Madre de Dios (1568-1963), Vida, virtudes y milagros del santo padre fray Juan de la Cruz, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1989, 258.

[9] Ibíd. 263.

[10] Ibid., 265.

[11] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, Rev. Teresa de Jesús, 126 (2003) 244.

[12] Citado por Severino de Santa Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, Rev. Monte Carmelo, 1914 (15) 5.

[13] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, Rev. Teresa de Jesús, 84 (1996) 246.

[14] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 245.

[15] José Vicente Rodríguez nos da la noticia de que compuso una glosa a este estribillo que se nos ha perdido.

[16] Citado por Marcelino Izquierdo, “La Navidad en san Juan de la Cruz”, Rev. Teresa de Jesús, 78 (1995) 260.

[17] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, 246

[18] Cf. José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 246.

[19] Citado por Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 7.

[20] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 245.

[21] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, 246

[22] Marcelino Izquierdo, “La Navidad en san Juan de la Cruz”, 259-260.

[23] Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 9.

[24] Cf. https://ocarm.org/es/content/ocarm/santa-teresa-navidad

[25] Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 5.

[26] Ibid. 4

[27] En el libro de la Vida, está expresado con el símbolo de la puerta, y es la gracia fontal que genera la fundación de la reforma del carmelo descalzo: “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor” (V 32, 11),

[28] Benedicto XVI, después de analizar las diversas traducciones y las dificultades que producen a los exegetas las palabras “a quien ama Dios”, nos recuerda que la traducción literal del texto original griego suena así: paz a los «hombres de [su] complacencia» La infancia de Jesús, ed. Planeta, Barcelona 2012, 82.

[29] Ibid. 82.

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San Juan de la Cruz y la Navidad

Si santa Teresa de Jesús es el testimonio viviente de la misericordia de Dios, san Juan de la Cruz es un testimonio elocuente de cómo el hombre justo, a pesar de las múltiples penalidades que los hombres le pueden infligir, no es nunca abandonado por Dios y a su tiempo lo ensalza.

1. Navidad en la cárcel

 De san Juan de la Cruz no conocemos ningún período de su vida que flaqueara en el seguimiento del Señor, ni ninguna falta moral que le impidiera la unión con Dios. A esta conclusión llega el gran escritor de teología mística que fue Baldomero Jiménez Duque: “La documentación abundosísima que sobre él poseemos obliga a asegurar que Juan de la Cruz es uno de esos hombres en los que parece que no pecó Adán. Verdaderamente fue un hombre celestial y divino, según parece, dijo la santa”[1].

A pesar de ello, fray Juan tuvo que experimentar que Cristo lo salvaba de un posible naufragio existencial. Este naufragio hubiera podido acontecer en la prisión conventual de Toledo. Las penalidades que tuvo que sufrir en todos los ámbitos (físico, psíquico y espiritual) para que abandonara la descalcez, podían acabar con la resistencia de la personalidad más robusta.

En esta noche humana en que la caridad y la verdad brillan por su ausencia, vive también la noche del alma, todo es oscuro; en este momento resuenan las palabras de Jesús en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). En esta situación de purificación radical, donde el sufrimiento espiritual y la oscuridad llegan a límites insospechados, fray Juan de la Cruz no deja de enfrentarse a esta realidad con la oración, implorando la ayuda de Dios. Él no está solo, le acompaña la comunidad eclesial que reza constantemente por él, en la persona de la madre Teresa de Jesús, de las carmelitas de la Encarnación, de las carmelitas descalzas…

En medio de esta noche existencial, iniciada el 2 de diciembre de 1577 con su secuestro y encarcelamiento en el convento del Carmen de Toledo[2]. Al acercarse la Navidad, quizás las tonadas de los villancicos que cantaba de niño en el Colegio de los doctrinos de Medina del Campo resucitarían en su alma. Posiblemente le venía a la mente la argumentación escolástica para penetrar en el Misterio de Cristo, que escuchó en las aulas de Salamanca. O recordara la rica liturgia carmelitana que fray Juan había rezado y cantado en cada Navidad de su vida carmelitana. Todo ello podía estar presente en la mente de fray Juan de la Cruz para intentar celebrar los misterios de Navidad en la fría y oscura cárcel toledana, sin libro alguno y en la soledad más absoluta.

Jesús -que pasó su vida obrando el bien y tuvo que experimentar en propia carne el embate del mal-, estará cercano a fray Juan en aquella prisión injusta, olvidado de casi todos, cargado de desprecios y maltratos. Pero en su alma se hará realidad la profecía de Isaías que se lee en la misa de medianoche de la Natividad del Señor: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. […] Porque un niño nos ha nacido” (Is 9, 1, 5). En esta noche de su existencia, al llegar la Navidad, Cristo nace en su corazón con una fuerza sobrehumana, “una llama de amor comienza a arder en el corazón de fray Juan de la Cruz, que sólo él conoce, que a nadie declara, pero que producirá unos dulces romances. Impul­sado por su fe viva, él celebra, en medio de su desconsolada vida de prisión, la alegría del Nacimiento del Hijo de Dios, y canta, sintiéndose presente delante del Portal”[3]:

Ya que era llegado el tiempo

en que de nacer había,

así como desposado

de su tálamo salía

abrazado con su esposa,

que en sus brazos la traía,

al cual la graciosa Madre

en un pesebre ponía,

entre unos animales

que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,

los ángeles melodías,

festejando el desposorio

que entre tales dos había.

Pero Dios en el pesebre

allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa

al desposorio traía.

Y la Madre estaba en pasmo

de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,

y en el hombre la alegría,

lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía[4].

Fray Juan experimentará en el fondo de su alma, que Jesús le habla palabras bañadas en amor y dulzura. Como bien dirá Antonio Benéitez:

“La Navidad no obra el milagro de liberar a Juan de la Cruz de sus cadenas y grilletes, pero sí que libera su alma: le da la amplia libertad del que se sabe escuchado, amado, acom­pañado por Dios. Por ese Dios que en Belén se hizo compañe­ro de todos los pobres del Mundo, de todos los oprimidos de la tierra, de todos los afligidos de la Historia […] Juan de la Cruz, contemplando el Misterio de la Navidad, la maravilla del trueque divino por el que Dios asume el dolor del Hombre, para que el hombre alcance la alegría de Dios, encuentra el aire que le libra de la angustia, de la angostura de su alma, del mie­do, de ese pavor que tenemos cuando nos vemos inseguros. Parece que el futuro se hunde bajo los pies de San Juan de la Cruz: pero él no teme: sabe que Dios ha tomado la carne dolorida de los hombres para engrandecerla, Y Dios jamás defrauda”[5].

 Fray Juan de la Cruz haciendo vida la sentencia: “No pare mucho ni poco en quién es contra ella o con ella y siempre procure agradar a Dios”[6]. Qué más agradable podía ser a Dios Trinidad que su alma se abriera a contemplar el misterio de la historia de la salvación, del inmenso amor con que Dios Trinidad se decidió crear la humanidad. Creando al hombre y la mujer a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27), llamados a vivir vida intradivina. En la cual desde el Padre en el Espíritu contemplemos la belleza y bondad de su Hijo, y desde el Hijo en el Espíritu contemplemos la “valía” del Padre. Como fruto maduro de esta meditación surgirá la mejor plasmación del prólogo del Evangelio de san Juan, que es el genial Romance sobre el evangelio “In principio erat Verbum”, de 310 versos, en el que nos narra la historia de la salvación que se corona con el nacimiento de Jesús.

 Quedará fray Juan profundamente sobrecogido por el misterio de la Encarnación del Verbo, asumiendo el llanto del hombre en Dios, para dar al hombre alegría. Que fray Juan de la Cruz pudiera componer el Romance “In Principio erat Verbum”, en un lugar tan inhóspito como en la cárcel de Toledo, fue para él como cristiano y como teólogo un verdadero consuelo espiritual.

 Contemplaba con tal profundidad los misterios del Nacimiento del Hijo de Dios que parecía que estuviera allí presente. O como dirá José Vicente Rodríguez: “Es un cristiano integral que en alas de su fe traspasa el tiempo y el espa­cio y vive como contemporáneo de Cristo el Señor, codeándose con la Virgen María y con el ben­dito patriarca San José”[7]

Durante los ocho meses de su penoso encarcelamiento, en el que solo pudo experimentar un poco de humanidad en su segundo carcelero, no serán pocas las veces que experimentará la presencia de Jesucristo y de la Virgen Nuestra Señora, que le consuelan y le dan aliento. Así nos lo testifica fray Alonso de la Madre de Dios: “Muchas veces habían sido las que nuestro Señor había confortado a su Siervo en la cárcel y no menos las que también la Virgen Sacratísima le consoló allí con su amable presencia. Ambos, finalmente, queriendo dar fin a su prisión, le mandaron saliese de la cárcel y ofrecieron su ayuda, aparareciéndosele a este tiempo. Y esforzado con ella nuestro devoto preso y arrojado en las manos de quien le iba guiando y previniendo lo que había de hacer se dispuso a la salida”[8]. Cuando fray Juan se vio en la calle “dio gracias a Dios y la Virgen Santísima por su libertad milagrosa”[9]. Al día siguiente, su carcelero vio por donde había salido, lo consideró milagroso que hubiera podido salirse sin despeñarse, “y esto es, sin duda, cosa ordenada por Dios, para que su Siervo no padeciese más y ayudase a su Reforma”[10].

Esta experiencia le marcará a fray Juan decisivamente en la forma de celebrar el nacimiento del Señor, tanto su vivencia interior como el modo de contagiar a los demás el modo de vivir la Navidad. Ya que se siente existencialmente salvado por la Virgen Santísima, que ya lo salvó en dos ocasiones en su infancia, y de Jesucristo, a ellos les debe la vida en libertad de la que goza, que él cantará en este verso de la poesía Noche oscura, que a su vez describe como pudo salir de la prisión:

“En la noche dichosa

en secreto que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía”.

2. Testimonios de cómo celebraba san Juan de la Cruz las fiestas de la Natividad del Señor

En la cárcel de Toledo descrita en la poesía Noche oscura, no solo se sosiega su vida interior: “estando ya mi casa sosegada”, sino que además se da la unión con Cristo: “¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!”.

El fruto de esta unión existencial con Cristo, incluso se refleja en su semblante como testifica una devota y dirigida de fray Juan, testifica que a ella le basta­ba con mirar la cara del padre para saber el tiempo litúr­gico que corría, ya que “le nota­ba que su rostro se acomodaba a las fiestas; persuadiéndose esta testigo a que según eran las fies­tas y tiempos, así traía el afecto en Dios: si tiempo de pasión de Jesucristo nuestro Señor, se le echaba de ver el sentimiento que de esto traía; si de Navidad, mos­traba como ternura, y así en las demás fiestas”[11].

El P. José de Santa Teresa asegura que “los misterios de su niñez (de Jesús) los celebraba con tal amor y ternura, que las Pascuas y días en que la Iglesia los celebra, andaba con singular fervor, y hablaba dellos con tal devoción que la pegaba a las almas. Buscaba en estas ocasiones, añade el P. Jerónimo de S. José, modos cómo re­crear a sus religiosos, y encenderlos juntamente en devoción.

Tenemos este testimonio desde Baeza (1579-1581), “…una noche del santo Nacimiento, estando por rector del colegio de esta ciu­dad, el dicho santo padre fray Juan hizo que dos religiosos de él, sin mudar de hábitos, repre­sentasen uno a nuestra Señora y otro al señor san José, y que anduviesen por un claustro pequeño que había en el dicho convento buscando posada; y sobre lo que les respondían y decían los dos que representa­ban María y José, sacaba el dicho padre pensamientos divi­nos que les decía de grande consuelo a los religiosos; y de esta manera celebraba las fies­tas, y el pueblo quedaba edifi­cado y devoto”[13].

Gabriel de la Madre de Dios, sacristán del colegio de Baeza, recordaba siempre una de esas noches de Navidad, cuando des­pués de andar más de una hora por los claustros del convento lle­gó la procesión a la iglesia “a la hora de maitines. Y al lado del evangelio del altar mayor estaba hecha una cochica al modo de pesebre, hecha de paja y heno; y allí, junto a las figuras de la muía y el buey, la imagen del señor san José, y luego pusieron a la Virgen con el recién nacido Niño Dios y le adoraron con mucha devoción. Que no se puede encarecer la que la demás gente tenía viendo hacer la dicha fiesta del santo Naci­miento”[14].

Estando de prior de Los Mártires en Granada, “hizo poner a la madre de Dios en unas andas y, tomada en hombros, acompañada del siervo del Señor y de los reli­giosos que la seguían caminan­do por el claustro, llegaban a las puertas que había en él a pedir posada para aquella señora cercana al parto y para su esposo, que venían de cami­no. Y llegados a la primera puerta pidiendo posada canta­ron esta letra que el santo compuso: «Del Verbo divino la Virgen preñada, viene de camino, ¡si le dais posada!»[15] se fue cantando a las demás puer­tas, respondiéndoles de la par­te adentro religiosos que había puesto allí, los cuales secamen­te los despedían. Replicábales el santo con tan tiernas pala­bras, así del explicar quién fue­sen los huéspedes que la pedí­an, de la cercanía al parto de la doncella, del tiempo que hacía y la hora que era, que el ardor de sus palabras y altezas que descubría enternecía los pechos de quienes le oían y estampaba en sus almas este misterio y un amor grande a Dios”. El cronista habla de las «tiernas» palabras de fray Juan, de cómo «enternecía» a todos. El viejo sacristán del con­vento de Granada no ha podido olvidar cómo en una de esas nochebuenas fue tal el realismo con que se hizo la celebración “que no parecía representación de cosa pasada, sino el mismo suceso que se veía presente, como si entonces pasara delan­te de los ojos”[16].

La celebración de la Navidad era precedida por las llamadas “posadas”, perduraban durante la octava de Navidad. En este tiempo solían tener los religiosos un niño Jesús en la sala de recreación, para dirigir a él todas las alegrías de ese tiempo litúrgi­co. “Comenzó el santo a hablar a sus frailes de las finezas del amor de Dios hecho Niño; de repente le vino un ímpetu fortísimo «y se fue hacia una mesa donde en estos días se acostumbraba tener un niño Jesús a quien dirigir todas las alegrías de aquel tiempo». Tomó al Niño en brazos y comenzó a bailar con todo arte y gracia. La coplilla que acom­pañaba su baile decía: «Mi dulce y tierno Jesús, / si amores me han de matar, / ahora tienen lugar». Este tipo de baile lo repitió enardecido en el convento de las descalzas de Granada ante un Niño Jesús muy lindo”[17].

Otro de sus lances arrebatos vinculados al niño Jesús tuvo lugar en la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, o las Can­delas. Presidía la celebración Juan de la Cruz. Bendijo las candelas y se organizó la pro­cesión. Fray Juan, emocionado, se adelantó y tomó de la imagen de la Vir­gen, el Niño y lo llevó él toda la procesión, represen­tando así las ansias de «el buen viejo», Simeón, que así lo ape­llida él en uno de sus poemas[18].

No todo eran actos devocionales en torno a los Misterios de Navidad, además de sendas celebraciones litúrgicas, sino que fray Juan de la Cruz quería que se extendiera a la gastronomía. Sabemos que una noche de Navidad quiso alegrar la fiesta y les obsequió con unos dulces. Quería que todo contribuyera a celebrar las fiestas con alegría. “Si algún religioso se extralimitaba algún tanto durante las fiestas de Navidad, no le reprendía el Santo hasta pasadas las Pas­cuas, para no amenguar las santas expansiones de los demás religio­sos”[19].

3. San Juan de la Cruz, juglar de la Navidad

A fray Juan de la Cruz le ha sido dado contemplar los misterios de la salvación con tal viveza mística que parecía estar allí presente, y que ha dejado plasmados en el Romance “In principio erat Verbum”. Cuando fue preguntado de si le daba Dios aquellas palabras tan profundas, su respuesta fue: “unas veces me las daba Dios y otras las buscaba yo”. Pero el fruto es exquisito, expresa los más altos misterios, de forma sencilla y delicada,

Fray Juan se ha sentido amado y salvado por Jesucristo de forma entrañable. Él corresponde a este Amor con el amor que ha derramado el Espíritu en su corazón (Ro 5,5), le retorna a Jesús amor entrañable y agradecido.

No es suficiente que fray Juan se sienta amado por Cristo, y corresponda a este amor, el Espíritu le impulsa a procurar por todos los modos posibles que Jesús, que nace por nuestra salvación, sea amado por sus hermanos de comunidad, por los feligreses que participan en la celebración de la Navidad en la iglesia del convento, por las carmelitas descalzas a las que dirige…

Acoge y hace suyos los modos populares de celebrar la Navidad, les da profundidad teológica y creativamente los pone al servicio de la vivencia del misterio que se celebra en la liturgia, que se prolongan en una vivencia festiva en la comunidad.

Procuraba que se representase lo más vivamente posible el misterio de Navidad, para avivar entre sus hermanos la fe en este misterio. No era fray Juan un simple guionista, sino el alma de la representación y el que daba sustancia al pequeño drama

Antes de la misa de Navidad, promueve la representación de lo que precedió el nacimiento de Jesús en Belén, el desprecio de los belemitas, pero que él aprovecha para remover los sentimientos y la devoción de sus hermanos de comunidad para acoger a Jesús que nacerá verdaderamente en la celebración Eucarística, para ofrecerle su amor, devoción y adoración. Y para que se viva más intensamente la liturgia eucarística, en la iglesia del convento hay un bello belén, que suscita devoción de los que lo contemplan. La celebración litúrgica se prolongará con cantos y gastronomía en la comunidad, lo esencial era vivir comunitariamente la alegría por el nacimiento del Salvador.

Fieles a la vida litúrgica de la Iglesia, la celebración de la Navidad se prolongaba durante toda la octava, no solo en la celebración litúrgica, sino también en la vida de comunidad. El modo de celebrarlo no era solo con mejores comidas, o con cantos de villancicos, sino que tenían una imagen del Niño Jesús en la sala de recreación para dirigir a él las alegrías del tiempo litúrgico, que eran avivadas por las pláticas que les daba fray Juan a la comunidad sobre las finezas del Dios hecho Niño. Con tal fervor lo vivía y procuraba comunicarlo a sus hermanos, que él mismo se emocionaba hasta bailar y desear morir de amor, en correspondencia a tanto amor de Dios, “pues Él se lo merece”.

Su pedagogía para introducir a los frailes en el corazón del misterio de Navidad y encenderlos en amor a Jesús daba fruto, porque vivía las fiestas del Nacimiento con tal fervor y devoción que la pegaba a los demás. Incluso los duros de corazón e indevotos, como se confesaba uno, fray Juan, con sus palabras, “le avivaba la fe de este misterio y le causaba ternura y devoción”[20].

Así, “con estos sentimientos de ternura, júbilo, elevación espiritual, alegría desbordante, y acunando al Niño en sus bra­zos y bailando con él celebraba este enamorado que fue Juan de la Cruz el gran aconteci­miento del Nacimiento del Hijo de Dios. A través del pequeño bagaje de sus versos navide­ños podemos intuir cómo vibraba todo su ser, su espíritu de llama, su alma y su cuerpecillo de poeta y de místico”[21].

4. Difusión de las “Navidades” al estilo de san Juan de la Cruz

El modo de celebrar el misterio de Navidad de san Juan de la Cruz se ha perpetuado en los Carmelitas Descalzos a lo largo de los siglos. Nos recordará Marcelino Izquierdo: “Las procesiones arraigaron en los noviciados y colegios carmeli­tanos, donde manteniendo el espíritu que movió a fray Juan de la Cruz, enfervorizar a los religiosos, quedó en costumbre llevar procesionalmente el Niño, en los días que preceden a la Navidad, a la celda de cada uno de los religiosos; el cual durante toda la jornada, debía estar pendiente de él, de modo especial durante el tiempo de esparcimiento, Al día siguiente era llevado a otro novicio o estudiante, coincidiendo el últi­mo con el veinticuatro de diciembre en la noche, que era llevado procesionalmente a la Iglesia, donde se presentaba a los fieles para su adoración”[22].

Otro testimonio nos lo aporta Severino de Santa Teresa, durante las fiestas de Navidad: “El Niño Jesús es quien preside los actos de Comunidad, siendo trasla­dado de un acto a otro entre cánticos litúrgicos en unas partes, y en otras entre himnos y villancicos. Con estas y semejantes prácticas piadosas se conmemora en la Reforma del Carmen el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en lo cual no hacemos más que mantener la tradición de la Orden que tiene su origen en nuestros santos Refor­madores”[23].

5. Semejanzas entre la celebración de la Navidad en santa Teresa y san Juan de la Cruz

Santa Teresa de Jesús es la que recibe del Espíritu el carisma de la Reforma del carmelo descalzo. Ella es quien invitará a fray Juan de santo Matías a la Reforma por ella emprendida y procurará, “informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas” (F 13, 5).

 En el Carmelo siempre se ha celebrado con música y cantos la Natividad del Señor, vemos que santa Teresa será la mejor y más fiel heredera de las tradiciones carmelitanas[24]. De este modo potenciando la herencia recibida del Carmelo y enriqueciéndola, la Madre Teresa velará para que arraigue en las comunidades por ella fundadas, y se alegrará que fray Juan también lo implante en los frailes.

No es la incorporación en la vida de comunidad de elementos de cultura popular propias de la celebración de las fiestas de la Navidad, para “tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la Regla” (F 13, 5), es decir que contribuya a la distensión en la vida comunitaria. Sino que el centro es el misterio de Dios, que es contemplado en el silencio de la oración, que es celebrado en la liturgia, incorporando a la vida comunitaria unas paraliturgias, para mejor vivenciar el Misterio. Las “posadas”, con la representación de la Virgen y san José en busca de posada en Belén, tienen como objetivo contribuir a vivir con mayor profundidad la liturgia propia de la Natividad del Señor, de un modo particular la celebración Eucarística, y que se prolonga en la vida de comunidad con el canto de villancicos, incluso con instrumentos musicales, para festejar con alegría el nacimiento del Señor.

Fray Juan de la Cruz celebrará de un modo semejante el tiempo litúrgico de Navidad, precedido por las “posadas” que preparan los ánimos y el espíritu de los frailes para la celebración de la Misa de Nochebuena, y se prolonga en la vida de comunidad, donde se conjuga la profunda reflexión teológica del misterio de Navidad con las pequeñas representaciones teatrales del mismo. Hay una conjugación exquisita entre alta teología del misterio y plasmación del misterio en pequeñas representaciones.

Escribirá Severino de santa Teresa: “La devoción y alegría con que el Santo celebraba en sus conventos los sacrosantos Misterios de Natividad eran tan íntimas y expansivas, como las de Santa Teresa entre sus hijas”[25]. Por ello se puede suscribir, esta sentencia de los frailes antiguos “en ser Padres y engendradores desta Reforma, que nos parece no sois dos, sino uno sólo, y que para nosotros lo mismo es Juan que Teresa, y Teresa que Juan”.[26]

 San Juan de la Cruz no copia el modo de celebrar las Navidades en las monjas y lo traslada a los frailes. No es mimetismo sino una vivencia del mismo carisma donado por el Espíritu Santo al Carmelo. Siendo en palabras de Edith Stein el Carmelo, “el santuario más íntimo que la Iglesia tiene”, y tiene por heredad tener los mismos educadores y protectores que el Padre eterno dio a su Hijo, es decir a la Virgen María y a san José[27]. Ellos nos alcanzan las gracias que necesitamos para que seamos “paraíso de su deleite” (V 35, 12), donde Jesús vive complacido, porque es amado de corazón y se lleva a término la voluntad del Padre.

Respecto al modo de celebrar el nacimiento de Jesús, la voluntad del Padre la comunica el Àngel a los pastores en Belén, el nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Salvador, es “una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos” (Lc 2, 10), es decir se debe vivir comunitariamente esta buena noticia, juntos somos invitados a unirnos a la alabanza que los ángeles dirigen a Dios “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres de su complacencia[28]” (Lc 2, 14).

