El “tratadillo” de oración en el libro de la Vida de santa Teresa de Jesús

 

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SUMARIO

Presentación; 1. La oración en la vida de Teresa; 2. Base teológico-bíblica de la oración en Teresa; 3. Base simbólica del «tratadillo sobre la oración»; 4. Contenido del «tratadillo sobre la oración»; 4.1. Primer grado de oración (cc. 11-13); 4.2. La oración mística (cc. 14-21);  4.2.1. Segundo grado de oración. «Oración de quietud» (cc. 14-15);  4.2.2. Tercer grado de oración. «Sueño de las potencias» (cc. 16-17);  4.2.3. Cuarto grado de oración. «Oración de unión» (cc. 18-21); 4.3. La Humanidad de Cristo (c. 22); Conclusión.

Presentación

Hacer una síntesis del «tratadillo de oración», que se encuentra en los capítulos 11 al 22 del Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús no es nada fácil, por su forma de escribir, algo que ella misma reconoce: «creo me meto en muchas cosas. Siempre tuve esta falta de no me saber dar a entender -como he dicho- sino a costa de muchas palabras» (13,17).  Pero a la vez lo que enseña es de tal hondura espiritual que se le perdona su difícil lectura para poder hacer una síntesis de su mensaje. Por ello es importante que además de hacer una lectura reposada de sus escritos, ver como lo han sintetizado otros autores, y así poder  acometer la tarea de hacerlo con mayor provecho. En la bibliografía se hace reseña de estos autores, que han sido de una buena ayuda para realizar esta síntesis y encontrar un hilo conductor para poder presentar mejor su mensaje sobre los grados de oración: como actúa Dios en el alma, que efectos quedan en ella y como comportarse ante el actuar de Dios.

Para mejor comprender porqué Teresa inserta en el interior de su autobiografía espiritual un «tratadillo sobre la oración» se habla en primer lugar a grandes rasgos de la oración en la vida de Teresa, cual es su base bíblica, que importancia le da a la imagen que utiliza para hablar de los grados de oración, para luego exponer cada uno de estos grados. Finalizando el escrito con unas conclusiones.

1. La oración en la vida de Teresa

Los capítulos 11 al 22 de Vida, son denominados el «tratadillo de oración», en la que explica la naturaleza, los grados y efectos de la misma, a partir de su experiencia personal y la importancia de la Humanidad de Cristo para poder orar.  Este pequeño «tratadillo de oración», que a semejanza de otros que había en su tiempo, la Santa lo intercala de forma brusca con una extensión de doce capítulos que va desde su conversión hasta las primeras gracias (9-10), hasta el capítulo 23, que ya es «otro libro nuevo […] digo otra vida nueva» (23,2).

La colocación de este «tratadillo de oración» entre una y otra etapa de su vida, no sólo tiene su lógica sino que es la clave interpretativa del cambio que se produce en su vida. «La [Vida] de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí» (23, 2).

Teresa es consciente que Dios en su vida ha obrado con fuerza salvadora y quiere obrar de igual forma  en los demás, por ello quiere contagiar a los que van a leer su autobiografía espiritual para que sigan el mismo camino de oración que ella. Que esta es su intención ella misma lo confesará: «después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto» (18,8).

No sólo en estos capítulos Teresa hablará de oración, sino que en todo el Libro de la Vida el tema de la oración es omnipresente. Desde las primeras páginas de Vida donde habla de su niñez «para siempre…», la primera iniciación a la oración por parte de su tío del Hortigosa, hasta las formas iniciales  de oración espontánea en la Humanidad de Cristo (cc. 4 y 9). El capítulo 8 hace un elogio o una apología de la oración que después seguirá a lo largo del libro. De esta forma el cap. 8 y la primera parte del capítulo 11, es una especie de prólogo obligado al tratado de los grados de oración.

Este «tratadillo de oración» en el interior del Libro de la Vida, es una mezcla de historia y de teología, de autobiografía y de enseñanza espiritual, que  se convierte en la columna vertebral de todo el libro, para dar a entender que la oración es la clave interpretativa de lo que le ha acaecido en ella. Por ello una vez lo ha escrito. Teresa no lo destruye a pesar que pueda parecer una discreción demasiado larga que rompe el hilo de su autobiografía espiritual, sino que reafirma su importancia  «Quiero ahora tornar adonde dejé de mi vida, -que me he detenido, creo, más de lo que me había de detener-, porque se entienda mejor lo que está por venir» (23,2).

2. Base teológico-bíblica de la oración en Teresa

 El mensaje sobre la oración que nos trasmite Teresa se basa en el dato bíblico que Dios es el Amigo fiel, que se revela a sus amigos, «a vosotros os llamo desde ahora amigos, porque os he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre» (Jn. 15, 15). Ella misma dirá que en la oración de unión el Señor le comunica «muy grandes secretos» (21,11). Ello conecta  con el concepto de Revelación que propone el Concilio Vaticano II en la Dei Verbum: «Por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (n.2).

Teresa a través de la práctica constante de la oración mental, de la comunión de diálogo espiritual con Dios, es testigo de lo que Dios ha obrado en ella, algo que  Enrique Llamas, lo sabrá expresar bien:

«El fue manifestándole sus misericordias, en un exceso de generosidad inconmensurada que ella reconoce y exalta sin reservas. En esta efusión de gracias sobrenaturales, ella sentía a Dios presente y dialogaba con El en su oración discursiva y contemplativa. Dios se le manifestaba como el amigo fiel, nunca dejó frustradas sus esperanzas, y que de continuo le estaba invitando al diálogo. Así llegó a descubrir que la oración no viene a ser más que eso en el fondo: «un trato de amistad con quien sabemos nos ama» (V 8,7); pero, no sólo amistad, que podría convertirse en simpatía y gusto humano; sino amistad que brota del amor, que se matiza de amor, y que brota de una comunicación de bienes espirituales (V 8,5-6); comunicación de la misma vida de  Dios. La oración fue la puerta que ella franqueó, para llegar a la intimidad con Dios (V. 8,9), y el camino por donde llegó a descubrir los misterios del amor de Dios y de su gracia. La oración perseverante, o con voluntad (V. 8,4), fue la disposición óptima para recibir las más altas mercedes de Dios; la que le dio fuerza en los más recios combates contra los hombres y demonios; la oración lo es todo en su libro porque lo fue todo en su vida. Ella supo captar, como nadie, la eficacia santificadora de la oración. Lo conocía por experiencia; por ella tornó al puerto de salvación (V. 8,4). […] Vivirla es estar viviendo en comunicación con Dios, amigo del alma, que la regala y la colma de bienes, hasta lograr hacerla «a su misma condición» (V.8, 6)»[1].

La oración que Teresa se siente llamada a vivir y a propagar nos remite a la perspectiva de la oración en secreto que Jesús enseña (Mt 6,6), y al mismo ejemplo de Jesús que ora en soledad, muchas veces con quien sabe que le ama, que es el Padre. Ello Teresa nos lo recuerda en Camino: «nunca Dios quiera que no nos acordemos de El muchas veces cuando decimos la oración, aunque por ser flacos no sean todas» (24,3).

Ciertamente que Dios actuó en ella con fuerza, para que ella se diera del todo a Dios y pusiera todos sus capacidades al servicio de la Iglesia, Y el punto débil de Teresa era sin duda su gran capacidad de ser agradecida, las gracias que recibía de Dios con tanta abundancia le hacían desear corresponderles «que no hay ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada» (21,5).

3. Base simbólica del «tratadillo sobre la oración»

Una bella imagen permite a Teresa abrir un largo inciso de doce capítulos acerca de la oración en el interior del relato de su Vida como se lo han pedido los confesores. Pone la imagen del huerto y el modo de regarlo, con cuatro grados progresivos en los que se intensifica la relación del orante con Dios (11, 6-8).

El huerto es el alma y se puede regar de cuatro maneras:

– Sacar el agua del pozo, que implica mucho trabajo por parte del hortelano.

-o con noria y arcaduces, que supone menos trabajo y se saca más agua.

– o de un río o un arroyo, que riega mejor la tierra y da más fruto con menor trabajo por parte del hortelano.

– o la lluvia, que lo riega «el Señor sin trabajo ninguno nuestro y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho» (11,7).

Esta imagen que es verdaderamente sugestiva y que surge del ámbito vital de Teresa, se completa con las flores y los frutos del jardín-huerto que es regado de las distintas formas, estas simbolizan las virtudes que nacen y crecen fecundados con el agua de la oración, en la que el Señor es el hortelano.

En el desarrollo de la imagen, Teresa nunca abandonará el contenido esencial de su mensaje, la oración como amistad divina, y nunca sacrificará el mensaje al desarrollo de esta comparación, ya que este no es el fin, sino sólo el cañamazo de una explicación.

4. Contenido del «tratadillo sobre la oración»

 Teresa desde el inicio del cap. 11 del libro de la Vida, afronta el tema de la oración teologalmente. Desde un principio describe como son cada uno de los personajes que establecen un diálogo. Ella se pregunta por que motivo las personas que se determinan a amar a Dios, El no sube hasta el amor perfecto. Pero al instante rectifica, no es cuestión de recriminar a Dios, sino que si acaso se debe recriminar al orante, «mal he dicho: había de decir y quejarme porque no queremos nosotros; pues toda la falta nuestra es, en no gozar luego de tan gran dignidad, pues en llegando a tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes» (11,1).

4.1. Primer grado de oración (cc. 11-13)

 En este estadio la búsqueda de Dios es a través de la meditación con una orientación contemplativa que supere los escollos de otras formas de oración mucho más rebuscadas y peligrosas.

Intenta ante todo orientar la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad a ponerse en presencia de Cristo para meditar sus misterios, recomienda obrar con suavidad y con inteligencia para salir al encuentro de las dificultades de la oración y poder afrontarlas adecuadamente.

Como Teresa de Jesús está convencida de que la voluntad de Dios es establecer una relación de amistad con el hombre, si este se dispone verdaderamente Dios no dejará de corresponder con la presencia de su amistad con los dones que él quiere agraciar así a su amigo: «Bien veo que no le hay con qué se pueda comprar tan gran bien en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos asir a cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese en el cielo, creo yo sin duda muy en breve se nos daría este bien» (11, 2). Pero como «somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios, que, como Su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos» (11,1).

Por ello Teresa señalará como algo esencial para vivir vida de oración como diálogo con el Señor, tener una determinada determinación. El orante se ha de darse del todo, sin quedarnos con nada, el abandonarnos sin condiciones ni reservas a las manos de Dios. Y ello es una donación irreversible y perseverante: «no nos han tocado en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la hemos ya dado a Dios, y nos queremos tornar a alzar con ella y tomársela -como dicen- de las manos, después de haberle de nuestra voluntad, al parecer, hecho de ella señor. Así son todas las otras cosas» (11,2).

Teresa está totalmente convencida que Dios no faltará por su parte en este diálogo entre El y su criatura, «porque si persevera, no se niega Dios a nadie. Poco a poco va habilitando él el ánimo para que salga con esta victoria» (11,4).

Luego explica porque la criatura necesitará de gran ánimo para llevar adelante su empresa de poner todo de su parte para establecer este diálogo con el Señor, «digo ánimo, porque son tantas las cosas que el demonio pone delante a los principios para que no comiencen este camino […] Póneles tantos peligros y dificultades delante, que no es menester poco ánimo para no tornar atrás, sino muy mucho y mucho favor de Dios» (11, 4).

Teresa presenta de forma magistral la situación en que se encuentran los principiantes, de que para ellos su oración será costosa y con escaso fruto, y que muchos días podrán sentir sequedad, disgusto y desamor. Pero ello no les ha de desanimar, que respondan a esta situación con amor y generosidad: «¿qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí sino a El, […], así se determine, aunque para toda la vida le dure esta sequedad, no dejar a Cristo caer con la cruz. Tiempo vendrá que se lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen amo sirve» (11, 10).

Además intenta hacer comprender que estas sequedades tienen un sentido, el de «probar a sus amadores y saber si podrán beber el cáliz y ayudarle a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes tesoros. Y para bien nuestro […] para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de tan gran dignidad las mercedes de después, que quiere por experiencia veamos antes nuestra miseria primero que nos las dé» (11, 11).  Por ello al orante, «no se nos ha de dar nada de no tener devoción» (12, 3). Si acepta esta situación y no se desconsuela «mucho porque falten estos gustos y ternura o la dé el Señor, que tiene andado gran parte del camino. Y no haya miedo de tornar atrás, aunque más tropiece, porque va comenzado el edificio en firme fundamento» (11, 13). Con energía y seguridad sentenciará: «es gran negoció comenzar las almas oración comenzándose a desasir de todo género de contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su rey, pues le tienen bien seguro» (15,11).

Después de poner este fundamento de la oración, luego tratará de explicar según las distintas naturalezas como se deben comportar en la oración, primero en meditar en la Pasión del Señor, lo que El ha hecho por nosotros, y lo que nos promete, para que nos determinemos a seguirlo desde un sincero agradecimiento. Pero lo importante no son las muchas meditaciones, sino lo que importa es hablar con el Señor y gozarse con El. Que sea El el que vaya guiando esta relación de amistad y por nada procurarse goces en la oración o levantamiento de espíritu, se ha de esperar que El haga avanzar esta relación de amistad, ya que la vida de oración es un don gratuito de Dios, que no se consigue con ardides humanos, «no se suban sin que Dios los suba», es un aviso que Teresa no dejará de repetir una y otra vez.

En el capítulo 13 Teresa da unos “avisos” a los principiantes para que se sepan enfrentar a algunas situaciones que posiblemente se encontrarán. Ante todo no dejar encoger el espíritu, «porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado» (13,2).

Luego explica que tipo de actitudes ama  Dios en el alma «Su Majestad es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí» (13, 2). Por ello procurará animar a sus oyentes que sean animosos, de grandes ideales porque así lo serán las obras y ante todo que sean humildes. Pero que no caigan en una mal entendida humildad que achaca los deseos, genera cobardía y pusilanimidad.  Advierte también que el orante no caiga en la tentación de querer enseñar a todos, que aún no es tiempo, sino que «lo seguro será del alma que tuviere oración descuidarse de todo y de todos, y tener cuenta consigo y con contentar a Dios» (13, 10).

Para aprovechar en la oración avisa que es necesario tener un buen maestro que la dirija en los caminos de la oración, ya que si no es un buen maestro en vez de ayudar impedirá el crecimiento y hará sufrir mucho. Escribe «así que importa mucho ser el maestro avisado -digo de buen entendimiento- y que tenga experiencia» (13, 16). Entre ser letrado o santo y piadoso, Teresa considera que es más importante que sea letrado, ya que estos son un don de Dios a su Iglesia, y aunque no tengan experiencia «en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu» (13,18). Estos ayudan al orante a vivir en la verdad, ya  que «espíritu que no vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; […], de devociones a bobas nos libre Dios» (13, 16).

Al final de capítulo 13 Teresa  vuelve a retomar el tema de no discurrir mucho con el entendimiento, que no es bueno el meditar con muchos conceptos los distintos pasos de la Pasión, por ejemplo «pensar a Cristo a la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó. Mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con El, y acuerde que no merecía estar allí» (13, 22).

4.2. La oración mística (cc. 14-21)

Teresa en los capítulos 14 al 21 manifiesta su voluntad decidida de dar a conocer las maneras “sobrenaturales” de hacerse Dios presente y comunicarse al hombre en su interior. Y como esta comunicación produce unos efectos etico-morales y psicológicos-teológicos. Teresa en estos capítulos hablará del comportamiento que ha de tener el orante antes, durante y después de la gracia mística.

 4.2.1. Segundo grado de oración. «Oración de quietud» (cc. 14-15)

Con la imagen de sacar agua con arcauces, nos hablará Teresa del segundo grado de oración, esta ya trata de oración sobrenatural, como señala en el inicio del c. 14: «aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencias que haga» (14, 29).  Es decir una oración pasiva en su aparición y en su ocultamiento, que a su vez es gratuita, que no se puede “merecer” que la da Dios a quien quiere y cuando quiere.

Teresa sabrá describir la actuación de Dios en el hombre en cada uno de los distintos grados de oración. En la oración de quietud, la comunicación divina no es tan fuerte que coja totalmente  a las potencias inhabitándolas, pero tampoco quedan libres para no advertir que se les comunica el Señor, «sola la voluntad se ocupa de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama» (14,12). En esta oración «se recogen las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto» (14, 2). En este grado de oración, Dios personalmente se le hace presente, y ello conlleva que Dios actúa gracia y amor. «Que es Dios; porque comienza Su Majestad a comunicarse a esta alma y quiere que sienta ella cómo se le comunica» (14, 5); «Quiere Dios por su grandeza que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella misma con El, y no a voces, porque está ya tan cerca que en meneando los labios la entiende» (14,15).

Los efectos que produce esta oración infusa si es del buen espíritu es que la persona se le queda una certeza inconmovible que Dios obra en el orante «se podrá determinar a que no estuvo Dios con ella» (15,15).

También le quedan unos efectos psicológicos como «esta quietud y recogimiento del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las potencias y muy suave deleite» (15,1).

Teresa pone más de relieve los efectos de tipo moral: «Este agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da aquí, hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que en la oración pasada» (14,5). «Una verdadera humildad con luz que enseña aquí el Señor, […] el conocimiento que da Dios para que conozcamos que ningún bien tenemos de nosotros, y mientras mayores mercedes, más» (15, 14). «Pone un gran deseo de ir adelante en la oración y no la dejar por ninguna cosa de trabajo que le pudiese suceder. […] Echa luego el temor servil del alma y pónele el fiel temor muy más crecido. Ve que se le comienza un amor con Dios muy sin interés suyo. Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien» (15,14).

Si en vez de ser don del Señor, este tipo de oración la ha provocado la misma persona, esta quietud, no tendrá efecto alguno en su transformación interior «pasar nosotros a esta quietud de la voluntad: no hace efecto ninguno, acábase presto, deja sequedad» (15,9).  Si es del demonio se podrá detectar porque «deja inquietud y poca humildad y poco aparejo para los efectos que hace el de Dios. No deja luz en el entendimiento ni firmeza en la verdad» (15, 10).

La forma de comportarse ante este tipo de oración, es que frene la actividad del entendimiento, y que medite con suavidad y que haga «actos amorosos», dejando hablar al amor con gran sencillez y discreción. O sea «dejar descansar el alma con su descanso» (15,8).

La persona que es favorecida por este grado de oración, debe ser consciente que es «prenda que da Dios a esta alma de que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja para recibirlas» (15,5). Y lo más principal es que por nada deje la oración, porque es a través de la oración donde le vendrán los grandes dones de Dios. Seguirá insistiendo en no buscar los gustos de la oración, sino desasirse de todo género de contentos, no buscarse a si mismo, sino ejercitarse en un amor limpio y desinteresado, ayudando «determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo» (15,11) y buscar «sólo contentarle» (15,13).

Teresa se ha detenido en este grado a enumerar los efectos que conlleva este tipo de oración y en el comportamiento que debe seguir el hombre, ya que constata que son pocas las almas que pasan de este estadio, ello se puede deber a una inadecuada dirección espiritual o en un deficiente comportamiento por parte de las personas favorecidas.

4.2.2. Tercer grado de oración. «Sueño de las potencias» (cc. 16-17)

 Desde el inicio del capítulo 16, Teresa describe este grado de oración como «la tercera agua con que se riega esta huerta, que es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua» (16,1).

Aunque tiene clara la imagen, a Teresa le será difícil poner de relieve la diferencia de este grado de unión con el precedente. Lo definirá como «un sueño de las potencias, que ni del todo se pierden ni entienden cómo obran» (16,1); «están casi del todo unidas las potencias, mas no tan engolfadas que no obren» (16,2). «Sólo tienen habilidad las potencias para ocuparse todas en Dios. No parece se osa bullir ninguna ni la podemos hacer menear» (16,3).

En este grado de oración «El es el hortelano y el que lo hace todo» (16,1). Uno de los efectos de este grado de oración es «morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios» (16,1). En que el alma debe haber una actitud activa de disponibilidad, de «consentir que el Señor haga mercedes y abrazarlas con voluntad» (17,3).

Se siente tan favorecida del Señor que de su alma surge un impulso impetuoso de alabar al Señor: «¡Cuál está un alma cuando está así! Toda ella querría fuese lenguas para alabar al Señor» (16,4).

Los efectos de esta forma de oración son grandes. A nivel psicológico «el gusto y suavidad y deleite es más sin comparación que lo pasado» (16,1). «Es tanto el gozo», que parece que se pone en trance de muerte, «y qué venturosa muerte sería!» (16,1). Más tarde vuelve a reiterar el mismo pensamiento «es tan grande la gloria y descanso del alma, que muy conocidamente aquel gozo y deleite participa de él el cuerpo» (17,8).

Pero Teresa se detiene a destacar más los efectos de tipo moral que comporta esta oración, «las virtudes quedan ahora más fuertes» (17,3);  «quedan tan crecidas las virtudes» (17,8); «aquí es muy mayor la humildad y más profunda» (17,3).

También a nivel espiritual crecen en ella  «deseos de estar con El» (17,4). De pasar todo tipo de «tormentos», «por su Señor?» y «ya no querría vivir en sí sino en Vos» (16,5).

El comportamiento ante este grado de oración mística, en general es la pasividad, el «dejarse del todo en los brazos de Dios. […] Haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor» (17, 2).

A nivel eclesial, aunque sean grandes los deseos de darse del todo al Señor, y hacer lo que fuera por su amor. Por su experiencia Teresa recomienda que la vida apostólica sea aún moderada, que aunque el «hortelano celestial en un punto, y crece la fruta y madúrala de manera que se puede sustentar de su huerto, queriéndolo el Señor» (17,2); pero aún no está suficiente madura esta fruta para que la reparta.

En este capítulo hablará también de la comunión espiritual entre los amigos de Dios, para ayudarse mutuamente en el camino hacia Dios, «este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente nos amamos en Cristo, […] procurásemos juntarnos alguna vez para desengañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios» (16, 7),  algo de lo que había ya hablado anteriormente «es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante» (7, 22).

En este capítulo también instruirá sabiamente sobre como comportarse con la imaginación, y no hacer mas caso de ella que si fuera la loca de la casa y centrarse en amar a Dios.

4.2.3. Cuarto grado de oración. «Oración de unión» (cc. 18-21)

Este es el grado de oración que vive Teresa cuando  escribe. Aunque le sea difícil hablar «algo» de este grado de oración «el cómo es ésta que llaman unión y lo que es, yo no lo sé dar a entender» (18,2), ya que es algo inefable. Pero Teresa hace el esfuerzo de comunicárnoslo, «lo que yo pretendo declarar es qué siente el alma cuando está en esta divina unión» (18,2). «También pretendo decir las gracias y efectos que quedan en el alma, y qué es lo que puede de suyo hacer, o si es parte para llegar a tan gran estado» (18,6).

Ella no define como se realiza esta unión (18,2), lo deja a los letrados. Ella explica lo que acontece en este grado de oración: «Ocúpanse todos los sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder en otra cosa, exterior ni interiormente» (18,1).

Las gracias del Señor las recibe generalmente «después de larga oración mental» (18, 9) y son de poca duración «pasa en tan breve tiempo» (18, 12). Pero son tan abundantes las gracias con las que se siente favorecida que llega a decir: «en la sobra de las mercedes que ha sido grande la claridad del sol que ha estado allí» (18,12). Las potencias llevan a centrarla en Dios, «la voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama» (18,14). En este estado, ella oye de Dios que le dice: «Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que vive, sino Yo» (18, 14). Toda ella «se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre que en ninguna manera se puede dejar de creer» (18, 14).

En estos capítulos en los que habla de la unión, expone la diversa fenomenología mística que le ha acaecido a ella. Habla del vuelo del espíritu (18,7), del arrobamiento (20,1), o del éxtasis (20,12); levitación (20,4) o de locuciones (18,14). También hace referencia a los efectos somáticos de la oración (21, 18). No deja de recordar una y otra vez el poder santificador de las gracias místicas: «Verdad es que de manera puede obrar el Señor en el alma en un rapto de estos, que quede poco que trabajar al alma en adquirir perfección,..» (21,8).  En el capítulo 20  habla no sólo de los éxtasis sino también de agudas penas de soledad, la percepción entre el alma y el espíritu, las ausencias de Dios y la experiencia de abandono.   Los efectos que se producen en su alma son ricos y variados.

Efectos psicológicos son de «grandísima ternura, de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas lágrimas gozosas» (19,1).

Efectos morales. Fortalece el alma en el servicio de Dios: «Queda el ánima animosa» (18, 3), para del todo entregarse a Dios, «allí son las promesas y determinaciones heroicas, la viveza de los deseos, el comenzar a aborrecer el mundo» (18, 3). Pero no sólo para desear hacer grandes cosas, sino que el Señor la fortalece para ponerlos por obra: «Llegada un alma aquí, no es sólo deseos los que tiene por Dios; Su Majestad la da fuerzas para ponerlos por obra. No se le pone cosa delante, en que piense le sirve, a que no se abalance; y no hace nada, porque -como digo- ve claro que no es todo nada, sino contentar a Dios» (21,5). Se va desapegando de las personas para sólo amar a Dios: «en el crecimiento del desasir de las criaturas» (18,7);  «quedar aquí el alma señora de todo y con libertad en una hora y menos, que ella no se puede conocer» (20,23). Es cada vez más consciente de sus faltas:   «Aquí no sólo las telarañas ve de su alma y las faltas grandes, sino un polvito que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy claro; y así, por mucho que trabaje un alma en perfeccionarse, si de veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia» (20,28). Todo ello le hace crecer en la humildad  «aquí se gana la verdadera humildad» (20,29), No tiene más interés que buscar la gloria de su Señor, pero no ha llegado a este estado sino después de una profunda purgación: «Si esta tierra está muy cavada con trabajos y persecuciones y murmuraciones y enfermedades -que pocos deben llegar aquí sin esto- y si está mullida con ir muy desasida de propio interés» (19,3). No sólo ello, sino que  «aquí no se teme perder vida ni honra por amor de Dios» (21,2). Y que los deseos de servir a Dios los pueda hacer realidad, pero sabe bien que sin la fuerza del Señor nada puede hacer;  «fortaleced Vos mi alma y disponedla primero, Bien de todos los bienes y Jesús mío, y ordenad luego modos cómo haga algo por Vos» (21,5).

Efectos teológicos: Uno de ellos es una mayor unión con el Señor: «Quédase sola con El, ¿qué ha de hacer sino amarle?  Su vida pasada se le representa después y la gran misericordia de Dios, con gran verdad»; «crece el deseo y el extremo de soledad» (21,10); «esta pena es tan crecida que no querría soledad como otras, ni compañía sino con quien se pueda quejar» (20, 14). «Que en esta pena se purificaba el alma, y se labra o purifica como el oro en el crisol» (20,16).  «Bien entiende que no quiere sino a su Dios; mas no ama cosa particular de El, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere. Digo «no sabe», porque no representa nada la imaginación» (20, 11). El orante hunde sus raíces en Dios, opta por El. Hacia las criaturas se produce un desarraigo, y en ella misma las gracias no la ensoberbecen sino al contrario le hacen crecer en humildad, los «éxtasis y las grandes mercedes y visiones, y todo aprovecha para humillar y fortalecer el alma y que tenga en menos las cosas de esta vida y conozca más claro las grandezas del premio que el Señor tiene aparejado a los que le sirven» (20,12). «Hasta ahora, desde que me comenzó el Señor a hacer esta merced de estos arrobamientos, siempre ha ido creciendo esta fortaleza, y por su bondad me ha tenido de su mano para no tornar atrás..» (21,11). «Todo me era medios para conocer más a Dios y amarle y ver lo que le debía y pesarme de la que había sido» (21,10);

Efectos eclesiales: Teresa es consciente que todo crecimiento espiritual que Dios ha obrado en el alma no es para que esta mejor goce de la intimidad del Señor, sino que todo está orientado para la edificación de la comunidad eclesial: «son ya almas fuertes que escoge el Señor para aprovechar a otras; aunque esta fortaleza no viene de sí» (21,11). En esta oración de  unión es cuando por primera vez Teresa ya da permiso para que empiece a dar fruto, porque ya está más arraigada en la humildad sabe lo que proviene de si y lo que proviene de Dios y el dar fruto ya  no le perjudicará: «Queda algún tiempo este aprovechamiento en el alma: puede ya, con entender claro que no es suya la fruta, comenzar a repartir de ella, y no le hace falta a sí. Comienza a dar muestras de alma que guarda tesoros del cielo, y a tener deseo de repartirlos con otros, y suplicar a Dios no sea ella sola la rica. Comienza a aprovechar a los prójimos casi sin entenderlo ni hacer nada de sí; ellos lo entienden, porque ya las flores tienen tan crecido el olor, que les hace desear llegarse a ellas» (18,19). Ella es consciente que este fruto no lo da ella sino el Señor: «Reparte el Señor del huerto la fruta y no ella, y así no se le pega nada a las manos. Todo el bien que tiene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su gloria» (20,29).

Efectos para la comunidad civil: El alma que llega a la oración de unión, el Señor también la lleva a interesarse por la comunidad civil, a desear ardientemente su bien. Y como esta está profundamente condicionada por el comportamiento de los gobernantes desea que Dios les dé luz, y todo la nación se beneficiará: «¡Bienaventurada alma que la trae el Señor a entender verdades! ¡Oh, qué estado éste para los reyes! ¡Cómo les valdría mucho más procurarle, que no gran señorío! ¡Qué rectitud habría en el reino!» (21,1). No desea luz para los gobernantes, sino que suplica al Señor que les dé a ellos  las gracias y la luz que le ha concedido a ella: «Señor mío, a pediros remedio para todo; y bien sabéis Vos que muy de buena gana me desposeería yo de las mercedes que me habéis hecho, con quedar en estado que no os ofendiese, y se las daría a los reyes; porque sé que sería imposible consentir cosas que ahora se consienten, ni dejar de haber grandísimos bienes» (21, 2).

En estos capítulos que dedica a explicar el cuarto modo de regar el agua, o la oración de unión (18-21), avisa con toda firmeza: «Queda de aquí entendido -y nótese mucho, por amor del Señor que aunque un alma llegue a hacerla Dios tan grandes mercedes en la oración, que no se fíe de sí, pues puede caer, ni se ponga en ocasiones en ninguna manera» (19,13). A la vez exhorta que tampoco se desanimen los que hayan caído, y ante todo no dejen la oración. Y ello lo dirá de forma convincente y de diversos modos: «nunca desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios. Aunque después de tan encumbradas, como es llegarlas el Señor aquí, caigan, no desmayen, si no se quieren perder del todo; que lágrimas todo lo ganan: un agua trae otra» (19, 3); «Digo que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración» (19,4). Y que la perseverancia en la oración  «crea que la sacará a puerto de luz» (19,4). Y el que ha caído puede creer que ello será verdad porque tiene como fundamento el amor de Dios, por ello podrá decir con toda verdad: «Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como dicen, de su pan» (19, 15). Y ello acontece porque Dios «Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (19,15) y de ello puede dar testimonio. «Pues que hagáis a almas que tanto os han ofendido mercedes tan soberanas, […] Pues daros gracias por tan grandes mercedes, no sabe cómo» (18, 3).

4.3. La Humanidad de Cristo (c. 22)

 Este capítulo sobre la Humanidad de Cristo como escribe Jesús Castellano: «cumple la función de bisagra, ya que tiene su función hermenéutica en el  tratado sobre la oración. Nada fuera de la Humanidad de Cristo, de sus misterios, de su mediación y compañía»[2]. Esta tesis doctrinal tenía  muchos contradictores en su tiempo, ya que existían muchos escritos místicos que pretendían prescindir de ella.

Teresa misma confesará que ella también cometió por un tiempo este error, pero luego las muchas visiones del Señor con las que se vio favorecida y como de allí le venían grandes bienes, no podrá más que asegurar la necesidad de la Humanidad de Cristo para crecer en el camino de la oración. Ella meditará porque acontece esto y luego dará estas razones a los letrados que leerán esta autobiografía espiritual.

Las razones que expone son las siguientes: No sólo la Humanidad de Cristo es motivo de meditación en las distintas situaciones que el orante se pueda encontrar, si está enfermo contemplar a Cristo en la cruz, si está gozoso o necesita ánimos le ayudará contemplarlo resucitado, sino que es verdaderamente persona que obra en bien nuestro, y ello Teresa lo afirmará de forma contundente: «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el  padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero» (22,6). «¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí» (22,7).

Además Jesucristo es nuestro mediador ante Dios, y no quiere que vayamos por otro camino sino por El: «Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita» (22,6); A través de Cristo es por donde nos vienen las grandes dones de Dios: «que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima» (22,7).

Luego recuerda «nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra» (22,10). Si en alguna ocasión acaece que Dios hace la gracia que «el alma salga de sí o ande muchas tan llena de Dios que no haya menester cosa criada para recogerla» (22,10). Pero ello no es frecuente, ya que por nuestra condición terrena, nuestra oración «ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario. […] que en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tener tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán que lo uno ni lo otro se pueda» (22,10).

Además para establecer una relación de amistad con Jesucristo es necesario que la meditación genere amor afectivo: «que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor» (22, 14). Luego da otro dato «Quiere a quien le quiere. Y ¡qué bien querido! Y ¡qué buen amigo! ¡Oh Señor de mi alma, y quién tuviera palabras para dar a entender qué dais a los que se fían de Vos, y qué pierden los que llegan a este estado, y se quedan consigo mismos! No queréis Vos esto, Señor, pues más que esto hacéis Vos, que os venís a una posada tan ruin como la mía. ¡Bendito seáis por siempre jamás!» (22,17).

CONCLUSIÓN

Teresa en este «tratadillo sobre la oración» nos  habla de la fuerza santificante de las gracias místicas que hacen más que nuestros esfuerzos. La comunicación de Dios alcanza a toda la persona y la va trasformando en una nueva criatura. La imposibilidad de suplir las gracias místicas o de provocarlas con técnicas o merecerlas con virtudes, porque estos son dones gratuitos de Dios. Y la puerta por la que nos vienen los grandes dones de Dios es la oración centrada en  Cristo.

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         BIBLIOGRAFÍA

Castellano  J., Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús. Breves apuntes para su lectura, Teresianum.

Herráiz García, M., Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa, Castellón, Ed. Centro de Espiritualidad Santa Teresa 1982.

Llamas E., «El libro de la vida», en  A. Barrientos (dir), Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, Ed. de Espiritualidad 1978,  205-239.   

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[1] E. Llamas, «El libro de la vida», en  Alberto Barrientos (dir), Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid, Ed. De Espiritualidad, pp, 224-225.  

[2] J. Castellano, Introducción al Libro de la Vida de santa Teresa de Jesús. Breves apuntes para su lectura, Teresianum.

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