Los Santos Carmelitas devotos de San José

          Verdaderamente, «el carisma mismo de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu trasmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el cuerpo de Cristo en crecimiento constante»[1].

Los “santos” del Carmelo teresiano o sus más insignes hijos e hijas, al dejar que el Espíritu Santo hiciera fructificar en ellos las gracias inherentes al carisma, que El mismo había dado a santa Teresa de Jesús, han sido devotos sinceros de san José:

          En primer lugar podríamos poner al P. Gracián de la Madre de Dios, el gran amigo y colaborador de la Santa en la expansión del Carmelo Descalzo. Era devoto de san José desde niño, y de él y de la Virgen María «experimentó muchas gracias»[2]. Será en el Carmelo Descalzo donde su devoción a san José se profundizará, bajo la acción del Espíritu Santo y alentado por la devoción que le testificará la madre  Teresa de Jesús.   

       De todos los hijos e hijas espirituales de santa Teresa de Jesús, el P. Gracián es en quien vemos mejor plasmado la dimensión josefina de Carmelo teresiano. Como la madre Teresa de Jesús escribió de forma profunda de san José, pero lo pudo hacer con más extensión que ella. En honor al Santo Patriarca escribió Josefina. Sumario de las excelencias del glorioso san José, esposo de la Virgen María, que es una enciclopedia sobre el Santo Patriarca, formado por cinco libros, con cinco capítulos cada uno[3].  Reflexionará y contemplará largamente sobre la relación existente en el seno de la Sagrada Familia: «San José aprendió oración de los dos más aventajados espíritus que jamás se pueden imaginar, que son Jesús y María; en su compañía oraba y a los mismos que mandaba como a súbditos rogaba como a Dios y a Madre de Dios, que este privilegio de oración ninguno le alcanzó».

A semejanza de santa Teresa pondrá de relieve su poder intercesor respecto a la intercesión de los otros santos: «Este Santo es medianero, intercesor y abogado de todos los estados, para alcanzar todas las gracias, para todas las virtudes y para librar a quien de veras le llamare de todos los trabajos y peligros del mundo»[4].

         También hablará de los frutos espirituales que reciben los que son devotos de san José: «si de veras le imitan y como verdaderos devotos le aman, honran y celebran su fiesta y por darle gusto sirven mucho a Dios, recibirán consuelo en sus tribulaciones, ánimo en los temores, fortaleza contra las tentaciones, firmeza en los propósitos, fervor en la oración, ternura de espíritu, regalos interiores, valor para obras heroicas, perseverancia en los bienes y una muy particular, muy afable, muy gustosa y muy provechosa devoción con la Virgen María, su esposa y ferviente amor a Cristo Jesús; y que en todos los sucesos de su vida y en la hora de su muerte hallarán un buen amigo que siempre esté a su lado aparejado para su defensa»[5].

          Al ser publicada la Josefina, irradió devoción al Santo Patriarca, él mismo testificará:  «Hice imprimir ese Sumario [sobre san José], y he visto por experiencia que en Italia y España ha hecho mucho fruto para mover los ánimos a la devoción de este Santo y de su Esposa; y habiéndolo leído los arzobispos de Toledo, Valencia y otros prelados, han ordenado en sus  diócesis que el día de San José sea fiesta de guardar»[6].    

El P. José de Jesús María (Quiroga), en su escrito Historia de la vida y excelencias, hizo una bella biografía de la Virgen y de san José. Dirá: «Así como la Virgen… tiene el lugar supremo del cielo y muy allegado al mismo Cristo, así también parece que por tener San José, después de la Virgen, mayores prendas de amor a Cristo, y con la Virgen… ha de estar más cercano a la Virgen que otro santo ni espíritu alguno, y después de ella más cercano a Cristo».

          Al beato Francisco Palau la devoción a san José le acompañó toda su vida. En su primer libro Lucha del alma con Dios, asume toda la doctrina josefina de Teresa de Jesús, enriqueciéndola con convicciones aprendidas en los años de silencio y oración.   