Para que surja esta alegría desbordante de lo íntimo del corazón por esta gran noticia, que es la Encarnación y el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios vivo, nuestro Salvador, debemos hacer como María, “que conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior” (Lc 2,19), para comprender su sentido profundo. Este conocimiento debe dar paz y alegría. Estos dones de paz y gozo serán cada vez más profundos cuanto más seamos hombres y mujeres de la complacencia de Dios.

El hombre en quien se complace Dios es Jesús. En el bautismo de Jesús así lo testifica el Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3, 22), Jesús es el hombre en quien se complace el Padre, y lo es “porque vive totalmente orientado al Padre, vive con la mirada fija en él y en comunión de voluntad con él. Las personas de su complacencia son por tanto aquellas que tienen la actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo”[29] por el Espíritu Santo.

Los Santos Padres Teresa y Juan de la Cruz, nos dan un testimonio unánime, se han sentido salvados personalmente por Cristo, en el silencio han realizado la contemplación integral del misterio de la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Esta contemplación produce en ellos tal alegría interior que necesitan comunicarla, para que sean más los que alaben al Padre eterno por habernos dado a su Hijo, y por ello asumen el papel del Ángel de Belén, promover por todos los modos posibles, sacados muchos elementos de la cultura popular, para que sus hermanos o hermanas de comunidad, vivan con mucha alegría el nacimiento del Salvador y alaben y den gloria a Dios, ante todo en la liturgia, que se prolonga en la vida comunitaria.

El rasgo fundamental del carisma del Carmelo es la unión con Dios y enseñar a los demás los caminos más óptimos para que tenga lugar esta unión con Dios Trinidad, que se da, cuando se cumplen en profundidad los dos requisitos: “El que me ama hace caso a mi palabra”, luego “mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él” (Jn 14, 23).

Este modo de celebrar la Navidad que nos han legado los Santos Padres Teresa de Jesús y Juan de la Cruz contribuye al fin primordial del carisma. Puesto que potencia en los frailes y las monjas el amor a Jesús, la contemplación del misterio, el agradecimiento al Padre por habernos dado a su Hijo. A su vez predispone a responder a tanto Amor como la Virgen María “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38), con el propósito de vivirlo con radicalidad toda la vida. La voluntad de Dios Trinidad, referido a la Navidad, no es otra que la actitud de María, meditar con corazón puro el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, comprender por la contemplación el significado de esta gran noticia, y el deseo de vivirlo en comunidad, para que más seamos los que juntos alabemos a Dios de corazón por tanta bondad. La celebración comunitaria del Nacimiento del Señor acrecienta el amor entre los miembros de la comunidad, de este modo se cumple el doble precepto de amar a Dios y al prójimo.


[1] Baldomero Jiménez Duque, Estudios teresianos, Asociación educativa, Signum Christi, Ávila 1984, 165.

[2] Prueba que ya le previno el Señor antes que aconteciera, y por ello pedía oraciones para poderla superar. De ello nos da noticia fray Alonso de la Madre de Dios: “No quiso nuestro Señor que este trabajo que vino sobre su siervo fray Juan lo ignorase y así se lo reveló Su Majestad estando orando unos días antes. Estaba el Varón del Señor gastado y flaco de la vida penitente que hacía y hablando antes de este trabajo en cosas de Dios con una persona virtuosa, de quien él fiaba cosas tales, le pidió le encomendase a Dios, porque sabía de su Majestad que le había de venir un grande trabajo, avisándole se preparase para llevarle. Replicóle la persona que estando él tan acabado con penitencias y estrecha vida no permitiría Dios le viniese, pues no estaba para llevarlo. Él entonces le dijo «Tenga por sin duda que me vendrá», y sucedió así”, Vida y virtudes del santo padre fray Juan de la Cruz, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1989, 232.

[3] Antonio Benéitez, “Los hombres decían cantares, los ángeles, los hombres melodías”, Rev. Teresa de Jesús, 78 (1995) 240-243.

[4] Romance in principio erat Verbum, 292-310.

[5] Antonio Benéitez, “Los hombres decían cantares, los ángeles, los hombres melodías”…

[6] Dichos de luz y de amor, 159.

[7] José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 246.

[8] Fray Alonso de la Madre de Dios (1568-1963), Vida, virtudes y milagros del santo padre fray Juan de la Cruz, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1989, 258.

[9] Ibíd. 263.

[10] Ibid., 265.

[11] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, Rev. Teresa de Jesús, 126 (2003) 244.

[12] Citado por Severino de Santa Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, Rev. Monte Carmelo, 1914 (15) 5.

[13] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, Rev. Teresa de Jesús, 84 (1996) 246.

[14] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 245.

[15] José Vicente Rodríguez nos da la noticia de que compuso una glosa a este estribillo que se nos ha perdido.

[16] Citado por Marcelino Izquierdo, “La Navidad en san Juan de la Cruz”, Rev. Teresa de Jesús, 78 (1995) 260.

[17] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, 246

[18] Cf. José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 246.

[19] Citado por Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 7.

[20] Citado por José Vicente Rodríguez, “Anécdotas sanjuanistas navideñas”, 245.

[21] Citado por José Vicente Rodríguez, “Juan de la Cruz, juglar de Navidad”, 246

[22] Marcelino Izquierdo, “La Navidad en san Juan de la Cruz”, 259-260.

[23] Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 9.

[24] Cf. https://ocarm.org/es/content/ocarm/santa-teresa-navidad

[25] Severino de Sta Teresa, “Los Misterios de Navidad en la Reforma del Carmen II”, 5.

[26] Ibid. 4

[27] En el libro de la Vida, está expresado con el símbolo de la puerta, y es la gracia fontal que genera la fundación de la reforma del carmelo descalzo: “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor” (V 32, 11),

[28] Benedicto XVI, después de analizar las diversas traducciones y las dificultades que producen a los exegetas las palabras “a quien ama Dios”, nos recuerda que la traducción literal del texto original griego suena así: paz a los «hombres de [su] complacencia» La infancia de Jesús,ed. Planeta, Barcelona 2012, 82.

[29] Ibid. 82.

Santa Teresa de Jesús y la Navidad

Contemplaremos en la vida de Teresa cómo fue salvada por Cristo, se adhirió a Él de modo que su vida fue un paraíso de su deleite. Cuando la hizo madre feliz de hijas espirituales, procuró que las pequeñas comunidades fueran verdaderamente paraíso de su deleite. En ellas se vivirá la invitación del Ángel a los pastores en Belén, la alegría y el agradecimiento inmenso porque Dios Padre nos ha dado un Salvador.

  1. Doña Teresa de Ahumada salvada por Cristo

En el Libro de la Vida nos muestra que Teresa tenía clara conciencia de que su mal fue “el no haber yo estado entera en los buenos deseos que comencé” (V 1,7). Ello podía haberle acarreado graves consecuencias, como el mismo Señor le hizo entrever en la visión del infierno: “quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia” (V 32, 3). Una misericordia concedida gracias a la intercesión constante de la Virgen María y san José a quien se encomendaba de continuo, como el mismo Señor se lo reveló: “Entendí que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José; porque muchas veces yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud” (CC 30). De este modo, no se hizo realidad que “hubiérame cierto llevado al infierno[1], si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro” (V 7, 3).

Doña Teresa de Ahumada tenía una debilidad, la de ser una mujer profundamente agradecida[2]. Por este punto débil el Señor la volvió a sí. Constataba “sí ve que merece el infierno y que le castigan con gloria. Deshácese en alabanzas de Dios” (V 19,3).

Por tanta bondad divina que experimentará en su vida, buscará el mejor modo de corresponder a este amor sin medida de Dios. Uno de los modos, como nos dice el Evangelista san Juan: “La obra de Dios es que creáis en aquel que Él ha enviado” (Jn 6, 29). Toda su vida quedará adherida a Cristo, su Salvador, y no dejará de contemplar la “Sagrada Humanidad” de Cristo en toda su existencia vital, que comienza en la “infancia”, y aún más en la Encarnación.

  1. Contemplación del misterio de Navidad a través de los villancicos

Teresa contemplará la humanidad de Cristo de forma integral. Respecto a la infancia de Jesús, lo podemos constatar en los ocho villancicos que han llegado a nosotros. Estos hacen referencia a los diversos episodios que nos refieren los Evangelios de la infancia de Jesús: el nacimiento, los pastores, la circuncisión, la visita de los Reyes. Son villancicos de claro sabor popular salpicados de diálogos entre diversos personajes. A través de ellos expone el fruto de su contemplación, en el cual el misterio de Navidad está profundamente vinculado con el misterio de su pasión y muerte.

Del texto de los villancicos podemos contemplar el misterio de la Encarnación. Este misterio produce en ella estupor: “Juntáis quien no tiene ser con el Ser que no se acaba; sin acabar acabáis, sin tener que amar amáis, engrandecéis nuestra nada” (Po. 6). Este estupor está también presente en los Conceptos de Amor de Dios: “si pedía aquel ayuntamiento tan grande, como fue hacerse Dios hombre, aquella amistad que hizo con el género humano” (n. 1, 10) y en el libro de las Moradas: “el amor que nos tiene Jesús… porque de tal manera ha querido juntarse con nosotros, que ya no se quiere apartar” (7M 2,3).

 Teresa se convertirá en portadora de la buena noticia a los pastores: “mirad que os nace un Cordero, Hijo de Dios Soberano!” (Po 11). La identidad teológica del recién nacido, al vincular Navidad con Pascua, es la del “Cordero” que se ofrece al Padre, para quitar el pecado del mundo, y con él quitar las penas que asolan a la humanidad. Este niño recién nacido “es Dios omnipotente” (Po 12), que nacerá de María, esta doncella es “una muy linda Zagala” (Po 12), “es hija de Dios Padre, relumbra, como una estrella” (Po 14).

 En el niño que nace de María en Belén: “Danos el Padre a su único Hijo: hoy viene al mundo en pobre cortijo. ¡Oh gran regocijo, que ya el hombre es Dios!” […] viene el inocente a padecer frío; deja un señorío en fin, como Dios” (Po 13). “Hoy nos viene a redimir un Zagal, nuestro pariente, […] que es Dios omnipotente” (Po 12). “Vino del cielo a la tierra para quitar nuestra guerra; ya comienza la pelea, su sangre está derramando” (Po 16) refiriéndose a la sangre vertida en la circuncisión[3] .

Las palabras o comprensiones interiores que recibirá la Madre Teresa del Señor le influirán o la confirmarán en la contemplación que el Espíritu le concedía tener. Esta es una de ellas: “No pienses, cuando ves a mi Madre que me tiene en los brazos, que gozaba de aquellos contentos sin grave tormento. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, la dio mi Padre clara luz para que viese lo que Yo había de padecer” (CC 36). Este modo de meditar el misterio de la infancia desde la pasión y muerte de Jesús, es decir “de gozo y de penas junto” (Po 11), lo vemos plasmado en los villancicos[4]: “Viene pobre y despreciado, comenzadle ya a guardar, que el lobo os le ha de llevar, sin que le hayamos gozado” (Po 11). Desearía evitar la pasión de Jesús: “Grandes azotes con mucha crudeza” (Po 13), por ello invita a los pastores a que vigilen al lobo (como personificación de todos sus enemigos). ¿Y si ha de ser muerto de una mala gente? […] hurtémosle” (Po 12). Pero Jesús, identificado con la voluntad de su Padre, acepta morir por nuestra redención.

El vincular la contemplación del nacimiento de Jesús con su Pasión es conforme con la mente de la Iglesia, pues en la liturgia nos enseña a contemplar el nacimiento de Jesús como el inicio de nuestra salvación. La Navidad conduce siempre a la Pascua. Nos dirá Manuel Diego: “Teresa entendía que el Niño Jesús de la Navidad es ya el que comienza a recorrer el camino de la Cruz y de la Pasión, puesto que siente, incluso siendo ya niño, el rechazo de los hombres, la persecución y condena a muerte (niños inocentes de Belén), el hambre y el tener que emigrar, etc. Y esta verdad tenía su correspondiente proyección artística. Navidad nos lleva ya al Viernes Santo y al Domingo de Pascua. Teresa coincide con la fe de la Iglesia, la imagen del Niño Jesús, en el Carmelo, aunque en edad de infancia, evoca siempre el Cristo total”[5].

Ante el nacimiento del Hijo de Dios “que toma un sayal dejando riqueza” (Po 13), la respuesta de Teresa no es otra que “sigámosle” (Po 13), y a ello invitará a sus hermanas de comunidad: “muramos por le servir, y pues Él viene a morir, muramos con Él” (Po 13). Pero hasta que ello no tenga lugar, lo que Jesús desea ante todo es “que le ames, pues te quiere, y por ti está tiritando” (Po 16).

La última razón de los villancicos hay que buscarla en su vida interior, pues en todos asoma el alma enamorada de Teresa de Jesús.

  1. La celebración litúrgica de la Navidad

Teresa celebra la Navidad con la liturgia de la Iglesia como una fiesta solemne anual que actualiza el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret en cuanto hombre. La liturgia cristiana actualiza y hace presente el misterio de Navidad que aconteció hace 2.000 años.

 Como religiosa carmelita: “Teresa una y otra vez había rezado y cantado las antífonas y textos litúrgicos navideños que caminan sobre el adverbio HOY (hoy ha nacido el Salvador). Este hoy se celebra, nos viene desde el año litúrgico, desde los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, y hasta en la oración, momentos todos ellos que te permiten llegar (en forma sacramental pero real) a un hecho del pasado y que entra en el hoy de nuestra vida, por lo que así nunca somos ajenos ni espectadores a la vida de Jesús, sino en cierta manera también contemporáneos suyos”[6].

 La Madre Teresa era amiga de una buena celebración litúrgica. Ella participaba con atención, devoción e incluso con emoción en la celebración litúrgica de la Navidad y ello se traslucía al exterior. Las monjas que convivieron con la Madre Teresa, a la hora de declarar en las causas de su beati­ficación y canonización, procla­man con detalle las actitudes y comportamientos de la Madre cuando llegaba la Navidad. En primer lugar, resaltan que se trans­formaba visiblemente, sin poder disimular vivencias interiores: «La vio una noche en el coro de este monasterio, día de la Pascua de Navidad, diciendo una lección, que le resplandecía el rostro con más claridad que la vela…, con un resplandor muy grande»[7]. Hasta testifican que su voz, ni llena ni melodiosa, el día de Navidad era otra: «Y en la voz también la oímos esta diferencia, particular­mente en la noche de Navidad, cantando en los Maitines el Evan­gelio de San Juan; fue cosa celes­tial de la manera que sonó, no teniendo ella naturalmente buena voz»[8].

  1. ¿Cómo celebraba santa Teresa de Jesús las Navidades en comunidad?

 Después de todas las vicisitudes vividas en la fundación del monasterio de san José en Ávila, la Madre Teresa reconocerá con toda sinceridad y humildad, “muchas veces me espanta cuando lo considero y veo cuán particularmente quería Su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios” (V 35, 12). Ella no dejará de pedir luz al Espíritu Santo para que en aquel monasterio se cumpliera el designio de Dios en el que se sirviera mucho el Señor y Él anduviera complacido con las monjas (cf. V 32, 11; 33,14).

Se debía preguntar: ¿cómo debemos celebrar la Navidad de modo que el Señor se complazca? Ella, que hacía un discernimiento tanto de las costumbres populares[9] como de las que había conocido en el monasterio de la Encarnación[10], para quedarse con lo que más pudiera despertar a las monjas a amar a Dios. Por los hechos vemos que optó por la celebración litúrgica de la Iglesia realizada con toda dignidad y solemnidad, pero esta iría acompañada de una paraliturgia que ayudara a vivir la invitación del ángel a los pastores en Belén, el nacimiento de Jesús el Salvador es una gran noticia que debe producir en las monjas una gran alegría, para que participen de la alegría que por este hecho hay en el cielo y por ello den gloria a Dios (cf. Lc 2, 10-14).

 Por ello, a partir de la celebración litúrgica que actualiza el misterio de Navidad, es que Madre Teresa conformará su mente con el texto del oficio litúrgico, y no al revés. Luego lo prolongará con una paraliturgia con expresiones del folklore y de cultura popular buscando el contagio jubiloso de las monjas. Ya que así se lo había mandado el Señor: “que todo lo que me despertase al [amor], no lo dejase, ni lo quitase a mis monjas” (CC 30): “las representaciones vivas del misterio, procesiones, villancicos, sentido de fiesta y hasta la comida especial de estos días… Porque todo esto también crea el ambiente indispensable de familia de Dios que se alegra y reconoce al que se humanizó en el seno de María”[11].

En Adviento “las posadas”

Estas celebraciones paralitúrgicas, muy pegadas al dato evangélico, que se realizaban en las comunidades fundadas por la Madre Teresa, se iniciaban en adviento, con las llamadas “posadas”. Estas tenían como objetivo reparar de algún modo el desdén de los belemitas para con su Paisano y Señor y disponer a las monjas a la celebración del nacimiento del Salvador.

Isabel Bautista aporta este testimonio de que la Madre Teresa: “Hacía en ella una procesión por los dormitorios con la imagen de nuestra Señora y de San José, de quien era devotísima y enseñaba a las antiguas sus coplillas; y en otras decía y alentaba con esta coplilla a las religiosas: «No dur­máis, hermanas, / mirad que vie­ne / la que a Dios por Hijo tiene». Y con esta devoción y alegría iba a todas pidiendo posada para el Niño y para la Madre y para el esposo San José”[12].

Otra versión de las posadas nos la narra Alfonso Ruiz: «Fué en el convento de San José donde la Santa estable­ció la costumbre de llevar por toda la casa a la Santísima Virgen y a San José pidiendo posada. Las monjas le reciben en sus celdas y le ofrecen sus corazones. Para esta procesión ella sacaba el tambor, los pitos y las sonajas y componía vi­llancicos y hasta permitía el baile. Claro que aquellas hijas suyas, muy olvidadas de todo lo que era mundo, no sabían de bailes y, a decir de los testigos de vista, su baile consistía en dar palmadas y discurrir con más fervor que elegancia».[13]

En una carta al P. Gracián insinúa la Santa una costumbre que había introducido en sus conventos para el santo tiempo de Adviento como preparación a las fiestas de Navidad. «Plega a Dios, le dice, le vistamos (al Pastor), como él lo pinta; mas harto más creo será lo que nos da, que lo que daremos». Comentando estas palabras el P. Antonio de San José asegura que «en varias Comunidades de nuestras religiosas acostumbran por el santo tiempo del Adviento hechar en suerte el vestir entre todas al Divino Infante para cuando nazca en el portal de Belén. De suerte que una le dispone las pajas, otra le previene las mantillas, otra le prepara la cama, otra le limpia el portal, preparándole todas con esta pía consideración, limpio y adornado el Belén de sus almas»[14].

Una versión moderna de las “posadas” nos la recuerda Manuel Bohodón, “las descalzas durante el Adviento, llevan en festiva pro­cesión y cantando al Niño Dios de celda en celda. Permanece­rá un día con cada religiosa. Ese día, la afortunada «hospe­dera» y posadera tendrá buen cuidado de disponerle tal aco­gida que le haga olvidar el des­precio inferido en la primera Nochebuena. Mientras tanto, entre todas, con el mayor cari­ño del mundo -que todo es amor- le irán preparando con gusto y mimo, la Hora: Una dis­pondrá el portal, otra la cuna… el ajuar…”[15]

En Navidad cantos de villancicos, confites, pláticas…

La celebración de la Navidad era la celebración festiva con más entidad que había en los carmelos fundados por Teresa. Los testimonios son numerosísimos y siempre unánimes. Todos coinciden en que estos días «había muchos regocijos y que la misma Madre Teresa componía letras y cantarcicos a propósito para ellos y nos los hacía hacer y solemnizar con alegría. Cansábanla personas encapotadas y oraciones estrujadas».[16]

La Madre Teresa de Jesús echaba mano a todos los recursos a su alcance, extraídos de la cultura popular que ella había conocido en su familia y en la Ávila de su tiempo o en el monasterio de la Encarnación. En él se celebraba con música y cantos esta fiesta del Señor. El objetivo era que sus monjas vivieran con toda el alma el «Misterio», procurando que el cuidado de los exteriores favore­ciese la conciencia de que «tanto amó Dios al mundo, que le entre­gó a su propio Hijo». Y este rega­lo comenzó en Navidad. De este modo la Madre Teresa será la mejor y más fiel heredera de las tradiciones carmelitanas, que celebraba con música y cantos la Natividad del Señor[17].

Estos villancicos iban “acompañados seguro de ritmos populares muy conocidos y con los instrumentos musicales más comunes y rudimentarios, que también nos han llegado y conservamos en los conventos como reliquias teresianas (el tambor, castañuelas, pandereta, flauta pastoril de caña…), tenían la función de trasladar al convento el ambiente pastoril que siempre –de acuerdo a la narración evangélica- en ritmo, vocabulario, recursos, símbolos, lenguaje, etc., evocaba el ambiente de la noche de Belén. No solo música y coplas, danzas y oración, sino también procuraba Teresa que no faltasen en esos días regalos y confites, pobres pero típicos en los hogares españoles”[18].

No todo eran villancicos y confites, sino que la Madre Teresa exhortaba a las monjas a meditar el misterio que iban a celebrar. Sabemos que, en la mañana del 24 de diciembre en la hora litúrgica de Prima, después del canto de la Kalenda (el anuncio poético latino, o el pregón del nacimiento de Cristo), tuvo que hacer una breve exhortación a la comunidad de Valladolid, y lo hizo «con tan grande espíritu y sabiduría, que muy grandes letrados no las hicieran mejores»[19]. En aquella exhortación había tratado de “las lágrimas del Niño, la pobreza de la Madre, la dureza del pesebre, el rigor del tiempo, y las descomodidades del portal, con espíritu y fervor tan grande que salieron todas no sólo consoladas y alegres, sino desafiando y llamando a voces los trabajos”[20].

Las celebraciones no se ceñían al día de Navidad sino a toda la octava, a ello hace referencia la carta que escribe a su hermano Lorenzo: “Gran fiesta tuvimos ayer con el Nombre de Jesús”. Era el primer día del año, en que se celebraba el Nombre de Jesús y la Circuncisión. Entre las poesías de la Santa, figuran varios villancicos «a la Circuncisión del Señor». Hay constancia de que una víspera de esta fiesta de la Circuncisión, “hallán­dose en recreación todas las religiosas, salió la Santa Madre de su celda toda encendida en amor de Dios, y fuese allá danzando y can­tando. Quiso que toda la Comunidad tomara parte en su gozo, así que todas cantaron y danzaron con más gracia espiritual que artificio mun­dano”[21].

Estos regocijos de las fiestas de Navidad dejaban tras sí una es­tela de paz y tranquilidad en los corazones de las religiosas, perpe­tuando en ellas una alegría celestial que venía a ser como un trasunto del cielo[22]. Luego, tras las celebraciones festivas, las religiosas volvían con el corazón ensanchado al ritmo de lo cotidiano. Escribirá Jesús Murillo: “En este equilibrio entre lo festivo y lo prosaico de la vida está uno de los secretos de la salud psíquica y espiritual que con es­pecial esmero procuró Teresa de Jesús para sus monjas[23]. La carmelita, por el mero hecho de compartir la celebración festiva y la gozosa comunicación fraterna, ha enriquecido también el silencio que le si­gue, y de nuevo anhela gustosa la soledad bajo la presencia del Señor[24].

La Madre Teresa no solo procuraba que en sus comunidades se vivieran las Navidades con mucha alegría, sino que también procuraba que así fuera en el ámbito familiar de los más vinculados a su obra fundacional, entre ellos su hermano Lorenzo. A este le escribirá: “No sé qué le envíe por tantas como me hace, si no es esos villancicos que hice yo, que me mandó el confesor las regocijase, y he estado estas noches con ellas y no supe cómo sino así. Tienen graciosa sonada, si la atinare Francisquito, para cantar”[25].

