La eficacia de la sangre de Cristo para alcanzar de Dios todo don

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Jesucristo nos ha  enseñado a orar al Padre en su nombre: «Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 24). «Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre os lo concederé». (Jn 14,13-14). «El Padre os dará todo lo que pidáis en mi nombre» (Jn 15,16). Los grandes orantes nos enseñan, que orar por Cristo al Padre por medio de su sangre, donde están todos los méritos de su Pasión, la oración es escuchada.

Era tanta la fe de santa Clara de Asís, en Cristo presente en la Eucaristía, que cuando los sarracenos a la orden del emperador Federico II, entraron en el convento de san Damián, ella que estaba enferma pidió que le llevaran la arquita donde se guardaba la eucaristía. Ella entre lágrimas elevó al Señor esta oración: «¡Señor! protege tú a estas siervas tuyas, que yo no puedo hacerlo en estos momentos. Protege la ciudad y sus vecinos y también la tierra que nos nutre con amor»[1]. No se hizo esperar la respuesta del Señor, presente y velado en la Eucaristía. Se oyó una voz misteriosa que dijo: «Yo os guardaré y defenderé siempre, por el amor que os tengo y por el amor que me tenéis»[2]. Y de repente el ejército del emperador, huyó despavorido sin hacer daño a nadie.

Santa Catalina de Siena se refugiaba en la sangre de Cristo, decía: «¡Que gloriosa es esta sangre! Es ungüento perfumado que extingue el hedor de nuestra maldad; la luz que disipa la oscuridad»[3]. Para que con ella intercedieran por la Iglesia. Le pedía al Señor: «danos voz para clamar a ti con la voz de tu misericordia por el mundo y por la reforma de la Iglesia. […] Si te pido por todo el mundo, lo hago especialmente por tu vicario, y por sus columnas [cardenales], y por todos los que has querido que ame yo con amor singular. Aunque esté enferma, aunque sea imperfecta, quiero verlos sanos y perfectos, y, aunque esté muerta, quiero verlos vivos por la gracia»[4].

Santa Teresa de Jesús, cuando pedía a Dios pusiera fin a los males de la Iglesia, no podía más que decirle a Dios Padre: «pues su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya adelante tan grandísimo mal […] Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos. Atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo […] No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. […] Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad. […] Pues ¿qué he de hacer, Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro Hijo, me hagáis esta merced, pues por tantas partes lo tiene merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos»[5].

Santa Magdalena de Pazzi, gran intercesora ante Dios por la Iglesia y la salvación de las almas, oraba intensamente y ofrecía la sangre de Cristo para que su petición fuera escuchada. Ella nos dice: «Jesús tiene sed de que le ofrezcáis su sangre por la salvación de las almas y pidáis misericordia por los pecadores. Dios tiene en su mano gracias eficaces para darlas a los pecadores mediante las cuales alcanzarían la salvación. […] Obligad a Jesús con vuestros ruegos que os dé siempre un pastor celoso del honor de Dios»[6]

La beata María de Jesús de Toledo, en una locución mística el Señor le dijo: «Hija, tuya es esta Sangre y mi Corazón; en él mora siempre anegándote en mi Sangre… de suerte que te anegues en el amor inmenso mío; y sabe que mi Sangre abrasa y quema los corazones que en ella se meten»[7]. De este modo considerando la Sangre de Cristo como cosa realmente suya, la ofrecía a Dios por la salvación de los pecadores, por la liberación de las almas del purgatorio, y para alcanzar de Dios toda gracia para su mayor gloria.

El beato Francisco Palau que buscó largamente el modo de que la oración fuera escuchada, no encontró otro medio que el ofrecimiento lleno de fe de la sangre de Cristo.  Dirá: «para que la oración de Jesucristo y los frutos de su redención se apliquen a alguna nación o pueblo, para que haya quien le ilumine con la predicación del Evangelio y le administre los sacramentos, es indispensable haya alguno o muchos que con gemidos y súplicas, con oraciones y sacrificios hayan conquistado antes aquel pueblo y lo hayan reconciliado con Dios. A esto, entre otros fines, miran los sacrificios que ofrecemos en nuestros altares. La hostia santa que en ellos presentamos todos los días al Padre, acompañada de nuestras súplicas, no es solo para renovar la memoria de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, sino también para obligar con ella al Dios de las bondades a que se digne aplicar la redención de su Hijo a la nación, provincia, ciudad, […] o aquellas personas por quienes se celebra […] la santa misa. En ella es propiamente donde se negocia con el Padre la redención, o sea, la conversión de las naciones»[8].

Teresa del Niño Jesús, que fue engendrada en el seno de su madre, cuando el beato Francisco Palau entró en el cielo, el Espíritu Santo ya le enseñó el modo de interceder eficazmente a los 14 años: «Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me sentí profundamente impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella, y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas…»[9]  Así intercederá hasta el fin de su vida.

La beata Isabel de la Trinidad, en un momento en que las relaciones entre la Iglesia en Francia y el Estado eran particularmente tensas, escribirá en unas cartas: «Gran necesidad tenemos que Dios realice resurrecciones en nuestra querida Francia. Me agrada ponerla bajo la efusión de la Sangre divina». «¡Pobre Francia! Me gusta balarla en la sangre del Justo, “del que vive eternamente para interceder y pedir misericordia”»[10].

Santa Teresa de los Andes, alegrándose de la profundidad de su vocación contemplativa, dirá: «Unirse a Dios para que así circule en ella la sangre redentora, y comunicarla a la Iglesia, a sus miembros, para que así se santifiquen… Ella se inmola sobre la cruz, y su sangre cae sobre los pecadores, pidiendo misericordia y arrepentimiento. Cae sobre los sacerdotes santificándolos…»[11].

Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), cuando exhortará a sus hermanas para prepararse con la renovación de los votos religiosos en el ámbito de la II Guerra Mundial les dirá: “¡El mundo está en llamas! ¿Te apremia extinguirlas? Contempla la Cruz. Desde el corazón abierto brota la sangre del Salvador. Ella apaga las llamas del infierno.. […] Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu/su sangre preciosa la que se derrama. Unida a él, eres como él omnipresente. […] Tu Amor misericordioso, Amor del corazón divino, te lleva a todas partes donde se derrama su sangre preciosa, suavizante, santificante, salvadora»[12].


Notas

[1] Francesc Gamissans, Clara de nom i de fets, Barcelona: Ed. Claret 1992, 84.

[2] Ibid., 84.

[3] Santa Catalina de Siena, Escritos escogidos, Sevilla: Apostolado Mariano 1992, 154-157.

[4] Obras de santa Catalina de Siena. El diálogo, oraciones y soliloquios, Madrid: BAC 1991, n. 415, 498.

[5] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 35,3-5.

[6] Santa Magdalena de Pazzi, Avisos y enseñanzas, Onda: Ed. Amacar 1991, 53.

[7] Simeón de la Sagrada Familia, María de Jesús. El “Letradillo· de Santa Teresa, Burgos: Monte Carmelo 1974, 39.

[8] Francisco Palau, Escritos, Monte Carmelo 1997,  35. Lucha del alma con Dios. Carta de un director, 8-9.

[9] Teresa de Lisieux,  Manuscrito A, 45v.

[10] Isabel de la Trinidad, Obras Completas, Madrid: Ed. de Espiritualidad 1986, 746. 791. Cts. 225. 256.

[11] Mariano Purroy, Teresa de los Andes cuenta su vida, Burgos: Monte Carmelo, 122-123.

[12] Edith Stein, Los caminos del silencio interior, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1988,  109.

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