Su pensamiento sobre el poder intercesor de san José, lo expresa en términos tales como: «En este gran Santo tenemos un poderosísimo abogado para todo. […] San José es sin duda después de María el más firme protector para lograr el triunfo de la religión católica en España. […] Tome a San José no sólo como abogado, sino aún maestro; le enseñará el manejo de las armas espirituales al modo que lo enseñó a Santa Teresa […], que agenció con Dios […]  la conservación de la religión católica en España. Y en esta noble empresa, su director, protector y maestro fue san José»[7].

Para alcanzar con mayor seguridad la intercesión de la Virgen María, se debe interponer «la intercesión de todos sus ángeles y santos, especialmente la de su esposo San José»[8]. De modo, que si el alma con viva fe «puede comprometer en su favor el patriarca San José, con él tendrá a María, con María a Jesús y con Jesús al Padre»[9]. Ya que el «Padre hace lo que el Hijo le pide, el Hijo lo que le pide su Madre»[10].

          En su última enfermedad, invitaba a sus hijos e hijas espirituales: «Orad conmigo por el triunfo de la Iglesia, uniendo nuestras súplicas a las de san José». Dos horas antes de morir pidió que rogasen por él interponiendo el valimiento de san José. Murió el día posterior a la solemnidad de san José del año 1872. Era un miércoles, día tradicionalmente dedicado al Santo Patriarca. Habiendo tenido una santa vida y una buena muerte.

Santa Teresa del Niño Jesús, nació en un hogar en el que había una profunda devoción a san José. Su madre, encomendaba a san José con gran fe y confianza las necesidades temporales y espirituales de la familia y de las demás, y trasmitía este amor a sus hijas.

Escribirá Teresa del Niño Jesús: «Desde mi infancia había sentido hacia San José una devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen» (Ms A 57r) En su peregrinación a Italia, se encomienda en París a Nuestra Señora de las Victorias y pone su pureza bajo el patrocinio de san José: «Rogué también a San José que velase por mí. […] Todos los días le rezaba la oración: “San José, padre y protector de las vírgenes”. Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje. Iba tan bien protegida, que me parecía imposible tener miedo»[11].

          Su devoción a San José se afianzó y profundizó durante su vida en el Carmelo. Por encima de otro santo, Teresa veneraba a la Santísima Virgen y a San José.  Lo consideraba como ejemplo de virtudes, como modelo de vida escondida y sacrificada por Jesús y María. En las poesías y en las recreaciones piadosas para ser escenificadas en las fiestas de la comunidad, hará mención muy a menudo de san José en compañía de su esposa la Virgen Santísima. Admira su vida oculta, profunda y llena de virtudes. 

San José, tan amado de santa Teresa del Niño Jesús, ¡cuánto contribuirá a realizar en ella su caminito de sencillez, de humildad, de confianza y de abandono! El camino de la glorificación póstuma de santa Teresita aparece vinculada a la fiesta del Santo Patriarca. En su fiesta se dará el permiso para su beatificación y la aprobación de los milagros para su canonización. 

          Santa Isabel de la Trinidad fue toda la vida muy devota de san José, no dejaba de encomendarle con toda confianza sus intenciones. Su Diario es fiel reflejo de ello: «Esta mañana he comulgado por el comienzo del mes de San José y he pedido a este gran Santo, en quien tengo mucha confianza que me ayude en la conversión de este pecador» (n. 17). «He comenzado una (novena) a San José, en quien tengo tanta confianza, y otra a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, patrona de misiones» (n. 41). En su última carta escrita a su madre, da prueba de ello: «Dile que ruego mucho a San José; esperaba que hubiera hecho algo para su fiesta; estoy llena de esperanza» (cta. 265).

          Santa Teresa de los Andes confió su vocación a la intercesión de la Virgen María y san José. Escribirá: «He puesto en defensa de mi causa dos grandes abogados que no pueden ser en vano y que ha sido mí guía verdadera toda mi vida desde muy chica, y mi Padre San José, a quien he cobrado gran devoción y que lo puede todo cerca de su divino Hijo. Todo mi porvenir lo he confiado en sus benditas manos. Yo me someteré gustosa a la divina voluntad» (cta. 76).

Santa Teresa Benedicta de la Cruz será en el Carmelo donde su devoción al Santo Patriarca nacerá y crecerá. Con el estudio histórico de santa Teresa de Jesús y de sus escritos, irá descubriendo la importancia que san José tuvo en la vida y en la Reforma de la Santa Fundadora. Hablará de él con cariño y reconocimiento. Pero la expresión íntima y ferviente de la devoción y confianza su protección, es decir, la interiorización de una confianza plena, se encuentra en dos poesías dedicadas al Santo.