Procuraba la Madre Teresa que no solo se viviera en la comunidad donde ella estuviera presente, sino que velaba para que se viviera en todos los carmelos por ella fundados. En una carta a María de san José, priora de Sevilla, le dirá: “Acá he acordádome qué harían la noche de maitines [la noche de Navidad]. Hágamelo saber y quédese con Dios”. María de san José enseguida le responderá enviándole parte de “las coplas” (villancicos)[26] . En otra carta a esta misma priora le recordará: “He mirado cómo no me envían ningún villancico, que a usadas no habrá pocos a la elección, que yo amiga soy que se alegren en su casa con moderación”[27].

  1. La difusión en el carmelo descalzo de las “Navidades” al estilo de Teresa

Quiso la madre Teresa que quedara verdaderamente instaurado en sus conventos la celebración de la Navidad, donde la vida litúrgica es reforzada por una paraliturgia que contribuya a celebrar con gran alegría el nacimiento del Salvador, muy posiblemente esta era una de las dimensiones de la vida de comunidad, a los que se refería el Señor cuando le dijo: “esta casa paraíso de su deleite” (V 35, 12)

Santa Teresa de Jesús desde el cielo velará para que las fiestas de Navidad sean celebradas con gran regocijo. Cuentan las crónicas que, muerta la Santa, tuvo que defender la celebración de Navidad según el estilo instaurado en los carmelos descalzos. Parece que una priora de Beas de Segura, tocada a buen seguro de “humor de melancolía”, quiso acabar con estos monjiles festejos, pues consideraba que ello era disipación y algo impropio de gente dedicada a la virtud. La Santa se le apareció y le dijo que se dejara de “boberías” y restableciera las fiestas, como era su gusto y el de las monjas. Y le recomendaba que participara y gozara del regocijo de su comunidad[28].

El estilo de alegría en la vida de comunidad se perpetúa para celebrar distintas efemérides. La fundación de Palencia, que tanta alegría le produjo, tuvo lugar en la fiesta del rey David, cuatro días después de Navidad de 1580. Cada año, en la noche del 28 de diciembre, la comunidad de las carmelitas descalzas de Palencia organiza una representación plástica de lo que fue la llegada de Santa Teresa a esta ciudad para realizar la fundación. Con castañuelas, panderetas, tambores, pitos y campanillas, entre vivas y coplillas, las religiosas reciben en la puerta reglar a la madre fundadora y le asocian a la fiesta de la comunidad en el coro, refectorio y recreación. De seguro que la Santa sonríe desde el cielo ante la ingenua y sonora alegría de discípulas tan aventajadas[29].

Estas santas expansiones de Navidad, nunca se han interrumpido entre las hijas de Santa Teresa. Las religiosas que salieron a fundar en otras naciones implantaron este espíritu en todos los conventos de la Reforma. Uno de los mejores conocedores de santa Teresa de Jesús ha escrito: “Los misterios de Navidad, desde los tiempos de la Madre reformadora, se han celebrado en el Carmelo Descalzo con alegría y regocijo indecibles, como pide la significación mística de los mismos”[30]

María del Pilar Vila

Barcelona, 15 de octubre de 2021, solemnidad de Santa Teresa de Jesús


[1] Hay en santa Teresa de Jesús una conciencia clara de que si hubiera seguido viviendo la vida que llevaba de no entrega radical al Señor, hubiera podido condenarse: El capítulo 32 de Vida, declara que en él se “trata cómo quiso el Señor ponerla en espíritu en un lugar del infierno que tenía por sus pecados merecido”, en particular V 32, 9; y también V 7, 9; V 40, 24.

[2] Escribirá a la M. María de San José, priora de Sevilla: “Bien veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe ser natural, que con una sardina que me den me sobornarán” (septiembre 1578).

[3] Refiriéndose a la circuncisión a la que dedica dos villancicos.

[4] Numeración de los villancicos de santa Teresa de Jesús que citamos en este escrito: Poesía 11 “Pastores que velaís”; Poesía 12: “Al nacimiento de Jesús”; Poesía 13: “Para Navidad”; Poesía 14: “Ya viene el alba”; Poesía 15: “A la circuncisión”; Poesía 16. “Otra a la circuncisión”;

[5] Manuel Diego, ¿Cómo vivía Teresa de Jesús el misterio de la Navidad? 23.12.2016, https://salamancartvaldia.es/not/136536/como-vivia-teresa-jesus-misterio-navidad/

[6] Ibid.

[7] Citado por Gratiniano Turiño, “Cómo celebraba Teresa de Jesús la Navidad” Revista Teresa de Jesús, 126 (2003) 241-243.

[8] Testimonio de Ana de Jesús (Lobera) Procesos de beatificación I.

[9] Nos dice “Comencé a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas de oraciones, que nunca fui amiga de otras devociones que hacen algunas personas, en especial mujeres, con ceremonias que yo no podía sufrir y a ellas les hacía devoción; después se ha dado a entender no convenían, que eran supersticiosas” (V 6, 6).

[10] No aceptará en el monasterio de san José una costumbre instaurada en la Encarnación, que las monjas habiten en el monasterio con su servidumbre.

[11] Manuel Diego, “¿Cómo vivía Teresa de Jesús el misterio de la Navidad?”.

[12] Testimonio de Isabel Bautista, Procesos de beatificación 1.

[13] Alfonso Ruiz, Anécdotas teresianas, Monte Carmelo, Burgos 1981, n. 311, pp. 154-155.

[14] Severino de Santa Teresa, “Los misterios de Navidad en la Reforma del Carmen”, Rev. Monte Carmelo 14 (1913) 912-919. (917-918).

[15] Manuel Bohodón, “Santa Teresa y la Navidad” en Revista Teresa de Jesús, n. 72 (1994) 228- 231

[16] Procesos…: BMC 18, p. 474.

[17] Cf. https://www.ocarm.org/es/content/ocarm/santa-teresa-navidad

[18] Manuel Diego, “¿Cómo vivía Teresa de Jesús el misterio de la Navidad?”

[19] 5 Biblioteca Mística Carmelitana (BMC), t. 19, Burgos 1935, pág. 35.

[20] Manuel Diego, “¿Cómo vivía Teresa de Jesús el misterio de la Navidad?”

[21] Citado por 1913…

[22] Severino de Santa Teresa, “Los misterios de Navidad en la Reforma del Carmen”, 919.

[23] Escribirá Jean Vanier: “Sin duda, en la tierra, no tenemos una alegría plena, pero nuestras fiestas son signos de la fiesta eterna, de las bodas a las que estamos invitados”, en La comunidad, lugar de perdón y fiesta, 217

[24] J. Jesús Murillo, La comunidad en Teresa de Jesús, Ed. El Carmen, Vitoria 1982, 204.

[25] Carta a Lorenzo Cepeda, 2 de enero de 1577, 14.

[26] Carta a María de san José, 3 de enero de 1577.

[27] Carta a María de san José, 1 de febrero de 1580

[28] Este hecho es mencionado por Manuel Bohochón en “Santa Teresa y la Navidad”, 231.

[29] Alfonso Ruiz, Anécdotas teresianas, 103-106. Citado por Jesús Murillo, La comunidad en Teresa de Jesús, 204.

[30] Citado por Gratiniano Turiño, “Cómo celebraba Teresa de Jesús la Navidad”, Revista Teresa de Jesús, 126 (2003) 241-243.

Los carmelitas tienen la misión de implorar la misericordia de Dios para la Iglesia y la humanidad

Para poder llevar a término con verdadera fe la misión del Carmelo de ayudar a Santísima Virgen María en hacer fecunda la redención de su Hijo, realizada ante todo en su pasión y muerte en la cruz, implorando la salvación eterna incluso de grandes pecadores, se hace necesario profundizar en el conocimiento del misterio de Dios que nos revelan las Sagradas Escrituras.

Cuando Dios hace conocer su nombre a Moisés, revelando de este modo algo de sí mismo, se revela como misericordioso: «El Señor, el Señor, Dios clemente y misericordioso, tardo para la ira y lleno de lealtad y fidelidad, que conserva su fidelidad a mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado, pero que nada deja impune» (Ex 34, 6-7).  Y es libre en su actuar: «pues yo hago gracia a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero» (Ex 33, 19).

La misericordia es un rasgo esencial del obrar de Dios, para con el pueblo de Israel[1]. La historia del amor de Dios hacia Israel, es una historia de misericordia, ya que la relación de Israel con Dios ha sido a menudo de ingratitud y de infidelidad. Es en la dolorosa experiencia del pecado donde se experimenta la dulzura de la misericordia de Dios. De este modo, el misterio de la bondad de Dios se profundiza en misericordia, mediante promesas de salvación a pesar de su pecado e infidelidad. En ocasiones se le recuerda al pueblo de Israel que Dios tendrá misericordia como lo había prometido a sus padres (Dt 30,3), en otras se implorará a Dios para que ejerza misericordia para con su pueblo, que ha pecado, para que le perdone los pecados y lo bendiga (Nm 14,19).

El pueblo de Israel creerá firmemente que «grande es su misericordia» (2S 24,14; Si 2,18), por ello se dirigen confiados a Dios por medio de la oración, tanto individualmente como colectivamente, para que Dios tenga piedad conforme a su gran misericordia (Ne 13,22). El hombre es invitado a ser misericordioso (Mi 6,8) y a alabar a Dios «porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Dn 3,89). El libro de la sabiduría da razón de la misericordia de Dios: «Tienes misericordia de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para llevarlos al arrepentimiento» (Sb 11,23).

En el Nuevo Testamento, se proclama solemnemente en el Magníficat: «su misericordia alcanza de generación en generación para todos sus fieles» (Lc 1, 50).  Con el nacimiento del Mesías, El Señor «ha socorrido a su siervo Israel, acordándose de su misericordia» (Lc 1,54).

La reflexión de los teólogos nos puede ayudar a comprender algo de la insondable misericordia de Dios. Ésta es la que nos ofrece Roberto Moretti:

«Habitualmente en el lenguaje religioso, incluso en el teológico, la perfección divina de la Misericordia está referida al perdón de la culpa. El pecado, como ya sabemos, es una ofensa causada a Dios. Como tal merece el castigo, para que se restablezca el orden injustamente violado. La Misericordia de Dios es el aspecto del amor y de la bondad que le lleva a perdonar, olvidar la culpa y el pecado, y retornar al hombre la amistad rota, recrear la filiación renegada y despreciada. Si se considera la gravedad de las ofensas hechas a Dios por el pecado de parte de la criatura […] especialmente si se piensa en el cúmulo inmenso de pecados de todos los hombres, agravados por la malicia, la arrogancia, la rebeldía, el desprecio, la ingratitud etc., la Misericordia, que anula y destruye toda esta monstruosidad, constituye una manifestación de la incomparable potencia y magnificencia de la bondad de Dios. De aquí las alabanzas y el estupor que la Sagrada Escritura y los santos elevan a la Misericordia del Señor»[2].

San Juan de la Cruz, desde su condición de teólogo y de místico, en sus escritos nos dice «Dios, en su único y simple ser, es todas las virtudes y grandezas de sus atributos: porque es omnipotente, es sabio, es bueno, es misericordioso, es justo, es fuerte, es amoroso, etc., y otros infinitos atributos y virtudes que no conocemos» (Ll B 3,2). Dios es, pues, misericordioso. Y conforme a su ser así actúa, y así lo percibe y lo “siente” el hombre: «siendo misericordioso, piadoso y clemente, sientes su misericordia, piedad y clemencia» (Ll B 3,6). Y es que el Dios misericordioso busca hacernos sentir, experimentar, su misericordia. Lo que es atributo del ser de Dios, se convierte en experiencia teologal del hombre: «siendo él misericordioso, sientes que te ama con misericordia» (Ll A 3,6). Por ello conocer la propia miseria no ha de llevarnos a replegarnos sobre nosotros mismos. Al contrario, la propia miseria es el espacio humano para descubrir y abandonarse confiadamente a la obra renovadora del amor gratuito y desbordante de Dios en nosotros.

Las canciones 32 y 33 del Cántico Espiritual: «son una expresión rebosante de gratitud por parte del alma que, absolutamente indigna de la mirada y del amor de Dios por la negrura y fealdad de su pecado (CB 33,2), se descubre mirada-amada por Dios de un modo totalmente gratuito, y experimenta cómo esa mirada de amor restaura su dignidad perdida (CB 33,7), la llena de gracia y hermosura y la hace, por puro don, “digna y capaz” (CB 32, 5), “merecedora” de complacencia y amor divinos (CB 32, 7-8)»[3].

Esto que describe san Juan de la Cruz, es lo que experimentará la madre Teresa de Jesús en su vida.  Ella dirá: «De la misericordia del Señor jamás desconfié» (V 9, 7), a pesar de que en los primeros años de su vida religiosa no fue fiel a su consagración total a Dios realizada en su profesión religiosa. Los pasatiempos de buenas conversaciones de locutorio le hicieron un daño profundo. Intentaba sentar a la misma mesa a los dos contrarios, Dios y las criaturas (V 7,17), con el paradójico resultado de no gozar de ninguno. Dios no comparte con nadie el amor del hombre. No se sienta a la mesa con otros invitados. Se esconde entonces, haciendo, a la vez amargos los demás amores.

Teresa constatará en su vida a un Dios “ganoso” de ganarla, de tornarla a sí. A partir de su experiencia ella podrá decir a los demás: «fíe de la bondad de  Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestras ingratitudes…» (V 19,17). Dios permanecerá siempre fiel a sí mismo. El nunca se cansa de dar, ni agota sus misericordias. Ese Dios que le castiga con mercedes (V 7,18) entablando con ella una curiosa lucha de ofensa-perdón (V 19,17), de la que El sale siempre victorioso, es amor misericordioso.

Tuvo que llegar Teresa a una experiencia extrema de pobreza para entrar definitivamente por el camino del amor. Deponer su actitud de autosuficiencia y confiarse al Señor. No esperar nada de sí. Esperar todo de Dios. Echarse a los pies de Cristo para confesar su humilde sumisión, para «dejarse del todo a lo que El hace» (V 6,4). Ora Teresa a los pies del Cristo muy llagado, «que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba». Es en este momento de extrema pobreza e impotencia donde se sitúa la intervención fulgurante y renovada de Dios que conmina a Teresa con la fuerza del amor: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles» (V 22,5). Sus infructuosos esfuerzos anteriores y la eficaz acción de Dios ahora, reflexionando dirá: «Debía aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo, ni yo pensé salir con ello; porque ya yo misma lo había procurado… Ya aquí el Señor me dio libertad y fuerza para ponerlo por obra» (V 22,7). «Sea el Señor bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo» (V 22,8).

Más tarde, el Señor le quiso hacer ver a donde le hubiera llevado su infidelidad a las exigencias inherentes a su profesión religiosa:  «Quiso el Señor yo viese… de dónde me había librado su misericordia» (V 32, 3), su vida se convertirá en un canto constante a la misericordia de Dios: «Muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas, el contento que me da se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias» (V 4, 3); «Muchas veces he pensado espantada de la… gran magnificencia y misericordia de Dios» (V 4,10); «Veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo» (V 8, 2);  «Para lo que he tanto contado mis caídas, es… para que se vea la misericordia de Dios» (V 8, 4). «Mientras mayor mal, más resplan­dece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin» (V 14, 10).

Impresionada por la gran misericordia de Dios en su vida, reflexiona sobre este atributo divino: «Se le representa… la misericordia de Dios con gran verdad (V 19, 2). «Basta ya para ver sus grandes misericordias… que ha perdonado tanta ingratitud» (V 14,10). «Nunca se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias» (V 10,15). «Amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa» (M I, 1, 3). «Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia» (M III. 1, 3) «Es grande la misericordia de Dios» (M V. 2, 10). «Cuán sin tasa es su misericordia» (M V. 4, 10). «¿Quién acabará de contar sus misericordias?… Su Majes­tad sabe que mi intento es que no estén ocultas sus misericordias» (M VII, 1, 1). «Nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia» (E 4, 2). «Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre» (F 28, 35).  «Sólo confío en su mi­sericordia» (MVC 1).

Alentará a los demás a confiar en la gran misericordia de Dios, ante todo en los momentos de tribulación: «Ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios» (M VI, 1, 10). «Resplandezca vues­tra misericordia en tan crecida maldad… Válganos vuestra bondad y misericordia (Ex 8. 3). «La misericordia de Dios nunca falta a los que en él esperan» (M VI 1,13). «Confíen en la misericordia de Dios, y nonada en sí» (M II 1, 9).

La fe firme que Dios es en esencia misericordioso, sostendrá al beato Francisco Palau en la ardua tarea de alcanzar de Dios el perdón de los pecados colectivos de los hijos de la Iglesia en España y Universal. El recordará que para interceder ante Dios por un pueblo pecador que ha abusado de sus misericordias, debe tener en cuenta los dos atributos de Dios, justicia y misericordia: «A Dios lo hemos de mirar […] como nos lo pinta la fe. Dios es justo, es severo; pero también sus misericordias son infinitas y sobrepujan a todas sus obras. Se ha de ir con tino en no separar estos dos atributos de Dios. Si se habla de justicia, se ha de hablar también de misericordia. Si con un  ojo mira el alma la justicia de Dios, con el otro debe mirar su misericordia. El que no está bien instruido en las dos cosas está expuesto a caer en presunción o en desesperación» (Lu II, 38).

Pasó una decena de años de su vida, viviendo en ermitas y cuevas, su único objetivo era reconocer con humildad los pecados de los hijos de la Iglesia, ofreciendo en reparación por los mismos el valor infinito de la redención de Cristo, para alcanzar de Dios su misericordia. De modo que los impíos que perseguían con saña a la Iglesia desde todos los resortes del poder, se convirtieran en verdaderos católicos, y dieran más gloria a Dios que le habían quitado en tiempos de su impiedad.

El beato Francisco Palau, luchó arduamente con la justicia de Dios para que se convirtiera en misericordia. Pocos años más tarde, a santa Teresa del Niño Jesús, que fue engendrada en el seno de su madre, precisamente cuando él entró en la eternidad, le será concedida el don de contemplar ante todo la misericordia divina.

Teresa del Niño Jesús, quedó profundamente afectada por el Dios justiciero propio del jansenismo que impregnaba la vida escolar de la abadía benedictina donde estudió. Poder creer existencialmente en el Dios que se revela al pueblo de Israel, en el cual un rasgo esencial es la misericordia, será un arduo camino que ella recorrerá asistida por el Espíritu Santo. Luego descubrirá no sólo que Dios es esencialmente misericordioso, sino que ésta es la perfección divina que deberá honrar de forma particular, meditándola, viviéndola y dando testimonio de ella.

Ella experimentará en su vida algo distinto de lo que había aprendido en el Catecismo de la diócesis de Bayeux donde estudió la fe católica. No sólo Dios puede ejercer misericordia perdonando los pecados de quien se arrepiente, sino que descubre en Dios una misericordia mayor: «a mí Jesús me ha perdonado mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado, impidiéndome caer» (Ms A 38v).  En tal modo ve en su vida el amor providente de Dios, que dirá: «si mi corazón no se hubiese elevado hacia Dios desde su primer despertar, si el mundo me hubiese sonreído desde mi entrada en la vida, ¿qué habría sido de mí…? ¡Madre querida, con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor…!» (Ms A 40 r).

El otro descubrimiento, es la gratuidad del amor misericordioso de Dios: «Reconoce que en ella no había nada capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su misericordia ha obrado todo lo bueno que hay en ella…» (Ms A 3v). Teresa es consciente que Dios ha obrado misericordia, porque es en esencia misericordia. «Tu amor me ha acompañado desde la infancia, ha ido creciendo conmigo, y ahora es un abismo cuyas profundidades no puedo sondear» (Ms C 35r). Por ello sólo puede decir: «¡Qué grande es su misericordia! Sólo podré cantarla en el cielo, [pero] trato de empezar a cantar […] aquí en la tierra esa misericordia infinita» (Ms C 27r-v).  Esto es lo que se propondrá al iniciar la redacción del Manuscrito A, «comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda la eternidad: “¡¡¡Las misericordias del Señor!!!”…» (Ms A 2r). A partir de entonces su canto a la misericordia de Dios va in crescendo. Teresa no podrá dejar de reconocer al final de su vida: «Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias» (Ms C 3v). Así lo hará en cada uno de sus escritos, que finalizan con un canto a la misericordia de Dios.

Manuscrito A: «¿Cómo acabará esta “historia de una florecita blanca”…? ¿Será tal vez cortada en plena lozanía, o quizás trasplantada a otras riberas…? No lo sé. Pero de lo que sí estoy segura es de que la misericordia de Dios la acompañará siempre» (Ms A 84v).

Manuscrito B: «Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con entera confianza a tu misericordia infinita» (Ms B 5v).

Manuscrito C: «Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a Él» (Ms C 36v-37r).

Cartas: «Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí… ¡Yo lo amo…! ¡Pues Él es sólo amor y misericordia!» (Cta 266)[4].

Recreaciones piadosas: Le dirá la Santísima Virgen a Susana: «ten confianza en la misericordia infinita de Dios, es tan grande que puede borrar hasta los mayores crímenes cuando encuentra un corazón de madre que pone en ella toda su confianza» (RP 6, 10r).

Últimas conversaciones: «Podría creerse que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Madre mía, di muy claro que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida» (CA 11.7.6).

Teresa del Niño Jesús reconocerá, que de las diversas perfecciones divinas que las criaturas pueden honrar, Dios «a mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas…! Entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás) me parece revestida de amor…» (Ms A 83v).

No sólo contemplará, adorará, sino que se ofrendará al Amor Misericordioso, y de la abundancia del corazón hablará la boca, de modo que a través de sus escritos, de su testimonio y de su poder intercesor ante Dios misericordioso,  Teresa ayudará a la Iglesia a recordar algo que parecía que había olvidado, bajo el influjo de siglos de jansenismo:  «La misericordia no es una cualidad más de que se reviste el amor de Dios, sino que es “entraña”, el  “corazón” mismo de nuestro Dios»[5].  Dios es en esencia Misericordioso. El mensaje de Teresa, es el mensaje evangélico «Dios es amor» (Jn 4,7).

Reconocer la misericordia divina en la propia vida, tanto por habernos rescatado del pecado, como por habernos prevenido de caer en él. Reconocerla también en la vida de las demás personas, en la historia del pueblo de Israel, de la Iglesia o de la propia nación, es una ayuda grande para fortalecernos en la fe y interceder ante Dios sin desmayo, hasta que experimentemos su gran misericordia.

Al final del libro de Mis Relaciones, el beato Francisco Palau, nos dice: «Para que la imagen viva de Dios fuese perfectamente representada, comunica a los escogidos sus infinitas perfecciones. No siendo una sola criatura capaz de representarlas todas, crió muchas. Las perfecciones y atributos de Dios comunicada a toda la congregación de los santos del cielo y justos de la tierra, que es la Iglesia, forman en ellos la imagen viva de Dios trino y uno» (M Rel 21,31).

Pensamiento semejante está en los escritos de santa Teresa del Niño Jesús: «Comprendo, sin embargo, que no todas las almas se parezcan; tiene que haberlas de diferentes familias, para honrar de manera especial cada una de las perfecciones divinas» (Ms A 83v).

A la luz del carisma que el Espíritu Santo ha derramado en el Carmelo, que es en esencia hacer vida la oración intercesora de Jesús al Padre, por la salvación eterna de los hombres. Considerando cómo ha fructificado en los grandes santos del Carmelo el carisma, creemos que el atributo que Dios ha querido conceder a la familia del Carmelo, para que lo contemplemos, alabemos a Dios Trinidad por él, y dejemos que el Espíritu Santo lo plasme en nosotros, es el atributo de la misericordia divina.

Notas

[1] La mitad de los libros tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento nos hablan de la misericordia de Dios. En la Biblia Pastoral en versión española, de la editorial Verbo Divino,  la palabra misericordia aparece en 140 ocasiones. En 24 libros del Antiguo Testamento y 15 libros del Nuevo Testamento.

[2] R. Moretti, Dio amore misericordioso. Esperienza, dotrina, messaggio di Teresa di Lisieux, L.E. Vaticana, Città del Vaticano 1996, 29.

[3] Alfonso Baldeón, “Misericordia” en  Eulogio Pacho (Dir.) Diccionario de san Juan de la Cruz, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2000, 963-964.

