La Virgen Maria en santa Teresa de Jesús

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Sumario 

I. LA VIRGEN MARÍA Y SANTA TERESA DE JESÚS: 1.1. Devoción mariana en el siglo XVI; 1.2. Infancia de Teresa y su devoción a la Virgen. 1.3. Adolescencia. Años de discernimiento vocacional. 1.4. Carmelita en el monasterio de la Encarnación de Ávila. 1.5. De nuevo la Virgen la tornó a sí.

II. SU VIDA, UN SERVICIO A LA VIRGEN PATRONA Y REINA DEL CARMELO2.1. Fundación de monasterio de san José; 2.2. La Orden un ser personal, servir a la Orden es servir a María; 2.3. Santa Teresa invita a servir a la Virgen María en la Reforma; 2.4. La Virgen María, Señora y Reina de la Orden del Carmen; 2.5. El “Carmelo es todo de María”: La Regla, el hábito, los monasterios, las monjas, los frailes, los bienhechores. 2.6. La Santísima Virgen Patrona de la Orden del Carmen; 2.7. El Patronazgo de la Virgen en la Reforma de santa Teresa de Jesús; 2.8. La Virgen María, hermana de la Orden; 2.9. María Madre de Dios y de la Orden. Conclusión.

 

Presentación 

Estas páginas sobre “La presencia de la Virgen María en la vida y Reforma de santa Teresa de Jesús”, intentan descubrir a María a lo largo de la vida de Teresa, en especial los momentos de oscuridad, y como una vez “vuelta en sí”, cumplió con toda fidelidad la misión que le fue encomendada.

En la vida y en los escritos de santa Teresa, se descubre su corazón agradecido hacia la Virgen, la cual fue fiel en su compromiso de velar por Teresa, que en el momento doloroso de la pérdida de su madre le pide fuera  Ella su madre. Teresa, que era agradecida de natural, quiso corresponder entregando su vida al servicio de Aquella que la volvió, con su intercesión de Madre, a la intimidad con Dios.

Sus escritos son un reflejo de cómo llegó a asimilar el espíritu mariano del Carmelo, el cual transmitió a los demás, en especial a sus hijos e hijas espirituales. Un marianismo enriquecido por su propia experiencia que la hizo ahondar aún más en la espiritualidad carmelitana. Los apartados de este estudio intentan reflejarlo.

María no es sólo una madre, es también la Señora y Reina del Carmelo, todo lo que hay en él, es pertenencia de María, los que tienen el don de haber sido llamados al Carmelo, son conscientes de  ello. Teresa sabe, no sólo por la tradición sino por el mismo Señor, que servir a la orden es servir a María, Ella, además de ser Madre, Reina y Patrona que protege a los suyos, también es la Hermana mayor. Cada una de estas dimensiones fue vivida con intensidad por Teresa de Jesús, de ello son testimonio sus escritos.

Le pido a Dios y a la Virgen que el bien que ha supuesto para mí la realización de este estudio, lo haga a quienes lo lean. También le pido que el Espíritu Santo haga posible que en cada uno de nosotros Jesús ame  a su Madre y le sirva viviendo con toda radicalidad el carisma del Carmelo, según el estado de vida y los carismas y enriquecimientos que le han sido dados, de modo que el Carmelo se enriquezca y se renueve siempre de bien en mejor. Así pueda ayudar a la Virgen María a hacer fecunda la redención obrada por su Hijo, ante todo en los momentos más críticos de la Iglesia y de la humanidad.

I. LA VIRGEN MARÍA Y SANTA TERESA DE JESÚS

Teresa de Jesús no escribió ningún tratado sobre la Virgen María, no intentó dar unas enseñanzas sistemáticas de piedad mariana, no por ello dejó de mostrarnos a la Virgen en sus obras: unas ciento cincuenta veces de manera expresa y muchas otras veces hace referencia a Ella de forma implícita. De la abundancia de su corazón hablaron sus labios, sobre todo su vida que se podría definir como un servicio a Nuestra Señora, como se gozaba en llamarla.

Teresa escribe desde su experiencia, que va desde una “devoción sencilla, dentro de la religiosidad popular del siglo XVI hasta la comprensión más profunda del misterio de María, como Madre de Dios y como colaboradora eficiente y doliente con Jesús a la salvación de los hombres; como Reina asunta a los cielos y como Madre espiritual de los redimidos.”[1]

Sus escritos son expresión fiel del amor entrañable hacia su Madre y Patrona. De la misma forma que ella la amó quiso que la amaran sus hijos e hijas espirituales, hizo cuanto pudo por el honor y servicio de la Orden de María, en la cual el Señor le pidió hiciera la fundación del Monasterio de S. José, cuna de la nueva reforma, a la cual consagró el resto de su vida. Era su forma peculiar de dar gloria a Dios y servir a la Iglesia.

1.1. Devoción mariana en el siglo XVI

Para mejor comprender la devoción de la Santa hacia la Virgen, es importante descubrir la que se vivía en su tiempo, la cual le influyó, a través de la religiosidad popular, de la catequesis parroquial, de los sermones, las lecturas, las fiestas marianas, el conocimiento teológico de la Virgen…

En el siglo en que vivió la Santa, hay un afianzamiento en la piedad hacia la Virgen, el culto está organizado y es litúrgico, el oficio dedicado a la Virgen está en los breviarios, y es rezado semanalmente, al menos en el Carmelo. “Las cofradías, con carácter religioso y benéfico social, tienen un desarrollo sorprendente y eficaz; y como las Horas de Nuestra Señora, se extiende el rezo de las tres Avemarías, plegarias, práctica de la esclavitud mariana, y se levantan ermitas y santuarios que hacen presente a la Virgen en todo lugar… El número de advocaciones marianas en este siglo pasa de 700, y las imágenes inventariadas son nada menos que 853, las mismas que recibieron especial culto en aquellos años”[2]

Era un siglo de esplendor mariano; la fiesta de la Anunciación, el 25 de Marzo era de riguroso precepto en la iglesia. El misterio de la Encarnación se recordaba a diario en las feligresías con los tres toques de campana, que invitaba a rezar las tres Avemarías, a la salida y a la puesta del sol.

Es un tiempo en el que prevalece un gran entusiasmo por la verdad de la Inmaculada, los mejores teólogos le dedicaban sus trabajos, los centros de estudios con más prestigio la defienden con generosidad y valentía, las polémicas que surgían eran vividas con entusiasmo tanto por los gobernantes, como por la gente sencilla.

La herejía protestante aunque hiciera daño, también fue motivo para que se estudiara y se profundizara la mariología, se defendiera el amor a la Virgen con más vitalidad. Este conocimiento y devoción a la Virgen la llevaron a las nuevas tierras descubiertas en América, se sabe que los mismos hermanos de Sta. Teresa, se llevaron desde España la imagen de la Inmaculada.

Teresa y todo el pueblo fiel, acogieron y vivieron una rica influencia mariana, que era alentada por los mismos Papas como S. Pío V, ayudaron a ello los estudiosos de este siglo con su profundización en la mariología, que daba consistencia y fortaleza a la piedad mariana.

Todas estas circunstancias rodearon, influyeron y educaron a la Santa en su amor y devoción hacia la Virgen María.

1.2. Infancia de Teresa y su devoción a la Virgen María 

Teresa de Ahumada, aprendió de sus padres la fe, y con ella la oración y la devoción a la Virgen María. Dios quiso que Teresa participara del gran amor existente en el seno de la Sta. Trinidad hacia la Llena de Gracia, y esto desde su mas tierna infancia de manos de su propia madre doña Beatriz, como ella misma confiesa en el primer capítulo de la Vida:

“Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de Nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad -a mi parecer- de seis a siete años” (V 1,1).

“Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota, y así nos hacía serlo” (V 1,6).

El cuidado de la madre de Teresa, en hacerla devota de la Virgen junto a sus hermanos, fue calando hondamente en su alma, a través de sus rezos, fue adquiriendo una conciencia cada vez más profunda de su filiación respecto a la Virgen. El gesto de postrarse a sus pies al morir su madre, muestra hasta dónde había calado en ella el amor a María.

“Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, poco menos (tenía catorce años). Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi Madre, con muchas lágrimas. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella; y, en fin, me ha tornado a sí” (V 1,7).

Ante el dolor de la pérdida de su madre, conscientemente y desde su libertad hizo vida el testamento de Jesús en la Cruz. Mujer ahí tienes a tu hijo… Hijo ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 26-27).

Desde entonces la Madre de Jesús se cuidó de los hermanos que Él le encomendó y por supuesto cuidó de Teresa que se acogió a su regazo.

1.3. Adolescencia; años de discernimiento vocacional 

Teresa perdió a su  madre  en el tiempo tan delicado de la adolescencia, cuando más se necesitan los consejos de una madre para orientar rectamente la propia vida.

Fue en la adolescencia cuando, como dice ella:

“Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien… Porque ahora veo el peligro que es tratar, en la edad que se han de comenzar a criar virtudes, con personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él” (V 2,2).

“Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad” (V 2,4)

La Virgen María velaba por ella, como afirma el Concilio “Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG.  62).

A la edad de 16 años, su padre, en contra de su voluntad la lleva al monasterio de Ntra. Sra. de Gracia, de religiosas Agustinas.

“Y, puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja holgábame de ver tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa… comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de mi primera edad; y vi la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos” (V 2,8)

“Estuve año y medio en este monasterio harto mejorada, comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le había de servir” (V 3,2)

La presencia maternal de María se hacía sentir, a través del ejemplo y la buena compañía de estas religiosas, en especial de la religiosa que más directamente le atendía “que por medio suyo quiso el Señor a comenzar a darme luz” (V 2,10). Los consejos de su tío Don Pedro, el cual le propició la lectura de buenos libros, y con la oración va volviendo en sí.

“Aunque fueron los días que estuve pocos (en casa de su tío Don Pedro Cepeda), con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas y, la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que era todo nada, y la vanidad del mundo, …Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era el mejor y más seguro estado; y así poco a poco me determiné a forzarme por tomarle” (V 4,2).

El lugar donde habría de realizar su vocación religiosa ya lo tenía pensado, no hacerlo en el monasterio de Ntra. Sra. de Gracia.

“A cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de ser monja, aunque no en aquella casa, por las cosas más virtuosas que después entendí tenían, que me parecían extremos demasiados.

También tenía yo una amiga en otro monasterio, y esto me era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino a donde ella estaba” (V 3,2).

La elección por parte de Teresa del monasterio de la Encarnación, le vino de sus visitas y conversaciones con su amiga Juana Juárez, monja de este monasterio. pudo observar que su persona sintonizaba con el carisma y la espiritualidad del Carmelo, tanto la vida de soledad contemplativa como la afectuosa devoción a María, elementos básicos del Carmelo, coinciden con las inclinaciones personales de Teresa, que se reflejan en su primera infancia.

