La oración de intercesión de Teresa de Jesús, modelo para nosotros

                             santa teresa

Sumario:  1. Los ámbitos por los que intercedía  Teresa de Jesús; 2. Orar por uno mismo, orar por los miembros de la Orden; 3. Orar por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad; 3.1. Orar por los sacerdotes (vocaciones al sacerdocio, Presbíteros-Obispos-Papa); 3.2. Orar por las Iglesias más perseguidas; 3.3. Orar por el “aumento de la Iglesia”;  3.4. Orar por los reyes, gobernantes, políticos, legisladores…; 3.5. Orar por la salvación de las almas

 

1. Los ámbitos por los que intercedía  Teresa de Jesús 

A medida que la madre Teresa de Jesús se irá adentrando en los grados más encumbrados de la unión con Dios, más profundamente vivirá la dimensión apostólica de la vida de oración. Ello será posible porque ella en un inicio suplicaba a Dios que le concediera la plena libertad interior para ser toda suya, y pedía a otros que intercedieran por ella. Una vez vuelta en sí, las súplicas constantes de santa Teresa a Jesucristo tendrán una doble vertiente, por una parte, que Dios diera grandes capitales a la Iglesia, la extensión de la Iglesia y la salvación de las almas, como ya se ha visto,  y por otra  que el Señor le ayudara a llevar a término la obra fundacional que le había encomendado y que cada uno de sus miembros viviera tales virtudes, que sus oraciones fueran escuchadas por Dios, y rezará y hará rezar cuando sus hijos e hijas vivan momentos particulares de persecución y sufrimiento.

2. Orar por uno mismo, orar por los miembros de la Orden

Para hacer fecunda la Orden del Carmen Descalzo y su misión en la Iglesia, debemos asumir y vivir esta triple dimensión oracional, el orar por nosotros mismos, el que los otros oren por nosotros y todos juntos oraremos  y trabajemos apostólicamente según el estado de cada uno, para que la Iglesia se signifique por la santidad y sabiduría de sus ministros, haga fecunda su labor apostólica, en particular de la propia Orden, y se trabaje decididamente para que la redención de Cristo sea fecunda en cada generación.

Si queremos vivir en la verdad, tenemos necesidad de orar por nosotros como el publicano de la parábola evangélica,  «¡Oh Dios¡ ¡Ten compasión de mí que soy pecador!» (Lc 18,13), ya que estamos muy lejos de la santidad que Dios tiene en sus inefables designios sobre nosotros. Debemos orar por nosotros mismos pidiendo al Señor que ninguna actitud de pecado arraigue en nosotros, y nos conceda siempre humildad para reconocer los propios pecados y la gracia para convertirnos de ellos. «Porque demasiado a menudo descuidamos examinar nuestra conciencia y dejamos que nos arrastren graves culpas: durante largos años omitimos acusarnos y esto contribuye a debilitar nuestra vida espiritual»[1].

En este proceso de conversión personal necesitamos que los otros oren también por nosotros, lo mismo que ellos necesitan de nuestra oración. Todos «tenemos gran necesidad de que se rece por nosotros con fervor, a fin de que el Espíritu nos revele los pecados que nos arrastran y que se esconden en nuestro corazón y que nuestra conciencia sea presa del arrepentimiento y se convierta. Podremos entonces recibir la fuerza de Dios en nosotros y nuestras oraciones y acciones de gracias se verán reavivadas por el dinamismo de la gracia. […]  Las oraciones de los demás cuando son fervientes, se convierten en uno de los factores más importantes de renovación de tu vida y de adquisición de más energía espiritual»[2].

Orar unos por otros hará que todos estemos fortalecidos en la vida de oración y ésta sea más poderosa a los ojos de Dios.  Por ello santa Teresa, al final de las séptimas moradas, dirá a sus monjas: «para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4, 6). Una de estas obras será precisamente ayudar a las propias hermanas de comunidad con la oración y el ejemplo. A la réplica que le hacen las monjas dirá: «Diréis que esto no es convertir, porque todas son buenas. ¿Quién os mete en esto? Mientras sean mejores, más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos» (7M 4,15).