[4]Es la última dedicatoria que realizará a lápiz, en el reverso de una estampa  y que dirige al abate Belliére.

[5] M. J. Muñoz Mayor, “El Amor Misericordioso en Teresa de Lisieux”, en Vida Sobrenatural  541 (1989) 35.

El Carisma del Carmelo (Síntesis)

 I. Contexto histórico de la Orden del Carmen

 En el origen de nuestra Orden, está un designio divino que por su desarrollo histórico la hace peculiar entre las demás grandes Órdenes religiosas de la Iglesia. La Orden del Carmen no ha reconocido a un fundador, a semejanza de otras órdenes religiosas como los franciscanos, dominicos, benedictinos… A ellos se les pudiera aplicar lo que nos dice san Juan de la Cruz respecto a sus fundadores, estos son elevados a tal estado espiritual, “cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a las cabezas en las primicias del espíritu, según la mayor o menor sucesión que había de tener su doctrina y espíritu” (Ll 2,12). Se debe ahondar tanto en la vida de los fundadores como el contexto histórico, para ir adaptando adecuadamente este carisma en los distintos tiempos y lugares.

 En cambio, en el Carmelo, no tenemos a un fundador para investigar qué tipo de carisma encarnó para irlo adaptando a cada momento histórico. Sino que deberíamos observar con minuciosidad qué frutos ha producido la acción del Espíritu Santo en los carmelitas que han sido fieles a su acción, entre otros a los que la Iglesia ha reconocido oficialmente su santidad.

  Si seguimos paso a paso la investigación realizada por el P. Nilo Geagea sobre la devoción a la Virgen del Carmelo, durante los tres primeros siglos de su historia, constatamos que el carisma va tomando fisonomía muy lentamente pero progresivamente, se pudiera decir que el Carmelo es un carisma abierto. A la pregunta ¿cuál es el carisma del Carmelo?, se podría responder de forma análoga a como Dios respondió a Moisés cuando le preguntó por su nombre “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). Es una respuesta dinámica, puesto que el verbo en hebreo incluye el pasado, el presente y el futuro: Él era-es-será[1]. En su actuar Dios se irá mostrando quien es pero siempre desde una presencia salvadora.

  El carisma del Carmelo es dinámico a medida que la Iglesia debe afrontar graves retos, el Espíritu suscita nuevas virtualidades en la Orden del Carmen. A pesar de ello en el carisma se dan unas constantes que están vinculadas a cuatro realidades, el tiempo histórico, la Regla esencialmente cristocéntrica, María que preside el oratorio y la localización del eremitorio junto a la fuente de Elías.

2. Contexto histórico en el que nace la Orden del Carmen

Conocer el tiempo histórico en el que el Espíritu de Dios donó a la Iglesia el carisma de la Orden del Carmen es importante, para saber interpretar los signos de los tiempos y darle una respuesta adecuada.

 El marco histórico es el fracaso de una gran empresa de la cristiandad medieval, es decir las Cruzadas. La conquista de Jerusalén por los Seléucidas y su hostilidad manifiesta contra los cristianos que de forma directa amenazaba Constantinopla, y dificultaba las peregrinaciones a los Santos Lugares. El emperador de Constantinopla pidió ayuda al papa Urbano II, quien en los sínodos de Plasencia y Clermont en 1095 consiguió despertar un encendido entusiasmo para proteger las Iglesia de Oriente y conquistar los Santos Lugares.

 Si la primera cruzada fue en parte un éxito y se pudo reconquistar amplios territorios de Palestina e instaurar varios estados feudales cristianos, entre ellos el de Jerusalén. Pero estos estados fueron despareciendo uno tras otro.

La segunda cruzada predicada por san Bernardo por orden del Papa, fue un rotundo fracaso. La causa del fracaso—decía— hay que buscarla en los crímenes y pecados de los expedi­cionarios”[2].

Con la tercera cruzada se pudo reconquistar la ciudad de Acre, y el Monte Carmelo pudo ser un lugar seguro, pues estaba protegido por las fortificaciones del Reino Latino. Es después de la tercera cruzada, cuando tiene lugar el origen histórico de la Orden del Carmen.

3.¿Quiénes eran los primeros carmelitas?

Los papas no dejaban de hacer llamamientos a la cristiandad para que fueran a defender la heredad del Señor. Algunos laicos de Europa sintieron este llamamiento del Papa como un llamamiento del Señor que les impulsaba a ir a Tierra Santa.

Los primeros carmelitas eran un grupo indeterminado de laicos, (penitentes, eremitas y peregrinos) que se sintieron llamados a luchar no con las armas físicas como los cruzados, sino a través de las armas espirituales. «El peregrino y el cruzado “seguían a Cristo” en el sentido literal y físico de los tiempos feudales, consagrando alma y cuerpo al servicio de su Señor, dispuestos a dar la vida por establecer y defender su patrimonio en un territorio concreto»[3]. Posiblemente algunos de estos penitentes, eremitas y peregrinos habían realizado el voto que incluía, a veces, el permanecer de por vida en Tierra Santa.

Con ello vemos que los primeros eremitas son cristianos laicos que cumplieron el voto de trasladarse hasta Tierra Santa, donde unidos pretenden permanecer en común el resto de su vida, para prestar un servicio personal a Cristo (vivere in obsequio Iesu Christi). Eran hombres valientes y fieles a su Señor, que buscaban el mejor modo de servirlo con una fidelidad hasta la muerte.

4. La Regla de san Alberto

  Alberto de la familia de los Avogadro, era un hombre de paz, que al mismo tiempo destacaba como legislador y gran canonista. Los Canónigos Regulares del Santo Sepulcro lo postularon como patriarca de Jerusalén. Decisión que Inocencio III ratificó y le pidió a Alberto que aceptara. Inocencio III escribió al episcopado de Tierra Santa para anunciarles que les enviaba como legado suyo a Alberto, «varón probado, discreto y prudente». Al no poder tomar posesión de la sede de Jerusalén pues estaba ocupada por los sarracenos, puso su residencia en la ciudad de san Juan de Acre, en la misma bahía de Haifa en la que se asomaba al bíblico Monte Carmelo.

En un momento determinado estos eremitas latinos deciden tener una organización más sólida por ello se dirigen al patriarca, como representante del papa en Tierra Santa, a fin de que les redacte y apruebe unas ciertas normas de vida, mediante la cual puedan ajustarse y reglamentar la vida en común. Esta petición es aceptada y obtienen de Alberto, patriarca de Jerusalén, una norma de vida según su propositum. Es decir una “fórmula de vida adecuada a vuestro proyecto común y a la que deberéis ser fieles en el futuro” (art 3).

La Norma de vida que redactará para los eremitas latinos del Monte Carmelo no depende de ninguna otra Regla u otra legislación precedente, como sería la Regla de san Basilio, de san Benito o de san Agustín. Ninguna de ellas puede ser considerada como la fuente de la misma. Es una Regla original que tiene además la impronta personal de su legislador.

Alberto era un hombre de paz y de una profunda vida interior impregnada por la Palabra de Dios, ello queda incrustado en el sustrato de la Regla. Esta también se caracteriza por la prudencia, por la moderación pero también por la radicalidad. Toda la Regla está orientada hacia la continua oración, y a la meditación de la Palabra de Dios, en un clima de silencio que favorezca el trato con Dios, es decir tiene una orientación vertical, hacia Dios, a través de la oración contemplativa.

Las Sagradas Escrituras celebran la belleza del Carmelo, donde el profeta Elías defendió la pureza de la fe de Israel en el Dios vivo. Cerca de la fuente de Elías, en el siglo XIII, se establecieron unos ermitaños llamados latinos por proceder de Occidente. Estos, entre los años 1206-1214, pidieron a Alberto, Patriarca de Jerusalén, que les diera «una fórmula de vida adecuada a vuestro proyecto común y a la que deberéis ser fieles en el futuro» (n. 3).

Esta «fórmula de vida» que más tarde adquirirá el carácter jurídico de «regla»[4], prescribe en primer lugar «vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente, con corazón puro y buena conciencia» (n. 2).

La Regla es dada por Alberto a los eremitas en un período que va desde 1206 a 1214. Es decir, desde el año en el que Alberto llega a san Juan de Acre en 1206 hasta 1214 en que es asesinado.

Una Regla de vida profética

La Regla dada por san Alberto contemplada desde su contexto histórico vemos que es una contestación profética a la Iglesia y a la sociedad cristiana de Tierra Santa de su tiempo. Es decir, es la antítesis de los pecados de los cruzados que impedían alcanzar la victoria. La primera de las causas eran las constantes rencillas entre los líderes cristianos, a ello se oponía que ellos eligieran un prior con el consentimiento unánime de la parte más sana, y luego le prometieran obediencia y la observaran de verdad. A la avaricia y el saqueo por donde pasaban los cruzados, a ello oponía la abdicación de la propiedad, todo debía ser común y se debía dar a cada uno según sus necesidades y edad (art. 4, 12), a ejemplo de la primera comunidad cristiana de Jerusalén (Hch 2, 44-45). A la desfloración de las vírgenes por los cruzados, a los eremitas los invitaba a ceñirse el cíngulo de la castidad desde la raíz, procurando los pensamientos santos que estos les guardarán (art. 19).

En la búsqueda de cómo conseguir ser agradable a Dios, de modo que fueran escuchadas sus oraciones y las de toda la cristiandad, la principal recomendación será la lectura y meditación constante de la Palabra de Dios, para que “toda cosa que debáis hacer, hacedla según la palabra del Señor” (art. 19). Y si hay abusos se deben corregir con caridad las faltas de los hermanos siempre que sea necesario (art. 15). Los domingos se deben reunir para tratar de la observancia de la vida común y el bien espiritual de sus almas (art 15). Cada día deben fortalecerse como comunidad en la participación juntos en la sagrada Eucaristía.

  La Regla los prepara para la lucha

El carisma del Carmelo es un carisma contemplativo, no para vacare in Dio, sino que es un carisma de lucha espiritual por Dios. Lo fue en el origen del Carmelo ante el islam, lo fue en tiempo de santa Teresa de Jesús ante la reforma protestante, lo fue en tiempo del beato Francisco Palau ante el liberalismo, lo fue en tiempo de santa Teresa de Lisieux ante la muerte de Dios, lo fue en tiempo de santa Maravillas de Jesús ante el odio a Dios durante la Guerra Civil española, lo fue en tiempo de Edith Stein y Tito Brandsma ante el nazismo.

Ante aquella situación de fracaso reiterado de la empresa de las Cruzadas, el Patriarca Alberto les insta a los eremitas latinos a luchar con armas espirituales contra el verdadero enemigo de los cristianos y de todo ser humano, es decir contra el espíritu del mal. En primer lugar para que ellos no sucumban al espíritu del mal ni a sus seducciones, por ello les dirá, “con toda diligencia procurad vestiros la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del enemigo” (art 18).

Pero no es una protección sólo para su salvación individual, sino que ellos están en Tierra Santa para servir a su Señor, y conseguir que se lleve a término la empresa colectiva de la Cristiandad, que es la liberación de los Santos Lugares.

Las armas espirituales que les enumera el Patriarca Alberto son para protegerse del espíritu del mal, sólo cubre la parte delantera “la coraza, el escudo, el yelmo”, puesto que es la batalla que deben librar contra el espíritu del mal es una lucha que para alcanzar la victoria la deben llevar a cabo de forma colectiva.

Es una lucha que sabe que la victoria sólo puede venir de Dios, y sólo del Señor deben esperar la tan ansiada victoria, ya que sólo Él puede salvar al pueblo cristiano de sus pecados (art. 19). Es una lucha sin cuartel realizada desde el silencio y la esperanza (art. 21). La victoria la deben esperar del Señor, que la dará cuando los tiempos sean fecundos, por ello la deben esperar. Puesto que “en el silencio y en la esperanza estará vuestra fortaleza” (art. 21).

Porque Alberto, hombre santo y profundamente lúcido, sabe que la victoria aunque tarde llegará (cf. Hab 2,3), por ello debe alentar a los ermitaños a la esperanza y sólo podrán vislumbrar de lejos esta victoria, como Moisés en el monte Nebo.

Esta victoria contra el espíritu del mal es verdaderamente ardua, pero con la fuerza del Espíritu se debe librar en cada época histórica en la que el espíritu del mal aprovecha todo tipo de circunstancias personales, pero ante todo colectivas para promover a través de los mismos hombres el hacer desaparecer de la faz de la tierra tanto el pueblo judío como el cristiano. Ello está en la misma esencia del islam, este llevado a término en su último estadio, debe poner a los cristianos y judíos ante el dilema de la conversión al islam o la muerte[5].

Teresa de Jesús lucha por la fe católica en la Iglesia, El contexto en el cual surgirá la reforma teresiana es uno de los momentos más críticos de la Iglesia católica en toda su historia. Los ejércitos de Felipe II no sólo no detienen el avance protestante, sino que agravaban la situación. Por ello dirá Teresa de Jesús: “nos ha de valer el brazo eclesiástico y no el seglar” (C 3,2). Ante esta situación, no sin luz del Espíritu Santo, su respuesta será: “procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios, que con tanto trabajo se han fortalecido con letras y buena vida y trabajado para ayudar ahora al Señor. Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón” (C 3, 2.5).

El beato Francisco Palau vivirá con gran lucidez esta lucha del carmelita contra el espíritu del mal. Como prescribe la Regla, toma las armas espirituales para luchar del modo más eficaz contra el espíritu del mal, de modo que alcance de Dios el perdón de los pecados de su pueblo, y su misericordia.

Cuando los eremitas latinos se establecieron en el wadi Es-siah del Monte Carmelo, para vivir una vida de oración, poco podían imaginar, que ellos, unos hombres sencillos sin ansias de posteridad ni grandes proyectos de futuro, que sólo quieren vivir al día una vida de soledad en unión íntima con Dios bajo la inspiración del profeta y en los mismos escenarios en los cuales él vivió, con un sincero amor a la Virgen María, pudieran dar a la Iglesia grandes santos y dar origen a una de las empresas espirituales más sugestivas de la historia humana.

     5. Dimensión Cristocéntrica

La vida de todo cristiano es seguimiento de Jesús, porque Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). La vida religiosa según el derecho Canónico «es seguimiento más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo» (can. 573). El Concilio así lo había definido: «La norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el Evangelio, ésa ha de tenerse por todos los institutos como regla suprema» (PC 2, a).

Ello nos lo recuerda san Alberto, Patriarca de Jerusalén, en el inicio de la Regla que nos ha legado: «Cualquiera que sea la Orden a que pertenezca o el modo de vida religiosa que hubiere elegido, haya de vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente, con corazón puro y buena conciencia» (n. 2).

      Cristo da sentido y plenitud a toda la vida del carmelita. En el contexto de la sociedad medieval, «vivir en obsequio de Cristo» significaba una situación de vasallaje respecto a su Señor. Jesús es el Señor de Tierra Santa, «feudo conquistado con su sangre, territorio sobre el que Él ejercía un poder indiscutible de “patrón” soberano»[6]. Los ermitaños latinos del Monte Carmelo, porción del feudo de Cristo, se propusieron una finalidad cristológica al vivir «in obsequio Iesu Christi», a modo de vasallos ante su «patrón» y reconociendo a Jesucristo como el «Señor del lugar». De este modo, los ermitaños que se habían enrolado al servicio del Señor Jesús le consagraban totalmente sus vidas. Él era el centro de su meditación, de la liturgia, su razón de ser y de existir.

Los ermitaños latinos del Monte Carmelo, porción del feudo de Cristo, se propusieron una finalidad cristológica, vivir «in obsequio Iesu Christi», a modo de vasallos ante su «patrón» y reconociendo a Jesucristo, como el «Señor del lugar». De este modo, los ermitaños que se habían enrolado al servicio del Señor Jesús, le consagraban totalmente sus vidas. Él era el centro de su meditación, de la liturgia, de su razón de ser y de existir.

          Toda la Regla está penetrada de la persona de Jesús: «Meditar día y noche en la ley del Señor y velando en oración» (n. 10). Cada día se reúnen para celebrar la Eucaristía (n. 14). Rezar las horas canónicas o la oración del Padrenuestro (n. 11). El ayuno que debían observar está regido por los misterios de la vida del Señor «Desde la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz, hasta el día de la Resurrección del Señor, ayunaréis todos los días, excepto los domingos» (n. 16).

6. Dimensión Mariana

La Regla también prescribe: «El oratorio, en cuanto cómodamente pueda hacerse, se construirá en medio de las celdas y allí os reuniréis de mañana todos los días para oír la santa misa, donde buenamente pueda hacerse» (n. 14). 

La elección de un titular de la iglesia comportaba una orientación espiritual, «ya que en la concepción feudal entonces reinante el que estaba al servicio de la iglesia estaba al servicio del santo al cual la iglesia estaba dedicada. Y entiéndase bien, en todo su valor, la palabra “servicio” (en latín servitium o también obsequium): significaba la traditio personae, es decir, ponerse completamente a disposición, consagración personal ratificada con juramento, y más cuando esto estaba sancionado con la profesión religiosa»[7].

La Regla dejaba libertad a los eremitas para escoger el titular del oratorio que desearan. En el mismo Monte Carmelo existía una abadía llamada de santa Margarita. Estos eremitas habrían podido escoger a cualquier santo, incluso al profeta Elías, como titular de su oratorio. Pero decidieron que la capilla fuera presidida por la Virgen María. Esta decisión tuvo para su vida y para el futuro de la Orden una importancia singular y decisiva que orientó la vida de los carmelitas, ya que marcará el carácter mariano de la Orden desde sus orígenes.

Sabemos que esta capilla estaba edificada a los pocos años. Así nos lo atestigua un itinerario de peregrinos titulado La Citez de Jerusalem, compuesto entre los años 1220-29, que describe así la montaña del Carmelo: «En la ladera de esta misma montaña hay un lugar muy bello y deleitoso, donde habitan unos ermitaños latinos llamados frailes del Carmen, donde hay una iglesia dedicada a Nuestra Señora»[8]. De esta pequeña iglesia dedicada a la Virgen tomaron los religiosos el nombre de “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo”. De este modo la primera iglesia se convertiría en la iglesia-madre de la futura Orden del Carmen.

Como hemos visto, la dedicación de la capilla a la Virgen María no fue una prescripción legal, sino un hecho de vida. El amor y la devoción que estos ermitaños profesaban a la Virgen María les movió a dedicarle su primera iglesia. Este hecho, en la mentalidad feudal significaba que se establecían unos lazos de vasallaje espiritual, ellos y todo lo suyo pertenecían a la Virgen María, como Dueña del lugar y de sus moradores. A su vez, ellos quedaban consagrados a la Virgen, se ponían a su total servicio y se comprometían a honrarla, confiando en que Ella los protegería como a cosa suya y se preocuparía vivamente de sus intereses.

De este modo, conscientes o no de ello, estos ermitaños latinos cumplían un sentido alegórico de las Sagradas Escrituras. El pasaje del profeta Isaías: «Le ha sido dado el esplendor del Carmelo» (Is 35,2), que la liturgia atribuye a la Madre de Jesús. Estos hermanos carmelitas harían posible que una porción del territorio de Palestina, que pertenecía todo él a Jesucristo por derecho de herencia y de conquista, fuera dado a su Madre, de modo que la Orden del Carmen y cada uno de sus miembros sería posesión personal tanto de Jesucristo el Señor como de María, su Santa Madre. Ambos, Jesucristo y la Virgen María, protegerían a la Orden del Carmen y a los carmelitas, y estos estarían para siempre a su servicio personal, hasta el grado de convertirse en el «santuario más íntimo que la Iglesia tiene», como siglos más tarde definiría el Carmelo Edith Stein.

7. Dimensión Eliana

    La Regla que les dio Alberto, Patriarca de Jerusalén, a los ermitaños latinos del Monte Carmelo no pone a san Elías como modelo de vida, sino a Cristo, pero Elías, como todo el Antiguo Testamento, nos revela a Cristo.

          Los eremitas en las largas horas de contemplación y meditación de la Palabra del Señor, y de las hazañas que el profeta Elías había realizado en aquel Monte en el cual habitaban, fueron interiorizando su persona y descubriendo en el profeta al luchador para defender la fe en el Dios verdadero, así como ellos habían dejado sus tierras para liberar la Tierra de su Señor del poderío musulmán. Pero también veían en él el ejemplo de un eremita que vive en presencia del Dios vivo, y experimenta la intimidad con Dios. Vitry, una de las primeras informaciones históricas que tenemos sobre estos eremitas, nos dice que «los moradores del Carmelo vivían a ejemplo y a imitación del santo solitario el profeta Elías»[9].

Los carmelitas se sienten herederos del celo por el Dios vivo del profeta Elías. Ello está consignado en el lema de su escudo. El P. Rafael M. López Melús ha sintetizado el carisma del Carmelo en: «Seguir a Cristo, imitar a María en el espíritu de Elías.» Seguir a Cristo es el único objetivo del cristiano. No solo imitarán a María, la mejor discípula de Jesús, sino que se pondrán bajo su poderosa protección. De la misma forma que el Espíritu Santo llevó a Elías a servir al pueblo de Israel, el carmelita está llamado a servir a la Iglesia desde una profunda intimidad con Dios. 

Elías es el prototipo de los profetas. Para la Orden del Carmen, el profeta Elías no es solo un modelo a imitar o en quien inspirarse, es mucho más, él hace comprensible la propia historia de la Orden y de cada uno de sus miembros.

El carmelita fiel a la voluntad de Dios es llamado a perpetuar los rasgos de Jesucristo que Elías, como figura de Cristo, encarnó: buscar la intimidad con Dios en la oración contemplativa, el celo por la gloria de Dios… De este modo, al haber conservado siempre la memoria de Elías y haberlo tenido como modelo y padre, el Carmelo aparece como la única Orden de la tradición cristiana cuyo carisma contiene raíces veterotestamentarias.

Si vemos la Orden del Carmen como un carisma, es decir, como un don que Dios hace a la Iglesia, la figura de Elías toma una trascendencia teologal de suma importancia. Podríamos decir, que la Divina Providencia ha querido perpetuar el espíritu que había concedido al profeta Elías en la Iglesia de Cristo, a través de la Orden del Carmen.

 Por ello, diversos elementos esenciales del espíritu de este gran profeta de Israel, se han encarnado en el Carmelo, para bien y belleza de la Iglesia, la esposa de Jesucristo.

Anunciaremos solo algunos de ellos: El carmelita es el que participa del doble espíritu de Elías, contemplación y acción; el que participa del don de Elías para discernir la presencia de Dios; el que goza de la intimidad con Dios, después de la noche oscura; el que lucha y defiende la justicia en nombre de Dios……

9. Dimensión Josefina

La Orden del Carmen no se contentó con honrar a la Virgen Santísima, sino que extendió su culto y veneración a su esposo José, a sus padres san Joaquín y santa Ana, así como también al Arcángel Gabriel. Todos ellos son los protectores del Carmelo, aunque san José es el protector Primario de la Orden.

 El insigne carmelita, Arnoldo de Bostio escribió en 1479 estas palabras que expresan la altísima estima y veneración que le tenían los carmelitas desde tiempo inmemorial: «Es nuestro amor a la santísima Virgen el que nos mueve a celebrar a sus padres y parientes. Así con todo el afecto de nuestro corazón, y con la mayor solemnidad posible»[10].  Desde el inicio, la Orden del Carmen, honra a san José, ensalza su virtud, se le invoca como patrono, se reza sus fiestas con culto muy solemne.

Posiblemente Teresa de Ahumada, aprendió a ser devota de san José en su familia. Lo cierto, como nos dice el P. Román Llamas: «desde su entrada en la Encarnación, esta devoción aparece pujante, viva y proselitista. Una devoción, hecha de experiencia, que es el compuesto de afecto, entrega, veneración, confianza y amor que le lleva a encomendarse muchas veces a él. Y el resultado de esta actitud múltiple, vivida día a día y con más intensidad en momentos de necesidad espiritual o corporal es que se da cuenta el que ha elegido a un santo lleno de bondad y de poder, experimenta que se relaciona con un padre suyo y su señor»[11].  