Lo que años más tarde dijo de la vocación carmelita del P. Gracián, con más propiedad se podía decir de ella misma.

“Mas la Virgen Nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso pagar con darle su hábito, y así pienso que fue la medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa Virgen: no quiso que a quien tanto la deseaba servir le faltase ocasión para ponerlo por obra; porque es su costumbre favorecer a los que de ella se quieren amparar” (F 23,4).

Aunque tuvo la oposición de su padre, no por ello dejó de responder a este llamamiento, era Cristo quien la llamaba, “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Con una muy grande determinación se fue de su casa.

“Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera” (V 4,1).

1.4. Carmelita en el monasterio de la Encarnación de Ávila

En este monasterio en el que llegaría a residir por espacio de treinta años, la devoción mariana caracterizaba la  vida de esta casa. Desde su fundación en l479, este convento estuvo dedicado a la Santísima Virgen, con el nombre de Sta. María de la Encarnación. La fundadora de aquel monasterio, Dª Elvira González, era gran devota de la Virgen, y de firme voluntad y deseo de recibir el hábito de la Virgen del Carmen. También el tiempo en que vivió Teresa era de gran esplendor mariano en Castilla.

Nos dice Teresa, de los primeros tiempos de su estancia en el monasterio, como Dios y la Virgen bendijeron la muy determinada determinación, de dejar su casa paterna, y entrar en la vida religiosa.

“En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender como favorece a los que se hacen fuerza para servirle… A la hora me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamas me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura. Dábame deleite todas las cosas de la religión” (V 4,2).

Las novicias y las escolares vivían separadas de la vida normal del convento, no trataban con gente de fuera, no se les tenía encomendado ningún oficio, estaban bajo la autoridad de la maestra, y una de sus tareas más importantes era instruirlas en las “cosas de la Orden”.

Teresa, que ingresó en el Carmelo con una verdadera y sincera devoción a la Virgen como madre, allí aprendió que además era la Superiora y la verdadera Fundadora del Carmelo. Seguramente Teresa leyó libros de doctrina espiritual del Carmelo, aunque se basaran en historias legendarias, eran un medio para concienciar de la vinculación de la Madre de Dios como Patrona de la Orden, idea que a lo largo de su vida repetirá multitud de veces a sus hijas: que son de la Orden de la Virgen, que el hábito que llevan es su hábito y Ella es la Patrona.

Las Constituciones vigentes en el monasterio eran, en substancia las del B. Juan Soreth, aunque algo descarnadas como señala el P. Rafael Mª L. Melús. Algunos de los fragmentos referidos a la Virgen la presentan como Patrona, a quien se debe imitar en sus virtudes.

“Como buenas hijas, sigan la vida y costumbres de su Madre, pues Ella ha de ser la Madre y Maestra y Patrona singular de esta Orden, que comenzó en el Monte Carmelo… La Bienaventurada Virgen María, encerrada en su alcoba, alejada de las conversaciones mundanas, humilde, recatada y devota, entregada a la oración y mortificación sin tregua, mereció ser la amiga y la Madre de Dios. En consecuencia, el ajuar, el edificio, las piezas del mismo y las celdillas de sus hijas han de ser particularmente destellos de humildad…”[3].

En estos años de formación, para poder luego profesar, viviendo en especial retiro, se fue impregnando del carisma de la Orden, y lo hizo vida, que luego transmitiría a sus hijas.

Otros autores que pudieron ir formando a Teresa en el carisma de la Orden, de siglos anteriores a ella, podrían ser los insignes carmelitas Juan Baconthorp (1294-1348) y Arnoldo Bostio (1445-1499).

Juan de Baconthorp destaca que María en el Carmelo es la “Señora del lugar”. Ella es el modelo perfecto del carmelita, convirtiéndose en Regla, en este conformarse con María destaca: “La Virgen fue humildísima”. “La vida al servicio de la Virgen exige del carmelita que trate de imitarla en sus virtudes, ya que la conformidad con su vida es la mejor forma de glorificación”. “Todos los actos del carmelita deben centrarse en la glorificación de la Virgen, pues para este fin ha querido Dios su Orden”[4].

Arnoldo Bostio llama a María “Legisladora, Fundadora, Señora, Creadora, Madre, Hermana, Patrona, Gobernadora, Abadesa Primada”. Bostio presenta la filiación respecto a María: “Tu eres hijo de Santa María”, y la hermandad: “La Reina del cielo es mi hermana”, para impregnar la relación con ella de amor y confianza ilimitada, creando un ambiente verdaderamente familiar. También habla largamente del don del Escapulario por parte de la Virgen a la Orden, como dice el P. Ildefonso: “Nos ha dejado las más bellas páginas que tal vez hasta ahora se hayan escrito sobre el Escapulario”. En ellas dice: “persuadidos de que Ella le ha provisto de tan excelente herencia, al ver este hábito, no podrán menos de recordar con gozo el amor de predilección con que les rodea su amantísima Dadora”[5].

El contenido de estos escritos, muy posiblemente formó parte de toda la doctrina que a lo largo de su estancia en el monasterio de la Encarnación fue recibiendo Teresa, de ello son testimonio los escritos suyos, a través de los cuales, intenta transmitir la herencia recibida y vivida por ella con gran intensidad.

Dª Teresa de Ahumada, llamada así en la Encarnación, sabemos por datos fidedignos, que en su estancia en este Monasterio, perteneció como cofrade a la “Hermandad de Nuestra Señora”. Esta Hermandad surgió por iniciativa de las mismas monjas, durante el priorato de Dª Isabel Dávila, contemporánea de Sta. Teresa, en 1560, y aprobada por P. General J. B. Rubeo en 1567. Su finalidad consistía en asegurarse sufragios de misas después de su fallecimiento. Los sufragios se ofrecían en el altar de la Virgen de las Angustias para invocar la intercesión de la Reina del Cielo.

1.5. De nuevo la Virgen María la tornó a sí

El primer período de su estancia en el Carmelo, se caracterizó por vivir con intensidad y fervor la vida religiosa, de ello da testimonio ella misma.

“…cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos” (V 4,3).

Años más tarde se lamentaba: “Fatígame ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado entera en los buenos deseos que comencé” (V 1,7). Ella aduce a varias causas: La incoherencia entre oración y vida, “ponerse en ocasiones”, confiar en sí misma, llegar a abandonar la oración, “Estuve un año y más sin tener oración” (V 7,11). La falta de maestros de ello dice: “Porque yo no hallé maestro -digo confesor- que me entendiese, aunque lo busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo harto daño para tornar muchas veces atrás, y aun para del todo perderme” (V 4,7). Y un ambiente comunitario que no le favorece, además de una dificultad psicológica para hacer oración, incapacidad de discurrir y de sujetar la imaginación, hacían de su oración un momento doloroso y difícil.

Durante unos veinte años palpó la impotencia del querer desasirse de amistades y no poder, y ve cómo Dios en un instante le concede esta libertad de espíritu. “…con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran fuerza, que me costaba harto de mi salud” (V 24,8).

Cuando se dio su conversión definitiva, postrándose a los pies de una imagen de Cristo muy llagado “suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle…me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí, y ponía toda mi confianza en Dios… Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces” (V 9;1,3).

En estos años de impotencia para vivir con toda radicalidad su profesión religiosa, estuvo presente la acción amorosa y poderosa de la Virgen María que ella le había pedido fuera su Madre, junto con la de S. José. Distintos textos dan fe de ello:

“Entendí que tenía mucha obligación de servir a Nta. Señora y a S. José; porque muchas veces, yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud” (Rel 63,2).

Al confesar que estuvo un año y medio sin oración dice:

“¡Oh Jesús mío!, ¡qué es ver un alma que ha llegado aquí, caída en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tornáis a dar la mano y la levantáis!… Aquí es el deshacerse de veras y conocer vuestras grandezas… aquí se hace devota de la Reina del Cielo, para que os aplaque; aquí invoca los Santos, que cayeron de haberlos Vos llamado, para que la ayudasen…” (V 19,5).

Ella misma en Moradas enseña cómo se debe tomar a la Virgen por intercesora y a los Santos cuando el alma vive muy apegada a criterios ajenos a una vida verdaderamente consagrada a Dios.

“De estas moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de experiencia como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma, que son los sentidos y potencias… y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios y hagan buenas obras. Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a su Majestad, tomar a su Bendita Madre por intercesora y a sus santos para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para se defender; a la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios” (1 M 2,12).

En momentos de gran desolación interior, se encomienda a la Virgen y a S. José, para que haya luz en medio de la oscuridad. Uno de estos momentos, fue cuando los discernidores de su espíritu decían: era del demonio. Su oración fue escuchada, quiso Dios que Fr. Pedro de Alcántara fuera a Avila y ella pudiera exponerle su “vida y manera de proceder en la oración… Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester… Este santo hombre me dio luz en todo y me lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo… Dejóme con grandísimo consuelo y contento y con que tuviese oración con seguridad y que no dudase que era Dios…” (V 30,4-7).

Su corazón se deshace en acción de gracias, hacia los que le han alcanzado este favor.

“No me hartaba de dar gracias a Dios y al glorioso padre mío S. José… a quien yo mucho me encomendaba, y a nuestra Señora” (V 30,7).

La Virgen María, que escuchó las súplicas de quien en lo más profundo de su dolor le pidió fuera su Madre. Santa Teresa, a unos treinta y cinco años de distancia de aquellos hechos, confiesa la fidelidad de éste mutuo compromiso. Ella acude a  la Virgen en sus necesidades con toda la confianza de una hija. Y de la Virgen hacia ella, escuchándola y ayudándola como una Madre a su hija.

“Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto me he encomendado a Ella; y, en fin, me ha tornado a sí” (V 1,7).

Cuando escribe estas palabras ya su alma está definitivamente anclada en la oración, de donde le vinieron todos los bienes, el desasimiento de las cosas creadas y de las personas, una verdadera humildad, en la oración entendía la verdadera grandeza de su Misericordia hacia ella, y su propia pequeñez, el deseo de vivir con toda radicalidad su vida consagrada. Todo ello le fue preparando para que se realizara en ella el matrimonio espiritual de donde fueron surgiendo obras para gloria de Dios.

Su vida es un bello testimonio de las palabras del Concilio sobre la acción maternal de María “…que por su íntima participación en la historia de la salvación… cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre… al ser honrada la Madre, el Hijo… sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez sean mejor cumplidos sus mandamientos… Todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres… lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta” (LG. C.8,nº 60,65-66).

II. SU VIDA, UN SERVICIO A LA VIRGEN PATRONA Y REINA DEL CARMELO

La obra fundacional que el Señor le encomendará a doña Teresa de Ahumada, será considerado no sólo por ella, sino por el mismo Señor como un servicio a su Madre, puesto que la Orden del Carmen pertenece a la Virgen María y de ello era muy consciente la madre Teresa, y ella se alegrará de poder hacer algo por la Reina y Señora del Carmelo.

2. 1. Fundación de monasterio de san José

Antes que su vida se convirtiera en un constante servicio a la Virgen, existieron unas gracias místicas que la determinaron.

Una de ellas fue la visión del infierno, como ella misma confiesa:

“…que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me libró… de males tan perpetuos y terribles” (V,32,4).

Esta visión la impactó de tal forma, que la decidió a vivir con toda radicalidad, dejando toda ambigüedad.

“Pensaba qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que su Majestad me había hecho a religión, guardando mi regla con la mayor perfección que pudiese” (V  32,0) y emitió el voto de hacer siempre y en todo lo más perfecto.

A partir de esta decisión empezó a reflexionar, no podía vivir esa radicalidad en su monasterio por varias razones: una de ellas “no estaba fundada en su primer rigor la Regla” (V  32,9).

En ello pensaba y muy posiblemente era tema de conversación.

“Ofrecióse una vez, estando con una persona, decirme a mí y a otra, que si no seríamos para ser monjas a la manera de las descalzas, que aún posible era poder hacer un monasterio. yo, como andaba en estos deseos comencélo a tratar… Mas yo por otra parte, como tenía tan grandísimo contacto con la casa que estaba… todavía me detenía. Con todo, concertamos de encomendarlo mucho a Dios” (V 32,10)

La respuesta de Dios no se hizo esperar, con mucho más interés de su parte que el que ella tenía.

“Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase S. José, y que a la una puerta nos guardaría él y Ntra. Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor…” (V 32,11).

Cuando empezó a saberse su propósito, “no se podrá escribir en breve, la gran persecución que vino sobre nosotras” (V 32,14), “aunque… no veía camino por entonces de llevarlo adelante, nunca jamás se me quitaba la seguridad de que se había de hacer” (V 32,16).

Después de varios meses llena de trabajos y persecuciones, “tornó mi confesor a darme licencia que pusiese en ello lo que pudiese” (V 33,11), y a ello se entregó, pero “concertamos se tratase con todo secreto”(V 33,11). De donde no lo esperaba le vino la ayuda, pero también reconoce que fue S. José quien le dio confianza en ello. “Me apareció S. José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase; (a unos oficiales) y así lo hice sin ninguna blanca” (V 33,12). También se hizo presente Sta. Clara “Díjome que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría” (V 33,13).

Dios, que no se deja vencer en generosidad, recompensó los trabajos de Teresa en una de las gracias que podían darle más paz y alegría, su vida era ya agradable a Dios, esto se lo hizo saber por medio de la Virgen.

“Estando en estos días, el de Nuestra Señora de la Asunción, en un monasterio de la Orden del glorioso Sto. Domingo, estaba considerando los muchos pecados que en tiempos pasados había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin vida. Vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de mí… Parecióme estando así, que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad. Y al principio no veía quien me la vestía; después vi a nuestra Señora, hacia el lado derecho, y a mi padre S. José al izquierdo, que me vestían aquella ropa. Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados”.

Ella sigue narrando esta visión, donde se ve la intimidad con la Virgen, tanto por la proximidad “asirme de las manos”, como por la confianza de decirle “que la daba mucho contento en servir al glorioso S. José.” Reafirmándola en lo que le dijo el Señor meses antes: “Que creiese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho al Señor y ellos dos”. Además le añade algo que la llenó de esperanza, ya que conocía por experiencia que muchos monasterios empezaron con mucho fervor pero con el paso del tiempo se fue perdiendo, “que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque ellos nos guardarían y que ya su hijo nos había prometido andar con nosotras, que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya. Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso, asida una cruz a él de mucho valor” (V 33,14).

Teresa sigue reflexionando sobre esta Mariofanía, que sería luz en muchas noches en las que viviría la Reforma a ella encargada, no sólo por Cristo sino también por la Virgen María.

“En lo que dijo la Reina de los Ángeles de la obediencia, es que a mí se me hacía de mal no darla a la Orden, y habíame dicho el Señor que no convenía dársela a ellos. Diome las causas para que de ninguna manera convenía lo hiciese…” (V 33,16).

La Virgen María reafirma a Teresa lo que anteriormente había comprendido de Cristo, Teresa poniéndolo en obra, hizo realidad las palabras que María pronunció en las bodas de Caná, a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”. (Jn.2,5). Así pudo acabar con éxito la Fundación de S. José de Ávila. “Que sería una estrella que diese de sí un gran resplandor” (V 32,11).

Reflexionando sobre esta primera fundación, sólo podía decir: “¡Oh grandeza de Dios!, muchas veces me espanta cuando lo considero y veo cuan particularmente quería Su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios; que yo creo lo es, y morada en que Su Majestad se deleita, como una vez estando en oración me dijo, que era esta casa paraíso de su deleite” (V 35,12).

2.2. La Orden un ser personal; servir a la Orden es servir a María 

Como antaño sucedió a Pablo “respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor… oyó una voz que le decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?. Él respondió: ¿Quién eres Señor? Y él: Yo soy Jesús a quien tu persigues…” (Hch 9;1,4-5). Pablo reflexionando sobre ello, comprendió que la Iglesia era un ser personal, y lo expresó con el símil del cuerpo, donde todos los miembros formaban el cuerpo místico de Cristo, el cual es su cabeza. Si persiguiendo a los miembros de la Iglesia, perseguía a Cristo, sirviéndoles servía al mismo Cristo, que lo perdonó, lo llamó y lo destinó a ser apóstol de los gentiles, y una columna fuerte para la Iglesia de todos los tiempos, que es fortalecida por su intercesión y sus escritos.

Siglos más tarde, también el B.F. Palau, después de años procurando servir a la Iglesia como un hijo a su madre necesitada, sobre todo a través de la oración de intercesión, comprendió por revelación de Dios, que la Iglesia era un ser personal figurado en una bellísima joven, oyó de Dios, “Tu eres sacerdote del Altísimo… Esa es mi hija muy amada. En ella tengo mis complacencias dala mi bendición… mientras subía al púlpito oí la voz del Padre que me dijo: bendice a mi amada Hija y a tu Hija…” (M.Rel pág.13-14). Toda su vida se convirtió en un servicio a la Iglesia, Dios mismo le hacía participación de su paternidad, y fue fiel a ella, en medio de los mayores sufrimientos y contrariedades.

Tampoco fue por meditaciones propias la forma EN que Sta. Teresa llegó a comprender que la Orden era un ser personal, figurado en la Virgen María; fue el mismo Cristo quien se lo hizo comprender.

“Estando haciendo oración en la Iglesia antes que entrase en el monasterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con gran amor me pareció me recibía y ponía una corona, y agradeciéndome lo que había hecho por su Madre” (V 36,24).

No es esta la única habla que a este respecto Sta. Teresa recibe de Cristo. Al hablar de la fundación de Valladolid, de don Bernardino de Mendoza, de él “díjome el Señor que había estado su salvación en harta aventura, y que había habido misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer monasterio de su Orden” (F 10,2).

Santa Teresa no sabía sólo por tradición, que la Orden de la Bienaventurada Virgen del Carmen, era la Orden de María, sino que el mismo Cristo se lo reafirma varias veces en el fondo de su corazón.

Debieron alegrar lo más íntimo de su alma, después de tantos meses de trabajo y persecución en la fundación de S. José, las palabras de Cristo. Cobraba sentido para ella, que era agradecida por naturaleza, que algo podía devolver a la Virgen, que como una verdadera Madre la había cuidado, lo que dice de S. José, también lo puede decir de la Virgen María: “Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma… me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer (conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto me he encomendado a Ella). Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por (su) medio… de los peligros que me ha librado así de cuerpo como de alma” (V 6,6-1,7).

Convencida interiormente  DE que servir a la Orden en aquella Fundación de S. José era servir a las Virgen, podía decir: “Hecha una obra que tenía entendido era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre, que estas sean mis ansias” (V 36,6).

Santa Teresa, en una mirada retrospectiva de su vida, contemplaba la misericordia de Dios, la eficaz y amorosa actuación de la Virgen María y de S. José, que fueron reconstruyendo su ser “en el orden de la gracia… Con el fin de restaurar la vida sobrenatural de (su) alma” (LG. 61). Ahora era el tiempo, solicitada interiormente por Jesús y María de devolver algo de lo mucho recibido.

En este sentido van encaminadas las gracias recibidas. Después de hacerle el Señor la merced de representarle la subida al cielo de la Virgen María, confiesa: “Quedé con grandes efectos y aprovechóme para desear más pasar grandes trabajos, y quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció” (V 39,26). También el Padre la mueve a entregarse a su servicio cuando era priora de la Encarnación, después de la aparición de la Virgen en el coro. “Parecíame que la Persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me dijo, mostrándome lo que quería: Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen; ¿qué me puedes dar tu a mí?” (Rel 22,3).

¿Qué podía ella hacer por Dios? “Pensé que lo primero era seguir el llamamiento de Su Majestad me había hecho a religión guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese” (V 32,9). ¿qué era ello sino? “Vivir en obsequio de Jesucristo, y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia” (Regla S. Alberto, prólogo). O como ella definiría en Camino: “que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo” (C 1,2).

Teresa no defraudó la confianza que Jesús puso en ella: “Que no me fatigase, que ya sabía que por mí no faltaría de ponerme a todo lo que fuese su servicio” (V 39,24). “Haz lo que es en ti y déjame tu a Mí, y no te inquietes por nada” (Rel 10). Animada con la promesa de Jesús, “en tus días verás muy adelantada la Orden de la Virgen” (Rel 11), al final de su vida pudo reafirmarlo como algo que se había cumplido. “Ahora… puedo decir lo que el Santo Simeón, pues he visto en la Orden de la Virgen nuestra Señora lo que deseaba” (Cta 357).

Pero tampoco ahorró sacrificios, entregada totalmente a la Reforma, donde “se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que comenzó” (C 3,5). Por la Reforma se sobrepuso a sus múltiples enfermedades, viajando de un lado a otro de España fundando un nuevo palomarcito de la Virgen donde el Señor fuera adorado en el Santísimo Sacramento y se diera culto a Dios, para honra de la Virgen y se orara por los que peleaban por Dios. Por la Reforma quitó muchas horas de su sueño escribiendo cartas para ayudar, afianzar y extenderla. Por sus hijas escribió casi la totalidad de sus libros. “Camino de perfección” “trata de avisos y consejos que da Teresa de Jesús a las hermanas religiosas e hijas suyas de los monasterios” (C.arg); “Fundaciones”, para conocer la misericordia e interés del Señor en la fundación de los nuevos conventos. “El libro de las Moradas”, escrito para las “monjas de estos monasterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare.” (M. pról. 4.). Con el mismo objetivo escribió “Meditaciones sobre los Cantares”: “las almas que traía a estos monasterios… algunas son tantas las mercedes que nuestro Señor les hace… las necesidades que tiene(n) de quien las declare algunas cosas de lo que pasa entre el alma y nuestro Señor” (MC. pról, 1). Redacta “Las Constituciones” como marco de vida y “Visita de Descalzas”, como medio para ayudar a mantener la vitalidad primera de la Reforma. Escribió poesías para festejar las fiestas comunitarias…

Sta. Teresa hizo vida el mandato del Señor, no sólo en la Fundación de S. José de Ávila, “Mandóme mucho su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas” (V 32,11), sino también en la fundación de los otros monasterios, reconociendo que se fundaron “con el favor de Nuestro Señor y de la Gloriosa Virgen Madre de Dios” (C.argum). En ella no “hubo quiebra” en este servicio al Señor, a la Virgen María y a S. José. Tal como le prometió la Virgen Nuestra Señora antes de hacerse realidad la primera fundación.

2.3. Santa Teresa invita a servir a la Virgen María en la Reforma

Estaba firmemente persuadida que servir a la Orden era servir a la Virgen Santísima. Así se lo había hecho comprender el Señor y estos mismos ideales los transmite a los que la rodean; apreciaba como un gran valor en la persona, si tenían devoción a la Virgen María porque si era verdadera no podrían hacer otra cosa que servirla.

“Escribí a nuestro padre General una carta… poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto” (F 2,5).

En el relato de la vocación del P. Gracián, da gran valor a su devoción a la Virgen María, éste era un buen fundamento para servir en la Orden de María y perseverar en las persecuciones.

“Estando muchacho en Madrid, iba muchas veces a una imagen de nuestra Señora que él tenía gran devoción… llamábala su enamorada, y era muy ordinario lo que la visitaba. Ella le debía alcanzar de su Hijo la limpieza con que siempre ha vivido… Mas la Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso, pagar con darle su hábito, y así pienso que fue la medianera para que Dios le hiciese esta merced; y aun la causa de tomarle él y haberse aficionado tanto a la Orden era esta gloriosa Virgen: no quiso a quien tanto la deseaba servir le faltase ocasión para ponerlo por obra; porque es su costumbre favorecer a los que Ella se quieren amparar. Pues llevándole la Virgen a Pastrana… Que como el P.Gracián fue al monasterio de los frailes, y vio tanta religión y aparejo para servir a nuestro Señor, y sobretodo, ser Orden de su gloriosa Madre, que él tanto deseaba servir, comenzó a moverse su corazón para no tornar al mundo… él dejando este cuidado a Dios, por quien lo dejaba todo, se determinó a ser súbdito de la Virgen y tomar su hábito… parece Nuestra Señora le escogió para bien de esta Orden Primitiva” (F 23;1,4-6,8).

Defiende al P. Gracián ante Felipe II y hace elogio de su devoción a la Virgen y cómo le es gran ayuda en la Reforma.

“… que verdaderamente me ha parecido un hombre enviado por Dios y de su bendita Madre, cuya devoción que tiene grande, le trajo a la Orden para ayuda mía” (Cta 201,5). Una de las cualidades que siempre le valoró fue: “su espíritu y discreción y manera de proceder tan suave, y con tanta perfección y honestidad, parece le ha escogido la Virgen para hacer que estas monjas fuesen muy adelante” (Cta 250,7).

Cuando está desanimado por tantas persecuciones y dificultades en que vivía la Reforma y piensa abandonarla, Sta. Teresa sale al paso, poniéndole por delante su amor a la Virgen y sus deseos de servirla. “… yo le suplico por amor de nuestro Señor y de su preciosa Madre” (Cta 248,13).  “no era bueno dejar a la Virgen en tanta necesidad” (Cta 238,1).  “mi buen padre quédese con Dios y pues sirve tal dama como la Virgen, que ruega por él, no tenga pena de nada, aunque yo veo hay ocasiones” (Cta 244,8).

A S. Juan de la Cruz, el que se convertiría en el fundamento de la Reforma con ella, también le invitó a quedarse en la Orden de nuestra Señora, donde le podría servir al Señor y a la Santísima Virgen a quien amaba entrañablemente, y había experimentado su protección por haberle salvado la vida en más de una ocasión.

Cuando hubo el encuentro entre Sta. Teresa y S. Juan de la Cruz en Medina del Campo, él contaba 25 años, y había cantado hacía poco la primera misa. Incapaz de plegarse al conformismo, había decidido ir a la Cartuja para vivir con más radicalidad la vida religiosa. Seguía por su cuenta los rigores de la regla primitiva, tenía fama entre sus compañeros de íntegro, retraído y tenaz. De este encuentro nos habla Teresa.

“Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho, y supe de él como se quería ir también a los cortijos. Yo dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y cuanto más serviría al Señor. Él me dio palabra de hacerlo con que no se tardase mucho” (F 3,17).

  1. Juan de la Cruz vio en la proposición de Sta. Teresa la respuesta a sus inquietudes. Entró en la Reforma, y perseveró en ella a pesar de los nueve meses que vivió encerrado en la cárcel del convento de Toledo. Era muy difícil, por muy tenaz y fiel a la palabra dada a Sta. Teresa, perseverar en la Reforma por ella; mas se podría pensar, que en su encerramiento era ocasión de devolver algo a la Virgen de lo mucho que Ella había hecho por él. Al final de su vida cuando la persecución vino de parte de sus propios hermanos de la Reforma, tampoco se plegó a sus pretensiones de echarlo de la Orden; estaba dispuesto a todo:

“… Hijo, no le dé pena eso, porque el hábito no me lo pueden quitar sino por incorregible o inobediente, y yo estoy muy aparejado para enmendarme de todo lo que hubiere errado y para obedecer en cualquier penitencia que me dieren” (Cta 32).

A los pocos meses murió, en el sábado posterior a la Solemnidad de la Inmaculada Concepción: fue a cantar maitines al cielo, el fiel servidor de la Virgen en su Reforma; como Sta. Teresa en el servicio de Nuestra Señora “No hubo quiebra jamás” y mucho se sirvió Dios en ellos. Para que la Reforma de la Orden de su Madre “diese de sí un gran resplandor”.

Sta. Teresa, que había acogido a tantas vocaciones que deseaban vivir su consagración al Señor, también les enseñó que servir a Dios en la Orden del Carmen era servir a su Madre Santísima. Al final de su vida al narrar la fundación de Palencia pone en boca de todas:

“…nosotras nos alegramos de poder en algo servir a Nuestra Madre y Señora y Patrona” (F 29,23).

Sta. Teresa no sólo procuró que miembros de la Orden ayudaran a la Reforma como un servicio a la Virgen, sino también enroló a muchas otras personas y de __la máxima autoridad, poniéndoles por delante el servicio que harían a la Virgen María.

Se dirige al Rey Felipe II en busca de ayuda y protección.

“… si no se hace provincia aparte de descalzos (y con brevedad)… Como esto está en manos de vuestra Majestad, y yo veo que la Virgen Nuestra Señora le ha querido tomar por amparo para el remedio de su Orden, héme atrevido a hacer esto para suplicar a vuestra Majestad, por amor de Nuestro Señor y de su gloriosa Madre, vuestra Majestad mande se haga…”(Cta 83,2).

Dos años más tarde le escribe de nuevo y vuelve a pedir su ayuda, en especial para que mande a rescatar a S. Juan de la Cruz que está en la cárcel de Toledo. Se dirige al rey anteponiéndole que es escogido por la Virgen en esta causa.

“… Yo tengo muy creído que ha querido Nuestra Señora valerse de vuestra majestad y tomarle por amparo para el remedio de su Orden, y así no puedo dejar de acudir a vuestra Majestad con las cosa de él” (Cta 206, 1).

En términos parecidos se dirige a Don Teutonio de Braganza, agradeciéndole lo que hace por la descalcez: ” paréceme que ha tomado a vuestra señoría la Virgen Nuestra Señora por valedor de su Orden. Consuélame que lo pagará mejor que yo lo sabré pedir, aunque lo hago” (Cta  76,3).

Sta. Teresa era bien consciente que la ayuda venía de Dios, por intercesión de la Virgen Santísima; pero no por ello deja de recomendar a sus hijas, siendo la primera en hacerlo.

“… que también quiere el Señor que, aunque viene de su parte, lo agradezcamos a las personas por cuyo medio nos lo da; y de esto no haya descuido” (C 2,10).

“Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras oraciones encomendarle a Nuestro Señor y a los que han favorecido su causa y de la Virgen Nuestra Señora, y así os lo encomendó mucho” (F 28,7).

Estas oraciones llegan al cielo, y Dios no tarda en bendecir a los que favorecen el establecimiento de su Reino, el seguimiento del Evangelio y la honra de la Virgen Santísima. Derramando sobre ellos las gracias para vivir santamente y la vida eterna. De ello Teresa da testimonio comprobado por experiencia propia y ajena: “Gran cosa es lo que agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande es su misericordia” (F 10,5).

Da fe de esta misericordia por los servicios realizados por la Reforma, del P. Pedro Ibáñez, y de don Bernardino de Mendoza que dio casa para la fundación de Valladolid.

“Vi estar nuestra Señora poniendo una capa muy blanca al Presentado de esta misma Orden (de Sto. Domingo), de quien he tratado algunas veces. Díjome que por el servicio que había hecho en ayudar a que se hiciese esta casa le daba aquel manto en señal que guardaría su alma en limpieza de ahí adelante y que no caería en pecado mortal. Yo tengo por cierto que así fue, porque desde a pocos años murió… Después me ha aparecido algunas veces con muy gran gloria… Dióle Dios al fin el premio de lo mucho que había servido toda su vida” (V 38,13).

“Díjome el Señor que había estado su salvación  en harta aventura, y que había habido misericordia de él (de D.B. de Mendoza) por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer el monasterio de su Orden, y que no saldría del purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese” así fue, “junto al sacerdote se me apareció el caballero que he dicho, con rostro resplandeciente y alegre…, agradeció lo que había puesto por él para que saliese del purgatorio y fuese aquel alma al cielo”. Finaliza la narración: “sea por todo alabado y bendito, que sí paga con eterna vida y gloria la bajeza de nuestras obras y las hace grandes siendo de pequeño valor” (F 10;2,5).

2.4. La Virgen María Señora y Reina de la Orden del Carmen

Ella  creía sinceramente que la Orden de Nuestra Señora del Carmen, en la cual había ingresado, era la orden de Nuestra Señora, y de ello deja constancia en múltiples ocasiones.

“La Orden de la Virgen Nuestra Señora” (Cta 357).

 “La Orden de la sacratísima Virgen Señora Nuestra” (F 28,37).

El mismo Cristo le había hablado de la Orden del Carmen, como Orden de la Virgen.

“En tus días, verás muy adelantada la orden de la Virgen” (Rel 11).

Estas palabras de Cristo dirigidas a Teresa reafirmaban lo que desde varios siglos se nombrara indistintamente Orden de Nuestra Señora del Carmen u Orden de la Virgen.

Al final de la tercera cruzada, algunos peregrinos occidentales se establecieron en el valle bíblico del Monte Carmelo, para seguir a Cristo en silencio y oración. Si en un principio comenzaron a vivir cada uno por su cuenta en las cuevas naturales, a principios del siglo XIII decidieron reunirse en comunidad y solicitar del patriarca de Jerusalén una forma de vida común. El cual atendió a sus deseos y les dio la que hoy llamamos “La regla de San Alberto”.

A ninguno de aquellos ermitaños se le otorgó el nombre de fundador, y nunca se le ha concedido a nadie tal título.

La regla dada por el patriarca de Jerusalén, establecía que cada uno viviera en su celda separado de los demás: “Hágase un oratorio en medio de las celdas… en el cual cada día por la mañana os juntéis a oír misa” (Regla. S. Alberto, cap. 7).

De común acuerdo, aquel grupo de hombres lo erigió la primera capilla  en honor de la Virgen María, Madre de Dios. El hecho de dedicarle a la Virgen María la primera capilla, en la mentalidad feudal, significaba ponerse completamente a disposición de Ella con una consagración personal de juramento, era el sentido de pertenencia a “La Señora del lugar”, el dominio de María sobre la cuna de la Orden y de todas las casas subsiguientes, las cuales la Orden dedicó siempre a la Virgen, la Señora a la que han de servir los que moran en ellas, porque son propiedad de María.

Esta era conciencia en que a lo largo de los siglos fue ahondando la Orden: en su origen y misión en la Iglesia, una dedicación especial a la Virgen. La misma Orden había sido fundada para su alabanza y gloria. En este aspecto se expresó el papa Urbano IV, el 20 de febrero de 1263, con el objeto de conceder indulgencias para la reconstrucción del convento del Carmelo, “donde se halla el principio y origen de dicha Orden, para gloria de Dios y de la gloriosa Virgen, su Patrona”[6].

Sta. Teresa, además de acoger la tradición mariana de la Orden, reafirmó esta conciencia con propia experiencia. Percibe interiormente con toda claridad, cómo la Virgen Santísima junto con su Hijo procuran la fundación de S. José, cuna de la Reforma; cómo Ella misma le aconseja en la forma de gobierno, dándola a los obispos y no a la Orden como ella deseaba.

Si experimentó que la Virgen María era la fundadora de las descalzas, también vio palpable su papel de fundadora de los descalzos, como Teresa misma confiesa al escribir al P. General Rubeo con el objetivo de conseguir el permiso para la fundación de frailes de la misma Regla que las monjas: “Ella (la Virgen) debió ser la que lo negoció; porque esta carta llegó a su poder estando en Valencia, y desde allí me envió licencia para que se fundasen dos monasterios” (F 2,5). Cuando años más tarde, el mismo General tiene una actitud contraria, a pesar de tener el máximo cargo en la Orden, le recuerda que él es sencillamente “un siervo de la Virgen y que ella se enojará de que vuestra señoría desampare a los que con su sudor quieren aumentar su orden” (Cta 80,21).

La actitud de Teresa en la fundación de “estos monasterios que su Majestad ha sido servido que se funden de la primera Regla de nuestra Señora del Monte Carmelo”(MC pról.), no es otra que ser un fiel instrumento en las manos de Dios y de la Virgen haciendo lo que puede.

Tiene la  conciencia de que la Virgen, además de ser “Nuestra Señora, (vocablo más utilizado por ella para referirse a María), también es “Reina”, “Emperadora” y “Priora”. Los tres vocablos significan señorío y dominio. Ella con toda sencillez, desde que recibió la misión del Señor de fundar, quiso servir a esta Señora, que la había vuelto a la intimidad con Dios. Y no duda de hacer bien palpable que la Virgen es la Priora del Monasterio de la Encarnación, y ella una más de las que la procuran obedecer, haciendo vida sus mandatos para gloria de Dios y bien de su Orden.

Según el P. Melús, “ya era tradicional en los monasterios carmelitas colocar a María como presidenta en los lugares principales de los conventos”[7].

Ya el insigne carmelita A. Bostio (+1499) “dice que María se demuestra en toda ocasión y en todo tiempo tan íntimamente unida a los hechos de la Orden que le cuadra maravillosamente el nombre de Superiora del Carmelo. La Orden descansa en sus manos. Ella se preocupa de cada uno de sus miembros como de las pupilas de sus ojos”[8].

Cuando Teresa de Jesús recibió la obediencia de ser Priora de la Encarnación por orden del visitador A. de Salazar, estaba de priora en Medina, dice María de S. Francisco (Barahona), novicia de aquella comunidad: “La Santa se afligió mucho y se salió de dicho capítulo con las novicias, entre las cuales iba yo, y como la viese muy llorosa y afligida, me quedé con ella, y luego se arrojó en mis brazos, haciendo una exclamación a Dios nuestro Señor, en esta manera: Señor, Dios de mis entrañas y de mi alma: Veisme aquí, vuestra soy. La carne, como flaca, siente; mas mi alma está pronta. Fiat voluntas tua”[9].

Ya anteriormente el Señor la había confortado, cuando rezaba por su hermano Agustín:

“Díjome el Señor: ¡Oh, hija, hija! hermanas son mías estas de la Encarnación, y te detienes. Pues ten ánimo; mira lo quiero Yo, y no es tan dificultoso como te parece…no resistas, que es grande mi poder” (Rel 17).

Ciertamente no le fue tan dificultoso; la Virgen le allanó el camino. Después de entrar para tomar el cargo de priora de la Encarnación, en el mayor de los alborotos. Al día siguiente había de tomar posesión del priorato y hacer su presentación oficial, que tenía lugar en el capítulo.

Ella entró vestida con su capa blanca y se sentó en el sitial que antes usaba. La silla prioral estaba ocupada por la imagen de Nuestra Señora de la Clemencia, con las llaves del convento en las manos, y el sitial de la subpriora estaba ocupado por la imagen de S. José.

La Madre Teresa se sentó a los pies de la imagen. Luego pidió a las monjas que fuesen pasando una a una a prestar obediencia a la Priora, que era la Virgen, ¡quién se lo iba a negar!

La Virgen de la Clemencia quedó en la silla prioral, los tres años que duró el priorato de la Madre Teresa. Cada noche cuando le traían las llaves de las porterías, se las entregaba a dicha imagen, según cuenta María Bautista. Porque “La Virgen Santísima, cuya es esta religión, era la verdadera priora que las había de gobernar”[10].

Teresa de Jesús no dejaba de decir que la Virgen era la priora verdadera y ella sólo su vicaría, y le daba mucho consuelo viendo que tenía tal Priora en su lugar, y por ello no le asombraban los excelentes resultados de aquel priorato, por tener a la misma Madre de Dios.

Ciertamente que en la Encarnación la Virgen tenía dos instrumentos dóciles que le ayudaron al cambio de aquella comunidad de monjas: Sta.

Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz.

Escribía a doña María de Mendoza: “Es para alabar a nuestro Señor la mudanza que en ellas ha hecho… Mi “Priora” hace estas maravillas”     (Cta 38;7,9).

A los tres meses de que la Madre Teresa pusiera la Virgen de la Clemencia en la silla prioral, la misma Virgen le confirma que aquél era su lugar.

“La víspera de S. Sebastián, el primer año que vine a ser priora en la Encarnación, comenzando la Salve, vi en la silla priora, adonde está puesta nuestra Señora, bajar con gran multitud de ángeles la Madre de Dios y ponerse allí… Estuvo así toda la Salve, y díjome: bien acertastes en ponerme aquí; yo estaré presente a las alabanzas que hicieren a mi Hijo y se las presentaré” (Rel 22,1-2).

Esta visión fue conocida por las monjas, que por veneración, ya nunca osó nadie sentarse en ella. A partir de esta visón el coro alto de la iglesia, es un santuario mariano para las carmelitas, allí van a orar a solas, a presentar a la Virgen las súplicas de las personas que se encomiendan a sus oraciones, o a desahogarse con la Virgen. Desde esta aparición de la Virgen a Sta. Teresa, la devoción mariana, experimentó un renovado impulso. Poco a poco la presencia de María fue cambiando la faz de la comunidad.

Otro hecho significativo en la vida de Teresa de Jesús, con referencia a la Virgen como superiora mayor de la Orden, fue el día de la Natividad de la Virgen de 1575. Teresa estaba deseando interiormente renovar sus votos, y estos se hacen ante el superior mayor; estaba pensando en ello, cuando se le hizo presente la Virgen María, así lo cuenta ella:

“El día de nuestra Señora de la Natividad tengo particular alegría. Cuando este día viene, parecíame sería bien renovar los votos. Y queriéndolo hacer, se me representó la Virgen Señora nuestra por visión iluminativa; y parecióme los hacía en sus manos y que le eran agradables.  Quedóme esta visión por algunos días como estaba junto conmigo, hacia el lado izquierdo” (Rel 37).

Nueve años más tarde también la insigne carmelita Sta. Mª Magdalena de Pazzi, que ingresó en el Carmelo de Florencia el mismo año en que Sta. Teresa moría en Alba de Tormes, tuvo una visión con contenido semejante a estas dos últimas visiones transcritas de Sta. Teresa de Jesús.

Esta visión la tuvo Sta. Mª Magdalena de Pazzis el 5 de agosto de 1584.

Veía que todas las sendas conducían a un precioso jardín, que comprendí ser el paraíso. Unas sendas llegaban hasta el centro del jardín, al que parecía daban dignidad y belleza. Entendí que dichas fuentes y árboles eran los fundadores de las religiones, como S. Agustín, Sto. Domingo, San Francisco y otros fundadores… Veía que la senda por donde caminaban (los carmelitas)… era mucho más notable que las otras, pero que no concluía en ninguno de aquellos árboles ni de aquellas fuentes, sino en la Reina y Señora del Jardín, que es nuestra Madre, la Virgen María bajo cuya bandera vivimos nosotras...”[11]

Tres siglos más tarde el insigne carmelita B. Francisco Palau, el cual siempre tuvo un vehemente deseo de contemplar a su Amada la Iglesia sin sombras ni figuras, había clamado al cielo suplicando un poco más de vida para dejar en orden sus fundaciones. Le llegó la hora de su última enfermedad cuando aún no había podido realizar con documento público quién le iba a suceder en la dirección de la Congregación.

Había en todos sus hijos e hijas la preocupación de quién sería el nuevo director, se lo preguntaron a él, a lo que respondió: “Tenéis a la Virgen del Carmen que es vuestra Madre, acudid pues a Ella que os cobijará cual Madre la más cariñosa de todas las madres y de directores el 2º día después de mi muerte ya se habrán ofrecido tres y así sucedió: Dos horas antes de morir pidió a los Hermanos y Hermanas rogasen por él interponiendo el valimiento de S. José, encargóles se acogiesen bajo el manto protector de la Virgen del Carmen, que siendo como era su Madre, no los abandonaría”[12].

En estas palabras dichas en el momento supremo de la muerte cuando es preguntado por quién ocuparía su lugar, que era el de Fundador, la Providencia de Dios no permitió que nadie ocupara este lugar sino la misma Virgen María, Nuestra Señora del Carmen. Ella se encargaría de proteger y de velar por aquellos hijos e hijas que, a imagen de Cristo, su hijo B.F.Palau los dejaba a su cuidado. Y, ciertamente, la Virgen María veló por ellos. Después de su muerte hubo tal multitud de contrariedades que pusieron en peligro de desaparición aquellas fundaciones gestadas con tanto dolor y contradicción por el B. F.Palau.

De la misma forma que la Virgen María veló poderosamente por la supervivencia de la Reforma Teresiana, veló por las congregaciones fundadas por el B. F.Palau. No defraudó la confianza que en Ella había puesto este su hijo: “no les abandonaría siendo como era su Madre”. Tampoco le defraudan sus hijas por el amor que hoy siguen profesando a la Virgen Santísima.

Hay el testimonio unánime de la tradición de la Orden Carmelitana de Sta. Teresa de Jesús, de tantos santos carmelitas, de la misma Iglesia, “que no reconoce en el Carmelo otro fundador o patrón de la Orden, sino es la misma Virgen María, aquella que presidió la Capilla primitiva”.[13]

2.5. “El Carmelo es todo de María”

Este lema que ha estado en la mente y en el corazón de todo carmelita desde la Edad Media, expresa que la Virgen María es la realidad primera y determinante que explica la razón de ser y la misión de la Orden Carmelitana en la Iglesia. Un seguir a Cristo teniendo por modelo a su primera y mejor discípula la Virgen María.

Puesto que la Orden es de la Virgen, -así se lo decía Cristo en el interior de Teresa-, todo lo de la Orden queda vinculado a María. La Santa hizo vida este lema, refiriendo a María como propiedad suya la Regla, el hábito, sus monjas, sus frailes, sus monasterios, de ello dan testimonio todos sus escritos.

La Regla

La Regla que sirve de cauce para la vida de la Orden, es la Regla de Nuestra Señora.

“Guardamos la Regla de nuestra Señora del Carmen, y cumplida ésta sin relajación, sino como la ordenó Fray Hugo, Cardenal de Santa Sabina, que fue dada a 1248 años en el año quinto del Pontificado del Papa Inocencio IV” (V 36,26).

En el argumento de Camino dice: “… con el favor de nuestro Señor y de la Gloriosa Virgen Madre de Dios, Señora nuestra, ha fundado de la Regla primera de Nuestra Señora del Carmen”. Cuando define la finalidad de la fundación de S. José cuna de la Reforma “… adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección con que se comenzó” (C 3,5).

Cuando el General de la Orden el P.Rubeo visita el convento de S. José, nos dice Teresa: “Alegróse de ver la manera de vivir y un retrato (aunque imperfecto) del principio de nuestra Orden, y como la Regla se guardaba en todo rigor” (F 2,3).

Sta. Teresa, como otros insignes maestros de la Orden, entre ellos Juan de Baconthorp (+1348) (que presenta a la Virgen como modelo de todo carmelita, pues en la Regla se transparentaba la vida que María llevó en la tierra: su obediencia, su humildad, silencio, soledad, oración, trabajo, vida de intimidad con Dios…), dice sobre ello a sus monjas: “Plega a Nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión” (F 16,7).

Invita siempre a sus hijas a mantener este ideal “… y que cada una haga cuenta de las que vinieren, que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen Nuestra Señora, y en ninguna manera se consienta en nada relajación” (F 27,11).

El hábito

Ella se sentía orgullosa y feliz de vestir el hábito del Carmen, que era el hábito de la Virgen.

Recuerda con gran cariño el día en que tomó el hábito, como día de bendición y de gracia del Señor: “En tomando el hábito… me dio el Señor… un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura” (V 4,2). Años más tarde recordaba este día y escribía al P.Gracián: “Es hoy víspera de Todos Santos. En día de las Animas tomé hábito. Pida vuestra paternidad a Dios que me haga verdadera monja del Carmelo, que más vale tarde que nunca” (Cta 32,7).

Vestir el, hábito era forma de expresar la consagración a la Virgen María y de pertenencia a su Orden. En sus escritos expresa este gozo que intenta transmitir a sus hijas: “Válgame… la Virgen Nuestra Señora, cuyo hábito por la bondad del Señor traigo” (F 28,35).

Le alegraba pensar: “¡Qué santos tenemos en el cielo, que trajeron este hábito!” (F 29,33).

El fundar el convento de S. José “… era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre, que estas eran mis ansias” (V 36,6). Incluso al narrar la fundación de Villanueva de la Jara, identifica la honra con que fue acogida la nueva fundación con el hábito de la Virgen: “Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al hábito de la Virgen, para que alabéis a Nuestro Señor y le supliquéis se sirva de esta fundación” (F 28,38).

El llevar el hábito de la Virgen es participar en sus méritos: “… pues estaba vuestra Sacratísima Madre, en cuyos méritos merecemos, y por tener su hábito” (C 4,1, A.E.).

De igual forma que la Regla intentaba transparentar la vida que llevó la Santísima Virgen, el hábito significaba también procurar hacer realidad el tipo o el hábito de vida que Ella llevó. Pero en ello Sta. Teresa ve una gran distancia; por eso se siente indigna de llevarlo: “Si algo hubiere bueno, sea para gloria y honra de Dios y servicio de su Sacratísima Madre, Patrona y Señora nuestra, cuyo hábito yo tengo, aunque harto indigna del él” (C protes.) “tomando por ayuda a su gloriosa Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él” (F pról.6).

También hace conscientes a sus hijas de su indignidad “… cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras.” No por ello no deja de invitarlas a que su vida sea un reflejo de las virtudes de la Virgen María: “Parezcámonos, hijas mías, en algo, a la gran humildad de la Virgen Santísima, cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos monjas suyas; que por mucho que nos parezca nos humillamos, quedamos bien cortas para ser hijas de tal Madre y esposas de tal Esposo” (C 13,3).

El llevar el hábito del Carmen significa también un servicio específico dentro de la Iglesia: “… todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación, porque este fue nuestro principio; de esta casta venimos” (MV  1,2).

Como también el llevar el mismo hábito significa pertenecer a una misma familia, por lo cual deben ayudarse mutuamente en las necesidades. “Por eso traemos todas un hábito, porque nos ayudemos unos a otros, pues lo que es de uno es de todos…” (Cta 274,6).

Cuando Sta. Teresa habla del hábito del Carmen, ¿tenía presente la aparición de la Virgen que según la tradición tuvo S. Simón Stok, rodeada de multitud de ángeles, llevando en sus manos el escapulario de la Orden?, visión parecida a las que ella misma recibió.

La devoción al Escapulario se divulgó sobretodo en el siglo XVI en España, de la cual se tiene constancia documentada por la visita que el P. General Rubeo hizo a España, “durante la cual él mismo impuso personalmente el escapulario a más de 200.000 personas”.[14]

Las características de la devoción al Sto. Escapulario  a lo largo de la historia,  reflejan lo que Sta. Teresa decía del significado de llevar el Hábito de la Virgen: confiar en su protección y misericordia, participar de sus méritos, consagración al servicio de la Virgen, imitar sus virtudes, señal de pertenencia a una familia religiosa, hermandad con todos los miembros de ella.

Ciertamente la Santa fue una de las mejores colaboradoras de la Virgen en hacer realidad la promesa de salvación eterna y ser liberados del purgatorio lo antes posible, recogida esta tradición por el mismo Pío XII, “no se trata de un asunto de poca importancia, sino la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha según la tradición por la Santísima Virgen… Ciertamente la piadosísima Madre no dejará de hacer que los hijos que expían en el purgatorio sus culpas alcancen lo antes posible, la patria celestial por su intercesión, según el privilegio sabatino, que la tradición nos ha transmitido.”[15]

Junto con la intercesión de la Virgen Santísima estaban las oraciones de Sta. Teresa hechas durante su vida por estas intenciones. “En esto de sacar almas de pecados graves por suplicárselo yo, y otras traídolas a más perfección… y de sacar almas del purgatorio… son tantas las mercedes que en esto el Señor me ha hecho, que sería cansarme y cansar a quien lo leyese” (V 39,5).

No sólo lo vive ella personalmente, sino que lo transmite a sus hijas. “… de todas las maneras que pudiéramos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben”(VII M 4,13). “Nuestro Señor… precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer” (F 1,7).

Si al ser impuesto el Sto. Escapulario se participa de todos los bienes espirituales que por la misericordia de Dios ha concedido a los miembros de la Orden del Carmen de sus obras buenas, penitencia y oraciones, ciertamente la Orden quedó verdaderamente enriquecida con la persona de Sta. Teresa. Ya lo decía un contemporáneo suyo y Superior General de la Orden el P. Rubeo.

“Doy infinitas gracias a la Divina Majestad de tanto favor concedido a esta religión por la diligencia y bondad de nuestra Rvda. Teresa de Jesús. Ella hace más provecho a la Orden que todos los frailes Carmelitas de España. Dios le de largos años de vida… Por amor de Dios nos encomiende a las oraciones de todas las monjas benditas de aquella Casa, habitación de ángeles…”[16]

En una de las visiones de la Virgen María con las cuales fue agraciada “vio a Nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco”  (V 36,24). La Virgen María vestía como ellas con manto o capa blanca, que desde antiguo en la Orden significaba el símbolo de la pureza de María que todos debían imitar.

Los Monasterios

A sus monasterios los llamaba “Palomarcitos de la Virgen”, término cariñoso que expresaba el dominio y señorío amoroso de la Virgen sobre todas las casas de la Orden.

La fundación del monasterio de S. José tuvo lugar el día de S. Bartolomé. Como si la Divina Providencia quisiera dar testimonio a favor de Teresa, como un día Cristo lo dio de Natanael, que la tradición identifica con el apóstol S. Bartolomé. “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño” (Jn 1,47). Y referido a Teresa, “Ahí tenéis a una cristiana de verdad, en quien no hay engaño”.

Teresa de Jesús veló para que su segunda y tercera fundación, con gran tesón por su parte, fueran fundados el día de la Asunción de María, el de Medina del Campo en 1567 y Valladolid en 1568. Seguro que se sentiría feliz que así fuera, recordando la gracia que el Señor le hizo este día años antes, “que en un arrobamiento se me representó su subida al cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida… quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció” (V 39,26). Y ahora veía hechas realidad dos nuevas fundaciones y en su día. La casa de Malagón fue inaugurada el día de la Inmaculada Concepción, a pesar de que costó “harto trabajo conseguirlo”.

En la fundación de Palencia, cuando buscaba lugar para fundar, estando indecisa, al “recibir el Santísimo Sacramento… entendí estas palabras de tal manera, que me hizo determinar del todo a no tomar lo que pensaba, sino la de nuestra Señora: ‘Esta te conviene’…respondióme el Señor: ‘No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será un gran remedio…’ Dije a mi confesor… que yo estaba determinada que cara o barata, ruin o buena, se comprase la de Nuestra Señora” (F 29;18,22). Una vez realizada la fundación no cabe de gozo “se hecha bien de ver, se sirven Nuestro Señor y su gloriosa Madre allí, y se quitan hartas ocasiones… que el demonio le pesa se quitasen, y nosotras nos alegramos de poder en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona” (F 29,23). La voluntad del Señor era su más gran alegría.

Si, la fundación de los monasterios eran don de Dios y de la Virgen: “…con el favor de Nuestro Señor y de la gloriosa Virgen Madre de Dios” (C.argum). También quienes los habitan son un don de Dios y de su Madre: “… comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen Nuestra Señora, comenzó la Divina Majestad a mostrar sus grandezas en estas mujercillas flacas aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado ” (F 4,5).

A sus súplicas “a Nuestro Señor, que siquiera una persona despertase” (F 2,6). Fueron a ella dos, fray Antonio Heredia y fray Juan de Santo Matías, el futuro S. Juan de la Cruz.

Ve que la Virgen va disponiendo nuevas vocaciones para el bien de la Orden, una de ellas el P. Gracián, “… que verdaderamente me ha parecido un hombre enviado por Dios y de su bendita Madre,… le trajo a la Orden para ayuda mía” (Cta 201,5), “parece le ha escogido la Virgen para hacer que estas monjas fuesen muy adelante” (Cta 250,7).

Se alegra y felicita a Dª Isabel Jimena de su determinación de tomar el hábito de descalza: “… fácilmente me pudiera vuestra merced persuadir a que es muy buena y capaz para hija de Nuestra Señora entrando en esta Sagrada Orden suya” (Cta 40,2).

También debió alegrarle el sueño que le explicó una hermana que entró en el convento de Beas. Le decía la hermana: “se acostó una noche deseando hallar la más perfecta religión que hubiese en la tierra para ser en ella monja; y comenzó a soñar… una casa de gran número de monjas… la priora la tomó de la mano y la dijo: hija, para aquí os quiero yo, y mostróle las Constituciones y la Regla… despertó de este sueño… pasó mucho tiempo… vino allí un Padre de la Compañía… díjole como era aquella Regla de la Orden de Nuestra Señora del Carmen de los monasterios que fundaba yo”

(F 22,21-22).

 Las Monjas

A las monjas que habitaban en estos palomarcitos las llama “hijas de la Virgen” a quienes invita “hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen” (F 16,7).

Otro apelativo cariñoso que les da “estas ovejitas de la Virgen callando, como unos corderitos” (F 18,7). Ante los extremos de una priora, a este propósito dice: “estos monasterios de la Virgen Nuestra Señora, por la bondad del Señor, están (muy lejos) de haber menester de rigor”(VD 6).

Los Frailes

Al Padre General Rubeo le llama “siervo de la Virgen” (Cta 80,21). Del P. Gracián le dice “súbdito de la Virgen” (F 32,8); “como buen capitán que había de ser de los hijos de la Virgen…” (F 23,10), y “ponga muy en orden este ganado de la Virgen” (Cta 281,7). También les da el nombre de “caballeros de la Virgen” (DE.28).

Los Bienhechores

En la fundación de Palencia les llama “estos santos amigos de la Virgen” (F 29,25).

2.6. La Santísima Virgen Patrona de la Orden del Carmen

Los ermitaños latinos, en obediencia a la Regla que les había dado Alberto, Patriarca de Jerusalén, construyeron  una capilla donde celebrar la Eucaristía y el rezo del Oficio Divino, al dedicar a la Virgen María aquella capilla, la ponían bajo su patronazgo. De este modo los ermitaños latinos que residían en el monte Carmelo, al elegir  a la Virgen Santísima como Patrona,  se establecían unos lazos de vasallaje espiritual y todo lo de ellos pertenecía a la Virgen María, como Señora del lugar y de sus moradores, a la vez que de Ella confiaban en que los protegería y se preocuparía vivamente de sus intereses.

A lo largo de toda la historia de la Orden del Carmen se constata la fidelidad de los hijos  en consagrarle todas las casas y cada uno de ellos a través de la profesión religiosa.

Tampoco faltó la protección de la Virgen Nuestra Señora. La Orden atribuye a la intercesión de su celestial Patrona, la redacción de la Regla en 1209 por el Patriarca de Jerusalén, la aprobación de la Regla por Honorio III en 1226, el paso a Europa el 1238, la misma supervivencia de la Orden después del Concilio de Lión en 1274 (que limitaba el número de órdenes en la Iglesia), el triunfo del título de “Hermanos de la Virgen María del Monte Carmelo en la Universidad de Cambridge en 1374, y sobre todo, la promesa del Santo Escapulario como “privilegio para ti y para todos los carmelitas: muriendo con él se salvarán.” Palabras dichas por la Virgen Santísima según la tradición de S. Simón Stock el día 16 de julio de 1251, el privilegio sabatino (1322 ?). Según la tradición, la Virgen se apareció al papa Juan XXII diciéndole, que como Madre, el sábado después de su muerte los liberaría del purgatorio y los haría entrar en el cielo a los que llevaren dignamente el Escapulario de la Orden del Carmen.

Ante tan constante y poderosa protección, aunque cada semana se celebraba ya la conmemoración litúrgica de María, en la segunda mitad del siglo XIV se inició en Inglaterra la “Solemne Conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo” para dar gracias a la “Patrona” por todos los beneficios recibidos por la Orden a lo largo de su historia. Si este día en un principio se fijó el 17 de Julio, a finales del siglo XV pasaría al día 16 de julio. Esta fiesta, a lo largo de la historia, no sólo es de la Orden, sino también de la Iglesia, al unirse el hecho de la protección de la Virgen María a todos los que vestían el Sto. Escapulario. El mismo Papa Pablo VI en “Maríalis Cultus” dice: “por más que el Calendario Romano restaurado pone de relieve sobre todo las celebraciones mencionadas… incluye, no obstante, otro tipo de memorias o fiestas… celebradas originalmente en determinadas familias religiosas, pero que hoy, por la difusión alcanzada pueden considerarse verdaderamente eclesiales (16 julio: La Virgen del Carmen; 7 de octubre: La Virgen del Rosario)”.[17]

2.7. El Patronazgo de la Virgen en la Reforma de santa Teresa de Jesús

Cuando el Señor instó a Sta. Teresa a la fundación del monasterio de S. José, donde “se serviría mucho él” también le promete “que a una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras”. Lo mismo le reafirma la Virgen “en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás… porque ellos nos guardarían” (V 32,11; 33,14).

En estas hablas interiores se dio una revitalización de la relación que desde siempre los carmelitas habían tenido ante la Virgen, la dedicación de su vida en servicio a Ella para gloria de Dios, y la protección de Ella hacia los que le sirven y se acogen a su protección maternal.

Debió llenarla de gozo, esperanza y confianza la visión que tuvo en el convento de S. José de Avila. “estando todas en el coro en oración, después de Completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco y debajo de él parecía ampararnos a todas” (V 36,24).

Teresa de Jesús pudo comprobar la veracidad de estas promesas y de esta visión cuando las tempestades se cernían sobre la naciente Reforma. Su corazón no dejaba de suplicar a la Virgen Santísima esta ayuda y le promete celebrar una fiesta en acción de gracias. “Era día de la Presentación de Nuestra Señora… propuse en mí, si esta Virgen acaba con su Hijo que viésemos a nuestro padre libre de estos frailes y nosotras…” (Rel 46).

Cuando “pretenden acabar este principio, que la Virgen Sacratísima ha procurado se comience” (Cta 210, 5 S). El Señor le dice: “Eso pretenden mas no lo verán, sino muy al contrario.” y lo deja confiadamente en las manos de María su protectora. “Este negocio toca a la Virgen Nuestra Señora, que ha menester ser ahora amparada de personas semejantes en esta guerra que hace el demonio a su Orden” (Cta 259,4).

Al final estando ella en Palencia “fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego… Ahora estamos todos en paz Calzados y Descalzos” (F 29;30,32).

Si para hacer nuevas fundaciones de monjas y de frailes, la Virgen se sirvió del P. Rubeo General de la Orden, viendo que “Ella (la Virgen) debía ser la que lo negoció” (F 2,6). Cuando él por varias razones no favorece su supervivencia, entonces Sta. Teresa acude al rey Felipe II, porque “Yo tengo muy creído  que ha querido Nuestra Señora valerse de vuestra majestad y tomarle por amparo para el remedio de su Orden, y así no puedo dejar de acudir a vuestra majestad con las cosas de ella” (Cta 206,1). El rey la escuchó y “Trájose, por petición de nuestro Católico Rey don Felipe, de Roma un breve muy copioso para esto” (F 29,30).

Aunque se diera la separación entre Calzados y Descalzos no por ello la Virgen María deja de ser la Patrona, ni ellos de pertenecer a la Orden, así lo deja escrito: “acabó Nuestro Señor cosa tan importante a la honra y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden como señora y patrona que es nuestra” (F 29,31).

Otra de las mercedes que recibió del Señor hacia sus hijas, confiando en “los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya cuyo hábito traemos” (F 16,5). Es la gracia de una buena muerte: “díjome (el Señor) que tuviese por cierto que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios, que Él las ampararía así, y que no hubiesen miedo de tentación a la hora de la muerte” (F 16,4).

Sta. Teresa aprecia mucho esta promesa, como si completara a las dos que la Virgen María había hecho según la tradición, la salvación eterna, ser liberados pronto del purgatorio, y ahora no tener tentación a la hora de la muerte. Por ello insta a sus hijas “a ser verdaderas carmelitas, que presto se acabará la jornada… guardemos nuestra profesión, para que Nuestro Señor haga merced que nos ha prometido” (F 17;5,7).

Ante tantos favores recibidos por medio de la Virgen, su celestial Patrona, no deja de indicar a sus hijas que Ella es su Protectora y se gocen que lo sea “considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona” (III M 1,3).

2.8. La Virgen María, Hermana mayor de la Orden 

Con el nombre de “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo” es reconocida en la Iglesia la Orden del Carmen. Este título fue desarrollado largamente por A. Bostio. Si la vida del carmelita debe asemejarse en la vida de María, se establece una hermandad verdadera de espíritu entre el carmelita y María, afirmándose una relación de parentesco. Los carmelitas la consideraban como una más de ellos, Aquella que les había admitido en su casa para vivir juntos el seguimiento del Señor. Sta. Teresa también utiliza el nombre de hermanas de la Virgen, cuando escribe a las monjas de Sevilla, éstas atraviesan momentos de gran persecución. Quiere intentar llenarlas de confianza y ánimo. “Saquen con honra a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución” (Cta 264,3).

2.9. Madre de Dios y de la Orden 

El nombre teológico por excelencia de la Virgen de Nazaret, es el de “Madre de Dios”. El título de Madre del Carmelo, que se encuentra oficialmente por primera vez en el capítulo de Lombardía (1333), en el que se llamó a María “Gloriosae Virginis Matris nostrae de Carmelo”, aparece con muchísima frecuencia en el vocabulario de Teresa, con los más variados calificativos: “Gloriosa Madre”, “Sacratísima Madre”, “Madre gloriosísima”, “Bendita Madre”, “Nuestra Madre”, “Mi Madre”.

En el corazón de Teresa había la realidad primera que le enseñó su madre doña Beatriz, que la Virgen María era su Madre del Cielo y, cuando murió, a Ella acudió, y toda su vida tuvo una entrañable relación filial hacia la que le acogió y le hizo de verdadera Madre.

Estas enseñanzas de su madre le valieron tanto, que procuró que las hijas que Dios ponía a su cuidado también se impregnaran de esta veneración filial que siempre le tuvo, que la amasen y procurasen imitarla.

En distintas partes llama a sus monjas “mis hijas”, pero les intenta transmitir que primero son “hijas de la Virgen”. Dios le había concedido el poder participar del don de la maternidad espiritual de la Virgen María, ella era muy consciente de la distancia entre las dos y por ello escribe este texto precioso, en el que humillándose se enaltece a ella misma.

“Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino llegarme a Ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente y así no tenéis para que os afrentar de que sea tan ruin, pues tenéis tan buena madre; imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, que no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden” (III M 3,1).

Sta. Teresita, al final de su vida, sintonizando con los sentimientos de la Virgen María, pudo decir: “¡Dios mío, qué extraño es esto! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos! yo pienso todo lo contrario. Creo que ella aumentará en mucho el esplendor de los elegidos” (UC 21.8.3). Ciertamente, estas palabras se han cumplido en especial en el Carmelo Teresiano, donde el amor, estudio y conocimiento de Sta. Teresa de Jesús, y S. Juan de la Cruz, se han desarrollado ampliamente en los últimos años. Pero desde el corazón de Teresa, la mirada se dirige al Dios de las misericordias y de su Madre Santísima,  invitando a todos sus hijos espirituales a que miren e imiten a la Madre de Dios, “que lo sois de esta Señora verdaderamente” “pues tenéis tan buena Madre”…

Otra de las afirmaciones de Sta. Teresita que se han hecho famosas sobre la Virgen María, “es más madre que reina”. El sentido de madre fue lo primero que aprendió Teresa de Jesús en el regazo materno, en el Carmelo . Luego en el Carmelo aprendió que la Virgen era además Reina y Señora, y el Señor la instó a servirla, a ello se dedicó el resto de su vida. Si al principio necesitaba de una Madre, luego además de Madre, necesitaba una Reina Poderosa que hiciera valer todo su poder en amparar a la Reforma.

Y la Virgen a quién gustaba llamar “Nuestra Señora”, nunca la defraudó: ni como Reina, ni como Patrona, ni como Madre. Tampoco Teresa defraudó a la Virgen, entre las dos, como madre e hija junto con S. José, dieron mucha Gloria a Dios, para bien de la Iglesia y de la Humanidad entera.

CONCLUSIÓN

A lo largo de los escritos de Sta. Teresa de Jesús, se puede evidenciar, que fue una buena alumna en el hogar familiar aprendiendo a encomendarse a la Virgen María como Madre y acudir a Ella en sus necesidades, con lo cual pudo dar testimonio de su acción maternal  hacia los que se acogen a su regazo: “conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a Ella” (V 1,7).

En su familia religiosa, salió verdaderamente aventajada de todo lo que aprendió del carisma mariano de la Orden; lo aprendió, lo vivió a fondo y lo transmitió a sus hijos e hijas espirituales. La Virgen además de ser su Madre, era su Señora, a quién pertenecían tanto ellos, como los lugares que habitaban, a la cual debían servir, dando ella misma el mejor de los ejemplos, y una Patrona a quien acudir en busca de ayuda y protección: Teniendo por cierto que Dios no se dejaría nunca vencer en generosidad, porque “gran cosa es lo que agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande su Misericordia” (F 10,5). Por testimonio de ello tenemos a Sta. Teresa de Jesús, que quiso cantar en vida y sigue cantando en la eternidad las “Misericordias de Dios”.

SIGLAS

Obras de Sta. Teresa: C. Camino de perfección; DE. Desafío espiritual; F. Fundaciones; M. Moradas; M.C. Meditaciones sobre los cantares; MVC. Modo de visitar conventos; Rel. Cuentas de conciencia o relaciones; V. Vida.

 Otras siglas: LG. Lumen Gentium; M Rel. bto. Francisco Palau, Mis relaciones con la Iglesia. CA. Ultimas conversaciones de Sta. Teresa de Lisieux.

BIBLIOGRAFÍA

“Biblia de Jerusalén”. Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1985.

– Sta. Teresa de Jesús “Obras Completas” Ed. Espiritualidad, 1976. 2ª edi.

– Teresa de Jesús “Concordancias” Ed. Monte Carmelo. Burgos 1982

– Efrén de la M. de Dios, y Otger Steggink “Tiempo y Vida de Sta. Teresa”    B.A.C. Madrid 1977, 2ª edición.

– P. Ildefonso de la Inmaculada  “La Virgen de la Contemplación”Ed. Espiritualidad, Madrid 1973.

– P. Ildefonso de la Inmaculada “La Virgen María en nuestra vida”. En torno    al capítulo 3º de las “Declaraciones de las Carmelitas Descalzas”.

– P. Rafael Mª López-Melús “Teresa de Jesús, recordando un Centenario”. Ed. Centro de espiritualidad Carmelitana, Caudete, (Albacete) 1981.

– P. Rafael Mª López-Melús “Espiritualidad Carmelitana” Ed. Carmelitanas, Madrid 1968.

– P. Pedro María Valpuesta “La Virgen María en Sta. Teresa de Jesús” Revista “Monte Carmelo”. Vol. 89, Burgos 1981.

– P. Enrique Llamas “La Virgen María en la Vida y en la experiencia mística  de Sta. Teresa de Jesús” Ephemerides Mariologiae. Vol.44, fasc.128-129.Roma 1982.

– AAVV  “Teresa de Jesús-Teresa de María” Revista “Miriam” nº 192, 1980.  Ed. Carmelitas OCD de Andalucía, Sevilla.

– Instituto teológico de la vida religiosa “María en los Institutos Religiosos” Ed. Publicaciones Claretianas. Madrid 1988.

– Pablo VI “Maríalis Cultus”, Exhortación Apostólica.  Ed. Real cofradia de    Ntra.Sra. del Lledó. Castellón 1974.

– P. Alejo de la Virgen del Carmen “Vida del Padre Palau” Barcelona 1933. Reproducción facsímil. Madrid 1979.

– Francisco Palau y Quer “Mis relaciones con la Iglesia” Ed. Carmelitas Misioneras, Roma 1977.

– P. Maximiliano Herráiz “La oración, historia de amistad” Ed. Espiritualidad. Madrid 1982.

Notas

[1] P.Enrique Llamas “La Virgen María en la vida y en la experiencia mística de sta. Teresa de Jesús”. Rev. M.Ephemerides, 49.

[2] P. Pedro Valpuesta “La Virgen María en Sta. Teresa de Jesús” Rev.Monte Carmelo. 1981, 184-185.

[3] Rafael Mª López-Melús “Teresa de Jesús”, recordando un centenario CESCA, Caudete 1992, 108.

[4] Idelfonso de la Inmaculada “La Virgen de la contemplación”  Ed. Espiritualidad, Madrid 1973, 69-70.

[5] Ibid. 232-233.

[6] Rafael Mª L .Melús “Tradición mariana en el Carmelo pre-teresiano”  Rev. Miriam nº 192, Sevilla 1980, 210.

[7] Rafael Mª L. Melús “Teresa de Jesús” Recordando un centenario, o.c.,  116.

[8] Rafael Mª L. Melús “Espiritualidad Carmelitana” Ed. Carmelitanas, Madrid 1968,  259.

[9] Efrén y Otger Steggink “Tiempo y vida de Sta. Teresa” B.A.C. Madrid 1968,  525-526.

[10] Ibid. 536.

[11] “La Virgen de la contemplación” o.c., 141.

[12] P. Alejo “Vida del P. Palau” Madrid 1979, p. 335-336.

[13] “La Virgen de la Contemplación”  o.c.  141.

[14] Instituto teológico de la vida religiosa “María en los Institutos Religiosos” Ed. Claretianas  Madrid 1988, 60.

[15] “Espiritualidad Carmelitana” o.c, 251-252.

[16] “Teresa de Jesús”, Recordando un centenario, o.c., 175.

[17] Pablo VI “Marialis Cultus“, nº 8.

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