Teresa de Jesús y la oración como historia de amistad con Dios

images 46

Sumario

Presentación. I. TERESA DE JESÚS, TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS: 1.1. Teresa de Jesús, escritora mística, 1.2. Dios obra misericordia en Teresa de Jesús, 1.2.1. Dios primera palabra, 1.2.2. Dios drama y solución, 1.2.3. Dios gana a Teresa para sí. 1.2.4. Sola con Dios solo. II. DIOS QUE SE DA Y RESPUESTA DEL HOMBRE.  2.1. ¿Con qué rasgos se revela Dios en la vida de Teresa de Jesús?, 2.2. Actitud del hombre ante un Dios que se da, 2.3. Respuesta del hombre ante la acción de Dios. 2.4. Cristo el verdadero amigo y modelo del cristiano. III. ASCESIS PARA LA AMISTAD Y LA UNIÓN CON DIOS: 3.1. La ascesis mística. 3.2. Líneas fundamentales de la ascética teresiana, 3.2.1. Andar en verdad. 3.2.2. La humildad como edificio de la vida espiritual. 3.2.3. Amor de unas con otras. 3.2.4. Libres nos quiere Dios, 3.3. Actitudes y dificultades para ser un verdadero orante. IV. LA ORACIÓN FORJA APÓSTOLES: 4.1.La oración fuente del dinamismo apostólico. 4.2. Apostolado y crecimiento espiritual. 4.3. La oración es apostólica. Conclusión.

                                                   PRESENTACIÓN

 Este  escrito intenta ser una síntesis del libro “Sólo Dios basta” de Maximiliano Herraiz. Los capítulos del apartado “IV. La oración forja apóstoles” he incorporado textos del libro “La oración historia de amistad” del mismo P. Maximiliano. La mayor parte del texto de esta síntesis es de este autor. Mi labor se ha ceñido a hacer una antología de los textos más significativos y estructurarlos por temas. Si hay algo de mi propia pluma, prácticamente sólo se podrá encontrar en el último capítulo titulado “La oración es apostólica”.

El libro “Solo Dios basta” del Padre Maximiliano Herraiz, fue la tesis con la cual obtuvo el doctorado en Teología por la Facultad de Teología de san Vicente Ferrer de Valencia.  Esta tesis fue pensada y redactada, como dice el mismo autor, “para un público amplio, admirador de la Madre Teresa de Jesús, con ganas de conocerla y dificultades no pequeñas para lograrlo”. El objetivo ha perseguido en su trabajo es ver qué contenido y qué cauces ofrece la Maestra de espirituales a la empresa de ser creyentes. “¿Qué tales habremos de ser” para vivir responsablemente nuestra vocación?[1].

En el libro “Oración historia de amistad” el P. Maximiliano  intenta  suscitar hambre de acercarse a Teresa de Jesús –“a ‘quienes han comenzado’ el camino de la oración y a quienes no lo han hecho, a los que ensayan nuevas aproximaciones a un compromiso de siempre o de hace unos días y a quienes ‘se liberaron’ de esta especie de piedad individualista, según dicen, que es la oración-, se habrá alcanzado el objetivo primero, a la vez que se habrá contribuido a clarificar el horizonte oracional de nuestro tiempo. Y así, en esta labor eclesial de tanta urgencia, como es el reencuentro con la oración, volverá a estar presente la mujer que captó la dimensión contemplativa de la vida cristiana, de la Iglesia, y el valor apostólico de la oración, que en ella se fundió con la pasión eclesial que ardía en las profundidades de su  espíritu”[2]. Acorde con ello, el autor desea que este libro, que ha gozado de gran acogida entre el público, pueda suscitar un diálogo, paciente y sostenido con Teresa de Jesús, además economice tiempo y afirme más rápida y profundamente el talante oracional de cada uno[3].

Si me atrevo a enviar esta síntesis, que en un principio sólo tenía el objetivo de cumplir un requisito académico, no es para atribuirme lo que no es mío, sino para que a otras personas les pueda hacer el bien que me hizo a mí su lectura. Además, por el profundo amor filial que profeso a Santa Teresa de Jesús, mi deseo es que siga haciendo el bien que está destinada a hacer como testimonio de que Dios nos ama y nos llama a su compañía para establecer una relación de amistad profunda y transformante con nosotros, y animándonos a ello acojamos esta oferta de amistad que Dios nos ofrece a todos.

Quizás algunas personas que lean este trabajo,  se animen a profundizar más en el conocimiento de lo que nos quiere transmitir Santa Teresa, leyendo sus escritos originales, o haciéndolo de  la mano de Maximiliano Herraiz, profundo conocedor de la misma. Pero lo que más importa es que ayude a la vida de oración, que, como decía Santa Teresa, no es otra cosa “sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5).

                        ——————————————–

Siglas:

 V. Vida; C. Camino de perfección (según el códice de Valladolid); CE Camino (según el códice del Escorial); M. Moradas (el primer número significará la morada, el segundo el capítulo y el tercero el párrafo; MC . Meditaciones sobre los Cantares; F. Fundaciones; E. Exclamaciones; Cta. Cartas; CC. Cuentas de conciencia. Const. Constituciones.

Se citan los escritos teresianos según la edición del P. Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, Obras completas de Santa Teresa de Jesús, Madrid, BAC, 1967.

                               ________________________________

 I. TERESA DE JESÚS, TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS

Al místico le califica su experiencia de Dios. Y es lo que en definitiva le hace sobrevivir en la memoria y en la estima de los hombres. Si se busca su presencia y se escruta su vida, es para dar con esa experiencia del Dios viviente que disfrutó y que le convirtió en testigo vivo de su Presencia salvífica en el mundo de los hombres.

Entre los místicos, Teresa es figura cimera y caso verdaderamente excepcional. Mujer de amplia y profunda experiencia de todas las realidades de la fe, místicamente dotada de la comprensión de su experiencia, y también con el carisma de la fabilidad, no contaminada por los saberes y categorías de escuela teológica alguna, ofrece al estudioso datos abundantes en estado puro sobre el vasto mundo de lo sobrenatural.

 1.1. Teresa de Jesús, escritora mística

 Teresa de Jesús tiene ya muchos años sobre sus espaldas. Cuatrocientos de escritora. Es cierto que sobre sus páginas han en sí la frescura de lo inmediato, que es una palabra joven, del hoy mismo en que cada uno estaba situado. Nadie al dialogar con ella ha experimentado la sensación de retrotraerse a tiempos lejanos. No pasa para el místico la hora de la historia.

Ella es hoy lo que Dios ha venido haciendo volcado inquietudes y buscado esperanzas muchas generaciones. Generaciones venidas de muy diversas procedencias –culturales, ideológicas, religiosas-. Variedad de procedencia que se ha convertido en unanimidad de juicio a la hora de proclamar que la palabra de Teresa de Jesús lleva en ella día tras día. Cuando empuña la pluma, está viviendo a Dios como lo más íntimo de sí misma, como lo único verdaderamente sustantivo. Todo lo demás no es; Teresa no está en ello. Dios lo es todo para ella: cuando goza inefablemente su presencia, y cuando padece su ausencia. Dios ha ido actuando en ella la salvación que ahora escribe para nosotros.

Teresa, contemplativa por gracia y profesión, por vocación y compromiso, no tiene más palabra que Dios, porque no hay en ella otra vida ni otra presencia. Si nos cuenta sus cosas es porque en ella ha ido haciéndose historia la efusiva comunicatividad divina, y en ellas ha conocido la verdad de Dios y de su amor al hombre. Dios es la sustancia y la raíz, el centro de nuestro ser y de nuestra historia.

Dios es el protagonista de su vida. “El discurso de su vida” es el discurso de las maravillas de Dios. La clave interpretativa de la existencia de Teresa: sin él no hay historia, no es legible el proceso de su vida. Teresa centra el discurso de su vida, no en lo que ella ha hecho, sino en lo que Dios ha hecho en ella. La palabra sobre ella deriva necesariamente en palabra sobre Dios. Teresa no puede presumir sino de la misericordia divina. “Sólo puedo presumir de su misericordia” (3M 1,3).

En definitiva, son las formas místicas de la oración las que le han dado el conocimiento experimental de Dios. A través de ellas ha llegado Teresa a percibir en su alma, con claridad deslumbradora, lo que es Dios. La oración mística ha ordenado y confirmado definitivamente el comportamiento de Teresa, su saber estar ante Dios y frente a Dios. Al narrarnos su rica experiencia, Teresa de Jesús nos ha prestado un gran servicio: ayudarnos a alcanzar existencialmente al Dios que opera salvación en cada uno de nosotros.

 1.2. Dios obra misericordia en Teresa de Jesús

 Cada uno tiene su punto débil, Teresa de Jesús también tenía el suyo. Ella era mujer profundamente agradecida, que incluso decía que con una sardina la podían sobornar. Dios se hacer cercano a ella obrando misericordia precisamente cuando ella le es infiel, al final es Dios quien vence y ella se rinde a este Dios amor que sólo sabe obrar misericordia. “Guerra de amor” que comienza en Dios; los dos vencen porque triunfa la amistad ya irrompible, haciendo de los dos una única historia. Esta es la historia que Teresa nos cuenta y sobre la cual reflexiona. Es una palabra que no ha envejecido y sigue tan actual como cuando fue experimentada.

  1.2.1. Dios primera palabra

 Teresa ha leído su vida a la luz de Dios. El Señor es algo inseparable de su vida, por eso su Vida es la historia de las misericordias del Señor.

Cuando Teresa en su Autobiografía nos habla de los años de su infancia y primera adolescencia, es porque quiere transmitirnos que la llama de Dios prendió en su alma en un ambiente propicio. “Era el Señor servido que me quedase en esta niñez impreso el camino de la verdad” (V 1,5). La espontánea y apresurada búsqueda de la protección de la Virgen y la intensa súplica que le dirige, revela la fuerza y la convicción con que quería asegurar una dirección asumida, un amor del que se sentía ya cautiva, y al que con tanta verdad había respondido.

La vida, desde el hombre, es pasión de Dios, afirmado sin rival y vivido con intensidad, con amor fuerte. Comprende pronto que Dios no se le revela para ser sabido, sino para ser vivido. Dios aparece ya grande en su misericordia. Y así se mantendrá a lo largo de la historia que comienza. Siempre fiel a sí mismo, ningún comportamiento de la criatura le hará acortar su mano bondadosa o remitir en la divina largueza de graciosa donación. No puede decir Teresa lo mismo de sí misma: ella no permaneció “entera” en el amor. La quiebra de la alianza se produjo de su parte. Pero aún esto, a la postre, se canta como gracia: Dios es más fuerte.

 1.2.2. Dios, drama y solución

 “Una sombra de muerte” es un período que comprende el final de su vida seglar y toda la primera parte de su vida religiosa. Alrededor de unos veinte años. Nunca lo ha olvidado. Y le ha servido para afirmarse más en el convencimiento del Dios amoroso que presidió su vida y para pronunciar con autoridad su palabra de esperanza a las almas ruines e imperfectas como la suya. En el fondo, lo ha concebido como un tiempo privilegiado, denso y luminoso.

Teresa entra en esa sombra de muerte en su adolescencia, fue algo paulatino, entran amores y arrastran a Teresa, dando a su vida otro sesgo muy distinto al que hacían presumir las palabras primeras del “discurso de su vida”, era la “vanidad del mundo”, “pasatiempos y conversaciones”, “pasatiempos de buenas conversaciones” (V 2,6).

En aquel tiempo Teresa no sufría una conversación sobre Dios. Dios se le caía de las manos. Vivía más polarizada por el mundo, por otras conversaciones, la consumían “otras vanidades”.  Teresa ha perdido limpieza y penetración su mirada. El amor como juego, como conversación y pasatiempo. Amor que sólo entretiene por fuera. Así se inicia el deslizamiento por la pendiente “del desear contentar en parecer bien”.

Teresa intenta sentar a la misma mesa a los dos contrarios, vida espiritual y pasatiempos sensuales, Dios y criaturas (V 7,17), con el paradójico resultado de no gozar de ninguno. Dios no comparte con nadie el amor del hombre. No se sienta a la mesa con otros invitados. Se esconde entonces, haciendo, a la vez amargos los demás amores.

Pero Dios lucha por abrirse paso en el interior de Teresa, para ganársela como amiga, poniendo en juego todas las invenciones de su amor, “forzando” la voluntad de su criatura. Ella dirá de Dios: “No dejó nada por hacer”. Pero el Señor no se impone violentamente.

Teresa sabe que su vida tiene dueño, pero no daba el paso, este es el dolor que parte a Teresa en dos. Por un lado va el convencimiento y por el otro la vida. No sacrifica ni uno ni otro. Ella no renuncia a Dios. Pero no entra por el camino de la totalidad. Se busca a sí misma, autoafirmándose. Prueba de fuerza, no de humildad. Esta es la razón de esa “vida trabajosísima” que todavía, después de tantos años, no logra explicarse cómo pudo pasarla.

Teresa constatará en su vida a un Dios “ganoso” de ganarla, de tornarla a sí, cuya capacidad de sufrida esperanza está muy por encima de la capacidad de pecado del hombre. A partir de su experiencia ella podrá decir a los demás: “fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer y no se acuerda de nuestras ingratitudes…” (V 19,17).

Manifestar sus misericordias es presentar al Dios que le ha asistido, día a día, en derroche de bondad, que es proclamar su presencia de amor. Dios hace a Teresa, a pesar de Teresa, contra ella misma. Dios no obra porque el hombre le acoja, porque “sea bueno”. Prescindiendo de la postura que adopte ella, Dios permanecerá siempre fiel a sí mismo. El nunca se cansa de dar, ni agota sus misericordias. Ese Dios que le castiga con mercedes (V 7,18) entablando con ella una curiosa lucha de ofensa-perdón (V 19,17) de la que El sale siempre victorioso.

Hacia el final de la crisis vemos que multiplicaba sus esfuerzos y diligencias. “Me daba mucho a la oración y hacía algunas y hartas diligencias para no le venir a ofender”. “Buscaba remedios, hacía diligencias”. De la misma famosa amistad dice: “ya yo misma lo había procurado (romper con ella)”. Siempre con idéntico resultado: la derrota. Y una sensación de cansancio y desaliento se le apoderaba de todo el ser. Quería, pero no podía. Así introduce el relato de la conversión definitiva: “Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, declara sin fuerza, incapaz de sacar su vida adelante. “Ni yo pensé salir de ello”. El Señor miraba “los deseos que muchas veces tenía de servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra”.

1.2.3. Dios gana a Teresa para sí

 Tuvo que llegar a esta experiencia extrema de pobreza para entrar definitivamente por el camino del amor. Deponer su actitud de autosuficiencia y confiarse al Señor. No esperar nada de sí. Esperar todo de Dios. Echarse a los pies de Cristo para confesar su humilde sumisión, para “dejarse del todo a lo que El hace” (V 6,4). Ora Teresa a los pies del Cristo muy llagado, “que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba”. Que haga El lo que ella en vano viene intentado desde hace tanto tiempo. La conversión la hace Dios. Cuando el hombre ha multiplicado sus esfuerzos, ha templado en la arena su voluntad y ha terminado reconociendo con paz y humildad que cambiarse es algo que supera sus fuerzas, pero que hay alguien que puede y quiere hacerlo, el milagro se hace. Es lo que sucedió a Teresa: “creo cierto me aprovechó” sentencia (V 9,3).

Es en este momento de extrema pobreza e impotencia donde se  sitúa la intervención fulgurante y renovada de Dios que conmina a Teresa con la fuerza del amor: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (V 22,5). Sus infructuosos esfuerzos anteriores y la eficaz acción de Dios ahora. Luego ella dirá: “Debía aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo, ni yo pensé salir con ello; porque ya yo misma lo había procurado… Ya aquí el Señor me dio libertad y fuerza para ponerlo por obra”. (V 22,7). “Sea el Señor bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo” (V 22,8).

Dios le concedió el don de la libertad. “Después que vi la gran hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese bien, ni me ocupase; que con poner un poco los ojos de la consideración de las excelencias y gracias que en este Señor veía” (V 37,4). Es el encuentro con Dios lo que libera al hombre. La “visión” rompe en mil trozos el hechizo que las cosas (todo lo que no es Dios) ejercían sobre el hombre. Ella quedó curada para siempre. “Nunca más yo he podido asentar en amistad a no ser con personas que aman a Dios y le sirven”. Dios acabó por vencerla.  O Teresa se rindió convencida de que no podría “cobrar otro amigo mejor” (2M 1,4).

Teresa supo creer en el amor de Dios y esperó su triunfo velando con coraje en la oración, abierta la puerta de la esperanza a quien sabía que quería entrar a “regalarse y regalarla” (V 8,9).

El forcejeo anterior ha tenido por finalidad preparar, ablandar y disponer su voluntad a fin de que quiera recibir a Dios. Y El se da. Se vuelca inmediata y abundantemente. La “conversión” de Teresa, señala su ingreso en la vida mística, es el comienzo del aceleramiento de la comunicación divina que estaba como bloqueada por su mayor o menor resistencia anterior. El protagonismo divino se hace absorbente.  “Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración, comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien deseaba -a lo que pareció- que yo las quisiese recibir” (V 23,1). Dios da, se da. El hombre recibe. Estas son las coordenadas sobre las que avanza la vida de Teresa de Jesús y, si hemos de creer su testimonio, la vida de todo hombre. Coordenadas que el progreso de la vida espiritual irá perfeccionando ininterrumpidamente, reduciendo a Dios y al hombre a sus puestos respectivos propios: dar y recibir, hacer y “padecer”.

La pedagogía divina conduce a Teresa, de una actitud “conquistadora” a otra de humilde acogida. De un Dios que se da, Teresa descubre que ella debe ser sola de Dios. A Dios no se le dan cosas, ni se le consagran tiempos. Es la persona en su integridad la que debe entrar en posesión de Dios.

Pero cuando Teresa descubre los bienes eternos, Dios en definitiva, se apodera de ella una reacción espontánea y decidida: ir detrás de Dios, salir a la conquista de los bienes que la fe le revela. Dios corregirá esta actitud, fundamentalmente soberbia, de afirmación del propio yo, por otra de humilde y confiado abandono en su poder salvífico, de humildad.  Dios es el que hace, y de que ella debe confiarse a esa acción divina recibiéndola para poder secundarla en plenitud de respuesta.

 1.2.4. Sola con Dios solo

 Apenas empieza a gustar las delicias de la oración busca la soledad para el encuentro con Dios. Busca la soledad para enmarcar su trato amistoso con Dios (V 5,1; 7,2). La comunicación de Dios por medio de las oraciones infusas acrecienta en Teresa sus hambres innatas de soledad. “Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien” (V 15, 14). Cada grado de oración operará un acrecentamiento del deseo de soledad. La oración mística ha ordenado y confirmado definitivamente el comportamiento de Teresa, su saber estar ante Dios y frente a Dios.

Después de la gracia de la conversión que le concedió la libertad interior, a las personas se las empieza a mirar y a querer por lo que tienen de Dios. A partir de entonces Teresa es mujer de unidad y de equilibrio. Poblada de hombres hermanos pero que vive en una profunda soledad contemplativa. Dios llevó a Teresa a la soledad. La soledad teresiana coincide cronológicamente con la presencia de Dios en su vida más fuertemente sentida y experimentada.

La vida de Teresa nos dice que la soledad es destino insoslayable con que el hombre se encuentra en su camino, piedra angular sobre la que se asienta la “edificación” de su persona. Ella nos dirá: “Veía que no me entendía nadie” (V 30,1). “Sólo hallaba remedio en alzar los ojos al cielo y llamar a Dios…. para no confiar en nadie, porque no le hay que sea estable sino Dios” (V 39,19). Todas las ayudas que del mundo nos pueden venir son “unos palillos de romero seco”. En un momento crítico escribirá: “El verdadero amigo del que hemos de hacer cuenta es de Dios” (Cta. 9-5-77, 191,7).