La confianza que tenía Doña Teresa de Ahumada en la ayuda poderosa de san José era total. Por ello no dejará de recibir gracias del santo Patriarca Su devoción tan sincera e intensa a san José la llevó a encomendarse a él especialmente en la gravísima enfermedad que sufrió a sus 25 años: “tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir» (V 6, 6). 

En otra ocasión comprenderá en su interior «Entendí  que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José;  porque muchas veces yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud» (CC 30). Pronto el Señor mismo le dará una misión en la que podrá honrar a san José y a la Virgen María.

Cuando el Señor instaba a Doña Teresa de Ahumada a fundar un monasterio que debía llamarse “san José”, y que sería la cuna de la Reforma del Carmelo Descalzo, llevaba a término un enriquecimiento del modo al que hasta entonces se había vivido tradicionalmente la devoción a san José en la Orden del Carmen.

Santa Teresa testifica lo que comprendió del Señor: «Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor…» (V 32,11).

Estas palabras del Señor y de la Virgen en el momento en que se le dan a la madre Teresa las directrices en los que se deberá fundamentar la nueva “reforma” de la Orden del Carmen que debe fundar, si las contemplamos en el marco del carisma de la Orden, podemos intuir el protagonismo que el Señor quiere que tenga san José en la vida y en las comunidades del Carmelo teresiano. Un protagonismo semejante al que ha tenido y tiene la Virgen María en la vida de la Orden del Carmelo.

La madre Teresa querrá que sus monasterios reproduzcan el colegio apostólico de Jesús, incluso en el número. En un inicio querrá que fueran comunidades con trece hermanas, en recuerdo de Jesús y los doce apóstoles. En la que todas deberán aprender de Jesús, el Maestro por excelencia, y hacer vida los preceptos evangélicos. De ahí precisamente su definición de la comunidad como «pequeño colegio de Cristo» (CE 20,1), o su identificación con la casa de Betania, donde se vive a Cristo (CV 17, 5-6).  

Pero será Jesús quién querrá, que en el monasterio de San José de Ávila, cuna de la Descalcez, se viva la vida que El vivió en Nazaret. Los carmelitas teresianos, de forma análoga a como lo hizo Jesús en Nazaret, son invitados a pedir todo lo que necesiten, -sea espiritual o material-, a la Virgen María y a san José. Ellos proveerán de todo lo necesario, así como la luz que se precise para sortear las dificultades que puedan surgir e impedir el desarrollo del Carmelo Descalzo para bien de la Iglesia.

  La petición del Señor de honrar a la Virgen y a san José será plenamente acogida por la madre Teresa de Jesús. Toda su vida se esforzará para que esta experiencia del Espíritu sea acogida por sus hijas e hijos.

Nunca dejará de exhortar a sus monjas: «Sean devotas de San José que puede mucho» (CC 38). En los Avisos, a sus monjas, les instará: «Aunque tengan muchos santos por abogados, séalo particular de san José, que alcanza mucho de Dios» (n. 65).  Santa Teresa de Jesús fue fiel en encomendar al Santo Patriarca todas las necesidades de la obra fundacional que el Señor le confió. Por parte de san José no hubo quiebra en ayudarla en todas las necesidades. Experimentará incluso místicamente su presencia. Testificará Isabel de la Cruz en el proceso de Salamanca: «Era particularmente devota de san José y he oído que se le apareció muchas veces y andaba a su lado»[12].

    Si lo contemplamos desde el ámbito del carisma.  El texto más completo del Magisterio que nos habla del carisma de un fundador, nos dice: «El ca­risma mismo de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípu­los para ser por ellos vivida, custo­diada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el cuerpo de Cristo en crecimiento pe­renne» (Mutuae relationes, 11)

    El itinerario espiritual de la Santa Madre Teresa es nuestro propio itinerario espiritual. Por ello, todos a los que el Espíritu ha derramado el mismo carisma que a Santa Teresa de Jesús, debemos obrar como ella obró. Para progresar hacia la unión con Dios, la Madre Teresa tuvo necesidad de encomendarse con toda confianza a la Virgen María y a san José, y dejarse educar por ellos, que la llevaron a amar en tal modo a Jesús  y hacer su voluntad, que fue ingresada en la morada donde vive Dios Trinidad.

   Si queremos vivir su historia de salvación, no importa si ahora somos fieles o no, lo que verdaderamente importa es que invoquemos a la Virgen y a san José y nos dejemos educar por ellos, para que nos lleven a puerto de salvación que es la vida trinitaria. Porque solo María y José  nos pueden alcanzar las gracias que necesitamos para  desapegarnos de todo lo que impide nuestra unión con Dios, amar a Jesús y realizar en todo su voluntad, en tal modo que se vea obligado a cumplir su palabra (Jn 14, 23), introduciéndonos en la morada donde habita Dios Trinidad.


[1] Cf. Biblia, Fundació Bíblica catalana, nota a Ex 3, 14, pág. 87.

[2] R. García Villoslada, S. I., Historia de la Iglesia Católica, II, Ed. Cristiandad, Madrid 1953.

[3] Pedro Ortega García, Historia del Carmelo Teresiano, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1996, 14.

[4] En el presente escrito usaremos el término «Regla» para designar la «fórmula de vida» dada por Alberto, Patriarca de Jerusalén, para facilitar la exposición.

[5] Dice el Corán “Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores [cristianos] dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! (su 9, 5).»Matadlos hasta que la persecución no exista y esté en su lugar la religión debida solo a Allah» (su 2,189/193). La paz sólo puede venir con la rendición y la sumisión a Allah.

[6] N. Geagea, María Madre y Reina del Carmelo. La devoción a la Virgen del Carmelo, durante los tres primeros siglos de su historia, (Col. Estudios M. Carmelo n. 11). Ed. Monte Carmelo, Burgos 1989, 503.

[7]L. Saggi “Santa María del Monte Carmelo” en Santos del Carmelo, L. Carmelitana, Ed. de Espiritualidad, Madrid 1972, 156.

[8] Citado por A. M. Forcadell, O. Carm, La fiesta del Carmen, Historia y liturgia, Amacar, Onda 1985, 32-33.

[9] Joseph Baudry et alii, El profeta Elías, Padre de los Carmelitas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1998, 109.

[10] Arnoldo Bostio, De Patronatu Virginis.  Lb. II, cap. XIII, 1. Apund León de san José, El culto de san José y la Orden del Carmen, pp. 75-76. Citado por Román Llamas, “El Oficio divino de san José de los carmelitas (1480, Bruselas)” El mensajero de san José, 572 (julio- agosto 2018) 8-9.

[11]Román Llamas, San José, 37.

[12] BMC XVIII, 31; cf.18, 36. Justamente la expresión de la Santa para significar la presencia continua de Cristo, al que «estar siempre al lado derecho sentíalo muy claro» (V 27,2). Ibid., 40.

El Espíritu Santo en los escritos de los Santos

El Espíritu Santo en los escritos de los Santos

El desarrollo de la vida cristiana, no es otra cosa «que un proceso de progresiva incorporación a la vida divina como fruto de la acción del Espíritu Santo»[1]. La santificación se atribuye de forma particular al Espíritu Santo, ya que todo lo que toca el Espíritu Santo queda santificado y transformado (Cirilo de Jerusalén).  El Espíritu Santo promueve la vida interior de los bautizados en Cristo. Conduce las almas hacia la madurez interior, y desde lo íntimo del hombre renueva la faz de la tierra. Para la maduración del hombre interior es imprescindible la vida de oración, que se halla en estrecha dependencia con los dones del Espíritu Santo, que sensibilizan al alma para captar la presencia amorosa de Dios y entablar una verdadera relación de amistad[2].   

Para favorecer el desarrollo pleno de la vida cristiana, se ha realizado esta antología de escritos sobre el Espíritu Santo referidos a su acción sobre el bautizado, de Santos de todas las épocas históricas, desde el siglo II hasta el siglo XX. De los más diversos lugares geográficos del mundo: África, América, Asía y Europa. Estos Santos pertenecen a todas las instancias eclesiales (Papa, Obispos, Presbíteros, monjes, religiosas de vida contemplativa, religiosos y religiosas de vida apostólica, que encarnan las diversas espiritualidades de la Iglesia). Algunos de ellos son Doctores de la Iglesia. Aunque no se ha iniciado el proceso de beatificación, incluimos a Josefa Javiera del Valle, laica, por la calidad de sus escritos místicos sobre el Espíritu Santo.

 Todos los Santos nos dan testimonio que el Espíritu es una fuerza que transforma el interior del hombre y de la mujer. La luz que nos aportan los Santos a través de la experiencia que han hecho del Espíritu, y que nos han comunicado a través de sus escritos es muy rica en matices. Pero todos dan testimonio que es el Espíritu es quien nos santifica, de forma que adquiramos los caracteres de Jesucristo, sien­do cristificados por la gracia.

La principal misión del bautizado es no poner obstáculos a la acción santificadora del Espíritu y secundarla, de for­ma que avancemos por el camino de la santidad. Para ello, habremos de purificar el corazón, y quitar todo estorbo a la acción del Espíritu de Dios en nosotros. Lo prioritario ante todo es no pecar, pues el pecado mortal expulsa al Espíritu, el pecado venial consentido, debilita su acción santificadora. La otra condición es suplicar a Dios el don de la humildad, pues como nos recuerda San Agustín, solo en el humilde encuentra el Espíritu capacidad de acogida.

Dirá San Serafín de Sarov: “La verdadera finalidad de nuestra vida cristiana con­siste en la adquisición del Espíritu de Dios”.   Para atraer al Espíritu de Dios para que tome posesión de nosotros, nos enseña San Juan de Ávila, además de tener la casa limpia, es necesario lo tengamos en gran valor “sintamos grandemente de Él”. A su vez, sintamos hambre de él, deseo de Él, y lo invoquemos sin desmayo con la certeza de que vendrá, si se tarda, esperarlo pues llegará (cf. Hab 2, 3), perseverando en la espera, se ensanchará el corazón para poderlo recibir.

Este es el objetivo de esta antología de textos de treinta “Santos” sobre el Espíritu Santo, acrecentar el hambre de invocarlo hasta que tome posesión de nosotros. Luego fieles a sus mociones nos dejemos cristificar, de modo que el Padre reconozca en nosotros los rasgos de su Hijo, lo amemos con su mismo Amor y hagamos su voluntad, de modo que Jesucristo deba cumplir su promesa: “El que me ama hace caso a mi palabra; y mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él” (Jn 14, 23). Sea Cristo quien nos introduzca en la morada más íntima del alma, donde habita Dios Trinidad, de modo que participemos de su misma vida intradivina de amor. Imbuidos de su amor misericordioso participemos de la misión redentora del Hijo y santificadora del Espíritu, que contribuirá a la transformación de la humanidad y de la Iglesia según Dios.

San Ireneo (130-220)

«Los hombres estériles en frutos de justicia y como ahogados entre espinas, si se cuidan diligentemente y reciben a modo de injerto la Palabra de Dios, recobran la naturaleza original del hombre hecha a imagen y semejanza de Dios. […] El hombre que recibe el injerto de la fe y acoge al Espíritu de Dios, no pierde su condición carnal, pero cambia la calidad del fruto de sus obras y recibe un nombre nuevo que expresa su cambio en mejor, llamándole ya no carme y sangre, sino hombre espiritual.

[…]  En el tiempo presente recibimos sólo una parte de su Espíritu, para ir perfeccionándonos y adaptándonos de antemano a la incorrupción, acostumbrándonos paulatinamente a alcanzar a Dios y a llevarlo. Esto es lo que el apóstol llamó arras: “Habéis quedado marcados con el Espíritu Santo de la promesa, que es arras de nuestra herencia” (Ef 1, 14). […] Porque si las arras, envolviendo completamente al hombre, ya le hacen exclamar: ¡Abbá, Padre!, que hará la totalidad de la gracia del Espíritu que Dios dará a los hombres? Nos hará semejantes a El, y llevará a cumplimiento la voluntad del Padre, pues hará al hombre a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26)»[3]

San Cipriano (200-258)

Del testimonio autobiográfi­co de san Cipriano de Cartago: «Estaba atado a los muchísimos vicios de mi vida pasada y ni siquiera creía que pudiera librarme de ellos… Pero llegó la ayuda del agua que regenera. Que­dó borrada la corrupción de la vida anterior y se derramó de lo alto una luz en mi alma purificada y cambiada. Recibí del cielo el Espíritu y a través de un segundo nacimiento me convertí en un hombre nuevo. Después de aquello, todas las dudas que tenía se convirtieron en certeza de una manera que no sabría describir…    

Comprendí que empezaba a pertenecer a Dios todo lo que había animado el Espíritu… No hay medida ni límite alguno en la fruición de los dones de Dios, a diferencia de lo que ocurre con los bienes terre­nos. El Espíritu se derrama en abundancia y no se ve limi­tado por ningún confín, ni frenado por ninguna barrera que lo encierre o lo frene dentro de unos límites estrechos. Eli Espíritu mana continuamente y fluye en abundancia; lo único que se necesita es que nuestro corazón tenga sed y se abra… El Espíritu que hemos recibido actúa con su poder, ya que participamos de una nueva vida»[4].

San Cirilo de Jerusalén (315-386)

«El Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad. Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.

Se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría,; ilustra la mente de otros con el don de profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios, a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro le prepara para el martirio.  El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto a sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para bien común.

Llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma, primero de quien lo recibe, luego, mediante éste, las de los demás»[5].

San Basilio de Cesarea (330-379)

«Es llamado Es­píritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. […] Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.

Aunque inaccesible por naturaleza, se deja compren­der por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no cier­tamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, si­no distribuyendo su energía según la proporción de la fe.

Simple en su esencia y variado en sus dones, está ínte­gro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él perma­nece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstan­te, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la natura­leza de la criatura, pero no en la proporción con que e podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos se vuelven espirituales.  […]    Las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plena­mente espirituales y transmiten la gracia a los demás»[6].

San Gregorio de Nisa (330?-400?)

«El Espíritu, rico y generoso, se difunde en aquellos que han recibido esta gracia. […] En aquellos que han recibido sinceramente este don, el Espíritu permanece según la medida de la fe de cada uno de los que lo han recibido. Cooperando e inhabitando, edifica el bien de cada uno de ellos conforme al esfuerzo del alma en las obras de la fe, como lo indica esta palabra del Señor: quien ha recibido aquella mina la ha recibido para trabajar, esto es, la gracia del Espíritu Santo ha sido dada a cada uno para el provecho de quien la ha recibido y para su aumento. […]

Reciben por la gracia del Espíritu los bienes que están por encima de la naturaleza; cosechan con alegría indecible y ponen en práctica sin fatiga el amor sencillo y recto, la fe inconmovible, la paz firme, la bondad verdadera y todas las demás cosas por las que el alma, hecha mejor que ella misma y más poderosa que la maldad del enemigo, se ofrece a sí misma como mansión para el Espíritu adorado y santo del cual recibe la paz inmortal de Cristo; por esta paz, el alma se une y se adhiere al Señor»[7]

San Agustín de Hipona (354-430)

«El Espíritu Santo nos con­vierte de multiplicidad en unidad, se le apropia por la humil­dad y se le aleja por la soberbia. Es agua que busca un cora­zón humilde, cual lugar cóncavo donde detenerse; en cambio, ante la altivez de la soberbia, como altura de una colina, re­chazada, va en cascada. Por eso se dijo: Dios resiste a los so­berbios y, en cambio, a los humildes les da su gracia (St 4, 6). ¿Qué significa les da su gracia? Les da el Espíritu Santo. Llena a los humildes, porque en ellos encuentra capacidad para recibirlo»[8].

«Si quieres vivir del Espíritu Santo, guardad la caridad, amad la verdad, mantened la unidad para llegar a la vida perdurable[9]. El que ama tiene al Espíritu Santo, y teniéndolo merece tenerlo más, y teniéndolo más, puede amar más. […] Sin el Espíritu Santo no podemos nosotros amar a Cristo ni guardar sus mandamientos. Podemos hacerlo tanto más cuanto más percibamos al Espíritu Santo[10]. Si entre los dones de Dios ninguno hay más excelente que el amor, y el Espíritu Santo es el don más exquisito de Dios»[11].

San Cirilo de Alejandría (370/3-444)

«Mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial, continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza: «Abba, Padre», y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu. Este mismo Espíritu transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en que habita y tiene su morada. […] 

No es difícil percibir como transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu. Sin duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo»[12].

San Gregorio Magno (540-604)

«Dios viene y hace mansión en el corazón del que ama verdaderamente y observa sus mandamientos, y de tal manera es penetrado por el amor de la Divinidad, que no se desprende ni separa de él ni aun en tiempo de tentación. […] El amor de Dios jamás se encuentra ocioso, y obra grandes cosas si existe en nosotros: pero, si rehusamos obrar bien, señal es de que carecemos de él.  […] El Espíritu Santo suplica, porque inflama con su amor a los que ha llamado, para que pidan y supliquen. […]

Con razón se apareció el Espíritu Santo bajo la forma de fuego, porque el fuego aleja de los corazones la indolencia y la frialdad y los enciende en el deseo de la eternidad. […] El Espíritu Santo se apareció bajo la forma de paloma y de fuego porque a todos los que llena los hace sencillos y los anima a obrar. Los hace sencillos con la pureza y los anima con el celo […]  Como quiera que este Espíritu enseña la rectitud y la sencillez, debió manifestarse bajo la forma de fuego y bajo la de paloma, a fin de que todo corazón tocado con su gracia sea pacífico con la mansedumbre y se estimule por el celo de la justicia. […]  

Nadie atribuya al predicador lo que le oye, porque, si el Espíritu Santo no estuviere en el interior del que enseña, su lengua se ocuparía en vano de exhortar al bien.  Ved. Pues, que todos estáis escuchando ahora la misma voz y no todos percibís el mismo sonido.  Luego, no siendo distinta la voz, ¿por qué perciben distinto sonido los que la escuchan, sino porque hay un maestro interior que enseña de una manera especial a algunos, para que entiendan lo que dice el predicador […]   

¡Oh, qué artífice es este Espíritu! No se tarda en aprender lo que quiere. Inmediatamente que toca nuestra mente, enseña, y sólo haber tocado es haber enseñado ya. Inmediatamente que ilustra el alma, la transforma»[13].

San Bernardo de Claraval (1090-1153)

«Si deseas que Dios te lleve a su intimidad, procura que el Espíritu Santo dirija tu propia vida y el espíritu de rectitud tus relaciones con el prójimo […] Los pensamientos retorcidos alejan de Dios: por eso debemos pedir un corazón puro; y esto se realizará si nos renovamos interiormente con espíritu firme. Este espíritu recto lo podemos referir al Hijo, que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo. Renueva las entrañas de nuestra mentalidad para que pensemos rectamente y nos rijamos por un espíritu nuevo, no por un código anticuado  […]   El es quien nos inspira buenos pensamientos y nos enseña a ponerlos en práctica, para que la gracia de Dios no sea estéril en nosotros. […] El es quien nos concede lo que pedimos, y la gracia para pedirlo. Nos alienta con una santa esperanza, y hace que Dios se incline compasivo hacia nosotros»[14].

San Francisco de Asís  (1181.2-1226)

 «Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo[15]. Os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio[16]. Santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios[17].

Interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén»[18].

Santa Catalina de Siena  (1347-1380)

«“El servidor de mi clemencia, el Espíritu Santo”. “Yo soy [el Padre] la mesa; mi Hijo, la comida, y el Espíritu Santo, que procede de mí y del Hijo, el servidor. […] El Espíritu, esto es, el efecto de mi caridad, es el camarero que reparte los dones y las gracias”.

 “Este servidor, el Espíritu Santo que les he dado por disposición mía, viste, alimenta y embriaga al alma de dulzura y le da grandes riquezas. Todo lo que abandonó lo vuelve a encontrar: se despojó totalmente de mí, y se encuentra vestido de mí”.

“El Espíritu Santo es en nosotros nuestro servidor, porque nos reparte esta doctrina, iluminando nuestro entendimiento e induciéndonos a que le sigamos. Igualmente, nos administra la caridad del prójimo y el hambre del manjar de las almas y de la salvación de todo el mundo por honor a ti”»[19].

«¡Oh Espíritu Santo!, ven a mi corazón y con tu poder llévalo a ti, y dame caridad con temor. Cristo, li­brante de todo mal pensamiento y caliéntame con tu santísimo amor. Padre y dulce Señor mío, ayúdame en todos mis deberes»[20].

San Juan de Ávila (1500-1569) 

«Lo primero que conviene para que el Espíritu Santo venga a nuestras ánimas, es que sintamos grandemente de Él y que crea- mos que puede hacer mucho. Por desconsolada que esté un áni­ma, basta El a consolarla; por pobre que esté, a enriquecerla; por tibia que esté, a encenderla; por flaca que esté, a inflamarla en ardentísima devoción. ¿Remedio para que venga el Espíritu San­to? Sentir de Él muy magníficamente. Y así dice hablando de la grandeza del Espíritu Santo: El poder de Dios es muy grande, y de solo los humildes es honrado. […]    

No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de Él, si no tienes deseo de Él. Y los deseos que tienes de Dios, aposen­tadores son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, que presto vendrá  a ti. No te canses de desearlo, que, aunque te parez­ca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo, y no te faltará. Hermano, ten confianza en Él, que, aunque no viene cuando tú le llamas, Él vendrá cuando vea que te cumple. Porque debes, hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aun no tienes el deseo que conviene para recebir tal Huésped. Y si no viene, no es porque no quiere venir, no es porque lo tiene olvidado, sino para que perseveres en este deseo, y perseverando hacerte capaz de Él, ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de su parte te certifico que nadie lo llama que salga vacío de su consolación.

No sólo lo hemos de desear, pero hemos de aderezar la casa limpia.  […]   no tengáis malos pensamientos, ni malas palabras, ni malas obras, y que estéis adornados de las virtudes, porque el Huésped que esperáis es limpísimo en gran manera?  […]  por los merecimientos de Jesucris­to se da el Espíritu Santo, no ceses de pedirlo, no dejes de de­searlo con gran deseo, sintiendo de Él que vendrá a tu ánima, y será tanto consuelo para ti que nadie bastará a quitártelo. Apa­reja tu posada, apareja la comida para este Huésped, pues tan bien la merece y tantas obligaciones le tienes; hagamos muchas limosnas a los pobres; hagamos misericordia a nuestros prójimos; abstengámonos de todo pecado […] todos estemos con verdadera confianza, que por su misericordia vendrá en fue­go de amor, fortalecerá nuestros corazones y darnos ha sus dones»[21].

Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

«Estando un día muy penada por el remedio de la Orden, me dijo el Señor: “Haz lo que es en ti y déjame tú a Mí y no te inquietes por nada; goza del bien que te ha sido dado, que es muy grande; mi Padre se deleita contigo y el Espíritu Santo te ama»[22].  […]  Después de esto quedéme yo en la oración que traigo de estar el alma con la Santísima Trinidad, y parecíame que la persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me dijo, mostrándome lo que quería: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?”»[23].    

«Entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor[24]. Paréceme a mí que el Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos, que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está. ¡Oh Señor, qué son aquí las misericordias que usáis con el alma! Seáis bendito y alabado por siempre, que tan buen amador sois. ¡Oh Dios mío y criador mío! ¿Es posible que haya nadie que no os ame?»[25]

San Juan de la Cruz (1542-1591)

«La sequedad de espíritu es también causa de impedir al alma el jugo de suavidad interior […]  cerrándole la puerta por medio de la continua oración y devoción. La segunda cosa que hace es invocar al Espíritu Santo, que es el que ha de ahuyentar esta sequedad del alma y el que sustenta en ella y aumenta el amor del Esposo, y también ponga el alma en ejercicio interior de las virtudes, todo a fin de que el Hijo de Dios, su Esposo, se goce y deleite más en ella, porque toda su pretensión es dar contento al Amado. […] Espíritu Santo, el cual dice que recuerda los amores; porque, cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva y recuerda la voluntad, y levanta los apetitos (que antes estaban caídos y dormidos) al amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella. […] 

Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, […]  porque el alma, unida y transformada en Dios, aspira en Dios a Dios la misma aspiración divina que Dios, estando ella en él transformada, aspira en sí mismo a ella»[26].