Existirá una verdadera solidaridad oracional entre las comunidades, cuando una de ellas viva particulares dificultades, como fue el caso de la comunidad de Sevilla «Muchas oraciones que por acá se han hecho en estas casas por esa [de Sevilla]» (cta. 284,1).

Lo sólo ello, sino que recibirán de la Santa Madre el ejemplo de oración y de solicitud hacia sus hijos los padres carmelitas descalzos, e implicará en esta oración a sus hijas, las carmelitas descalzas. Ellas serán testigos de cómo la oración de Santa Teresa por los padres se intensificará cuando alguno de ellos sufrirá particular persecución, entre ellos san Juan de la Cruz y el P. Jerónimo Gracián.

El que todos somos llamados (padres, madres, laicos y religiosas) a orar para que sea fecunda la acción apostólica de la Orden, ya era defendido en su tiempo por el P. Gracián: «Los verdaderos y perfectos carmelitas han de mostrar el celo de su padre Elías, predicando los frailes el Evangelio a todas las criaturas como mandó el Señor a los apóstoles [Mc 16,15], […];  y rogando a Dios las monjas y los frailes que no son llamados para este ministerio desde su recogimiento y clausura, para que Dios dé virtud y esfuerzo a los que pelean por la fe, y ésta es la vida perfecta y el fin de esta Reformación del Carmen que pretendió introducir la beata Madre Teresa de Jesús como muchas veces trató conmigo»[3].

3. Orar por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad

De la vida y de los escritos de santa Teresa de Jesús podemos entresacar cuál debe ser la oración de intercesión por las diversas necesidades de la Iglesia y de la humanidad.

3.1. Orar por los sacerdotes (vocaciones al sacerdocio, Presbíteros-Obispos-Papa)

Teresa de Jesús hará  de la intercesión por los sacerdotes algo institucional, la principal misión de sus hijas, las carmelitas descalzas, y esta misión la deja plasmada en Camino de Perfección con rasgos fuertes e indelebles: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1, 2). Esta convicción íntima le procederá de la oración: «Entendí bien cuán más obligados están los sacerdotes a ser más buenos que otros, y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente» (V 38,23). No les dejará de recordar a sus monjas: «cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (C 3,10).

Teresa atribuye al sacerdote responsabilidades especiales de ejemplaridad y liderazgo. Ellos son los capitanes de la Iglesia, «¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes!» (C 3, 4). Le dolía en el alma que, por  los luteranos, estuvieran deshechas «tantas  iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos»  (C 35,3). Será consciente de la poca santidad de algunos, pero ella no se escandalizará, ni murmurará, sino que orará ardientemente por su conversión y pedirá a sus monjas que oren por ellos, incluso se ofrecerá a Dios para vivir ella sus tentaciones, con tal que el sacerdote esté libre de ellas (V 31,8), y pueda servir con paz en su ministerio de cura de almas.

Ella misma relatará de forma autobiográfica  su deseo de que los sacerdotes fueran santos: «Deseo grandísimo, más que suelo, siento en mí, que tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo de acá se detengan -como veo es todo burla-, en especial letrados; que, como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me afligen tanto, que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios; porque veo yo que haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza» (CC 3,7).

El sacerdote ideal en la mente de Teresa y por el que orará y se sacrificará para que así sea, debe tener buen entendimiento, experiencia de Dios, letras humildes y virtuosas, ser afable, con verdadero celo por la salvación de las almas, y apóstol ardoroso de la Palabra de Dios y, si ejerce tareas de gobierno, lo haga con suavidad y discreción. Ello sólo podrá ser realidad, si el sacerdote ayudado por las oraciones de la comunidad eclesial, colabora con el Espíritu Santo para que haga fructificar en él al máximo el Sacramento del Orden que la Iglesia le ha conferido, dejándose en tal modo cristificar por el Espíritu Santo que sea Cristo en él el Pastor que cuida de la porción de la Iglesia a él encomendada.

