Trascendencia eclesial de la oración de santa Teresa de Jesús

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Decía H. U. von Balthasar «cada santo es una palabra o don de Dios a la Iglesia, concretamente a la Iglesia histórica en sus componentes de tiempo y cultura». La acción de la gracia en la vida de Teresa de Jesús y a través de su obra fundacional hará fecundo el Concilio de Trento tanto en su dimensión dogmática, como de reforma. Reformándose el clero se reformará la Iglesia.

El contexto en el que surgió la reforma teresiana puede considerarse uno de momentos más críticos de la Iglesia católica en toda su historia. La reforma de Lutero se había extendido por toda Europa, se había consolidado en Alemania; Inglaterra con el cisma se había separado de Roma; en Francia, los hugonotes estaban a punto de hacerse con ella. Si el calvinismo lograba este fin, la Iglesia católica quedaba reducida a las dos penínsulas del sur de Europa, y en España empieza a haber núcleos de luteranos. Además en el Este existía la grave amenaza turca que quería extender el islam en Europa.

Teresa será consciente, por experiencia propia, que cuando no hacía vida de oración, su vida cristiana y religiosa se desintegraba camino del infierno, pero cuando pide que oren por ella, y ella ora, experimenta una transformación profunda en su vida, que la ayuda a vivir radicalmente el seguimiento de Cristo en su vocación religiosa. Lo que Teresa constata en su vida es lo que necesita la Iglesia, la oración es el medio para fortalecer a la Iglesia en aquel momento tan crítico.

La misión que Dios le da, no es que sólo ella ore con todo su ser por el bien de la Iglesia, sino también que forme a mujeres orantes y las libere de todo aquello que pudiera impedir que ellas realicen este servicio eclesial. En el monasterio de san José en Ávila, fundado por ella a instancias del Señor (V 32,11), procurará que haya un ambiente de soledad y pobreza, donde se busque sólo contentar a Dios, viviendo con la mayor perfección posible los preceptos evangélicos y la Regla que, como el Evangelio, manda orar sin cesar.  Les dirá: «todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden» (C 1,2). «Cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (C 3,10).

A la vez, instruirá a sus monjas en cómo comportarse con las gracias místicas que puedan recibir mientras oran por las necesidades de la Iglesia. Estas tienen por objetivo agilizar su camino hacia la unión con Dios, y así sea más fecunda su oración en bien de la Iglesia. Pero, ante todo, las educará para que procuren crecer en las grandes virtudes (amor al prójimo, desasimiento y humildad), ya que de otro modo se quedarán enanas en la vida espiritual (7M 4,9), y sus oraciones no serán escuchadas por Dios. Ya que, sin la humildad, el Espíritu Santo no puede obrar en el alma hasta la plena configuración con Cristo, el gran intercesor. Sin desasirse tanto de las cosas como de las personas, Dios no se entrega a ella. Ya que Dios no se da a si mismo con todos sus dones, hasta que nos demos del todo a Él. El fruto de la oración es un amor ardiente al Señor, a su Iglesia y servir a todas las hermanas con gran caridad, de tal modo que las despierte con sus virtudes a ser mejores, así «más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos» (7M 4, 15).

Les enseñará a vivir la vida religiosa en clave esponsal. Buscar en la oración una relación de amistad cada vez más íntima con Cristo, su Esposo, donde «toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué por dónde mostrará el amor que le tiene» (7M 4,6), tomando las cosas de su Esposo como propias, como una esposa vela por la honra de su Esposo (CC 25), de este modo vayan adentrándose en las diversas moradas hasta el centro del alma donde habita Dios Trinidad, allí se realiza el matrimonio espiritual. Hay en este estado espiritual «tanta amistad, que manden a veces -como dicen- y cumplir El lo que ella le pide, como ella hace lo que El la manda, y mucho mejor, porque es poderoso y puede cuanto quiere y no deja de querer» (C 32,12). Dirá Teresa, «Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras» (7M 4,6). Hasta que se unan inseparablemente estas dos cosas: «alabéis mucho a su Majestad y le pidáis el aumento de su Iglesia y luz para los luteranos» (M epíl. 4)

Santa Teresa de Jesús, consciente de que Dios lo puede todo, no dejará de decir a sus monjas: «¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos al poderoso?» (C 42,4). Por ello no tratará «con Dios negocios de poca importancia» (C 1,5). Sus súplicas, hechas muchas veces con lágrimas, serán para pedir a Dios por las grandes necesidades de la Iglesia, en aquel momento crítico en «que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos herejes» (C1,3). Sus oraciones eran aceptas a Dios, de modo que el mismo Señor le dirá «pues era su esposa, que le pidiese, que me prometía que todo me lo concedería cuanto yo le pidiese» (CC 38). «¿Qué me pides tú que no haga yo, hija mía?» (CC 59, 2).

Teresa suplicaba: «Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos (C 35,5). «Favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la cristiandad, Señor. Dad ya luz a estas tinieblas» (C 3, 9). En los años posteriores a las ardientes peticiones de Teresa, los decretos del Concilio de Trento no se convirtieron en letra muerta, gracias a los Papas reformadores y a los Obispos que fueron aplicando los decretos del Concilio, hubo una mejora del clero secular; las Órdenes religiosas se fueron reformando y otras  nuevas, como los jesuitas, con gran impulso se implicaban en la recatolización de las regiones que habían caído bajo la influencia de la reforma protestante y en la  expansión del catolicismo por tierras de Asia,  África y  América.

Hace 450 años que santa Teresa fundó el monasterio de san José en Ávila. Cristo le prometió que este monasterio «sería una estrella que diese de sí gran resplandor» (V 32, 11). Sus palabras han sido verídicas. En la actualidad hay cerca de 900 monasterios de carmelitas descalzas esparcidos por todo el mundo, convirtiéndose así en la orden contemplativa más numerosa de la Iglesia, con más de 12. 300 monjas, y es la tercera dentro de las familias religiosas femeninas. Es la primera Orden de la Iglesia que tiene el orar por los sacerdotes (Presbíteros-Obispos) como fin institucional.

El testimonio de la acción de Dios en ella, y la descripción de la misma a través de su obra escrita, es uno de los mayores servicios que santa Teresa de Jesús ha hecho a la comunidad eclesial, porque ayuda a fortalecer a la Iglesia en la propia fe, ya que entonces, como hoy, los hombres creen más en el testimonio que en los maestros, y ella será al mismo tiempo maestra y testigo. Dirán de ella grandes conocedores de la historia de la Teología: «Tal vez en toda la historia de la Iglesia no se recuerde después de San Irineo, figura de más perfecto catolicismo que la de Teresa de Jesús. Lea sus obras quien quiera conocer el espíritu verdadero del catolicismo. Una conversación ante las rejas de un monasterio del Carmelo enseña mejor que muchos libros alemanes, cuál es la esencia del catolicismo»[1]. Fray Luis de León, gran humanista y editor de sus obras, dirá de la Madre Teresa: «no dudo sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que le regía la pluma y la mano; que así lo manifestaba la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee».

De tal modo, a través de los siglos, los escritos de santa Teresa de Jesús han enriquecido a la Iglesia. Se ha convertido no sólo en maestra de espirituales, sino que ha sido la primera mujer declarada Doctora de la Iglesia Universal, por Pablo VI el 27 de septiembre de 1970. En la magna Historia de la Iglesia de Fiche- Martin, dirá de Teresa de Jesús: «La santa dio prueba de una energía, una prudencia y una sabiduría maravillosas. […]  Esta gran contemplativa fue, así, una de las mujeres más osadas, más ágiles, más geniales que la humanidad ha conocido».

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Siglas: V. Libro de la Vida;  CC. Cuentas de Conciencia; C. Camino de Perfección; M. Moradas.

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[1] Christus, IV, Barcelona 1929, p. 1063. Citado por Ismael Bengoechea, Las gentes y Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1982, 105.

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