Santa María Magdalena de Pazzi  (1566-1607)

«El Espíritu es el dispensador de los tesoros que están en el seno del Padre y el tesorero de los consejos que se intercambian el Padre y el Verbo. […]. Del seno del Padre extrae el poder con dones más numerosos que las estrellas del cielo. Del costado del Verbo saca un amor ardiente, más abundante en frutos que la primavera en flores…. Del corazón del Verbo saca una íntima pureza, más luminosa que un agua limpidísima. […]. Las cataratas del cielo están siempre abiertas para derramar la gracias, pero nosotros no tenemos abierta la boca del deseo para recibirla…. Oh, ¡qué abierto está el cielo para enviarlo! […]. ¡Ven, ven, oh Santo Espíritu!… ¡Venga la unión del Padre, la complacencia del Verbo, la gloria de los ánge­les! ¡Tú eres, oh Espíritu de verdad, premio de los san­tos, refrigerio de las almas, luz de las tinieblas, riqueza de los pobres, tesoro de los que aman, saciedad de los hambrientos, consuelo de los peregrinos; tú eres aquel en el que está contenido todo tesoro!» […]. «El Espíritu ha venido con toda la plenitud de sus do­nes y ha entrado en mi corazón… Pero no me basta que descanses solamente en mí: te ruego que te infundas también en las otras esposas tuyas, elegidas y amadas, y en todas las demás criaturas…»[27]

San Serafín de Saraov (1754-1833)

«La verdadera finalidad de nuestra vida cristiana con­siste en la adquisición del Espíritu de Dios, mientras que la ora­ción, las vigilias, el ayuno, la limosna y las demás acciones vir­tuosas hechas en nombre de Cristo no son más que medios para adquirirlo. […] La adquisición del Espíritu Santo es también un capital, pero un capital eterno, dispensador de gracias; […] Procurad obtener bienes celestiales negociando con las mercancías terrenas. Esas mercancías terrenas no son más que las acciones virtuosas hechas en nombre de Cristo y que nos proporcionan gracia del Espíritu Santo. […]

Comercia espiritualmente con la virtud. Distribuye los dones de la gracia a quien te los pida, inspirándote en el siguiente ejemplo: un cirio encendido enciende otros cirios, sin perder por ello su esplendor, para que ellos iluminen otros lugares. […] Las riquezas de la tierra disminuyen cuando se reparten pero la riqueza celestial de la gracia no hace más que aumentar en aquel que la propaga […]

En cuanto a nuestros diferentes estados de monje y de laico, no os inquietéis. Dios busca, ante todo, un corazón lleno de fe, en El y en su único Hijo, el cual envía desde lo alto, como respuesta, la gracia del Espíritu Santo. El Señor busca un corazón lleno de amor por El y por el prójimo; Hay allí un trono sobre el cual El ama sentarse y donde aparece en la plenitud de Su gloria “Hijo, dame tu corazón, y el resto, yo te lo daré aumentado” (Pr 23, 26). El corazón del hombre es capaz de contener el Reino de los Cielos»[28].

Santa Joaquina de Vedruna (1783-1854)

«Amadas hijas, confío que habréis vivido las fiestas de Pascua de Resurrección con tranquilidad y alegría. Ahora, por tanto, hemos de confiar y procurar con nuestras obras que el Señor permanezca con nosotras. Tengamos una fe muy viva, y así como El se hacía presente durante las conversa­ciones que los santos apósto­les tenían acerca de la resurrec­ción del Maestro, también es­tará con nosotras si nuestros pensamientos, palabras y obras, tienden siempre a agradar a nuestro Dios y Señor. Que todo contribuya a prepararnos, pa­ra que en la próxima pascua del Espíritu Santo, seamos par­tícipes de los dones y gracias que el divino Espíritu concede a quienes están mejor dispues­tos. […] Si sois humildes, no lo dudéis, amadas hijas, el Espíritu Santo hallará la morada de vuestros corazones bien preparada. […] Ojalá de tal manera penetrara el amor de Dios, que nunca jamás pudiera salir, como lo desea vuestra madre espiritual»[29].

 «Carísimas y amadas hijas, madre María y hermana Rosa: Me figuro que habréis pasado unas felices pascuas del Espí­ritu Santo; el nuevo padre con­fesor os habrá puesto al día y preparado bien para recibir los dones y gracias del divino Es­píritu; vuestros corazones se habrán inflamado y de esta manera correréis a mayor per­fección, dejáreis lo terreno y todo será espiritual. Si correspondéis bien a la gracia, el mismo Señor os enseñará, porque recogidas en la oración, os manifestará su grande amor. Y si tenéis deseo de corresponder al amor de Dios, suplicaréis sin cesar a fin de que os inflame en el fuego del amor puro. Si, amadas hijas, sólo el amor de Dios se encuentra siempre, lo demás todo pasa; busquemos, pues, lo que siempre dura: amor y más amor, como deseo para mí y para todas mis hijas amadas»[30].

San Juan María Vianney  (1786-1859)

«El Espíritu Santo es una luz y una fuerza. Es él el que nos hace distinguir la verdad de la falsedad, el bien del mal. Como estas lupas que agrandan los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal «en grande». Con la Espíritu Santo, todo lo vemos «en grande»: vemos la grandeza de las más pequeñas acciones hechas para Dios, y la grandeza de las faltas  más pequeñas … Sin el Espíritu Santo, somos como una piedra del camino. Toma en una mano una esponja empapada de agua y en la otra una piedrecita; apriétalas igualmente. No saldrá nada de la piedrecita, y de la esponja verás salir agua en abundancia. La esponja es el alma llena del Espíritu Santo; y la piedrecita es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no habita.

El Espíritu Santo es el que forma los pensamientos en el corazón de los justos y el que engendra las palabras en su boca. Quienes tienen el Santo Espíritu no producen nada malo; todos los frutos del Espíritu Santo son buenos … Cuando se tiene el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se baña en el amor divino.

Los sacramentos que Nuestro Señor ha instituido no nos habrían salvado sin el Espíritu Santo. La muerte misma de Nuestro Señor nos habría sido inútil sin él. Por ello Nuestro Señor dijo a los Apóstoles: “Os conviene  que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Era necesario que el descendimiento del Espíritu Santo viniera a hacer fructificar esta cosecha de gracias. Es como un grano de trigo; lo echáis en la tierra, ¡está bien! Pero necesitan el sol y la lluvia para hacer germinar y crecer en espiga. Habría que decir cada mañana: “Dios mío, envíame tu Santo Espíritu que me haga conocer quién soy yo y quien sois Vos”»[31].

Beato Francisco Palau  (1811-1872)

«Enviad a mi corazón este divino Espíritu y él pedirá en mí, él me enseñará lo que he de pedir, cómo y cuándo he de pedir, y a más él me dará fuerzas para perseverar en la demanda hasta haber alcanzado lo que quería pedir. […] Señor Dios mío, Vos sois el Espíritu que dais vida, que ilumináis y coadunáis los miembros del cuerpo místico de Jesucristo. Vos sois el Espíritu que con gemidos inenarrables pedís en nuestros corazones [Rm 8,26] el remedio de las necesidades de la Iglesia. Sólo alcanzamos cuando Vos sois el que pedís en nosotros. Sólo tienen nuestros deseos, suspiros y lágrimas un valor inestimable cuando proceden de Vos y sois Vos el que los inspiráis.

El hombre ni sabe pedir, ni el qué, ni cuándo. Sólo pide bien cuando Vos le hacéis pedir. Venid, pues, oh santo Espíritu, y vivificad mi corazón. Dirigid Vos mi voluntad y deseos. Desplegad Vos los labios de mi alma y enseñadla a hablar con su Dios. Hablad y pedid Vos en mí para que salga con mi pretensión… Sed Vos el que pidáis en mí al Hijo. Jesús me envía a su Padre a que le pida gracias. Y ¿cómo iré yo al Padre si Vos no me lleváis de la mano? ¿Qué pediré si Vos no me lo inspiráis? Ea, pues, Veni, Sancte Spiritus»[32].

Santa María de Jesús Crucificado (1846-1878)

Tenía una devoción extraordinaria al Espíritu Santo, en sus labios afloraba muy a menudo esta oración que le fue revelada:

«Espíritu Santo, inspírame; Amor de Dios consúmame; en el verdadero camino, condúceme. María, mi Madre, mírame; con Jesús, bendecidme. De todo mal, de toda ilusión, de todo peligro, presérvame».     

Jesús se valdrá de ella para propagar la devoción al Espíritu Santo, un día le dirá: «Si tú quieres buscarme, conocerme y seguirme, invoca la luz del Espíritu Santo que ilumina a mis discípulos y ilumina a todos los pueblos que lo invocan. Yo os digo con toda verdad: Quien invocará el Espíritu Santo, me buscará y me encontrará, y será por el Espíritu Santo que me encontrará. Su conciencia será delicada como la flor de los campos. Si es un padre o una madre de familia, la paz reinará en su familia y su corazón estará en paz en este mundo y en el otro; él no morirá dentro de la oscuridad, sino en la paz. Yo deseo ardientemente que los sacerdotes celebren cada mes una misa en honor del Espíritu Santo. Quien la diga u oiga será honrado por el mismo Espíritu Santo, él tendrá la luz, el tendrá la paz. El curará los enfermos, él despertará a los que duermen»[33].

Francisca Javiera Josefa del Valle (1856-1930)

«Padre amantísimo!, como habla y pide una hija,  yo os comunico a Vos, Padre dulcísimo y amabilísimo, la grande pena de mi corazón y el ardiente deseo que ya tantos años tiene mi alma, y mi pena el que no es conocida la tercera Persona a quien todos llamamos Espíritu Santo, y mi deseo es que le conozcan todos los hombres, pues es desconocido aun de aquellos que te sirven y te están consagrados.

Envíanosle, amantísimo Padre, que el mundo no le conoce; envíale como Luz que ilumine las inteligencias de todos los hombres, y como fuego, y el mundo será todo renovado.

¡Ven, Santo y Divino Espíritu! ¡Ven como Luz, e ilumínanos a todos! ¡Ven como fuego y abrasa los corazones, para que todos ardan en amor divino! Ven, date a conocer a todos, para que todos conozcan al Dios único verdadero y le amen, pues es la única cosa que existe digna de ser amada. Ven, Santo y Divino Espíritu, ven como Lengua y enséñanos a alabar a Dios incesantemente, ven como Nube y cúbrenos a todos con tu protección y amparo. ¡Ven como Lluvia copiosa y apaga en todos el incendio de las pasiones!, ¡Ven como suave Rocío y como sol que nos calienta, para que se abran en nosotros aquellas virtudes que Tú mismo plantaste en el día en que fuimos regenerados en las aguas del Bautismo. ¡Ven como agua vivificadora y apaga con ella la sed de placeres que tienen todos los corazones!; ¡Ven como Maestro y enseña a todos tus enseñanzas divinas y no nos dejes hasta no haber salido de nuestra ignorancia y rudeza! ¡Ven y no nos dejes hasta tener en posesión lo que quería darnos tu infinita bondad cuando tanto anhelaba por nuestra existencia! Condúcenos a la posesión de Dios por amor en esta vida y a la que ha de durar por los siglos sin fin. Amén»[34].

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

 El Espíritu Santo es el Amor que da vida a la Iglesia, es su alma. Santa Teresa del Niño Jesús participará de esta misión del Espíritu Santo.

«La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre… […] ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…! […] En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo..»[35]

En fuego en santa Teresa de Lisieux, será el símbolo por excelencia para indicar la acción del Espíritu Santo en cuanto a fuego transformador que la une a Cristo y la lleva a la plenitud de la vida divina, que se desbordará en la Iglesia.

«Jesús mío, yo te amo, me abrasa con su fuego tu Espíritu de Amor. Amándote yo a ti, atraigo al Padre, mi débil corazón se entrega a El sin reserva»[36]. «Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a El que sea El quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego del amor, con mayor fuerza diré “Atráeme”; y que cuanto más se acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado. Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva»[37].

Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)

Son muy ricas las referencias que Santa Isabel de la Trinidad hace del Espíritu Santo en sus escritos. Solo recordamos aquí su “Poesía de Pentecostés” que es una síntesis de su pensamiento.

Con tus llamas ardientes y puras/ dígnate, Espíritu Santo, abrasar mi alma; / consúmela en el amor divino. / Oh Tú a quien invoco cada día!

Espíritu de Dios, brillante luz, / Tú que me colmas de favores/ y me inundas también de tus dulzuras / quema, redúceme a la nada toda entera.

Tú que mi vocación me has otorgado, / condúceme también a la unión íntima, interior, a aquella vida / toda centrada en Dios, que tanto ansío. […]  Espíritu Santo, Bondad, Belleza suma, / Tú, a quien adoro y a quien amo, / consume con tu fuego divino / mi cuerpo, mi corazón, toda mi alma. / A esta esposa [de] la Trinidad / que sólo ansía hacer su voluntad”.[38]

Beato Tito Brandsma (1881-1942)

«Como una Madre entre sus hijos […].  Les recuerda las pala­bras de Jesús que lleva guardadas en su corazón. Los anima a una oración de confianza, para que el Espíritu Santo venga a re­novarlos y transformarles los corazones. ¡Ojalá tuviéramos las disposiciones debidas! Oír a María. También a nosotros nos dirige sus palabras. So­mos también apóstoles que tenemos necesidad del Espíritu Santo, pero es necesario que el amor reine en nuestros corazo­nes y que nos entreguemos totalmente a Dios, si queremos que en ellos encuentre lugar. Nuestro corazón no será digno de recibirlo, a no ser que nos dispongamos a oír sus inspiraciones. […] Somos hijos de Dios y de María, Ella es nuestro refugio y nuestra esperanza. Querremos orar con Ella para recibir, por su intercesión, el Espíritu Santo, el cual nos transforme en hombres nuevos y diferentes.  […] Nuestra Señora trajo al mundo el Fuego que ha de inflamarlo. Que se encienda y arda también en nosotros»[39].

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) (1891-1842)

«Amor servicial es el de este Acompañante que viene en ayuda a todas las criaturas para llevarlas a la plenitud. Este es el título que se ha dado al Espíritu Santo. […] Una vez que un individuo ha sido atraído dentro de la órbita de Dios, se ha recogido en su interior y se ha abandonado a El en unión amorosa, ya se ha resuelto el problema para siempre. Basta que se deje dirigir y guiar por el Espíritu de Dios –que ya lo mueve de modo claro- para que tenga siempre y en todo la certeza de actuar rectamente. […] 

El Espíritu de Dios es sentido y fuerza. El da al alma vida nueva y la posibilita para las acciones para las que por su naturaleza no está preparada y al mismo tiempo le indica la línea que debe seguir en sus acciones. […] Cuando Dios mismo o una verdad escondida acerca de El se nos desvela, ello sucede gracias a su Espíritu. Del mismo modo, cuando pretende un hombre transmitir a otros este mismo tipo de verdades, deberá ser movido también por este mismo Espíritu»[40].

Beato María Eugenio del Niño Jesús (1894- 1967)

«El Espíritu […] sí sabemos que es el soplo de la Sabiduría de amor, de la Misericordia infinita, que siente necesidad de difundirse, que nos ha creado para derramarse en nosotros y arrastrarnos en el poderoso movimiento y en el torrente de teso­ros de amor de su vida desbordante. Este soplo es infinitamente sabio e infinitamente potente. Utiliza todos los recursos de su sabiduría y de su fuerza para cumplir sus eternos designios. […]

Nuestra voluntad es demasiado lenta y enfer­miza para la realización de los designios del Espíritu Santo sobre nosotros. […] El soplo divino se ingeniará por servirse de estas puertas abiertas [los dones del Espíritu]   frente a él, se precipitará en ellas como un torrente, como un “río caudaloso”, en expresión de la Escritura, para enriquecer al alma sobre todos sus méritos, sobre todas sus exigencias, no teniendo en cuenta en ello sino su propia necesidad de entregarse, de derra­marse. Por medio de los dones del Espíritu Santo, […] invade Dios el alma, realiza en ella el querer y el obrar, perfecciona las virtudes, ejerce su acción progresivamente o de un solo envite, según el modo y medida de su bene­plácito»[41].

Siervo de Dios Bartolomé María Xiberta (1897- 1967)

«Jesús nos ha enviado el Espíritu Santo, Dios como el Padre y el Hijo, para que esté en lo íntimo de nuestro ser, y sea el principio que embellezca nuestra alma y que la impulse a obrar, no como conviene a Dios […]. Pentecostés es la fiesta de la infusión del Espíritu Santo. […] La infusión no solamente de los dones de Dios, sino del mismo Espíritu Santo; el ser nuestras almas y nuestros cuerpos tabernáculos donde habitan las divinas Personas; ser una copia de Jesús, no solo por conformación de las obras, sino anteriormente, por una deificación semejante del mismo ser. Para ser santos bastaría darnos cuenta de esta deificación que se opera en nosotros y acomodar a ella nuestra conducta. […]. Somos expresión del Amor divino como criaturas, como cristianos y como religiosos, llamados a la plenitud de la vida cristiana. […].  Sí, grande es nuestra dignidad.  Para colmo de ella, lo que celebramos en esta preciosa fiesta de Pentecostés es: El mismo Espíritu Santo con el padre y el Hijo que vienen a habitar en nosotros, en el alma y en el cuerpo también para santificarnos y ennoblecernos, de modo que seamos un objeto digno de Dios. ¡Oh misterio de Pentecostés! No un misterio sucedido una sola vez al comienzo de la Iglesia, sino un Pentecostés permanente, que está es la base de nuestra vida espiritual»[42].

San Pablo VI (1897-1978)

«El Espíritu Santo es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor. […]. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que él es el término de la evangelización: solamente él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de él, la evangelización penetra en los corazones, ya que él es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia»[43].

Santa Teresa de los Andes (1900-1920)

A los 17 años le es concedido descubrir el sentido de la vida intratrinitaria (Jn 14, 23), como lo refleja el primer texto de su Diario. El segundo texto corresponde al retiro de Pentecostés que realizó en el primer mes de su ingreso en el Carmelo del Espíritu Santo de Los Andes, a los 19 años.

«Vivir en unidad de pensamientos, en unidad de sentimientos, de acciones, y así, al mirarme el Padre, encontrará la imagen de su Hijo. Y el Espíritu Santo, al ver residir al Padre y al Hijo, me hará su esposa y las Tres Personas vendrán a morar en mí». 

«Entré ayer a retiro. N, Señor me dijo que fuera por El a su Padre. Que lo único que quería en este retiro era que me escon­diera y sumergiera en la Divinidad para conocer más a Dios y amarlo, y conocerme más a mí y aborrecerme. Que quería que me dejase guiar por el Espíritu Santo enteramente. Que mi vida debe ser una alabanza continua de amor. Perderme en Dios. Contem­plarle siempre sin perderle de vista jamás. Para esto, vivir en un si­lencio y olvido de todo lo creado, pues Dios, por su naturaleza, siempre vive solo. Todo es silencio, armonía, unidad en El. Y para vivir en El, es necesario simplificarse, no tener sino un solo pensa­miento y actividad: alabar»[44].

San Juan Pablo II (1920-2005)

«En los Hechos María aparece como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. […] María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia. […] Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo, al venir al mundo, recibió del Padre (cf. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia. […]

También en el Cenáculo de Pentecostés en Jerusalén según el mismo Lucas, “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 4). Por lo tanto, también Aquella que había concebido “por obra del Espíritu Santo” (cf. Mt 1, 18) recibió una nueva plenitud de Él. Toda su vida de fe, de caridad, de perfecta unión con Cristo, desde aquella hora de Pentecostés quedó unida al camino de la Iglesia. […] Se puede decir que en aquella oración “en compañía de María” se trasluce su particular mediación, nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo.   

Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo. […]  Esta mirada de la Iglesia hacia María tuvo su inicio en el Cenáculo»[45].


Oremos al Espíritu Santo para que nos li­bre de todo cuanto pueda impedir o retardar su acción en nosotros.

—Del espíritu del error.

    Líbranos, Espíritu del Padre y del Hijo.

—Del espíritu de discordia y de envidia.

—Del espíritu de obstinación y terquedad.

—Del espíritu de orgullo y presunción.

—Del espíritu de impureza.

—De todo espíritu diabólico.

—Del espíritu de tibieza en el servicio divino.

—De todo contagio del espíritu del mundo.

—Por tu eterna procesión del Padre y del Hijo.

—Por la santidad inmensa con la que ador­naste el alma de María

—Por tu admirable obra en la encarnación de Jesucristo.

—Por tu aparición en el bautismo de Cristo.

—Por tu descenso sobre los apóstoles.

—Por tu bondad inefable, mediante la cual go­biernas y santificas a la Iglesia, fortaleces a los mártires, iluminas a los Doctores y ador­nas con diversos dones a todo el Pueblo de Dios.

Consagración al Espíritu Santo

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones.

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

Oración al Espíritu Santo del Cardenal Verdier

Oh Espíritu Santo, amor del Padre, y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y mi propia Santificación. Espíritu Santo, dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar. Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar. Amén.

Oración por los 7 dones del Espíritu Santo

Oh, Señor Jesucristo, que antes de ascender al cielo prometiste enviar al Espíritu Santo para completar tu obra en las almas de tus Apóstoles y discípulos, dígnate concederme el mismo Espíritu Santo para que Él perfeccione en mi alma la obra de tu gracia y de tu amor. Concédeme el Espíritu de Sabiduría para que pueda despreciar las cosas perecederas de este mundo y aspirar sólo a las cosas que son eternas, el Espíritu de Entendimiento para iluminar mi mente con la luz de tu divina verdad, el Espíritu de Consejo para que pueda siempre elegir el camino más seguro para agradar a Dios y ganar el Cielo, el Espíritu de Fortaleza para que pueda llevar mi cruz contigo y sobrellevar con coraje todos los obstáculos que se opongan a mi salvación, el Espíritu de Conocimiento para que pueda conocer a Dios y conocerme a mí mismo y crecer en la perfección de la ciencia de los santos, el Espíritu de Piedad para que pueda encontrar el servicio a Dios dulce y amable, y el Espíritu de Temor de Dios para que pueda ser lleno de reverencia amorosa hacia Dios y que tema en cualquier modo disgustarlo. Márcame, amado Señor, con la señal de tus verdaderos discípulos y anímame en todas las cosas con tu Espíritu. Amén.

                   Compilación de textos realizada por María del Pilar Vila

                                                 Barcelona 20 de mayo de 2021

Notas


[1] J.L. Illanes, Tratado de teología espiritual, Pamplona 2007. 258.

[2] Cf. Guillermo Pons, El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1998, 19.

[3] Ireneo, Contra las herejías, V, 10, 1; 8, 1. Citado por Guillermo Pons, El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1998, 118, 139-140. 

[4] Cirprinano, Ad Donatum IV-V, Citado por Luigi Padoveses, Introducción a la Teología Patristica Ed. Verbo Divino, Estella 1996, 107.

[5] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo, 1, 11-12. Oficio de Lecturas, lunes VII del tiempo pascual. Liturgia de las Horas, según el rito romano, Coeditores Litúrgicos, Barcelona 1980, 825-826.

[6] San Basilio, Sobre el Espíritu Santo, cap. 9. Oficio de Lecturas, Martes VII del tiempo pascual. Liturgia de las Horas, según el rito romano, II, 832-833.

[7] Gregorio de Nisa, Enseñanza sobre la vida cristiana, 9, 95.  Citado por     94, 120. .

[8] San Agustín, Sermón 270, 6: BAC 447, 760. Citado en El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, 122.

[9] San Agustín, Sermón 267, 4 BAC t7 , 459, PL 38, 1231. Citado por Ángel Herrera, La Palabra de Cristo, V, BAC, Madrid 21957, 36.

[10] San Agustín, In Io tr 74,1 PL 35, 1826. Ibid. 37.

[11] Ibid. 40.