Es pues la oración por el sacerdote (Presbítero-Obispo-Papa)  algo esencial al carisma que Dios, en su Divina Providencia ha dado a la Reforma carmelitana de Teresa de Jesús.

Oración por las vocaciones al sacerdocio

Para que haya sabios y santos sacerdotes como los deseaba la madre Teresa, ya que la gracia perfecciona a la naturaleza, es importante orar para que Dios conceda a la Iglesia vocaciones al ministerio sacerdotal que sean sanas de mente y santas. Luego, en el Seminario, se encuentren con buenos formadores y, en las Facultades de Teología, con buenos profesores. Ellos pongan voluntad en fortalecerse «con letras y buena vida» (C 3,2). Para que «vayan muy adelante en su perfección y llamamiento […] para ayudar ahora al Señor» (C 3,2).

Una vez ordenados, en el ejercicio del ministerio sacerdotal, sean sostenidos por la oración de la Iglesia, en particular del Carmelo, y «los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo y tapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las sirenas» (C 3,5).

Además, encuentren en su Obispo un verdadero Padre y Pastor, y a otros sacerdotes y algunos laicos con quienes puedan compartir la fe y los afanes apostólicos ya que, como decía santa Teresa, «en estos tiempos que son menester amigos fuertes de Dios» (V 15,15). Porque «gran mal es un alma sola entre tantos peligros. […] Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones, ¡cuánto más que hay muchas más ganancias! […] quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración». (V 20,7).

Oración por los sacerdotes en cualquier situación existencial

En su oración,  Teresa acogía al sacerdote en el nivel existencial en el que estuviera: viviendo en pecado como el cura de Becedas;  víctima de fuertes tentaciones (V 31,8); acomodados a su situación vital (V 16,7) o aquellos a los que quería ver progresar en el seguimiento del Señor (V 34, 8).

El sacerdote ideal en la mente de Teresa y por el que orará y se sacrificará para que así sea, debe tener buen entendimiento, experiencia de Dios, letras humildes y virtuosas, ser afable, con verdadero celo por la salvación de las almas y apóstol ardoroso de la Palabra de Dios y, si ejerce tareas de gobierno lo haga con suavidad y discreción. El sacerdote es el colabora con el Espíritu Santo para que haga fructificar en él al máximo el Sacramento del Orden que la Iglesia le ha conferido.

 Oración particular por los Obispos y por el Santo Padre

Santa Teresa instará a sus monjas a orar constantemente por los Obispos, les dirá «teniendo santo prelado lo serán las súbditas» (C 3,10), es decir si son santos los Obispos así lo podrán ser sus diocesanos. Y «como cosa tan importante la poned siempre delante del Señor» (C 3,10).

Las palabras de Teresa en Camino de Perfección cobran todo su sentido en primer lugar en la persona del Obispo, ya que es el capitán, el letrado y predicador por antonomasia de la Iglesia particular: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2) para que Dios «los haga muy aventajados en el camino del Señor […] vayan muy adelante en su perfección y llamamiento» (C 3, 2). Y «los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén, […] los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo» (C 3,5).

La oración por el Obispo o Prelado como ella lo llama, ya desde el inicio de la Descalcez considera que no se debe limitar al Obispo diocesano al que pertenece el monasterio, sino que deben dirigirse a Dios también en bien de todo el episcopado mundial, porque ante todo es el Obispo el capitán, el letrado y predicador por antonomasia de la Iglesia particular: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2) para que Dios «los haga muy aventajados en el camino del Señor […] vayan muy adelante en su perfección y llamamiento» (C 3, 2). Y «los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor; que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén, […] los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo» (C 3,5).

El orar por los capitanes de la Iglesia en mayor medida corresponde al Obispo de Roma, es decir al Santo Padre, que debe velar con gran solicitud por toda la Iglesia universal. Él es el “capitán” por excelencia de la Iglesia. La oración por el Santo Padre y por su labor apostólica debe estar muy presente en la vida del carmelita descalzo, junto con «grandísimo respeto y veneración al nombre de Su Santidad, […] obedeciendo en cualquier mandato apostólico»[4].

 3.2. Orar por las Iglesias más perseguidas

Como hemos visto, Santa Teresa de Jesús centró ante todo su oración por la Iglesia en aquellos momentos más perseguida, la de Francia, donde eran incendiadas las iglesias, asesinados sus sacerdotes y profanado el Santísimo Sacramento. Hoy, la Iglesia que vive en esta situación no es la de países protestantes, sino donde impunemente los hindús y los islamistas radicales hacen la vida imposible a los cristianos, quemando sus casas, sus iglesias en ocasiones llenas de fieles, asesinando a los sacerdotes, religiosas y laicos por el mero hecho de ser fieles a su fe cristiana, consiguiendo así que el cristianismo desaparezca de amplias zonas de la tierra. También viven una gran persecución en China los cristianos que no quieren adherirse a la iglesia nacional, o los comprometidos en la defensa de la justicia y de los derechos humanos, en particular en Venezuela y Cuba.

En la actualidad, la cristianofobia se va extendiendo en el mundo, cada vez son más los países en que los cristianos son perseguidos.  Sólo puede detener la persecución constante que sufren los cristianos en tantos países del mundo, la  oración constante, humilde, ardorosa, ante todo a través del Santo Rosario, y el ofrecimiento de la Eucaristía, en reparación de los pecados de toda la humanidad, para que esta oración llegue a Dios, sea escuchada benignamente, y entre las diversas religiones del mundo pueda haber un encuentro cordial y un enriquecimiento mutuo, favoreciendo que cada vez sean más los que reconozcan a Cristo como su redentor y salvador.

Ante la situación de persecución que viven millones de cristianos, son totalmente pertinentes las palabras de santa Teresa: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia (C 1,5).

3.3. Orar por el “aumento de la Iglesia”

Teresa no dejaba de pedir a Dios el “aumento de la Iglesia”, y quería que sus hijas y lectores también lo hicieran.[5] El aumento de la Iglesia católica, ante todo será debido a la expansión misionera. Ella oraba de forma particular por América, donde eran tantos los que no conocían a Cristo, creyendo que por este hecho se condenaban. Este será, como hemos visto, el desencadenante de la expansión del Carmelo descalzo a partir del monasterio de san José.

En la actualidad, en América, por la que tanto oró, no desconocen a Cristo como en la vieja Europa. En este continente madre de tantas Iglesias de los cinco continentes, Jesucristo es cada vez más desconocido. Para que Dios conceda el don de la fe, y el conocimiento amoroso de Cristo a los europeos, en particular a los españoles, debemos dirigir a Dios oraciones y sacrificios, de este modo haya un aumento de fieles en la Iglesia católica en cantidad y calidad, a través de una nueva y eficaz evangelización que fortalezca a los cristianos y muchos fascinados por Cristo entren a formar parte de la Iglesia, alaben a Dios y pongan todos sus talentos para hacer conocer a los demás a Cristo, la perla preciosa y fuente de salvación para toda la humanidad.

Ello sucedió con Antoni Gaudí, el genial arquitecto de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Era anticlerical en su juventud[6], se convirtió y vivió hasta su muerte una fe cristiana profunda y sincera. En su persona se constata hasta qué punto fueron escuchadas las oraciones que el beato Francisco Palau dirigía a Dios, para que se convirtieran los increyentes, de modo «que con su penitencia y fervor os den más gloria que no os quitaron con su impiedad»[7].  Antoni Gaudí como testimonio de su fe en Jesucristo y de su amor a la Iglesia y a sus santos, nos ha dejado la extraordinaria basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, que constantemente es un reclamo para millones de personas que cada año la visitan y dirigen su mirada y su corazón a Dios. Dios dispuso que la consagración del Templo de la Sagrada Familia, por Benedicto XVI fuera el día de la fiesta litúrgica del beato Francisco Palau. Como si Dios coronara con ello su constante oración intercesora por la Iglesia, buscando siempre la forma que esta fuera más eficaz ante El.

 3.4. Orar por los reyes, gobernantes, políticos, legisladores…

Santa Teresa recordará en diversas ocasiones a los frailes y monjas el deber de orar por el rey (C 3,10). Después de obtener el favor del rey para fundar en Caravaca, dirá: «Y así, hijas, os ruego yo mucho, que siempre se haga particular oración por Su Majestad, como ahora la hacemos» (F 27,6).

Si no hubiera sido por el amparo de Felipe II, posiblemente parte de la Reforma iniciada por ella, en particular la rama masculina, hubiera desaparecido. Después de haber obtenido su protección les recordará: «Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras oraciones encomendarle [el rey] a nuestro Señor, y a los que han favorecido su causa y de la Virgen nuestra Señora, y así os lo encomiendo mucho. […] Todas nos ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo fundado llevase Dios adelante, si se había de servir de ello» (F 28,7).

Los carmelitas descalzos, por su parte, en agradecimiento a los favores recibidos por el amparo del rey Felipe II, se comprometieron a que se celebrase una misa diaria, rotativamente, en los conventos de la provincia, y que hubiera «oración perpetua continua de noche y de día por su Majestad». De igual modo, que en algún un convento de frailes o de monjas hubiese siempre un orante pidiendo por esta intención. Asimismo determinaron: «Que de las tres disciplinas que en cada convento de la provincia se toman en comunidad, querían ofrecer una a Nuestro Señor por su Majestad»[8].

La sociedad en la que vivía Teresa, era una sociedad violenta, con gran facilidad se recurría a la guerra para arreglar asuntos diplomáticos. Ella además de orar y sacrificarse por ello, hará las gestiones que sean necesarias para impedirlo. Escribirá al Arzobispo de Evora, Don Teutonio de Braganza, que es amigo suyo, para que haga lo que esté de su mano para impedir la guerra, influenciando sobre su sobrino el Duque de Braganza parte principal en el litigio. En la carta que le escribe, se puede percibir la profunda angustia de Teresa ante una posible guerra, y el compromiso personal de mediadora que asume por la paz entre los cristianos.

«Vuestra señoría me manda hacer saber si hay allá alguna nueva de paz, que me tiene harto afligida lo que por acá oigo, como a vuestra señoría escribo; porque si por mis pecados este negocio se lleva por guerra, temo grandísimo mal en este reino, y a éste no puede dejar de venir gran daño […] Por amor de nuestro Señor, procure concierto […] y se tengan delante los grandes daños que se pueden venir […] y mire vuestra señoría por la honra de Dios, como creo lo hará sin tener respeto a otra cosa. Plega a su Majestad ponga en ello sus manos, como todas se lo suplicamos, que lo siento tan tiernamente, que deseo la muerte si ha de permitir Dios que venga tanto mal, por no lo ver […] El Señor dé luz para que se entienda la verdad sin tantas muertes como ha de haber si se pone a riesgo; y en tiempo que hay tan pocos cristianos, que se acaben unos a otros es gran desventura. […] Todas estas hermanas […] tienen cuidado de encomendar a vuestra señoría a Dios»[9].

Santa Teresa consideraba que es un deber el orar por el rey, que tenía en sus manos los destinos de la nación. Como también, cuando la paz estuviere amenazada mediar para que ésta fuera una realidad durable.

Hoy podríamos decir que el carmelita debe orar por los gobernantes, ya que en sus manos están decisiones que pueden afectar decididamente la vida de la Iglesia y de los hombres, tanto para construir como para destruir el Reino de Dios ya edificado, como impedir el acceso a la educación y a la sanidad a todos, o incluso la alimentación y los recursos sean sin límites a favor del mundo de las finanzas.

Pudiendo alcanzar de Dios tan grandes dones con la oración en bien de la Iglesia, del  propio país y de la humanidad, podría ser considerado por el Señor una falta de omisión, si no oramos por  los políticos, gobernantes, legisladores, jueces…. para que les dé luz, fortaleza, sabiduría para organizar de tal modo la vida social que todos puedan tener acceso a lo necesario para vivir con dignidad, erradicar todo aquello que atenta contra la vida y la dignidad del ser humano, el que todos sean juzgados con justicia, que la Iglesia tenga libertad para evangelizar, el que los conflictos se solucionen por caminos de paz…

3.5. Orar por la salvación de las almas

 Uno de los grandes móviles de la oración de Santa Teresa será alcanzar de Dios la salvación eterna de las almas.  Fue sensible a ello después de la espeluznante visión del infierno y el lugar que podría ser el suyo si se resistía a la gracia. A partir de entonces procurará vivir con perfección su llamamiento para no caer en él, y arremeterá contra viento y marea para impedir que otras almas vayan allá. Este fue el primer motivo que la movió a fundar san José de Ávila.

La salvación de las almas estará presente siempre en su mente, en su boca y en sus escritos. «Grandísima pena me da las muchas almas que se condenan» (V 32,6). O «Grandísima ansia porque no haya quien le ofenda, sino que todos le alaben. Pienso que deben venir de aquí estos deseos tan grandísimos de que se salven las almas y de ser alguna parte para ello y para que este Dios sea alabado como merece» (CC 10,5).

Teresa implorará a Dios con todas las capacidades de su ser la salvación de las almas, testimonio de ello, son las Exclamaciones del alma a Dios, que nos muestran además su gran sentido de la franqueza o parresía frente a Dios.

«¡Oh Señor!, confieso vuestro gran poder. Si sois poderoso, como lo sois, ¿qué hay imposible al que todo lo puede? […]  Habed piedad, Criador, de estas vuestras criaturas. […] Dadnos, Señor, luz; […] Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia» (E 4,2; 8, 2). «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia» (E 8,3). «¡Oh bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites. […] Mirad, mirad, que os ruega ahora el Juez que os ha de condenar, y que no tenéis un solo momento segura la vida; ¿por qué no queréis vivir para siempre? ¡Oh dureza de corazones humanos! Ablándelos vuestra inmensa piedad mi Dios» (E 10, 2-3).

La salvación de las almas será uno de los dos objetivos prioritarios en la formación de las monjas de san José y por ello de todo carmelita descalzo: «Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos» (C 1, 6). Instará a sus monjas «De todas las maneras que pudiéramos, lleguemos almas para que se salven (7M 4,12).

Este será según Teresa de Jesús el servicio prioritario por excelencia de todos los que se pueden ofrecer a Dios «pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (F 1,7).

                                         _____________________________

Siglas de las Obras de santa Teresa de Jesús:

C. Camino de Perfección;  CC. Cuentas de Conciencia; Cta. Cartas; E. Exclamaciones; F. Fundaciones; M. Moradas. V. Libro de la Vida.

_______________________________________________________________

[1]  Matta el Meskin,  Consejos para la oración, Madrid, Ed. Narcea 1993,  142.  

[2]  Ibid. 142-143.

[3] Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Obras, BMC XVI, 502-503.

[4] María de San José, “Obras completas”, en Humor y Espiritualidad en la Escuela Teresiana Primitiva, Burgos: Ed. Monte Carmelo 1982, 432-433.

[5] A los que leyeren el libro de Las Moradas, les pide en el epílogo oraciones por el «aumento de la Iglesia».

[6] Hijo de Reus, el ambiente que frecuentó en su juventud era republicano impregnado de

anticlericalismo.

[7] Francisco PALAU, Escritos, o.c., Lucha del alma con Dios, VI, 6.

[8] Daniel de Pablo Maroto, “Felipe II y la Reforma de santa Teresa”, Teresa de Jesús, 175 (I-2-2012) 30-34 (34).

[9] Carta a Don Teutonio de Braganza, 22-7-1579, n. 3-7.

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