En la poesía Canto a nuestro Padre San José, dirá: «Él no abandona a los suyos! // San José, nuestro Padre,/ sabe ayudar en toda necesidad, / de los afligidos consejero/ y en la muerte refugio nuestro. /Por eso nunca desalentaos/ si amenazan y envuelven tormentas;/ Sed atrevidos en el ruego, /la confianza tendrá su recompensa».

En la poesía ¡San José, ¡cuídanos!, hará referencia a la terrible persecución que vivían los judíos, cuando se preguntan si hay algún salvador, alguien que les pueda ayudar, dirá: «“Una lúcida estrella”, que se inclina amistosa y paternamente hacia nosotros, derramando bondad y ternura, este es San José». Teresa Benedicta de la Cruz acepta todo el peso de la noche con su angustia, lo toma, pero lo deposita en las “manos fieles” de San José, pidiéndole que lo acoja, y finaliza cada una de las tres estrofas “¡San José, cuídanos!” De este modo se pone con la confianza total de una niña en los brazos de su padre, san José.

El beato Tito Brandsma, que quedó fascinado por el espíritu del Carmelo, y procuró siempre vivir a fondo su vocación de carmelita. En su última carta, después de un calvario de cárceles, trabajos forzados y todo tipo de sufrimientos morales y espirituales, su confianza en la protección de san José junto a la de María y de Jesús será su única esperanza. Así lo escribe en su última carta a su familia: «Permanezcamos unidos bajo la protección de Jesús, María y José. No os preocupéis por mí. En Cristo vuestro Anno (Tito)»[12].

Santa Maravillas de Jesús, también fue muy devota de san José y enseñaba a los demás a confiar en él como camino para llegar a Cristo: «Que nuestro Padre san José que tan especialmente ha querido serlo suyo en el Carmelo, la enseñe más y más las virtudes que él practicó, para que agrade como él Cristo nuestro bien» (Estampa 511). Encomendaba a la protección de san José toda clase de asuntos espirituales y materiales, así como la santidad de sus hijas. Muchas veces le encendía una lamparilla hasta que se concediera lo que pedía y escribía o hacía escribir la petición colocándola debajo de la imagen.

En los capítulos de comunidad y del noviciado, la madre Maravillas de Jesús, inculcaba constantemente estas virtudes haciendo alusión frecuente a San José. Estos son algunos de sus pensamientos que trasmitía a sus hijas: «Que nuestro Padre San José me las llene del amor que él tenía a su Niño y me las enseñe a conversar con El y a agradarle en todo, sustentándole con las almas que le ganen; y que le pidan por mí, que quiero quererle tanto como él»[13] «Que sea nuestro modelo N. P. S. José; pidámosle que nos enseñe a vivir sólo para Dios. Miren que el alma que de veras lo desea, el alma que es fiel en todas las cosas, aunque caiga, nunca deja de recompensarla el Señor». 

San Juan de la Cruz contaba que cuando era niño un día jugaba con otros niños al lado de la laguna, y cayó dentro de ella. Estando en gran peligro de ahogarse, por tener mucha agua y lodo, se le apareció la Virgen Santísima y le pedía la mano para sacarle de ella. El mismo explicaba: «como yo la tenía llena de lodo no se la quería dar por no la ensuciar la suya, que era tan hermosa y linda. Y estando en esta contienda llegó allí un labrador, y como le vio en tan grave peligro y que no podía salir, me alargó una vara larga que traía en la mano y me así de ella, y así salí de la laguna»[14]. Jerónimo de san José biógrafo del santo se fija en la insignia de la vara, y dice que el salvador sería el «glorioso san José, porque bien verosímil parece que estando la Virgen sacratísima ocupada en sacar al niño del peligro, ayudase a esta obra no otra menos digna persona que su bendito esposo»[15].

Confiaba san Juan de la Cruz en el poder intercesor de san José. En una de sus cartas hace referencia a él. Enseña a una aspirante a carmelita descalza a poner su vocación en manos de María y de José: «De su negocio yo no me olvido; mas ahora no se puede más, que harta voluntad tengo. Encomiéndelo mucho a Dios y tome por abogada a Nuestra Señora y a San José en ello»[16]. Eso de abogado tiene resonancias teresianas. El sello que usaba en sus tareas de superior por Andalucía, estaba orlado con una inscripción en la que se rezaba «san Joseph».

Fue por tierras de Andalucía donde más destellos dejó san Juan de la Cruz de su sincera y cordial devoción a san José que se esforzaba por inculcar. Los que convivieron con el Santo, testifican que san José estaba muy presente en la celebración de la Navidad. Precisamente en la escenificación de las “posadas” navideñas fray Juan de la Cruz representaba el papel de san José mendigando albergue: «Del Verbo divino/ la Virgen preñada/ viene de camino,/ si le dais posada». El primer convento masculino que san Juan de la Cruz fundó, lo dedicó a san José, este es el colegio de Baeza.

          Hay un hecho, que los biógrafos de san Juan de la Cruz consignan en su vida, que hace referencia a san José. Era el prior en Granada, no pudiendo ir él personalmente, envió a dos frailes que atendieran a las carmelitas:

«A su vuelta, al llegar a la nueva plaza cercana al convento, encontraron a un hombre de bella presencia… Este hombre se les acerca y les pregunta…. Padres, ¿por qué motivo esta Orden tiene una devoción tan grande a San José? – Porqué nuestra Santa madre Teresa le era muy devota, porqué le había ayudado mucho en todas sus fundaciones, y le había obtenido muchos favores del Señor… lo que hace que todas las casas que ha fundado las haya puesto bajo el patrocinio de San José. – Y obtendrá otros muchos favores – responde el misterioso personaje – Mírenme de cara VV.RR. y guarden una gran devoción a este santo, pues no le pedirán nada sin que no lo obtengan. De repente, el extranjero desaparece. Al llegar al convento se lo explican a san Juan de la Cruz, éste les dice. ¡Callaos! ¿No le habéis reconocido? ¡Sabed que era san José!  Id a arrodillaros ante él. Pero no ha venido por vosotros, sino por mí, que no le tenía toda le devoción que debía, pero le tendré de ahora en adelante»[17].

Aunque  san Juan de la Cruz era devotísimo del Santo más grande del cielo que es la Santísima Trinidad y amaba entrañablemente a la Virgen María, como carmelita descalzo, debía cultivar en su interior una gran devoción a san José, encomendándole todo, de otro modo no vivía con plenitud el carisma que el Espíritu ha dado al Carmelo Teresiano. Como era hombre de palabra, hasta el fin de sus días san Juan de la Cruz, tuvo a san José la devoción que debía.


[1]Criterios pastorales sobre las relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia, c.3, 11. Ibid., 43.

[2] BMC XVI, 477.

[3] Los textos que hacen referencia a san José en los escritos de santa Teresa de Jesús, podrían caber en cuatro páginas impresas en A5, pues solo escribe sobre él en Vida, cap. 6, 5-8. Las demás referencias a san José son textos brevísimos. En cambio la Josefina de Gracián, son cinco libros con un total de 110 páginas de la BMC.

[4] BMC XVI, 374. Citado por Vicente Martínez-Blat, Las enseñanzas espirituales del Maestro Gracián, Ed. Edibesa, Madrid 2014, 270.

[5] BMC XVI, 473.

[6] BMC XVI, 374.

[7]Lucha del Alma con Dios (Lu) IV, 28, p. 145.

[8] Lu IV, 26, p. 144.

[9] Lu, IV, 27, p. 144.

[10] Lu IV, 26, p. 144.

[11]  Ms A 57r.

[12] Citada por Miguel María Arribas, El precio de la verdad. Tito Brandsma, carmelita, Postulación General de los Carmelitas, Roma 1998,306.

[13] M. Maravillas, Era Así. Ed. La Aldehuela, Madrid 1993, 244.

[14] BMC 14, 321.

[15] Citado por Teófanes Egido, “San Juan de la Cruz y san José”, El mensajero de san José, 572 (julio- agosto 2018) 6-7.

[16] Carta de febrero 1589.

[17] Una detallada descripción de este hecho en P. Crisónogo de Jesús, Vida y Obras de San Juan de la Cruz, BAC, Madrid 1972, 107-111.

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