[12] San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan,  libro 10.  Oficio de Lecturas, Jueves VII del tiempo pascual. Liturgia de las Horas, según el rito romano, II, 845-846.

[13] Citado por Ángel Herrera, La Palabra de Cristo, V, BAC. Madrid 1957, 45-49..

[14] San Bernardo, Obras completas IV, BAC, Madrid 1984, 201, 219-221.

[15] Directorio Franciscano, Escritos completos de san Francisco de Asís, Carta a los fieles, 25

[16] Ibid., Forma de vida para Santa Clara, 35.

[17]Ibid.  Saludo a la Bienaventurada Virgen María, 76.

[18] Ibid, Carta a toda la Orden, oración final, 32.

[19] Santa Catalina de Siena, Obras: El diálogo, Oraciones y Soliloquios, BAC, Madrid 1991, 357, 192, 352, 505-506 (paginación de los textos por orden de aparición).

[20] Ibid, 510. Se explica que santa Catalina no sabía escribir, pero que ella escribió esta oración, que es propiamente una oración a la Santísima Trinidad.

[21] Pedro Jesús Lasanta, San Juan de Ávila, Diccionario Teológico-espiritual de san Juan de Ávila, Edibesa, Madrid 2000, 145-158. Sermón 27. Cicle temporal: Domingo infraoctava de la Ascensión.

[22] Santa Teresa de Jesús, Obras Completas, Ed. De Espiritualidad, Madrid 21976, Cuentas de Conciencia, 1570, n. 10.

[23] Ibid. Cuentas de Conciencia, 19.1.1572, n. 22, 3.

[24] Ibid. Camino de Perfección, 27,7.

[25] Ibid. Conceptos del amor de Dios, 5,5.

[26] San Juan de la Cruz, Obras Completa, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1980, Cántico Espiritual B, 17, 2. 4; 39,3.

[27] Santa María Magdalena de Pazzi, Éxtasis, amor y renovación. BAC, Madrid 1999,55-56, 207-208.

[28] Serafín de Sarov, Conversación con Motovilov, Ed. Lumen, Buenos Aires, 21990, 67-68, 76, 93.

[29] Joaquina de Vedruna, Epistolario, Ed. Vedruna, Vitoria 1969, Cta a María Casanovas, 26.4.1845, 251-252.

[30] Ibid., Cta a María Casanovas, 15.5.1845, 254-255.

[31] Les Cathéchismes du Curé d’Ars, EC 4-VIII.72. Citat per Bernabé Dalmau, Homes d’Ahir, Sants de sempre II, Pub. de l’Abadia, Montserrat 1975, 43-44.

[32] Franscisco Palau, Escritos, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1997, 137, Lucha del alma con

Dios, IV, 19.

[33] P. Estrate, Mariam, sainte palestinienne. La vie de Marie de Jésus crucifié, P. Téqui éditeur, Paris 1999, 259-260.

[34] Francisca Javiera del Valle, Decenario al Espíritu Santo, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1994, 60-61.

[35] Santa Teresa de Lisieux, Obras Completas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 32006, Manuscrito B, 3v.

[36] Ibid. Poesía 17, 2. ¡Vivir de Amor!

[37] Ibid. Manuscrito C 36r.

[38] Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Ed. De Espiritualidad, Madrid 1986. Poesía 54, Pentecostés, 29.5.1898. Tenía entonces 18 años.

[39] Tito Brandsma, Ejercicios bíblicos con María para llegar a Jesús, Cesca, Caudete

1978, 75-76.

[40] Edith Stein, Pensamientos, Monte Carmelo, Burgos 1999, 29-31.

[41] M. Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, El Carmen, Vitoria 1982, 410-411.

[42] Siervo de Dios, Bartolomé María Xiberta, es un fraile carmelita catalán, fue uno de los teólogos católicos importantes del siglo XX, pero se caracterizaba por su sencillez. Este escrito corresponde a Fragmentos doctrinales, Barcelona 1976, 347-348.

[43] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 75.

[44] Santa Teresa de los Andes, Diario, n. 20 y 56

[45] San Juan Pablo II, Audiencia General, 28.6.1989.

El testimonio que los Santos nos dan del Espíritu Santo

Aportamos el testimonio de Santos de todas las épocas históricas, desde el siglo III al siglo XX. De los más diversos lugares geográficos del mundo: África, Asia, América y Europa. Que pertenecen a todas las instancias eclesiales (Papa, Obispos, Presbíteros, monjes y monjas, religiosas y religiosos de pertenecientes a las diversas espiritualidades de la Iglesia). Aunque no se ha iniciado el proceso de beatificación, incluimos a Josefa Javiera del Valle, laica, por la calidad de sus escritos místicos sobre el Espíritu Santo.

Todos los Santos nos dan testimonio del Espíritu, -que se recibe con el sacramento del Bautismo-, es una fuerza que transforma el interior del hombre y de la mujer. La luz que nos aportan los Santos a través de la experiencia que han hecho del Espíritu, y que nos han comunicado a través de sus escritos es muy rica en matices. Pero todos dan testimonio que es el Espíritu es quien nos santifica, de forma que adquiramos los caracteres de Jesucristo, sien­do cristificados por la gracia.

La principal misión del bautizado es no poner obstáculos a la acción santificadora del Espíritu y secundarla, de for­ma que avancemos por el camino de la santidad. Para ello, habremos de purificar el corazón, y quitar todo estorbo a la acción del Espíritu de Dios en nosotros. Lo prioritario ante todo es no pecar, pues el pecado mortal expulsa al Espíritu, el pecado venial consentido, debilita su acción santificadora. La otra condición es suplicar a Dios el don de la humildad, pues como nos recuerda San Agustín, solo en el humilde encuentra el Espíritu capacidad de acogida.

Dirá San Serafín de Sarov: “La verdadera finalidad de nuestra vida cristiana con­siste en la adquisición del Espíritu de Dios”.   Para atraer al Espíritu de Dios para que tome posesión de nosotros, nos enseña San Juan de Ávila, además de tener la casa limpia, es necesario lo tengamos en gran valor “sintamos grandemente de Él”. A su vez, sintamos hambre de él, deseo de Él, y lo invoquemos sin desmayo con la certeza de que vendrá, si se tarda, esperarlo  pues llegará (cf. Hab 2, 3), perseverando en la espera, se ensanchará el corazón para poderlo recibir.

Este es el objetivo de esta antología de textos de los Santos sobre el Espíritu Santo, acrecentar el hambre de invocarlo hasta que tome posesión de nosotros. Luego fieles a sus mociones nos dejemos cristificar, de modo que el Padre reconozca en nosotros los rasgos de su Hijo, lo amemos con su mismo Amor y hagamos su voluntad, de modo que Jesucristo deba cumplir su promesa: “El que me ama hace caso a mi palabra; y mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él” (Jn 14, 23). Sea Cristo quien nos introduzca en la morada más íntima del alma, donde habita Dios Trinidad, de modo que participemos de su misma vida intradivina de amor. Imbuidos de su amor misericordioso  participemos de la misión redentora del Hijo y santificadora del Espíritu, que contribuirá a la transformación de la humanidad y de la Iglesia según Dios.

San Cipriano (200-258)

Del testimonio autobiográfi­co de san Cipriano de Cartago: «Estaba atado a los muchísimos vicios de mi vida pasada y ni siquiera creía que pudiera librarme de ellos… Pero llegó la ayuda del agua que regenera. Que­dó borrada la corrupción de la vida anterior y se derramó de lo alto una luz en mi alma purificada y cambiada. Recibí del cielo el Espíritu y a través de un segundo nacimiento me convertí en un hombre nuevo. Después de aquello, todas las dudas que tenía se convirtieron en certeza de una manera que no sabría describir…    

Comprendí que empezaba a pertenecer a Dios todo lo que había animado el Espíritu… No hay medida ni límite alguno en la fruición de los dones de Dios, a diferencia de lo que ocurre con los bienes terre­nos. El Espíritu se derrama en abundancia y no se ve limi­tado por ningún confín, ni frenado por ninguna barrera que lo encierre o lo frene dentro de unos límites estrechos. Eli Espíritu mana continuamente y fluye en abundancia; lo único que se necesita es que nuestro corazón tenga sed y se abra… El Espíritu que hemos recibido actúa con su poder, ya que participamos de una nueva vida»[1].

San Agustín de Hipona  (354-430)

«El Espíritu Santo nos con­vierte de multiplicidad en unidad, se le apropia por la humil­dad y se le aleja por la soberbia. Es agua que busca un cora­zón humilde, cual lugar cóncavo donde detenerse; en cambio, ante la altivez de la soberbia, como altura de una colina, re­chazada, va en cascada. Por eso se dijo: Dios resiste a los so­berbios y, en cambio, a los humildes les da su gracia (St 4, 6).

¿Qué significa les da su gracia? Les da el Espíritu Santo. Llena a los humildes, porque en ellos encuentra capacidad para recibirlo[2]. Sin el Espíritu Santo no podemos nosotros amar a Cristo ni guardar sus mandamientos. Podemos, en cambio, hacerlo tanto más cuanto más percibamos al Espíritu Santo. […] El que ama tiene al Es­píritu Santo, y teniéndolo merece tenerlo más, y teniéndolo más, puede amar más»[3].

San Gregorio Magno  (540-604)

«Dios viene y hace mansión en el corazón del que ama verdaderamente y observa sus mandamientos, y de tal manera es penetrado por el amor de la Divinidad, que no se desprende ni separa de él ni aun en tiempo de tentación. […] El amor de Dios jamás se encuentra ocioso, y obra grandes cosas si existe en nosotros: pero, si rehusamos obrar bien, señal es de que carecemos de él.  […] El Espíritu Santo suplica, porque inflama con su amor a los que ha llamado, para que pidan y supliquen. […] Con razón se apareció el Espíritu Santo bajo la forma de fuego, porque el fuego aleja de los corazones la indolencia y la frialdad y los enciende en el deseo de la eternidad. […] El Espíritu Santo se apareció bajo la forma de paloma y de fuego porque a todos los que llena los hace sencillos y los anima a obrar. Los hace sencillos con la pureza y los anima con el celo […]  Como quiera que este Espíritu enseña la rectitud y la sencillez, debió manifestarse bajo la forma de fuego y bajo la de paloma, a fin de que todo corazón tocado con su gracia sea pacífico con la mansedumbre y se estimule por el celo de la justicia. […]  

Nadie atribuya al predicador lo que le oye, porque, si el Espíritu Santo no estuviere en el interior del que enseña, su lengua se ocuparía en vano de exhortar al bien.  Ved. Pues, que todos estais escuchando ahora la misma voz y no todos percibís el mismo sonido.  Luego, no siendo distinta la voz, ¿por qué perciben distinto sonido los que la escuchan, sino porque hay un maestro interior que enseña de una manera especial a algunos, para que entiendan lo que dice el predicador […]   

¡Oh, qué artífice es este Espíritu! No se tarda en aprender lo que quiere. Inmediatamente que toca nuestra mente, enseña, y sólo haber tocado es haber enseñado ya. Inmediatamente que ilustra el alma, la transforma»[4].

San Bernardo de Claraval   (1090-1153)

«Si deseas que Dios te lleve a su intimidad, procura que el Espíritu Santo dirija tu propia vida y el espíritu de rectitud tus relaciones con el prójimo […] Los pensamientos retorcidos alejan de Dios: por eso debemos pedir un corazón puro; y esto se realizará si nos renovamos interiormente con espíritu firme. Este espíritu recto lo podemos referir al Hijo, que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo. Renueva las entrañas de nuestra mentalidad para que pensemos rectamente y nos rijamos por un espíritu nuevo, no por un código anticuado  […]

El es quien nos inspira buenos pensamientos y nos enseña a ponerlos en práctica, para que la gracia de Dios no sea estéril en nosotros. […] El es quien nos concede lo que pedimos, y la gracia para pedirlo. Nos alienta con una santa esperanza, y hace que Dios se incline compasivo hacia nosotros»[5].

San Francisco de Asís  (1181.2-1226)

 «Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo[6]. Os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio[7]. Santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios[8].

Interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén» [9].

Santa Catalina de Siena  (1347-1380)

«“El servidor de mi clemencia, el Espíritu Santo”. “Yo soy [el Padre] la mesa; mi Hijo, la comida, y el Espíritu Santo, que procede de mí y del Hijo, el servidor. […] El Espíritu, esto es, el efecto de mi caridad, es el camarero que reparte los dones y las gracias”.

 “Este servidor, el Espíritu Santo que les he dado por disposición mía, viste, alimenta y embriaga al alma de dulzura y le da grandes riquezas. Todo lo que abandonó lo vuelve a encontrar: se despojó totalmente de mí, y se encuentra vestido de mí”.

“El Espíritu Santo es en nosotros nuestro servidor, porque nos reparte esta doctrina, iluminando nuestro entendimiento e induciéndonos a que le sigamos. Igualmente, nos administra la caridad del prójimo y el hambre del manjar de las almas y de la salvación de todo el mundo por honor a ti”»[10].

«¡Oh Espíritu Santo!, ven a mi corazón y con tu poder llévalo a ti, y dame caridad con temor. Cristo, li­brante de todo mal pensamiento y caliéntame con tu santísimo amor. Padre y dulce Señor mío, ayúdame en todos mis deberes»[11].

San Juan de Ávila  (1500-1569) 

«Lo primero que conviene para que el Espíritu Santo venga a nuestras ánimas, es que sintamos grandemente de Él y que crea- mos que puede hacer mucho. Por desconsolada que esté un áni­ma, basta El a consolarla; por pobre que esté, a enriquecerla; por tibia que esté, a encenderla; por flaca que esté, a inflamarla en ardentísima devoción. ¿Remedio para que venga el Espíritu San­to? Sentir de Él muy magníficamente. Y así dice hablando de la grandeza del Espíritu Santo: El poder de Dios es muy grande, y de solo los humildes es honrado. […]    

No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de Él, si no tienes deseo de Él. Y los deseos que tienes de Dios, aposen­tadores son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, que presto vendrá  a ti. No te canses de desearlo, que, aunque te parez­ca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo, y no te faltará. Hermano, ten confianza en Él, que, aunque no viene cuando tú le llamas, Él vendrá cuando vea que te cumple. Porque debes, hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aun no tienes el deseo que conviene para recebir tal Huésped. Y si no viene, no es porque no quiere venir, no es porque lo tiene olvidado, sino para que perseveres en este deseo, y perseverando hacerte capaz de Él, ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de su parte te certifico que nadie lo llama que salga vacío de su consolación.

No sólo lo hemos de desear, pero hemos de aderezar la casa limpia.  […]   no tengáis malos pensamientos, ni malas palabras, ni malas obras, y que estéis adornados de las virtudes, porque el Huésped que esperáis es limpísimo en gran manera?  […]  por los merecimientos de Jesucris­to se da el Espíritu Santo, no ceses de pedirlo, no dejes de de­searlo con gran deseo, sintiendo de Él que vendrá a tu ánima, y será tanto consuelo para ti que nadie bastará a quitártelo. Apa­reja tu posada, apareja la comida para este Huésped, pues tan bien la merece y tantas obligaciones le tienes; hagamos muchas limosnas a los pobres; hagamos misericordia a nuestros prójimos; abstengámonos de todo pecado […] todos estemos con verdadera confianza, que por su misericordia vendrá en fue­go de amor, fortalecerá nuestros corazones y darnos ha sus dones»[12]

Santa Teresa de Jesús  (1515-1582)

«Estando un día muy penada por el remedio de la Orden, me dijo el Señor: «Haz lo que es en ti y déjame tú a Mí y no te inquietes por nada; goza del bien que te ha sido dado, que es muy grande; mi Padre se deleita contigo y el Espíritu Santo te ama».  […]  Después de esto quedéme yo en la oración que traigo de estar el alma con la Santísima Trinidad, y parecíame que la persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me dijo, mostrándome lo que quería: «Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?»[13] .    

«Entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor[14]. Paréceme a mí que el Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos, que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está. ¡Oh Señor, qué son aquí las misericordias que usáis con el alma! Seáis bendito y alabado por siempre, que tan buen amador sois. ¡Oh Dios mío y criador mío! ¿Es posible que hay nadie que no os ame?»[15]

San Juan de la Cruz   (1542-1591)

«La sequedad de espíritu es también causa de impedir al alma el jugo de suavidad interior […]  cerrándole la puerta por medio de la continua oración y devoción. La segunda cosa que hace es invocar al Espíritu Santo, que es el que ha de ahuyentar esta sequedad del alma y el que sustenta en ella y aumenta el amor del Esposo, y también ponga el alma en ejercicio interior de las virtudes, todo a fin de que el Hijo de Dios, su Esposo, se goce y deleite más en ella, porque toda su pretensión es dar contento al Amado. […]

Espíritu Santo, el cual dice que recuerda los amores; porque, cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva y recuerda la voluntad, y levanta los apetitos (que antes estaban caídos y dormidos) al amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella. […]  Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, […]  porque el alma, unida y transformada en Dios, aspira en Dios a Dios la misma aspiración divina que Dios, estando ella en él transformada, aspira en sí mismo a ella »[16]

Santa María Magdalena de Pazzi  (1566-1607)

«El Espíritu es el dispensador de los tesoros que están en el seno del Padre y el tesorero de los consejos que se intercambian el Padre y el Verbo. […]. Del seno del Padre extrae el poder con dones más numerosos que las estrellas del cielo. Del costado del Verbo saca un amor ardiente, más abundante en frutos que la primavera en flores…. Del corazón del Verbo saca una íntima pureza, más luminosa que un agua limpidísima. […]. Las cataratas del cielo están siempre abiertas para derramar la gracias, pero nosotros no tenemos abierta la boca del deseo para recibirla…. Oh, ¡qué abierto está el cielo para enviarlo! […]. 

¡Ven, ven, oh Santo Espíritu!… ¡Venga la unión del Padre, la complacencia del Verbo, la gloria de los ánge­les! ¡Tú eres, oh Espíritu de verdad, premio de los san­tos, refrigerio de las almas, luz de las tinieblas, riqueza de los pobres, tesoro de los que aman, saciedad de los hambrientos, consuelo de los peregrinos; tú eres aquel en el que está contenido todo tesoro!» […]. «El Espíritu ha venido con toda la plenitud de sus do­nes y ha entrado en mi corazón… Pero no me basta que descanses solamente en mí: te ruego que te infundas también en las otras esposas tuyas, elegidas y amadas, y en todas las demás criaturas…»[17]

San Serafín de Saraov ( 1754-1833)

«La verdadera finalidad de nuestra vida cristiana con­siste en la adquisición del Espíritu de Dios, mientras que la ora­ción, las vigilias, el ayuno, la limosna y las demás acciones vir­tuosas hechas en nombre de Cristo no son más que medios para adquirirlo. […] La adquisición del Espíritu Santo es también un capital, pero un capital eterno, dispensador de gracias; […] Procurad obtener bienes celestiales negociando con las mercancías terrenas. Esas mercancías terrenas no son más que las acciones virtuosas hechas en nombre de Cristo y que nos proporcionan gracia del Espíritu Santo. […]

Comercia espiritualmente con la virtud. Distribuye los dones de la gracia a quien te los pida, inspirándote en el siguiente ejemplo: un cirio encendido enciende otros cirios, sin perder por ello su esplendor, para que ellos iluminen otros lugares. […] Las riquezas de la tierra disminuyen cuando se reparten pero la riqueza celestial de la gracia no hace más que aumentar en aquel que la propaga […]

En cuanto a nuestros diferentes estados de monje y de laico, no os inquietéis. Dios busca, ante todo, un corazón lleno de fe, en El y en su único Hijo, el cual envía desde lo alto, como respuesta, la gracia del Espíritu Santo. El Señor busca un corazón lleno de amor por El y por el prójimo; Hay allí un trono sobre el cual El ama sentarse y donde aparece en la plenitud de Su gloria “Hijo, dame tu corazón, y el resto, yo te lo daré aumentado” (Pr 23, 26). El corazón del hombre es capaz de contener el Reino de los Cielos»[18].

Santa Joaquina de Vedruna (1783-1854)

«Amadas hijas, confío que habréis vivido las fiestas de Pascua de Resurrección con tranquilidad y alegría. Ahora, por tanto, hemos de confiar y procurar con nuestras obras que el Señor permanezca con nosotras. Tengamos una fe muy viva, y así como El se hacía presente durante las conversa­ciones que los santos apósto­les tenían acerca de la resurrec­ción del Maestro, también es­tará con nosotras si nuestros pensamientos, palabras y obras, tienden siempre a agradar a nuestro Dios y Señor. Que todo contribuya a prepararnos, pa­ra que en la próxima pascua del Espíritu Santo, seamos par­tícipes de los dones y gracias que el divino Espíritu concede a quienes están mejor dispues­tos. […] Si sois humildes, no lo dudéis, amadas hijas, el Espíritu Santo hallará la morada de vuestros corazones bien preparada. […] Ojalá de tal manera penetrara el amor de Dios, que nunca jamás pudiera salir, como lo desea vuestra madre espiritual»[19].

 «Carísimas y amadas hijas, madre María y hermana Rosa: Me figuro que habréis pasado unas felices pascuas del Espí­ritu Santo; el nuevo padre con­fesor os habrá puesto al día y preparado bien para recibir los dones y gracias del divino Es­píritu; vuestros corazones se habrán inflamado y de esta manera correréis a mayor per­fección, dejáreis lo terreno y todo será espiritual. Si correspondéis bien a la gracia, el mismo Señor os enseñará, porque recogidas en la oración, os manifestará su grande amor. Y si tenéis deseo de corresponder al amor de Dios, suplicaréis sin cesar a fin de que os inflame en el fuego del amor puro. Si, amadas hijas, sólo el amor de Dios se encuentra siempre, lo demás todo pasa; busquemos, pues, lo que siempre dura: amor y más amor, como deseo para mí y para todas mis hijas amadas»[20].

San Juan María Vianney  (1786-1859)

«El Espíritu Santo es una luz y una fuerza. Es él el que nos hace distinguir la verdad de la falsedad, el bien del mal. Como estas lupas que agrandan los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal «en grande». Con la Espíritu Santo, todo lo vemos «en grande»: vemos la grandeza de las más pequeñas acciones hechas para Dios, y la grandeza de las faltas  más pequeñas … Sin el Espíritu Santo, somos como una piedra del camino. Toma en una mano una esponja empapada de agua y en la otra una piedrecita; apriétalas igualmente. No saldrá nada de la piedrecita, y de la esponja verás salir agua en abundancia. La esponja es el alma llena del Espíritu Santo; y la piedrecita es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no habita.

El Espíritu Santo es el que forma los pensamientos en el corazón de los justos y el que engendra las palabras en su boca. Quienes tienen el Santo Espíritu no producen nada malo; todos los frutos del Espíritu Santo son buenos … Cuando se tiene el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se baña en el amor divino.

Los sacramentos que Nuestro Señor ha instituido no nos habrían salvado sin el Espíritu Santo. La muerte misma de Nuestro Señor nos habría sido inútil sin él. Por ello Nuestro Señor dijo a los Apóstoles: “Os conviene  que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Era necesario que el descendimiento del Espíritu Santo viniera a hacer fructificar esta cosecha de gracias. Es como un grano de trigo; lo echáis en la tierra, ¡está bien! Pero necesitan el sol y la lluvia para hacer germinar y crecer en espiga. Habría que decir cada mañana: «Dios mío, envíame tu Santo Espíritu que me haga conocer quién soy yo y quien sois Vos”»[21]

Beato Francisco Palau  (1811-1872)

«Enviad a mi corazón este divino Espíritu y él pedirá en mí, él me enseñará lo que he de pedir, cómo y cuándo he de pedir, y a más él me dará fuerzas para perseverar en la demanda hasta haber alcanzado lo que quería pedir. […] Señor Dios mío, Vos sois el Espíritu que dais vida, que ilumináis y coadunáis los miembros del cuerpo místico de Jesucristo. Vos sois el Espíritu que con gemidos inenarrables pedís en nuestros corazones [Rm 8,26] el remedio de las necesidades de la Iglesia. Sólo alcanzamos cuando Vos sois el que pedís en nosotros. Sólo tienen nuestros deseos, suspiros y lágrimas un valor inestimable cuando proceden de Vos y sois Vos el que los inspiráis.