Si Dios es la clave de su amistad; lo es también de su soledad, fácil en la comunicación, hizo que con muchos tratara y un trato que no era ni superficial ni distante. Pero nadie la sacó de su soledad, nadie la llenó tanto que dejara de sentirse sola en el hondón del alma. Ya que por dentro anda sola; ni escucha la palabra que quiere, ni puede participar hasta donde desea la riqueza de que se sabe portadora.

En soledad murió. La soledad más brutal e hiriente es la última palabra que nos llega, en hondo silencio y sonriente aceptación, desde el lecho de muerte de una mujer que había sembrado el amor por todos los caminos y cuyos amigos se contaban a millares. Soledad no padecida estoicamente. Tampoco con amargura. Con la serenidad y paz que le daban las alturas de espíritu escaladas tras tantas horas de viaje. Es por ello que Teresa de Jesús se nos presenta como una personalidad profundamente unitaria y armónica en la más asombrosa variedad de cualidades, tantas de ellas de signo opuesto y contradictorio. La opción por Dios es la clave de su unidad granítica y de su porosidad humana. Ahí está la explicación del prodigio que fue Teresa.

 II. DIOS QUE SE DA Y RESPUESTA DEL HOMBRE

 Para poder comprender los rasgos más importantes de la espiritualidad teresiana es necesario que ante todo descubramos como es el Dios que obró misericordia en Teresa de Jesús y que ella nos relata en sus escritos, ya que cada uno vive según el Dios en quien cree. Dios está detrás de cualquier proyecto de vida, dígase cristiana.  Pero Teresa no sólo tendrá una amplia y profunda experiencia de todas las realidades de la fe, sino que a través del testimonio de su vida y la reflexión de su experiencia, intentará enseñar a los otros el camino de la oración contemplativa y de la unión con Dios.

 2.1. ¿Con qué rasgos se revela Dios en la vida de Teresa de Jesús?

 Teresa conoce a Dios por lo que El hace en ella. “El discurso de su Vida” es el discurso de las maravillas de Dios.  La Autobiografía teresiana pone de relieve que Dios es el gran protagonista de su historia. Su Autobiografía no es otra cosa que la narración de lo que Dios ha hecho en ella. “No se trata de cosa sino de lo que es El” (Cta. 7-XII-77; 209,10). Al narrarnos su rica experiencia, Teresa de Jesús nos ha prestado un gran servicio: ayudarnos a alcanzar existencialmente al Dios que opera salvación en cada uno de nosotros. Y confiarnos a El.

Teresa cree que su experiencia de Dios tiene un valor de signo revelador. Ha escrito con el convencimiento de que ella es como un espejo en el que pueden mirarse todos para descubrir las líneas maestras de la espiritualidad cristiana: por un lado, la acción salvífica de Dios, real y persistente a lo largo de todo el camino; y, como respuesta a ella, la actitud receptiva del hombre que le compromete totalitariamente en un proceso de purificación por el que venga a ser verdaderamente amigo de Dios. Pues Dios en todas sus gracias busca positivamente que el hombre “se haga a su condición” (V 8,6).

Ella ha experimentado a Dios como una presencia personal, entrañable, cálida y viva. Precisamente esta revelación de Dios que nos transmite Teresa es la que hizo que Santa Edith Stein cansada de medias verdades y de análisis fríos de la realidad se convirtiera al catolicismo y con el propósito de ingresar más tarde en el Carmelo para caminar hacia el encuentro íntimo con Dios, que Teresa testimoniaba en su Autobiografía.

La idea central de la experiencia teresiana es la conciencia de una comunicación divina que va transformando el alma y tiende a una comunicación personal. Una realidad que puede ser considerada desde dos perspectivas: desde Dios que se da, se comunica; y desde el alma, que recibe.

La experiencia de Dios dador de sí mismo, divinamente empeñado en hacerle mercedes, presencia de amor personal, este Dios que “se adelanta” salvíficamente al hombre, es su gran hallazgo y su mejor palabra.

En Teresa se da todo el proceso de la vida espiritual cristiana. La dinámica de la manifestación mística de Dios en Teresa: (Dios-Cristo-Trinidad), sigue los mismos pasos que la revelación divina registrada en la Historia de la salvación. Desde un sentimiento de la presencia de Dios, que ella misma lo describe con estas palabras:”Acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo que he dicho, y aún algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en El (V 10,1 cf. CC 54,25; V 27,4). Hasta la manifestación del misterio Trinitario en cuya compañía “ordinaria” discurren los últimos años de su vida. Con un tiempo intermedio, puente entre estos dos extremos, en el que Cristo, “no hombre muerto, sino Cristo vivo” (V 28,8), es el testigo ante el cual y con el cual Teresa vive.

Dios se comunica a Teresa. La gracia o las mercedes que ella recibe no son “cosas”, es Dios mismo en su misterio Trinitario. La acción de Dios es comunicación de su misma vida. Cuando alcanza las cimas de la comunicación será tan viva, amplia y honda que Teresa tendrá la sensación no de que vive sino que es vivida por Dios.  Las Moradas séptimas, meta final de un largo proceso, representa la comunicación a nivel más profundo de Dios al hombre y también del hombre a Dios.  A final de este proceso: “sólo El y el alma se gozan con grandísimo silencio” (7M 3,11).

El Dios de Teresa es el Dios de todos. Y por eso su caso nos atañe personalmente, nos interesa vivamente. El Dios bíblico, el de Teresa, es presencia operativa de salvación. Dios-gracia. Presencia ininterrumpida. Dios actuando siempre, con o contra el hombre. Y en todo caso, por delante del hombre. El hombre “padece” la acción realizadora de Dios. Estamos ante un Dios que se da, se comunica, hace mercedes, otorga gracia. Un Dios deseoso de que los hombres quieran recibirlo, “necesitado” de dar. Dios se revela actuando salvación.

Dios es amigo de dar (5M 1,5), “ganoso de hacer mucho por nosotros” (6M 11,1). Dios se presenta como buscando a quien dar (6M 4,12), “necesitado de que las queremos recibir, sus mercedes (5M 4,6).

Dios es donación que recrea al hombre y posibilita la reentrega de éste. Se da a todos sin distinción. No se cansará Teresa de repetir que Dios siempre ama, y que el hombre con su comportamiento negativo no le impedirá seguir haciéndolo. Dios no puede dejar de hacerlo… porque es Dios. Y se da como Dios: sin tasa. Dios es “muy amigo de que no pongan tasa a sus obras”.

El hombre glorifica a Dios acogiendo cuanto Dios le da, dándole oportunidad de que le dé. Es relación interpersonal de acogida y donación de Dios y ofrecimiento de sí desde niveles cada vez más hondos e íntimos, de esta forma las relaciones interpersonales crecen en interioridad.

Existe siempre la misma actitud divina: “no deseando otra cosa, sino tener a quien dar”, “a todas las daría” si contara con la disposición requerida. Y esta disposición es querer recibir. Es imposible que no se dé Dios a quien quiere recibirlo, a quien se dispone. “No puede su Majestad dejar de darse a quien se le da toda” (MC 6,9). Las formas o modos en que Dios hace esta donación es algo secundario, “poderoso es el Señor de enriquecer las almas por muchos caminos y llegarlas a estas moradas” (5M 3,4). Lo esencial es que Dios se da a todos los que se disponen a recibirlo, a los que quieren recibirlo. Ante todo es aceptar a un Dios que es gracia. Dios “es amigo verdadero” “que nunca deja de querer si se le quiere” (V 25,17), “que no deja nada por hacer con los que ama; y como ve que le reciben, así da y se da; quiere a quien le quiere” (V 22,17). Dios a nadie falta si se confía en El sólo (CC 1,21).

A partir de su propia experiencia Dios, no se revela al hombre como pieza de conocimiento. Sino como Amigo para la vida. Fuerza transformadora metida en la entraña del hombre. Dios que es Amor, no da cosas, sino que se da El mismo, y se nos comunica en lo más íntimo de nosotros mismos. Cuando el hombre se ha alejado de Dios, El lo busca incansablemente como el buen pastor a su oveja, o como el padre que espera el regreso del hijo que hace tiempo se ha alejado del hogar. El mensaje que Teresa nos transmite está centrado en la relación personal de amor amistoso que une a Dios y al hombre.

Dios actúa en el hombre, no atropellando su libertad, sino provocando y exigiendo la libre aceptación de cuanto se le comunica y activando su requerida respuesta de disponibilidad. El proceso de actuación y conquista es lento y diferenciado. Dios “hace mercedes” para darse a conocer y provocar y alimentar el movimiento del hombre hacia El.

 2.2. Actitud del hombre ante un Dios que se da

 Teresa habla de la absoluta necesidad de disponernos plenamente, desde la raíz, como condición imprescindible para que el don de Dios se nos dé renovadamente. “El no ha de forzar nuestra voluntad” “es amigo de todo concierto” (C 28,12). Por ello el que quiera caminar por caminos de interioridad hacia el encuentro con Dios, debe empeñarse a fondo, insobornablemente, con valiente decisión a quitar de sí cuanto impide al amor. Teresa estaba convencida de que todos somos llamados (5M 1,3), a todos convida el Señor, y “por El no quedará”. La unión con el Padre que pide Jesús (Jn 17,21) no dejaremos todos de alcanzarla si no faltamos en disponernos (7M 2,10). Por ello tender a la contemplación no es más que un prepararse a ella, es decir, quitar de sí los obstáculos que alejan de nosotros el don divino, y ponernos en mejores condiciones para recibirlo.

El hombre no se hace, él es en cada instante lo que de Dios recibe. No tenemos nada que no hayamos recibido. Si Dios es el que da incansablemente. “No se cansa de dar, no nos cansemos de recibir”. El hombre se hace a partir del don que Dios le hace de sí mismo. El pensamiento de que podrían carecer de las gracias que reciben “les hace andar más cuidadosas y procurar fuerzas de flaqueza, para no dejar cosa que se les pueda ofrecer para más agradar a Dios” (7M, 4,14). Más que a no ofender a Dios, recae sobre él cómo manifestarle el amor que se le tiene, no dejando nada por hacer para contentarle más. El amor polariza de tal manera sobre Dios, que hace absorbente la preocupación por agradecerle.

El hombre no puede experimentar en su vida mayor exigencia que la que engendra el don con que se sabe favorecido, don que se convierte en exigencia de donación personal. “Lo mucho que importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace” (V 10, tít). “Amor saca amor”. La gran exigencia de fidelidad empieza a sentirse vitalmente cuando ese ser amado nos alcanza las entrañas, “Si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo” (V 22,14). Dirá Teresa: “Es imposible (…) tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecida de Dios” (V 10,6).

La mayor comunicación divina se recibe como una mayor exigencia de respuesta. La donación creciente de Dios acelera y centra la donación del hombre. Teresa advierte a los místicos, y de algún modo consuela a los que no reciben de Dios gracias y mercedes “sobrenaturales” que “quedan más obligadas a servir, pues es recibir más” (6M 9,16). Así también en Vida: “se han de tener por más deudores y más obligados a servir” (V 10,5), cuanto más se saben que reciben de Dios. Pues “con esta condición las da el Señor” (V 10,5).

 2.3. Respuesta del hombre ante la acción de Dios

 El amor que se nos da es exigencia de gratuidad. La amistad es gratuita. La amistad excluye todo interés y sólo puede vivirse en gratuidad. De esta forma la gracia que el hombre recibe de Dios es exigencia de vida gratuita. La gracia no puede vivirse sino como gracia. El Dios-Gracia no se puede vivir en provecho propio, sino como gracia, ante El y ante los hombres.

Teresa nos transmite su experiencia y desde ella adoctrina y muestra un camino de comportamiento espiritual. La doctora Mística insiste en que se viva con limpia gratuidad ante Dios, en amor puro, sin parar en la paga o en el mérito, que corre a cuentas de Dios que es por cierto “buen pagador”   (MC 1,6).  El, no dejará de retribuir al hombre sus obras buenas.

El hombre cuanto más consciente es de los dones que recibe de Dios, más empeñado se siente en dar la propia vida como donación gratuita. El encuentro con este Dios opera en Teresa una revolución en su vida. En primer lugar, actitud y temple de pobreza, de receptividad y acogida. Darnos a Dios es darnos a recibirle. Y así se le glorifica.

El deseo de hacer la voluntad de Dios viene a ser la primera actitud ante un Dios que se da sin tasa y obra salvación en el hombre. Pero, para hacer la voluntad de Dios, conformarnos a ella, exige primeramente creer en un Dios que en verdad encamina nuestros pasos, y es un amigo verdadero de quien nos podemos fiar. A unas postulantes Teresa contestará: “Déjense en las manos de Dios para que cumpla su voluntad en ellas, que ésta es la perfección” (Cta. med/marzo/74; 60,3).

 2.4. Cristo el verdadero amigo y modelo del cristiano

 Dios se revela en Cristo como el verdadero amigo del hombre, por ello el verdadero remedio es confiar en Cristo: “Hállole amigo verdadero”. “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo. Nunca falta; es amigo verdadero” (V 22,6).

Una vez que se ha encontrado la voluntad divina, el hombre la acomete decididamente, la pone por obra, “se pone” en ella, se da a hacerla porque ya no tiene otra voluntad ni tiene otro deseo sino el de contentar a Dios; el hacer lo que le agrada. La entrega de nuestra voluntad no se hace sin antes haber encontrado otra, haberla hecho nuestra, y haberle dado paso en nuestra vida. Dirá Teresa: “Todo el punto está en que se lo demos por suyo (el palacio de nuestra alma) con toda determinación” (C 28,12).

Hacer la voluntad de Dios significa conformarse con Cristo, revestirse de El. En Cristo ve Teresa como la definición viva y la expresión exhaustiva de lo que significa hacer la voluntad de Dios, y hacerla “con toda determinación” (C 32, tít). La Eucaristía es una expresión viva de su obediencia amorosa al Padre. Por ello decide quedarse con nosotros, prologando sacramentalmente su actitud obedencial al Padre, para “despertarnos” a nosotros con su ejemplo, para que no neguemos nuestro amor al Padre, y tener hacia El una actitud obediencial.

Cristo tanto en su vida terrena como hoy en su presencia eucarística es para nosotros un  “despertador” al verdadero amor, ayuda y sustento de nuestro deseo de que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios: “pues no se queda para otra cosa con nosotros, sino para ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que hemos dicho se cumpla en nosotros” (C 34,1). Cristo es el hombre del amor. El hombre que no dejó nada por hacer por nosotros. Todo lo hizo cumplidamente. Llevar la cruz es ayudarle a El a llevarla, a no permitir que caiga con ella. Vivir atento de El y no de sí mismo. Amar, en definitiva.

El camino del padecer es amor compasivo al Crucificado. Comunión en sus dolores para aliviarle a El. Llenar su soledad con nuestra compañía. Y al mismo tiempo, sostener nuestra debilidad con la fuerza de su presencia. “Este (el camino del padecer) es el camino de la verdad” (CC 26,1). “Precian los contemplativos los trabajos y los desean” mucho más que otros pueden desear joyas y oro. (C 36,9; cf. MC 6,1).

             III. ASCESIS PARA LA AMISTAD Y LA UNIÓN CON DIOS

En Teresa la palabra “mortificación” se reserva casi siempre para expresar la dimensión espiritual e íntima de la ascesis. Para ello propondrá un camino ascético que tiene como objetivo principal quitar los obstáculos para que Dios se derrame abundantemente en el alma. Este camino se podría resumir en: amor de unas con otras, desasimiento de todo lo criado y verdadera humildad. Todas estas virtudes son un reconocimiento del todo de Dios, el testimonio de una vuelta sincera a El.

3.1. La ascesis mística

La ascética teresiana y el objetivo que persigue es la recreación de la persona, por dentro y por fuera, por medio de la práctica de las virtudes, desde las teologales a las sociales y humanas, este ejercicio de las virtudes hacen creíble y atractiva la santidad de una persona.

En Teresa se da un progreso que va del paso de las penitencias a la mortificación, de la privación de cosas a la reformación de la persona, de las maceraciones corporales al doblamiento del espíritu.  Teresa sabe que “arreglando” el espíritu, rehaciendo al hombre por dentro, sanándole en sus raíces, no se dejarán de cumplir las penitencias que prescriben las reglas especiales o las generales de la Iglesia. Por grandes que sean las virtudes interiores, no quitan las fuerzas del cuerpo para servir la religión, sino fortalecen el alma” (C 15,3). Ella dirá repetidamente “yo soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor” (Cta. 12-XII-76, 156,10).

La pedagogía de Santa Teresa de Jesús, tiene un objetivo bien preciso, disponer el alma a la gracia de la contemplación infusa, al don místico y a la unión con Dios. Para ello planteará con esmero y cuidado la estrategia más conveniente. La mortificación teresiana apunta decididamente al interior del hombre, al doblamiento del espíritu, al dominio y extirpación de las raíces, para quitar los obstáculos y favorecer las actitudes para unirse íntimamente con el Señor

“El ascetismo carmelitano es… propiamente místico…Tal es el fin principal del ascetismo carmelitano (la unión con Dios por la oración) y este fin tan alto explica su rigor y su severidad”. O como dirá el gran conocedor de Santa Teresa, el P. Tomás Álvarez: “Sentido teologal y místico de la ascesis teresiana: la lucha tiende… a elevar al hombre al otro polo de la vida, Dios. Es una ascesis de la amistad, cuyo punto focal es el otro Amigo, o también una ascesis dirigida enteramente a la mística: proteger el misterio de las relaciones a tener con Dios”[4].

Ante un Dios que se da sin tasa y obra salvación, la respuesta es darnos “Todas a El todo sin hacernos partes” (C 8,1). Y del todo. Desde las raíces. Es el precio que hay que pagar para disfrutar el gozo de Dios, su amistad. “Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que como su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos” (V 11,1). Es la condición imprescindible.

El hombre está enfermo por dentro, es profundamente egoísta, es “tardo en darse”, y pronto en exigir.  El hombre es el juguete de una fuerza interior que le empuja a constituirse centro y término de todo. No se abre para darse, sino para exigir servicios. Toda la labor formativa de la Madre Teresa se encamina a desenmascarar esta postura y tratar de cambiar totalmente la dirección de la corriente de la vida, dirigiéndola no ya a nuestro “yo” sino al “Yo” divino. Por eso es esencial “contradecir” nuestra voluntad, hasta no tener voluntad propia, para adherirnos totalmente a la voluntad de Dios.

Es tan importante el desapego de sí mismo para centrarse en el Creador que en su libro  Camino de perfección,  en el cual intenta sentar las bases de un hombre o una mujer espiritual, dirá: “Porque todo lo que he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Creador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de criaturas” (C 32,9). El camino de oración y amistad es el “intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El” (V 11,11). Este darnos al Creador no es para gozar egoístamente de El, sino implica donación de servicio, donación de amor limpio y desinteresado, y deseo de hacer en todo su voluntad.

Servir es la traducción exacta del amor hacia donde se dirigen todas las gracias que Dios da al hombre, en la oración, y que autentifica la oración misma: “Si ella está mucho con El…, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene” (7M 4,6). Con otras palabras: el trato con Dios en la oración tiende a “hacernos esclavos de Dios, a quien -señalados con su hierro que es la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los que pueda vender por esclavos de todo el mundo, como lo fue El” (7M 4, 8). Así en una vigorosa síntesis diciendo cómo todas las gracias místicas -y no místicas- tienen como finalidad preparar al hombre, y hacerlo apto para la donación total a Dios, que siempre pasará por el camino de cruz.

 3.2. Líneas fundamentales de la ascética teresiana.

 Cuando el hombre constata en su propia vida el don que de Dios recibe abundantemente, provoca en él una repuesta de conversión y reforma, que en palabras de Santa Teresa  se puede concretar “qué tales habremos de ser” (cf C 4.1) para corresponder a este Dios que se da sin tasa.

Para la reforma del ser en orden a una amistad honda y transformante con el Señor, Teresa considera que hay  tres cosas importantes, “necesarias” e “imprescindibles”  que han de vivir los que pretenden llevar camino de oración, estas son: caridad, desasimiento de todo lo criado o libertad y verdadera humildad.

Teresa sintetizará: “No puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (CE 24,2).

A la adquisición de estas virtudes cifra Teresa el progreso en la vida espiritual. Esto lo recordará en las séptimas moradas: “no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas siempre, os quedaréis enanas” (7M 4,9). Además “se tiene con harto trabajo la oración, si no se procuran las virtudes… no vendrá el Rey de la gloria… a estar unido con nuestra alma, si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes” (C 16,6). Meses antes de su muerte repetirá su convicción que para relacionarse con Dios en amistad lo esencial es crecer en la virtud más que en penitencias corporales: “Virtudes pido yo a nuestro Señor me las dé en especial humildad y amor unas con otras, que es lo que hace al caso” (Cta. 28-XII-81; 403,6). Virtudes que al fin y al cabo las infunde Dios, que “trabajando nosotros poco a poco lo que es en nosotros, no tendremos mucho más que pelear; que el Señor toma la mano contra los demonios y contra todo el mundo en nuestra defensa” (C 8, 1).

El ser del hombre nuevo que se persigue, debe por amor a Dios y a los hermanos romper el cerco del egoísmo; por el desasimiento, lucha por la libertad; y, por la humildad, deponer el talante soberbio y autosuficiente. Darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas. Ascesis vivida como opción de amor por Cristo. Una opción totalitaria que implica todo el ser. Donación de todo: abrazarse con solo El, hallarlo todo en El. Como respuesta a la donación que Dios hace de sí al hombre.

La ascesis no es cuestión de formas, sino de amor. Cuando el amor es fuerte y absorbente, la vida inevitablemente recibe una impronta profunda de renuncia, de muerte a lo que no es o no conduce al Amor por el que se ha optado.

Su defensa de la ascética del corazón, comporta una clara prudencia respecto a la penitencia y al rigor corporal. Un suave y templado humanismo contra un rigorismo que ni por carácter le iba, pero que era muy presente en la época que le tocó vivir.

 3.2.1.  Andar en verdad

  La oración es la escuela de la verdad. Es Dios quien abre el acceso al contemplativo a la comprensión de la verdad. En gran silencio. “Pone el Señor lo que quiere que el alma entienda, en lo muy interior del alma, y allí lo representa sin imagen ni forma de palabras” (V 27,6). Una acción divina fuerte que fructifica en luces, intelectuales, en “hablas”, en “visiones” capacitando al sujeto que las recibe para la captación vivísima de la realidad sobrenatural, desde las verdades dogmáticas hasta los comportamientos morales de la persona. Se podría decir que el místico es el que experimenta los dogmas de la fe.

Según Teresa, la oración, desde el inicio hasta las cotas más sublimes, es un desvelamiento de Dios ofrecido al hombre. Ella experimentó cómo se le grababan las grandezas de Dios en el interior de su alma, ella no podía dejar de confesar en verdad a Dios como Señor. Una de las mayores gracias místicas que recibió en su vida tiene por objeto a Dios como suma Verdad. “El es sólo Verdad” (6M 10,6).  La Santa está convencida de que la ignorancia de Dios explica en su raíz todos los males del hombre. “Todo el daño que viene al mundo es no conocer las verdades de la Escritura” (V 40,1). En el contexto de la visión intelectual de Dios como Verdad Suma, Teresa nos transmite estas palabras divinas que se le imprimen en su ser: “¿Sabes qué es amarme de verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí” (V 41,1).

Para Teresa de Jesús no hay oración sin “verdad”. En doble sentido: la verdad es un presupuesto indispensable de quien comienza o hace oración; llegar a la Verdad forma parte del contenido, insustituible, de la oración. La verdad no se conquista. Se recibe, se infunde e imprime. Este conocimiento que se recibe en la oración no es sólo de Dios sino también de uno mismo. Dirá Teresa “jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios” (1M 2,9). La luz recibida en la oración es portadora de vida nueva; es fuerza de conversión del hombre hacia Dios.

Uno de los  rasgos propios del contemplativo es el amor a la Verdad: “quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre, y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis, que es posible quien muy de veras ama a Dios, amar vanidades? (C 40,3). Para ella vanidad y mentira es lo que no va guiado al servicio de Dios.

 3.2.2. La humildad como edificio de la vida espiritual

 Dirá Teresa “Porque Dios es suma Verdad, la humildad es andar en verdad” (6M 10,7).  La humildad es andar en verdad ante Dios. El hombre humilde es el que reconoce a Dios. Esto implica afirmar que Dios es el centro del hombre. La humildad es radicalmente la confesión más vibrante de Dios.

Dios está en el humilde. Teresa lo expresará de forma muy plástica: “No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo a las entrañas de la Virgen y con ella lo traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos” (CE 24,2). Y en Moradas escribirá: “humildad, humildad; por ésta se deja vender el Señor a cuanto de El queremos” (4M 2,10).

Dios no sólo se rinde al humilde, sino que es la fuerza del humilde. El hombre espiritual puede acometer con seguridad las empresas espirituales, sabiendo que es Dios el origen y fuente de la humildad.

Por el don de la humildad,  el humilde es fuerte con la fuerza de Dios; dinámico y animoso porque se sabe favorecido por Dios. Confiarse y abandonarse a El es propio del humilde. “La gran humildad trae poca confianza de sí” (MC 2,30).

La verdadera humildad es fruto de un conocimiento de Dios en profundidad. A ella se llega por la fuerza irresistible e insoslayable de la luz que Dios derrama sobre el hombre. La verdad infusamente recibida fructifica en humildad profunda, infusa. Las mercedes de Dios “consigo traen la humildad” (C 17,3). La humildad es andar a la luz de la verdad, hacer la verdad. El compromiso mayor por radicarse en la humildad nace de la donación que Dios hace de ella.

El cimiento del edificio de la amistad entre Dios y el hombre es la humildad. Teresa dirá:  “La verdadera humildad, conocer lo que puede (el hombre) y lo que yo puedo” (CC 64). La humildad es “conocimiento” de Dios y del hombre, de quienes van a protagonizar la aventura de la amistad. El hombre debe “entender que no puede nada” y que Dios es “fiel” (CC 64).  La humildad nos prohíbe quedar prendidos de nuestras bondades y virtudes –porque son de Dios-, también impide caer en la esclavitud de nuestros pecados. La humildad es pacífica y engendra esperanza (C 39,3). Ni aprieta, ni ahoga. Sino que más propiamente dilata y ensancha el espíritu, precisamente por lo que comporta de apoyo confiado y seguro en el Dios que  “no mira a tantas menudencias” (C 41,8).

La humildad nos mantiene en un justo y verdadero aprecio de nosotros mismos, de nuestra nada, a la vez que de los dones que Dios ha puesto en nosotros. El hombre humilde, que camina en la verdad de todo, no puede arrogarse una bondad que no le corresponde. Por ello no puede pensarse centro y destinatario de unas alabanzas que, en todo caso, debe referirlas a Dios.

Libera la verdad. La humildad hace libres. El hombre soberbio sólo cuenta consigo mismo. Por eso los temores le inmovilizan. El humilde, en cambio, cuenta con Dios. El es su fuerza. De ahí que sea arrojado y animoso.

La humildad purifica nuestra mirada y nos vuelve capaces de ver y disfrutar la bondad del prójimo, oculta a los ojos del soberbio. La humildad -“andar en verdad”- nos desvela la riqueza del hermano y nos hace disfrutarla como si se tratara de algo propio: mejor, como revelación del poder de Dios. La fraternidad de servicio no se construye sino sobre la roca firme de la humildad. El hombre humilde tiene la mirada limpia y el corazón bueno para ver al hermano, aprender de él, gozarse de sus virtudes.

 3.2.3. Amor de unas con otras

 Teresa, fiel a la Palabra de Dios y a la constante tradición de la Iglesia, pone la perfección cristiana en la plenitud del amor. Por ello  repetirá el gran precepto evangélico: “Dos cosas que nos pide el Señor; amor a su Majestad y del prójimo; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidas con El” (5M 37).

La perfección verdadera es “amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas” (1M 2,17).  El amor es lo absoluto, lo demás es relativo. Todo se subordina al amor. Cuando se hubiere de hacer un discernimiento entre el amor y la pobreza u otro valor cualquiera, el hombre debe inclinarse por el amor. El amor no se somete a nada. Esto lo comprendió Teresa con una gran clarividencia:  “Y entendí esto estando descuidada de ello: que no era buena mortificación; que cuál era mejor: la pobreza o la caridad; que pues era lo mejor el amor, que todo lo que me despertase a El no lo dejase” (CC 63).

La vocación del hombre es el amor. Amando se realiza. Cristo es la definición del amor. Jesús, al amarnos, sabe que así cumple la voluntad de su Padre, por ello Teresa propondrá a Cristo como modelo de amor al prójimo y al Padre: “Como sabe la cumple (la voluntad de su Padre) con amarnos como a Sí (C 33,3);  Y su amor llega al extremo: hacerse esclavo de todos y terminar muriendo muerte tan penosa de cruz para que no pudiéramos dudar de su amor. Cristo, es el capitán del amor, en Cristo se agotan todas las posibilidades del amor. ”No le ha quedado por hacer ninguna cosa” (C 35,3).

Cristo se eleva ante nosotros como fuerza y camino del amor. En El se nos ha dado el amor y el camino para lograrlo. “No ha menester el Señor hacernos grandes regalos para esto, basta lo que nos ha dado en darnos a su Hijo que nos enseñase el camino” (5M 3,7). No hay más amor que el suyo. El nuestro es una prolongación del mismo. Teresa vincula profundamente el amor a Dios y al prójimo, “Según es malo nuestro natural, que si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo” (5M 3,9). El amor de Dios es la raíz del amor del prójimo. Lo engendra. Es su origen “De nuestro natural, no puede proceder. Cuando Dios no está por medio, es imposible que prenda un amor auténtico, duradero. No hay más amor para amar que aquel por el cual somos amados por Dios. El amor que se nos da es la fuerza mayor -posiblemente la única- capaz de sacar nuestra vida del atolladero de la mediocridad. Es el amor el que únicamente redime al hombre. El amor es redentor y transformante, liberador de uno y de otro, cuando es desinteresado, cuando cuenta únicamente el bien del amigo. “Amor sin poco ni mucho de interés propio” (C 7,1). “Todo lo que desea y quiere es ver rica aquella alma de bienes del cielo” (C 7,1).

 En su ejercicio crece -y por tanto se ejercita- el amor a Dios. “Es tan grande (el amor) que su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar” (5M 3,8). La verdad del amor que Dios nos tiene le lleva a afirmar que el acto de amor al hombre es acto de amor a Dios. “Yo lo miro con advertencia en algunas personas (…), que mientras más adelante están en oración y regalos de nuestro Señor, más acuden a las necesidades de los prójimos” (MC 7,9). En el servicio a los hermanos está Dios haciendo crecer el amor.

El amor a los hombres, para que sea digno de este nombre, tiene que ser realista. “Dejando que en la oración ayudaréis mucho, no queráis aprovechar a todo el mundo, sino a las que están en vuestra compañía, y así será mayor la obra, porque estáis a ellas más obligadas. ¿Pensáis que es poca ganancia que sea vuestra humildad tan grande, y mortificación, y el servir a todas, y una gran caridad con ellas, y un amor del Señor, que ese fuego las encienda a todas, y con la demás virtudes siempre las andéis despertando?” (7M 4,14).  Nosotros estamos más obligados a amar y servir a los más próximos. Tanto más porque a través de ellos el amor se puede multiplicar. “Mientras fueren mejores (las obras de las hermanas de comunidad), más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos. (…) Que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen; y, como hagamos lo que pudiéremos, hará su Majestad que vamos pudiendo cada día más y más (…) interior y exteriormente ofrezcamos al Señor el sacrificio que pudiéremos, que su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotras al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque sean pequeñas las obras” (7M 4,15)

Otra expresión del amor al prójimo es el cultivo esmerado de las virtudes sociales que hacen agradable la convivencia. “Así, que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amendrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas más conversables con sus hermanas; y que aunque sintáis mucha pena, si no van sus pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os extrañéis de ellas, si querréis aprovechar y ser amada. Que es lo que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas (C 41,7). Afabilidad, en cuanto alegre apertura a todos, sin melindres ni encogimientos, sabiendo estar junto al hermano con libertad y alegría aun cuando no satisfaga su comportamiento.

Teresa luchó por la creación de comunidades con calor humano y espíritu de familia. La estima de las virtudes humanas que crean ese clima de familia. La creación de un ambiente comunitario, presidido por un trato sencillo y llano, en la verdad, que vence toda falsa  afectación,  de esta forma se derrumban recelos que distancian, para que cada uno pueda presentarse al otro con alegre espontaneidad y mirar al prójimo con el corazón limpio y bueno.

Ella alentará la alegría de sus comunidades. “Mucho me huelgo procure se alegren las hermanas” (Cta. 8-XI-81; 387,19). Dará tanto valor a la recreación de las hermanas en comunidad como a la oración, por ello cada día en sus comunidades hay dos horas tanto de oración a solas con Dios, como de recreación con las hermanas. Pero en las Constituciones prohibió el juego, hoy ciertamente añadiría ver programas televisivos. Ella deseaba que los tiempos de recreación fueran tiempos de distendimiento de todas las hermanas, “que el Señor dará gracia a unas para que den recreación a otras; fundadas en esto, todo es tiempo bien gastado” (Const. 6,6). Otras virtudes humanas que valora Teresa son: la suavidad del trato, la sencillez, la apacibilidad, el “buen entendimiento”, la discreción etc.

 3.2.4. Libres nos quiere Dios

 El hombre se libera abriéndose a Dios. La libertad de espíritu es abandono confiado, activo y dinámico en las manos de Dios. La libertad en el hombre peregrino se manifiesta en la plena realización de la comunión con Dios sin las ataduras, limitaciones y embarazos que impone y conlleva la vida.

Por sí mismo el hombre no puede librarse de las múltiples esclavitudes que le atan. Dios lo hace libre con su gracia. “Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo” (V 24,10).

Teresa nos da el testimonio privilegiado de la necesidad de ser libres afectivamente para poder gozar de la intimidad con Dios. Cuando una persona consagrada no se contenta de estarse con El, o no ha entrado por solo El, o no se mantiene en la vida religiosa consciente de que Dios la ha elegido “para sí”, la relación con las demás personas es sangrante y esclaviza. “Entendiendo que en hacer otra cosa faltáis al verdadero amigo y Esposo vuestro creed que muy breve ganaréis esta libertad de los que por sólo El os quisieren ..” Esta relación interpersonal, alimentada por solo El, trae consigo la libertad, es liberadora.

Los santos son hombres libres. El camino de la santidad es un camino hacia la libertad. Es igual decir que Dios llama a los hombres a la santidad que afirmar que su vocación es la libertad. Dirá Teresa “Libres quiere Dios a sus esposas, asidas a sólo El” (Cta 30-V-82; 424,11). “No consintamos, ¡oh hermanas!, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre”(C 4,8).

No hay esclavitudes cuando hay interioridad. La búsqueda de la interioridad es la búsqueda del Dios personal que vive dentro en el hondón del alma, y la búsqueda de lo más nuclear del propio yo. Las distintas etapas -“moradas” de interiorización son etapas de liberación, porque realizan una mayor aproximación al Dios de amor, fuente y término de toda liberación humana.

El hombre se libera radicalmente desposeyéndose, dándose en amistad limpia a Dios sin exigir nada a cambio. El hombre está abierto a Dios, proyectado hacia El. El hombre es lo que es su ordenación a Dios: es libre en la medida en que vive sometido a Dios. Someterse a Dios que es amor, es comprometerse a ser esclavos de todos (Cf 7M 4,8).  Dios está atado por su amor a todos los hombres; así lo vivió el Hombre-Dios, Jesús de Nazaret, y así lo vivieron sus más calificados seguidores. Ser libre es servir, hacerse esclavo de todos en virtud de la total sumisión a Dios.

La libertad es un vivir para el otro. La libertad requiere al Otro y a los otros, porque es vida ante El y para El, ante ellos y para ellos. No hay otra esclavitud que la del egoísta: el que vive en sí y para sí.  El señorío, la libertad, le viene al hombre de su radicación amorosa en Dios. Relación personal con Dios es cuestión de amor servicial, de libre y voluntaria enajenación de sí en las manos del único libre y liberador, porque Dios es amor. “Libres nos quiere Dios”,  vinculados a “solo El”. En El bebemos libertad. Y desde El abrimos caminos a la libertad.

Libre es el hombre que vive para los demás en limpieza servicial. Es libre el hombre para quien sólo cuenta servir amorosamente a sus hermanos y a Dios. Teresa define al hombre libre por excelencia, Cristo Jesús, diciendo que “nunca tornó por Sí” (C 35,3), ocupado totalmente en hacer la voluntad del Padre que es amarnos como a Sí” (C 33,3).

Así define Teresa a las “almas generosas, almas reales” (C 6,4): “Estas almas son siempre aficionadas a dar mucho más que no a recibir; aun con el mismo Creador les acaece esto” (C 6,7). El castillo de la propia persona se cimenta sobre la roca de la esclavitud de servicio y amor a los hermanos. La libertad es amor que sirve, Y cuando el hombre ha reducido su vida al amor, ha tocado techo de la libertad.

El hombre es libre desde la verdad para vivir a fondo el compromiso del amor. Así se hace el hombre libre: andando ocupado totalmente en amar, por solo contentar al Amor, en olvido de sí.

   3.3. Actitudes y dificultades para ser un verdadero orante

 La oración del hombre es problema teologal y también psicológico. Es el hombre el que ora en su circunstancia concreta, variante y múltiple. La dificultad para orar puede tener varias causas. Estas pueden provenir de una indisposición natural, orgánica, ya permanente, ya circunstancial. Otras veces es su causa el estado moral del hombre, o la falta de hábito de reflexión. También puede tener su origen en una purificación que no acepta el hombre. Por último, en el hecho de no poder discurrir con el entendimiento.

La praxis de la oración lleva consigo la exigencia del empeño totalitario, progresivo y ascendente por vivir en clave de amor. La oración resultará un ejercicio impracticable, duro para quien no encamine su vida por la vía de la donación de sí.  Cuando no se sirve con gallarda valentía a un amor –en nuestro caso a Dios- por falta de peso y raíz, el hombre es arrastrado en agotador movimiento por la insaciable avidez de sus sentidos, afectividad,  fuerzas, en general más epidérmicas, de ese <<compuesto>> que cada uno llamamos nuestro <<yo>>.

Teresa cifra la sustancia y la excelencia de la oración en el desvelamiento del quién de Dios y del quién del hombre. La oración va poniendo a plena luz el ser de uno y otro de los actores de la amistad  a fin de que hagamos nuestra condición a la suya.

Orar es “tratar de amistad”. Aceptar el protagonismo de Dios, dar paso al Amigo para que <<haga como en casa propia>>. Y esto es porque la oración-amistad es donación de sí al Otro. “Lo que más agradare a Dios tendría yo por más oración” (Cta. 23-X-76; 133,8). “Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días  no hay sino sequedad y disgusto y desabor….?” “Alegrarse y consolarse…, pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El”  (V 11,11). Dios no quiere de nosotros sino la decisión de orar, de estar con El.

Es expresión auténtica de la oración-amistad, el decir: “Guíe su Majestad por donde quisiere” (V 11,11). Por el intercambio amistoso, el hombre ha cedido a Dios-Amigo su vida y, por ello, la historia concreta de la misma. No asumirlo existencialmente significa agudizar la experiencia de sequedad y desgana. Por tanto, la paralización de la amistad.

Las sequedades y distracciones pueden nacer de un cambio de ritmo en la oración. Dios corta su comunicación por los cauces más sensiblemente gustosos de una oración meditativa, purifica al hombre que tiene hecho su paladar a esta manera de trato y cambia la oración a una forma más simple y espiritual, que, por eso, es menos perceptible, más seca para el sentido. El orante que no acepte esta actuación de Dios, experimentada como purificadora, elevará con su comportamiento el nivel de sequedad, disgusto, distracción. Crecerá su incomodidad interior y la hará más duradera.

La oración exige vivir totalitariamente para el amigo. Ser de El. “Ya no somos nuestros sino suyos” (V 11,13). Para vivir vida de oración  debe uno abrazarse a la cruz. Afirmarse en el único deseo de contentar al Amigo, de mirar sólo por El y no tener cuidado de sí. Cuando arrecia la sequedad y el disgusto y la mala gana en la vida de oración, el hombre debe consolarse y mantenerse fiel pensando que “hace placer y servicio al Señor de la huerta” y que “su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a El” (V 11,11). La libertad sólo en la cruz se fragua. “Si quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado, comience a no se espantar de la cruz” (V 11,18). Para la Doctora Mística es indudable que quien hace caso de la sequedad está dando pruebas de que no era a Dios a quien buscaba, sino que iba tras satisfacer su propio yo.

Todas las gracias místicas tienen una incidencia liberadora. El hombre libre asume la vida, y en concreto la vida de oración  tal y como se presenta. Amar, servir, sin exigir nada a cambio. Amar porque se descubre que es el único camino para ser libre. Pero sucede a menudo que  “Somos amigos de contentos más que de cruz” (3M 1,9). De ser servidos más que de servir. De contemplarnos más que de contemplar a Dios.

El verdadero orante sólo ama por contentar al Amor. El hombre libre es un hombre fundamentalmente, visceralmente, abierto a la verdad que el hermano le regala. Padece hambre de recibir. Necesita a los otros para ser. El hombre “concertado” es un hombre satisfecho de sí. Esclavo de sus obras, de una moral contractual. Por eso, esclavo de sí mismo. Desconoce la gratuidad, el amor. Si se acerca al otro (Dios o el prójimo) es para servirse de ellos. O para exigir la “paga” a sus servicios. Porque desconoce el amor que libera, el amor que hace persona, vive mustio, tristemente, desconsolado. Dios no le responde como “debía”. Le ha defraudado profundamente.

Para quien es esclavo de las “buenas obras” la paralización del desarrollo de la vida espiritual es absoluta y definitiva, si se sigue manteniendo esta actitud. Las “obras buenas” no se contabilizan, “si no, toda nuestra vida nos estaremos en él (estado de las terceras moradas) y con mil penas y miserias; porque como no hemos dejado a nosotras mismas…, vamos muy cargadas de esta tierra de nuestra miseria” (3M 2,9). Se ha venido trabajando para sí, no para Dios. Cuando se adopta una postura de amor no se cuentan los propios haberes, no se acumulan obras que terminan por ahogar la vida de quien las hace. Más que servir a Dios se sirven a sí mismos. De ahí el ahogamiento que padecen cuando Dios no responde según ellos tenían pensado que debía responder. “Hay algunas personas que por justicia parece quieren pedir a Dios regalos” (C 18,6). Por eso, cuando Dios no viene pagando merecimientos, sino probando fidelidades -“para que nos conozcamos”, se desencadena en estas almas “concertadas” un hondo sentimiento de desencanto y de fracaso. Es la prueba inequívoca de un amor egoísta.

Teresa dice sí al amor desinteresado, puro. Obras por las que jamás se pasa recibo a Dios. “Mas ha de ser con condición -y mirad que os aviso de esto- que se tenga por siervo sin provecho…, y crea que no ha obligado a nuestro Señor para que le haga semejantes mercedes” (3M 1, 8). El amor no exige nada por lo hecho. Es él mismo su exigencia y su recompensa. Amar “por contentar al amor” (6M 9,22). Y se genera obras no se apoya en ellas. Dios no atiende a las obras sino al amor que las alimenta. “El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen…”. Sólo el amor cuenta ante Dios. Y este amor nada pide: “No pidáis lo que no tenéis merecido; ni había de llegar a nuestro pensamiento que por mucho que sirvamos lo hemos de merecer los que hemos ofendido a Dios” (3M 1,6).

Para gustar la libertad hay que morir al propio gusto y vivir decididamente de cara a Dios. Se lamenta Teresa del triste espectáculo que ofrecían ciertos “siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de entendimiento”, que hacían demasiado caso de la falta de devoción en la oración. Y les consuela diciéndoles: “Cuando no la tuvieren, que no se fatiguen y que entiendan que no es menester -…- y anden señores de sí mismo. Crean que es falta, yo lo he probado y visto; crean que es imperfección y no andar con libertad de espíritu” (V 14).  Por ello aconsejará: “Es gran negocio comenzar las almas oración, comenzándose a desasir de todo género de contentos y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo” (V 15,11). Pero el que va a la oración en caza de gustos, fracasará en la vida de oración. Y es que cuando no se salva el cerco del yo, sino que se pretende encerrar en él también a Dios (“unos gustos para nuestro gusto no más”), pretenciosamente bautizados como oración (Cta. 23-X-76; 133,8), no sólo no se encuentra uno con el Dios que libera, sino que se hunde más en la tierra fangosa del egoísmo. El querer “servirse” de Dios es la postura humana más soberbia. En cambio es libre el hombre que vive para Dios, sin prestar atención a su propio provecho.

 IV. LA ORACIÓN FORJA APÓSTOLES

 La oración es trato de amistad, es comunión de vida, aceptación integral del Amigo. El <<trato>> con Dios desvela en toda su profundidad cómo Dios llega a amar al hombre y, por consiguiente, desata unos dinamismos de entrega irrefrenables, dominadores. El orante, por lo mismo que amigo de Dios, entra en la corriente amorosa, inefable de Dios a todos.

 4.1. La oración fuente del dinamismo apostólico

 La oración desata las fuentes de la acción. Convierte desde dentro al orante en dinamismos de amor, rotos y superados todos los frenos del egoísmo. La oración prepara, potencia y purifica el servicio al hombre. Lo hace evangélico. Por eso, las fuerzas de donación que no desencadene la oración quedarán para siempre sepultadas, inertes en el corazón del hombre. “Si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo” (5M 3,9). La oración no es freno, sino un generador apostólico. La oración capacita y fortalece para el servicio. “No para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración” (7M4,14). La oración abre a los otros, dilata el corazón del hombre para la entrega, le fortalece para el servicio a los hermanos. El servicio es la medida de la oración. Lo que la autentifica y lo que la expresa.

La oración mete en el alma el tormento por los otros; el tormento del amor que crucifica todas las tendencias egoístas que anidan y se agazapan en el interior del hombre. “ Para esto es la oración, hijas mías…., de que nazcan siempre obras, obras”(7M4,6). “Si ella (el alma) está mucho con El (Dios), como es razón, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene” (7M 4,6). Intimar con Dios llegando a conocer su voluntad por el trato amistoso de la oración que lleva a descubrir que la voluntad de Dios, “su manjar”, “es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben”. “No puede haber descanso” para quienes han llegado a la culminación del proceso oracional. (7M, 4,11). La oración es acción y dinamismo en sí misma.

Pero es que también se desliza el contemplativo hacia la acción y el compromiso, hasta desplazar la atención del “estar con Dios” al estar con el hombre; del deseo del gozo beatífico al deseo del gozo del servicio que abra a los hermanos las puertas del festín del Reino. Si “salen”  de su soledad y oración y se hacen presentes a los hermanos es “por contentar más a Dios” (MC7,4). Las largas horas de oración le han descubierto el amor que Dios tiene a los hombres. “Gustan de dejar su sabor y bien por contentarle en servirles y decirles las verdades” (MC 7, 4).

El apóstol se forma en largas horas de intimidad con el Maestro. Y esto porque el apóstol no transmite una doctrina, comunica una Vida. No anuncia unas verdades, proclama la Verdad de una Persona. Es un testigo de Alguien que ha cambiado el rumbo de su vida y le desborda. El apóstol habla de lo que ha visto y ha oído. Por ello un apóstol o es orante o deja de ser apóstol, testigo de Dios.

Teresa quiere apóstoles de talla, íntegros, enamorados. Primero tiene que hacerse el apóstol, profundizar en la propia experiencia de Dios, sin dejarse engañar por el espejismo del servicio apostólico. “Lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de sí sola y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios y ella”. Está convencida de que únicamente desde una virtud sólida se aprovecha cristianamente al prójimo: “Quien hubiere de hacer algún provecho… es menester que tenga las virtudes muy fuertes” (V 13,8). Por ello “Esténse cabe aquellos divinos pechos, que el Señor tendrá cuidado, cuando estén ya con fuerzas, de sacarlas a más, porque no harían el provecho que piensa, antes se le dañarían a sí”.  Al terminar el libro de su Vida dice: “hallaréis cuándo ha un alma desear salir a aprovechar a otros y el peligro que es salir antes de tiempo”.  Teresa a los que comienzan el camino de oración aconsejará “hagan cuenta que están solos con Dios en el mundo”. No es egoísmo, es prudencia. Sensatez. Respeto a Dios y a los destinatarios de la acción apostólica.

Sobre ello Maximiliano Herraiz dirá: “Si es verdad lo que nos dice sobre las disposiciones internas del apóstol, se explicaría nuestra escasa eficiencia apostólica y se plantearía el problema pastoral, no tanto como cuestión de programas y métodos, de escasez de operarios, sino como cuestión de calidad, de hondura de los enviados. Se improvisan apóstoles, y se quema vida. Y el anuncio no llega a los mismos a los que se les aturde con lluvia de palabras y el ruido de tantas acciones” [5].

Las prisas por hacer apostolado son tentaciones para abortar al apóstol del mañana. Por ello, Teresa a las prisas por el hacer, los convierte en prisas por el ser, sabiendo que sólo de este modo salva el hacer apostólico. A ella le preocupa e interesa el orante mucho más que la oración, su preocupación está también por el apóstol y menos por el apostolado. La persona antes que las obras.

4.3. Apostolado y crecimiento espiritual

 Teresa defiende con la misma fuerza que el apostolado es santificador y dinamizador de la vida espiritual. Ella en un inicio pensaba que el mucho trabajo podía incidir negativamente en la vida interior, pero su propia experiencia espiritual y la de sus amigos, tan ocupados en el servicio apostólico, le convencieron de lo contrario. Si la obediencia o la  caridad llevan a uno a la actividad apostólica, el Señor va disponiendo “por donde más aproveche”; “sin entender cómo, nos hallamos con espíritu y gran aprovechamiento que nos deja después espantados” (F 5,6). Son <<hechos>> los que están detrás de esa posición. “Personas… todas en ocupaciones de obediencia y caridad…. veíalos tan medrados en cosas espirituales,  que me  espantaban” (F 5,8).

Ella no tardará en dar con la explicación. En primer lugar, Dios no está sujeto a caminos que el hombre le trace para llegar a El.  Los caminos los abre El. Todos son suyos. No necesita, en concreto, el marco de la oración silenciosa para hacerse presente al hombre.

No es la falta de tiempo para orar lo que impide el adelantamiento espiritual, sino la falta de amor. No es el exceso de apostolado lo que atenta contra la vida del espíritu, sino el exceso de egoísmo, que puede darse en la oración silenciosa y en los compromisos apostólicos. Por ello lo que se ha de salvar es el amor, la disponibilidad a las exigencias concretas del Amado. “De un alma que está determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro” (F 5, 6). Entonces es cuando el apostolado es vitalizador y fuente de aprovechamiento espiritual. Por ello cuando más amamos a nuestros hermanos más nos unimos a Dios.

A las almas “encapotadas” que fetichizan su oración, y son esclavas de su egoísmo, Teresa les grita: “que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves a una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella… ésta es la verdadera unión con su voluntad” (5M 3,11).

El trabajo puede recortar el tiempo de la oración, no la oración misma, su intensidad penetrativa y,  por lo mismo, transformante y renovadora. Cuando hay amor no se precisa largo tiempo para que se produzca el encuentro, y en profundidad. No es el tiempo sino el amor el que da valor a las cosas. Teresa exclamará “Mas, ¡ay, Dios mío, y cómo aun en las espirituales queremos muchas veces entender las cosas por nuestro parecer y muy torcidas de la verdad, tan bien como en las del mundo, y nos parece que hemos de  tasar nuestro aprovechamiento por los años que tenemos algún ejercicio de oración, y aún parece queremos poner tasa a quien sin ninguna da sus dones cuando quiere, y puede dar en medio año más a uno que otros en muchos!” (V 39,9).

No obstante, el amor clamará por la soledad, por el encuentro a solas, cara a cara, con el Amigo. El deseo de la soledad se convierte en señal discernidora de la calidad de nuestra acción apostólica. Deseo que cristalizará inevitablemente en realidad, creando espacios y tiempos para estar con Dios, reviviendo conscientemente su presencia. El que de veras hace la obra de Dios experimenta dentro de sí la necesidad del encuentro a solas. La actividad apostólica no ahoga el movimiento interior de estar en oración directa con Dios, antes la potencia.

El apostolado es potenciamiento del amor. Vigoriza el espíritu. La plenitud de amor a Dios simbolizado en el matrimonio espiritual, es también la plenitud del amor al hermano: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras” (7M 4, 6).

4.3. La oración es apostólica

Teresa experimentó en su propia vida que cuando no oraba, su vida cristiana y religiosa se desintegraba, pero cuando empezó a hacer vida de oración, hay una transformación profunda de su vida que le ayuda a vivir radicamente el seguimiento de Cristo. Lo que ella constata en su vida es lo que necesitaba la Iglesia. La oración era el camino para fortalecer a la Iglesia en aquel momento tan crítico en que se desintegra su unidad. Por ello era de capital importancia la formación de mujeres orantes y liberarlas de todo lo que impidiera que pudieran ofrecer este servicio eclesial.

Teresa de Jesús, nació y vivió en una sociedad profundamente antifeminista, donde la mujer era una menor de edad, ocupando una posición social inferior al hombre. Los teólogos de su tiempo defendían que la mujer no era capaz de la oración contemplativa. Como señala la misma Teresa: “Muchas veces nos dicen que no es para las mujeres (la oración) que les podrán venir ilusiones, mejor será que hilen”(C 21,2).  Ella se quejará “no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa… veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE  3,7).

La Iglesia es tarea de todos. Teresa clamó por el reconocimiento de este puesto que sabía que tenía en la Iglesia. Y si no se le reconoció un apostolado directo, comprendió que con y desde su oración podría realizarlo contribuyendo poderosamente a la obra apostólica de la comunidad reunida y animada por la fuerza del Espíritu de Jesús.

Así, en las primeras páginas de Camino, manifiesto de su espíritu y libro de formación para sus seguidores, apunta decididamente el objetivo que deben perseguir sus monjas: “Todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia y letrados que la defienden” (C 1,2). La oración de sus monjas quiere que nutra, ponga solidez, calor y vida en los apóstoles. Cuando presenta la “empresa” que le empeña y al grupo reunido en torno a ella en el conventito de San José de Avila, lo expresa en términos de conquista, de recuperación del terreno eclesial perdido, y de defensa aguerrida de los propios compañeros de campo, para que no flaqueen y no “se nos vayan al enemigo”. Su comunidad orante es una plaza fuerte de un grupo de “gente escogida”, de buenos amigos, fina y profundamente sensibilizados por la causa de Cristo y de la Iglesia.

A la oración no se va esencialmente para santificarse sino para servir y hacer algo por el prójimo. Les dirá “procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios”. La oración es <<llegada>> a Dios, es <<salto>> desde Dios a los hombres para reemprender juntos la marcha hacia Dios. Teresa señala los muchos obstáculos que pone el demonio para impedir emprender el camino de la oración: “Sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma, sino muchas… creo jamás va solo al cielo” (V 11,4).

La oración es un arma apostólica, fuerza puesta al servicio de la unidad de la Iglesia, fuerza de vitalización de la comunidad, principalmente en sus <<capitanes>> y de la expansión y reconquista del entero cuerpo místico en el que se ha cebado la ruptura y la desunión. Teresa, en el cumplimiento de la misión que Jesús le ha encomendado, hace fructificar todos los talentos que Dios le ha dado. Con su testimonio y sus escritos, defiende que las mujeres también pueden pensar cuando oran y las encamina a las más altas cimas de la vida mística y hace de su vida de oración un servicio apostólico de primer orden, en la renovación espiritual de la Iglesia.

Los Carmelos reformados por ella se fueron multiplicando por Europa y otros continentes. Dirá Edith Stein: “Sólo Dios sabe de cuán gran ayuda fueron las oraciones de Santa Teresa y de sus hijas para evitar el cisma de la fe en España, y qué poder increíble desarrolló esa oración en las luchas de fe en Francia, Holanda y Alemania”[6].

Santa Teresa de Jesús a través de su testimonio de vida, su oración y sus mismos escritos, hace redescubrir el valor de la oración y su poder transformante tanto de quien ora, como de aquellos por los que se ora. Así, Teresa de Jesús ofrece a la Iglesia de su tiempo y del nuestro, el camino y la medicina para fortalecerse interiormente y ser evangelizadora. Porque la vida de oración intensa es capaz de afianzar a los cristianos en el seguimiento de Cristo, de donde surgen grandes santos y santas que reconstruyen la Iglesia.

Conclusión

 Dios no obró, obra. No salvó en un pasado remoto, sino que salva en un presente sin fronteras, presente siempre de gracia. No vino, sino que viene trayendo en sus manos el don de su amistad.  Dios revela en Teresa su hacer. Y revela asimismo el camino al hombre para que empuje por él su requerida y necesaria respuesta. La gracia es exigencia; la donación engendra compromiso. El hombre se hace a partir del don que Dios le hace de sí mismo. Don que se convierte en exigencia de donación personal.  Dios nos ama y nos llama a su compañía.

En sus comunicaciones Dios va poniendo al hombre en humildad, amor y libertad. Y exigiéndole o marcándole así el camino de su acción ascética, de su respuesta comprometida. Actúa Dios humildad y compromete al hombre en esa dirección; concede amor y le urge para que lo haga; otorga libertad y le empuja a la empresa de conquistarla. Nada se le da hecho al hombre. Pero se pone en sus manos todo para que pueda hacerlo.

Teresa captó el valor apostólico de la oración a la Iglesia, orar es hacer Iglesia, crear comunidad, dándole raíz, consistencia interior y ardiente y fecunda expansión misionera.

                                        ——————————————

           

 

Escrito finalizado en Barcelona, el día de San José obrero, 1de mayo de 2003

 

[1] Maximiliano Herraiz, Sólo Dios basta. Claves de la Espiritualidad Teresiana. Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1982, 3 ed. p. 10.

[2] Maximiliano Herraiz, La  oración historia de amistad, Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1995, 5 ed. p. 200-201.

[3] Cf. Ibid.,  200.

[4] Dizionario enciclopedico di Spiritualità. Ed. Studium, Roma, 1975, t. II, voz Teresa di Gesú, p.1866. citado por M. Herraiz, Sólo Dios basta, o.c., 182-183.

[5] Maximiliano Herraiz, “La oración historia de amistad”,  o.c.  188.

[6] Edith Stein, “La oración de la Iglesia” en Los caminos del silencio interior” .  Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1988, 80.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s