Entrada en la eternidad de Santa Teresa de Jesús (4.10.1582)

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En el momento de la muerte es cuando se revela lo que hay en el corazón de una persona. Ello lo podemos ver en primer lugar en el Señor.  El que pasó por nuestra tierra haciendo el bien, y en cambio recibió mucho mal, de un modo particular en su pasión y crucifixión, pero por las palabras que recogen los Evangelios cuando Jesús está crucificado, o sea sufriendo al máximo físicamente, moralmente y espiritualmente, reconocemos que en El sólo existía amor misericordioso, el amor que busca el bien de la humanidad a pesar de los pecados de los hombres. Le pide al Padre, «perdónales que no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Al malhechor que estaba con Jesús crucificado, al pedirle «acuérdate de mí cuando vuelvas como rey. Jesús le respondió: Te lo aseguro hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).  Nos dará a su misma Madre por madre: «Al ver a su madre y a su lado el discípulo preferido, dijo Jesús: Mujer, ése es tu hijo, y luego dijo al discípulo: Esa es tu madre» (Jn 19, 26-27).  Expirará confiándose al Padre: «Jesús gritó muy fuerte: Padre a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).

El testimonio que nos ha llegado de las carmelitas descalzas que acompañaron a la Madre Teresa de Jesús hasta que exhaló el último aliento, podemos reconstruir cuales eran los sentimientos que anidaban en su interior.

Cuando la Madre Teresa se sentirá morir, todo lo que antes le había preocupado, como el ir Ávila y poder morir en su amado convento de san José, ya no le importará. Lo único que le importará es el encuentro con el Señor, este deseo se mostrará profundo, todos los demás afectos que ella pudiera tener a las personas, incluso al mismo P. Gracián,  se mostraron realmente lo que eran, afectos periféricos que no afectaban a la unión con el Señor.

Los tres amores de Teresa de Jesús

Pudiéramos decir que a la hora de su traspaso a la eternidad se hacen presentes tres amores en la Madre Teresa de Jesús: el amor esponsal a Jesucristo su Esposo y redentor; el amor filial a la Santa Madre Iglesia, y el amor maternal hacia la Reforma por ella fundada.

El amor esponsal hacia Jesús, su Esposo y redentor

 A pesar de haber trabajado en bien de la Reforma hasta el último momento, y haber procurado servir a Dios del mejor modo posible, nos dicen los testigos: «La afligía la memoria de sus pecados, como si fueran grandes, y no hacía sino pedir a Dios perdón de ellos y que no mirase a lo mal que le había servido, sino a su misericordia, con la cual y su preciosa Sangre esperaba salvarse». Decía también «que por la Sangre de Jesu­cristo había de ser salva», y pedía a las monjas «la ayudasen a salir del purgatorio».

Sintiéndose morir pidió el viático el día 3 de octubre. Ella que se hallaba tan postrada en la cama, que entre dos hermanas la habían de movilizar. Pero cuando vio entrar por la puerta de la celda «el Santísimo Sacramento, incorporóse con gran ligereza y sin ayuda de otras, se levantó encima de la cama de rodillas, y se iba a echar de ella, si no la tuvieran, con ansias fervorosas que parecía la iba el alma tras Su Majestad divina». Como fuera de sí, la Madre, puestas las manos comenzó a decir:  «¡Señor mío y Esposo mío! ¡Ya es llegada la hora tan deseada! ¡Tiempo es ya que nos veamos, Amado mío y Señor mío! Ya es tiempo de caminar. ¡Vamos muy enhorabuena! Cúmplase vuestra voluntad. ¡Ya es llegada la hora en que yo salga deste destierro y mi alma goce en uno de Vos, que tanto he deseado!».

Amor filial a la Iglesia

 Después de la comunión volvió a dar gracias al Señor «porque la había hecho hija de la Iglesia y moría en ella». Repetía muchas veces: «En fin, Señor, soy hija de la Iglesia».  Decía, puestas las manos, muchas veces: «Bendito sea Dios, hijas mías, que soy hija de la Iglesia»; «Dios mío, Esposo de mi alma, porque me hiciste hija de tu santa Iglesia católica» . Y luego «tornó a dar muy particulares gracias a Dios, porque la había hecho hija de la Iglesia».

El amor maternal hacia la Reforma por ella fundada

«Hijas mías y señoras mías: Por amor de Dios las pido tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y Constituciones, que si la guardan con la puntualidad que deben, no es menester otro milagro para canonizar­las; ni miren al mal ejemplo que esta mala monja les dio y ha dado; y perdónenme» 14S. Las monjas rodeándola se hincaron de rodillas, y la Madre las iba mirando y juntando las manos decía: «Bendito sea Dios que me trujo entre ellas» 149.

Su traspaso a la eternidad

El día cuatro de octubre a pesar de los dolores que experimentaba estaba absorta en oración. Ana de san Bartolomé, su fiel enfermera, no se apartaba de su lado. Cuando a ella la mandaron que fuera a comer algo, la Madre Teresa la buscaba, cuando le preguntaron si quería a Ana de san Bartolomé a su lado, ella asintió. Puso en sus brazos su cabeza, y allí estuvo hasta expirar. La Madre Teresa «estaba tan encendida en el amor de su Esposo, que parecía no veía la hora que salir, salir del cuerpo para gozarle».

En aquella tarde de serena espera. Testificará una monja llamada Catalina de la Concepción, «oyó un gran ruido como de gente que venía muy alegre y regocijada, y vio que pasaban por la clausura muchas personas resplandecientes, vestidas todas de blanco, y entraron todas en la misma celda donde estaba la Santa Madre enferma. Antes que acabase de expirar, Ana de san Bartolomé con los ojos del alma, testificará: «Se me mostró el Señor con toda la majestad, de cuya persona salía un resplandor grandísimo, con mucho acompañamiento de santos y ángeles que aguardaban el alma de la santa Madre para llevarla a la gloria y darla el premio de sus trabajo. Y se fue esta dichosa alma a gozar de Dios como una paloma». Eran las nueve de la noche. «Quedó con las manos puestas estrechando un crucifijo, tan apretadas que no lo pudieron quitar sino con gran fuerza». En la estancia se percibía un olor grande y bueno.

Lejos en los conventos fundados por la Madre Teresa, se sucedían cosas inexplicables a la misma hora que fenecía, como si el alma de la Madre, a modo de una red invisi­ble, estuviese en contacto con las descalzas esparcidas por todos los conventos. En Valladolid, Casilda de S. Angelo, la hija mayor de Catalina de Tolosa,  testificará años más tarde: «Estando, pues, este día —refiere ella— en la pieza de la ropería, en­tre las cuatro y las cinco de la tarde, vi a la santa Madre con el glorioso padre San Francisco en el cielo, de cuya vista sintió mi alma grande gozo y consuelo. Como dentro de mí mirase aquello que pasaba, decía: ¿Cómo puede ser, estando nuestra Madre en la tierra y San Francisco en el délo, que estén ambos juntos allá en tanta gloria y conformidad de virtudes como gozan. Después, cuando vino la nueva de que la santa Madre había muerto el día de San Francisco y que había estado muchas horas en oración antes de expirar, cayó esta testigo en la cuenta del suceso y se certificó en la visión». En Valladolid, a la misma hora, Francisca de Jesús, vio una luz junto a ella, que la hizo alzar la vista al cielo, donde vio «un gran remolino de luces con muy gran resplandor y regocijo, como si recibieran a alguno». En Segovia, entre once y doce de aquella noche, Isabel de Santo Domingo percibió una voz interior: «Hija, no muero, sino vivo en eternidad».

Al amanecer del día 5 de octubre, las monjas vieron:  «Un arbolillo seco, y que nunca había llevado fruto, que estaba en un campecillo delante de la celda, estaba cubierto de flor y blanco como una nieve. Pareció cosa milagrosa: lo uno por ser a cinco de octubre; lo otro, porque estaba seco y nunca hacía llevado flor» 203.

Los oficios fúnebres se celebraron entre las diez y las once del 5 de octubre de 1682 en Alba de Tormes, que precisamente desde aquel día 5 de octubre y en virtud de la en­mienda del calendario promulgada por Gregorio XIII, se contó 15 de octubre.

     Teresa de Jesús vela desde el cielo por la Reforma 

Los frutos espirituales de la Madre fundadora estallaron como savia primaveral en la propia descalcez que la Providencia le había confiado. La paloma blanca que saliera de su boca al expirar anunciaba un interior Pentecostés, como el de Cristo el día de su ascensión, verificado diez días más tarde. La primera en percibir el amor materno de la Madre Teresa, fue su fiel enfermera, Ana de San Bartolomé. Ésta  confesará: «Ella me alcanzó la libertad de no estar asida a naide… y me pa­rece que tengo más amor a las que amo, que a todas las amo en Dios y por Dios». A Catalina de Jesús, en Beas, a la hora de comulgar, le reveló «que no tuviese pena, que más ayudaría a la Orden desde la otra vida». Y en Granada a Ana de Jesús: «No dejó de ser la Iglesia por haver muerto San Pedro y San Pablo en un día, y ansí no cesará nuestra Orden, antes crecerá más, que desde el cielo os podré ayudar mejor». Así resumía con ver­dad María de San José (Dantisco): «Después de la muerte de la M. Teresa se experimentó en sus hijas gran renovación en su espí­ritu y deseos; se veía la ayuda que desde el cielo hacía» 169. Concluyamos este relato  con sus palabras: «Ahora, pues, decimos que esta mariposica ya murió, con grandísima alegría de haver hallado reposo, y que vive en ella Cristo».

El sol se puso en Alba, y alumbró un alba dorada.


 

Bibliografía 

Los testimonios de la muerte de la Madre Teresa de Jesús son recogidos del libro de  Efrén de la M. de Dios y Otger Steggink, Tiempo y vida de Santa Teresa de Jesús, BAC n. 283,  Madrid, 1977, 979-997.

 Beata de san Bartolomé, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos 1999, 95.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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