El hombre ni sabe pedir, ni el qué, ni cuándo. Sólo pide bien cuando Vos le hacéis pedir. Venid, pues, oh santo Espíritu, y vivificad mi corazón. Dirigid Vos mi voluntad y deseos. Desplegad Vos los labios de mi alma y enseñadla a hablar con su Dios. Hablad y pedid Vos en mí para que salga con mi pretensión… Sed Vos el que pidáis en mí al Hijo. Jesús me envía a su Padre a que le pida gracias. Y ¿cómo iré yo al Padre si Vos no me lleváis de la mano? ¿Qué pediré si Vos no me lo inspiráis? Ea, pues, Veni, Sancte Spiritus»[22].

Santa María de Jesús Crucificado  (1846-1878)

Tenía una devoción extraordinaria al Espíritu Santo, en sus labios afloraba muy a menudo esta oración que le fue revelada:

«Espíritu Santo, inspírame; Amor de Dios consúmame; en el verdadero camino, condúceme. María, mi Madre, mírame; con Jesús, bendecidme. De todo mal, de toda ilusión, de todo peligro, presérvame».     

Jesús se valdrá de ella para propagar la devoción al Espíritu Santo, un día le dirá: «Si tú quieres buscarme, conocerme y seguirme, invoca la luz del Espíritu Santo que ilumina a mis discípulos y ilumina a todos los pueblos que lo invocan. Yo os digo con toda verdad: Quien invocará el Espíritu Santo, me buscará y me encontrará, y será por el Espíritu Santo que me encontrará. Su conciencia será delicada como la flor de los campos. Si es un padre o una madre de familia, la paz reinará en su familia y su corazón estará en paz en este mundo y en el otro; él no morirá dentro de la oscuridad, sino en la paz. Yo deseo ardientemente que los sacerdotes celebren cada mes una misa en honor del Espíritu Santo. Quien la diga u oiga será honrado por el mismo Espíritu Santo, él tendrá la luz, el tendrá la paz. El curará los enfermos, él despertará a los que duermen»[23].

Francisca Javiera Josefa del Valle (1856-1930)

«Padre amantísimo!, como habla y pide un hijo, así yo os comunico a Vos, Padre dulcísimo y amabilísimo, la grande pena de mi corazón y el ardiente deseo que ya tantos años tiene mi alma, y mi pena es que no es conocida la tercera Persona a quien todos llamamos Espíritu Santo, y mi deseo es que le conozcan todos los hombres, pues es desconocido aun de aquellos que te sirven y te están consagrados.

Envíale nuevamente al mundo, Padre amantísimo, que el mundo no lo conoce; envíale como Luz que ilumine las inteligencias de todos los hombres, y como fuego, y el mundo será todo renovado.

¡Ven, Santo y Divino Espíritu! ¡Ven como Luz, e ilumínanos a todos! ¡Ven como fuego y abrasa los corazones, para que todos ardan en amor divino! Ven, date a conocer a todos, para que todos conozcan al Dios único verdadero y le amen, pues es la única cosa que existe digna de ser amada. Ven, Santo y Divino

Espíritu, ven como Lengua y enséñanos a alabar a Dios incesantemente, ven como Nube y cúbrenos a todos con tu protección y amparo, ven como lluvia copiosa y apaga en todos el incendio de las pasiones, ven como suave rayo y como sol que nos caliente, para que se abran en nosotros aquellas virtudes que Tú mismo plantaste en el día en que fuimos regenerados en las aguas del bautismo.

Ven como agua vivificadora y apaga con ella la sed de placeres que tienen todos los corazones; ven como Maestro y enseña a todos tus enseñanzas divinas y no nos dejes hasta no haber salido de nuestra ignorancia y rudeza.

Ven y no nos dejes hasta tener en posesión lo que quería darnos tu infinita bondad cuando tanto anhelaba por nuestra existencia.

Condúcenos a la posesión de Dios por amor en esta vida y a la que ha de durar por los siglos sin fin. Amén»[24].

Santa Teresa del Niño Jesús  (1873-1897)

 El Espíritu Santo es el Amor que da vida a la Iglesia, es su alma. Santa Teresa del Niño Jesús participará de esta misión del Espíritu Santo. 

«La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre… […] ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…! […] En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo..»[25]

En fuego en santa Teresa de Lisieux, será el símbolo por excelencia para indicar la acción del Espíritu Santo en cuanto a fuego transformador que la une a Cristo y la lleva a la plenitud de la vida divina, que se desbordará en la Iglesia.

«Jesús mío, yo te amo, me abrasa con su fuego tu Espíritu de Amor. Amándote yo a ti, atraigo al Padre, mi débil corazón se entrega a El sin reserva»[26]. «Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a El que sea El quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego del amor, con mayor fuerza diré “Atráeme”; y que cuanto más se acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado. Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva»[27].

Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)

Son muy ricas las referencias que Santa Isabel de la Trinidad hace del Espíritu Santo en sus escritos. Solo recordamos aquí su “Poesía de Pentecostés” que es una síntesis de su pensamiento.

Con tus llamas ardientes y puras/ dígnate, Espíritu Santo, abrasar mi alma; / consúmela en el amor divino. / Oh Tú a quien invoco cada día!

Espíritu de Dios, brillante luz, / Tú que me colmas de favores/ y me inundas también de tus dulzuras / quema, redúceme a la nada toda entera.

Tú que mi vocación me has otorgado, / condúceme también a la unión íntima, interior, a aquella vida / toda centrada en Dios, que tanto ansío. […]  Espíritu Santo, Bondad, Belleza suma, / Tú, a quien adoro y a quien amo, / consume con tu fuego divino / mi cuerpo, mi corazón, toda mi alma. / A esta esposa [de] la Trinidad / que sólo ansía hacer su voluntad[28].

Beato Tito Brandsma  (1881-1942)

«Como una Madre entre sus hijos […].  Les recuerda las pala­bras de Jesús que lleva guardadas en su corazón. Los anima a una oración de confianza, para que el Espíritu Santo venga a re­novarlos y transformarles los corazones. ¡Ojalá tuviéramos las disposiciones debidas! Oír a María. También a nosotros nos dirige sus palabras. So­mos también apóstoles que tenemos necesidad del Espíritu Santo, pero es necesario que el amor reine en nuestros corazo­nes y que nos entreguemos totalmente a Dios, si queremos que en ellos encuentre lugar.    

Nuestro corazón no será digno de recibirlo, a no ser que nos dispongamos a oír sus inspiraciones. […] Somos hijos de Dios y de María, Ella es nuestro refugio y nuestra esperanza. Querremos orar con Ella para recibir, por su intercesión, el Espíritu Santo, el cual nos transforme en hombres nuevos y diferentes.  […] Nuestra Señora trajo al mundo el Fuego que ha de inflamarlo. Que se encienda y arda también en nosotros»[29].

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)   (1891-1842)

«Amor servicial es el de este Acompañante que viene en ayuda a todas las criaturas para llevarlas a la plenitud. Este es el título que se ha dado al Espíritu Santo. […] Una vez que un individuo ha sido atraído dentro de la órbita de Dios, se ha recogido en su interior y se ha abandonado a El en unión amorosa, ya se ha resuelto el problema para siempre. Basta que se deje dirigir y guiar por el Espíritu de Dios –que ya lo mueve de modo claro- para que tenga siempre y en todo la certeza de actuar rectamente. […].

El Espíritu de Dios es sentido y fuerza. El da al alma vida nueva y la posibilita para las acciones para las que por su naturaleza no está preparada y al mismo tiempo le indica la línea que debe seguir en sus acciones. […] Cuando Dios mismo o una verdad escondida acerca de El se nos desvela, ello sucede gracias a su Espíritu. Del mismo modo, cuando pretende un hombre transmitir a otros este mismo tipo de verdades, deberá ser movido también por este mismo Espíritu»[30].

Beato María Eugenio del Niño Jesús  (1894- 1967)

El Espíritu […] sí sabemos que es el soplo de la Sabiduría de amor, de la Misericordia infinita, que siente necesidad de difundirse, que nos ha creado para derramarse en nosotros y arrastrarnos en el poderoso movimiento y en el torrente de teso­ros de amor de su vida desbordante. Este soplo es infinitamente sabio e infinitamente potente. Utiliza todos los recursos de su sabiduría y de su fuerza para cumplir sus eternos designios. […]

Nuestra voluntad es demasiado lenta y enfer­miza para la realización de los designios del Espíritu Santo sobre nosotros. […] El soplo divino se ingeniará por servirse de estas puertas abiertas [los dones del Espíritu]   frente a él, se precipitará en ellas como un torrente, como un “río caudaloso”, en expresión de la Escritura, para enriquecer al alma sobre todos sus méritos, sobre todas sus exigencias, no teniendo en cuenta en ello sino su propia necesidad de entregarse, de derra­marse. Por medio de los dones del Espíritu Santo, […] invade Dios el alma, realiza en ella el querer y el obrar, perfecciona las virtudes, ejerce su acción progresivamente o de un solo envite, según el modo y medida de su bene­plácito»[31].

Siervo de Dios Bartolomé María Xiberta  (1897- 1967)

Fraile Carmelita, que fue uno de los teólogos más importantes del siglo XX. Habla del Espíritu Santo en el creyente con gran precisión teológica.

«Jesús nos ha enviado el Espíritu Santo, Dios como el Padre y el Hijo, para que esté en lo íntimo de nuestro ser, y sea el principio que embellezca nuestra alma y que la impulse a obrar, no como conviene a Dios […].

Pentecostés es la fiesta de la infusión del Espíritu Santo. […] La infusión no solamente de los dones de Dios, sino del mismo Espíritu Santo; el ser nuestras almas y nuestros cuerpos tabernáculos donde habitan las divinas Personas; ser una copia de Jesús, no solo por conformación de las obras, sino anteriormente, por una deificación semejante del mismo ser. Para ser santos bastaría darnos cuenta de esta deificación que se opera en nosotros y acomodar a ella nuestra conducta. […]. Somos expresión del Amor divino como criaturas, como cristianos y como religiosos, llamados a la plenitud de la vida cristiana. […].  Sí, grande es nuestra dignidad.

 Para colmo de ella, lo que celebramos en esta preciosa fiesta de Pentecostés es: El mismo Espíritu Santo con el padre y el Hijo que vienen a habitar en nosotros, en el alma y en el cuerpo también para santificarnos y ennoblecernos, de modo que seamos un objeto digno de Dios. ¡Oh misterio de Pentecostés! No un misterio sucedido una sola vez al comienzo de la Iglesia, sino un Pentecostés permanente, que está es la base de nuestra vida espiritual»[32].

San Pablo VI   (1897-1978)

«El Espíritu Santo es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin él. Sin él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor. […]. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que él es el término de la evangelización: solamente él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de él, la evangelización penetra en los corazones, ya que él es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia»[33]

Santa Teresa de los Andes  (1900-1920)

A los 17 años le es concedido descubrir el sentido de la vida intratrinitaria (Jn 14, 23), como lo refleja el primer texto de su Diario. El segundo texto corresponde al retiro de Pentecostés que realizó en el primer mes de su ingreso en el Carmelo del Espíritu Santo de Los Andes, a los 19 años[34].

«Vivir en unidad de pensamientos, en unidad de sentimientos, de acciones, y así, al mirarme el Padre, encontrará la imagen de su Hijo. Y el Espíritu Santo, al ver residir al Padre y al Hijo, me hará su esposa y las Tres Personas vendrán a morar en mí». 

«Entré ayer a retiro. N, Señor me dijo que fuera por El a su Padre. Que lo único que quería en este retiro era que me escon­diera y sumergiera en la Divinidad para conocer más a Dios y amarlo, y conocerme más a mí y aborrecerme. Que quería que me dejase guiar por el Espíritu Santo enteramente. Que mi vida debe ser una alabanza continua de amor. Perderme en Dios. Contem­plarle siempre sin perderle de vista jamás. Para esto, vivir en un si­lencio y olvido de todo lo creado, pues Dios, por su naturaleza, siempre vive solo. Todo es silencio, armonía, unidad en El. Y para vivir en El, es necesario simplificarse, no tener sino un solo pensa­miento y actividad: alabar».

San Juan Pablo II (1920-2005)

«En los Hechos María aparece como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. […] María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia. […] Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo, al venir al mundo, recibió del Padre (cf. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia. […]

También en el Cenáculo de Pentecostés en Jerusalén según el mismo Lucas, “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 4). Por lo tanto, también Aquella que había concebido “por obra del Espíritu Santo” (cf. Mt 1, 18) recibió una nueva plenitud de Él. Toda su vida de fe, de caridad, de perfecta unión con Cristo, desde aquella hora de Pentecostés quedó unida al camino de la Iglesia. […] Se puede decir que en aquella oración “en compañía de María” se trasluce su particular mediación, nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo.   

Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo. […]  Esta mirada de la Iglesia hacia María tuvo su inicio en el Cenáculo»[35].


Oremos al Espíritu Santo para que nos li­bre de todo cuanto pueda impedir o retardar su acción en nosotros.

—Del espíritu del error.

    Líbranos, Espíritu del Padre y del Hijo.

—Del espíritu de discordia y de envidia.

—Del espíritu de obstinación y terquedad.

—Del espíritu de orgullo y presunción.

—Del espíritu de impureza.

—De todo espíritu diabólico.

—Del espíritu de tibieza en el servicio divino.

—De todo contagio del espíritu del mundo.

—Por tu eterna procesión del Padre y del Hijo.

—Por la santidad inmensa con la que ador­naste el alma de María

—Por tu admirable obra en la encarnación de Jesucristo.

—Por tu aparición en el bautismo de Cristo.

—Por tu descenso sobre los apóstoles.

—Por tu bondad inefable, mediante la cual go­biernas y santificas a la Iglesia, fortaleces a los mártires, iluminas a los Doctores y ador­nas con diversos dones a todo el Pueblo de Dios.

                   Consagración al Espíritu Santo

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones.

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

Oración al Espíritu Santo del Cardenal Verdier

Oh Espíritu Santo, amor del Padre, y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, lo que debo callar, cómo debo actuar, lo que debo hacer, para gloria de Dios, bien de las almas y mi propia Santificación. Espíritu Santo, dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar. Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar. Amén.

Oración por los 7 dones del Espíritu Santo

Oh, Señor Jesucristo, que antes de ascender al cielo prometiste enviar al Espíritu Santo para completar tu obra en las almas de tus Apóstoles y discípulos, dígnate concederme el mismo Espíritu Santo para que Él perfeccione en mi alma la obra de tu gracia y de tu amor. Concédeme el Espíritu de Sabiduría para que pueda despreciar las cosas perecederas de este mundo y aspirar sólo a las cosas que son eternas, el Espíritu de Entendimiento para iluminar mi mente con la luz de tu divina verdad, el Espíritu de Consejo para que pueda siempre elegir el camino más seguro para agradar a Dios y ganar el Cielo, el Espíritu de Fortaleza para que pueda llevar mi cruz contigo y sobrellevar con coraje todos los obstáculos que se opongan a mi salvación, el Espíritu de Conocimiento para que pueda conocer a Dios y conocerme a mí mismo y crecer en la perfección de la ciencia de los santos, el Espíritu de Piedad para que pueda encontrar el servicio a Dios dulce y amable, y el Espíritu de Temor de Dios para que pueda ser lleno de reverencia amorosa hacia Dios y que tema en cualquier modo disgustarlo. Márcame, amado Señor, con la señal de tus verdaderos discípulos y anímame en todas las cosas con tu Espíritu. Amén.


[1] Cirprinano, Ad Donatum IV-V, Citado por Luigi Padoveses, Introducción a la Teología Patristica Ed. Verbo Divino, Estella 1996, 107.

[2] San Agustín, Sermón 270, 6: BAC 447, 760.

[3] San Agustín, In Io, tr 74, n. 1; PL 35, 1826, Citado por Ángel Herrera, La Palabra de Cristo, V, BAC, Madrid 21957, 37.

[4] Ángel Herrera, La Palabra de Cristo, V, BAC. Madrid 1957, 45-49..

[5] San Bernardo, Obras completas IV, BAC, Madrid 1984, 201, 219-221.

[6] Directorio Franciscano, Escritos completos de san Francisco de Asís, 1. Carta a los fieles, 25.

[7] Ibid., Forma de vida para Santa Clara, 35.

[8]Ibid, Saludo a la Bienaventurada Virgen María, 76.

[9] Ibid, Carta a toda la Orden, oración final, 32.

[10]  Santa Catalina de Siena, Obras: El diálogo, Oraciones y Soliloquios, BAC, Madrid 1991, 357, 192, 352, 505-506 (paginación de los textos por orden de aparición).

[11] Ibid, 510. Se explica que santa Catalina no sabía escribir, pero que ella escribió esta oración, que es propiamente una oración a la Santísima Trinidad.

[12] Pedro Jesús Lasanta, San Juan de Ávila, Diccionario Teológico-espiritual de san Juan de Ávila, Edibesa, Madrid 2000, 145-158. Sermón 27. Cicle temporal: Domingo infraoctava de la Ascensión.

[13] Cuentas de Conciencia, 13; 25, 2.

[14] Camino de Perfección, 27,7

[15] Conceptos del amor de Dios, 5,5.

[16] Cántico Espiritual B, 17, 2. 4; 39,3.

[17]  Santa María Magdalena de Pazzi, Éxtasis, amor y renovación. BAC, Madrid 1999,55-56, 207-208.

[18] Serafín de Sarov, Conversación con Motovilov, Ed. Lumen, Buenos Aires, 21990, 67-68, 76, 93.

[19] Joaquina de Vedruna, Epistolario, Ed. Vedruna, Vitoria 1969, Cta a María Casanovas, 26.4.1845, 251-252.

[20] Ibid., Cta a María Casanovas, 15.5.1845, 254-255.

[21] Les Cathéchismes du Curé d’Ars, EC 4-VIII.72. Citat per Bernabé Dalmau, Homes d’Ahir, Sants de sempre II, Pub. de l’Abadia, Montserrat 1975, 43-44.

[22] Lucha del alma con Dios, IV, 19.

[23] P. Estrate, Mariam, sainte palestinienne. La vie de Marie de Jésus crucifié, P. Téqui éditeur, Paris 1999, 259-260.

[24] Francisca Josefa del Valle, Decenario al Espíritu Santo, “Dedicatoria”

[25] Manuscrito B, 3v.

[26] Poesía 17, 2. ¡Vivir de Amor!

[27] Manuscrito C 36r.

[28] Poesía 54, Pentecostés, 29.5.1898. Tenía entonces 18 años.

[29] Tito Brandsma, Ejercicios bíblicos con María para llegar a Jesús, Cesca, Caudete

1978, 75-76.

8 Edith Stein, Pensamientos, Monte Carmelo, Burgos 1999, 29-31.

[31]  M. Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, El Carmen, Vitoria 1982, 410-411.

[32] Siervo de Dios, Bartolomé María Xiberta, es un fraile carmelita catalán, fue uno de los teólogos más importantes del siglo XX, pero se caracterizaba por su sencillez. Este escrito corresponde a Fragmentos doctrinales, Barcelona 1976, 347-348.

[33] San Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 75.

[34] En sus escritos hay 58 menciones al Espíritu Santo. Al menos 33 de sus cartas las inicia invocando al Paráclito para la persona a quien escribe: “Que la gracia del Espíritu Santo esté en su alma”, o “Que el Espíritu Santo sea en el alma de”. Los textos corresponden a su Diario, n. 20 y 56.

[35] San Juan Pablo II, Audiencia General, 28.6.1989.

Oraciones a San José del Papa Francisco

Oración a San José por el Año Jubilar de san José

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

(Carta Apostólica, Patris Corde)

Oración a San José por el fin de la pandemia

«Protege, Santo Custodio, esta nuestra [humanidad].
Ilumina a los responsables del bien común, para que ellos sepan – como tú – cuidar a las personas a quienes se les confía a su responsabilidad.

Da la inteligencia de la ciencia a quienes investigan los medios adecuados para la salud y el bienestar físico de los hermanos.
   Apoya a quienes se sacrifican por los necesitados: los voluntarios, enfermeros, médicos, que están a la vanguardia del tratamiento de los enfermos, incluso a costa de su propia integridad física.

Bendice, San José, a la Iglesia: a partir de sus ministros, conviértela en un signo e instrumento de tu luz y tu bondad.
  Acompaña, San José, a las familias: con tu silencio de oración, construye armonía entre padres e hijos, especialmente con los más pequeños.

Preserva a los ancianos de la soledad: asegura que ninguno sea dejado en la desesperación por el abandono y el desánimo.
  Consuela a los más frágiles, alienta a los que flaquean, intercede por los pobres. Con la Virgen Madre, suplica al Señor que libere al mundo de cualquier forma de pandemia. Amén».

Oración que reza cada día a san José el Papa Francisco

Glorioso Patriarca San José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi auxilio en estos momentos de angustia y dificultad.

Toma bajo tu protección las situaciones tan serias y difíciles que te encomiendo, a fin de que tengan una feliz solución.

Mi bienamado Padre, toda mi confianza está puesta en Ti.

Que no se diga que te he invocado en vano y puesto que Tú puedes todo ante Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder.

Amén.

Oración a San José por las familias 

Padre, Tú encomendaste a san José lo más valioso que tenías: el Niño Jesús y su madre, para protegerlos de los peligros y de las amenazas de los malvados.

Concédenos, también a nosotros, experimentar su protección y su ayuda. Él, que padeció el sufrimiento de quien huye a causa del odio de los poderosos, haz que pueda consolar y proteger a todos los hermanos y hermanas que, empujados por las guerras, la pobreza y las necesidades, abandonan su hogar y su tierra, para ponerse en camino, como refugiados, hacia lugares más seguros.

Ayúdalos, por su intercesión, a tener la fuerza para seguir adelante, el consuelo en la tristeza, el valor en la prueba.

Da a quienes los acogen un poco de la ternura de este padre justo y sabio, que amó a Jesús como un verdadero hijo y sostuvo a María a lo largo del camino.

Él, que se ganaba el pan con el trabajo de sus manos, pueda proveer de lo necesario a quienes la vida les ha quitado todo, y darles la dignidad de un trabajo y la serenidad de un hogar.

Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, que san José salvó al huir a Egipto, y por intercesión de la Virgen María, a quien amó como esposo fiel según tu voluntad.

Amén

Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.

Ángelus, 29 de diciembre de 2013 (Vídeo)

Letanías de San José

Letanías de San José

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo, ten misericordia de nosotros.

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Ilustre descendiente de David, ruega por nosotros.

Luz de los Patriarcas,ruega por nosotros.
Esposo de la Madre de Dios,ruega por nosotros.
Casto guardián de la Virgen,ruega por nosotros.
Padre nutricio del Hijo de Dios,ruega por nosotros.
Celoso defensor de Cristo,ruega por nosotros.
Jefe de la Sagrada Familia,ruega por nosotros.
José, justísimo.ruega por nosotros.
José, castísimo,ruega por nosotros.
José, prudentísimo,ruega por nosotros.
José, valentísimo,ruega por nosotros.
José, obedientísimo,ruega por nosotros.
José, fidelísimo,ruega por nosotros.
Espejo de paciencia,ruega por nosotros.
Amante de la pobreza,ruega por nosotros.
Modelo de trabajadores.ruega por nosotros.
Gloria de la vida doméstica,ruega por nosotros.
Custodio de Vírgenes,ruega por nosotros.
Sostén de las familias,ruega por nosotros.
Consuelo de los desgraciados,ruega por nosotros.
Esperanza de los enfermos,ruega por nosotros.
Patrón de los moribundos,ruega por nosotros.
Terror de los demonios,ruega por nosotros.
Protector de la Santa Iglesia,ruega por nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo:

escúchanos, Señor

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo:

ten misericordia de nosotros.

  • Le estableció señor de su casa.
  • Y jefe de toda su hacienda.

Oremos: Dios, que con inefable providencia te dígnate escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Santísima Madre: concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como intercesor en los cielos. Tú que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén.